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domingo, 20 de febrero de 2011

memorias del país portátil


La entrevista se publicó el lunes 26 de agosto de 2002 en las páginas de Cultura con el título de esta entrada. Diego Giordano entrevistó a Sylvia Molloy en el Hotel Holliday Inn de la calle Dorrego. Molloy había venido desde Nueva York a presentar El común olvido, su última novela entonces y, como en el relato, reflexionó en la charla acerca de la memoria, el olvido y el lenguaje.


por Diego Giordano

A Sylvia Molloy parecen no gustarle las certezas literarias. En su libro Las letras de Borges, esta argentina residente en Nueva York analizó con un lente microscópico la forma en la que el autor de El Aleph construyó los personajes de sus relatos. La tesis de Molloy, fecunda y novedosa en el panorama de una crítica literaria que se había dedicado casi exclusivamente al análisis de la tan mentada erudición borgeana, de sus linajes y de sus diálogos con la gauchesca, describía los procedimientos a través de los cuales Borges creó un sistema literario móvil y dinámico, escéptico de la capacidad de representación del lenguaje.
La nueva novela de Molloy, El común olvido, parte de este escepticismo para darle a su protagonista, Daniel, una identidad “borgeana”, es decir, en palabras de la propia Molloy, dispersa, plural y momentánea.
De su nueva novela, de sus indagaciones acerca de los alcances de la memoria y el recuerdo, del concepto de identidad, y de su relación con la ciudad de Nueva York, habla Sylvia Molloy.

Foto de Leonardo Vincenti.

Inestabilidad y países portátiles
—Daniel tiene dos pasaportes, uno de ellos, vencido, el argentino. Él dice que lo lleva para probar una vieja identidad. ¿Se puede leer en ese documento vencido una identidad vencida, tachada?
—Yo no iría tan lejos. Se lo puede leer en esa dirección, pero no sé si de una manera tan tajante. Esa nacionalidad, esa identidad, siempre está, como diría Derrida, “sur rature”, debajo de la tachadura. Por más que se pierdan las señas obvias, el pasaporte, lo tangible, esa identidad está siempre en Daniel.
—A partir de lo que usted dice, se puede pensar que Daniel tiene varias identidades y que identidad equivale a memoria.
—Sí, pero sólo aceptaría que identidad equivale a memoria si aceptamos que tanto identidad como memoria son fragmentarias. Son dos conjuntos heterogéneos, llenos de huecos, de contradicciones. No hay memoria estable, no hay un solo relato y, de la misma manera, no hay una identidad estable, ni un solo modo de decir.
—La identidad es uno de los temas sobre los que gira El común olvido.
—Creo que se plantea la identidad en esos momentos de reconocimiento: Decir “Yo soy X en tal contexto”. Pero esa declaración que parecería ser para siempre definitoria, varía según el contexto, según el reconocimiento que se tiene de sí, y según el enunciante.
—En un momento de la novela, Simón le dice a Daniel que vienen de “países portátiles”. ¿Qué es un país portátil? ¿Dónde se lo lleva?
—Es una deriva. Un país portátil es un país que lo marca a uno en esa deriva. En la deriva que es la vida de Daniel, hay reconocimientos de una identidad nacional que se da en detalles. Por ejemplo, Daniel se siente interpelado como argentino, y lo dice él mismo, cuando anda por la calle en Nueva York y de pronto oye hablar a dos argentinos y se da vuelta porque cree que le están hablando a él. Creo que ése es el mejor ejemplo de lo que es un país portátil. Es un país que uno lleva consigo y que se actualiza en esa clase de momentos, o en algún detalle. En la casa de la madre de Daniel, en Estados Unidos, aparece un objeto, un mate, y la madre dice “lo hemos tenido siempre”. Entonces Daniel se pregunta: “¿Dónde? ¿Acá? ¿Allá?”.
—En Las letras de Borges, usted define la identidad de los personajes borgeanos como plural, dispersa y momentánea. ¿Fue esta idea un punto de partida para crear a Daniel?
—Sin dudas, porque para mí es un punto de partida para pensar cualquier identidad. Quería encarnar esa inseguridad, esa inestabilidad en el personaje.

