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miércoles, 8 de octubre de 2014

el gran relato económico



Este artículo se publicó en la revista Strikemag.org. Su autor, David Orrell, es escritor y matemático. El título original del artículo es “Fuckonomics”.

Uno de los puntos en el que la gran mayoría está mundialmente de acuerdo es que la economía global está podrida. A diario nos azotan con tormentas financieras que parecen más allá de nuestro control, como una lluvia de meteoros del espacio exterior. El dinero perdió su función original como medio de intercambio para tomar una vida propia desquiciada y computarizada, atravesando las redes financieras a la velocidad de la luz, construyendo gigantescas paredes de deudas ficticias –que de repente colapsan y provocan el caos en las vidas de millones de personas. Hemos regresado a estados primitivos, aterrorizados por fuerzas externas, y buscamos con desesperación el camino a la estabilidad y la predicción del futuro. 

Aunque, irónicamente, son nuestro propios intentos de predecir y controlar la economía las que la transformaron en una bestia desatada. La sofisticación de nuestros sistemas matemáticos se han vuelto parte del problema, no de la solución. Para abrirse camino en un nuevo sistema, necesitamos repensar el modo en que hacemos nuestra economía.

Orden y simetría

La economía puede verse como un modelo matemático del mundo. Los modelos nos interesan porque codifican una suerte de historia sobre la realidad. Los modelos –y en especial los supuestos en que se basan– narran con amplitud el modo en que vemos el mundo y nos vemos a nosotros mismos.
Un buen ejemplo es uno de los modelos matemáticos más antiguos, el del cosmos griego.
Este modelo se basó en dos supuestos principales. El primero era que todo se movía en círculos, que se consideraba la forma más perfecta y simétrica. El otro, que todo se movía alrededor de la tierra. Según el esquema de Aristóteles, se pensaba que los planetas y las estrellas se alojaban en esferas cristalinas que se movían a velocidades distintas alrededor nuestro.
Como sabemos ahora, los dos supuestos eran incorrectos. Pero eso no parecía importar, porque el modelo persistió durante miles de años, hasta que al final fue reemplazado en el Renacimiento. ¿Cómo pudo resistir tanto tiempo?
Una de las razones está relacionada con la observación de Aristóteles: el hombre es un animal político. Los griegos creían que hay un fuerte paralelo entre lo que sucede en el cosmos y lo que ocurre en la vida humana. Del mismo modo que en el modelo del cosmos, la sociedad griega se estructuró como una serie de anillos concéntricos, con esclavos en la base, seguidos –en orden ascendente– por ex esclavos, extranjeros, artesanos y, al final, por los terratenientes, las clases altas que no necesitaban trabajar. Sólo estas personas podían ser ciudadanos y miraban todo desde su cima, como las estrellas del firmamento (las mujeres no tenían voz en la vida política y pertenec´ñian a la clase social de los hombres con los que estaban).
Un modelo del universo que sugería que cada objeto –y, por lo tanto, cada clase–, tenía su lugar natural en el esquema cómico, se apoyaba por lo tanto en el status quo. Aunque acaso una razón más importante para el éxito del modelo griego del cosmos fue que podía hacer predicciones más o menos precisas de cosas como eclipses solares. En una era en la que se creía que los asuntos humanos estaban influenciados por los movimientos de los cuerpos celestes, esto era una demostración impresionante del poder de las matemáticas.

