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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

sábado, 9 de abril de 2016

los infiltrados de la biopolítica

Las series, lo decimos una vez más, parecen relevar hoy al cine de la tarea de explorar todos los rincones de esa trama que llamamos”realidad”, término que, según un célebre autor ruso, siempre debe ir entre comillas.
Y la realidad que abordan las series, en la gran mayoría de los casos, suele ser política. Y no sólo porque los autores de series (guionistas, showrunners y productores) tienen su ideología y sus posiciones, sino porque la gran maquinaria de lo político ha ingresado en lo más íntimo de la vida privada de un modo desconocido hasta hoy en la historia de la humanidad.
A tal punto esto es así que los terrenos en los que suelen exponerse los conflictos de la política en algunas de las mejores series son la familia (TheAmericans), la relación padres e hijos (Homeland) o las relaciones amorosas (la reciente Billions, por ejemplo) es decir, los rincones más íntimos de la vida de las personas o, como lo plantea
Amador Fernández Savater en un debate reciente, “¿Qué puede hacer la política cuando el neoliberalismo y la vida son una y la misma cosa?”
En ese contexto puede verse la miniserie de seis episodios que la BBC puso al aire hace una semana, Undercover, con un agregado: es la primera vez que el canal más importante de Gran Bretaña estrena un show protagonizado por dos actores negros, la brillante SophieOkonedo (quien incluso participó junto con el creador Peter Moffat en la elaboración del guión) y Adrian Lester, ambos premiados en más de una ocasión por sus papeles en cine.


Pero antes hay que hacer un poco de historia.

El oficial A

En marzo de 2010 el periodista Tony Thompson publicó en The Guardian un extenso artículo en el que entrevistaba a un policía encubierto bajo el nombre de “Officer A”, quien contaba cómo había visto desmoronarse su vida luego de casi cinco años (entre 1993 y 1997) de trabajar infiltrado en grupos de activistas que la policía Metropolitana de Londres sospechaba de violentos. Su tarea había incluido relaciones amorosas y formales con mujeres a las que había engañado, más allá de sus simpatías personales. 
Por primera vez el periodismo daba cuenta de una sistemática política de infiltración de la policía londinense en grupos de activistas de izquierda (desde trotskistas a organizaciones de defensa de las minorías sexuales o raciales) que se venía llevando a cabo desde el año 1968 a través de lo que se llama el Special Demonstration Squad (SDS): Escuadrón Especial de Manifestaciones.

En su nota, Thompson describe a Officer A “con una larga cola de caballo en el pelo, personalidad furibunda y predispuesto a los temas más delicados del trotskismo que había aprendido en sus años de infiltrado. Nunca fue sospechado por parte de sus amistades de ser miembro del SDS”. Y describe a esos policías secretos como los peludos (“hairies”), por llevar el pelo largo. La unidad consiste en diez agentes que trabajan a tiempo completo y a quienes se les da una identidad nueva, una casa, vehículos y trabajos que son una tapadera para que realicen sus actividades en el campo por al menos cinco años.

Decisión informada

Lo que llevó al Officer A a contarle su historia a Thompson en The Observer (uno de los periódicos de domingo más antiguos del mundo –se publica desde 1791–, hoy parte del grupo editorial liberal de The Guardian) fue la convicción de que el público debería ser capaz de tomar una decisión informada acerca de “si esas actividades encubiertas eran realmente necesarias, dado su potencial de restringir movimientos de protesta legítimos.”
En enero de este año también The Guardian publicó una historia acerca de una mujer que había aceptado una propuesta de matrimonio de Carlo Neri, quien resultó ser un policía infiltrado que ya estaba casado.
La mujer, que mantuvo una relación con el policía entre 2001 y 2005, demandó a la policía Metropolitana londinense para que le diera algún tipo de respuesta por lo que consideraba torturas psicológicas y físicas, ya que el tal Neri (se trataba de un nombre de fantasía) había llegado a proponerle que tuviesen un hijo juntos y, luego, se quebró al contarle la historia de la muerte de su padre, algo que Andrea (como se dio a conocer la mujer) creía parte de una estrategia fingida de su prometido, a quien los mismos activistas habían desenmascarado.
En la nota firmada por Rod Evans, leemos que “Andrea interpeló a la Metropolitana para que le pidieran perdón y le dieran una respuesta ‘certera y honesta’ por lo que le habían hecho, ya que el comportamiento de Neri ni siquiera se justificaba. Dijo que la policía había abusado de su vida y la había metido en un trauma inmenso cuando los grupos en los que militaba ni siquiera eran violentos.”
El enfrentamiento legal de Andrea con la policía londinense fue el último de los conocidos en un campo minado de sospechas y dolor, ya que se estima que desde 1968 muchos policías encubiertos entablaron relaciones y hasta se casaron con los objetivos a los que fueron destinados.
En otra ocasión, la Metropolitana debió desembolsar más de 400 mil libras a una mujer que por casualidad descubrió que el padre de su hijo era un agente encubierto.
Andrea –quien militaba en una organización antirracista del partido Socialista que comenzó sus actividades a principios de la década de 2000– declaró que se había enamorado de Neri y pensaba que pasarían el resto de su vida juntos hasta que él apareció con un brote suicida, una historia que ella cree fue por completo armada.
Andrea.

Undercover

Con estos datos, que también relevó la BBC, Peter Moffat, un excepcional autor que dejó su carrera de abogado para meterse a hacer guiones de televisión y cine, creó Undercover, una miniserie de seis episodios estrenada el 3 de abril último en la que una abogada negra (Okonedo, una afrobritánica que no necesita ser bonita para deslumbrarnos) es postulada a fiscal general al tiempo que descubre que el idílico matrimonio en el que está sumergida hace casi dos décadas es una mentira.
Con una puesta en escena ejemplar (planos muy generales para dar cuenta de la mayor intimidad: los momentos en que los personajes son “tomados”, “poseídos” por la enfermedad o la desesperación y, a la vez, planos detalle –el anillo matrimonial– para señalar esos raptos de conciencia de los protagonistas), Undercover promete ser una de esas largas películas de seis horas a las que nos acostumbraron las series: una cita con lo real que, gracias al artificio de la ficción, podremos contar un día para explicarnos el mundo en que vivimos.