Páginas

jueves, 23 de septiembre de 2010

escrito con sangre en la pared

Era el año 2005 cuando en el desaparecido diario El Ciudadano & la región cubríamos la muerte del Turco Nasif. Las notas que publiqué decían:

Casi un mes después de haber asesinado al Turco Nasif (alguna vez el zar de la noche nicoleña, dueño de Highland Road y creador de la primera agencia de modelos de la zona) de dos balazos y de dar muerte a su concubina a martillazos, Leo Rutty, de 27 años, fue apresado mientras hacía vida de turista en Esquel, Chubut, el lunes 14 de marzo pasado, junto con su mujer y su pequeña hija. Desde San Nicolás, donde se produjo el doble homicidio, seguían las pistas de Leo (cuyo nombre la víctima escribió con su propia sangre en la pared de la cabecera de su cama), tal como señaló una alta fuente de la Dirección de Investigaciones de la Bonaerense (DDI) en aquella ciudad. Pero fueron policías rosarinos los que dieron con el primer detenido por el caso, pusieron en alerta a los sabuesos y dispararon la cacería que, a juzgar por las distintas versiones, exhibe dos sendas que se cruzan: la persecución de los criminales y la pista de unos 80 mil dólares que se robaron de la caja fuerte del Turco el día que lo mataron.
El 16 de febrero pasado, en un procedimiento de rutina, agentes de la policía rosarina acudieron al Hospital de Emergencias Clemente Álvarez (Heca) a entrevistar a un hombre de unos 50 años que había ingresado con una perdigonada en el pecho. El tipo dijo que se llamaba Carlos Lozano, que a la noche caminaba por la calle San Sebastián, en Funes, y que le dispararon desde un auto en movimiento. La herida no era grave. Raro, habrán pensado los hombres de la Unidad Regional II. Pero entonces sonó un teléfono en la Jefatura de Policía, en Ovidio Lagos al fondo. El oficial que contestó recibió un dato de uno de sus informantes que, más o menos, decía que ese tipo en el Heca con el pecho agujereado había masacrado a una persona en San Nicolás.
Minutos más tarde, en la base de la Dirección de Investigaciones (DDI) de la Bonaerense, en la calle Guardias Nacionales al 150 de San Nicolás, sonaba el teléfono. El oficial escuchó a uno de sus pares de la Brigada de Homicidios de Rosario que le recomendaba llegarse hasta una casa quinta del barrio Automóvil Club, sobre la vieja ruta 9: probablemente se encontraría con un cadáver. No, los cuerpos eran dos. En el baño, una mujer de 31 años con la cabeza destrozada a martillazos debajo de una bolsa de plástico. En el dormitorio, detrás de una cortina agujereada, con el cuerpo desparramado en la cama, yacía el Turco Roberto Nasif. Una bala de una pistola 9 milímetros le había abierto un tercer ojo en la frente y, sobre la pared, como en un cuento de Dashiell Hammett, la víctima había escrito con su dedo empapado en sangre: “Leo”, el nombre del supuesto asesino... Los agentes nicoleños también encontraron una caja fuerte vacía.
“¿Quién es Leo Rutty? ¿Es de Arrecifes? ¿Es cierto que es pariente del corredor Marcos Di Palma?” La fuente de Tribunales consultada en San Nicolás, un hombre de unos 40 años que, como todos los de su generación, frecuentó Highland Road en su juventud, relativiza la última pregunta pero contesta: “Era íntimo amigo del Turco, tenía libre acceso a su casa y dormía ahí varios días a la semana”.   
“¿Quién es Lozano, se llama Carlos Ruiz, es mendocino?”, quiere saber el periodista. Cavila. Daniel Corbellini, el jefe de Homicidios de Rosario, el hombre que tiró del hilo cuando se encontró con el hombre agujereado en el pecho en el Heca, cavila. No podría asegurar que el primer detenido por la muerte de Nasif y su concubina, Mónica Ramírez, de 31 años, se llama Carlos Ruiz. Sí, es el nombre que figuraba en el contrato de alquiler de la casa de calle San Sebastián, en Funes, donde también hallaron la 9 milímetros que terminó con la vida del Turco.
 El frente de la abandonada Highland Road, en Nación entre Olleros y Chacabuco, en 2009

