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miércoles, 27 de enero de 2021

en casa del enemigo

Este análisis de Mark Fisher sobre la serie The Americans, se publicó en la revista New Humanist el 1 de Octubre de 2014, de donde lo tradujimos. También se puede leer en la más que recomendable traducción de k-punk, de Caja Negra Editora.

Los pocos hipervínculos del texto fueron agregados por nosotros, ya que no existían en el original. Entradas sobre la serie pueden encontrarse en este blog acá, acá y acá.

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Mark Fisher

La primera temporada de The Americans (emitida recientemente en el Reino Unido por ITV) terminó con una secuencia cuya banda sonora es “Games WithoutFrontiers” (“Juegos sin fronteras”) de Peter Gabriel. La serie ha sido elogiada con razón por su inteligente uso de la música, y “Games Without Frontiers”, que se estrenó en 1980, año en el que comienza la serie, fue una perfecta elección que resume el clímax de la primera temporada. Atmosféricamente, la canción es de alguna manera ansiosa y fatalista: sin inflexión emocional, la voz de Gabriel suena catatónica; la producción es fría e imponente. “Games Without Frontiers” no se siente postraumático, sino pretraumático: como si Gabriel estuviera registrando el impacto de una catástrofe que está por venir.

Escuchado ahora, especialmente en el contexto de The Americans, un thriller de la Guerra Fría, nos recuerda una época en la que ese terror era ambiental, cuando el espectro de un apocalipsis aparentemente inevitable tejía la vida cotidiana. Sin embargo, si “Games Without Frontiers” invoca el amplio momento histórico en el que se desarrolla The Americans, también comenta las intrigas específicas de la serie. Porque The Americans trata de espías soviéticos que se hacen pasar por una familia estadounidense corriente. El espionaje de la Guerra Fría no respetó las fronteras entre lo privado y lo público, entre la vida doméstica y el deber hacia la causa: de veras un juego sin fronteras.



Creado por el ex agente de la CIA Joe Weisberg, The Americans se centra en Elizabeth (Keri Russell) y Philip Jennings (Matthew Rhys), dos agentes de la KGB que viven encubiertos como americanos en Washington. Al parecer, Weisberg había ideado el escenario de la serie en la década de 1970, pero optar por 1980 tiene un gran sentido dramático. En 1980, la Guerra Fría se intensificó inmediatamente después de la invasión soviética de Afganistán y la elección de Ronald Reagan, quien estaba ansioso por llevar a cabo una lucha maniquea contra el “Imperio del Mal”.

La serie se caracteriza por una oscilación bipolar entre un naturalismo contundente y la intensidad de los gritos adrenalínicos del thriller. No son escasas las persecuciones de autos y los tiroteos en The Americans (probablemente no haya un programa más emocionante que éste en la televisión hoy en día), pero estos están intercalados con escenas de la vida doméstica, donde las tensiones son de otro tipo.

Lejos de ser el respiro de esa Guerra Fría, la vida hogareña de los Jennings es la zona donde llevan a cabo sus engaños más cargados de emoción. El matrimonio es en sí mismo una farsa: inicialmente al menos, Elizabeth y Philip son agentes en una misión, no amantes, y la serie trata en parte de sus intentos de navegar este tenso terreno emocional y reconciliar sus diferentes expectativas sobre lo que implican sus roles. Pero Elizabeth y Philip al menos saben lo que están haciendo; no necesariamente sus hijos, Paige y Henry. No saben que sus padres son agentes de la KGB (la ignorancia de los niños es una de las mejores formas de cobertura que los Jenning tienen a mano).

Esto no solo eleva la amenaza de que los descubran, también plantea un dilema moral: ¿se debe informar a los niños? Este dilema llega a un punto crítico en la segunda temporada, cuando el arco de la historia alcanza al asesinato de una pareja de compañeros de la KGB y uno de sus hijos. Cuando se revela que el niño sobreviviente, Jared, había sido reclutado por la KGB, inevitablemente surge la cuestión del reclutamiento de Paige. “Paige es tu hija”, dice Claudia, la controladora de la KGB de los Jennings, “pero no es solo tuya. Ella pertenece a la causa. Y al mundo. Todos lo somos.”

