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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 20 de mayo de 2013

juegos de patriotas


“Abril es el mes más cruel” (“April is the cruellest month”), dice la primera línea de La tierra baldía, el célebre poema del poeta angloamericano T.S. Eliot, cuya primera parte se llama “El entierro de los muertos”. Abril, en el hemisferio norte, es el mes en el que cede el invierno, el de la renovación, por lo tanto, el de las despedidas. En abril, el calendario de Estados Unidos recuerda muchas cosas, desde las primeras batallas por la independencia en 1775; el ingreso en la Primera Guerra Mundial, en 1917, la masacre de Waco (entre febrero y el 19 de abril de 1993) y el atentado contra el edificio federal Murrah en Oklahoma, el 19 de abril de 1995, célebre hasta septiembre de 2001 por ser el acto de terrorismo más importante en suelo americano: 168 muertos que incluyeron 19 niños, destrozados por la explosión de una bomba alimentada con fertilizante como el que arrasó el 18 de abril pasado una fábrica cerca de Waco. El edificio de Oklahoma fue volado por tres ex militares asociados a grupos militaristas radicales que se oponían al control de las armas, tema que el Senado volvía a debatir este año, este mes, sin posibilidades casi de prosperar.

A estas tristes efemérides el calendario sumó una nueva fecha: 15 de abril de 2013, durante la Maratón de Boston (una competencia que data de 1897), estallaron dos bombas armadas dentro de ollas a presión que dejaron tres muertos y más de 160 heridos sobre la línea de llegada, en la calle Boylston. Todos los datos asociados al funesto mes dispararon de inmediato las más variadas conjeturas: aunque las fuentes oficiales demoran la declaración, todo hace pensar que el ataque proviene de esos sectores supremacistas cuya formación política comenzó en las iglesias cristianas blancas, continuó en el ejército y siguió en los campos de entrenamiento clandestinos de ciudadanos que creen que la mejor forma de vestir a un negro, un extranjero o un judío es con una de esas bolsas de plástico negro que llevan un cierre para guardar un cuerpo.



Supremacistas

Los supremacistas –grupos que proclaman la supremacía racial, a veces con fuertes y caprichosos contenidos religiosos– son, a la vez, figuras casi centrales de muchas series que están entre las más vistas o las más celebradas por la crítica de la televisión estadounidense actual: Justified, Sons of Anarchy, TheFollowing o la futurista Revolution, en la que un apagón universal devolvió a la humanidad al siglo XVII y todo el territorio americano fue copado por milicias a veces enfrentadas entre sí.

Dar por sentado que estos supremacistas están todos animados por un mismo espíritu, como en la filosofía de Schlegel que alimentara el totalitarismo, sería un error: “Podríamos decir —nos escribe desde Colorado un distinguido profesor universitario– que hay al menos cuatro tipos de supremacistas: 1, los clásicos del Sur; 2, los que surgen de la pauperización de la antigua clase trabajadora blanca –por ejemplo, los que se ven en la serie Justified, que eran mineros y demócratas, antes de que todo el valle junto a la cadena montañosa de Appalachia colapsara, pero también las milicias de Wisconsin, Michigan, el así llamado «rust belt»–; 3, los que surgen del contacto o el conflicto con las poblaciones inmigrantes (los de california, como se ve en la serie Sons of Aanarchy); 4, los que abrevan en la tradición del oeste (la milicia de Montana, por ejemplo). Todos coinciden en ciertas cosas básicas, pero tienen «linajes» históricos diferentes, dado que surgen de realidades diferentes”.

Los grupos de supremacistas, a la vez, son conocidos por sus representaciones en series y películas en las que aparecen como la AryanBrotherhood, el brazo de la población penitenciaria de la Aryan Nation, que constituyen menos de un 1% de los presos en cárceles federales estadounidenses y a quienes les sindican el 20% de las ejecuciones dentro de los presidios, así como tráfico de drogas, extorsión, prostitución de reclusos y otros delitos asociados al crimen organizado. En California –la referencia podría ser, otra vez, Sons of Anarchy– estos blancos a los que también se los denomina “White trash” (basura blanca, por su extracción pobre, marginal e inculta), se asociaron a los reos de origen mexicano vinculados a los carteles de la droga y enfrentan, entre rejas, a los afroamericanos de la Black Gerilla Family. Las series, al menos las citadas, a las que podrían sumarse tiras como BreakingBad u otras que ya no se emiten, como The Wire, señalan con cierto énfasis político el paso de muchos de estos militantes supremacistas por el ejército y, sobre todo, por campañas de las fuerzas armadas americanas en Oriente Medio.



La ruta del odio

La institución que controla y observa todo este fenómeno, la Southern Poverty Law Center (SPLC) tiene incluso en su sitio en la red un “Mapa del odio”, en el que se señalan los puntos de adoctrinamiento, de entrenamiento militar y aquellos lugares donde ocurrieron episodios que se desprenden del odio racial.

