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viernes, 16 de enero de 2026

“la tortura es una anécdota”

 “Epílogo” de Galimberti, Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, Aguilar, Montevideo, Uruguay, 2010 (1ª edición, 2000).


“El insomnio del guerrero”

(Monólogo de Galimberti)


Como todo tipo que ha hecho la guerra, yo tengo un poco de insomnio. Una madrugada, hace veinte días, prendo la tele y aparece en el programa “De Renzis 2000” un anormal, un tipo del ERP, que se dice Mattini, y se llama Blumer, una cosa así, y se sienta con Perdía y entonces De Renzis, que parece un dibujito, con el culito parado, les dice “bueno, acá tenemos los dos comandantes guerrilleros...” y los tipos se ponen a hablar. Yo pensé: “¿Cómo? ¿Ese tipo fue jefe mío?” Y el otro Vaca, Vaca Narvaja, que aparece en la gomería... No está bien. O renuncian a la política y se exilian en Turquía o demuestran que en esta sociedad nosotros somos capaces de ser exitosos. Yo soy capaz de generar medios, de dar trabajo a otros, de tener ideas creativas. ¿Por qué repudiar el éxito? No nos dedicamos a hacer la revolución porque éramos incompetentes, que si no hacíamos eso íbamos a ser asesores o gomeros en Villa Lugano. ¿Por qué Perdía siempre vive de la teta del Presupuesto Nacional? ¿Por qué siempre está de asesor de un ministro, de un diputado? ¿Por qué no labura de abogado en serio? Yo me siento humillado por esa actitud. Me gustaría que estuviera al frente de una empresa, pidiendo créditos en un banco, armando quilombo, discutiendo con los obreros un contrato, me gustaría verlo en la función... Para ser consecuente con la lucha de la época, hay que ser exitoso en nuestra sociedad. Firmenich me parece el más condenable de todos. Como diría Goebbels, “él, el peor de todos”. Firmenich tiene cincuenta y dos años, ¿qué es lo que tiene que estudiar en España? ¿Por qué se autoexilió? ¡Que vuelva a la Argentina, hermano! Que se banque el juicio de la gente, que tenga que discutir, que lo puteen. Que le digan “contame esto, explicame aquello”. Que se la banque. Nosotros fuimos revolucionarios, perdimos una lucha y en consecuencia tuvimos bajas. No nos llevaron a patadas en el culo a hacer las cosas que hicimos, y pagamos un duro precio por esto... pero también contribuimos a demoler el autoritarismo en la Argentina. Entonces, esta democracia que tenemos es también nuestra construcción. Quizá una construcción involuntaria, porque a nuestra manera éramos autoritarios. Pero contribuimos a demoler el Estado viejo... entonces yo no puedo entender que Firmenich no se sienta bien en este pedazo de democracia que también existe para él. En ese sentido, me parece infinitamente superior la actitud de Perdía y Vaca. Lo que me parece innoble es que no sean capaces de hacer algo más importante que lo que hacen, que nos dejen bien parados como generación... El gomero Vaca Narvaja pasó de la metralleta al cricke... Pero yo no lo odio. Fue un gran combatiente individual, con mucho coraje, muy soberbio también. Yo no les tengo el odio que ellos me tienen a mí. Antes sí, tenía un veneno que no podía ser. Veinte años después los mirás distinto. Yo no dudo de la honestidad de aquella época. Había más ignorancia, impericia y soberbia juvenil que mala fe...

... Ahora, no jodamos, los prisioneros de la ESMA dirigían la guerra contra nosotros. Cuando pude recuperar en mi proceso las cosas que habían escrito sobre mí, no lo podía creer. Y claro, eran mis ex compañeros. Yo tengo tres documentos que no me los pidan porque no se los voy a dar. Recuperé las cosas de la SIDE también... y era lo más brillante que vi nunca. Estaba escrita por los tipos nuestros que habían sido capturados. Esa guerra ustedes no la pueden entender. Para mí ya pasó.

