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jueves, 16 de julio de 2026

desfiles

 

La foto me llegó a través del grupo de WhatsApp de la ex ENET Nº1 de San Nicolás, promoción 1982 el 9 de Julio pasado: el recuerdo de un desfile para esa fecha del año 1980.

Se ve a las alumnas de la escuela, con su estricto uniforme de entonces, marcando el paso en un desfile militar como el que practicábamos cada año en clases de Gimansia desde que ingresamos a la escuela. Desfilan por avenida Alberdi, entre Chacabuco y San Martín. Se ve todavía el cartel de "Retacería Alberdi", que extinguiría el menemato para dar lugar a una remisería que subsistió hasta hece unos años.

Sobre la derecha, un varón conduce la marcha: la fila de mujeres más próxima con "vista al frente" y, las restantes, vista derecha. 

Toda la vida civil estuvo envuelta en esos años de esa investidura militar hasta 1982, cuando las Fuerzas Armadas secuestraron conscriptos para llevárselos a las islas Malvinas a librar una guerra que un ejército formado en la represión civil sólo podían perder.

En 2007, cuando fui a cubrir el desfile de otro 9 de Julio frente al Monumento a la Bandera, en Rosario, en el que se conmemoraban 25 años del inicio de la Guerra de Malvinas, conocí a un excombatiente que me mostró una medalla –no recuerdo el nombre específico– y me dijo: "Debo ser de los pocos que poseen este trofeo, porque cuando nos entregaron estas medallas habíamos vuelto de las Islas y tuvimos que desfilar frente a los mandos, ya derrotados y agotados, y todos los soldados que desfilaron arrojaron las medallas a los pies de los militares, en señal de desprecio a su cobardía y su mal desempeño". Fue ese mismo veterano el que me señaló uno de los carromatos de cocina que estaba apostado en una de las esquinas de avenida Belgrano, en el que servían mate cocido para la concurrencia y me hizo notar que la cocina de campaña estaba alimentada a leña. "Ésas cocinas enviaron a las islas" (unos carros con una chimenea que se acoplan a un vehículo y, en Rosario al menos, circulan a cargo de veteranos y suelen dar de comer a los pobres que están a la intemperie). Las cocinas o ranchos de campaña resultaron absolutamente inútiles en una isla que no tiene árboles ni leña disponible con facilidad.    

Tras hacernos marchar a paso militar durante seis años en la escuela secundaria, unas Fuerzas Armadas que sólo habían probado su valor secuestrano trabajadores, saqueando propiedades de argentinos y torturando mujeres embarazadas, enviaban a sus soldados a una guerra y les ofrecían como todo plan para alimentarse unas cocinas que sólo podían funcionar si podía encenderse la turba que cubre el suelo malvinense.

Y así crecimos, en la simulación de un orden irreal que se desplomó cuando el valor de una generación perdida se sobrepuso a toda esa ridiculez y sacó y exhibió un valor y una entereza que está en nuestra historia antes que en la parafernalia de los desfiles del 9 de Julio. 


sábado, 8 de febrero de 2025

el amigo ha muerto

La última vez que lo vi había ido a visitarlo a la casa de su madre en el barrio Somisa, en San Nicolás, y fuimos a ver el nuevo balneario que había hecho la Intendencia en el ex dique de la Rycsa, sobre el arroyo Ramallo. Entonces llegamos hasta la capilla Sagrado Corazón, en barrio Sironi, donde él se mofó a su modo de la soledad del paisaje y el amarillo plomizo del templo que se erguía contra el cielo encapotado. Al lado había un salón de ceremonias levantado en los 60-70, de una arquitectura racionalista que contrastaba tanto con la de la capilla que volvía irreal cualquier comparación. “Y mientras estamos acá, curioseando, ahí adentro hay una secta rindiendo culto a alguna de las deidades de Lovecraft”, dijo y le festejé el comentario, con el que volvíamos a hablar del gótico.


Juan Pablo Dabove nació en Rosario en 1969, pero se fue a vivir con sus padres a San Nicolás de muy chico. Su padre, un ingeniero que trabajaba en la planta de Siderúrgica Argentina, lo envió a hacer el secundario en el Liceo Aeronáutico Militar de Funes. Cuando salió de allí volvió a Rosario y estudió Letras en la UNR, donde fue profesor hasta que en 1998 aplicó para una beca doctoral en la universidad de Pittsburgh, Pensilvania, EEUU, donde terminó su posgrado y se quedó a vivir.

Su lugar de origen era un poco como esa iglesia desierta del barrio Sironi con el salón brutalista construido a un costado.

En Pittsburgh vivió el fin de época que trajo el atentado contra los Torres Gemelas. Los principales organismos de Seguridad estadounidenses, que hasta entonces “bancaban” los estudios sobre latinoamérica, identificada entonces con el peligro inminente por sus migraciones a Estados Unidos, desviaron el destino de sus fondos y los orientaron hacia los estudios árabes. Juan Pablo sabía en lo que trabajaba. No es que despreciara o descreyera del sistema político estadounidense, pero conocerlo ya era ser crítico. “I love the country but I can’t stand the scene”, podría haber dicho con Leonard Cohen.

En algún año de la primera década de los 2000 que no recuerdo, Juan Pablo ganó una titularidad en el departamento de Español y Portugués de la Universidad de Boulder, Colorado, donde decidió trabajar y vivir hasta el miércoles 22 de enero pasado.

