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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 17 de febrero de 2015

justicia y capital

Si Breaking Bad (BB) fue la serie en la que la droga se nos enseñaba como la máxima realización del capital (cosa que en nuestra provincia debe quedar bastante claro), su precuela Better Call Saul (basada en el personaje del abogado interpretado por Bob Odenkirk, pero mucho antes de que a Walter White le diagnosticaran el cáncer) parece venir a sostener aquella tesis pero desde el sistema de Justicia americano que, digámoslo de una vez, es el sistema de Justicia que más o menos conocemos todos: el capital manda, la ley obedece.
Imagen tomada de mentalfloss.com.

Pero, antes, veamos la puesta en escena y el reencuentro con los personajes de BB. De nuevo Albuquerque, Nuevo México, es decir, el culo del mundo, el límite entre el desierto de los tártaros, la tierra salvaje y el extranjero. Sí, de nuevo tenemos a los mexicanos y latinos como potenciales enemigos o personajes peligrosos (nos reencontramos con Tuco Salamanca y su relación enfermiza, venenosa con su familia: la abuelita que le lleva un problema y se va a ver la novela para no ver cómo su nieto resuelve su problema de un modo bestial). Pero también son los mexicanos los que le señalan a Saul (que aquí es Jimmy McGill y acaba de ser expulsado, como su hermano, de un gran estudio de abogados) que, como decía con vehemencia un mediocre film argentino, “todo el dinero es robado”.
Better Call Saul no sólo nos muestra el derrotero en el que deambulan los que de alguna manera depositaron su fe en un sistema de justicia público y democrático, como Chuck, el hermano de Jimmy-Saul, sino que nos enseña toda la lacra de tahúres que viven del erario público, aún cuando lo saquean, como el tesorero de un condado y su esposa, a los que Jimmy-Saul busca conquistar como clientes.
Ante toda esa parafernalia de poder y capital Jimmy-Saul sólo cuenta con una pequeña herramienta, su palabra, del mismo modo que Walter White, en los capítulos iniciales de BB desplegaba su ingenio y su discurso, es decir, su  conocimiento (porque el conocimiento, como el capital, no tiene moral).
Recapitulemos, Better Call Saul comienza con nuestro conocido abogado escondido en un local de comidas rápidas, en un shopping anónimo de un estado no menos anónimo, con una visera que deja ver su calva entre unos mechones de pelo. Allí trabaja, de incógnito, en blanco y negro –según nos lo muestra la puesta en escena de Vince Gilligan y Peter Gould, quienes llevan adelante la serie–, el Saul Goodman (“La gente confía más en un abogado con apellido judío”, le había dicho nuestro nuevo héroe a Walter White hace ya como tres años) que debió dejar el mundo para preservar su vida, es decir, una vida de claustro del capital, porque sabemos que Goodman es-fue el abogado “criminal” (“Acento en ‘criminal’”, diría) que tuvo como clientes a declarados enemigos público en BB.
Entonces, Better Call Saul, que incluye en su libreto un discreto tono de comedia, caricaturiza de algún modo las aspiraciones del sistema judicial, no tanto porque nuestro abogado –devenido defensor público a razón de unos 700 dólares por defendido– eche manos a las trampas y las estafas para conseguir clientes, sino porque en el sistema del capital (debe pagar la atención médica de dos patanes que pretenden ayudarlo con una estafa y terminan magullados por un criminal), que precede al de la justicia, cualquier acto de justicia no es sino un mero gag televisivo.
Y aquí es donde entran a tallar las tradiciones, las fílmicas –en el segundo episodio vuelven las citas habituales de Gilligan, como en BB, y Jimmy-Saul ejercita frente al espejo del baño de tribunales la frase de All That Jazz: “It’s show time, folks” (“Hora del espectáculo, amigos”)–, las narrativas. Para hacer ficciones es necesario montarse en los hombros de los grandes que nos precedieron, porque alivian la tarea, la vuelven un dato más en el relato, sin complejizarlo inútilmente. Salvo Carancho, film sobre el que es preferible no debatir ahora, el nuevo cine argentino (íbamos a agregar “y la televisión”, pero ese concepto, por fuera de las expresiones más execrables del muestrario de atrocidades cotidianas, no existe) sólo se manifestó en torno a ciertos ideales, marchitos  como en el caso de El secreto de sus ojos, pero ideales al fin, que no hacen sino confirmar el monstruoso abismo entre la representación y lo representado, es decir, la imposibilidad de crear un discurso sobre el discurso trillado que impera en el sentido común del que suele abusar la televisión argentina en estos tristes días.
Imagen tomada de revistaroulette.com.

Una de las temporadas finales de Breaking Bad desplegó un juego histórico-político significativo entre el nombre del héroe (Walter White) y el poeta norteamericano que mejor legó en el imaginario moderno la idea de democracia, Walt Whitman (White lee Hojas de hierba e, incluso, es descubierto por ese libro que le regalara su víctima y su cuñado, HankSchrader, descubre en el baño). Sin Whitman hasta ahora, pero con frases “de película”, como el mismo Saul-Jimmy le espeta a un espectador eventual en el baño de la corte, Better Call Saul se aproxima con estrépito, haciéndonos reír cuando faltan palabras para nombrar ese enorme abismo de la justicia, a uno de los problemas mas acuciantes del mundo actual: hallar el camino hacia el justo castigo para preservar la vida, como textualmente declara nuestro héroe ante un desquiciado Tuco en el segundo episodio.