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I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member. Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

viernes, 1 de marzo de 2013

cascarudos

Había visto hace unos años, en un documental, que había unos escarabajos africanos que construían bolas de estiércol que los triplicaban en tamaño. Fue la primera vez que noté que las patas cortas y ridículas de los escarabajos podrían tener una función específica, la de amasar esas bolas casi perfectas empujándose a la vez con el cuerpo. 
Con la llegada del verano, los escarabajos, a los que siempre llamamos cascarudos, invadieron la ciudad, el barrio, el patio de la casa; los vemos en el piso del baño, como penitentes, arrastrando cuando vivos una bola de pelusas –la imagen es de mi esposa. No Ni me puse a bucear en internet ni supe jamás –por fuera de aquél documental visto acaso al pasar, sin que lo haya elegido– por qué los cascarudos tienen esas patas tan poco apropiadas para desplazarse por el piso; tampoco para qué sirven sus alas, hechas de esa cobertura quebradiza y pesada. Acaso sus cuerpos, moviéndose como en un último espasmo, dados vuelta y agitando las patas como un juguete mecánico que se apaga, o tiesos, rodeados de hormigas en las baldosas del patio; sus cuerpos, digo, desparramados en el suelo, nos recuerdan el fin del verano, vienen a enseñarnos un paisaje de otro mundo y a la vez doméstico: la brevedad de la vida, el temblor de la existencia, el esfuerzo por llegar al fin del día; esas cosas con las que ponemos puntos suspensivos en la jornada y nos deslizamos en ellos, como si llegar a algún lado consistiera en mantenernos agitados...