Ahí, en Boulder, escribió dos de los libros más contemporáneos que leí sobre literatura cercana —la de Latinoamérica, para llamar de algún modo a un corpus diverso y fascinante que está muy lejos de las “identidades” con las que hoy se fabrican tantas fórmulas magistrales—: Nightmares of the Lettered City (“Pesadillas de la ciudad letrada”) y Bandit Narratives in Latin America: From Villa to Chávez (“Narrativas de bandoleros en América latina: de Villa a Chávez”, que tuvo la deferencia de dedicarme).

En Nightmares, que es de 2007, aborda la narrativa del bandolerismo como una “teratología”, es decir, un estudio sobre los monstruos. La disolución de límites entre alta cultura y cultura pop que trajo el episodio anticipado de la “caìda de las Torres Gemelas” por la ficción más popular no había sucedido aún, por eso su texto puede leerse como un preview de cosas que discutimos hoy: el reconocimiento de lo monstruoso en la historia que nos antecede y nos define. 


Su método recuerda el de Franco Moretti en el premonitorio
Signs Taken for Wonders (1983) y, en especial, a la dialéctica del miedo de ese libro, en el que Moretti define en términos marxistas los dos monstruos de la modernidad: Frankenstein y Drácula. Pero Juan Pablo no era lo que llamaríamos un “marxista”. Como lo definió Joseph Conrad —otro extranjero de orígenes inciertos— en El corazón de las tinieblas, “his method became unsound”: “su método se volvió desmesurado”. Ese unsound —”impronunciable”, según la literal traducción— es menos una descripción que un concepto: hay algo allí de la imposibilidad de mencionar éso que se describe que flota en el término unsound. Y Juan Pablo conocía los términos con los que escribía. Una vez, cuando traduje un texto de Adam Kotsko, le pregunté si podía traducir awkward como “siniestro”, aunque no respetara el uso generalizado del término en el texto. “En awkward se percibe la incomodidad que produce algo infantil”, me respondió. Había explorado los orígenes del término en el diccionario etimológico en inglés, pero su respuesta devino una Ley para leer ese término: algo de los niños que criábamos nos interpelaba en ese awkward que Kotsko aplicaba a la lectura de ciertas series de televisión contemporáneas.

En el sitio de evaluación de profesores de Boulder, Juan Pablo aparece con una mayoría de reseñas positivas, aunque muchos cuestionan su exigencia. Hay un alumno/a que dice que muchos lo odian, pero que no es su caso. Y hay otro/a que dice que era algo stubborn (obcecado, terco), que podía discutírsele, pero que resultaba difícil que cediera a otras posiciones. Si lo sabré. Pero quien mejor lo describe aparece como “SPAN3120” y el 6 de noviembre de 2020 escribe: “Realmente se preocupa por sus estudiantes y es muy flexible cuando lo necesitás. Tiene un gran sentido del humor; solo te toma una semana entender sus chistes. También metía muchos recursos adicionales, pero la mayoría eran cuentos cortos o películas, que siempre estaban buenas. En general, la clase puede requerir un poco de esfuerzo, pero es de veras gratificante cuando todo encaja”.

Gótico

“El gótico pone en escena —anotó en los papeles de una conferencia que dio en Italia en diciembre de 2022, en la que se refirió a la novela Trasfondo, de Patricia Ratto— una disyunción en el presente, que arruina el presente y la presencia, y lo transforma en otra cosa, ominosa y desconocida. No el presente, sino la repetición, a veces inaparente, del trauma del pasado.” Analiza, como otras veces, esa “decisión de ignorar” que encontramos en los relatos góticos. En una larga introducción, para hablar de la novela se refiere a la guerra de Malvinas y a lo que esa guerra trajo: la caída de la dictadura y la posibilidad de juzgar a los miembros de las Juntas militares. Anota: “Pero ese acto noble (el juicio a las Juntas) tuvo como condición de posibilidad inevitable el acto más innoble: la necesaria muerte de 600 argentinos (sin contar los suicidios posteriores), el sufrimiento y el trauma duradero de muchos más combatientes y sus familias y, quizás lo peor, la exclusión estructural de esos combatientes de toda narrativa nacional que dé cuenta del verdadero rol de la guerra en la historia nacional. En las sociedades modernas, liberales, pensamos en la justicia como el principio omnicomprensivo a partir del cual se puede concebir lo social, y la historia se formula como una trabajosa búsqueda o adquisición de esa justicia. Pero qué pasaría con la idea de sociedad si la justicia para unos (los desaparecidos) tuviera como condición inescapable la injusticia (no el sacrificio, sino la injusticia ciega y cruel) para otros. Esta paradoja es inasimilable, e inenarrable, salvo, quizás, para cierta variedad del gótico.”

En esa misma conferencia, antes de referirse a Trasfondo, menciona la gran mayoría de los autores argentinos “góticos” contemporáneos, desde Diego MUzzio y Luciano Lamberti a Mariana Enríquez y Samanta Schweblin, de quien, al comentar su novela Distancia de Rescate anota que la leyó en Rosario. Dice: “En un bar hermoso, al lado del Paraná, viendo el amanecer sobre el río. Pero ese paseo (Rosario Norte) y ese bar fueron construidos con la prosperidad que trajo la renta de la soja. Y desde el río, lo que se ve es el imponente espectáculo de barcos enormes, cargados de soja, bajando incesantemente hacia el mar, hacia China. La novela de Schweblin no me estaba hablando del horror que hizo posible mi placentero ocio contemplativo, como hizo posible muchas otras en Argentina. Y yo seguiré yendo a ese bar, a mirar el amanecer sobre el río. Que el capitalismo global, y las consecuencias catastróficas del capitalismo global, no son cosas que ocurran en otro lado, en un melodrama que le ocurre a otra gente, con villanos que ciertamente no somos nosotros. Por el contrario: cada uno de nosotros es una creatura y un minions del capitalismo global y lo seguiremos siendo. El gótico nos trae, por un momento a la conciencia la certidumbre imposible de esa condición horrenda.”

