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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 2 de mayo de 2014

luke haines

A mediados de 2001 el compositor inglés Luke Haines (Londres, 1967) lanzó sus dos primeros discos como solista, Christie Malry’s Own Double Entry –que reunía la música de una película basada en un comic– y The Oliver Twist Manifesto, en el que el músico coqueteaba con las técnicas de producción del hip hop. La aparición de este último álbum fue entonces acompañada de un llamado a la huelga nacional del pop, un silencio de radio que se extendería durante una semana por el Reino Unido y clamaría el indulto por todos los crímenes cometidos en nombre del pop.
Los álbumes de 2001 sólo confirmaron la carrera solista de Haines, quien desde fines de los 80, primero con su grupo The Servants y, luego, con The Auteurs, Baader Meinhof y Black Box Recorder, había entregado ya al repertorio de la música popular británica un puñado de melodías sólidas y virtuosas en la tradición del Elvis Costello pop, de Ray Davies y los Kinks o del mismo Paul McCartney con Wings. A su vez, el llamado a la huelga fue una operación estética acorde a un artista que encabezó algunos de sus discos con citas de Guy Debord y desplegó en su obra una mirada en la que la ironía se cruza con las clases sociales, la política, el sexo y los estilos de vida de la ciudad y el suburbio. Una melodía de Haines, escribió uno de sus críticos fervorosos, “es el equivalente a recibir un puñete en la puerta de alguien que apareció ofreciendo caramelos; pero una letra de Haines es el equivalente a descubrir que el caramelo fue entregado por el chotacabras”.
“La industria de la música trata acerca de cómo perder dinero”, o “Blur y Oasis son entretenimiento ligero”, son algunas de las frases con las que Haines azuzó a la prensa especializada y, sobre todo, a sus pares en la escena pop británica, entre ellos a Radiohead, asombrado del tiempo que se tomó el cuarteto para preparar y lanzar un disco.  
Escéptico pero rara vez cínico, Haines canta en “Future Generations” (Las generaciones futuras): “Esta música podría destruir una nación” y, en “Discomania” (sin acento y pronunciado “discoménia”, porque es el original en inglés) alardea: “Esta es la historia de adictos a la Pepsi Cola. ¿Quién de nosotros va a asesinarnos?”
En el álbum The Oliver Twist Manifesto Haines anuncia en la primera línea de la canción: “Esto no es entretenimiento”. “Quería salirme de esta idea –diría después el compositor– de que si escribo una canción eso me convierte en un showman. ¿Por qué debo ser un showman? ¿Quién dijo eso? Por esa razón The Oliver Twist Manifesto fue el comunicado de una brigada furiosa”.
La relación de Haines con Inglaterra –de la que confiesa que le cuesta salir– suena literaturesca y recuerda la de Martin Amis o la de J.G. Ballard con Gran Bretaña: en los tres el crimen es el gran capital simbólico sobre el que el imperio vuelve a refulgir sobre sus restos. Los títulos de algunos de sus discos –de sus distintas formaciones– son elocuentes: Back With the Killer (De nuevo con el asesino, The Auteurs, 1995), After Murder Park (The Auteurs, 1996), England Made Me (Inglaterra me hizo, Black Box Recorder, 1999).
Inglaterra es, en realidad, el tema de la mayoría de las canciones de Haines. “Mientras Inglaterra se aproxima cada día más a la idea de la cultura de las celebridades, donde todo el mundo es famoso durante quince minutos, me gustaría ser el último de los hombres en volverse famoso. Debería ser un objetivo para la gente evitar la fama”, declaró Haines a la prensa. Por eso, las figuras de sus canciones son menos la imagen de una cultura –la inglesa– que sus tropiezos, sus fallas, sus espacios vacíos, ya sea a través de la historia de las hermanas Mitford (en la canción “The Mitford Sisters”), un bastión decadente del fascismo que en los años 30 bregaba por la unión de Inglaterra con el Eje; ya sea a través de sus ídolos caídos, como el cantante del glam rock Gary Glitter.
Anunciado en muchas publicaciones y weblogs argentinos, los discos de Haines, de quien se conoció en 2006 Off My Rocker At The Art School Bop, no están editados en el país pero se comparten a través de la red. Entre ellos, hay dos compilaciones Das Capital, un doble que reúne lo mejor (The Best of, según la fórmula discográfica) de The Auteurs y Luke Haines is Dead (según el latiguillo con el que los iniciados creían escuchar la noticia sobre la suerte de McCartney en Sgt. Pepper Lonelyhearts Club Band), una edición de tres discos compactos en el que el compositor reinterpretó sus canciones con arreglos de cuerdas y creó nuevas versiones, muchas de ellas, como “Showgirl”, superiores a la original.
Las clases sociales, los negocios de ropa usada, el trabajo diario, el decadente mundo del espectáculo y la frágil vidriera en la que hombres y mujeres fortalecen un monstruo mediático de mil caras son los disfraces más frecuentes en las canciones de Haines, quien a fines de los 90 unió sus esfuerzos con el creador de The Jesus and Mary Chain, John Moore, para formar Black Box Recorder (una banda en la que la voz cantante la llevaba una mujer, Sarah Nixey).

“Comencé a hacer discos –dijo Haines– porque ya había escuchado la mayoría de la música que me gustaba. Fui un niño precoz y a los 12 años ya había recorrido la discografía de (David) Bowie; a los 13 escuchaba a Captain Beefheart. Cuando se llega a ese punto y uno está a mitad de los 30, para ser honesto, es raro que uno se interese en los «yeah, yeah»”.