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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 10 de enero de 2014

una riqueza bastante obscena




Álvaro Torriglia comenzó a trabajar en la sección de Economía del diario La Capital de Rosario en 1995. Poco menos de diez años después, alrededor de 2003, quedó al frente y con ello se hizo cargo del suplemento del matutino. Sereno, con una libreta y un bolígrafo en la mano, su presencia en conferencias que reúnen a varios periodistas de economía es siempre una guía. Sus columnas, que a veces no firma, son a la vez un mapa de lo que sucede en la ciudad y la región en materia de economía política. Esta entrevista fue publicada en Cruz del Sur.
—¿Qué cosas cambiaron en la economía, a grandes rasgos y en general, en esta década?
—Atravesamos todo el período de crisis de 1999 hasta mediados de 2002, cuando las cosas comenzaron a cambiar. Creo que tatar de entender la naturaleza y el desarrollo de esa crisis fue la clave para intentar comprender lo que ocurrió en la década posterior. La posconvertibilidad es hija de la devaluación, el default y el reacomodamiento político de las variables económicas luego de esos acontecimientos. En términos económicos, diría que el relato oficial, deflactado de su propia exageración, da una idea aproximada de lo que significó ese ciclo. Un piso más alto para las condiciones sociales y económicas respecto de la década anterior. Sobre todo por la centralidad que adquirió el empleo. En términos periodísticos, la agenda y los protagonistas de la agenda cambiaron. La discusión y los acontecimientos vinculados a las noticias económicas se despojaron de la falsa neutralidad de la década anterior y se convirtieron en abiertamente políticos. Las entidades empresarias, los gremios, los actores políticos cobraron relevancia y la agenda se enriqueció en temas y protagonistas.
—¿Y qué cosas cambiaron en particular en Rosario?
—Creo que el mismo proceso descripto anteriormente se dio en Rosario con mucha intensidad. En la región se anticipó la crisis de 2000/2001 y también la recuperación de 2002/2003. Fue escenario del conflicto del campo y de la pelea para defender los empleos durante la crisis de 2009. La burbuja inmobiliaria y la persistencia de una tensa situación social también son características de esta década que tuvieron especial anclaje en la ciudad. La criminalidad económica y la violencia que desata también fueron anticipatorios, al menos en su visibilización pública, de una tendencia nacional. Hoy Rosario es como una ciudad de frontera, como aquellas del siglo XIX, en las que la violencia y la corrupción forman parte del dispositivo de disputa de una riqueza bastante obscena y la reconfiguración del territorio, de espacios, negocios, instituciones y de hasta las mínimas normas de convivencia.
—¿Hay ciertos rasgos que se repiten en el desarrollo económico de Rosario por su vinculación al agro, la exportación de granos, la Bolsa de Comercio? ¿Hubo cambios en esos “patrones” en estos últimos tiempos?
—Los historiadores con formación económica tendrán mayores elementos que yo para decirlo, pero se me ocurre que en los últimos años la economía de la ciudad puso en un nuevo valor las características que la acompañaron en su transformación en ciudad, allá en los tiempos de Urquiza. Puerto, granos, comercio y la industria, innovación y la institucionalidad que surge de la relación entre esos factores. El relato que la ciudad parece haberse dado a sí misma va por ese lado. Por supuesto, la impronta del peronismo y el desarrollismo también se nota en su estructura productiva, en la conformación industrial y en las tensiones sociales que conlleva. Se me ocurre que como característica específica de los últimos años aparece la conformación de un polo de agregación de alto valor a la industria agropecuaria, el desarrollo de un sector de ciencia y tecnología importante, una industria cultural y del turismo relevante y la burbuja inmobiliaria. Por lo que se vio en la crisis de 2008/2009 creo que la creación de un tejido de organizaciones sociales, gremiales y políticas vinculadas a la defensa del empleo tiene las condiciones de convertirse en un actor político importante en la región, aunque esta construcción siempre es más lenta y más frágil que las otras, que en definitiva siguen la ruta del dinero.
