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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 11 de diciembre de 2018

el mito de las buenas corporaciones


Fueron los sindicatos, en los Estados Unidos de los 50, los responsables del bienestar y los altos salarios de los trabajadores en la era de la posguerra.


Del mismo modo que la presidencia de Donald Trump ha contribuido a la consideración retrospectiva de George H.W. Bush, también la conducta de las corporaciones estadounidenses durante las últimas cuatro décadas –para decirlo más o menos claro: embolsar los ingresos de sus accionistas mientras se muestran rígidas al mismo tiempo que abandonaba por completo a sus trabajadores– lustraron de un resplandor positivo su desempeño en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Un comentarista bañado en ese resplandor, basado en la evidencia de su columna de los lunes en The New York Times, es David Leonhardt. Su artículo, con bastante razón, bate el parche por el proyecto de ley de Elizabeth Warren, que requiere que las corporaciones reserven el 40 por ciento de sus asientos en el consejo para los representantes seleccionados por sus trabajadores, una versión ligeramente diluida de la codeterminación alemana, pero un paso significativo hacia adelante, si es que se consigue, en la batalla para hacer que las corporaciones sean responsables no solo ante sus accionistas más grandes (entre los que se encuentran sus principales ejecutivos, que generalmente son compensados en acciones).
Leonhardt señala correctamente que fue solo a fines de la década de 1970 que las corporaciones estadounidenses comenzaron a acumular sus ganancias para sus accionistas y gerentes. Por el contrario, durante los 30 años anteriores, los ingresos de los trabajadores aumentaron a la misma tasa que la productividad y las empresas proporcionaron seguros de salud y pensiones.
¿Por qué funcionó así? Según Leonhardt, eso se debía a que “la mayoría de los ejecutivos se comportaban como si se preocuparan por sus trabajadores y comunidades”. Cita un artículo famoso de Bill Benton de la agencia de publicidad Benton y Bowles que apareció en 1944, sugiriendo que las empresas estadounidenses tenían una misión superior que enriquecer a los ricos, y sugiere que esto se convirtió en un punto de vista ampliamente aceptado en salas de de directorio corporativas.
Lo que uno no encontrará en la columna de Leonhardt es alguna mención a los sindicatos, lo que hace que su análisis sea resulte similar a Hamlet, pero sin el príncipe. El hecho de que los sindicatos representaran a un tercio de la fuerza laboral estadounidense cuando Benton escribió su artículo, y una buena parte de más de un tercio en las grandes corporaciones, fue la principal razón por la que las corporaciones compensaron a sus trabajadores de manera más justa de lo que lo han hecho en las últimas décadas. El contrato que General Motors firmó con el Sindicato de Trabajadores Automotrices (UAW, United Auto Workers) en 1950, que estableció la plantilla para los contratos más equitativos de ese período, se debió al temor de GM de tener que soportar otro cierre de más de 100 días que la UAW había infligido sobre la empresa en su huelga de 1946. Y como Jack Metzger ha documentado en su maravilloso libro Striking Steel (un juego de palabras en el que “striking” puede leerse como resplandeciente –acero resplandeciente– pero tiene su eco en strike: huelga), los 50 fueron una década llena de huelgas importantes mientras los sindicatos luchaban con éxito para frustrar las propuestas de las corporaciones que hubieran reducido el salario y los beneficios que los trabajadores habían logrado. (El libro de Metzger toma su título de la huelga de trabajadores del acero de 1959 contra US Steel, cuando casi medio millón de trabajadores se quedaron sin trabajo por 116 días, lo que finalmente obligó a la compañía a mantener e incluso aumentar sus beneficios para los obreros).
Entonces, seamos claros acerca de lo que los franceses llaman les “trente glorieuses”, los 30 años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando los ingresos de los trabajadores aumentaron y surgió una clase media masiva. No fue la edad de oro de las corporaciones benévolas. Fue la edad de oro de los sindicatos.

Traducido de Prospect.