Esto nos lleva a un contraste entre The Americans e incluso algunas de las ficciones de espías más sofisticadas, como las de John Le Carre. En el trabajo de Le Carre, el adversario de George Smiley es Karla, la espía superiora de la KGB –y pese a todo lo que hizo Le Carre para complicar el trazo a grandes rasgos de la propaganda de la Guerra Fría entre el eje binario del bien y el mal, Karla siguió siendo una figura casi demoníaca cuyo compromiso era incomprensible para Smiley y su pragmatismo liberal y personal. En The Americans, los soviéticos se transforman en nuestros semejantes. Esto sucede en primer lugar al poner en primer plano a Elizabet y Philip. Pero los respalda bien el rico elenco de personajes de la rezidentura (la estación de la KGB en Washington): Nina Krylova, una agente doble, luego triple, frágil pero resistente e ingeniosa; el estratega pragmático Arkady Ivanovich; el ambicioso y enigmático Oleg Burov. La decisión de que los personajes de la embajada hablen ruso es importante; se mantiene su diferencia con los occidentales, y se evita la absurda convención de que se les escuche hablar un mal inglés con la pantomima del acento ruso.

En una inversión del estereotipo, los soviéticos en The Americans parecen mucho más glamorosos que sus contrapartes americanos. El principal antagonista de los Jennings, el agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich), quien en un giro de telenovela termina siendo un vecino cercano, se muestra severo en comparación con los dinámicos y glamorosos Elizabeth y Philip, tal como luce la oficina del FBI: monótona y mezquina cuando se la contrapone con las intrigas de la rezidentura.

Esto sin duda contribuye al desarrollo subversivo de la serie, que consiste en que el público no solo simpatiza con los Jennings, sino que los apoya positivamente, tememos su descubrimiento, esperamos que todos sus planes se realicen. El mensaje de The Americans no es que los Jennings comparten una humanidad común con sus enemigos y vecinos americanos, sino que simplemente están del otro lado. Dada la situación extrema de su condición, nos es imposible pensar que Philip y Elizabeth son “como nosotros”; al mismo tiempo, sin embargo, la serie nos obliga a identificarnos con ellos, aun cuando se conserva su alteridad.

En los momentos críticos, se enfatizan sus diferencias con los americanos “reales”. Si bien a veces se ve que Philip vacila y contempla al menos algunos aspectos del estilo de vida estadounidense, Elizabeth nunca duda en su compromiso con la destrucción del capitalismo estadounidense. En un momento, durante la segunda temporada, Paige comienza a ir a un grupo parroquial. Nada lleva a su casa la extranjería de Elizabeth por la vida estadounidense –y a muchos de los protocolos del drama televisivo estadounidense– como la ferocidad de su hostilidad hacia este desenlace. La escena en la que una Elizabeth furiosa confronta a Paige por todo esto es extrañamente hilarante: no hay muchos espacios en otros dramas de la televisión estadounidense donde podamos ver que el cristianismo es atacado con tanto fervor.


La complejidad del personaje de Elizabeth, y su sofisticada interpretación de Keri Russell, puede ser lo más destacado de la serie. Tanto ella como Philip tienen que ser despiadados (cuando es necesario, matan sin remordimientos), pero Elizabeth tiene una frialdad y un aplomo poco sentimentales de los que carece el más equívoco Philip. Es un mérito de la serie que no se codifique esta frialdad como un defecto moral, sino que mantenga en tensión dos visiones del mundo en conflicto, que valoran la fuerza de propósito de Elizabeth y las incertidumbres de Philip de manera muy diferente. Por cierto, no hay duda, por ejemplo, de que Elizabeth ama a sus hijos (si no lo hiciera, fácilmente caería en el estereotipo del monstruo soviético), pero la pregunta es qué lugar debería tener este amor en su jerarquía de deberes. Para Elizabeth, está claro, la Causa siempre está primero.

