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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

miércoles, 11 de mayo de 2011

la lengua del destino

Hace poco picamos una amistad en Facebook con Javier Lodeiro, quien en un breve intercambio por correo —luego de que nos manifestáramos la admiración por Léon Bloy y Ángel Faretta me escribe: “Hay un comentario de un amigo tuyo en tu blog que lo dice con palabras exactas sobre Faretta: primero el entusiasmo por entrar en su mundo, y después el grado de compromiso que implica. A mí de Faretta me gustan más los momentos en que se deja llevar por la vida (que en él suele ser la furia) más que ese dominio ciego del intelecto”.
Esta mañana, entre las entradas de Facebook, leo ésta de Diego Bentivegna: «Ángel Faretta en presentación de Jorge Aulicino: “Como argentino descendiente de italianos —como somos ambos y aquí me permito pasar al plural— el doble vínculo se hace todavía más dilatado. Porque a diferencia de casi la otra mitad de nuestros compatriotas, esta no era la lengua a la que estábamos destinados. Entonces ella, la lengua castellana ya en gran parte reconfigurada por nuestros primeros poetas gauchescos, tuvo por parte de los descendientes de europeos no hispano-parlantes, una segunda reconfiguración cuya primera formulación es sin lugar a dudas la poética del tango”.
[Acá el texto íntegro de de la presentación de Faretta.] 
Jorge Aulicino y Ángel Faretta, el lunes 9 de mayo en Librería Hernández. Foto de Ediciones en Danza.

Bentivegna: «Creo que hay una resonancia heidegerriana, y en última instancia de Hölderlin y los griegos, en lo que dice Faretta, creo que la cosa viene por ahí. Algo que uno puede ver de otro modo por ejemplo en Celan, en la idea de que el poeta sólo puede decir la verdad en su lengua materna (cito de memoria).»
En ese muro de Facebook, Daniel Freidemberg pone: «¿Habría alguna lengua a la que estamos destinados? ¿Se está destinado a alguna lengua? ¿No estamos todos apartados de una lengua que nunca será nuestra y añoramos por intuición, y por eso escribe uno cosas como poemas? No me da el cuero para entrarle por ahí al asunto, pero, dicho medio brutamente, no termina de caerme bien la idea de que el poeta pueda decir la verdad en su lengua materna ni en ninguna lengua, porque si es poeta nada tiene que hacer lo suyo con un “decir la verdad”. La verdad sería más bien algo que suscita el poema, que lo ronda o subyace en él, o habla oscuramente, o murmura, o late, sin decirse nunca del todo pero haciéndose presente, y lo hace precisamente por la falta de lengua, por la distancia con la lengua, la fuerza de una carencia. Qué sé yo.»
Sigo con el diálogo (acortado s egún nuestros intereses): Diego Bentivegna: «Claro, entiendo lo que decís Daniel, pero lo la línea heideggeriana el poeta opera, básicamente, en el orden de la verdad como abertura, como abrirse del ser: como aletheia. Es más, nadie está más cerca de la verdad, porque él es el que está escuchando el ser. Eso es Hölderlin, y Celan, que fijate que lo que hace es construirse una lengua alemana con los restos, lo está, entiendo, retomando de ahí. Digo lo de resto, Daniel, porque se entronca con lo que decías vos, me parece. Y otra cosa que me deja pensando: Faretta habla del tango, y celan titula una primera versión de “Fuga de la muerte” como “tango de la muerte”, no sé, me parece que abre también algo eso.»
Y entra Diego Di Vincenzo: «Hola, Daniel. En la medida en que la lengua con la que uno habla el lenguaje sea la familiar, estaremos siempre destinados a eso: a hablar la lengua de nuestro vínculo más primario. A mí me parece que lo interesante de lo que dice Faretta es reclamarse un lugar fundador de identidad en el español que hablamos en la Argentina (o, mejor, en Buenos Aires y en las zonas del país con fuerte presencia inmigratoria). Gauchos, inmigrantes y tango me parece una tradición hermosa en la que, al menos yo, encuentro fisuras en ese tesoro idiota con que la dirigencia del Centenario, por ejemplo, intentó estigmatizar la lengua y a los inmigrantes. Pero, además, para quienes crecimos casi bilingües, la lengua es un destino, sí: un destino de inquietudes e interrogaciones, de mezclas, de umbrales corridos. Por lo menos, un destino comparativo entre ambas lenguas.»