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lunes, 23 de mayo de 2011

poesía y verdad

Aquél número nunca impreso de la revista Lenta Prisa incluía un texto de Sonia Scarabelli en el que analizaba la poesía de Roberto Sosa

por Sonia Scarabelli



El primer poema que leí de Roberto Sosa fue su “Elegía simple”. Había sido escrito cuarenta años antes, en algún lugar de Honduras, y me conmovió como si en ese mismo momento, mientras lo leía, el poema estuviese naciendo frente a mis ojos, y aquella primera persona no fuera la de alguien a quien nunca había visto, la de alguien a quien no conocía, otro. Muy por el contrario, esa primera persona era la mía, entrando como en espejo a unas palabras que por ningún motivo, en principio, podrían haberme pertenecido.

Este, creo, es el misterio sin igual de la poesía y, quizás, de toda obra de arte verdadera: su actualidad y su potencia de restitución en la experiencia, aquello que, se dice, hoy por hoy nos está radicalmente negado, en la medida en que nos están negadas la singularidad, la subjetividad y, en suma, aquella dimensión “interior” que podría permitirnos construir nuestra existencia común a partir de una diversidad constitutiva e irreductible y, sobre todo, histórica.


 Foto de Héctor Rio.


Una elegía

Los modos en que el arte moviliza la experiencia, los modos en que esta suerte de “apropiación” no posesiva –dado que no admite una prolongación estéril, una duración indefinida de ese “asimiento”– tiene lugar, son múltiples. Dentro de esta multiplicidad, la lírica, entendida como actividad de un yo que canta, puede propiciar de una manera especialmente intensa, este fenómeno de “comunión”, de participación inusitada e íntima con otro, con otros, y generar una suerte de “anagnórisis”, de reconocimiento, más allá del cerco de esa cotidianeidad alienada en la que suele atrincherarse nuestra “individualidad”.

El yo de la lírica es un yo ofrecido, un yo en estado de entrega, que, en el acto mismo de su presentación, desarticula la apretada trama de causas y efectos con la cual se intenta constreñir lo real a una zona de acontecimientos previsibles; su intemperie lo libera, y la evidencia de su fragilidad, enfatizada por su exposición, lejos de debilitarlo lo fortalece, porque lo abre a ser transformado, tomado, alimentado por aquellos que, allí, pueden ir a su encuentro.

En este sentido, la obra poética de Roberto Sosa, creo, puede adscribirse, sin temor a caer en un mero gesto taxonómico, a este espacio en donde el yo se despliega en canto y ofrece su debilidad “para confundir a los fuertes”.



Fondo y forma

Roberto Sosa tiene una manera de hablar pausada, dulce, como aplicando el “oído” y apelando no sólo al significado de las palabras, sino también a su ritmo y su consistencia sonora. Habla, entre otras cosas, de la poesía y de la música, sin las cuales, afirma, no puede vivir. Ambas son constitutivas de su visión del mundo. Y tal vez por eso mismo, una y otra se estrechan configurando un abrazo indisoluble en su propia escritura, en la que, como él ha señalado en otra ocasión, busca “una musicalidad línea por línea, estrofa por estrofa y poema total”. Por supuesto, esta búsqueda, en la cual lo formal posee una centralidad incontestable, no se agota en la perfección de la hechura. De poco le vale al poema estar bien escrito si no logra, de otra parte, aquello que Sosa llama con sencillez “poder decir algo”. Y no se trata de postular una cierta transparencia referencial o atenerse a una suerte de principio “realista”. Mucho menos, de perseguir una linealidad, un sentido unívoco. Se trata, más precisamente, de crear una poesía que nos permita sopesar el vínculo que establecemos con lo real, que cuente con la potencia y el vigor necesarios para suscitar la reflexión y abrir el interrogante en torno a todo aquello que converge al centro mismo de la intimidad, sin que podamos, por consiguiente, mantenernos ajenos a la experiencia de habitar este mundo con otros.

En términos de Roberto Sosa, “la poesía (…) es una concentración química de la realidad”, y un modo de conocimiento. Lo que prima allí, más que la razón, es la intuición, la sensibilidad. Ambas marcan su escritura y fijan las coordenadas esenciales de su invención, de su labor creativa. La realidad, a la vez interior y exterior a los sujetos, hecha por ellos, modificable, pero dotada igualmente de una existencia objetiva siempre variable, móvil, puede ser aprehendida en el acto poético, por medio de la sensibilidad, de la intuición. Y en la medida en que “fondo y forma” se encuentran unidos, fusionados de modo tal que constituyen una sola materia, el poema se muestra como el producto de un internamiento en lo real, cuerpo “precipitado”, al mismo tiempo denso y sutil, hecho de imágenes, de palabras, de música, pero también de sentimientos, de pensamientos, de memoria.