Sentado a esa mesa del bar en Rosario, sobre el Paraná, al que ya no volverá, Juan Pablo contemplaba también esa iglesia vacía del barrio Sironi. La contemplaba tal como la describió en el chiste lovecraftiano que ensayó la última vez que nos vimos. “El gótico, se ha dicho, es un intento de resacralizar el mundo —dijo en una presentación de Mariana Enríquez en Rosario en junio de 2018—, luego de la caída de la visión religiosa como organizadora de lo social. Pero es una resacralización incompleta, donde no hay Dios sino oscuras potencias, rituales, tabús, en un mundo que ha perdido sentido. Como en las narrativas de vampiros: el crucifijo, pero no la oración a Dios; el agua bendita pero no la teología.”

Hace más de dos semanas que no termino de escribir esta “necrológica”, tal vez porque temo concluir en estas oraciones las cosas que Juan Pablo ya no va a decirme. Quiero creer que el libro que estaba escribiendo —El momento gótico en la cultura argentina— haya quedado lo suficientemente avanzado como para aligerar la sed que su obra ha despertado.

Acaso ahora que él no está puedo permitirme un poco de idiotez —para no pensar tal vez— y conjeturar que algo de esa oscuridad que desentrañó en el gótico, ése futuro cercenado por un pasado que vuelve a acarrear el presente, hizo cuerpo en él. Me digo que se dió muerte un día después de que una de esas monstruosidades del gótico asumiera la presidencia de Estados Unidos, como si eso fuese una respuesta a una pregunta que no me cabe hacer.

Boulder

Me envía su esposa Susan Halstead la necrológica publicada en el sitio de la Universidad de Boulder, Colorado, donde también escriben y recuerdan a Juan Pablo los académicos que los conocieron; leemos: “En los últimos años, Dabove se interesó en la literatura gótica. Exploró la relación entre los modos góticos de representación y la crisis del liberalismo en América latina. Al explorar cómo los escritores latinoamericanos han empleado la estética gótica y su papel en la expresión de ansiedades sociales y traumas históricos, la investigación de Dabove arrojó luz sobre el papel del gótico en la articulación de las complejas historias e identidades de América latina. En el momento de su fallecimiento, el profesor Dabove estaba trabajando en un proyecto de libro titulado El momento gótico en la cultura argentina.”

miércoles, 3 de abril de 2024

domingo de resurrección

Como hijo de una familia atea y de izquierda, mi experiencia con la religiosidad comenzó en Argentina, poco después de mis 11, cuando mi madre me hizo notar la procesión de un Domingo de Ramos en San Nicolás, circa 1975: en la calle éramos uno llevando esas ramas de algo que se parecía a un trozo de olivo en una marcha por el empedrado de calle Mitre. Hasta que llegaba el momento de ingresar a la capilla, donde esa unidad adquiría, con las palabras del párroco allá en la cabecera, las características del rebaño, una idea por completo ajena al ideal izquierdista al que me sentía unido por las ideas, la soledad y la derrota de mis padres.

La religiosidad católica, oficial, era tan potente en esos años, que incluso el niño que era podía absorber en ella el elixir de esa sociedad que estaba conociendo, a la que me sumaba como rebaño. Me llevó unos 20 años, desde ese Domingo de Ramos que rememoro, bautizarme en la fe católica en esa misma ciudad, cuando era docente en una de sus iglesias más emblemáticas.

Este domingo de resurrección asistí a misa en la iglesia San Francisco Solano. Quería agradecer por cosas que me han sido dadas, quería pedir por cosas que me exceden y son parte de mi universo más querido, y quería estar allí, celebrando la Resurreccíón de Nuestro Señor. La iglesia, a la que concurrí en otros días de Pascua en los que tuve que permanecer parado, estaba semivacía. Una lluvia discreta, de gotas medianas, me acompañó en el camino hasta el templo. La lluvia arreció durante la misa y, al salir, observé ese torrente bautismal en el suelo mojado, en el aroma que desprendía la atmósfera violentada por el agua. Jesús había vuelto de la muerte mientras el rito trascurría con la bendición del aguacero.

El cura le hablaba a un micrófono débil, que apenas transmitía sus palabras a los pocos y pobres fieles reunidos en la nave. Me acerqué incluso al altar donde ofrendaba misa para escucharlo, pero el volumen era esperpéntico. El hombre hablaba a sabiendas de lo que decía importaba poco. Dio un sermón delicado, en el que recordó el legado de su madre y su padre durante las celebraciones pascuales y el hábito cotidiano de la bendición de cada comida. No está mal, pensé, es ésa nuestra comunión diaria: celebramos la unidad, el poder alimentarnos, el ser uno en la dura división mundana. Pero apenas si entendía qué decía.

Tenía enrollado en mi mano la doble hojita de ruta de la misa. La lectura evangélica, un par de cantos. Allá adelante. un hombre en remera con una guitarra colgada, cantaba y ponía música a los momentos más emocionantes de la celebración. Su canto era hermoso y la ejecución musical era pobre, efectiva, aunque débil, como todo lo que se convertía en sonido en esa iglesia.

