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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 28 de enero de 2014

lo que hay que saber del fuego

La editorial Mansalva acaba de publicar Lo que sé del fuego, un hermosísimo libro de poemas de Edgardo Zotto para el que él mismo me pidió que escribiera el texto de contratapa.
Lo publico acá, entero, sin olvidar los enlaces a las notas 'guías" que en su momento escribieron sobre Edgardo, entre otros, Osvaldo Aguirre, Carlos Battilana y Beatriz Vignoli

«No resultaría difícil enumerar los materiales con los que Edgardo Zotto construyó los poemas de Lo que sé del fuego: las mañanas en las que resplandece el día, los pájaros que se agitan en el aire, la lluvia, el río, el agua que corre; un tucán que come elegantemente de la mesa a la que está sentada una pareja, los viajes, los objetos que con su silencio interpelan el silencio del poeta. La forma, en cambio, en que esos materiales dibujan un argumento poético –para usar la distinción de Wallace Stevens–, ya es otra cosa; en principio, una cifra: el modo en que el autor va al encuentro de una conciencia y la comunica.
«Digamos que esa comunicación sucede, como Zotto nos lo hacía saber en Impluvium (2004) “Del paisaje a la página”. Lo que cada poema nos dice es también lo que calla. Calla en el paisaje y, al violentarlo y hacerlo ingresar en la palabra, lo hace callar en la página.
«Con figuras discretas (el oxímoron que reza “vértigo tranquilo”), acercándose con la mirada (“la línea de un resplandor”, “mirar sin esperar”, señala), con el recuerdo de otra escena (“avanza, sale del recuerdo”, escribe), el poeta despliega una serie de artilugios que repiten un rito como un ademán: constatar que allí donde hay silencio refulge un misterio de la misma naturaleza que el de la poesía. El detalle no es menor, porque ese ir a la busca de una iluminación en el mismo momento en que la luz se extingue vuelve a los poemas de Zotto una rareza o, mejor, una anacronía: fuera del tiempo, su voz aparece cuando parecía ausente. Reitera entonces el movimiento de sus “Restos de una civilización personal”: “Todo cae, todo vuelve a caer/ al pozo sin fondo / de su memoria inútil”.
«También acá, en este Lo que sé del fuego, el saber y el aprendizaje, lo útil y lo inútil, la memoria y el olvido son el peso y el contrapeso de esta suerte de vaivén poético con el que Zotto elige caminar a tientas. “Voy a seguir construyendo/ esos objetos/ que nadie necesita”, declara; “Duda de perderse en la ciudad/ como en un bosque,/ sin más aprendizajes”, había declarado en otro libro.
«En el poema final que da título a este libro, el poeta anota: “y acá estamos otra vez/ asombrados de esta proximidad”. Es decir: permanecer cercano es todo el saber que Zotto va a permitirse. Lo que sé del fuego retoma los retazos de autobiografía que ensayabaRestos de una civilización personal o Memoria de Funes, y nos fascina menos por lo autobiográfico que por las reliquias que encuentra en esos restos.»