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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 1 de agosto de 2011

carlos nine


Nadie que se haya formado en los 80 –en la cultura revisteril de esa década– puede ignorar a Carlos Nine —expone en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia (San Martín 1080) “Informe visual de Buenos Aires”, óleos, pasteles, acuarelas y dibujos que buscan introducir al público en la intimidad de la gran ciudad. La muestra está a la vez acompañada de un catálogo de 88 páginas que reproduce unas cien obras clasificadas por el artista dentro de la siguiente simbología: leyenda urbana, mito, dato, rumor, acuarela, tinta, lápiz, pastel y óleo; descripción temática o referida a la técnica. La exposición puede visitarse hasta el 21 de agosto, de lunes a viernes de 9 a 21, sábados, domingos y feriados, de 9 a 13 y de 15 a 21.



Nine (Haedo, Buenos Aires, 1944) comenzó a dibujar “medio tarde”, dice en esta conversación, y publicó sus trabajos a principios de los 80 en la revista Minotauro (de ediciones De la Urraca, la misma que casa que editaba Humor), que publicaba textos inéditos y traducciones de relatos de ciencia ficción y fue cuna de traductores, escritores y dibujantes que hoy son toda una escuela.
En esos años 80, cuando todo era transición y aprendizaje, los dibujos de Nine (quien hizo durante diez años las tapas caricaturizadas de Humor y tenía un espacio central en la primera época de la revista Fierro) venían a mostrarnos un plus necesario: allí reconocíamos una tradicional marca porteña a la vez que la veíamos transformarse. Las de Nine eran las figuras de una mutación que recién comenzábamos a conocer.
—¿Sus primeros dibujos fueron las ilustraciones de relatos de ciencia ficción en la revista Minotauro?
—Sí, es que empecé a dibujar medio tarde, a los 38 años. Había estudiado Bellas Artes, sí, pero me dedicaba a otras cosas. Siempre me gustó el dibujo, pero lo había dejado archivado. En ese entonces tenía un estudio de publicidad. Y había un tipo que vendía libros y tenía trato con la gente de la editorial que publicaba la revista y cayó por la redacción y le comentó a (Andrés) Cascioli: “Che, allá en Vicente López hay un tipo que hace unos dibujos bárbaros y no lo conoce nadie”. Y Cascioli me llamó, me pidió que le llevara unas muestre. Se las llevé y empecé a publicar en Minotauro. Me mandaban el cuento, o había que ir a buscarlo, porque en esa época ni fax había.
—En ese entonces sus dibujos mezclaban muchas cosas, desde fotografías y figuras de otras ilustraciones a elementos de la plástica moderna.
—Yo empecé a probar qué es lo que podía hacer y tuve la suerte de que alguien publicara esos experimentos. Lo que hacía era una búsqueda, quería ver a dónde iba. En esa época por suerte me podían pagar por esas experimentaciones. Lo interesante es que había ahí un mercado piola, lo digo pensando en los pibes de ahora, que no tienen dónde publicar.
—¿Y qué recuerdo tiene de esos primeros dibujos?
—Mis primeros dibujos no me gustan, porque me doy cuenta de que están en estudio, de que no era todavía lo que buscaba.
—¿Y los de ahora?
—Los de ahora se aproximan un poco a lo que intentaba hacer, aunque siempre soy muy autocrítico con mi trabajo. Es como cuando uno estudia instrumento musical, al principio hace ruido y después uno va encontrando la armonía.
—Y volviendo a la rareza de sus primeros dibujos, los de principios de los 80, ¿no le parece que eran la imagen de una permanente mutación?
—Tenía algo que ver con la época, había una búsqueda generalizada de sentido después de esos años tan duros de la dictadura. Y fue interesante tener un lugar donde cobijarse, poder publicarlos. No es lo mismo experimentar en forma solitaria, en un taller. Fue muy interesante porque podía comprobar la reacción del público, que eso rara vez sucede cuando uno crea solo.
—¿Y cómo era trabajar en esas revistas de los 80?
—Y, la Fierro fue la que más me interesó. Hice durante diez años las tapas de Humor, pero nunca me interesó ser caricaturista. Lo hacía de la forma más digna posible, siempre me comprometí con mi trabajo, pero Fierro fue lo que más me interesó, sobre todo esto de poder agregar texto en el dibujo.
—¿Y cómo pasa a escribir sus propios libros?
—En el catálogo de esta muestra puede verse: agregué muchos textos que siempre son sugeridos por las imágenes. Aprendí a escuchar a la imagen, porque las imágenes tienen sentido, tienen una lectura.
—Bueno, de hecho en todos sus dibujos se notó siempre esa lectura, ese trabajo de interpretación.
—Es que cuando uno pasa por la academia es un peso muy grande, uno aprende el oficio. No es lo mismo la obra del autodidacta, yo me doy cuenta por los dibujos quién tuvo una formación académica y quién no.
—¿Y cuáles fueron sus primeras influencias?
—La primera influencia, antes de ingresar a Bellas Artes, en lo concreto, fueron las revistas de historieta, las que había en Argentina entonces, revistas impresionantes. Rico Tipo, Patoruzú, tipos como Eduardo Carlos Ferro, Dante Quinterno, Divito, Hugo Pratt, Alberto Breccia, esos fueron los primeros maestros por la influencia que ejercían con sus dibujos. Eran una presencia muy fuerte. Rico Tipo, cuando la población del país era la mitad de lo que es ahora, tiraba 400.000 ejemplares por semana. Patoruzú tiraba 350.000.
—Usted estuvo también en las redacciones de editores que son casi legendarios, como Marcial Souto, que editaba Minotauro.
—Eran los que peleaban para que salga la revista, los que lo convencían a Cascioli de que no la cerrara. Porque Cascioli propició un montón de revistas que detestaba, como Fierro, Minotauro.
Nine escucha tango –“solamente tango”, aclara– mientras trabaja. Su padre tenía una orquesta de tango y el artista posee una colección de más de 5.000 discos, sobre todo de grabaciones de fines del siglo XIX y anteriores al año 30.
El trabajo de Nine es conocido y reconocido en Francia, donde llegó a publicar cinco libros gráficos en un año. “Ahí –dice– está la industria más importante del libro gráfico, con 5.000 títulos nuevos todos los años. En Francia son libros para un público de todo tipo, no sólo juvenil. Hay gente de 60 y 70 años que los compra”. Parte de la muestra que trajo a Rosario estuvo expuesta en París. Aunque no se trata de dibujos, sino de pintura. Dice: “Es mi otra parte, que es lo que me interesa”.