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martes, 31 de mayo de 2011

carta al padre

No recuerdo en qué fecha de 2005 —y no tengo ganas de abrir archivos para corroborarlo—, desde Libros del Zorzal me enviaron Padre e hija, de Françoise Dolto (traducción de Alejandrina Falcón, Buenos Aires, 2005, 121 páginas). Le pasé el libro a Gabi Chaia, porque ella leyó a la Dolto, por cosas que charlamos, etcétera. Tarde me di cuenta que también ella había mantenido con su padre —al que perdió muy temprano— una relación por correspondencia, en el amplio y a veces fantasmagórico sentido de ese término. Por eso esta reseña de Gabi me resulta, leída de nuevo, el esquivo y sereno relato de una amiga sobre sus cosas.


por Gabriela Chaia

A poco de encontrarse con la tapa de Padre e hija: una correspondencia el lector podrá suponer que la autora es Françoise Dolto. Y en parte es así ya que, inevitablemente, todos somos autores de nuestras cartas. Aunque aquí se agrega otro autor: Henry Marette, el padre de Françoise.
En Padre e hija se recorren veinticuatro años de historia epistolar entre Françoise y Henry Marette. Hija y padre. Recorrido de unas historias por demás de humanas y vívidas hechas de cartas. Cartas que desde 1914 a 1938 van contando los avatares de la familia Marette y los tonos del vínculo entre Françoise y su padre. La Primera Guerra y las guerras civiles europeas hasta los albores de la Segunda Guerra son la escenografía de fondo de estas cartas.
Pero hay aquí un doblez; esta lectura puede ser también el asomo prudente de la intimidad en construcción de un personaje por demás revelador en la cultura occidental del siglo pasado. Una psicoanalista que decidió tomar la palabra, hacerla suya y ponerse a trabajar en los encuentros que tuvo con cuanto humano se le cruzó. Niños, adolescentes, público en general, psicoanalistas y hasta el mismísimo monsieur Jacques Lacan.
Estas cartas permiten asistir a la transformación del espacio íntimo de Françoise Marette –quien sería luego Françoise Dolto– desde los seis hasta los treinta años de una vida en la que tuvo apuestas fuertes y precisas. Así, las cartas concluyen su serie en el momento en que ella cumplía con aquella deuda de agradecimiento hacia su padre, la de convertirse en una mujer en el sentido pleno de la palabra. “Y todo ello –le escribe– simplemente dejando actuar en mí la naturaleza que me has dado”.
La extensión y el carácter de las cartas se va transformando, así como las palabras cambian de tono y espesura. De pequeña, cartas breves donde Dolto siempre parece que dice lo que tiene decir, un estilo que la acompañó toda su vida.
Aquella niña luego será una joven interesada en conocer anécdotas de infancia y juventud de su padre. Querrá darse a conocer tal como es y no pierde la esperanza de conocerlo espontáneo con ella. En Infancias (Libros del Zorzal), Françoise Doltó le cuenta a su hija Catherine que cuando era niña le encantaba escribirse las manos, las piernas, como muchos niños. “Es el tatuaje –dice–, creo que es porque la vida deja trazos sobre nosotros y uno quiere ser responsable de aquello que la vida escribe”.
Desde aquella escritura en el cuerpo es posible arribar a estas cartas donde Henry y Françoise, padre e hija, se encuentran en un trabajo de responsabilidad respecto de aquello que la vida escribe. Una niña que se las arregla para decir lo que tiene que decir y un padre que a veces, tras una apariencia de severidad, trata de contener la rabia de una madre desesperada.
Son cartas con otros tiempos, en tiempos de guerra, en las que se deja sentir una cadencia y donde la velocidad no está en primer plano, y los pasajes son más lentos o más paulatinos. Tiempos de viajes, contemplaciones, eventos y paisajes. Allí tienen su cita dos seres sensibles a la experiencia que viven. Dos observadores atentos. Françoise da pruebas de ser sensible pero no frágil. Dispone de las palabras al igual que su padre. Es este padre quien la instó a iniciar en 1934 un tratamiento psicoanalítico. Entre febrero de 1934 y marzo de 1937 Françoise realiza su análisis con Renè Laforgue. En una carta de julio de 1934 ella le agradece a su por padre sus palabras: “Y si en ese momento no te hubiese tenido para obligarme a buscar una cura, jamás habría tenido el coraje de iniciar por propia iniciativa la menor cosa (mucho menos un psicoanálisis) para salir de mi angustia”.
“Algunos podrían asombrarse de que un psicoanalista muestre hasta ese punto las claves del enigma de su historia –anota Catherine Dolto en el prólogo al libro Infancias, de su madre–. Françoise Dolto pensaba que todo psicoanalista que escribiera y teorizara públicamente debería dar cuenta de su camino hacia la profesión, puesto que este camino es inseparable de su práctica clínica y su pensamiento teórico.” Huella de una formidable experiencia de transmisión. Recorrido y construcción de un espacio íntimo y de un mundo abierto al mundo; hay aquí trazos de lo que luego sería el universo Doltó.
En definitiva, estas cartas pueden leerse desde varios lugares: como la construcción de la intimidad duradera, como la continuidad ética en la toma de la palabra o como la historia de algunos años entre un padre y una hija, que no sin dificultades decidieron entregarse al mundo de las palabras y de la vida misma.
Françoise Marette nació en París el 6 de noviembre de 1908, en el seno de una familia burguesa de costumbres muy rígidas, según ella misma relata. Fue la cuarta hija del matrimonio formado por Henry Marette y Suzanne Demmler. Tuvo que atravesar una larga crisis familiar luego de la muerte de su hermana Jacqueline, de veinte años cuando Françoise tenía doce. Creció sobre ese manto de dolor por la ausencia de esa hermana a la que le tocó reemplazar en el alma de su madre.
El 7 de febrero de 1942 se casó con Boris Dolto, un médico de origen cosaco de Crimea que llegó a ser muy respetado, considerado como uno de los mayores maestros de la Kinesioterapia en Francia. Desde entonces fue Françoise Dolto, psicoanalista brillante, consecuente trabajadora de la ética del psicoanálisis, sobre todo con niños y adolescentes. Creadora de un estilo propio que sin duda dejó marcas e hizo escuela. Dolto era una apasionada de la subjetividad y la palabra de un modo que no reducía el lenguaje a lo hablado. Podía recorrer y transitar su función como analista y como ciudadana, sin “perder el estilo”.
En Padre e hija quizás podamos asomarnos a la construcción de ese estilo y de una intimidad que transmite lo esencial sin develar lo íntimo. Aquí Françoise –quien falleció en París el 25 de agosto de 1988– escribe antes de ser Dolto.