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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

miércoles, 3 de diciembre de 2014

furia suburbana




Dentro de la Editorial Municipal de Rosario le llaman “la colección Naranja”, son unos libritos anaranjados, encargados a escritores de la ciudad y su zona que narran, al modo de una crónica, la experiencia o del autor en un territorio particular. Así, los textos configuran un mapa no ya de Rosario, sino de su gravitación en la trama de pueblos y lugares que la rodean. Desde las incursiones de Osvaldo Aguirre en Oratorio Morante –en el extremo sudoeste santafesino–, al periplo topográfico e histórico en Parque Sur, ciudad de Santa Fe, que hace el escritor radicado en Francia Sergio Delgado; las reuniones familiares de los Gandolfo en el Rosedal del Parque Independencia –descritas por Elvio–, la busca del punto más alto de toda la provincia según el escritor y agrimensor Ricardo Guiamet, la delimitación detectivesca de un espacio del casco céntrico en torno al colegio San José que hace Matías Piccolo o le rememoración de Zavalla como tierra perdida que hace la poeta Diana Bellessi de su ciudad natal, entre otros. Para cada uno de esos tomos el escritor debe, además de abocarse a reconstruir en el texto la zona señalada, tomar fotos que acompañan el relato.
Este miércoles a las 20, en Pichangú Bar (Salta y Rodríguez), la EMR presenta sus tres nuevos tomos de esta colección que así suma quince volúmenes: Trópico Villa Diego, de Mario Castells, Las hamacas de Firmat, de Ivana Romero, y La internacional entrerriana, de Agustín Alzari.
Los tres son muy distintos entre sí, los autores construyen una extrañada relación con un lugar en el que crecieron o al que llegaron. A diferencia de La internacional entrerriana, en la que Alzari explora la persecución a los poetas Juan L. Ortiz, Carlos Mastronardi y Ema Barrandeguy, acusados de comunistas por el riguroso nacionalismo de entonces, en el Gualeguay de fines de los años 30, tanto Las hamacas de Firmat –comentado en este mismo diario hace ya tres meses– y Trópico de Villa Diego encuentran su mayor misterio en el “yo” que narra. 

Así, Trópico de Villa Diego es, desde el nombre mismo, un juego con un lugar erigido en torno a una fantasía que patina y se empantana en el barro en el que crece la barriada proletaria en ese territorio al sur de Rosario que, de manera imprecisa, solemos llamar Villa Gobernador Gálvez. “Un rincón olvidado”, lo llama Castells, quien hace dos años ganó el concurso de novelas cortas de esa misma editorial con su magnífica “El mosto y la queresa”, una narración hablada en una cruza de español y guaraní. Castells, descendiente de paraguayos radicados en Rosario y Villa Diego, no es nada amable con la zona que describe, tampoco con los suyos: “Nuestra ciudad es un sitio lúgubre, tramoyado de historias trágicas –escribe–. De allí que la sociabilidad sea en cambio tan fiestera, que los relatos macabros se llenen de humoradas desdramatizadoras”. Cuando se refiere a los años de primaria, que hizo en la escuela 1271, Alicia Moreau de Justo, anota sobre su maestra de Matemáticas: “Seguía usando su castellano correntino y eso nos generaba la misma burla y desprecio que la lengua de nuestros padres y la música litoraleña. Las pautas culturales que esos migrantes se negaban a perder, eran injuriosas, nos rebajaban. Igual que todos los pibes, yo era un alienado que sentía vergüenza de mis paisanos y mi cultura”.
Pero analizar Trópico de Villa Diego a través de esa “alienación” sería un error, Castells no sólo rememora, salda cuentas y a través de sus juicios se mueve hacia adelante y atrás en el tiempo y usa a veces los argumentos como golpes de estilo, como si su escritura se construyera tanto con los argumentos como con el sonido de esos argumentos que truenan. Así cabría leer las furibundas diatribas contra justicialistas, guerrilleros como Gorriarán Merlo y lúmpenes que circularon por su residencia en ese sector de pescadores que baja al Paraná, frente al frigorífico Swift, al lado de la vieja cancha de golf, donde yacen las utopías de una ciudad industrial, un paraíso obrero y la tierra prometida de los migrantes.
Conversamos con Castells sobre su relato y sobre ese lugar. 