En mi rezo, durante la comunión, pedí –además de las cosas por las que fui a agradecer y pedir– por ese hombre de la guitarra. por ese audio débil y desoído que volvía el ritual un acto mecánico y sin voz, por esa potencia capaz no ya de llenar la iglesia, sino de llenar las almas de los presentes de una voz capaz de hacer de ese mecanismo del rito una experiencia única y trascendente, no el mero cumplido del fin de Semana Santa.

Al final, al salir de la iglesia, sólo pude darle unos cigarrillos a un lumpen que esperaba en la puerta y al que traté de explicarle que la única forma de donarle algo de dinero hubiese sido vía transferencia de MercadoPago. La experiencia de asistir a una misa inaudible que, aún así, es capaz de sostener su rito entre los escasos sectores de los más desfavorecidos y los más devotos, se cumplía con la bendición de la lluvia y la serenidad de un domingo previo a un feriado.

Acaso en ése breve orden que la misericordia ejerce humildemente sobre el predominio de la ley, que Jesús vino a enseñarnos, se cumple el objeto de nuestro agradecimiento y nuestra plegaria.

viernes, 19 de enero de 2024

bio-geografía

Publicado hace ya 13 años por la Editorial Municipal de Rosario, San Nicolás de la Frontera tiene un hermoso podcast realizado por Modo Podcast (Galpón 11), de la Secretaría de Cultura de Rosario. En YouTube y en Spotify.


 

martes, 24 de enero de 2023

40 años

El viernes 23 de diciembre pasado nos encontramos con las y los compañeros de Química de la promoción 1982 de la Escuela Nacional de Educación Técnica Nº 1, Gral. Ingeniero Manuel Nicolás Savio de San Nicolás –desde mediados del menemismo, con la reforma educativa, es ahora una escuela provincial con otro nombre– para celebrar un reencuentro a 40 años de nuestro egreso.

Abajo: Javier Albanessi, Enzo Sívori, Pablo Díaz y Carlos Torcello. Arriba: moi, Fabio Reyes, Gladys Gianini, Clarita Lamberti, Patricia Gómez, Fernando Cej.


Hubo un asado exquisito en la casa de
Fernando Cej, que hizo Fabio Reyes. Allí me enteré de que Cej, Reyes, Enzo Sívori, Carlos Torcello y Norberto Godoy siguieron viéndose –más tarde incluyeron a sus parejas– a lo largo de los 40 años en los estuve ausente por completo de ese pasado nicoleño que esa noche acaricié como un tesoro que había dejado deslizarse de mi mano.

Estaban Gladys Giannini, Patricia Gómez, Clarita Lamberti –quien en 1982 era novia del Tuerto Wirtz–, Javier Albanessi, Pablo Díaz, Rudy Svoboda.

Clarita Lamberti, Fernando Cej, Patricia Gómez.


En un momento, Pablo Díaz, quien hizo una carrera militar, alentó al grupo a expresarse sobre lo que significaba ese reencuentro. Trajo una palabra familiar en el Ejército: “camaradería”, así como en las películas de Howard Hawks suele hablarse de “camaradería masculina” para referirse a ese grupo heterogéneo de hombres que se asocian para vencer una amenaza a la comunidad. Remember Rio Bravo:



De pie: Javier Albanessi, moi, Fabio Reyes, Pablo Díaz, Gladys Gianini, Clarita Lamberti, Patricia Gómez, Fernando Cej. Sentados: Enzo Sívori, Carlos Torcello y Rudy Svoboda.

Bueno, la ronda giró de izquierda a derecha y cuando me tocó el turno me tentaba retomar, a propósito de “camaradería”, las cuatro formas del amor postuladas por C.S. Lewis: “«El amor empieza a ser un demonio desde el momento en que comienza a ser un dios». Este contrapunto –argüía Lewis– me parece a mí una indispensable salvaguarda; porque si no tenemos en cuenta esa verdad de que Dios es amor, esa verdad puede llegar a significar para nosotros lo contrario: todo amor es Dios.”

Pero elegí unas palabras estúpidas y ciertas a la vez.

Noté que, salvo un par de compañeros, el resto había hecho de ese don que nos entregó la ENET Nº1 (el título de Técnico Químico) una carrera que les permitía estar allí disfrutando de un “ágape” porque nuestro título mismo no es otra cosa que un “ágape” (caritas, es el nombre latino de ágape, que es a la vez una de las cuatro formas del amor).

La increíble Gladys hipnotiza a la audiencia con sus historias en los extremos del orbe. 

En 1985 compré un disco que seguiría escuchando a lo largo de los años para recordarme un origen que en ese entonces desconocía: Scarecrow (“Espantapájaros”), de John Cougar Mellencamp. En el vinilo que aún conservo, en la tercera pista del lado A, hay un tema que se llama “Small Town”, dedicado a Seymour, Indiana, la ciudad natal de Mellencamp.

La letra dice: “Pero lo vi todo en una pequeña ciudad/ Tuve mi propio gran baile en una pequeña ciudad/… /No, no puedo olvidar de dónde provengo/No puedo olvidar la gente que me ama/ Sí, puedo ser yo mismo acá, en esta pequeña ciudad/ Y la gente me deja ser lo que quiero ser…” (But I've seen it all in a small town/ Had myself a ball in a small town/… /No, I cannot forget from where it is that I come from/ I cannot forget the people who love me/ Yeah, I can be myself here in this small town/ And people let me be just what I want to be).