No, yo no perdono a los marinos. Con el único tipo con el que hablé fue con Rádice. No me junto con el Tigre Acosta a tomar champagne. Massera fue una expresión del fascismo... en el sentido de tratar de capturar al peronismo con un sesgo populista. Era un analfabeto político. Decía “yo hablo con todo el peronismo”, porque lo tenía detenido. Mandaba a eso es lo que lo condena. Massera dijo que estaba más allá del bien y del mal para justificar los crímenes que estaban cometiendo. Asesinaron a prisioneros rendidos, no tienen perdón. Pero no por la tortura. La tortura es un problema metodológico. ¿Qué hizo la Iglesia católica durante siglos? Para condenar, exigía la confesión, y para conseguirla existía la tortura. No hablen tanto en contra de la tortura. Es un invento de la revolución cubana, que torturó a todo el mundo, por empezar a su pueblo, que lo tiene oprimido. No, la tortura no es lo importante. Lo criminal que hicieron los marinos fue asesinar a prisioneros indefensos, no tienen perdón de Dios. Y eso los va a perseguir hasta el día que se mueran. Fue absolutamente innecesario, producto del terror que ellos tenían. Un miedo exacerbado, no sé a qué. Un miedo espantoso, porque la única razón por la que asesinás a un opositor rendido es porque tenés miedo. Pensás que si está vivo te va a cagar de alguna manera. Ese miedo los va a perseguir hasta el día que se mueran. Eso, y el no haber tenido huevos de firmar lo que hacían. La tortura es una anécdota. Cualquiera es capaz de torturar en una situación extrema. Es una objeción pelotuda. Si ellos peleaban con el Código bajo el brazo, como decía el general Corbetta, perdían la guerra. Lo que no tiene perdón es asesinar a prisioneros inermes. Yo no los perdoné. Terminé la guerra. Ustedes no entienden la reconciliación. Este país tiene que salir adelante. Por los hijos de ustedes. Los países necesitan salvar sus conflictos secuestrar a los tipos para hablar con ellos. Es una visión letal. Él se encargó de que Isabel estuviera presa con él... era la acumulación política sobre la base de la detención. Una visión brutal de la política. Yo creo que eso es lo que lo condena. Massera dijo que estaba más allá del bien y del mal para justificar los crímenes que estaban cometiendo. Asesinaron a prisioneros rendidos, no tienen perdón. Pero no por la tortura. La tortura es un problema metodológico. ¿Qué hizo la Iglesia católica durante siglos? Para condenar, exigía la confesión, y para conseguirla existía la tortura. No hablen tanto en contra de la tortura. Es un invento de la revolución cubana, que torturó a todo el mundo, por empezar a su pueblo, que lo tiene oprimido. No, la tortura no es lo importante. Lo criminal que hicieron los marinos fue asesinar a prisioneros indefensos, no tienen perdón de Dios. Y eso los va a perseguir hasta el día que se mueran. Fue absolutamente innecesario, producto del terror que ellos tenían. Un miedo exacerbado, no sé a qué. Un miedo espantoso, porque la única razón por la que asesinás a un opositor rendido es porque tenés miedo. Pensás que si está vivo te va a cagar de alguna manera. Ese miedo los va a perseguir hasta el día que se mueran. Eso, y el no haber tenido huevos de firmar lo que hacían. La tortura es una anécdota. Cualquiera es capaz de torturar en una situación extrema. Es una objeción pelotuda. Si ellos peleaban con el Código bajo el brazo, como decía el general Corbetta, perdían la guerra. Lo que no tiene perdón es asesinar a prisioneros inermes. Yo no los perdoné. Terminé la guerra. Ustedes no entienden la reconciliación. Este país tiene que salir adelante. Por los hijos de ustedes. Los países necesitan salvar sus conflictos y pensar en el futuro. No hagamos un quilombo por una guerra de hace treinta años. Ya está. Esa guerra la ganamos, eso es lo que el imbécil de Firmenich no entiende. Podemos hablar nosotros, que pensamos distinto, pudimos votar. Pudo votar la Izquierda Unida, la izquierda pelotuda, la izquierda forra, no importa, todo el mundo puede votar. Galimberti puede ser presidente de mesa. ¿Cuánto vale eso? ¡No tiene precio! No, no lo entienden. No entienden el país en que nos criamos nosotros. Un país horrendo. Si pensabas distinto te mataban, y te mataban, hermano. Antes de la dictadura, te mataban. Nosotros formábamos parte de un movimiento mayoritario proscripto. Yo les digo “podemos votar, es una conquista...” y ustedes me miran y me dicen “es un loco...”