En estas condiciones, en las que el capitalismo domina sin oposición, la idea misma de una Causa ha desaparecido. ¿Quién lucha y muere por el capitalismo? ¿La vida de quién adquiere sentido gracias a la lucha por una sociedad capitalista? (Quizás sea esta devoción a la Causa lo que le da a los personajes soviéticos en The Americans su glamour.) No fue otro que Francis Fukuyama quien advirtió que un capitalismo triunfal estaría embrujado por los anhelos de propósitos existenciales que los bienes de consumo y la democracia parlamentaria no podrían satisfacer. Gran parte del atractivo de The Americans depende del hecho de que se sitúa antes de este período. Nuestro conocimiento de que el colapso del experimento soviético estuvo a menos de una década del período en el que se desarrolla la serie da a todo el discurso sobre la Causa comunista en The Americans una cualidad melancólica. En 1980, la Guerra Fría se sentía como si fuera a durar para siempre. En realidad, en tan solo nueve años, todo lo que Elizabeth y Philip representaban colapsaría, y el fin de la historia caería sobre nosotros.

viernes, 15 de enero de 2021

políticas de la revancha

Le debemos a una conversación con Alejandro Galliano el encuentro con William Davies, autor de esta nota, publicada inmediatamente después de la derrota de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos, en noviembre de 2020. Galliano volvió a citar a Davies hace poco, en un artículo en el que analiza y ensaya posibilidades de gobierno de un mundo que abandonó los paradigmas de la razón que rigen la política desde hace unos siete siglos.

Sí, se trata en principio del escándalo por las imágenes que se difundieron hace más de una semana cuando supremacistas blancos partidarios de Trump tomaron por asalto el Capitolio. Pero lo que el artículo de Davies viene a contarnos, sin demasiado escándalo ni tanto pesimismo, es la genealogía del panorama político que contemplamos hoy en día. Su visión, expresada hace casi dos meses, es tan válida ahora como entonces, sobre todo porque el escenario que describe es familiar a la coyuntura política argentina, donde ya no vale hacer política para “llenar el vacío” dejado por la desmovilización política de los 90 y, aunque con otros paradigmas de comprensión del fenómeno político, social y económico, la participación ciudadana vuelve a ser central.
En esta traducción preferimos trasladar literalmente “liberalism” por “liberalismo”, cuando en muchos casos –que esperamos el lector pueda identificar– podría traducirse por “progresismo”, ya que lo que en Argentina suele entenderse por “liberalismo” está minado por los valores del conservadurismo oligárquico, más allá de las aspiraciones de sus víctimas.
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por William Davies*, The Guardian

Casi que no es noticia que los Estados Unidos están divididos: por la geografía, la educación y, sobre todo, un conjunto difuso de actitudes morales y políticas que suelen arrojarse a una canasta que tiene como etiqueta “cultura”. Apenas finalizada una elección en la que Donald Trump ganó alrededor del 47% del voto popular, se renovó la ansiedad en torno a la profundidad de la polarización partidista en la vida estadounidense. La preocupación es que los liberales y los conservadores ya no están simplemente en desacuerdo sobre sus valores, sino que miran diferentes realidades, ya sea en las noticias por cable o en sus feeds de Facebook.

Este es el contexto de un malestar que está al asecho y rodea la bienvenida expulsión de Trump de la Casa Blanca: ¿qué se ha resuelto exactamente? Y lo que es más importante para el futuro, ¿pueden las instituciones de la democracia liberal (representantes electos, partidos políticos de masas y funcionarios gubernamentales) resolver aún estos conflictos?

Deberíamos ser cuidadosos cada vez que nos imaginarnos una época dorada de la democracia liberal, en la que las divisiones políticas y culturales se convirtieron en consenso, sobre todo en una sociedad que con tanta frecuencia ha tratado de ocultar sus divisiones raciales apelando a una “unión más perfecta“. Ya que la visión liberal de la democracia siempre se ha apoyado en la idea de que se puede adivinar algún tipo de interés compartido en el caos de valores y actitudes individuales, y que puede tener representación en el gobierno. Todavía podría plantearse la cuestión de qué puede lograr la democracia representativa en las condiciones que establece el siglo XXI.

Las elecciones en el occidente liberal están adquiriendo cada vez más la sensación de referéndums, en los que los partidarios se movilizan en torno a una lógica binaria de “a favor y en contra”. La victoria finalmente decisiva de Emmanuel Macron en 2017 sobre Marine Le Pen reflejó menos la fe de la ciudadanía en las respuestas a los problemas del país que él tenía, que el deseo de la mayoría de los votantes franceses de no ver a Le Pen en el poder. El triunfo de Boris Johnson en las elecciones de 2019 se basó en parte en una repetición del referéndum de 2016 (“que salga el Brexit“: get Brexit done), pero en buena medida estuvo acompañado de una pregunta de “sí / no” sobre poner a Jeremy Corbyn a cargo del ejército. La potencia electoral de Trump es que todavía representa un “no” ensordecedor a Washington DC y a todos los que prosperan allí; simplemente sucede que una mayoría ahora también le ha dicho “no” a Trump.

