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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 21 de mayo de 2013

pornobytes

Ya nos lo había advertido Ballard, ahora, nuestro pensador oriental de cabecera, Sandino Núñez (en esta entrada), es mucho más explícito: "
Sandino escribe: «El ciberespacio, internet y la comunicación electrónica son, en principio y en apariencia, el mapa perfecto del mundo capitalista desregulado. Y por mapa perfecto entendamos un no-mapa: un mapa del capitalismo de mercado que “coincide punto por punto con el capitalismo de mercado”. No caben dudas de que ambos mundos se solapan o se envuelven uno al otro: la aparente imposibilidad del capitalismo occidental de los últimos años de plantearse en una escena no democrática liberal (lo que algunos llaman posneoliberalismo) debido al empuje caótico y ciego de las fuerzas de hiperproductividad e hiperconsumo, las inyecciones de capital a la masa lumpen de consumidores, el irreversible endeudamiento interno, la bancarización de todo el sistema de intercambios (hasta el punto en que todo el sistema parece tocar un punto nuclear de contradicción, una especie de sobregiro cuya fuerza centrífuga es incalculable), ocurre paralelamente al mundo digital del crecimiento ilimitado y descontrolado del mercado de la información, la comunicación, la imagen, el chisme, la pornografía, el espectáculo privado, las opiniones, los comentarios. El murmullo atareado e indiferente del mundo global.
 
«La obscenidad de la cultura contemporánea se puede resumir como una privatización absoluta de todo, un asalto profanatorio brutal a eso que clásicamente se ha entendido como lo público (que es la organización política inherente a lo social). Átomo y  byte (digamos, para aprovechar la estúpida metáfora de Negroponte): uno espejo del otro. El gran simulacro envolvente entre materia y electricidad, entre mercancía y publicidad, entre cosas y voces. Lo de simulacro envolvente quiere decir que no hay límites ni contradicción entre unos y otros (materia y energía, cosas y signos, mercancía y publicidad, cosas e imágenes). Y lo de envolvente remite también a una impensada fuerza de unificación y clausura de todo el sistema sobre sí mismo: un sistema al que toda anomalía o toda desviación parece pertenecerle o  parece poder ser reincorporada, y por lo tanto es un sistema impensable (un no-sistema). Eso es la democracia liberal contemporánea: un sistema aberrante que (como decía Freud de lo inconsciente) no conoce la negación.
«La masa, siempre volcada sobre la singularidad de tales o cuales disfuncionalidades (corrupción, malas administraciones, luchas a la interna de los gobiernos y de los partidos, inercias burocráticas, conspiraciones), no puede pensar en términos de estructura, ya que el sistema mismo no es sino una desmentida de su propia estructura, es decir —en suma— una desmentida de sí mismo: todo empuja a ciertas insoportables modalidades de reformismo, procedimientos de corrección o enmiendas de aquello que funciona mal, e implícitamente, la aceptación ontológica a priori de que el sistema está bien o es el mejor posible, por lo que cabe únicamente mejorarlo, corregirlo, perfeccionarlo (combatir la corrupción, administrar prolijamente, evitar el despilfarro estatal, etc.). Si aparecen acosadores en la web, o siniestros pedófilos que acechan a nuestros nenes, o hackers y piratas del malware, se arma rápidamente el servicio de la seguridad de Childpolice, de alarmas y firewalls, o el sanitarismo moral contra los contenidos pornográficos, etc. Pero el problema es que lo pornográfico de este mundo ilimitado no reside en tales o cuales contenidos sexuales explícitos. Lo pornográfico es la estructura misma: la sustitución no de los átomos por los bytes, sino la sustitución de los signos y de los conceptos por los átomos por un lado y por los bytes y los píxeles por otro. La pornografía, o por lo menos, la obscenidad, está en el ADN del propio sistema y no en usos desviados o torcidos de la herramienta.
«Acá es donde uno no tiene más remedio que coincidir con la clásica observación de McLuhan de que el medio es el mensaje, pero solamente a condición de radicalizarlo e invertir su polaridad: no se trata simplemente de que la arquitectura del medio determina el horizonte de mensajes posibles (y así como la escritura fonológica y la imprenta favorecieron el pensamiento racional-analítico ahora la máquina electrónica multimedia empuja el collage asociativo, la frialdad elíptica, las experiencias envolventes y primitivas, la neo-oralidad de la tribu, etc.), sino de entender que hoy la idea clásica de mensaje (la materialidad del signo metaforizando o enviando a la insustancialidad conceptual del referente) ya no es posible en tanto ha sido plenamente sustituida por el medio, por el canal, la atmósfera o el clima ansioso de la comunicación o el clima histérico de la transmisión. Y esto, a diferencia de lo que profetizaba el sacerdote hippie canadiense, no ha sido una ganancia: nos ha vuelto más participativos, más activos, más espontáneos, más expresivos, más opinadores, decía él, y es cierto —pero yo insisto: eso no es una ganancia; es más bien al revés: es una pérdida catastrófica. Las ideas y los conceptos parecen haber sido erradicados del mundo y ahora solamente hay átomos o células (lo real) y bytes (su réplica digital-imaginaria en la pantalla).»