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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 23 de abril de 2012

almorzando con "la dueña"


Me gusta demasiado la televisión como para sentarme frente a la pantalla más de cinco minutos, por eso prefiero ver programas por internet. Desde luego, no vi todo el primer episodio de La dueña, del mismo modo que nadie se come un sándwich de mortadela rancia entero para saber que está malo.
Mirtha Legrand, se sabe, vuelve a hacer ficción con La dueña: pero todo el trabajo debe hacerlo el espectador, que tiene que creerle y bancarle su cara de almuerzo en medio de una telenovela. Confirmé que es cierto, que la Legrand, como dijo Federico Luppi, “es una ignorante”, en principio, de su propio pasado. Cuesta creer que la actriz que protagonizó films geniales como Pasaporte a Río (Marcelo Tinayre, 1948) o El retrato (1947), del gigante Carlos Schlieper (y hay que decir que Schlieper ya decía que la Legrand era una señora de su casa antes que una actriz y que buscaba el matrimonio), por nombrar un par de las tantas que rodó, ignore ese legado para conformarse con el de una anfitriona gastronómica que está todo el tiempo tragando las heces de la tevé argentina.
Pero dejemos de lado la Legrand, que es lo mejor que puede hacerse. La puesta en escena de La dueña sólo tiene de fílmico-televisivo (ahora que todo el mundo está más o menos formado con las magníficas series que se ven en la web) un trabajo decoroso de edición que la salva de esas cámaras ebrias que no pueden mantenerse en un plano. Lo demás no se acerca, no digamos a Los simuladores (lo mejor que tuvo la tevé argie en las últimas décadas), ni a La Lola, cuyo desparpajo le pasa el plumero. De los actores ni hablar, cierto que hay algunos excelentes, pero incluir a Raúl Taibo entre los protagonistas es hoy un atentado. 
En cuanto al desarrollo dramático y argumental, por llamarlo de algún modo, La dueña padece del mismo síndrome de la ameba de toda la tevé nacional: se da por supuesto que en las muecas petrificadas, en las miradas cómplices, en los encuentros incómodos se sobreentiende una trama que termina siendo eso, un sobreentendido y nada más. No hay narración o, por lo menos, no parece que desde la producción o dirección haya alguien que confíe en que se pueda hacer un relato con imágenes. ¿Para qué? Eso supondría un cierto trabajo sobre el desarrollo dramático de los personajes que demanda dinero y talento. Se puede, parecen asumir los creadores, trabajar sólo con la información: así, un personaje que es rico se la pasa ufanándose de ello en toda la escena, en la que sobreabunda información sobre su riqueza. ¿Y? Y, lo que tenemos es un almuerzo más con la señora, pero de mentirita.