Versiones
El 17 de febrero Mingo, el jefe del noticiero de Canal 2 San Nicolás, estaba de vacaciones. El que atiende el teléfono es Oscarcito. Mingo tiene un peculiar olfato para la calle, acorrala a sus fuentes con las historias que escucha por ahí y no se da por vencido hasta que les exprime ese resto de verdad que toda versión esconde en el hollejo. “Dicen que el que está atrás de esto –suelta Oscarcito– es...” y mastica una mítica figura del hampa nicoleña, vinculado ahora –siguiendo las mentadas versiones– con la seguridad de los más altos “cabezones” –es la palabra que le gusta– del PJ bonaerense. Habla de drogas, de “vueltos” no devueltos, de deudas; habla, acaso sin saberlo, con la convicción de un testigo que asistió al último acto de sus días de juventud cuando vio en el diario El Norte la foto del Turco tirado sobre una camilla de hojalata, metido en la mortera municipal. “Nada que ver, este hombre hace rato que se ocupa de sus negocios legales”, dice un abogado cercano a los protagonistas vivos y muertos de esta historia cuando se le pregunta por el legendario hampón que citó Oscarcito. Es que la muerte del Turco despertó en un primer momento a todos los fantasmas de ese mundo de criminales diseminados en la frontera provincial de la que San Nicolás aparece como una guarida. 
Las fuentes que responden a la pregunta por “Leo” son un alto oficial de la policía de San Nicolás y Miguel Romano, el abogado nicoleño que representa a Carlos Lozano o Carlos Horacio Ruiz, hasta donde se sabe, el hombre detenido en el Heca de Rosario. Leonardo Rutty Kramniuk es un hombre de Arrecifes –pariente del corredor y empresario de boliche Marcos Di Palma, según otra calificada fuente–, amigo del Turco desde hace unos cinco años, cuando trabajaba para él en la confitería Lennon (que funcionaba en la recuperada Vieja Barraca, una antigua cruza de boite y whiskería del San Nicolás de fines de los 70). Convirtieron su amistad en una sociedad en el 2003, cuando el Turco ya había quedado paralítico después de que una bala le partiera la columna en un hecho que la Bonaerense calificó de robo.
Otra fuente, desde un despacho de la DDI custodiado por los retratos de San Martín y Juan Manuel de Rosas, contó que esa amistad entre Leo y el Turco también estaba atravesada de rencores, que antes del homicidio Leo –a sabiendas de los miles de dólares de la caja fuerte– le había pedido a su socio unos 500 pesos para festejarle el cumpleaños a su hija y que el Turco le habría respondido: “Ganate tu plata”. 

El rey de la noche
A mediados de los 80, cuando Highland aún no había colapsado, el Turco lucía como dandy risueño, alto, con el bigote dibujándole una virilidad de Oriente Medio en el rostro. Desde que le metieron esa bala en la columna que lo dejara parapléjico, el Turco reformó su casa del barrio Automóvil Club, una quinta en la que se reconoce aún la discreta opulencia arquitectónica de la ciudad de viñedos, antes de que la ex Somisa sumiera a los nicoleños en el sueño industrial de Perón y el general ingeniero Manuel Nicolás Savio. El Turco derribó puertas, hizo construir arcadas y colgó unas cortinas de tela para desplazarse sin obstáculos con su silla de ruedas. Y llevaba siempre encima un pistolón cargado con cartuchos del 16.
Para una de las fuentes policiales nicoleñas consultadas, el Turco tenía en la caja fuerte unos 50 mil dólares que Di Palma le había prestado para reflotar Highland, en el mismo local de calle Nación casi Olleros del que en 1987 sacaron los cinco muertos tras el derrumbe durante un recital de Soda Stereo. Para un informante de Tribunales, sin embargo, la plata eran unos 84 mil dólares provenientes de una herencia de una tía cordobesa. Desde la Unidad Regional II –donde se empezó a desentrañar toda la trama–, aportan una cifra similar que podrían estar en poder de Leo aunque sospechan que parte de ese dinero debe haber cobrado Carlos Lozano, o Ruiz, o como se llame. Sobre el destino de esa porción del botín, los informantes señalan a uno o dos hombres que tenían su base en Rosario, entre ellos el que depositó a Ruiz o Lozano en el Heca.
El frente del Círculo Italiano en 2009.


Ruiz-Lozano, según el abogado Romano –que lo defiende–, participó en grado menor en el asalto y la masacre. Se acercó a la cortina detrás de la que estaba el Turco, mientras éste escuchaba el inusual revuelo en la cocina, donde estaba Mónica Ramírez –se supone que con Leo–, y ahí los perdigones del pistolón de Nasif dibujaron un colador en la tela y se le hundieron en el pecho. El otro agujero en la cortina es el de la bala de teflón (las que atraviesan los chalecos antibalas) de la 9 milímetros robada a un policía rosarino hace 4 años, la que proveyó al Turco de sangre para hacer su anotación en la pared (las pericias señalan que es su sangre y sus huellas dactilares las que escribieron el nombre).
El 17 de febrero pasado, el mismo día que un paupérrimo cortejo sepultaba al Turco Nasif (el hombre que encabezó la primera agencia de modelos de San Nicolás y llenó las noches de la ciudad con bailes y champaña), una multitud enterró a Enrique Omar Sívori, prócer nicoleño del fútbol mundial quien colmó de gloria deportiva la niñez de la generación que luego se divertiría en Highland. Ese cruce desparejo de procesiones fúnebres prueba no sólo los vaivenes de una sociedad para con sus hijos dilectos, sino que también la realidad gusta de escenas apoteóticas con las que tejer sus historias.

3 comentarios:

Los comentarios se moderan, pero serán siempre publicados mientras incluyan una firma real.