—¿Cuáles son los ejes de análisis más frecuentes en tus indagaciones en torno a la economía de la región?
—Muchas veces es la agenda la que lo lleva a uno más que lo que uno puede predecir. Creo que en la regularidad que aparece sobre el carácter anticipatorio de ciertos fenómenos que se dan en la ciudad, respecto del país, hay un tema importante para recorrer. Especialmente a la hora de indagar sobre tendencias en el nivel de actividad, los conflictos distributivos y el impacto en el sistema político. Entiendo que hay una tradición de periodismo económico que ha sabido dar cuenta de la creación de riqueza, sus personajes y sus instituciones en estos últimos años. Opino que incorporar la pregunta sobre la distribución y sus conflictos asociados podría ayudar a dar cuenta del fenómeno por el cual los sueños de prosperidad se transformaron en un pesadilla de violencia.
—¿Sos de fiarte de ciertos pronósticos económicos como los que auguran ciertas consultoras?
—Como en botica, hay de todo. Por supuesto, que detrás de muchos de estos pronosticadores hay toneladas de prejuicios, histeria, operaciones políticas, contradicciones, publicidad y aventurerismo. Más notable es la demanda que tienen. Hay como un circuito económico creado en torno de esa industria del consultor que se mueve casi como una lógica autónoma. Basta ver cómo en algunos congresos empresarios esas presentaciones van acompañadas de una producción artística que los convierten casi en shows de stand up. Es difícil pensar que de alli surjan análisis complejos de los procesos políticos y económicos. Pero los muchachos se hacen sus mangos, la gente los consume como al horóscopo y los suplementos económicos tenemos una página resuelta. Y si alguna predicción se le echa la culpa a “la política, la demagogia y el populismo” o al “viento de cola”.
—¿Cuáles son los economistas que más seguís y por qué?
Sergio Arelovich es al que más seguimos en la sección. Hemos hablado mucho e intentado aprender sobre la economía regional y el mercado de granos del fallecido Rogelio Pontón. Puede ser una gran contradicción porque están en las antípodas ideológicas pero creo que el punto común es la profundidad y el desprejuicio puesto en el abordaje de sus objetos de estudio. Sus puntos de vista, muy firmes, fueron orientados a conocer más y no a oscurecer las cosas. Entre los economistas más mediáticos o de la “city”, creo que Miguel Bein suele predecir escenarios económicos de una forma más ajustada que el resto de sus colegas. Seguro mi ignorancia me impide mencionar economistas muy buenos, que seguro los hay muchos.
—Desde Lavagna a Marcó Del Pont o Kicillof, el gobierno nacional movió muchos funcionarios en el área económica, ¿cuáles de esos cambios te parecen que muestran una fisura o una falla en el plan económico?
—Creo que los cambios de este año vienen a corregir errores fundamentalmente políticos, que surgen de una mala lectura del enorme resultado electoral de octubre de 2011. La idea de que ese resultado blindaba cualquier decisión, cualquier ensayo y cualquier actitud. El gobierno pagó caro decisiones y no decisiones que tienen que ver más con caprichos que con estrategias de gobierno. A grandes rasgos creo que hubo una etapa de reconstitución económica, de la salida del modelo de valorización financiera al nuevo ciclo de la posconvertibilidad, que tiene como Lavagna a referente técnico. Una etapa de avance redistributivo en el ciclo 2009/2010, cuya agenda fue marcada por organizaciones sociales y asumida por la presidenta y por Kirchner, y una etapa de autorrestauración que comenzó con el famoso discurso de la extorsión sindical y luego fue puesta en terreno de disputa por la misma realidad. La crisis energética obligó a estatizar YPF y la fuga de dólares, habilitada como mínimo por la inacción oficial, obligó a transitar el camino de la pesificación. Un camino que hubiera significado un cambio estructural positivo, pero que el gobierno no supo, no quiso o no pudo sostener. Es difícil cuando queda al cuidado de funcionarios que mueren por los audis y por los veraneos en el exterior. Creo que el nuevo gabinete entra en el medio de una disputa distributiva feroz, con resultado abirto pero con mucha probabilidad de ajuste. Un economista heterodoxo respondía hace poco a la pregunta de una periodista de la sección sobre el futuro de la economía, advirtiendo que si no fuera Kicillof el ministro, seguro desde ese espacio económico se estaría denunciando la política económica como un típico ajuste de devaluación para bajar los salarios reales. Creo, igual, que ver la complejidad del tema. Hay un proceso en disputa.