La poesía introduce, asimismo, para Sosa, una indagación de lo particular, de lo próximo, de “lo vivido”, y alza desde allí su demanda de universalidad. Es portadora, en este sentido, de una ética; reclama al poeta una toma de posición, únicamente a partir de la cual éste puede aspirar a constituir una palabra trascendente. Y está claro que para Sosa



“sólo

lo que hace el hombre

por enaltecer al hombre es trascendente”.



La preocupación por el cuidado, por el restablecimiento de la dignidad humana atraviesa toda su obra, y así como la impulsa a iluminar los necesarios espacios del amor, la amistad, la confianza o la belleza, también la pone de cara a esas zonas oscuras que mayoritariamente preferimos mantener ocultas y en las que se trama el entero signo de nuestra desdicha. Ya que es esa misma dignidad la que hacen peligrar hasta su desaparición las sociedades cuando privilegian el bienestar de unos pocos a costa del sufrimiento y exclusión de un vasto número de seres y:



“A como dé lugar pudren al hombre en vida,

le dibujan a pulso

las amplias palideces de los asesinados

y lo encierran en el infinito.”



Los pobres

Si hay alguien “encerrado en el infinito”, si hay alguien condenado al más amargo de los destierros, para Sosa, ese alguien son “los pobres”. Son los desheredados, los desposeídos, los temblorosos. Observan el bienestar ajeno y pasan de largo, siempre están del lado de “afuera”, son un rastro a partir del cual difícilmente se pueda reconstruir la historia de un hombre. Y, por encima de todo:



“Los pobres son muchos

y por eso

es imposible olvidarlos”.



Su condición, se diría es más la del número que la de la persona:



“Pueden

llevar en hombros

el féretro de una estrella.



Pueden

destruir el aire como aves furiosas,

nublar el sol.



Pero desconociendo sus tesoros

entran y salen por espejos de sangre;

caminan y mueren despacio.”



Al restituir su muchedumbre silenciosa en el campo de la visión, al confrontarnos con su continua, inquietante presencia, Sosa nos insta, por así decir, a mirarnos en ellos. Los pobres se transforman en reflejo amplificado del yo, y allí donde éste se quiere compacto, uno, salvo, ese reflejo le devuelve la imagen de su propia disgregación Cualquier yo que se postula sin fisuras, no puede ser otra cosa que una máscara, una máscara de mentira y también de horror. Traídos a la escena del poema, estos seres numéricos, y, a su modo, terribles –ya que no dejan de revelarnos nuestra conformidad con un orden atroz que los procrea– fuerzan, precipitan un desenmascaramiento. Y por eso el poeta, el sujeto que asume la escena solidariamente, que la percibe y se conmueve, regresa “siempre en dos pedazos”.

Abordada desde una posición diferente y construida a partir de la nota autobiográfica, la imagen del padre ofrece otra visión de los pobres, no menos angustiante, no menos ultrajada, y, sin embargo, capaz de resignificar entrañablemente a esa multitud de seres que parece carecer de otra determinación que su general derrota. En este sentido, el padre, dotado a través del amor y la memoria filial de una historia, una voz y unos gestos propios, nos muestra la cara de los pobres que menos quisiéramos ver, aquella capaz de devolvernos la mirada. Al adquirir una identidad, su existencia se fortalece, se resiste al olvido desde un nuevo lugar, se niega a ser borrada:



“La sangre del cordero

no la limpia el curso de la fuente:

se adhiere en la piel de los verdugos,

y cuando ellos abren sus roperos,

surge su mano nunca concluida.”



Si una y otra vez la poesía de Sosa vuelve sobre estas muchedumbres opacas, no es sólo para desplegar la escena total de una intemperie, de una soledad en la que hombres y mujeres sucumben atrapados, sino también para recordar que esa condición de los pobres no es debida a una fatalidad, a una impenetrable, oscura voluntad divina; muy por el contrario, su raíz está en el quehacer humano, tiene una naturaleza histórica, social y por eso:



“Continuamente extienden

sus propias multitudes

alrededor de aquéllos

que hicieron de la Tierra un caserón cerrado.”



 De este estado de cosas, de esta generalización de la desigualdad, se alimenta también el conflicto que sacude al yo, que pone a la lírica en una situación de máxima tensión y que ya no hace posible confiar, sin más, en el poder transformador de la racionalidad. Escribe Sosa en el poema “Arte espacial”:



“Llevo conmigo un abatido búho.

(...)

Dentro de mí se abre el espacio

de un mundo para todos dividido

(… )

Comprendo que la rosa no cabe en la escritura...”.



La razón y la belleza no bastan para suturar la división de un mundo cuyo desgarramiento se vuelve más y más ostensible y donde el protagonismo lo tienen la muerte, el sufrimiento, la violencia, el temor –representados en su paroxismo por la figura de los dictadores que han asolado la historia y, en especial, la de los pueblos de Latinoamérica, lo cual denuncia sin ambages el libro Secreto militar, publicado por Sosa en 1985.         

