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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 9 de junio de 2011

nepantla

Ya casi no uso el chat, a lo sumo el de Gmail. Pero usé mucho el msn. Llegué a pedirle una pizza por teléfono a Guillermo Piro desde Rosario (Piro, claro, estaba en Buenos Aires con su hija entonces pequeña dormida y hambrienta) porque me lo pidió por chat. 
Hace un par de días encendí (es un decir) el de Facebook para pedirle un par de cosas a mi hija, que estaba en otra habitación (para no gritar), y de inmediato se encendieron lucesitas verdes, gente de acá y de allá tenía preguntas para hacer, querían saber cómo andaba y cosas por el estilo.
 Foto de JD Hancock, visitadlo.

En el año 2004, creo, escribí estas cosas sobre este asunto del chat:
Por chat, mi amigo Juan Pablo, desde el southwest de los Estados Unidos, recién llegado de México, donde un lustrabotas le cobró diez dólares por dejarle los zapatos hechos una bola de espejos; mi amigo Juan Pablo, decía, me cuenta un término que aprendió de no sé qué indios autóctonos: nepantla. “El nepantla es un estado, no una cosa”, me aclara por la ventanita de diálogo. Y sigue: “Es un entrelugar”. La nueva definición me fascina. Se lo digo y me aclara que la tomó de un crítico brasileño. Con Juan Pablo es así. Me pasa conceptos y citas de autores que nunca leeré. Bien, entonces ahí estaba: el nepantla. Los frailes de la época de la colonia que cristianizaban a los indios mexicanos decían que el aborigen estaba en estado de nepantla cuando se hallaba en esa situación en la que no había abandonado aún sus creencias originales pero ya había sido seducido y vislumbraba la verdad del cristianismo. Eso, un entrelugar. Juan Pablo me hablaba de la literatura epistolar y me decía que ese género es también una suerte de nepantla. Yo pensaba en el chat.
Por chat, le contaba a una amiga que mi entonces pequeña hija interrumpió un juego que la tenía absorta y me soltó la pregunta: “El papá le de una semillita a la mamá... Pero, ¿cómo se la da, eh? ¿Y de dónde saca la semillita, eh? ¿Dónde se consigue la semillita, eh?” Viendo que su padre sólo podía ofrecerle la risa de un idiota, mi hija se retiró de nuevo a sus juegos. Mi amiga se reía por el chat y me contaba que sus padres resolvieron el asunto con una película medio porno. “Aprendí todo de una”, me decía. A lo que de inmediato pregunté: “¿Cómo medio porno?” Y ella: “Supuestamente era «educativa» pero no”. Pensé que su observación —mezclar imágenes educativas con las pornográficas— son muy apropiadas para pensar la imagen cinematográfica. Aquello que el buen cine muestra del sexo siempre está atravesado por otra cosa, por otro horizonte que nos permite percibir no ya el sexo en sí, sino aquello que, no por ser ajeno al sexo, nos ofrece un camino de vuelta, un camino hecho de palabras. La imagen educativa, en cambio, se agota en eso que muestra, eso es un poco la pornografía.
Por chat, Alvarito, un profesor de música de 26 años destilaba, azuzado por sus alumnas, su odio hacia el mundo y sus colegas en la cátedra de iniciación artística del terciario en el que trabajaba. Se quejaba amargamente de la incomprensión del mundo, explicaba que él es un artista, un compositor, un devoto de Igor Stravinsky, y se refería a su novia como a “su musa inspiradora”. Sus alumnas, apenas unos cinco años menores que él, de madrugada, se divertían sin saña de la escena que Alavrito desplegaba con ambicioso patetismo en las ventanitas del Messenger.
El chat, le digo a Juan Pablo, es un entrelugar. No es del todo un diálogo, no es del todo una carta. Pero lo que sucede en las ventanitas del chat ya fue “tentado”, seducido por eso que tiene de diálogo y de carta. Algo real ya sucedió allí y su busca prolonga la conversación.
El chat puede ser una buena película, o una educativa, la imagen metafórica del cine, o la imagen obscena de la película porno, la imagen que se agota en sí misma.
En todos los casos el chat bordea siempre del patetismo de Alvarito, es decir, confesiones que buscan su realidad en la letra y no en el interlocutor. Pero, en todo caso, también las confesiones crean a su interlocutor y le dan una realidad que sólo poseen las letras, las palabras escritas. Una realidad que no por virtual es menos real, como suele suceder con todas las experiencias de la adolescencia, fundadas en esos ideales que sólo son un postulado futuro. Las palabras del chat son como una máscara y me recuerdan aquél diálogo de Oscar Wilde en La decadencia de la mentira: “El hombre es menos él mismo cuando habla por sí mismo. Dale una máscara y te dirá la verdad”.
 Foto del Flickr de JD Hancock.