socio

I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

domingo, 15 de mayo de 2016

sueño de una tienda de manhattan

Como a muchos otros, siempre me intrigó cierto aspecto de lo que podríamos llamar “vida onírica” que, no necesariamente, es el sueño en sí. Más bien se trata de cosas que percibimos y vivimos en los sueños. Mi esposa, por ejemplo, soñó una vez que veía a un amigo enojado, alguien a quien nunca había visto iracundo. Sin embargo, decía, conocí su furia. Lo que había percibido era ese hiato entre la persona que conocía y algo que conocía sin saber de la persona.
El 22 de abril pasado mi amigo Gustavo estaba en Nueva York, en otro de sus viajes, esta vez de visita en el Barrio Chino de Manhattan, en el negocio de su padre.
Gustavo vivió en Estados Unidos entre 1972 y 1973 y, a partir de entonces, con su padre Ping-Yip Ng radicado allá, pasó los veranos hasta el año 1979.
El negocio de su padre y la vida china en Nueva York fue un tema frecuente en conversaciones que se extendieron durante décadas. Sin embargo, al ver fotos enviadas por WhatsApp, caí en la cuenta de que nunca supe qué clase de negocio era. Así que le pedí precisiones.
“De nuestro padre –decía en un chat compartido en un grupo que incluía a su hermana– te puedo decir esto: he descubierto que su negocio de quiniela es una mezcla de club con estación de tren. Algunos sujetos van allí a dormir para no estar solos en su casa. Otros van porque la mujer los echa. Casi todos van porque no saben qué hacer. Nuestro padre tampoco sabría qué hacer si le cerraran el negocio.”
Entonces hizo ese dibujo del tipo dormido con la bolsa de los mandados que me recordó la escena del católico que se detiene a rezar con el paquete de verduras envuelto en un diario viejo, en The End of the Affair: un hombre que duerme en ese negocio “mezcla de club con estación de tren” y sueña el sueño de la intimidad.


Pensé, desde ese 22 abril cuando leí el mensaje de Gustavo, en un libro de relatos al modo de El hombre ilustrado, en el que cada cuento es el sueño de uno de esos sujetos que deambulan por el negocio de Ping-Yip. Aclara Gustavo (con una precisión estadística que me asombra) sobre las personas que pasan por allí: “80% chinos, 9% latinos, 2% negros y el resto pakistaníes, Indonesios, malayos, filipinos y otros asiáticos”.
Hace unos días, leyendo Realismo capitalista, de Mark Fisher, hallé este párrafo que describe la inquietud que subyace en ese mundo de ensueño: “La idea de que el mundo en que vivimos es una ilusión solipsista que se proyecta desde el interior de nuestra mente nos resulta consoladora más que perturbadora: es una idea conforme a nuestras fantasías infantiles de omnipotencia. Pero, en cambio, el pensamiento de que nuestra llamada interioridad debe su existencia al consenso ficcionalizado siempre tiene cierta carga siniestra.”
Esos cuentos de la tienda de Ping-Yip serían los del siniestro capitalista. Y así.
Gracias, Gustavo.