Para 1981, 1982, cuando egresamos, de algún modo lo había visto todo en esa pequeña ciudad y en ese pequeño grupo en el que nos juntó la escuela pública: los misterios de la presencia en el mundo, que descifraba entonces junto con Rudy, Pablo y Javier; las mujeres que eran nuestras compañeras, de las que percibía una mayéutica ácida y también amable. El primer recital al que fui en el Círculo Italiano, donde tocaba Vox Dei o un concierto del Cabezón Gil en el viejo teatro del Colegio Don Bosco, al que me llevó Pablo Díaz, en el que escuché maravillado una versión de "Pato trabaja en una carnicería". Las películas en doble función del cine Gran Rex, los libros comprados en El Buen Libro, hasta la pasarela política del año 1983, cuando fui a un acto de Carlos Saúl en un prolífico baldío de calle De la Nación y avenida Moreno. Verlo todo significa haber accedido a conversaciones y experiencias que serían luego mis herramientas, no sólo sociales, también de conocimiento.

Cuando nos recibimos había unas pocas cosas que estaban claras. La primera –aunque no lo sabía o no me interesaba entonces– era que teníamos trabajo. Creo que fue ya entrado el año 1987, cuando nos sorprendió la muerte de mi tío Pucho Rivero en Montevideo, que mi madre me dijo que había escondido y destruido una carta proveniente de la fábrica de municiones de Azul, Buenos Aires, fechada en diciembre de 1982, en la que me invitaban a ingresar a la planta. La noche del 23 de diciembre de 2022, cuando nos reunimos en el patio de Fernando Cej a celebrar el reencuentro, después de 40 años, Fabio Reyes me dijo que él también había recibido esa carta y que fue hasta allá, a ese polvorín de Azul, a explorar las posibilidades del trabajo. Me contó que vio una suerte de iglúes semienterrados que almacenaban pólvora, TNT y otros explosivos, lo suficientemente alejados unos de otros como para evitar una explosión en cadena. Y que también supo que los últimos supervisores habían volado por el aire, que no le garantizaban vivienda ni viáticos, y que desistió.

Acaso una historia del Industrial es también la historia de un sueño de la política argentina, pero de cuando la política podía darse el lujo de tener proyectos. Planificar su industria y su trabajo; planificar su educación a partir de allí. 

Ése 23 de diciembre una de las compañeras me pidió disculpas por una agresiva respuesta que me dio en el cine –40 años atrás, acaso poco más–, después de que viéramos una película de ciencia ficción que, a principios de los 80 –salvo por Alien y Blade Runner– sólo podía un manifiesto trasnochado de los 70, que seguro yo apreciaba por ese humanismo mal entendido de las lecturas de entonces. No recordaba el episodio y me pareció que en ese olvido también se deslizaba un tesoro de la palma de mi mano.  

Este lunes de fines de enero, Clarita me envió tres fotos de una suerte de postal que le escribí un día de octubre de 1982, para su cumpleaños. My o my! No me atreví a leer éso que puse por escrito hace 40 años porque me horroriza lo mal que entendía entonces esa “materia” que es la escritura. Sólo alcancé a leer esta cacofonía: “ambiciones que apacigüen esa sed anhelante de felicidad” (para un Víktor Shklovski, la única virtud de ese amontonamiento de palabras sería convertir en extraño el término “felicidad”). ¡Suficiente! Imagino que el día que publique algo digno de ser leído ella podrá proceder a mi humillación publicando ese texto y declarando: “¡Sí, pero miren cómo escribía ya grandecito, a los 19 años!” Y no podré culparla por ello. Rescato de ese texto que leí como miraba películas de terror hasta los 20, cubriéndome los ojos para evitar las escenas escabrosas, esa sensación muy común de pensar un momento presente con la perspectiva de los años por venir.

El mismo lunes Pablo Díaz se hizo en Buenos Aires un transplante de válvula mitral, que recibe su nombre de la forma de la mitra, el sombrero ceremonial que usan los obispos. Lo de mitra fue adoptado en el mundo romano de una antigua divinidad persa que ese radiante cristianismo que salía de las catacumbas interpretó como la depositaria de la luz, la justicia y la alianza. No lo recordaría si no lo hubiese explorado nuevamente en el Tratado de historia de las religiones, de Mircea Eliade, cuando analicé la serie Raised by Wolves.

Esta historia, la del reencuentro, es también una historia de luz, justicia y alianza. La historia de cómo la deriva política de mis padres me depositó en una ciudad que adopté como a la patria de las tribus salvajes europeas anteriores al Medioevo. De algún modo todo estaba allí, como quien vuelve a la casa paterna para desenterrar un tesoro, como en el cuento persa que dice Borges que sacó de Las mil y una noches:

«Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme), que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: “Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla”. A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos, de las naves, de los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por el decreto de Dios Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo, y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte. A los dos días recobró el sentido en la cárcel. El capitán lo mandó buscar y le dijo: “¿Quién eres y cuál es tu patria?” El otro declaró: “Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí”. El capitán le preguntó: “¿Qué te trajo a Persia?” El otro optó por la verdad y le dijo: “Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste.” »Ante semejantes palabras, el capitán se rió hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decirle: “Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de una mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete.” »El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la fuente de su jardín (que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó. Dios es el Generoso, el Oculto.»

domingo, 1 de noviembre de 2020

padre


Debe haber sido en el año 1979 cuando conocí al padre Eduardo Jorge. Con unos amigos que, a su vez, tenían amigos en el Don Bosco (nosotros íbamos a la ENET 1), fuimos a un recital de la banda que entonces lideraba el Cabezón Gil, que hizo en el viejo teatro de ladrillos pegados con barro temas de Moris como “Pato trabaja en una carnicería”. Me deslumbró el trato de ese sacerdote con pibes de mi edad que se dirigían a él como a uno más, como alguien que participaba de ese desacato del que muchos de esos muchachos no estarían a la altura en sus años de adultez. Pero ese es otro tema.