En el blog (splcenter.org/blog), desde la SPLC postean y analizan el ataque con bombas en Boston del 15 de abril pasado. Escriben: “¿Quién fue responsable por el mortal ataque terrorista en Boston? Lo hicieron los musulmanes. No, fue un inmigrante ilegal. Pensá de nuevo, fue un gay. Momento, no estás atendiendo a las claves: nuestro propio gobierno encaró de nuevo un acto terrorista para promover sus metas más nefastas. Desde el lunes pasado, cuando ocurrió el ataque, todos apuntaron el dedo en estas direcciones, tanto quienes sostienen teorías conspirativas hasta quienes manipulan profesionalmente el odio”. Y cita: “«Es casi seguro afirmar ya que este ataque fue perpetrado por un islamista”, declaró el martes un post en el sitio del TeaParty Nation. Y señalaba como causa evidente para ese acto de violencia: «Tenemos un gobierno que no está comprometido con la protección de América». La entrada encadenaba así al Islam con lo que Ronald Reagan llamaba «Imperio del Mal» para referirse al comunismo, y advertí que las bombas de Boston eran otro evento que presagiaba la violencia futura en una «guerra ideológica» que sólo podría ganarse si se fuese más duro, si los líderes políticos de Estados Unidos fueran más anti-Islam. Eso, por supuesto, sería lo cabal para el Tea Party”.

La entrada en el blog del SPLC terminaba con una cita del pastor de la Iglesia Bautista de Westboro, Sam Phelps-Roper, dueño de uno de los discursos más cargado de odio racial de todo el país, quien declaró en un video de 7 minutos que Dios había enviado las bombas para vengar la decisión de (la Corte) de Massachusetts de permitir el matrimonio entre personas del mismo. “Gracias, Dios, por este justo juicio”, dice Phelps-Roper a la cámara según puede verse en el sitio de esa iglesia, al que se accede en la web mediante la sutilísima dirección: GodHatesFags.com (DiosOdiaALosPutos.com).

El del SPLC es una llamado a la reflexión, a la sensatez. Aunque, si conocemos al white trash tal como nos lo muestran las series (personajes que no pueden distinguir si “onanista” –onanist, en inglés– es un insulto o un halago), es dudoso que nuestros esbirros del odio lleguen algún día a desintoxicarse leyendo esas páginas.



Libertad, libertad

Los supremacistas suelen ser libertarios en un sentido que es raro comprender para nuestra cruzada formación de algún modo positivista y católica. Si su dios es el “personal Jesus” de la canción y las leyendas (un Jesús que se revela de forma muy personal, con interpretaciones de la Biblia que no obedecen a tradición alguna), el Estado se reduce a la Patria, que también es mucho más personal. De modo que ese estado –y esta tesis es la de Harold Bloom en su libro American Religion– está siempre en formación, por eso la necesidad de defenderlo a sangre y fuego a través de la Segunda Enmienda, que permite a los ciudadanos armarse. La postura, en términos generales, es rechazar los impuestos y promover un sentido de la libertad que está siempre al borde o fuera de los márgenes de la ley (acá, de nuevo, el ejemplo más cabal es la serie Sons of Anarchy, en el que el concepto de anarquía es entendido en un sentido antiestatal que promueve la iniciativa privada).

“No todos los grupos libertarios –nos escribe nuestro académico en Boulder, Colorado– son extremistas. Hay libertarios de derecha y de izquierda, respetables y de los otros. En Colorado, por ejemplo, que es un estado “liberal” (de izquierda, digamos) hay muchos libertarios, esto es, gente en contra de la intromisión gubernamental, pero por lo mismo a favor de la legalización de las drogas (que se acaba de aprobar, en el caso de la marihuana), del matrimonio gay, en contra las guerras externas, etcétera (todas reivindicaciones de la izquierda). Son gente mayormente integrada al proceso político. El héroe es (el congresista republicano) Ron Paul”.



Influencia

El argumento que postula que grupos de la naturaleza como los que venimos describiendo hayan perpetrado el ataque en la Maratón de Boston tiene un punto flaco: rara vez tales grupos actuaron contra un blanco como ése, más bien prefieren los edificios gubernamentales, como el Murrah de Oklahoma. Pero tiene a favor, a falta de información concreta sobre quién fue detenido el jueves pasado tras una identificación de los videos de vigilancia, varias circunstancias: que en el estado de Massachusetts se haya aprobado el matrimonio gay, que la maratón reuniera competidores de todo el mundo, etcétera. La carta con veneno que recibió el presidente Barack Obama –cuyo color de piel y la promesa electoral de controlar las armas, más la efectiva aceleración de esta propuesta tras la incursión de un desequilibrado armado en un jardín de infantes de Newtown, con 20 niños y seis adultos muertos el 14 de diciembre pasado, despertó la ira de la Asociación del Rifle (NRA) y otros radicales–, según declaraciones oficiales, no agrega mucho a la investigación. Mientras tanto, la sospecha de que habían detenido a un sospechoso, el miércoles pasado, movilizó a una multitud de ciudadanos frente a los tribunales bostonianos.
“La influencia de los supremacistas es nula –nos escriben desde Colorado–. Son loquitos pintorescos a veces, peligrosos otras. Muy marginales (no hay un político que conozca que reivindique una posición supremacista), que se suelen pelear entre ellos (como en la serie Justified). Lo que ocurre es que ha habido una convergencia de «tono» entre estos supremacistas y el racismo (disfrazado de libertarianismo) del partido republicano –o de ciertos sectores del partido– a partir de la elección de Obama. Todo responde además, a lo mismo: la ansiedad cultural de ciertos grupos ante las transformaciones demográficas y culturales en Estados Unidos. Pero eso está desapareciendo. Las derrotas de los republicanos en las últimas elecciones, y la velocidad con la que el matrimonio gay va camino a imponerse, el ascenso de las mujeres y las minorías, es una evidencia de hacia dónde va la historia. El supremacismo es una reacción, pero una reacción de un grupo históricamente en declive. Nadie se preocupa mucho por ellos, salvo cuando hacen cosas. Y como acá las armas son muy disponibles, se pueden hacer muchas cosas. Es un milagro que no pasen más cosas horribles, con la disponibilidad que hay”.