Gobernar el vacío

Esta política de mayor confrontación tiene algunas consecuencias indudablemente positivas. Después de años de creciente desconexión política, como bien lo detalló el desaparecido politólogo Peter Mair –quien describió cómo el gerenciamiento de los partidos de centro redujeron sus políticas a “gobernar el vacío“ dejado por la menguante participación (ciudadana)–, es probable que estemos ingresando en una nueva era de movilización y participación masiva. Las elecciones estadounidenses de 2020 dieron testimonio de la participación más alta (66%) en más de un siglo. Los partidarios del Brexit con frecuencia recuerdan a sus oponentes que la salida ganó la mayor cantidad de votos (17,4 millones) para cualquier opción en una boleta de votación del Reino Unido en la historia. La democracia se ha vuelto más apasionada e incierta, características que la hacen más emocionante y vital.

También hay una honestidad incómoda, pero en última instancia necesaria, sobre cómo se manifiestan ahora las divisiones en la geografía y la demografía electoral. Puede sonar extraño pensar que Estados Unidos experimenta un momento de “verdad”, dado el carácter de su actual presidente y las creencias de muchos de sus partidarios, pero se puede decir que el país está menos ilusionado que hace 20 años sobre el papel de la raza y la violencia en su historia y su política. Hay paralelismos en cómo el Brexit ha producido una nueva conciencia de la geografía económica y las divisiones culturales altamente desiguales de Gran Bretaña que en realidad se remontan a muchas décadas.

Pero la dificultad de una política plebiscitaria es que sirve como motor de división y animosidad mutua, más que como base para la legitimidad gubernamental del tipo que esperan tradicionalmente los liberales. A pesar de cualquier atractivo retórico que políticos como Barack Obama, Theresa May, Emmanuel Macron o Joe Biden puedan ofrecer a la unidad, las elecciones estilo referéndum a menudo profundizan las fracturas que pretenden superar. Si los partidos políticos de la década de 1990 se habían convertido en máquinas para la recaudación de fondos y la gestión de los medios, muchos ahora se están transformando en instrumentos para “arrancar el voto” por medios justos o impíos. Lo que se pierde en el camino es la cuestión de los intereses de quién (en contraposición a las identidades y animosidades de quién) representan los partidos políticos.

Las elecciones en estas condiciones aún pueden producir deslizamientos de tierra, como el de Johnson el año pasado, pero no producen mandatos. La democracia se vuelve fascinante, pero no concluyente y, como ocurrió con el referéndum británico de 2016, la gente puede terminar desconfiando más de sus oponentes y más convencida de su propia rectitud de lo que estaba al principio. La democracia moderna siempre ha sido moldeada por las tecnologías de los medios de comunicación: la ansiedad con respecto a las “masas” recién liberadas de los años veinte y treinta fue moldeada por el auge de la radio y las revistas, antes de dar paso gradualmente al pesimismo sobre el espectador de televisión apático de los años ochenta y noventa . Las elecciones del siglo XXI dan la sensación de ser hilos de Facebook rebeldes, adictivos e interminables, en los que la amenaza de información falsa o distorsionada acecha a cada paso.

Las instituciones, las redes y la calle

Cuando las elecciones dejan de ser una resolución de muchas cosas, salvo demostrar quién puede movilizar la mayoría de los seguidores, el trabajo serio de construcción de coaliciones políticas se filtra en otros lugares. En particular, se dirige “aguas arriba” hacia las instituciones que los liberales alguna vez esperaron que proporcionaran el entorno “apolítico” para la democracia, como los tribunales y la administración pública. El ideal liberal de cercar un espacio democrático marcado como “política” siempre ha dependido de mecanismos burocráticos y legales que pretenden situarse fuera de él. Y se dirige “río abajo” hacia esos espacios para los que el liberalismo existe específicamente para pacificar: las calles. Todo esto ha estado a la vista en los Estados Unidos estos últimos años, pero nuevamente no es difícil señalar analogías en el Reino Unido.