Otra forma de acercarse a un centro de bondad, de entrar nuevamente en contacto con una verdad humana más noble, no envilecida por el poder o el miedo, debe ser hallada, y esto requiere del movimiento integrador de la sensibilidad, capaz de hacer concurrir la emoción y de desbaratar los mecanismos de “amaestramiento”, los convencionalismos que impiden mirar allí donde otras causas podrían revelarse –convencionalismos que no rechaza, sin embargo, “el poeta-astro, el de la vista gorda color verde botella”.



“Tres sombras invertidas en el espejo”

Este poema, también del libro Los pobres, el cual ocupa un lugar clave en la obra de Roberto Sosa, ofrece un indicio sobre la forma en que ese movimiento integrador de la sensibilidad, al que antes aludía, logra traspasar el ámbito cercado del yo y hacer de la visión poética una forma de conocimiento que no se reduce a una operación meramente intelectiva. Y quizás nos permita, al mismo tiempo, comprender por qué Sosa afirma que “no se puede mentir cuando se escribe poesía” y por qué “ella está ligada siempre a la posibilidad de la búsqueda de la verdad”, que “lleva a un sacudimiento interior del ser humano”.

Escribe Sosa:



“Aún veo

a aquella campesina

al carbonero

y a la bestia de carga inmóvil de cansancio

bajo el negro fuego petrificado;

y miro al viejo azotando a la pequeña,

porque ella, débil como era,

no podía dominar

al asno de ojos de agua melancólica.”



Está muy claro aquí que el recorrido trazado por la mirada y desplegado en el poema no se reduce a una simple percepción, no se queda, por decirlo así, en la anécdota de lo visto. Verso por verso el progreso de la acción denuncia la honda tragedia cotidiana que reúne a estas “sombras” en un mínimo escenario, donde la penuria, cuidadosamente adjetivada, acaba por vaciar las tres figuras en un solo molde de desgracia. Si “ver” aún plantea una distancia, mirar la acorta, y provoca ese “sacudimiento interior” de quien mira y ya no puede quedar desafectado, ajeno a lo que trasunta esto que alcanza, entonces, la forma compleja de una visión. Y lo que determina este carácter complejo de la visión es la puesta en juego del pathos, de la afección, que lejos de presentarse como accidental o arbitraria, se afirma como fundamento de un saber tanto más íntimo, tanto más decisivo para el sujeto, en el que promueve un conocimiento de otro orden:



“No pude evitar el suceso aunque lo quise; ni pude evitar que mi pecho

me explicara

y situara la causa

en esta ciudad de hombres con pasos siniestros.”



Hay que decir entonces que, en la poesía de Roberto Sosa, el sentimiento no supone desmesura, no arrastra al hombre a un más allá donde éste sostendría, a la manera de los románticos, un diálogo personal con lo absoluto. No se convierte en una coartada para huir del mundo y su registro cotidiano. Por el contrario, el sentir le otorga al poema una medida cuya magnitud obedece a una dimensión sumamente humana. Una medida que es también silábica, acentual, y que modulando el verso libre lo hace pulsar, lo hace abrirse o lo contrae al ritmo de una precisa cadencia enfática, hasta que finalmente nos descubrimos acercando el oído, el corazón allí, donde el poema “dice algo”.





Fidelidad

Si hay un aspecto que conmueve de la obra de Roberto Sosa, es su fidelidad. Fidelidad a la música, a la poesía, a todo aquello sin lo cual, nos ha dicho, no podría vivir. Su fidelidad, también, a eso que llama “la búsqueda de la verdad”. Alguien, por otra parte, podría pensar que no hay mérito en permanecer fiel a lo que se ama. Personalmente, no lo creo. La fidelidad a lo que se ama es quizás una de las más incómodas, de las más trabajosas de guardar entre todas las fidelidades concebibles. Entraña un compromiso de tal naturaleza que no es posible renegar de él y salir indemne. Esto lo sabe Sosa, y por eso sus poemas nos convocan a fijar la mirada y a sostenerla allí donde lo que espejea es, muchas veces, una herida, como aquella de la madre que



“se pasó la mayor parte de su existencia

parada en un ladrillo, hecha un nudo…”



Consecuente con su afirmación de que la poesía es una forma de conocimiento tanto como una postulación ética sobre la realidad, Sosa ha producido una escritura que no teme denunciar los aspectos más oscuros del poder político y su repercusión directa en la vida de las personas. Y si bien muchas veces predomina en sus poemas un tono no exento de cierto pesimismo, no es menos visible, por otra parte, que en ellos persiste al mismo tiempo una profunda voluntad de resistencia. Y es que, más allá de su crudeza, los versos del hondureño no dejan, por otro lado, de testimoniar un cierto poder, una cierta virtud liberadora de la acción de poetizar. Y esta virtud liberadora se relaciona, una vez más, con salir al encuentro de los otros, con desarmar la univocidad del yo, con hacer de la autobiografía un lugar abierto a la memoria y la historia comunes, con seguir confiando, en definitiva, en que la poesía también pueda, a su modo, construir



“un puente interminable hacia la dignidad, para que pasen,

uno por uno,
los hombres humillados de la Tierra.”