. No entienden los contenidos democráticos del peronismo, los contenidos revolucionarios, la transformación de la sociedad. Perón: un tipo que se casa con una mina que era una puta, un general de Ejército. Lo traicionó la Iglesia y lo traicionó el Ejército. Y no lo perdonó la oligarquía. ¡Qué reforma agraria! Para qué querés reforma agraria... había que hacer el iapi, sacar la guita que ganaba la oligarquía y reinvertirla en la industria. Nuestro peronismo era un peronismo científico, no era un populismo pelotudo. Y ustedes ven lo que es la sociedad hoy. Vos pensá en una sociedad inmóvil, en la década del cuarenta, mirá lo que Perón hizo. Por las mujeres, por los humildes, nadie entiende ese contenido popular. Cuando Grondona justifica el golpe de 1955 porque había un solo noticiero... es una infamia. Les soy sincero, pero esa idea de la Triple A que ustedes tienen... Había muchas bandas armadas. Nosotros también éramos una banda armada. Esa es la visión de los guerrilleros como Bonasso, un guerrillero virtual, lo único que ha derramado en su vida es tinta. Él no entró al peronismo. Entró a los Montoneros, que querían tomar el tranvía que era el peronismo porque las masas están en el peronismo. Yo entré al peronismo porque soy peronista. No lo digo para salvarme de nada. Al contrario, agrava mi responsabilidad política. Porque diciendo lo que digo... ¿¡cómo puede ser que no me haya ido antes de una banda de idiotas!? Aparte asumo todas las culpas del peronismo. ¿Por qué Brito Lima se sienta conmigo y no con los otros tipos de la guerrilla? Yo no era un cristianuchi pasado al peronismo. ¿Qué hay en común para que vayamos a comer una vez al mes, para que Brito diga, en un homenaje a Abal Medina, “perdón mi General por no haber podido conservar la unidad. Nos hemos matado entre nosotros”? Ese asco que dice que siente Verbitsky, que dice que dejó de ser peronista retrospectivamente el 20 de junio, en Ezeiza, es una visión de ellos. En el peronismo siempre hubo bandas armadas. Yo no tengo esa indignación que ustedes tienen con los grupos de la derecha peronista. Tuve la misma discusión con la tilinga... la esposa de uno de los Born en mi casa. Había dos militares, un mayor del Ejército héroe de Malvinas y otro milico de los carapintadas. Patricia Bencich, la hermana de la esposa de Jorgito Born, decía “yo no puedo entender cómo ustedes pueden estar juntos... los subversivos, los militares...”. Y el mayor que está en actividad le dice: “vos no entendés una mierda, nosotros nos matamos porque teníamos una idea de la Patria. ¿Vos qué idea tenés? ¿Qué hizo tu familia, aparte de ganar guita y vender departamentos? ¿Quién sos vos para venir a decirnos algo a nosotros... que nos matamos para mejorar este país? Seremos unos boludos, unos terroristas, unos represores, ¿pero quién te dio autoridad moral a vos para hablarnos en ese tono?”. Y el carapintada, el teniente Flores, me dice: “no hablés con esta mina”. Fue un quilombo. Una cosa feroz. Pero es una lectura ideológica esa. Yo estuve en las bandas armadas del peronismo. ¿Y la Triple A? Esa es una versión de Bonasso que dice “me di cuenta de que la Triple A la había inventado Perón...”. Lo dice porque Perón no se puede defender. Llevalo a un barrio, que lo diga, a ver cómo le va. Yo estuve la vez pasada en Pinamar. Fui a poner el culo en el agua, como gordo que soy, y veo en el hotel más elegante de Pinamar, un cartel, “conferencia Miguel Bonasso”. Toda gente bien en la conferencia. Decile que diga las mismas cosas que dice de Perón en un barrio del Gran Buenos Aires. Yo lo acompaño a ver cómo le va. Perón no necesita que yo lo defienda, pero me molesta que él lo ataque. Si Bonasso existe en la historia argentina es porque estuvo un poquito de tiempo en el peronismo... ¿Qué era Bonasso en 1972? Y ahora cuenta sus historias de la resistencia... y es lamentable. A mí no me importa que me ataque. Me importa que denigre a Perón.

