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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 26 de mayo de 2014

de kermese



Recuerdo que a fines de 1996 una pareja amiga se casó y que la tarjeta de casamiento la dibujó Max Cachimba. El dibujo tenía unas guirnaldas y unas lamparitas que parecían de colores, había un hombre y una mujer en el medio y unas mesas como de kermese. Una kermese, entre gente que transitaba la treintena en ese año era, para decirlo con la canción de Leonrad Cohen “un reluciente artefacto del pasado”, la memoria de alguna infancia pueblerina o de una conversación con el abuelo. Pero como el casamiento se hizo en un club de pesca sobre la barranca del Paraná, en Rosario, la fiesta terminó pareciéndose a una kermese, con el baile encendido entre las mesas cargadas de platos dentro del salón y los matrimonios con hijos pequeños retirándose a la terraza junto al río para hacer dormir a los pibes. La fiesta terminó siendo como ese dibujo que Cachimba había hecho.
La tarjeta invitación al casorio. Enviada por mi amigo.

Max Cachimba –nacido Juan Pablo González en Rosario, en 1969–, pienso desde entonces, tiene la extraña destreza de anticiparse a momentos que percibimos como un recuerdo. Sí, claro, hay una modesta ironía, un toque de absurdo en sus dibujos y pinturas, pero no hay burla. Como ese dibujo en el que un pollo de pollería –el tronco del pollo en realidad, ya desplumado y sin cabeza– hace malabares con huevos sobre el mostrador ante la mirada maravillada de un cliente que exclama: “Maravilloso, envuélvamelo para regalo”. Detrás del pollero, que está en una camiseta malla, leemos el cartel: “Pollería Romijor”. El cuadro se llama: “Romijor”. Es decir, el cuadro tiene ese nombre que es acaso el detalle más naturista de la escena, una pollería bautizada con la contracción de los nombres de los dueños, como se llaman muchísimos comercios de barrio. Pero ahí sucede una escena milagrosa y absurda.
Los pollos desplumados y acéfalos, los enanos y las gallinas de jardín, los patos fiesteros con ojos de venas estalladas que preguntan si hay más clericó o el huevo duro con gorro de marinero; personajes de feria y de circo, seres cuya presencia es un mundo o la posibilidad de un mundo, esos son, a grandes rasgos, los signos del universo Max Cachimba, quien este jueves (29 de mayo) a las 19.30 inaugura en Darkhaus, galería de diseño (Corrientes 267) su muestra “El circo imposible”, con “escenas y retratos de personajes de un incierto, imaginario espectáculo circense”, según describe el mismo artista.

“Una gallina de cemento. Hipnotismo. Bailarines sensuales. Equilibrismo. Acróbatas rumanos. Un trompetista”, se anuncia desde Darkhaus en lo que es una sintaxis muy Cachimba. Además de la muestra de pinturas y dibujos en la sala principal de la galería, en la planta alta y por única vez se desarrollará durante la inauguración un teatro de objetos titulado “La dimensión descocada”. “Una performance de escenas cómicas que realizo junto a Rodolfo Marusich desde hace varios años –me escribe Max desde su casilla de Gmail–, una especie de teatro de objetos, números de variedades, circo con pocas destrezas, dónde participan variados personajes: una gallina de cemento, algunos huevos duros, un osito de peluche, etcétera. Esto sería un circo posible, con juguetes y objetos encontrados”.
Es que Cachimba es un narrador, como alguna vez dijo al referirse al premio de la revista Fierro que ganó en 1984, cuando tenía 15 años y lanzó su primera historieta con guión del escritor Pablo De Santis (quien entonces también comenzaba a publicar). Por eso sus pollos acéfalos no son la imagen acabada de un concepto, sino escenas en tránsito. Cachimba ha ido dibujando ese gran relato en y desde muchos lugares: historietas, óleos, ilustraciones de libros para niños, humor gráfico (por ejemplo, en 2004 reunió sus viñetas de humor en el desaparecido diario Perfil), cortos de animación o revistas digitales como Bonete, donde publica junto con Liniers, Decur, entre otros.
 Imagen tomada de Bola de Nieve.

“En mis actividades –escribe Cachimba– suelo disfrutar o sentirme cómodo si puedo «contar un cuento», representar alguna idea u ocurrencia de manera sencilla y efectiva. Como historietista me explayo más como narrador, en las pinturas sugiero alguna narración o escena (suelo complementar con los títulos, con palabras)  e ilustrando busco acompañar determinado texto de alguna manera discreta e interesante. Trabajo imágenes figurativas que se ven como descripción y posibles relatos. Suelo entretenerme bastante más con lo narrativo que en asuntos formales de pintura o dibujo”.
Los personajes de Cachimba son así, de cierta inocencia “torcida”, infantiles por inacabados, a punto de algo que el absurdo no agota. Porque son parte de un relato que aún no concluye. “¡Hay un encanto en la combinación de inocencia y perversión! Los payasos siniestros y esas cosas”, me aclara él en el correo.
 Imágenes tomadas del Flickr de Max Cachimba.

Dice que de tanto trabajar con De Santis supone que lo influenció bastante, y que además lo inspiran escritos humorísticos de la más variada índole, como por ejemplo, las greguerías de Ramón Gómez de la Serna (aquello de “¿Y si las hormigas fuesen ya los marcianos establecidos en la Tierra?”).
Le pregunto, como para despertar al curioso lector, qué humoristas le gustan –porque recuerdo aquella frase del crítico Napoleón Zoilo que al referirse a un artista dijo: “Como en la mayoría de estos casos, conocerlo no te cambia la vida, pero ignorarlo te vuelve un idiota”. Y pone: “Me parece estupendo el trabajo que hace Diego Parés en La nación, el chiste de un cuadro «Humor petiso». Hay mucha inspiración por doquier, me ha inspirado mucho el humorista gráfico Gary Larson; desde la tele, Benny Hill o los Monthy Python, y así”.
“El circo imposible” se puede visitar hasta el sábado 5 de julio, de lunes a viernes de 9 a 13 y de 16 a 20; los sábados de 9 a 13.