socio

I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

miércoles, 21 de marzo de 2012

de este lado del espejo


Mi hija volvió de Orlando y Miami hace casi un mes. De todo lo que trajo y contó me intereso, en particular, por tres pequeños ítems: 


• En el país de la "imagen" (para usar la remanida y, por eso, dudosa fórmula), casi no hay espejos (es decir, no hay en esos minúsculos puntos de un país que es casi un continente; pero ya que aquí usamos la sinécdoque "Argentina", para referirnos a Buenos Aires, traslado el procedimiento a los Estados Unidos): en las tiendas de los shoppings, en los baños, Elena observa que, o bien no hay donde mirarse o lo que se encuentra es un pequeño rectángulo en el que apenas cabe la cara. Mi hija se pregunta si la idea es evitar verse tan gordos, porque gran parte de los americanos blancos que se cruza en los parques son obesos y se mueven en unos carritos que parecen sillas de ruedas autopropulsadas.
• A propósito de la obesidad: son gordos los americanos blancos que circulan por las hamburguerías de Florida, que es la comida, sin embargo, mi hija observó que en los restaurantes a los que fueron en Miami, donde la gente acudía vestida para la ocasión (traje los hombres, vestido largo las damas), los presentes eran mucho más delgados. 
• Por último, la preocupación de los vendedores por devolver el vuelto exacto en centavos, vista desde la perspectiva argentina, resulta casi absurda.

Sobre esas cosas le escribí a nuestro hombre en Boulder, Colorado, quien salió de inmediato a hacer investigación de campo y respondió:
«Estuve viendo en los cafés de por acá, y Elena tiene razón. Nunca me había dado cuenta. Sobre todo, porque en las casas, los espejos del baño son enormes. Pero en los restaurantes y cosas así, será para no vernos tan gordos. Hace unos años, escuché o leí en alguna parte (aunque a lo mejor es nomas un mito urbano) que hay lugares donde ponen espejos que te hacen ver un poquitito más flaco, para que no tengas culpa y sigas comiendo. Andá a saber».
En otro correo, las observaciones cobraron un cariz más sociológico: «Miami/Orlando es un destino turístico de cierta clase media de USA (rural, blanca, conservadora, no particularmente educada, no particularmente de altos ingresos) —hay en Miami un turismo high end, claro, pero es muy localizado en los keys, o en ciertos barrios. Esos (los que vio Elena), y los pobres, son los más gordos de por acá. Y esos son los que ves en la calle, en lugares lindos. Imaginate los que no ves. Pensilvania, Ohio, Indiana, Kentucky son escandalosos. Texas es, sin embargo, el estado más gordo de USA (y Colorado, debo decir con cierto orgullo, el más delgado, porque hay una cultura deportiva, y porque el clima, ni muy frío ni muy caluroso, permite andar por afuera todo el año).
«La gordura, en USA, es uno de los marcadores de clase más notables. Como la carne, las verduras y frutas, y en general la comida de buena calidad, es muy cara, y como cualquier actividad debe ser adentro por varios meses al año (por el frío; lo que no se aplica a Florida, claro), sólo la clase media con ciertos ingresos puede ser flaca. Los otros se la pasan con el culo en el sofá, jugando con el smartphone, o lo que sea que hacen los pobres acá».
El tema "monedas" acerca una curiosa anécdota y destierra la idea de una economía "real", "limpia", la idea de que el capitalismo puede sobrevivir en sus lugares paradigmáticos asociado a cierto aire de justicia. En otras palabras, el valor del dinero no puede abstraerse de la ley de la acumulación salvaje del capital, lo que queda más o menos ilustrado en la confrontación de anécdotas, la del vuelto exacto que trae mi hija y la que me llega de mi amigo por correo: «Si, acá no hay problemas de cambio. La idea de que alguien va redondear con un caramelo, o quedarse con unos centavos, es del todo ajena. Aunque los centavos no sirven para nada ya. Yo los colecciono. Tengo uno de 1850, de antes de la Guerra Civil. En vez de Lincoln, tiene la cara de un indio. Para eso sirve el cambio, y para ponderar, ociosamente, sobre las vueltas que da una moneda antes de llegar a uno».