Relatos mediados, medias brumas y sacudimientos
—Un momento clave de El común olvido llega con un inesperado frasco de Glostora que aparece en la casa de una mujer griega, en Grecia. A Daniel, la historia del frasco se la cuenta su madre, y a ella, la mujer griega. El griego no era un idioma que la madre de Daniel manejara, por lo que, quizás, la historia haya llegado hasta Daniel sucia, interferida. El relato mediado y cierta incompatibilidad lingüística, o cierta confusión, aparecen también cuando Beatriz le cuenta a Daniel la historia acerca de una estadía en Córdoba que contaba Ana, la madre de Beatriz, desde la “media bruma” de su enfermedad mental. ¿Qué efectos provocan en la lógica de una novela los relatos mediados y los problemas de competencia lingüística?
—Creo que crean la sensación de que en esos relatos mediados, heredados, en esa comunicación, siempre hay algo más. Es una idea que me interesa mucho y que trabajé en Las letras de Borges. Hay relatos de Borges que comienzan diciendo: “Dicen, pero yo no lo creo, que en Tapalqué pasó tal cosa”. Siempre hay algo que no ha quedado dicho, que no ha sido explicitado, ya sea por incompatibilidad de lengua, ya sea porque el relato se interrumpe, o por una digresión. Hay un relato más que va a revelarlo todo. Es la ilusión de ese plus narrativo que se busca todo el tiempo y que no se da.
—En la novela hay muchas voces femeninas que cuentan historias. ¿Hubo en su familia, como en la de Manuel Puig, mujeres que contaban historias?
—Eso es clave. De alguna manera, quería conservar en esos relatos mediados, y sobre todo en los relatos de los personajes más viejos, una manera de hablar, ciertos términos. En ese sentido, Ana es el personaje ideal. Es el personaje más viejo de todos. Además, tiene poco control sobre lo que dice porque ha perdido la memoria, y entonces fluye ese viejo hablar. Yo pensaba en Manuel Puig cuando estaba componiendo este personaje porque me venían a la mente toda suerte de términos que se han perdido.
—Otra imagen importante de la novela es la de Daniel pidiendo el mismo trago que tomaba su madre, tratando de evocar recuerdos que nunca tuvo. Daniel se pasa la novela buscando recuerdos de manera obsesiva y explorando los problemas de la memoria. En su libro Acto de presencia usted marca que el cuestionamiento de los alcances de la memoria que aparece en la obra de Lucio V. Mansilla lo diferencia de la mayoría de los autobiógrafos. La pregunta es, citando a un personaje de su novela: ¿Hay que aprender a olvidar para entender?
—Sí, y Daniel se da cuenta de eso al final de la novela. La última frase del texto, “Y no preguntó más”, es indicativa de una sabiduría que Daniel ha adquirido de manera muy dura a lo largo de su viaje. Ha aprendido a no preguntar más, a cerrar el relato y a empezar a olvidar.
—Daniel, y lo que lo rodea, tiene perfiles borrosos, vacilantes. ¿Qué produce esta falta de certezas?
—Creo que produce un sacudimiento saludable. Contradice las certezas de Daniel, contribuye a sacudir los presupuestos de Daniel y, hasta cierto punto, los presupuestos del lector. En ese sentido, creo que esa es su funcionalidad. Necesitaba un personaje como Daniel, que fuera un poco despistado, lento y metódico, a veces excesivamente literal, cosa que le echan en cara todos. Lo necesitaba para mostrar que el sistema con el cual se acerca no funciona. Es un sistema donde no habría huecos, y todos los relatos que se le dan están llenos de huecos y contradicciones. Por eso me parece que el personaje de Ana es tan importante. Es un personaje basado en un recuerdo autobiográfico. Mi madre, poco tiempo antes de morir, empezó a perder la memoria. No de manera drástica como Ana, pero sí había alteraciones en su manera de recordar. Recordaba trastocando, se le mezclaban los lazos de familia. Una vez, hablando de mi, dijo “mi sobrina”. También me contaba cosas que yo creía que eran recuerdos suyos, hasta que algún detalle me demostraba que eran recuerdos de otra persona. Los recordaba como propios. A la vez que me dio muchísima pena, me pareció que era una fuente de relatos única.
—En su novela hay dos bilingüismos. Uno es el de Daniel y Simón, que tiene un costado irónico. El otro, que de irónico no tiene nada, es el bilingüismo de los argentinos descendientes de ingleses. ¿Cuál es la diferencia que hay entre ellos? ¿Cuáles serían las modulaciones de lo que usted denomina switching?
—Creo que el switching de Daniel y Simón se parece más al trabajo de cita. Es decir, el pasar de una lengua a otra en este caso es más irónico, más crítico. No se switchea al azar, sino cuando se quiere dar realce a algo. El switching de la comunidad angloporteña es natural, sin énfasis.
—En Acto de presencia usted dice con respecto a Sarmiento: “Aprender otros idiomas no es tanto una apertura como una interiorización, un modo de incorporar”. ¿Se puede relacionar esta idea con la forma en la que Daniel y Simón aprenden y utilizan otras lenguas?
—No sé si funciona tanto la interiorización en ese caso. Yo lo veo más como una especie de acto performativo. Se está performando un bilingüismo con cierta ostentación. Aunque la performance es un acto hacia el exterior pero también un modo de ser. En ese sentido sí aceptaría interioridad.

