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jueves, 29 de julio de 2021

playlist

Hijo cumplió 14 y 15 años en confinamiento. Cuando empezó la pandemia tenía cuatro pares de zapatillas talle 40. Hoy sólo posee un par nuevo, talle 43.

Sus encuentros sociales se multiplicaron en Discord, lo que incluyó conversaciones, cumpleaños –para los que se bañaba y se vestía especialmente–, juegos, películas y música compartida; música que fue descubriendo o redescubriendo por su cuenta, solo. Música con la que, entiendo, se cuenta cosas, éstas que están pasando y aquellas a las que las mismas canciones le abrirán una puerta.

Charly García y, sobre todo, la etapa Serú Girán ha sido la columna vertebral de sus gustos musicales –me refiero a esta etapa en la que él elije su música porque esa música lo interpela y a su vez es él el que interpela su cotidiano con esa música. Porque la música lo rodeó siempre.

Pero ayer nos mostró una playlist en particular a la que agregó unas 250 canciones de rock nacional, desde Sui Generis, Pescado Rabioso, Charly solista, Fito Páez, Cerati, La Máquina de Hacer Pájaro o Viejas Locas. Y mientras nos contaba su criterio de selección y cómo ordenó cada tema según el disco, se detuvo para destacar: “Este tipo me encanta”, y nos hizo escuchar:

Apenas si podía repetir el nombre del intérprete, lo que a mi esposa y a mí nos hizo reír, no sólo porque era un tema de nuestra temprana juventud, sino porque nos resultó muy curioso que un adolescente de 15 años se encantara con “El loco en la calesita”, por Juan Carlos Baglietto, sobre todo porque la música contemporánea que escucha no se parece en nada. 

Evidentemente hay algo que transmiten esas canciones (las de Baglietto, las del rock nacional de los 70) que interpelan al adolescente de un modo anacrónico, que es también el modo con que la adolescencia lidia con la vida.

Coda

No quise insistir con recomendaciones, pero en un rápido ping pong musical, le hice escuchar a Coki Debernardi, a quien conoce de la radio. "¿Es el viejo que se viste con calzas y botas?", dijo fascinado por lo que estaba escuchando, atormentado por esa distancia entre el trato con Coki y la música que sonaba en los parlantes. “Parece... —dijo, sin encontrar con qué compararlo. Y cerró:– No parece de acá.”   

Octubre de 2016 en Radio Sí.


lunes, 24 de mayo de 2021

el diablo cita las escrituras

¿La rebeldía se volvió de derecha?, pregunta Pablo Stefanoni en su libro –una cartografía de la nueva reacción frente a una izquierda que perdió su dimensión emancipatoria. Sí, claro. ¿Y entonces?



Si hay una novedad en la escena política argentina es que hoy existe un sector político que se reivindica de derechas, que aborrece la justicia social –a la que considera un saqueo que le quita dinero a los exitosos para repartirlo entre inútiles– y se burla de la corrección política del progresismo, los feminismos y muchos discursos que hasta hace muy poco estaban a la vanguardia de la movilización social.

Si bien esta derecha radicalizada es estridente, su impacto político está aún por verse. La encarnan figuras como Javier Milei o la presidente del partido gobernante hasta hace dos años, Patricia Bullrich, en cuyo nombre tiene incluso una agrupación de seguidores LGBT conocida en Twitter como La Put0 Bullrich.

Aunque la ultraderecha no ganó todavía elecciones en Europa, tiene ya representantes en la inmensa mayoría de los congresos nacionales y su presencia transforma la discusión pública sobre política. De hecho, la ganadora de las elecciones para alcalde de Madrid fue Isabel Díaz Ayuso, quien pertenece a un partido tradicional (el Partido Popular), pero consolidó su caudal electoral al adoptar el discurso de ultraderecha de la organización fascista Vox.

Cómo nació este fenómeno, cómo se multiplicó en las redes y cristalizó en figuras presidenciales como Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil o Boris Johnson en Gran Bretaña, es lo que cuenta, a groso modo, ¿La rebeldía se volvió de derecha?, que lleva como subtítulo: “Cómo el antiprogresismo y la anticorrección política están construyendo un nuevo sentido común (y por qué la izquierda debería tomarlos en serio)”, de Pablo Stefanoni, que tiene en tapa una curiosa ilustración con la sigla LGBT resignificada: Liberty (libertad), Guns (armas), Beer (cerveza), Trump que acaso se explica en el capítulo 4, bajo el título: “El discreto encanto del homonacionalismo”.

Si bien todos coinciden en que ése tipo de militancia que exacerba el odio y expresa a boca de jarro las ideas despreciadas por el progresismo más rampante es algo que prolifera en internet, la duda es qué fenómeno no es siempre y también algo que sucede en internet. Claro que el estallido chileno de 2019 no hubiera desembocado en la paliza electoral de la derecha en 2021 si todo ese descontento hubiese sido sólo virtual. Pero también es cierto que el desmadre de violencia racial, política y social que se desencadenó en Estados Unidos antes, durante y sobre el final de la presidencia de Donald Trump nació de internet y, sobre todo, de sitios recónditos de la web, desde espacios de interacción entre gamers, las redes más reducidas como 4chan e, incluso, las más públicas como Twitter, Reddit, YouTube o el mismo WhatsApp, como bien lo cuenta Stefanoni en su libro.

¿La rebeldía se volvió de derecha?, claro está, es un gran y necesario mapa de estas cuestiones, además de un diagnóstico de una batalla que se juega en el terreno cultural o el soft power, ese territorio simbólico que le permite decir hoy a figuras políticas como Javier Milei o toda suerte de militantes de Juntos por el Cambio que aquellas opciones que los enfrentan son “soviéticas” o “comunistas” –incluso un edil rosarino que fue vocero de un ex gobernador que inundó su ciudad adujo que estatizar el deteriorado sistema de transporte de la ciudad era “soviético”.