—Cómo llega la invitación a participar de la Colección Naranja, qué te parece y cómo ves esa colección organizada alrededor de crónicas sobre Rosario y su zona.
—Llega a partir del diálogo y trato fraternal que establecimos con Oscar Taborda, Daniel García Helder y Juan Alonso, la gente de la EMR. Luego de premiada mi nouvelle “El mosto y la queresa” compartimos un viaje a Asunción donde hablamos mucho de lo que quedaba fuera o que apenas se esbozaba en ella. (Como sabrás el personaje principal y la peripecia del Mosto abreva en los relatos de mis tíos maternos a quienes está dedicada). Y como ellos no tenían en la colección nada de Villa Diego o Villa Gobernador Gálvez, zona que a ellos les parece oscura y fascinante (como manifiestan en sus propias obras) me encomendaron la tarea. Yo, obviamente leí la mayoría de los libritos de la Colección y me pareció un proyecto fascinante. La colección en sí, el celo con el que está formulada, me impuso el compromiso de no repetir un modelo anterior de la colección, de hacer mi propio camino como casi todos los escritores que me preceden en ella, que desde ya tiene un nivel de textos increíble.
—Además del relato personal, en el texto también hay cosas muy de la familia que aparecen bosquejadas. ¿Cómo fue escribir ese relato sobre Villa Diego y, a la vez, hacerlo sobre vos y tu familia?

—Creo que lo que debo aceptar es que ese giro autobiográfico fue indispensable. Creo que la marca más potente es que somos seres modelados por la historia y la lucha de clases reside en las historias familiares. Mi devenir como sujeto y el de mi familia está marcado a fuego por los barquinazos de la historia político-económica de nuestro país y de nuestra zona (para mí Villa Diego conforma una pequeña zona dentro de Rosario junto con Villa Gobernador Gálvez, barrio Las Flores, barrio La Carne, los fonavi de Grandoli, barrio Tablada) que como sabemos es la más explosiva del país. Esto es así en Trópico, como bien decís como un posicionamiento de clase. Soy de una familia trabajadora, soy emergente de mi clase social, un emergente raro y complejo, pero nada de lo que a ella concierne me es ajeno, ni siquiera su proceso gradual de marginalización. Y en eso creo que la influencia, más allá de las divergencias de todo tipo, con las viejas y repetidas lecturas de El traductor de Salvador Benesdra y Piel de caballo de (Ricardo) Zelarayán, están en la superficie y me hago cargo.
 Fotografías tomadas o cedidas por Castells para su libro. Gentileza EMR.

—Sorprende esa necesidad de historizar que tienen muchos de los que escribieron las crónicas de la colección, es decir, historizar el lugar, reubicarlo en su historia. ¿La tuya vendría a ser como una reubicación de clase?
—En el transcurso que iba escribiendo la crónica me sucedió una catástrofe familiar. Mi papá falleció en un accidente de tránsito en la autopista Rosario-Córdoba a la altura de San Jerónimo y creo que eso que ya estaba en el trazado del libro, se complejizó, porque justamente fue mi papá quien forjó en mí esa convicción que vivo como necesidad, militar por la revolución socialista. Mi papá fue un militante político anti-stronista (por el dictador Alfredo Stroessner, quien gobernó Paraguay entre 1954 y 1989) en los 70 y 80, malogrado en muchos aspectos, no solo derrotado (hasta hoy lo somos todos, la humanidad entera bajo el capitalismo es la derrotada). Su exilio es acaso uno de los más tristes que conozco, porque fue madurando un escepticismo de corte real politik y estableció conmigo una disputa que ya nunca voy a saldar. Mi homenaje a él no necesita redundancias y no soslaya nada el ofuscamiento.
—Hay por momentos la visión de un paraíso que se construía en la calle y, de repente, se perdió. La calle donde se reunía la familia y los vecinos, en la que irrumpen los delincuentes. El libro, de algún modo, se escribe para eso, pero te lo pregunto: ¿qué quedó a medio construir o qué pasó en Villa Diego y esa zona donde lo comunitario cedió al delito, la corrupción, el narcotráfico hoy día?
—Yo creo que eso que se explica sencillamente: estamos en un proceso de barbarización capitalista sin retorno. Nos encaminamos desde los 90 a la actualidad a entronizar un gobierno capitalista dirigido por una casta de lúmpenes burgueses que está forjando un narco estado, que vive de la caja del Estado y que ha consagrado un modelo neoextractivista de producción que solo se sostiene denigrando a la mayoría de población, fundamentalmente a los trabajadores y sectores populares. Lo que pasó en Villa Diego es lisa y llanamente lo que genera el capitalismo en la actualidad.