—¿Cuáles fueron a tu entender las medidas más perjudiciales para la economía a nivel nacional y regional durante estos últimos años?
—La financiación con las reservas de la fuga de divisas, la liquidación de los organismos de estadística que dejaron sin elementos mínimos de arbitraje al Estado en la puja por las expectativas económicas, la funcional distracción de todos los niveles de gobierno en la lucha contra el empleo en negro, la falta de decisión para democratizar la actividad sindical, que hubieran elevado las condiciones de trabajo y el salario; la no intervención en el mercado inmobiliario para mejorar el acceso de los trabajadores a la vivienda y frenar la burbuja en el sector, son malas decisiones que ya se están pagando en materia de sobrevivencia del modelo de la posconvertibilidad. Forman parte de una plancha que todos los niveles gubernamentales comenzaron a hacer en el pico del ciclo expansivo.
—Son muchos los que señalan en la clase dirigente empresarial rosarina un afán de lucro superior al de la inversión y el apoyo de ciertas causas: por ejemplo, la falta de fondos privados para obras, cultura, etcétera. ¿Desde tu punto de vista esto es así, el empresariado rosarino difícilmente invierte en otras cosas que no sean el capital?
—Creo que no es muy distinta a cualquier clase empresarial del mundo. Entiendo que el esfuerzo debe estar en fortalecer el poder regulatorio del Estado y la sociedad civil. Fueron saludables en las sucesivas crisis de diciembre los pronunciamientos de entidades empresariales como Fisfe o la AER, alineándose con el sistema político. La última década abrió también un debate político e ideológico muy rico entre los dirigentes empresarios. Que se acaba, por supuesto, cuando empiezan las paritarias.
—Creo que como producto de la hecatombe de 2001 comenzaron a escucharse las voces de economistas que critican el modelo neoliberal, ¿cómo influyó en tu forma de pensar la economía y hacer periodismo económico el 2001?
—Creo que la crisis de 2001 y el proceso de posconvertibilidad abrió la agenda pública a nuevos actores, incluso economistas y nuevos temas. Es una de las cosas más saludables de ese proceso, a pesar de la caricaturización a la que se pretendió someter ese debate con discursos binarios e histéricos, desde distintos lados.
—¿Qué libro, página web, blog recomendarías para que un neófito se entere de cómo funciona la economía?
—No sigo muchos blogs. Leí recientemente la novela histórica, podría decirse, llamada La gran búsqueda, de Sylvia Nasar. Se me ocurre que es una accesible y entretenida forma de entrada a la formación de las ideas económicas, con la simplificación de una novela, claro está, y con un claro alineamiento de la autora en una de esas corrientes. A modo de manual, hay un libro-entrevista a John Kenneth Galbraith sobre macroeconomía, Introducción a la economía, que es muy útil. La lista es inagotable. La colección sobre la historia del capitalismo agrario pampeano de Osvaldo Barsky es imperdible, El imperio de las finanzas, de Julio Sevares, también; así como cualquiera de los libros de Jorge Schvarzer, Eduardo Basualto y/o Martín Schorr. Cuentas pendientes, compilado por Horacio Verbitsky es una buena lectura para estos días.