En ese mismo año, junto con el Paupe Funes, el Ratón Gómez y Pablo Díaz nos unimos al padre Jorge en un viaje a Buenos Aires, donde el filósofo Viktor Frankl –acaso una de las lecturas más fervorosas de esos años– daría una serie de clases magistrales en el Aula Magna de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Más allá de las conferencias del autor de El hombre en busca del sentido, recuerdo una charla sobre los campos de exterminio del nazismo –Frankl había sido sobreviviente de Auschwitz– en el borde de las escalinatas de esa facultad, sobre la plaza Houssay, a la que volvería tantas veces solo y con mis hijos. Volvía a fascinarme no sólo la capacidad de entendimiento del padre Jorge, sino su forma de devolvernos aquello que Frankl había dicho en términos que comprendíamos porque nos resultaban cercanos, familiares. Había algo que el padre Jorge decía que nos hacía contemporáneos.

El recorte de un diario correntino que encuentro a través de Google me dice que había cumplido 77 años el domingo, cuando murió. Lo imaginaba de 100, de 180 años, no por viejo, sino por la matusalénica edad de su conocimiento, que no era otro que la sabiduría de la transmisión, la transmisión de una intriga, la intriga que nos lleva a conocer y a conocernos.

Volví a tratar con el padre Jorge en 1994, cuando me recibió como docente del Don Bosco (primer colegio salesiano fuera de Italia que, como lo dice el magistral autor triestino Claudio Magris o el amigo nicoleño Walter Alvarez, se erigió tras las tratativas de políticos locales para traer a los inmigrantes de la incipiente Italia algo de su cáliz disperso y entrañable).

Mientras fui docente en el Don Bosco, como nuestra materia era el cine, la literatura y eso que se empeñan en llamar la comunicación –en realidad el catolicismo conoce ese término desde hace siglos como la “comunión”–, el padre Jorge se prestó alguna vez a un ejercicio de video que encomendé a unos atorrantes impredecibles que tuve como alumnos. Lo habían hecho actuar de fantasma. Alguien ingresaba a la institución, preguntaba por un personaje y se encontraba con él, pero de repente ese personaje desaparecía y, cuando el protagonista volvía a la entrada y preguntaba, le decían que no había nadie con esas características en el lugar. Entonces le señalaban una foto en la que estaba el padre Jorge y el interpelado respondía: “Murió hace muchos años”.

Quisiera recuperar ese video y recuperar con él ese espíritu lúdico con el que el padre Jorge se prestaba al trato con sus alumnos y los que lo seguíamos: algo había de su enseñanza fantasmagórica y ánimo burlón que lo representaba en esa actuación.

A mí el padre Jorge me recuerda a Walter Brennan, ese actor de los westerns de Hollywood que siempre conocimos viejo, como si su vejez fuese no un producto de los años, sino de una sabiduría sin edad que encarnaba en un cuerpo viejo y majestuoso.

Alguna vez, preocupado por el griterío y el escándalo de mis alumnos del Don Bosco de mediados de los 90, le pregunté al padre Jorge qué hacer, cómo arreglármelas con esos caníbales por completo indiferentes a mis citas de André Bazin o Héctor Álvarez Murena. Me preguntó cómo se desempeñaba en clase un alumno en particular, uno que estaba becado en la institución y carecía de una biblioteca en su hogar. Bueno, tuve que dedicar unos minutos a pensar en ese muchacho. No, el pibe estaba siempre atento; no es que despreciara el caos que montaban sus compañeros, pero se mantenía fiel a la clase y fiel al grupo al que pertenecía. Eso me estaba señalando el padre Jorge: que ahí tenía un aliado y a alguien interesado en mis pobres conocimientos, que eso que quería enseñar era también materia de debate, el debate por el interés de un conocimiento que debía hacer contemporáneo y, sobre todo –como me daría cuenta más tarde– tenía una fundamental relación con lo que entendía como el cine: ¿cuánto dura un plano?, ¿cuánto dura el interés por las cosas que nos han interesado?, ¿cómo hacer contemporáneos de ese interés a quienes pertenecen a otra generación?

En 1995, en una ceremonia que tuvo como prólogo las lecturas de Leon Bloy y Graham Greene, el padre Jorge me bautizó en la fe católica a los 32 años. De esa misa de conversión no sólo participó mi amigo y padrino Adolfo Vergara y su esposa de entonces, también mis alumnos del Don Bosco, unos desvergonzados que llegaron a la casa de mis padres más tarde y la inundaron de una alegría que desconocíamos desde los años de la infancia, cuando esa casa eran unas habitaciones que cada día se abrían al enorme patio de juegos de los años dorados.