Otro mito. Yo he escuchado que era amante de Born... palabra de honor: no era homosexual Born ni yo era un tipo satánico ni tan talentoso. El acuerdo con Born fue a posteriori... terminado el quilombo, relanzar el capitalismo, terminar con el desorden radical de aquel momento, una cosa muy fría... y después la simpatía natural entre tipos que vivieron esa experiencia. Nos pusimos de acuerdo sobre algo concreto: Pichimosky se llevó los dieciocho palos, recuperemos esos dieciocho palos y te doy unos mangos. Estoy orgulloso de haberlo hecho. Y si pudiera recuperar la guita de los cubanos también. Porque, terminada la guerra irregular hay que devolver los pertrechos y los prisioneros. El único caso innoble... lástima que ustedes tienen la maldición de ser periodistas y se cagan en la historia argentina... hay una cosa muy impresionante, en una batalla entre el “Chacho” y no sé quién, no sé qué capitanes de Sarmiento, me parece que fue Sander, no me acuerdo, y el “Chacho” le dice “acá están mis prisioneros. Devuélvame los míos”. “No puedo, yo los fusilé”, y se puso a llorar. Esa es la historia argentina. No jodamos. Cuando vos terminás una guerra irregular y cometiste ilícitos como los que cometimos nosotros, devolvés los prisioneros, devolvés la guita y se terminó. No vivís de la guita que hiciste. La guita esa es de Born, salvo que ustedes piensen que hay que eguir la revolución. En ese caso volveríamos a hacer cualquier cosa. Esto es tan fácil de explicar, pero no hay nadie que esté dispuesto a hacerlo. Aparte, lo de los Born no fue un hecho militar glorioso: fue un secuestro. Emboscar una columna militar, les pusieron una mina vietnamita, les tiraron con morteros, hubo un combate, eso me gustaría contar. La guerra es lo más fuerte que existe. Lo que construye los lazos más serios entre los seres humanos. No es sólo la miseria, el sufrimiento físico, la impiedad, la crueldad, la guerra también es la solidaridad, el afecto, el amor a los que están con vos... la guerra es el acto de amor más grande que existe. ¿Qué tipo acepta sacrificar su vida, la de su familia, la de sus seres queridos, por una idea? El respeto por el adversario, que se enfrente con dignidad, que muera con dignidad. Es una cosa difícil de explicar, son valores del siglo pasado, del 1900. Hoy esto no es moderno. Es una anacronía. Hoy queda bien defender a las ballenas, a los pingüinos empetrolados y otras monerías por el estilo. Como dijo un político brasileño cuando Sting estaba preocupado por la extinción del bosque, el tipo dijo “lo que corre peligro de extinción en Brasil es el hombre...”. La guerra no es un combate policial. Es el contacto con la masacre propia, con los tipos tuyos que se mueren todos los días de una manera espantosa y con los muertos del enemigo. Tenés que convivir con los cachivaches y limpiar el campo, la unidad que tomaste, los cadáveres. Entonces tenés el contacto con la muerte por mutilación, y la muerte como un hecho físico, el olor a podrido, el tipo despedazado, una cosa que te cambia la relación con el ser humano. Quiero hablar de lo que pasa con el tipo que vos tenés enfrente. Hay un relato de los ingleses, no me acuerdo cuál, de los paracaidistas. El tipo toma la trinchera y un soldado argentino le dice “yo voy a ir a Inglaterra, a mí me gustan los Who”, y el inglés, antes de seguir su camino, lo pasa por encima. Esa escena, ¿cómo la decodificás? El argentino no podía analizar que el otro venía a matarlo. No lo asumía dentro de su cabeza. Cuando vos vas a defender una posición en un ataque no podés decir “levante las manos”. No tenés tiempo. Estás bajo fuego. Aparte estás tirando vos, tus compañeros, los otros tipos, es un infierno. Sos vos o el otro. Eso que parece una cosa tan simple... no es tan evidente ni tan clara. No la podés resumir tan fácilmente. No es una pelea. Una pelea es un crescendo de violencia, “hijo de puta”, hay algo personal, “la concha de tu madre”, y la violencia va surgiendo como resultado final. Hay un crescendo psicológico. En el otro caso, es un hecho feo. Ni te hablás con el tipo. Habla otro idioma. Después, lo que yo digo es la destrucción física, es decir, la cabeza reventada, empezás a ver tipos como si fueran corte de vacuno, ¿viste un tipo cuando lo abrís? Es igual a una vaca. La grasa, el olor de la carne, de la sangre, de la mierda, de los intestinos, el olor a podrido, los cadáveres quemados... según el tipo de arma los cadáveres se queman. Los explosivos se queman. Cuando hay que juntar los cadáveres para limpiar la zona, vos tirás de las patas de los tipos y se te desarman, tenés que apilarlos y prenderles fuego, por un tema sanitario. En Beirut quedaban bajo los escombros y dejaban un olor insoportable. Nosotros no teníamos topadoras para mover los escombros. Los pocos perros que había se morfaban los cadáveres, es algo muy difícil... por eso yo les hablo de Juana de Arco... y ustedes no me dan bola. Debe ser que duermen bien.


