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domingo, 23 de diciembre de 2012

pornografía del espionaje



Del mundo de la bipolaridad al mundo de la globalización. Del erotismo sugerente de un estereotipado galán inglés al crudo realismo del primer Bond rubio. Del elegante traje a los poderosos músculos, la mutación de un lenguaje que todo lo sugería a otro que no oculta nada. El corazón de Bond, James Bond, sigue latiendo con ritmo contemporáneo. Editado por Juan Balaguer para la revista MOR.

por Pablo Makovsky

En las películas más tardías de James Bond, tanto en las dos últimas protagonizadas por Pierce Brosnan (El mundo no basta y Otro día para morir, 1999 y 2002 respectivamente), como en Casino Royale (2006) y Quantum of Solace (2008) en la que el inquietante Daniel Craig encarna a 007, el agente de su majestad británica es varias veces llamado “un asesino inglés”, término que en las anteriores de la saga quedaba disuelto entre chicas seducidas, armas sofisticadas y autos de lujo. El mismo Brosnan, el brillante Brosnan protagonizó, casi en paralelo con las películas del agente 007, otros films en los que era un oportunista agente británico y un asesino a sueldo (los dos excepcionales: El sastre de Panamá, dirigida por John Boorman y estrenada en 2001; y El matador, de 2004). Como si el mismo cine –sus guionistas, sus directores y sus actores– se encargaran de poner a Bond en conexto.
Es que en un mundo en el que se globalizó la guerra contra el terrorismo, con aviones robot que disparan misiles contra civiles sospechados de conspirar y una casta financiera capaz de demoler países, los márgenes para idear historias en las que un agente secreto de una gran potencia pueda cruzar el purgatorio de la verosimilitud y el humor se han visto drásticamente reducidos. Así que Bond tuvo que matar a Bond. Como lo dice un magnífico crítico neoyorkino, “Bond had to bend”: “Bond –que en inglés significa ligadura– tuvo que torcerse”.


Ganarse la vida
Casino Royale fue la primera novela con el personaje de James Bond que publicara el escritor Ian Fleming en 1953 y el primero que se llevara al cine, pero como una sátira que protagonizaron David Niven, Woody Allen y Orson Welles, dirigidos por John Huston, por lo que no forma parte de la filmografía “oficial” de Bond. En cambio, la Casino Royale (2006) dirigida por Martin Campbell muestra a un 007 más sombrío que cumple con el duro oficio de ganarse la vida. Es decir, de hacerle perder a otros la vida. Este realismo de Craig es físico en todas sus películas, incluida Skyfall (2012). El agente secreto tiene licencia para matar, pero poco para decir sobre la política de estos crímenes, a diferencia de sus antecesores quienes, ya sea en la Guerra Fría o en un mundo que se acomodaba al capitalismo global del desempleo, la mafia de la droga y la estafa, soportaban con su presencia un irónico discurso político conservador, fiel a la visión original de Ian Fleming, el escritor que creó la serie y fue consultor de la inteligencia militar británica durante la Segunda Guerra.
En Otro día para morir, Brosnan –que ya había desfigurado a Bond en El sastre de Panamá– había padecido torturas a manos de militares norcoreanos, pero las torturas que padece el 007 de Craig son peores, como su compromiso corpóreo con las muertes que circulan en la película. Es, al fin y al cabo, el precio que debe pagar Daniel Craig para convertirse en el primer James Bond rubio (“a blonde Bond”), para lo que debe completar el círculo y recoger los fetiches diseminados por sus antecesores, como el automóvil Aston-Martin 64 que le gana al terrorista griego en la primera parte de Casino Royale.


