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martes, 5 de noviembre de 2013

la revista que inventó una ciudad

Fue el crítico inglés John Ruskin, pasada la primera mitad del siglo XIX, quien escribió que la niebla de Londres había sido inventada por los artistas románticos de la isla, que fueron los primeros en “verla”, es decir, en reparar en ese dato cotidiano que el arte y la literatura consideraba hasta entonces irrelevante. El argumento sirvió para que otros escritores, entre ellos Oscar Wilde, arguyeran que las cosas, para que acontezcan, necesitan ser primero narradas y, conclusión, que esa es tarea de los hombres de letras. No parece osado señalar que la Rosario que hoy conocemos fue “inventada”, en ese sentido, por los escritores que en 1968 crearon la revista Boom, dirigida por Ovidio Lagos Rueda, quien contó en su equipo, entre otros, a Roberto Fontanarrosa, Rafael Oscar Ielpi, Rodolfo Vinacua o el fotógrafo Carlos Saldi.
Los 22 números de la revista Boom (entre agosto de 1968 y julio de 1970) son en la actualidad casi imposibles de conseguir, pero pueden espiarse en la antología de artículos que cuidadosamente compiló el escritor, poeta y periodista rosarino OsvaldoAguirre en el libro Boom, la revista de Rosario. El volumen, asimismo, integra la serie “Constelación Santa Fe” y su propuesta ganó en 2010 la convocatoria del Programa Espacio Santafesino, estímulo a la producción editorial del ministerio de Innovación y Cultura de la provincia.

Boom fue el mensuario que registró el ingreso de Rosario a la modernidad próspera de los 60. Tuvo firmas como Fontanarrosa, quien diseñaba y dibujaba las tapas, o Soldi, cuyo registro del Rosariazo superó al de otros medios de la época al seguir con su cámara las escenas no oficiales de la revuelta. Los mismos nombres son hoy día casi una marca de la ciudad.
En esos años sin sosiego del fin de la década, Rosario, que vivía un momento de bonanza económica importante, modificaba su fisonomía: al tiempo que comenzaban a levantarse edificios de gran altura, en la periferia empezaban a desparramarse las villas miseria. Desde la revista, lo mismo que aquellos fotógrafos pioneros del cambio de siglo XIX al XX, como FranciscoAyerza, Cristiano Junior o el santafesino Fernando Paillet, sus escritores entendieron que estaban antes un paisaje que iba a cambiar de forma definitiva. Eso fue lo que se abocaron a escribir.
Como señala Julieta Tonello en la introducción, si bien existían por entonces revistas literarias que son también hoy un mojón importante en la historia cultural de la ciudad (Setecientosmonos o ellagrimal trifulca, entre otras), se trataba de publicaciones abocadas a la literatura. “Boom”, en cambio, interpelaba a un espectro más amplio de lectores, aunque formados, cultos: las reseñas bibliográficas –que tuvieron entre sus colaboradores a Juan Martini o Angélica Gorodischer– ocupaban una parte importante en cada número. A su vez, la publicación de libros de escritores argentinos que entonces habían hallado una nueva voz para narrar la Argentina (Manuel Puig, Eduardo Gudiño Kieffer, por ejemplo), más el éxito que tenía por esos días la literatura producida en América latina (Gabriel García Márquez había publicado Cien años de soledad el año anterior al de la salida de la revista), hacían de Boom no sólo una palabra conocida, sino una contraseña.

Lagos Rueda, quien cuenta en la entrevista incluida en el libro que debió ganarse un lugar en el periodismo a pesar del ilustre apellido, tomó nota de las revistas que se hacían en Buenos Aires, como Primera plana y Panorama, que a su vez habían tomado nota de las norteñas Time o Newsweek. Cada número de Boom presentaba un tema en la tapa. Desde “Judíos en Rosario. ¿Un grupo segregado?” (agosto de 1968), hasta “Gardel, y la fama es puro cuento” (junio de 1970), pasando por “Villas de emergencia. El cinturón de la miseria”, “Juego prohibido en Rosario. El dinero secreto”, “El homosexual en Rosario”, “Construcción en altura. Más departamentos para menos compradores” o la de la entrevista con Juan Domingo Perón de mayo de 1970, “¿Morir en Madrid?” (todas las tapas están reproducidas entre la página 180 y 182), los titulares de Boom postulan la ciudad actual, la dibujaban hace 43 años. Leer en el libro la crónica sobre los rosarinos y el río, cuando el barco Ciudad de Rosario se oxidaba en un muelle y sólo los bacanes cruzaban a la isla, o el relato de la noche en la ciudad, cono los piringundines que vivían de los embarcados en pleno centro, o la que explora en los túneles sobre la costa, que hoy circulamos a diario, es como ver una temporada de la serie Mad Men pero ambientada en la Rosario de principios de los 70. Y, mejor que ver la célebre serie, es un ejercicio histórico vertiginoso: podemos dimensionar el movimiento y las fuerzas que nos pusieron en el lugar actuar y, a la vez, podemos hacer un lugar para el drama personal, para nuestro modesto periplo en la gran correntada de la historia.

