socio

I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

miércoles, 26 de junio de 2013

angustia

Hace casi un mes, en una conversación, mi amigo Juan Pablo notaba que el término angustia desapareció del vocabulario habitual de la gente que frecuentamos. Como también hablábamos de series y de la medicina en EEUU, donde él vive, teoricé de manera facilonga esto de que todo estado actual de la psiquis debe ser inmediatamente identificado por su síntoma y ese síntoma debe ser medicable. Así vemos y escuchamos la proliferación de fóbicos, bipolares y Dios sabe cuánta basura farmacológica.
Luego, terminando ya el librito de Quignard en el que me demorado (es que de estos autores suele atraerme más la pereza), me encontraba con este párrafo: "Cuando la música era esporádica, su convocatoria era tan perturbadora como vertiginosa su seducción. Cuando la convocatoria es incesante, la música se convierte en repulsiva, y entonces es el silencio lo que convoca y se convierte en solemne.
"El silencio se ha convertido en el vértigo moderno. Del mismo modo que constituye un lujo excepcional en las megápolis.
"(...) La música que se sacrifica a sí misma atrae de allí en más al silencio como el señuelo al pájaro". (Anoto: lo del señuelo y el pájaro alude a la teoría desarrollada en los fragmentos que hacen al libro: el origen de la música, su fascinación y encanto como un desprendimiento casi ritual de la antigua cacería).
Bien, entonces tenemos que la angustia es en esencia silencio, hay una ausencia de palabras y el ser queda solo ante el ser, que se abisma en ese vacío de lenguaje, la angustia no es quizás un síntoma, sino una ontología: nos muestra los precarios y simbólicos andamios con los que hemos construido una existencia.
En el sanatorio en el que estuve estos días (el de la foto) hay música funcional, unas melodías latinas bastante civilizadas que excluyen parientes guarros como la cumbia o el reguetón y reemplazan el polvillo en el aire que la pulcritud del lugar mantiene a raya.
Ahí, mientras permanecíamos embebidos en esa música "funcional", murió el martes a la noche un joven. Los detalles que supe son minúsculos. Su edad, las causas, pero nada de él. Vi más tarde, en la puerta, un grupo de chicos casi adolescentes, veinteañeros, de los primeros veinte, con sus ropas aún gritonas y sus gestos inconsolables. Escuché también, cuando subí al segundo piso a hacerme una radiografía, a un tío hablar por teléfono y contarle a alguien que durante el día había intercambiado mensajes con el pibe, que le decía que estaba bien, que tomarían una cerveza pronto, que esa rutina que interrumpe el sanatorio, que no es otra que la de la vida, retornaría. Pero lo que con mayor aflicción recuerdo son los gritos de los padres, que escuché desde la sala de guardia en la planta baja, junto con todos los que estábamos allí, y llegaban a través del hueco de la escalera. Gritos que no son palabras ni pertenecen a nada que pueda representarse.
La música funcional desapareció entonces, claro, y el sanatorio se mostró como lo que realmente es: el lugar donde las personas mueren.