Los viajeros, el plagio, ser argentino
—En la conferencia que dio en Rosario dijo que está escribiendo un libro sobre los viajeros a la Patagonia. ¿Puede adelantar algunas ideas sobre las que va a trabajar?
—No sé si va a ser un libro. Me interesa mucho la escritura del viaje. Mi hipótesis es que es una escritura tan poco espontánea como la autobiografía. Uno siempre piensa que son géneros fáciles y directos, no mediados. Yo creo que la escritura de viajes es una escritura tan mediada como la autobiográfica. Siempre se interpone la letra escrita. El viajero viaja porque ha leído libros de viajeros anteriores. Por ejemplo, Moreno leyendo a Darwin. Es decir, el viajero ha leídos textos que le describen lo que él va a ver por primera vez. En su percepción queda incorporado lo que ha leído. El caso que más me gusta es el de Sarmiento. Sarmiento desembarca en Francia y lo primero que hace es comprarse una guía de turismo. Después se sube a un barco que va por el Sena y todo ese recorrido lo copia desenfadadamente de la guía de viaje. Esto está comprobado, se cotejaron los textos. Sarmiento ni siquiera tamiza lo que está viendo a través del libro de viajes sino que lo copia textualmente. Ese gesto que se da como una suerte de plagio oportuno por el lado de Sarmiento es el gesto de todo escritor de viajes, que está escribiendo lo que ya se ha descrito.
—¿Concuerda con su personaje cuando dice que el lema de todo argentino es pasar por lo que no se es?
—Lo dice la mamá de Daniel y antes lo dice Mansilla. La frase de Daniel es “pasar por lo que no soy o lo que no soy del todo”. Yo no diría que el lema de todo argentino es pasar por lo que no es, sino por lo que no se es del todo. Hay siempre un matiz. Me gusta que haya mencionado antes a Mansilla porque hay varias referencias a él en mi novela. Un capítulo, no me acuerdo cuál, termina con la frase “Hoy estoy fatal para las digresiones”. Es una frase textual de Mansilla.

Nueva YorkBuenos Aires sin escalas
—¿Cuál es su lugar favorito en Nueva York?
—No sabría decirle. Creo que desde el 11 de setiembre tengo una relación problemática con la ciudad. Ha aparecido un extrañamiento, como si tuviera que descubrir la ciudad de vuelta. Tengo que recuperarla después de un trauma.
—Usted dijo días atrás que los atentados la habían sumido en un estado de confusión del que todavía no ha podido salir. ¿Cómo ve los atentados a un año de distancia?
—Es difícil darle cierre a la sensación. A pesar del regreso a la normalidad hay mucha desazón, una desazón que se siente en la ciudad misma. Ese estado de suspensión sigue. La gente se pregunta todo el tiempo “¿qué va a pasar?” La sensación de la inminencia de un desastre es muy desgastadora.
—¿Por qué dijo que cuando ocurrieron los atentados le parecía estar en Buenos Aires?
—No sé por qué se dio así, y esto es pura conjetura. Creo que ese sentirse en Buenos Aires podía obedecer a dos cosas. Por un lado, querer estar, entre comillas, a salvo. Volver a Buenos Aires remite a un recuerdo reconfortante. Por otra parte, y esto contradice lo que acabo de decir pero de alguna manera lo complementa, el estado de inseguridad de los días que siguieron al ataque, la presencia militar en la ciudad, el ruido de los helicópteros me retrotrajeron a un Buenos Aires de pesadilla.