Me doy cuenta de que sé muy poco del padre Jorge. Sí, tuvo un cáncer, lo venció. Su apellido alude a una familia mora, acaso conversa. Pero lo que sé, lo que elegí saber, le debe mucho a su mayéutica, a la inspiración que el padre Jorge supo imprimirle al conocimiento, esa inspiración salesiana que es hoy –quiero creer– una de las marcas del generoso espíritu nicoleño que muchos le debemos.

domingo, 25 de agosto de 2019

el sueño industrial

El viernes pasado estuve de vuelta en la ex ENET 1 General Ingeniero Manuel Nicolás Savio, donde me gradué como Técnico Químico en 1982. Me había invitado a decir unas palabras en el acto por los 95 años de la institución Sergio Gardella, con quien compartimos promoción y dirige hoy la escuela.
Me emocionó muchísimo encontrarme con unos alumnos atentos, comprometidos con la escuela. Y quedé maravillado con los nuevos laboratorios en la planta baja, donde antes, cuando era aún una escuela nacional, funcionaba parte de la UTN.
Fui con mis hijos, a quienes quería hacer conocer esa escuela y me acompañaron para que pueda hacer de un momento de nostalgia una conversación compartida.
Más tarde, en el grupo de WhatsApp que tenemos con Walter Alvarez y Gustavo Ng, hablamos del asunto y nos preguntamos cómo es que en nuestra época (y me parece que ahora tampoco) no había un relato de esas cosas que nos rodeaban. Por ejemplo, nadie nos contó entonces quién fue Manuel Nicolás Savio. Lo que intenté transmitir en esas palabras fue eso, que debemos hacer propio el relato de la ciudad, cosas así.
Acá ese discursito:
Quisiera exponer tres pequeñas ideas sobre esta escuela ya cercana al centenario. Aquí hice el secundario, y aunque no continué con ninguna carrera técnica, industrial, también conocí la ciudad a través de la escuela. Como estudié Letras y me dediqué a escribir, pensé muchas veces en esto: cómo una escuela nos vincula con la ciudad y cómo ese vínculo con la ciudad y la escuela termina configurando nuestra relación con el mundo.

viernes, 20 de octubre de 2017

en seis meses en san nicolás

Un amigo de San Nicolás me escribe por WhatsApp:
"1. Un tipo asesina a la madre, hiere a la esposa y a la hija e intenta incendiar la casa. No lo logra por la intervención de un vecino, al que también hiere.
"2. En la isla. Asesina a su amigo de un escopetazo. Quema el cuerpo, lo descuartiza, entierra algunas partes y otras las esconde en pastizales. Se va a dormir. Al otro día vuelve y se entrega a la poli. Dice que no se acuerda de nada
"3. San La Muerte le pide un sacrificio humano. Va a buscar a su víctima, pero no la encuentra y mata a otro en su lugar.
Todo eso en seis meses en esta ciudad. ¿Existe otra en Argentina con tanto nivel de perversión?
Escritores, cuéntenle esas historia al mundo!"

lunes, 9 de octubre de 2017

mariposa oriental

Gustavo Ng presenta el viernes próximo en el CC Roberto Fontanarrosa su libro "Mariposa de otoño".

La familia es la gran novela. Lo es en la Biblia judía, donde la genealogía y el linaje familiar erige un destino en su origen, lo es en los monumentales poemas narrativos griegos, en los que una herida permite a una anciana criada reconocer al héroe, que viejo y cambiado retorna a Ítaca. Un nombre, un apellido es una novela que no se desarrolló todavía.
Gustavo Ng percibió eso en la escuela primaria de San Nicolás, Buenos Aires, a la que asistió de niño. La maestra le señaló con el dedo su apellido escrito en una planilla y le preguntó qué significaba. Pero como Gustavito tenía siete años, no lo sabía.
Mariposa de otoño (publicado por El bien del sauce, Buenos Aires, 2017) narra de alguna forma esa cifra que su nombre le ofreció al nacer: el padre chino que llegó a San Nicolás para levantar una fábrica textil que hoy se hunde en sus ruinas, el exilio a Nueva York, el retorno, varios viajes a China –entre otros destinos– y el reencuentro con su padre en Brooklyn después de 20 años.


Franja anaranjada

Hecho de fragmentos escritos entre San Nicolás, Buenos Aires, Beijing y Nueva York, Mariposa de otoño es un cruce de diario, anotaciones y novela. La hermana de Gustavo sostiene que su nombre en chino-cantonés –es decir, según la mitología familiar, su nombre secreto, que significa “sagrado” y, por tanto, verdadero–, el que le dio su padre, significa “mariposa de otoño”. Gustavo, nuevamente guiado por un nombre, va tras su historia, su novela: se reencuentra con el padre, pero su padre se duerme en el sillón viendo un documental en su casa de Brooklyn mientras en Argentina se celebra la Navidad; va a China, a reencontrarse con la casa natal de su padre en un pequeño caserío de provincia rodeado por un arrozal. Allí lo recibe toda la aldea y su padre, desde Estados Unidos, paga un banquete fenomenal; una parentela desmedida lo festeja y agasaja durante un día, hay cámaras de televisión, abundante comida, pero Gustavo apenas entiende lo que le dicen esos aldeanos alegres que se le parecen. Gustavo dibuja un recorrido gigantesco, un mundo de parentescos, descifra nombres que hace más de cuarenta años lo volvían extraño a sí mismo. Ese mundo ahora descubierto y leído en su mano a través de su libro es, de algún modo, también una ilusión. Pertenece, como escribe en la página 20, a la “franja anaranjada”: “Cuando era chico y veía la franja anaranjada en el cielo del atardecer me preguntaba si existiría un lugar donde todo fuera anaranjado. (…) Sin embargo en este momento, en el avión a 10 kilómetros de altura, entre un mar de pasajeros dormidos, acabo de ver por la ventanilla que las nubes están anaranjadas, la chapa del avión se tiñó de anaranjado, el aire es anaranjado. Estoy dentro de la franja anaranjada”.
Hoy el padre de Gustavo tiene un negocio en el Chinatown de Manhattan al que llega cada mañana en auto con su esposa y otro hijo adolescente. Gustavo lo acompaña en su caminata lenta mientras los otros parten ya hacia sus obligaciones. “Pasamos por una iglesia ortodoxa griega –escribe–, por un depósito de comida y una ferretería. De la ferretería sale un amigo con el que mi viejo charla a los gritos durante un rato. Cuando han terminado mi padre me traduce: él le ha contado que soy su hijo y que he llegado desde Argentina, y el tipo le ha contado que en Argentina, cuando hay crisis, saquean los supermercados de los chinos. Finalmente llegamos a su lugar en el mundo, la agencia de lotería”.
La agencia de lotería es también un negocio chino lleno de chucherías: cada cuatro minutos suena la chicharra de una suerte de tómbola con la que los jugadores –todos habitués del barrio, jubilados que se duermen en las sillas de plástico del local– despiertan de su trance y “arrojan las boletas del fracaso al piso”.

