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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 10 de marzo de 2015

bautismo

Es cierto, la religión es siempre un trasfondo, un detalle verosímil o un dato ambiental en la gran mayoría de las ficciones populares. Con salvedades, desde luego: Terminator es la tesis casi definitiva sobre la Santísima Trinidad (John Connor, que se engendra a sí mismo enviando un soldado suyo al pasado que “no nació aún” en el momento que embaraza a Sarah: John Connor, decíamos, es el Padre y el Hijo). Y además de las muchas interpretaciones que puedan hacerse sobre otros films, ser cristiano, protestante, católico o mormón (como en Big Love) es un detalle que hace a la trama pero no al gran tema de estas narraciones televisivas o cinematográficas.
Porque eso que la religión trae –ese gran Otro en nombre del cual se obra hasta hallar, en esa confrontación, el camino propio– no es lo que suele interesar en la trama y porque muchas veces, incluso, lo que aparece relacionado con el universo religioso es un cliché, como sucede de forma absurda y grotesca en la segunda temporada de American Horror Story o como más acertadamente nos lo enseña The Leftovers o la primera  temporada de True Blood, todas series en las que los protagonistas asistieron, de algún modo, a una suerte de fin de mundo, de apocalipsis, aunque sin una gran revelación.
Sin embargo, desde mitad de la segunda temporada y en lo que va de la tercera, la serie The Americans –año 1981: un matrimonio de espías de la KGB soviética que llevan una vida de familia americana, con dos hijos que ignoran quiénes son en realidad sus padres, en el corazón de Estados Unidos– parece haber hallado el contexto y la medida de un contendiente para que los conceptos universales del cristianismo suenen radicales: cierto comunismo dogmático que encarnan nuestros agentes de la KGB, quienes, además, son los protagonistas, es decir, los personajes con los que el espectador establece su “simpatía” (acaso en el sentido original de la palabra: ponerse en el lugar del otro).
Los inmejorables actores Matthew Rhys y Keri Russell son Philip y Elizabeth Jennings, tienen un matrimonio que ni siquiera ellos acordaron –sino sus jefes en la KGB– y en el primer episodio de la serie, emitido en febrero de 2013, con su hija de 13 años y su niño de 9 dormidos en la pieza de al lado, ella le dice a su esposo cuál es su verdadero nombre ruso. Es decir, recién se conocen y deben decidor entonces que quieren hacer de sus vidas.
Joe Weisberg, ex agente de la CIA –aunque aseguró que haberse unido a la agencia fue un error–, declaró que su serie es “en esencia, una historia sobre el matrimonio”. “Las relaciones internacionales –dijo–son sólo una alegoría para las relaciones humanas. A veces, cuando uno se pelea en el matrimonio o con los hijos, parece asunto de vida o muerte. Y para Elizabeth y Philip, por cierto lo es”.
Esta idea, a propósito, no es ajena a uno de los mayores “difusores” del catolicismo de principios del siglo XX, Gilbert K. Chesterton, quien aseguró en sus ensayos que el verdadero campo de batalla de la humanidad es el matrimonio.
El trasfondo político teológico aparece también, de cierta forma bastarda, con la figura de Ronald Reagan, aquel actor devenido presidente con el apoyo de George Bush padre y sus cowboys amigos en el gran aparato financiero, político y militar de los EEUU, quien por esos años lideraba la carrera por la colocación de misiles en el espacio en lo que se llamó (en ese modo tan espectacular y simulado con el que suele dibujarse la política exterior estadounidense) la “Guerra de las Galaxias”. Además de insistir con el latiguillo de que la Unión Soviética era “el imperio del mal” (“evil empire”). La carrera de Reagan era una carrera por la “salvación”, porque un imperio del mal sólo puede devorarse las almas, para todo lo demás, en especial la riqueza material del mundo, estaban los amigos petroleros de Reagan y Bush.
Pero The Americans, como las novelas de Graham Greene o como las ficciones sureñas estadounidenses (en las que el productor Graham Yost demostró cierta sabiduría en series como Justified) no sólo introduce el tema del cristianismo de manera directa: Paige (Holly Taylor), la hija adolescente de los Jennings comienza a frecuentar en un grupo cristiano que desarrolla una intensa militancia en el movimiento antinuclear de entonces. También los personajes principales, los agentes de la KGB, están fuertemente atados a ese gran Otro ausente que es la Madre Patria, el deber, los ideales del comunismo. Es decir, siempre nuestros personajes actuaron en relación a un tercero invisible pero dominante, capaz de torcer los destinos individuales y matrimoniales (Elizabeth rechaza a Philip, luego lo acepta, luego el pasado aparece en él, y así), capaz de ejercer una norma y una meta, una misión (ya que hablamos de espías y creyentes), en esas vidas.
The Americans es, en gran parte de sus dos primeras temporadas, una metáfora de la secularización de los misterios cristianos: el matrimonio regido no por el sacramento, sino por el estado comunista; la fe vuelta una ideología, el amor vuelto un medio de intercambio de información, etcétera.
El bautismo de Paige.
En esta tercera temporada, nuestros espías rusos despiertan a un campo doblemente siniestro: su hija quiere bautizarse y la KGB les reclama que la conviertan en una segunda generación de espías en suelo americano. Entonces esa misión, que siempre ocurría fuera de la casa, fuera del ámbito familiar reservado a la intimidad de esa ficción que es el matrimonio Jennings pero nutrido de sus verdaderos afectos, toma una carnadura que se hace más real con el bautismo de la adolescente, en el que nuestros espías ven a su hija alejarse y emerger de las aguas bautismales convertida en una extraña.
Mientras tanto, en Rusia, la deportada Nina (doble agente, no sabemos si enamorada o no del agente del FBI Stan Beeman, interpretado por el brillante Noah Emmerich, le extrae a su compañera de celda una confesión que la hundirá pero le permitirá a Nina (Annet Mahendru) salvarse. La puesta en escena no es ni por asomo inocente.

Por primera vez, luego de dos años de la serie en la que el espectador simpatizó (y hay que pensar en el espectador estadounidense, porque el argentino de alguna manera sabe lidiar con estas visiones seculares, de izquierda, que son el padre nuestro de cualquier familia vernácula) con Elizabeth y Philip, la perspectiva cambia: ellos están desorientados, recién caen la cuenta de que están en territorio ajeno, enemigo, pero sobre todo ajeno; algo viene a revolucionar la sólida ficción qe construyeron a lo largo de los años y no concierne ni a la madre patria ni a la KGB, sino a su pequeña hija. Si alguien quisiera representar de algún modo lo que sintieron los súbditos del imperio romano cuando sus hijos abandonaban la  familia y se unían a los catecúmenos cristianos acaso no hubiese hallado tanta exactitud como en la escena en que Paige mira a sus padres bajo una túnica empapada tras el bautismo en un vulgar salón religios de algún barrio neoyorkino.

Anoto al pasar (o para luego pasar en limpio): La temporada se inicia casi con el recuerdo de Elizabeth de cómo enseñó a Paige a nadar: la arrojó a una piscina pese al miedo de su hija. Pero Elizabeth recuerda la escena sumergiéndose en la bañera y conteniendo la respiración. La misma imagen vemos de su hija durante el bautismo: se hunde conteniendo el aliento y abre los ojos.
También, con respecto a esto de la inocencia y la pureza (el bautismo es eso: renacer purificado), están las relaciones de Philip con la hija de 15 años de una agente de la CIA al que intentan llegar a través de la adolescente. Uf, sólo haber llegado hasta acá con ese nivel de guión y puesta en escena justifica la existencia de las series.