domingo, 11 de enero de 2026

salto grande (sobre “el salto del agua”)

«Adiós, mi Salto, te dije un día/ Mirando el último naranjal/ Mi pena en viaje sobre el rocío/ Te saludaba por no llorar», Víctor Lima / Los Olimareños, “Adiós a Salto”.

A falta de etimologías generosas en español, etymonline.com es abundante al ofrecernos un origen de “analogía” (analogy): incluso ubica en el siglo XIV un término matemático griego al que Platón le dio el sentido de “concordancia parcial, semejanza o proporción entre cosas”. Esas “cosas”, especularía más tarde un teólogo andaluz del siglo XII, acontecen en el doble eje de la Historia: el del orden superior y trascendente y el terrenal de los días que corren: el cruce entre esos dos ejes es la “analogía”. Marlow —protagonista de El corazón de las tinieblas— tiene frente a sí una danza simiesca y salvaje en las orillas del río Congo y recuerda, a punto de embriagarse con esas imágenes, las dos viejas que tejían en la oficina de la compañía naviera en Bruselas, Bélgica, en el corazón de la Europa imperial. Las viejas blancas que tejen abrigos y los salvajes que bailan desnudos, como desnuda de civilización se vuelve la mirada de Marlow tras el encuentro con Kurtz en la novela de Conrad.

En El salto del agua Paula Galansky ofrece una crónica amable y serena de un lugar que conoció su infancia y juventud, el Embalse Salto Grande, a poco más de 15 kilómetros de Concordia, Entre Ríos, su ciudad natal. “El lago” lo llama y nos dice que así lo llamaron siempre o, al menos, desde que existe, desde que la represa de Salto Grande inundó esa zona gigante de la costa entrerriana del Uruguay y estableció esa superficie acuática alrededor de 1979 (Paula nacería 12 años después).

Paula nos dice en su crónica que ese lugar ahora lleno de agua bajo el horizonte de los muros de la represa con catorce poderosas turbinas soviéticas fue en la juventud de su padre o su madre un “salto”, un accidente geográfico que detenía la navegación del Uruguay en el que las familias iban a recrearse, a pescar o a pasear los fines de semana. Y encara la reconstrucción de ese sitio desaparecido con fotos, testimonios, conversaciones que tuvo, cosas que escuchó, cosas que le llegan hasta de boca de un taxista en el verano concordiense. Todo es cierto, pero también es una sutil mentira de la literatura: jugar a la intriga de la reconstrucción de un sitio perdido para contarnos otra cosa.

El salto del agua tiene de magistral el particular armado de un rompecabezas o, mejor, de una matrioska entrerriana del que no dejan de salir muñecas más pequeñas.