sábado, 10 de junio de 2017

la bufanda paradisíaca

Viernes 9 de junio de 2017, conversación por WhatsApp con un amigo. Cercené algunas partes y cambié uno de los nombres. (Sobre el título de esta entrada véase Murena.)
Le pregunto (es que me encararon un trabajo que me cuesta mucho definir):
—Qué es para vos el monumento a la bandera?
Dice:
—Fá. Una obra arquitectónica filomasónica, o masónica. Adónde íbamos cuando nos hacíamos la rata en el Industrial. Una de esas veces perdí algo que quería mucho.

—¿Qué perdiste?
—Yo tenía 14 años, estaba enamoradísimo de mi prima. Había pasado el verano en Estados Unidos, algunas semanas estuve viviendo en la casa de mi tío, ella aún vivía con ellos. Era su primer año en la Universidad, yo la acompañaba. Todo aquello me gustaba mucho, la nieve, el hogar de mi tío, el Kean College, lo distante y distinguida que era mi prima. Me regaló una bufanda que me gustaba mucho. Cuando llegó el invierno en San Nicolás la usaba todo el tiempo. Nunca perdió el perfume de mi prima. Una de las primeras veces que fuimos al Monumento de la Bandera, con el viento y la alegría de hacernos la rata, la perdí. Creo que también habíamos visto El último tango en París.
Imagen tomada de Wikipedia.

sábado, 18 de febrero de 2017

yaguarón

a Walter Alvarez

El olor a pórtland flota en el aire,
envuelve el juego de los niños,
que lo ignoran: ellos también recordarán,
un día, ese pesado perfume
que se desprende de los ladrillos,
el pasto quemado por el sol,
la tierra caliente, la melaza
de agua, barro, yuyos y bichos
suspendidos esta tarde
en esta porción de barrio
sobre el arroyo Yaguarón.


El sauce crece en la barranca. Con desmesura crece. Da sombra a unas matas impenetrables sobre la pendiente. Un enjambre de mosquitos duerme en la pequeña jungla. Y allá abajo, los bañados del arroyo fabrican una planicie hecha de horizonte, de silencio. La ciudad que se erige al sur es San Nicolás. Lo mismo da si fuera Santiago, Liverpool, Curuzú Cuatiá o Cartago. La extranjería es el paisaje de este llano.

jueves, 17 de noviembre de 2016

la viña del señor

Escribimos sobre Benito Laren acá, acá y acá. Ahora resulta que se asoció con mi amigo Walter Alvarez para sacudir sus producciones en una sola botella. Walter aporta sus magníficos vinos; Laren, su ludopatía pop. Según escribe Walter (acá) “el grupo Movilizarte (tiene una página en la red social) realizó este año su performance en torno a la obra del artista plástico nicoleño Benito Laren. (…) Una de sus últimas producciones es la creación de Larenland, un mundo al cual dotó de todos los atributos de un territorio. Este mundo comenzó siendo virtual pero ahora muchos de sus productos se materializaron en monedas, billetes, banderas y demás. El mundo de Benito también tiene su vino en dos variedades, “Atorratés” y “Cabaret Sabañón”. Este año, para la feria Movilizarte, este vino cobró vida. Debido a que en Larenlad no hay bodegas ni se cultiva la vid, nuestra bodega elaboró, con uvas cultivadas en nuestro viñedo, una partida especial para cumplir con las exigencias de las etiquetas diseñadas por el artista. La etiqueta “Atorrantés” presenta un vino elaborado con uva Torrontés. Es un vino chispeante, desinhibido y generoso de aromas frutales. La etiqueta “Cabaret Sabañón” presenta un blend de Cabernet Sauvignon y Merlot. Es un vino amable, donde el toque herbáceo, que la variedad Merlot expone con mucho más desparpajo en climas húmedos y suelos humíferos como el de la campiña nicoleña, aparece solo sugerido detrás de la trémula presencia de los taninos aportados por el Cabernet Sauvignon sin sobremaduración. Quienes lo probaron no evitaron exclamar el ‘Oh!’ que dio el nombre al movimiento Pop Oh! Art, creado por Benito Laren en las oscuras mazmorras de la fábrica Somisa a principios de los 90.”
Fotografías de Walter Alvarez.

Con su investigación sobre el vino que se elaboró en San Nicolás durante cien años y, luego, con la elaboración de vinos en la viña –la recuperación de un antiguo viñedo en un terreno que pertenece a la familia Lagostena–, Walter no sólo nos entregó un mundo, también nos descubrió unas raíces que hicimos nuestras a fuerza de disfrutar de su labranza y alegría. Laren puede agregarle etiquetas y lentejuelas, no le hace mella.