En situaciones como las de Estados Unidos y Gran Bretaña, el liberalismo depende ahora para su supervivencia de una reforma constitucional adecuada, sin la cual se vuelve cada vez más difícil canalizar de manera creíble las disputas hacia la arena de la política parlamentaria y de partidos. Pero no debemos contener la respiración. Dadas las oportunidades limitadas de victorias políticas, pocos políticos han desperdiciado mucho esfuerzo en la reforma electoral (que les ofrece escasas recompensas políticas a ellos personalmente), mientras que la administración de Johnson parece tener la intención de marginar aún más al parlamento, posiblemente incluso desguazando la Comisión Electoral. Mientras tanto, las evidentes deficiencias en el sistema político estadounidense, desde la manipulación legalizada y la supresión de votantes hasta el propio colegio electoral, requieren más poder de reparación del que Biden ha ganado.

La alternativa más probable ya está a la vista. La política se convierte en una batalla dentro de la élite para controlar tantas instituciones como sea posible, durante el mayor tiempo posible, mientras que el descontento popular se canaliza en protestas y ataques en las redes sociales. (En este sentido, Trump fue verdaderamente un pionero). Sin ningún medio legal para establecer caminos legítimos para gobernar, o para la satisfacción de las demandas públicas, el progreso es reemplazado por “un péndulo interminable de golpes y represalias”, en palabras de el filósofo alemán Peter Sloterdijk. Las elecciones se convierten entonces en oportunidades para vengar derrotas pasadas. La coalición demócrata reunió una movilización sin precedentes tras el trauma de 2016. Para los republicanos, el resultado de esta elección, y las febriles afirmaciones de Trump de fraude y engaño, ofrecerá una gran reserva de indignación durante los próximos cuatro años.

 

Nota bene: se respetaron todos los hipervínculos de la edición original de The Guardian. Traducción de Pablo Makovsky.


Nacido en 1976, en Londres, Inglaterra, Davies es sociólogo y economista político. Su trabajo se enfoca en temas como el consumismo, la felicidad, y la historia y función de ciertas habilidades en la sociedad. Escribe en distintos diarios y publicaciones como The GuardianNew Left ReviewLondon Review of Books y The Atlantic. En 2015 publicó su segundo libro, The Happiness Industry, que explora la relación entre consumo y capitalismo, big data y la psicología positiva. Entre sus libros: The Limits of Neoliberalism: Authority, Sovereignty and the Logic of Competition (2014), The Happiness Industry: How Government and Big Business Sold Us Well Being (2015) y Nervous States: Democracy and the Decline of Reason (2019). De este ultimo existe traducción al español por editorial Sexto Piso: Estados nerviosos. Se lo puede seguir en su blog.

domingo, 3 de enero de 2021

la era de los confines

En el término latino confinis el mundo halla sus límites, sus bordes, sus fronteras. El mundo se repliega, se convierte en el mundo conocido del adentro y el afuera: adentro de un territorio, de una aldea, de una ciudad, de un país o de una casa.

En el capítulo dedicado al “Espacio sagrado” de su Fenomenología de la Religión, el teólogo luterano Gerardus van der Leeuw compila y describe los límites: “No sólo la casa y el templo, sino también la fundación en general, la aldea, la ciudad es un sitio ‘destacado’, sagrado. El hombre se establece así y hace de la posibilidad descubierta una nueva potencia. Su fundación se separa del extenso espacio que la rodea; su tierra de labor, del desierto bosque o de la llanura abandonada. La cerca que instala desempeña el papel de la puerta en la casa; separa el seguro terreno de la vivienda humana del dominio ‘siniestro’ de los poderes demoníacos. (…) Los lares, dioses domésticos romanos, junto con los penates, eran tal vez originalmente los poderes del merodeo en el bosque y después se convirtieron en los que gobernaban la casa que se había construido en el claro. (…) Las diversas leyendas acerca del origen de las ciudades vuelven a la misma necesidad. Se dejaba que los animales corrieran libremente hasta que se posaran en cualquier lugar, etc. Se necesitaba un origen de lo indudablemente potente. No se trata de la disposición de un lugar en el que permanecer, sino de la fundación de un sitio en el que resida el poder”. La noción de confín que desarrolla Van der Leeuw, así entendida (fundación, invocación de un poder), no confina sólo un espacio, sino un tiempo, una temporalidad, ligada a lo sagrado o, mejor, que se desprende de lo sagrado.

