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jueves, 2 de julio de 2015

el que susurra en la oscuridad

Hasta entrados los 60, Ray Bradbury escribió relatos que daban cuenta de una incomunicación abisal entre generaciones, edades y culturas: el espacio sideral o las fantasías oscuras interpelaban ese abismo. No era la incomunicación fundamental de la hablan los lingüistas, sino otra, una que se sostenía en la fe en la civilización, el progreso y las culturas dominantes. Por lo menos de eso tratan las maravillosas historias que leímos en Crónicas marcianas, en El país de Octubre o en El hombre ilustrado (libros escritos entre 1950 y 1955). En ese último volumen hay un cuento que se titula “La hora cero”, en la que los niños –lo protagoniza una niña de 8 años llamada Mink, aunque el relato está narrado desde el punto de vista de la madre– preparan una invasión extraterrestre a través de un juego que les propone una entidad invisible a los adultos llamada Drill (taladro). Los adultos están ocupados en sí mismos y no les prestan atención a los niños, quienes pasan a ser tan invisibles como los amigos con los que los padres creen que juegan sus hijos. Y así.
En base a ese pequeño argumento que dura cinco páginas, el escritor Soo Hugh –uno de los guionistas de Under the Dome– desarrolla la serie The Whispers (“los susurros”: la produce Amblin Television, la productora de Steven Spielberg y se emite por ABC), que se estrenó el 1 de junio pasado y no tiene definida aún una segunda temporada.

También en The Whispers los adultos establecen contacto con los niños casi como una distracción. Transcurre en el presente, así que es otra de esas ficciones protagonizada por celulares y pantallas. Pero hay que decir que, aunque su desarrollo es un poco obsoleto –lo mismo que sucede con Under the Dome, que arrancó hace poco su tercera temporada–, su intriga funciona como un reloj: una fuerza inexplicable llamada Drill seduce a los niños para que participen de un juego en el que se ven comprometidos secretos de estado, investigaciones sobre energía nuclear y operaciones encubiertas de los Estados Unidos, como si la serie tuviese el poder de universalizar los conceptos de Bradbury y, a la larga, de vulgarizarlos –los conceptos de Bradbury son, de hecho, bastante vulgares, lo que no los descalifica. Pero Bradbury no quiso nunca ser difícil, sus ideas eran sencillas y en su literatura funcionaron con una efectividad asombrosa. Tomarlos como grandes conceptos y desarrollarlos en la parafernalia audiovisual de una serie sería darles una entidad que esos conceptos no pretenden, sería, si se permite el neologismo, “berretizarlos”.
El “clima” Bradbury se logra en un par de patios y en unas escenas de suburbio, en algunas imágenes de niños vestidos con remeras a rayas y en los diálogos de una pequeña de cinco años que se entusiasma revolviendo entre las herramientas de su padre. No hay, sin embargo, esa atmósfera algo anacrónica, de seres de los años 50 trasplantados de repente en un futuro de cohetes y televisores omnipresentes, y en el hecho de que el juego que los niños ejecutan es un juego a la vieja usanza, con elementos “de jardín” y no electrónicos o de software.
Pero acaso no es del todo Bradbury lo que importa en la serie, en la que los niños son, en efecto un producto a cuidar pero también de los que hay que deshacerse para continuar la historia. Como muchas series –malas y buenas–, una de las claves es el pasado inmediato de sus personajes principales, entre ellos, agentes y ex agentes del FBI –que pasa a ser ya la entidad más ominosa de la política de estado americana.

Además, las invasiones de Bradbury –como en el caso del cuento en cuestión, o como en Crónicas marcianas– son siempre fantasmagóricas. Importa menos la irrupción del alienígena o el extraterrestre que el repentino desmoronamiento de un orden que era insostenible antes de esa irrupción, que ahora lo hace irrecuperable. Hay alguien, generalmente el protagonista del relato, que tenía los signos, los indicios a la vista (Mink le explica a su madre cuál es el plan de Drill, el invasor, pero la mujer lo toma como disparates salidos de la imaginación de la niña, hasta que se despejan las sospechas que había abrigado todo el día, pero ya es tarde), pero no los veía o no quería verlos. La invasión, en las ficciones de Bradbury, vienen a voltear un estado de cosas que era cómodamente aceptado aunque fuese una barbaridad.
La serie en base al cuento de Bradbury es lo que los norteamericanos llaman "weird shit" –dejemos de lado la traducción literal–: una acumulación de misterios cuya resolución atrapan al espectador. Como bien lo dice Zack Handlen en su reseña para AVClub:  "The Whispers es una serie que tiene como objetivo una audiencia muy específica: gente que está tan intrigada por los interrogantes de la trama que prefieren pasar por alto el vacío de quien quiera que está haciendo las preguntas.


Invasión
Las invasiones de la ficción contemporánea, por caso Falling Skies o Under the Dome, dos series que por estos días renovaron sus temporadas (la quinta y la tercera, respectivamente), vienen a plantear otra cosa.  
En 1983 el crítico Peter Biskind publicó una compilación de artículos suyos entre los que había uno que analizaba las películas de ciencia ficción de los años 50 y las dividía en dos grandes grupos ideológicos: centristas (los moderados) y los radicales (los conservadores). Para los primeros, los films de extraterrestres que llegaban al planeta Tierra como los españoles habían llegado al continente americano confirmaban que no había nada mejor que aferrarse al modelo social vigente, es decir, la democracia capitalista. Todas las alternativas eran aberraciones: desde insectos gigantes a seres sin alma ni sentimientos, como en La invasión de los usurpadores de cuerpos
Los radicales también sostenían algo parecido, pero las personas indicadas para salvaguardar el orden vigente no eran ni los científicos ni los hombres comunes, sino los militares. Claro que en la gran mayoría de estos films el invasor extraterrestre, con grandes cráneos, cerebral y frío, es una alusión al posible invasor soviético. Porque estamos en el despertar de la Guerra Fría.
Las series actuales de invasiones extraterrestres –entre las que entra también The Whispers– podrían clasificarse también según los criterios de Biskind (que son mucho más amplios que el resumen ensayado acá, claro). Sin embargo, ya no hay utopías, no hay las alternativas que despreciaban los centristas. Pero tampoco –lo vemos en The Walking Dead, en Falling Skies, etcétera– hay dónde volver. En otras palabras, es lo que decía Mark Fisher: "Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo".