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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

miércoles, 16 de octubre de 2013

la post miseria

Fue Florencia Coll quien me señaló la entrevista y me pasó el enlace. Allí, el capo mafioso paulista Marcos Williams Herbas Camacho, alias Marcola, responde a la pregunta ¿tiene miedo de morir?: "Ustedes son los que tienen miedo de morir, yo no. Mejor dicho, aquí en la cárcel ustedes no pueden entrar y matarme, pero yo puedo mandar matarlos a ustedes allí afuera. Nosotros somos hombres-bombas. En las villas miseria hay cien mil hombres-bombas. Estamos en el centro de lo insoluble mismo. Ustedes en el bien y el mal y, en medio, la frontera de la muerte, la única frontera. Ya somos una nueva “especie”, ya somos otros bichos, diferentes a ustedes. La muerte para ustedes es un drama cristiano en una cama, por un ataque al corazón. La muerte para nosotros es la comida diaria, tirados en una fosa común. ¿Ustedes intelectuales no hablan de lucha de clases, de ser marginal, ser héroe? Entonces ¡llegamos nosotros! ¡Ja, ja, ja…! Yo leo mucho; leí 3.000 libros y leo a Dante, pero mis soldados son extrañas anomalías del desarrollo torcido de este país. No hay más proletarios, o infelices, o explotados. Hay una tercera cosa creciendo allí afuera, cultivada en el barro, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo Alien escondido en los rincones de la ciudad. Ya surgió un nuevo lenguaje. Es eso. Es otra lengua. Está delante de una especie de post miseria. La post miseria genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, Internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes."
La entrada de Wikipedia señalada da por falsas varias de las entrevistas a Marcola que circulan por la web, aunque lo que dice ese párrafo, que también puede leerse en YouTube, es terriblemente cierto. El periódico O Globo, por otra parte, no la tiene entre las entrevistas de junio de 2006 (fecha que se lee en el post de YouTube). En el mejor de los casos, la "filosofía" de Marcola, deudora de Giorgio Agamben, de los postulados de J.G. Ballard, bien puede leerse como el estilo de Borges en aquella difundida falsificación de un poema suyo, "Instantes".

Imagen tomada de scielo.br.

A fines de la década del 80, una vez muerto Borges, pósters, señaladores y antologías reproducían como las moscas el poema “Instantes” firmado por un tal Jorge Luis Borges en 1985. Empieza: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida./ En la próxima trataría de cometer más errores”. Por cierto, el primer error sería escribir ese poema, que el Borges muerto en Ginebra en 1986 jamás escribió. Si bien la confusión –según un exhaustivo texto de Iván Almeida– podría tener su origen en una prestigiosa revista de poesía mexicana, la masiva aceptación de esa lista de deseos para una otra vida como obra del más prestigioso escritor argentino señala su condición de clásico. Por supuesto que el poema es vulgar y pueril, pero tiene el vago tono de remordimiento grave y distante que insufla la razón y un lector promedio, ansioso por llevarse algún rédito espiritual del texto en el que se metió, está dispuesto a “comprar”. Este detalle –la atribución y aceptación de “Instantes” como un poema de Borges– convierte al autor de El Aleph en un clásico.
Si “Instantes” enseña, aunque de modo bastardo, el procedimiento Borges, sus temas y su tono, la “flasa” entrevista a Marcola enseña el modo en que hemos comenzado a concebir la criminalidad en un mundo en el que el capital se reproduce a costa de exclusión y muerte.
En el mejor de los casos, quien la escribió usó a Marcola como personaje para poner tras guiones de diálogo los conceptos que Giorgio Agamben y, antes, Michel Foucault, desarrollaron bajo el título de “biopolítica”: la determinación de lo humano a partir de los imperativos de la guerra y la política
También escuchamos en esas declaraciones que supuestamente se falsificaron el eco de los postulados del gran escritor británico J.G. Ballard –cuyas novelas son uno de los retratos más crueles y precisos del presente. Había dicho Ballard en una entrevista de 2005, poco antes de su muerte: “La crisis que enfrenta la clase media es la más seria de la actualidad, en todo el mundo, y tendrá efectos sobre el futuro de nuestro planeta. A diferencia de la clase trabajadora en los siglos anteriores, la clase media aún posee algún poder perturbador sobre la sociedad. La forma en que ella reaccione a la crisis será determinante para el futuro. Mi gran temor es que se hagan a un lado de la sociedad, como ya están haciendo con las comunidades cerradas, las instituciones privadas de salud y la educación. La única manera de traer a las clases medias de regreso a la sociedad será con espectáculos psicopáticos, de la misma manera que el Circo Romano mantenía a la población satisfecha”.

Mutantes

Hasta hace algunos años, y es probable que aún siga siendo así, desde la oficina de prensa de la Unidad Regional II, cuando había alguna confianza y buen tino de parte de los agentes que desde el otro lado del teléfono pasaban información, solían referirse a los rateros y matones que circulaban por las villas miserias más sufridas de la ciudad con el adjetivo “mutante”. Por ejemplo: “La patrulla vio al «mutante» que corría por los pasillos”. Con el término no designaban a un tipo específico de criminal –no era el mismo calificativo el que se usaba, por ejemplo, para un peso pesado que delinquía en el centro o en los bancos– sino a alguien que, inmerso en la pobreza y la falta de recursos propia del sector postergado del que provenía, usaba la violencia contra sus pares, de modo indiscriminado. Era, con una exactitud que opera de una manera misteriosa en el lenguaje, un mutante, un ser en el que se habían trastocado los valores de la comunidad de la que emergió.
Nuevamente, para el caso de nuestro capo criminal brasileño y el más modesto “mutante” vernáculo, es la ficción, el hallazgo de un término, la invención de una entrevista, la literatura, en definitiva, la que viene en socorro de eso que el “contrato” periodístico no puede resolver: las mutaciones fundamentales de la biología que no encontraron aún su discurso.