Le preguntamos a Osvaldo Aguirre cómo lo interpela, como periodista, la lectura de Boom hoy día. Nos respondió: “Una de las cosas que me sorprendió al comenzar con el libro fue que Boom no estuviera disponible en ninguna parte. Hay una colección hecha pelota en la hemeroteca de la Biblioteca Argentina y ejemplares sueltos y alguna colección completa en manos privadas. Fue una experiencia de ruptura en el periodismo de Rosario pero muy pocos la conocen en la ciudad. Hablamos de nuevo periodismo en los 60 y hablamos de Primera Plana y Panorama, y pasamos por alto la existencia de Boom, que para mí está al mismo nivel de esos títulos ilustres y es más interesante que cualquiera de ellos para un lector rosarino. Entonces, en primer lugar la lectura de Boom me interpela desde el punto de vista de la historia cultural: de cómo carecemos de investigaciones y de un relato de nuestra propia historia. Por otro lado, uno de los legados más significativos de Boom, me parece, es el modo en que explicita y pone en circulación saberes y observaciones que circulaban en la ciudad pero que el periodismo de la época esquivaba. Boom mostró que narrar la ciudad era darle un sentido, algo que se aprecia, por ejemplo, en el modo en que describen el movimiento de la gente en la peatonal Córdoba, o el interior de una whiskería en Pichincha. Y no solo en los textos, sino también en la fotografía de Saldi o en los dibujos de Fontanarrosa”.
—¿Qué periodismo hecho en Rosario es de algún modo heredero de Boom hoy día?
—En los últimos años hay un nuevo desarrollo del periodismo en Rosario. A lo mejor no se localiza tanto en un medio en particular como en la práctica de los periodistas. Tenemos muy buenas crónicas sobre temas como el narcotráfico, los juicios por delitos de lesa humanidad y la trata de blancas, por ejemplo. La marca que imprime Boom es la de la investigación, el cuidado por la escritura, la reformulación de la agenda y la búsqueda de lo nuevo. Esos elementos están presentes en las mejores crónicas que se producen hoy en los medios de Rosario.
Dado que algunos de los periodistas y miembros de la redacción de Boom –que debió cerrar por falta de financiamiento– son hoy algunos de los nombres que narraron la Rosario moderna –las historias de la mafia y la prostitución de Ielpi ya estaban en la revista, lo mismo que la ciudad “historietizada” de Fontanarrosa–, cabe preguntarse cuántas cosas más proyectaron sus páginas.

En el CCRF
La antología Boom. La revista de Rosario, se presenta en el Centro Cultural Roberto Fonatanarrosa (San Martín 1080) a través de un ciclo de charlas con entrada libre y gratuita bajo el título general “Periodismo en Rosario, ayer y hoy”. El viernes 8 de noviembre será el turno de “De Boom a Etcétera, un período de cambios en el periodismo de Rosario”, con un panel que tendrá a Rafael Oscar Ielpi, Jacinto Moresco y Norberto Puzzolo, con coordinación de Osvado Aguirre. Y el viernes 15 siguiente, “La iniciación en el oficio. Cómo hice mi primera nota y aprendí lo que sé”, con un panel que tendrá a Hernán Lascano, Reynaldo Sietecase y Sonia Tessa, también coordinado por Aguirre.
El libro, además de la edición de Aguirre, cuenta un diseño de Liliana Angellini y Verónica Franco que permite recorrer tanto sus textos como sus imágenes.