En el principio, con unas amigas, discuten si las piedras que encontraron en la costa de “la laguna” son amatistas o son jaspes. En calidad de baqueanas lo discuten, no son “turistas”, no les van a vender esas piedras que pueden encontrar a la vera de las aguas del embalse. Entonces comienza el periplo. Un recorrido que sólo en apariencia recupera recuerdos y conversaciones sobre las aguas que lamen la infancia y la adolescencia, acarician el misterio autoral con el que las cosas devienen especie, es decir la cifra de asuntos que se escriben con la geografía y la vida. 


Exordio

Alrededor de septiembre de 1974, tal vez un año antes, salía con mis compañeros de natación de la pileta cerrada del Club Remeros Paysandú, construida en un edificio del viejo Puerto cuya entrada principal, sobre calle José Batlle y Ordóñez, nadie usaba. En cambio bajábamos por una escalera metálica que daba a calle Colonia, que a esa altura se convertía en una bajada empedrada por la que los vehículos llevaban embarcaciones hasta el río Uruguay, que en ese punto hace una breve curva que se ofrece como una suerte de bahía diminuta en la que suelen juntarse restos que traen las aguas. Entonces, ahí en la costa, donde la calle se hunde en las aguas, había un grupo de mis compañeros que ya habían bajado al que me sumé para explorar algo así como una bolsa de vísceras que semiflotaba en la orilla. Ahí fue que escuché que se trataba del cuerpo de un trabajador de la represa de Salto Grande que había caído al agua desde lo alto de la muralla de la represa. No era así, claro, alguien me explicó en mi casa que, si bien el accidente era cierto, era imposible que en un sólo día el río arrastrara el cuerpo destrozado hasta Paysandú. Sin embargo esa represa que se levantaba río arriba irradiaba su presencia en la infancia como el abismo que nos mira. Por esos días mi madre me sentó frente a su padre, mi abuelo Horacio Mier Odizzio, para que me contara la historia de esa represa que estaba construyéndose y él había sido uno de sus impulsores. Unos doce años antes de morir en julio de 2001 en San Nicolás, Buenos Aires, donde vivía su hija, mi abuela Beba fue invitada por la comisión bilateral encargada de la represa de Salto Grande que homenajeaba a los pioneros del proyecto. Mi madre y Beba partieron en un viaje que las llevó primero a Buenos Aires, donde un avión las trasladó a Concordia y, de allí, a Salto, donde se alojaron en el Gran Hotel Concordia. Asistieron a la inauguración de un monolito con una placa que recuerda a los pioneros, entre los que está el nombre del abuelo Horacio, en el camino a la represa, a dos o tres kilómetros de la entrada, del lado argentino. Volvieron cargadas de folletos, publicaciones y un diploma firmado y sellado por autoridades que reconocían en el nombre de Horacio Mier Odizzio el empeño y los servicios prestados. Horacio, sin embargo, no llegó a ver la represa funcionando, murió el 9 de julio de 1977. Según mi madre, cuando se enteró del homenaje, en San Nicolás, se comunicó con la secretaria del presidente de la comisión bilateral, un sanducero de apellido Francolino, quien le dijo que creía que la hija de Mier Odizzio se había ido a vivir a Rusia (en ese momento aún la Unión Soviética), imagino que su militancia y los orígenes de mi padre habrán influido en la imaginación del señor Francolino.


50 años después...


Cinco décadas más tarde, en el segundo piso de la Biblioteca Argentina Juan Álvarez, en Rosario, donde funciona la Editorial Municipal de Rosario, me encontré con el manuscrito de El salto del agua —que todavía no tenía ese título— en el que no sólo está la represa, sino esa geografía originaria sobre la que se formó, cuya innovación traía también noticias terribles y fabulosas: la inundación, el traslado de la ciudad de Federación, en Entre Ríos, que en su mayor parte quedó inundada; la formación del embalse; todos efectos de un proyecto de progreso que en mi familia había circulado como el cáliz del que bebíamos como la pócima de un destino común que abandonamos en 1975, cuando dejamos Paysandú. 