Sólo se trata de una cosa
En los primeros films de Bond las escenas de peleas eran por completo irreales y artificiales, casi cómicas, casi “camps”, como las de la serie televisiva Batman de los 60. En Casino Royale, como bien señala David Walsh en wsws.org, es en particular una ironía que los terroristas o su agente –el villano Le Chiffre– lleven adelante actos de tortura sexual. “Como sabemos –escribe Walsh–, las fuerzas militares y de inteligencia británicas y americanas y sus aliados son los máximos expertos en este terreno. A fin de cuentas, esto es lo que convierte a un Bond «realista» en un oxímoron”.
Los guionistas no ignoraron este detalle y ponen en boca del villano, antes de que se aboque a la tarea de torturar al espía, desnudo y atado a una silla desfondada, dándole latigazos en los testículos: “Para qué complicarse con estrambóticos métodos de tortura cuando sólo se trata de una cosa”, dice.
Curioso que un film cuya cámara se demoró más en las escenas de tortura y asesinatos con las manos que en sensuales momentos con Eva Green lleve a tal grado de conciencia el “tema” de la película, que no es otro que la pornografía: la del poder, la del dinero, la de la democracia corporativa. Ya la esposa de Ian Flemming, Ann, había dicho que las novelas de Bond eran “la pornografía de Ian”.
En la novela La espía que me amó –en la que lejanamente se basó el film que protagonizara Roger Moore y Bárbara Bach en 1978–, la narradora femenina declara: “Todas las mujeres adoran ser casi violadas. Les gusta ser arrebatadas. Fue su dulce brutalidad (la de Bond) contra mi cuerpo golpeado lo que volvió su acto de amor algo tan penetrante y maravilloso”. Pasajes como este convertían a los libros del conservador Flemming (muerto en 1964) en una fruta deseada entre los adolescentes de la Guerra Fría.
Los aires de caballero galán de los distintos James Bond que tuvo el cine contrastaron con los villanos, por lo general deformados por implantes (como Tiburón y sus dientes de acero en Moonraker y La espía que me amó, o Chritopher Lee y su miembro dorado y externo en El hombre de la pistola de oro), o encarnados por mujeres envueltas en un halo lésbico (como Grace Jones en En la mira de los asesinos). En este esquema, y para cerrar la idea de la pornografía, las armas y dispositivos tecnológicos que le permiten a Bond ganar “otro día para morir” –aunque no para procrear–, vendrían a ocupar el lugar del juguete erótico o las grageas de viagra.
Fue el semiólogo italiano –luego novelista y crítico– Umberto Eco quien lanzó por primera vez el comentario, a fines de los 70, sobre las oposiciones binarias en que se fundan las películas de Bond: el agente secreto encarna la belleza y los valores de Occidente, mientras que sus enemigos (extranjeros, deformados, desleales y perversos), son su copia en negativo.

Asesinos en serie
Definitivamente más oscuro, más personaje, menos artilugios”, definió Martin Campbell a su James Bond mientras planeaba Casino Royale. Podría ser también la definición de Howard Gordon y Alex Gansa para sus personajes de Homeland, la serie de televisión de Showtime sobre una agente de la CIA que sospecha que un marine rescatado de una prisión iraquí es un doble agente. Gordon y Gansa son también los creadores de 24, la otra gran serie de espionaje interno (ocho temporadas con audiencias vastísimas) de la pantalla chica. Es que las series de televisión o las sagas como la del agente Bourne o los films basados en los libros de Tom Clancy sobre el agente Jack Ryan (La caza del Octubre Rojo, de 1991, o La suma de todos los miedos, de 2004) vinieron a cambiar la percepción de lo que es un espía tras la caída del muro de Berlín.
Las primeras películas de espionaje son deudoras de Los 39 escalones, que Alfred Hitchcock filmó por primera vez a fines de los años 20. Allí aparecen todos los tópicos que la serie Bond explotará luego: el viaje, el atentado, los asesinos surgidos de las sombras de la noche, la catástrofe inminente, el protagonista masculino y el femenino atados, ligados –no olvidemos lo que significa “bond”– por esa circunstancia que pronto adquiere aires de misión y el secreto a develar que, en los términos del gran director inglés, era sólo una excusa para desarrollar las peripecias del héroe. El mismo Hitchcock desplegaría estos hallazgos en films como Intriga internacional o La cortina rasgada.
Es en los 90 cuando las películas de espionaje reculan ante el fin de su edad de oro y comienzan a especular sobre sus posibilidades en La entrega (1989) o la citada Octubre rojo. Pero es a partir de films como la serie de Bourne (protagonizado por Matt Damon) o las lúcidas visiones de William Friedkin en La cacería (2003) o en Reglas de combate (2001) cuando el asunto del espionaje y el agente secreto cobra un cariz más real, en un sentido político.
“Si está mal lo que hice en Irán –declara un condecorado Samuel Jackson en Reglas de combate, donde se lo acusa de masacrar civiles–, está mal toda mi carrera en los Marines de los Estados Unidos”. Como en el juego de póquer que James Bond juega con el villanoLe Chiffre en el Casino Royale de Montenegro, de lo que trata el juego de la democracia en tiempos del capitalismo global es de la administración de la muerte: a través de agentes secretos, que la vuelven un asunto confidencial y privado en épocas de paz; y a través de ejércitos, que la vuelven masiva y pública en tiempos de guerra. Hallar en eso un entretenimiento es lo que se llama pornografía.