Romper las esferas

Como se dijo, el modelo duró más de mil años. Aunque en 1543, Copérnico argumentó que la tierra se movía alrededor del sol, antes que a la inversa, como se creía. En 1572, el astrónomo danés Tycho Brahe observó que un cometa pasaba entre los planetas, de modo que si las esferas de Aristóteles hubieran existido, las hubiera rotos para atravesarlas. Por último, en 1687, Isaac Newton combinó la teoría de movimientos planetarios de Kepler con el estudio de Galileo sobre los objetos que caían para esbozar sus tres leyes sobre el movimiento y la ley de gravedad. Así, los círculos griegos fueron reemplazados por ecuaciones dinámicas.
Newton creía que la materia estaba hecha de “partículas sólidas, compactas, rígidas, impenetrables y en movimiento” gobernada por leyes de la física –por ejemplo, los átomos. Su obra estableció un patrón que los científicos siguen hasta el día de hoy. Para entender y predecir cómo funciona un sistema hay que irrumpir en sus partes constitutivas, hallar la ecuación matemática que domina su comportamiento y resolverla.
Este acercamiento fue muy exitoso en áreas como la química y la física. El mismo Newton desconfiaba de su aplicación en otros campos. Luego de perder la mayor parte de su fortuna en el colapso de la burbuja del Mar del Sur (South Sea bubble: el derrumbe de operaciones de especulación financiera a principios del siglo XVIII), Newton advirtió: “Puedo calcular los movimientos de cuerpos celestes, pero no la locura de la gente”. Sin embargo, en el siglo XIX los economistas decidieron de todos modos lanzarse a ganar posiciones. El resultado, conocido como economía neoclásica, se inspiró directamente en la “mecánica racional” de Newton. Como modelo matemático pudo haber tenido un efecto tan grande en la sociedad como el modelo griego siglos atrás.

Caricatura de carta de crédito de la compañía South Sea.

Mercados eficientes

En el plan de matematizar la economía, los economistas tuvieron que basarse en un montón de supuestos. Nadie piensa que esos supuestos son por completo verdaderos pero, como veremos, tuvieron una influencia asombrosa.
Según la teoría, los individuos y las firmas, que eran los átomos de la economía, actuaban independiente y racionalmente para maximizar sus propios beneficios, lo que llevó a la célebre caricatura del hombre racional y económico. La “mano invisible” –definición atribuida a Adam Smith, aunque el concepto lo precede– lleva entonces la economía a un equilibrio estable. Se suponía que el resultado de todo esto sería la mayor felicidad social.
Como con el modelo griego del cosmos, la mira de los modelos era hacer predicciones precisas. Sin embargo, en este caso los modelos no funcionaron tan bien. Predicciones de cosas como el producto bruto interno son poco fiables y no resultan mucho mejores que una estimación azarosa, incluso hoy día.
En los 60, la “hipótesis del mercado eficiente” se lanzó al aire como una explicación para la falta de aciertos en los pronósticos económicos. Era una teoría inspirada en la física que asumía que los mercados mágicamente alcanzan un equilibrio óptimo y estable, y que cualquier alteración era una perturbación aleatoria que por naturaleza no podía ser predicha. Sin embargo, debía ser posible calcular el riesgo en base a métodos estadísiticos como la distribución normal (curva de campana) o las variantes a partir de allí.
Esta teoría se usó para crear técnicas de administración de riesgo con nombres como la fórmula Black-Scholes y Value at Risk (valor en el riesgo): todas fallaron por completo durante la última crisis financiera. Y, de más está decirlo, ayudaron a provocar la crisis al crear un clima de falsa confianza. Entonces, ¿cómo es que los vendavales económicos aún llegan por sorpresa? Veamos los supuestos con un poco más de detalle.

