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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 30 de agosto de 2012

juan b. justo 676, san nicolás


Nuestra amiga Sonia Tessa viaja ahora a San Nicolás seguido –casi treinta años después de que nos fuéramos. Es que cubre para Rosario 12 el juicio por la masacre de la calle Juan B. Justo, lugar por el que debemos haber pasado distraídamente toda la adolescencia. San Nicolás se nos aparece otro en esta crónica –que Sonia nos envía completa, digamos, la directors’ cut–. No porque desconozcamos sus historias y su faz más oscura, sino porque ignorábamos que mientras nuestra madre, en aquellos años, hacía el ejercicio de meternos en un placard por miedo, por las dudas, había otros roperos cuyas puertas ya no se abrirían a Narnia.
Imagen tomada de Diario del Juicio

“Supe que mi mamá me había salvado la vida”
por Sonia Tessa | desde San Nicolás

Manuel Gonçalves Granada se pregunta todos los días por qué le tocó sobrevivir. Tenía cinco meses el 19 de noviembre de 1976, cuando las fuerzas conjuntas de la policía bonaerense, la Federal y el Ejército atacaron la casa de Juan B. Justo 676 en San Nicolás, acribillaron a su mamá Ana María del Carmen Granada, al matrimonio de Omar Alfredo Amestoy y Ana María Fettolini, y asfixiaron con gases lacrimógenos a Fernando Amestoy, de tres años, y María Eugenia, de cinco. Manuel fue protegido por su mamá con colchones, adentro de un placard, y por eso se salvó. El juez de menores de San Nicolás, Juan Carlos Marchetti, lo dio en adopción de manera irregular, sin buscar a su familia. “Ahí perdí mi identidad”, contó ayer. Durante 19 años fue Claudio Novoa, y en 1995 empezó a averiguar quién era. “Cuando me encontré con esta historia, supe que no sólo mis padres no me habían abandonado, sino que mi mamá me había salvado la vida”, expresó ayer, frente al Tribunal Oral Federal número 2 de Rosario, que juzga a los ex militares Manuel Fernando Saint Amant y Antonio Bossie, así como al ex jefe de la policía Federal Jorge Muñoz por esa masacre. “Más allá de que la justicia llega tarde y no repara todo, es necesaria”, dijo. “Para algunos de los que están acá esto es un trabajo, a otros los incomoda estar acá. Lo cierto es que para mí es la historia de mi vida”, argumentó el valor del juicio en marcha. “Sólo en días como hoy le encuentro sentido a haber sobrevivido”, se sinceró ayer. 

La audiencia se realizó en el Concejo Deliberante, en Sarmiento y Lavalle, en San Nicolás, adonde se trasladó el Tribunal. La esquina céntrica estaba repleta de militantes de derechos humanos y nietos recuperados, que fueron a acompañar a uno de los suyos. Estaban Victoria Montenegro, el diputado nacional Horacio Pietragalla, Pedro Sandoval y otra decena de jóvenes que fueron privados durante años de su identidad por los responsables del terrorismo de estado.

Manuel rescató que, pese a haber hecho “montones de cosas” para que estos procesos llegaran, nunca los tomó de “manera personal”. “Yo quiero que este país sea otro y no puedo tolerar que los tipos que vinieron a esa casa, la destruyeron y asesinaron a todos, estén libres”, dijo con la voz apretada por la emoción. Manuel se pregunta “todos los días” por qué fue el único sobreviviente. “Siempre estoy en falta, y seguramente no estoy haciendo todo, pero hago lo que puedo. Al resto, sólo le pido que haga lo que corresponde”, fue su frase final, con la voz quebrada. Todo el público lloraba y los aplausos fueron interminables. La presidenta del tribunal, Beatriz Caballero de Baravani, le agradeció el testimonio.

El relato de Manuel comenzó desde el principio de su recobrada identidad. Su papá era Gastón Roberto José Goncalves y su mamá Ana María del Carmen Granada. Eran militantes en Escobar, perseguidos desde antes del último golpe militar. Gastón desapareció el mismo 24 de marzo de 1976 y un par de días después, Ana fue a despedirse de su suegra, Matilde, consciente de que la buscaban. Apenas Ana –embarazada, de 23 años— se fue del departamento, llegó la policía buscándola. Como no la encontraron, se llevaron a la mamá de Gastón, la abuela de Manuel, y la golpearon durante todo un día. Preguntaban por Ana. Cuando la soltaron, la mujer descubrió que estaba en la comisaría del barrio. Volvió a su casa, y encontró que le habían robado todas sus pertenencias. Sin dudarlo, la abuela volvió a la comisaría para intentar hacer la denuncia. Cuando Manuel lo contó, hubo algunas risas en el público. “Mi abuela tenía una forma de describir esta historia que a mí me ayudó mucho”, dijo Manuel, que consideró que todas las Abuelas de Plaza de Mayo son las suyas. “Mi abuela Matilde caminó incansablemente buscándonos a los tres, y golpeando todas las puertas”, agregó. 
Manuel Gonçalves, imagen de Diario del Juicio.

Cuando Manuel supo quiénes eran sus padres, en 1995, en la Argentina estaban vigentes las leyes de impunidad. “Difícilmente alguien se pueda poner en el lugar de una persona que perdió su identidad. A mí me cuesta hoy todavía”, explicó ayer. Apareció la necesidad de saber. “Nunca los iba a conocer, la construcción de quiénes fueron ellos las hice a través de terceros”, rememoró. El primer destino fue Escobar, donde militaban Gastón y Ana. “Eran alfabetizadores de adultos. A través del testimonio de mucha gente fui conociéndolos. Gente que aprendió a escribir con mi papá y mi mamá y me lo agradecía a mí porque a ellos no se lo podían decir”, reconstruyó ayer. En Escobar, entonces, el intendente era el comisario Luis Patti, condenado a cadena perpetua el 14 de abril del año pasado por la desaparición del papá de Manuel, entre otros delitos de lesa humanidad. Ese padre le legó un hermano, Gastón, el bajista de los Pericos, que tras el testimonio de Manuel no paraba de secarse las lágrimas en la vereda del Concejo.

