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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 1 de julio de 2013

bandidos

La obra principal de Juan Pablo Dabove (San Nicolás, 1969) está en inglés, porque pese a haber estudiado en la Escuela de Letras de la UNR, desde fines de los 90 reside en Estados Unidos (primero en Pittsburgh, Massachusetts, donde se doctoró; luego en Boulder, Colorado, donde es en la actualidad docente). Desde hace 10 años, Dabove desarrolla una investigación y un estudio sobre lo que la Universidad de Colorado señala como “Cultura y literatura poscolonial latinoamericana”, y agrega: “En particular la representación cultural de las formas diversas de insurgencia campesina rotuladas como bandidismo”. El libro que reúne buena parte de esos estudios y tesis se titula Pesadillas de la ciudad letrada (Nightmares of thelettered city) y está en vías de traducción. La modernidad actual, como el mismo Dabove dirá en esta entrevista, está de algún modo muy comprometida con este tema o, mejor, con lo que el tema implica: los alcances de la ley, el modo como nos enfrentamos al otro, la definición de un enemigo y de una sociedad. Desde el terrorista de Al Qaeda, al motochorro argentino; desde el zombie al narcocriminal (para usar figuras ficticias y reales, tal como las elabora Dabove), el interrogante, como en el lejano oeste, como en el desierto que señalaba Sarmiento, parece ser de nuevo “Nosotros o ellos”. Bien, quién es ese nosotros y quién ese ellos.




—Tu libro se titula Pesadillas de la ciudad letrada, ¿cómo explicarías ese enfrentamiento, en breve, entre lo letrado y el bandido?

