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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

miércoles, 4 de mayo de 2011

big brother


Borges siguió los argumentos de Oscar Wilde cuando dijo que el libro Martín Fierro inventó al gaucho. No al revés. Y Wilde había escrito que los románticos ingleses habían inventado la niebla de Londres porque habían sido los primeros en llevarla a un cuadro. La pregunta ahora no es quién inventó la persecución tecnológica, sino qué está primero: las escenas de presidentes norteamericanos que siguen a través de una pantalla de satélite una operación de sus fuerzas especiales, o la ficcionalización de esas escenas en series televisivas como 24, o la todavía en curso The Event, por ejemplo, o la más remota en la película Juego de Patriotas, de 1992.

La foto, que está colgada en el Flickr de la Casa Blanca, muestra al presidente  Barack Obama y parte de su gabinete (el vice Joe Biden, la secretaria de Estado Hillary Clinton entre ellos) mientras siguen la operación en la que un grupo de la Navy SEAL asesina a Osama Bin Laden en Pakistán. En realidad, hemos seguido muchas veces esas operaciones en las series más actuales, como las mencionadas. Otro detalle de esas series (es el caso de The Event y 24) es que los presidentes ficticios que las protagonizan junto con el héroe, suelen ser negros, o mujeres (la última temporada de 24) que llegaron hasta la Casa Blanca flameando ideales progresistas y oponiéndose a la tortura. Pero pronto comprenden que sus agentes (Jack Bauer en 24) difícilmente pueden llevar adelante con eficacia sus operaciones si en el camino no destripan vivo a un enemigo (24) o disparan un cohetazo contra un colectivo cargado de civiles (The Event).

Así, con una “cruel sinceridad” estos episodios de la televisión vienen a enrostrarnos con realismo inapelable las dificultades y debilidades de encabezar el gobierno del imperio. No decimos que la ficción venga en ayuda de la política imperial, sino que, al menos en estos casos —quizás no la mejor ficción televisiva actual—, los argumentos de la ficción coinciden y dramatizan los del imperio.

Desde 2001 estas ficciones refuerzan la idea de los enemigos únicos, drásticos, letales. Hay que recordar que la ficción madre de la epopeya norteamericana es el western, en el que el valor y la justicia individual es muchas veces la ley. Así, la figura del héroe halla verosimilitud. Cosa que difícilmente ocurriría en Argentina, donde un policía o un militar que tortura será siempre el torturador de la dictadura, cuyo objetivo final no es la seguridad de la Nación, sino el saqueo de las propiedades de sus víctimas y el robo de bebés.

Pero volvamos a la sala de operaciones de la Casa Blanca, a las series y al argumento de Borges del principio. Parece que tanta serie, que la parafernalia desplegada en estas ficciones televisivas no hicieron sino tender un manto de realidad a lo que nos muestra la foto que —hay que subrayar esto— la presidencia de Estados Unidos pone en la red como si se tratara de uno de los tantos cuadros dignos de decorar las galerías de la casa de gobierno: un momento cumbre de la historia del país. Equiparable a las fotos de los manifestantes que pedían la caída de Mubarak en la plaza de la Libertad de El Cairo, Egipto, o las protestas en Libia contra Gadafi. La foto de Obama y su gabinete es una imagen casi íntima, con Hillary Clinton cubriéndose la boca como si las imágenes en tiempo real de la matanza le quitaran el aliento y el general manipuando su notebook, con gesto profesional, el único en uniforme. Una imagen que reafirma lo que ya nos habían enseñado las series, que las afrentas contra Estados Unidos son afrentas casi personales, individuales, como sus enemigos, que se reducen a una persona, a lo sumo a diez, como reza la página de los top ten de los más buscados del FBI. En cambio, en ese mundo árabe convulsionado y lleno de fanáticos, las fotos siempre reúnen a cientos de manifestantes, o de muertos, o de gente en armas, anónimos y salvajes, cuya respuesta es por lo general una masiva visita de tropas de la Otán. Nosotros, que medimos la política según se llene la Plaza de Mayo, debemos representar una imagen semejante.

Las multitudes, que rara vez aparecen en las series, como no sea para salir corriendo, han sido sin embargo el signo más fuerte de que algo sucede en Oriente Medio, de que la gente se alza, harta de gobiernos títere, de guerrillas jihadistas pagadas por las facciones petroleras, y pide democracia. Estos movimientos ya estaban desarrollándose en 2001, según el especialista Gilles Kepel, quien contó en su libro Jihad cómo en 2001 los Hermanos Musulmanes ya habían emprendido un camino hacia la política, tratando de dejar atrás las tendencias a la confrontación armada. Pero entonces llegó el 11S y todo se fue por la alcantarilla. Diez años más tarde parece que volvemos a ver la misma película. Perdón, la misma serie. 

Publicado hoy en el diario digital.