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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 16 de septiembre de 2011

sin retorno > un hallazgo formal

Casi todos saludan con entusiasmo esta ópera prima de Miguel Cohan. Sin retorno es una especie de policial argentino con guiños a Adolfo Aristarain, Alfred Hitchcock u Otto Preminger (según Bernades). Qué raro que nadie mencione los policiales de Daniel Tinayre, o los de Luis Moglia Barth, Christensen, Schlieper, en fin, los del cine clásico argentino donde (lo sepa o no Cohan, estas cosas se escriben, es decir, las tradiciones se escriben; porque ya sabemos, “lo que no es tradición es plagio”) lo que llamamos por comodidad policial, la mayoría de las veces no tiene nada que ver con la policía o, por lo menos, con una policía presente en el protagonismo del film, la investigación del crimen, etcétera.
En Sin retorno hoy dos investigadores: Federico Luppi (que busca al automovilista que atropelló y mató a su hijo y lo abandonó, cosa que la película nos muestra de entrada) y Leonardo Sbaraglia (Samaniego, como el fabulista, que es inculpado por el accidente y debe pagar con la cárcel un crimen que no cometió). Hay que decir, antes que nada, que esta es una película que despierta todas nuestras simpatías porque defenestra a los medios y al uso mediático del dolor (Luppi encabeza una cruzada por los medios de comunicación y apura la condena de Samaniego). La policía no investiga, el culpable (Martín Slapik), un estudiante de arquitectura de clase media alta, se libera del auto, hace una falsa denuncia, zafa, etcétera.  
Bien, pero a lo que iba es, como señala Leonardo D’Espósito, a que la segunda parte (Sbaraglia sale de la cárcel hecho un ser sombrío, transformado, y planea su venganza, su revancha) es mejor que la primera: si la primera tiene el mismo paradigma que, digamos, El puntero (no porque lo tome de modelo, de hecho la serie es posterior, sino para dar un ejemplo de algo frecuente); o sea, cierto realismo contaminado de “mediatismo”; la segunda tiene como paradigma, digamos, Pasaporte a Río (Tinayre) o El hombre equivocado (Hitchcock). Pero, sobre todo, hay un detalle que nadie notó: Sbaraglia-Samaniego se forma como investigador, como “agente”, como hombre duro que sabe cómo manejar los códigos y estar donde debe cuando es necesario, en la cárcel. Es muy fácil de creer en el film cómo se da todo eso: el Samaniego debilitado que vemos llegar a su celda, donde pronto será humillado, es un ser temerario cuando sale (y la elipsis del guión y la puesta es incuestionable: sólo una escena nos permite saber e intuir con qué cosas terribles se hizo esa transformación), alguien que consigue información, maneja recursos, sabe sembrar miedo y, además, parece haberse reconciliado con quien lo humilló en prisión y ahora, afuera, es su aliado (y la tensión de esa relación, con dos encuentros separados en la ficción por casi cuatro años, es de una contención estremecedora).
Este detalle, postular la cárcel como la gran “academia” argentina no necesariamente del hampa, sino de eso que en el thriller norteamericano es la guerra o el ejército; academia que incluye, en el exterior, la policía, conexiones, etcétera, es un aporte inestimable para apuntalar un verosímil y a la vez, y fundamentalmente, un hallazgo formal.
 Ana Celentano, magnífica en su rol de madre de clase media profesional.
 Samaniego llega a su celda.

 Samaniego hecho un hombe duro, tras salir de la cárcel.

Sin retorno (Argentina-España/2010). Dirección: Miguel Cohan. Con Leonardo Sbaraglia, Martín Slipak, Bárbara Goenaga, Luis Machín, Ana Celentano, Arturo Goetz, Agustín Vásquez y Federico Luppi. Guión: Miguel Cohan y Ana Cohan. Fotografía: Hugo Colace. Música: Lucio Godoy. Fernando Pardo. Dirección de arte: Federico Cambero. Edición: Sonido: Eduardo Esquide. Distribuidora: Distribution Company. Duración: 105 minutos.