Después de recorrer Escobar, Manuel quiso conocer San Nicolás, adonde había vivido los pocos meses que pudo compartir con su mamá. Manuel sabe que nació el 27 de junio de 1976, pero no adónde. Sabe que él y su madre fueron alojados por la familia Amestoy. Ayer contó que se imagina a su mamá sola, perseguida, sin poder mantener contacto con su familia, teniendo su primer hijo a los 23 años. Vivieron con los Amestoy hasta el 19 de noviembre.

Cuando fue a San Nicolás, Manuel empezó por el cementerio, ya que el cuerpo de su madre estaba en el osario. Después, visitó el lugar de la masacre. Sólo tenía un recorte de diario, con la foto de una ventana. “Una vez pasé por la casa, pero nada más. Otra vez, vine y me animé a mirar. Un 19 de noviembre tuve la necesidad de venir, llegué a la casa, me bajé. Eran las tres de la tarde, hacía mucho calor y me puse en la vereda de enfrente. La foto parecía de otra casa”, contó ayer con un tono que parece destinado a aligerar la tragedia que vivió.

Finalmente, luego de semblantearse con un vecino durante un rato, Manuel se animó a tocar el timbre en la casa lindera al 676. Lo atendió una señora “bastante mayor”, por la ventana, sin abrirle la puerta. “Sí, es la casa que está acá a la izquierda. Cuando vos golpeaste la puerta, yo estaba hablando de eso, porque nosotros nunca nos olvidamos de lo que pasó acá. Hace 24 años de eso”, le dijo la mujer. A Manuel le pareció “muy fuerte” que lo recordaran con tanta claridad. No pensaba decirle a esa vecina quién era porque “no podía casi hablar”, pero no fue posible. La mujer le dijo: “Siempre lo recuerdo porque de acá sacaron a un bebé que estaba vivo y nunca supimos qué pasó con él”. Cuando Manuel le dijo que él era ese bebé, la vecina cerró la ventana. El pensó que era el momento de irse, pero la mujer abrió, esta vez, la puerta, lo abrazó y lo invitó a comer. En un rato, los vecinos de toda la cuadra estaban a su alrededor, contando lo que había ocurrido. “Me costó mucho procesar esa información, era lo que yo había vivido pero con otros ojos. Después me di cuenta de que yo lo tenía registrado de alguna manera”, rememoró ayer frente al Tribunal, guiado por las preguntas de la abogada que lo representa, Ana Oberlin.

La noche de la masacre, Manuel fue llevado al hospital San Felipe, con problemas respiratorios. Una vez que se estabilizó, permaneció cuatro meses solo, en una pieza, con custodia policial. Si los efectivos que estaban en esa habitación tenían gorra, él lloraba. Muchos años más tarde, Manuel pudo volver al hospital. Uno de los médicos le mostró adónde le habían salvado la vida. Las enfermeras le contaron cómo fueron esos meses. Había una familia, la del policía Ricardi, autorizada para visitarlo. El matrimonio –luego se separaron— y los tres hijos de entre 10 y 13 años tenían expectativas de quedárselo, pero no fue posible. Un día llegaron y Manuel ya no estaba, había sido entregado a una familia de Lomas de Zamora. La madre y los chicos publicaron, en 1984, un aviso en el diario con la foto de Manuel, queriendo conocer su destino. Muchos años después, cuando él fue a San Nicolás, lo acompañaron en su búsqueda. El paraba en la casa de los Ricardi. En esa descripción, Manuel separa al policía, que “tuvo que saber lo que había sucedido, y por eso estaba autorizado a visitarme”. Hoy será uno de los testigos que deberá declarar. Ayer, Viviana Ricardi, una de las hijas, escuchó el testimonio de Manuel desde el público.

En sus constantes idas de los últimos años a San Nicolás, Manuel pudo entrar en la casa donde fue la masacre. “Los dueños me lo permitieron. Para mí significaba mucho estar ahí porque en esa casa había estado con mi mamá”, dijo ayer. “El dueño de casa me fue relatando que estaba todo roto, los muebles agujereados a balazos. Me contó que se habían llevado todo lo que había en la casa. Me dijo que habían encontrado la casa destruida, que tuvieron que hacerla de nuevo”, siguió ayer. Los Donatelli –los dueños de casa— estaban conmovidos por su presencia. Entonces, no había ninguna posibilidad de iniciar un juicio penal por la masacre. Después, cuando inició sus demandas, encontró mayor reticencia. De hecho, los Donatelli declararon en las primeras audiencias que se realizaron en San Nicolás, y dijeron no recordar nada.

Es imposible recrear toda la declaración en una crónica. Cuando el abogado defensor de Saint Amant y Muñoz, Mauricio Bonchini, le preguntó si sabía quién era la persona que lo había rescatado de la casa, Manuel recordó la indagatoria del ex jefe de la Policía Federal de San Nicolás, el 1° de agosto pasado. “Conozco porque fue público lo que dijo uno de los acusados. No siento que haya sido un rescate. Los que generaron la situación adentro de la casa son los mismos que me sacaron. El infierno del que dicen haberme sacado no fue tal. En esa casa vivíamos seis personas. El infierno fue el ataque”, subrayó Manuel.
Bajada de calle Belgrano, San Nicolás. En San Nicolás de la frontera.