—No siempre o no necesariamente es un enfrentamiento. La aparición del bandolero en la cultura de elite es a la vez una estrategia letrada y un “síntoma” (la manifestación visible e inmanejable de otra cosa). Como el motochorro. Una cosa es el peligro “real” (bastante bajo) que el motochorro presenta al cuerpo social. Otra es cómo la figura del motochorro se convierte en una figura de los medios, de las conversaciones, de las obsesiones personales y colectivas. Por un lado, podemos hablar del “uso”: las estrategias por las que el grupo Clarín usa la “inseguridad” para deslegitimar al gobierno. Por otro, podemos hablar de un síntoma: el modo por el cual, como sociedad, damos cuerpo a nuestras ansiedades colectivas sobre los pobres, los más oscuros, los jóvenes, los extranjeros, y las personificamos en el motochorro (que es, dicho sea de paso, una actualización del antiguo asaltante de caminos).
Mi trabajo consiste en rastrear la aparición en la imaginación de la elite letrada de la figura (el tropo) del bandolero o insurgente rural. No puede hablarse de “un” uso (como no puede decirse que una imagen en un sueño—o en una pesadilla—tiene un sentido predeterminado). Cada aparición de la figura del bandido en el texto de la cultura es única, y el trabajo del crítico cultural es reconstruir sus condiciones únicas de emergencia. Esto no implica que no puedan establecerse ciertas regularidades, claro. En mi trabajo he tratado de aislar lo que he llamado “paradigmas de representación”: el bandido como Otro (para citar un caso argentino: Sarmiento, para quien el rosismo es un fenómeno de bandolerismo en gran escala, que surge de la no-sociedad gaucha, fruto anómalo del vacío del desierto); el bandido como instrumento de crítica al seno de la elite (otro caso argentino: el Moreira de Gutiérrez, que es menos una exaltación del gaucho malo que una crítica de Avellaneda y Roca, y del destino de la provincia de Buenos Aires ante la federalización); el bandido como origen suprimido (La Guerra Gaucha de Lugones, cuyos protagonista colectivo es un grupo de gauchos al margen de la ley, pero que pueden ser protagonistas –domesticados o negados– de la épica nacional, y no de un fenómeno de violencia fronteriza, porque son reapropiados por la imagen y el cuerpo de Güemes, del cual los gauchos, dice Lugones, son una suerte de emanación). Hay otros paradigmas: el modo en que la intelectualidad marxista se apropia de la figura del bandolero social como una suerte de prehistoria del revolucionario, o el modo como ciertos escritores (entre ellos Borges) usan la figura del bandolero o del hombre de coraje para pensar el estatus de la literatura y del hombre de letras frente a“lo popular”, por decirlo de algún modo.
—Al hablar de la pulpería señalás ese estado de “disosiación” del lugar, donde el respeto y el prestigio se gana con violencia, ¿hay un paralelo actual de ese espacio?
—Sarmiento (en “Facundo”) habla de la pulpería como el lugar donde se reúnen los cuerpos de los gauchos. Pero esa reunión no equivale a una sociedad: como los gauchos (otra vez, según Sarmiento) son pastores individualmente autosuficientes, la reunión no está orientada por la necesidad: no hay mercado de trabajo o mercancías, o información (y para Sarmiento, como buen liberal, el mercado es la fuerza de formación de una sociedad civilizada). Sin mercado, la reunión de los cuerpos es un simulacro de asociación, una no-sociedad, donde lo único que importa es el prestigio de la violencia (el duelo a cuchillo). El objetivo de Sarmiento es claro: si los gauchos no son una sociedad, entonces no hubo una “voluntad general” que legitimara a Rosas (que llegó al gobierno por elecciones). El “desierto”sarmientino es una ficción geocultural, desde luego. No creo que hoy exista en América Latina una ficción geocultural comparable. Los espacios alternativos de violencia (las zonas liberadas de la narcoguerrilla colombiana, o las áreas de influencia de los carteles, aunque son amenazas ciertas a la seguridad estatal, no son amenazas (como el rosismo) a la idea del estado tal como la concebimos. Eso es lo que Sarmiento identifica y quiere explicar: Rosas (el guerrero nómade) como líder de la ciudad. No me parece que haya nada similar. En otro ámbito, sin embargo, la ansiedad por el guerrero nómade y la amenaza no de conquista, sino de polución, es fácilmente identificable en cómo Estados Unidos piensa a los talibanes, y a Al Qaeda.
—Si los relatos “letrados” son los de Sarmiento, ¿cuáles serían las novelas argentinas que exaltan la figura del bandido o cuál es su legado en la actualidad?
—“Letrado” no es una posición ideológica a favor o en contra. Un letrado es alguien que basa su prestigio y su posición social en el dominio de una tecnología (la escritura). Así, es tan letrado Sarmiento (que habla pestes de los gauchos malos) como Eduardo Gutiérrez (que los exalta), aunque son variedades de letrado diferente. La tradición de escrituras en Argentina y América Latina sobre el insurgente campesino es tan larga que no podría ni empezar a mencionarla aquí. Baste decir, sin embargo, que algunas de las novelas más importantes de América Latina son novelas de bandidos. “Gran Sertón: Veredas” (en Argentina hay una excelente traducción de Garramuño y Aguilar) es el ejemplo eminente. Borges ha vuelto una y otra vez al tema con un doble propósito: intervenir en los conflictos culturales de su tiempo (pensemos en la diferencia entre “El Sur” y “La noche de los dones”), y reflexionar sobre su propia literatura (otra vez, “El Sur” y “La noche de los dones” son cuentos narrados por letrados, y el tema es la memoria y la capacidad de comunión o comprensión de y con la violencia.
—Decías que Cuando me muera quiero que me toquen cumbia puede leerse en clave de novela de bandidos, ¿cuáles serían hoy día los equivalentes del bandidismo?
—Depende. En la imaginación “letrada”argentina (en la medida en que el término letrado pueda aplicarse a algo hoy), los equivalentes son el motochorro y el narco (no el gran narco, sino el narco de la villa, a la vez violento pero integrado a su comunidad, como el Frente Vital del relato-testimonio de Cristian Alarcón). Creo que esas dos figuras ocupan el lugar narrativo que el bandolero ocupó en su momento. En el panorama global, sin embargo, los equivalentes son el pirata (somalí o chino) y en otro sentido, el terrorista islámico.
—¿La posmodernidad actualiza de algún modo el tema del bandolero?, me refiero a que la ciudad de la modernidad actual sufre también las consecuencias de la disolución del Estado-nación.
—La gran aspiración de la modernidad ha sido hacer del estado nación la síntesis político-cultural por excelencia. Hoy en día, el capital y los desafíos al capital hacen esa aspiración más y más ilusoria. El bandolero nos remite a la escena (imposible para nosotros, sujetos de la modernidad) de un pasado donde la nación-estado estaba lejos de ser una certidumbre. Pero ese pasado es también la imagen del futuro. Por eso afirmé en algún lado que el bandido es nuestro contemporáneo radical.
No por casualidad, en The Road, la gran novela de Cormac McCarthy, el nombre que tiene el horror del futuro distópico donde el Hombre y el Niño huyen hacia la vaga promesa del Sur son los “roadagents” (caníbales nómades que buscan víctimas para esclavizar y comer). Road agents: el nombre en el Oeste para los bandoleros.
—¿Cómo es ese paralelismo que establecés entre el bandolero y el terrorista?
—El bandolero, desde la antigua Roma, es considerado no alguien que rompe la ley, sino que está más allá de la ley (latro: bandido, se opone a hostes: enemigo hacia el cual hay obligaciones). Por eso, Cicerón, por ejemplo (en De oficiis), considera al bandido (o pirata) “el enemigo común de la humanidad”, hacia quien no hay obligaciones de ninguna índole. En el derecho germánico antiguo, el fuera de la ley era declarado “lobo”: fuera de la comunidad (su cabeza valorada con el mismo precio que se pagaba la de un lobo), y pasible de ser muerto por cualquiera, en cualquier circunstancia, sin temor a las consecuencias. Así, el bandido es más que un criminal, porque en el caso del criminal, la ley aún lo alcanza (contraviene la ley, pero no está fuera de ella). El terrorista contemporáneo, por su parte (el de Al Qaeda, tal como fue definido en su momento por el equipo legal de Bush), no es un criminal, ni un soldado: es un “enemycombatant”, hacia el cual no hay obligaciones de ninguna índole, y no está protegido por la Convención de Ginebra ni la declaración de los derechos humanos. Por eso se lo puede torturar, encarcelar sin juicio, y todo lo que sabemos. Tanto bandido como terrorista son definidos por el estado por esta posición “extralegal”, que si por un lado los hace una suerte de monstruos, por otra los convierte en una suerte de sujetos “sagrados” (el fuera de la ley es la posición del bandido, pero es también, recordemos, la posición del soberano).