El divino amor universal

La teoría asume que “la mano invisible” conduce a la economía a un equilibrio estable. Pero si se mira al precio del oro, caemos en la cuenta de que es muy inestable. La razón es que compramos un activo como el oro porque esperamos que su valor ascienda. De modo que cuando su valor aumenta nos entusiasmamos y compramos más. Esta respuesta positiva lleva al precio más arriba. Lo mismo ocurre a la inversa y resulta en una serie impredecible de estallidos seguidos de quiebras. El mismo efecto se percibe en los combustibles, las inversiones inmobiliarias, monedas, etcétera.
Ahora, esta clase de impredictibilidad es consistente de modo superficial con eficiencia. Aunque la teoría también supone que las variaciones de precio son pequeñas, azrosas e independientes, por tanto, que se distribuyen con normalidad. Pero, como sabemos, los mercados son susceptibles de crisis repentinas y catastróficas. Sus estadísticas no son “normales”, sino parecidas a las de los terremotos. La mayoría de las variaciones de precios son pequeñas (así como la tierra experimenta de manera constante pequeños temblores), pero siempre cabe la posibilidad de eventos extremos.
Otra clave entre estas presunciones es que las personas actúan independientemente y realizan decisiones racionales para optimizar sus propios beneficios (las pruebas de equilibrio de mercado se realizan sobre cálculos específicos con planes a futuro). Pero emociones como la confianza y el miedo juegan un papel vital en los mercados.
Por último, la idea original de la teoría neoclásica era optimizar el bienestar y conquistar lo que Francis Edgeworth llamó en 1881 “la máxima energía del placer, el divino amor del universo”. Pero mientras la economía creció descomunalmente en las décadas recientes, los niveles de bienestar reportados permanecen estáticos o incluso decayeron un poco.
Una de las razones es el efecto saturación: una vez que se tiene cierta cantidad de dinero, no es de mucha ayuda ganar más. Pero al vez otra razón es que internalizamos estos valores de racionalidad, independencia y optimización de los beneficios; cualquiera puede decirnos que las cosas que nos hacen felices tienen más que ver con la conectividad, la comunicación entre las personas y la comunidad. La teoría económica bien puede hacernos infelices.

Una nueva economía

Para resumir: nuestra teoría ortodoxa se basa en ideas de estabilidad y elegancia que nos lleva a la antigua Grecia. Es aristotélica, pero no en un buen sentido.
Moldeamos a las personas como si fuesen racionales y pudieran mirar hacia el futuro. Moldeamos la economía como si obedeciera a la armonía de las esferas. Como los griegos, queremos imponer nuestras ideas de racionalidad, orden y lógica al universo. Pero hay una diferencia importante: el modelo griego podía hacer predicciones certeras. Nuestros modelos no tienen ese grado de validez empírica.
Tal como señalé en mi libro Economyths: How the Science of Complex Systems is Transforming Economic Thought (Economitos, cómo la ciencia de los sistemas complejos transforma nuestros pensamientos económicos) hay una alternativa. Se está forjando una nueva teoría que es parte de un movimiento más extenso en la ciencia y consiste en pasar de ver el mundo como una máquina de Newton a verlo como un sistema viviente.
Sistemas complejos y orgánicos, desde la célula viviente a la economía o la atmósfera terrestre, se caracterizan por sus propiedades emergentes que surgen de efectos locales y no pueden reducirse a una simple ecuación. Operan en un estado que está lejos del equilibrio y la estabilidad y exhiben estadísticas de leyes poderosas, como los terremotos, opuestas a las estadísticas “normales”. Se basan en redes dinámicas, opuestas a la dinámica atómica. Oponer círculos de respuestas positivas y negativas crea una tensión dinámica interna. Juntos, estos factores en una incertidumbre intrínseca. Y es esta, antes que cualquier cosa relacionada con la eficiencia, la verdadera razón por la que no podemos predecir el futuro.
De modo que ¿por qué el modelo neoclásico persistió durante tanto tiempo? Acá la respuesta no tiene nada que ver con la predicción. La idea de que un sistema es estable, racional, óptimo y eficiente favorece a las claras a la pequeñísima elite –el sub uno por ciento– que obtiene la mayor ganancia de este arreglo.
Una vez más, es tiempo de abrirse camino hacia una nueva forma de ver, romper las esferas cristalinas y metafóricas y construir un nuevo modelo del mundo. De otro modo estaremos en problemas.


* David Orrell es escritor y matemático. Sus libros incluyen Economyths: How the Science of Complex Systems is Transforming Economic Thought, y Perfect Model: Science and the Quest for Order.
Traducción Pablo Makovsky