Acaso los confines no nos permiten conocer el mundo, expandir un saber insaciable, pero permiten clasificar ese mundo a través de sus bordes, los que separan lugares, espacios, estados: el líquido del gaseoso, el líquido del sólido; las alturas del llano, los bosques de los matorrales, y así.

En ese sentido, el español tiene otra acepción para confín: “Último término a que alcanza la vista.”

La vista. ¿Para que existan confines debe haber una mirada?

Mientras estaba en Japón, en septiembre de 1958, el historiador de las religiones Mircea Eliade anota en su diario: “Hori me lleva hoy a casa de una chamán (miko) en Shiogama. Se llama Suzuki, tiene cincuenta y seis años y está ciega (como, por lo demás, la mayor parte de los chamanes de la clase itako). Se quedó ciega a los diez años y fue iniciada a los catorce.

“Y Hori me cuenta: como hace años los ciegos eran mucho más numerosos en las regiones nórdicas del Japón, y como no servían para nada, a la edad de cinco o diez años se les reunía y se les mataba. Pero ocurrió lo siguiente: un alto funcionario llamó un día a una ciega, la llevó al jardín y le pidió que se lo describiese. La ciega había recibido una buena instrucción: se preparaba para convertirse en itako. Describió el jardín y dijo, entre otras cosas, que había allí un árbol, y bajo el árbol una linterna de piedra. Desde entonces las gentes comenzaron a apelar a la clarividencia de los ciegos y ya no les mataron”.

Desde luego, esas atrocidades enunciadas –que los ciegos no servían y que los mataban–, las leemos del mismo modo que leemos las crueldades de Las mil y una noches.

Más tarde, en diciembre del año siguiente, en India, Eliade anotará, tras la lectura de los Upanishads, sobre la figura de la gruta que esconde el alma o la divinidad. Dios está enterrado en nosotros, dice más o menos. Es decir, cada uno es, de alguna manera, un territorio, una geografía a descubrir, un terreno a explorar en relación con algo que lo excede.

Tomo estos ejemplos no tanto por su tinte religioso como por las figuras que evocan, con las que más o menos estamos familiarizados y arrastramos más allá de nuestras creencias o ideologías.

Los confines, en estas visiones, separan no sólo espacios, no sólo ponen límites más allá de donde alcanza la vista; sino que separan temporalidades: aquél tiempo en el que un poder se ha instalado en el “interior” de alguien y lo definió como interior, y ese lugar en el que ese alguien desplegará ese don que le fue dado.

En su Historia de la locura, Michel Foucault ubica en el siglo XVII “El Gran Encierro”, “destinado a colocar al margen de la sociedad –anota Didier Eribon– a todos aquellos a quienes condena la nueva moral burguesa, en proceso entonces de instalación –una moral del trabajo y la familia–, hará cohabitar, en los mismos lugares de confinamiento, a los insensatos, los mendigos, los alquimistas, los libertinos, los venéreos, los disolutos, los homosexuales, etcétera”. De ese Gran Encierro surgirán el loco y el homosexual pero, sobre todo, pesarán sobre esas figuras el sello del pecado y la culpa, pese a que en épocas anteriores la convivencia con locos y homosexuales no tenía esa carga moral y social.

Cuando leí que la Fundación para el Español Urgente (Fundeu) escogió “confinamiento“ como palabra del año, no pude dejar de leer en ella ese confín, ese límite que el encierro trajo y desdibujó, convirtió en figura: durante 2020 –y es probable que también durante buena parte de 2021– crecieron nuestros confines, pero también se extendieron. Dice Luciano Luterau que los sueños de la cuarentena volvieron sobre las casas, los parques y los juegos de la infancia; que el mundo onírico se multiplicó y cohabitó el confinamiento. El encierro trajo otros confines que, como en las citas de Van der Leeuw y Eliade, desmontaron espacios y temporalidades.

En el mejor de los casos, al confinarnos también pudimos abrir una puerta.

La otra pregunta es cuáles figuras surgirán de este nuevo Gran Encierro y qué carga moral pesará sobre ellas.

Durante su confinamiento, en San Nicolás, mis padres cultivaron una quinta en el fondo de la casa.