La autora de El salto del agua era Paula Galansky quien, me enteré entonces, había nacido y crecido en Concordia y vivía en Rosario, donde estudió Letras. Sus cuentos reunidos en El lugar en el que estoy cayendo, el volumen que la EMR premió y publicó tras el concurso de narrativa de 2022, me habían sorprendido por las descripciones de una naturaleza de algún modo personalizada y, de hecho, el cuento que da título al libro, es una prosopopeya: la narración de un cometa que se acerca a un lugar impreciso en la Tierra.


De vuelta

Volvamos a El salto del agua

No se me ocurre cómo esta crónica podría resultar en un relato gótico —que es algo que pensé de entrada, acaso compelido por la memoria de un amigo muerto—, al estilo de esas temporalidades inconclusas de Ladrilleros u otras escritas en general por escritoras. Pero la asociación con el gótico me revela algo: tiene un monstruo —la anaconda de un cuento del salteño Horacio Quiroga—, tiene un personaje que vive en el pasado —el padrino de los primos, que se fue a vivir al monte (a Sauce de Luna, cerca de Corrientes, acaso el equivalente del monte misionero de Quiroga pero en la provincia de Entre Ríos)— y recuerda cosas que la crónica recupera con laboriosa artesanía: mujeres que llevan a sus hijos infantes a proteger a los animales de la inundación que se viene; una humilde jungla de pastizales que la represa condena y las mujeres quieren salvar. 

Ésa presencia del pasado que asoma como amenaza en la rotura del dique que forma la represa —Paula lo cuenta con detalle en una fantasía en la que lleva a una plaza a su hermano menor— me parecieron en un momento detalles “góticos”, detalles que expandían un lore entrerriano —podría poner “mitología”, pero prefiero esa disonancia actual— digno de atención: las palmeras que nadie ve, el monte salvaje tan cerca de la ruta 14 que lleva porteños a Entre Ríos… “Cosas”.

En el final, cuando se atravesó ya el “ecosistema literario” del litoral uruguayo (Quiroga, las turbinas soviéticas indestructibles que instalaron las dictaduras uruguaya y argentina, la fantasía de la anaconda —Paula encuentra incluso el término originario “lampalagua” para referirse al monstruo encarnado por la boa gigante de los ríos americanos (una suerte de “yaguarón”, en el equivalente paranaense)— la autora elige una escena en la que ella y sus amigas van a pasar la tarde en una roca de basalto que asoma como un animal prehistórico en las aguas de “la laguna”. 

Quisiera creerle, quisiera creer que en realidad me está contando el paisaje original que ignoró mi infancia, narcotizado con la fantasía de la represa. Pero afortunadamente cuenta otra cosa: cuenta esa prosopopeya odiosa de las cosas que adquieren la conciencia de cosas que no pertenecen a este mundo: de las formas delicadas de las piedras que se acercan a la orilla al basalto volcánico original, de los recuerdos que otros nos transmiten a los terrores familiares de la inundación, y así.

En algún momento de los 50, Roger Caillois —pongamos que el padre de cierta sociología francesa— publicó Acercamientos a lo imaginario, ya por entero bajo el influjo de la ensayística borgeana que Borges, desde luego, no correspondía. Era una colección de ensayos que indagaban en las imaginerías arraigadas en nuestra contemporaneidad —la de los 50—. Uno de esos ensayos se llamaba “El gran pontonero” y exploraba el origen del término “pontífice”, con el que se denomina al Papa católico como si su mandato hubiese sido eterno. Pontificar es construir puentes, decía más o menos Callois. Pero pontificar, en la primitiva antigüedad europea del medioevo, era también unir lo que Dios había separado, por lo tanto, el primero en atravesar un puente era un condenado (discapacitados, locos, condenados eran los primeros en asegurar la firmeza maldita de un puente). Leyendo la amable prosa de Paula Galansky (“La realidad defiende su misterio, se esconde como un caracol”, escribe en El salto del agua) me pareció escuchar en la lejanía con la que ella misma habla de su lugar natal la queja del condenado: recogerás las piezas pétreas que quieras en el río, pero en el final —sutil analogía— te sentarás en la más cruda y original materia de la que estamos hechos, el basalto de volcanes que ya no están ni estarán para colmarte de coronas de fuego.