Las democracias liberales que conocemos están lejos de haber superado los devastadores problemas de la desigualdad, mientras la prensa comercial discute los ingresos de los trabajadores y aquellos asistidos por planes sociales –como escribía Lenin en los años 20–, nunca se cuestionan las ganancias exorbitantes y depredadoras de los grandes capitales. Asimismo, un progresismo hipercrítico señala la falta de progresividad en los impuestos, el deterioro de los salarios y el mal infligido por el “neoliberlismo” sin hacer estridente ninguna propuesta emancipadora. En cambio, la idea de futuro que sobreviene es la que fulgura como la realización de la pesadilla de la ciencia ficción –y ni siquiera ese género que tiene entre sus visiones más sublimes a Stanislav Lem, Philip K. Dick, J.G. Ballard o Cordwainer Smith, sino las películas más o menos de taquilla de los últimos años– y ofrece en sus distopías más cercanas el reemplazo del hombre por la máquina, el mundo occidental convertido en un desierto con ciudades doradas para la élite o la guerra permanente de todos contra todos, como en el apocalipsis zombie que actualizó la pandemia.

Cuando Stefanoni escribe en su libro poshumano –“la neorreacción puede funcionar como un sistema de alerta temprana de cómo podría ser una futura derecha antidemocrática y un capitalismo autoritario e incluso ‘poshumano’”– acaso debamos leer posoccidental, ese sistema de valores que observa en el derrumbe de la democracia –como sistema de vida que permitía, ni más ni menos, lo que Raúl Alfonsín vino a prometer con su arenga: con la democracia se come, se educa, se cura, etcétera– el desierto de lo político, la disolución de lo común y la transformación de la ciudad –la polis– en un campo minado.

Escribe el autor: “Parte de este sustrato etnocivilizatorio de la noción de ciudadanía declinará en una serie de teorías conspirativas –obsesionadas con la demografía– que sostienen que hay en curso un ‘gran reemplazo’ de la población europea y de ‘su’ civilización por diferentes grupos no blancos, especialmente arabo-musulmanes. Muchas de estas ideas –de forma asumida o no– están detrás de los ‘sentidos comunes’ creados por los nacional-populistas a lo largo y ancho de Europa… y más allá”.

Entre las razones de este descrédito de la democracia y sus valores, Stefanoni cita al historiador Enzo Traverso: “ha mostrado cómo el auge de la ‘memoria’ de los últimos años, con incidencia en el mundo académico y político, ha ido en paralelo con otro fenómeno: la construcción de los oprimidos como meras víctimas del colonialismo, de la esclavitud, del nazismo, etc. De esta forma, la ‘memoria de las víctimas’ fue reemplazando a la ‘memoria de las luchas’ y modificando la forma en que percibimos a los sujetos sociales, que aparecen ahora como víctimas pasivas, inocentes, que merecen ser recordadas y al mismo tiempo escindidas de sus compromisos políticos y de su subjetividad. Como señala Traverso, ‘el siglo XX no se compone exclusivamente de las guerras, el genocidio y el totalitarismo. También fue el siglo de las revoluciones, la descolonización, la conquista de la democracia y de grandes luchas colectivas’. Adolph L. Reed Jr., que enseña y escribe sobre temas políticos y raciales, lanzó una provocación al decir que los progresistas ya no creen en la política de verdad sino que se dedican a ‘ser testigos del sufrimiento’”.

Efectivamente, “la rebeldía se volvió de derecha”. Me basta con pensar en los amigos con los que mi hijo atraviesa el confinamiento, adolescentes vitales y generosos, de 13, 14 y 15 años que venden software y sobrantes de su infancia en redes sociales, en sitios de compra y venta, que usan Ualá y organizan torneos gamers para hacer esa diferencia de dinero que no pueden proveerles sus padres. Niños que se hicieron grandes en la pandemia y aprendieron que no quieren ser víctimas ni testigos del derrumbe de sus familias. Que no saben de historia ni les interesa porque el futuro que les ofrece Milei y sus secuaces está lleno de promesas y, sobre todo, la promesa de deshacerse de ese mundo que nunca llega que mamaron desde niños. Capaces de señalar mi “homofobia” –¡o my, a su edad ni siquiera podía concebir esa palabra!– en un chiste pero incapaces de distinguir entre justicia social y derechos civiles.

Según reconstruye Stefanoni en ¿La rebeldía se volvió de derecha?, esa “derecha desacomplejada” con la que Milei y Agustín Laje seducen a la generación de mi hijo se nutre de las doctrinas de Murray Rothbard. En el glosario que el autor de ¿La rebeldía se volvió de derecha? deja al final del libro, Rothbard aparece en la entrada “Paleolibertarismo: Corriente creada por Murray Rothbard que combina valores culturales conservadores y la búsqueda de la abolición del Estado y la privatización completa de la vida social, incluso de la justicia y las fuerzas de seguridad. A menudo comparte espacios con las extremas derechas. Promueve un fortalecimiento de instituciones sociales como la familia, las iglesias y las empresas como contrapeso y alternativa al poder estatal (verdadero enemigo de la libertad).”

Por supuesto que el libro de Stefanoni es una genealogía de todo este mare tenebrarum, que los zurdos surcaremos en una odisea desquiciada, pero es también, en sus puntos suspensivos, como el glosario final, que incluye expresiones como SJW (social justice warrior, es decir, quien enfrenta a la justicia social), alt-right (la derecha alternativa), Incel (involuntarily celibate: célibe involuntario) o “marxismo cultural”; es también, decíamos, una puerta de entrada a una lucha que va a darse, en principio, en el lenguaje, que es el hogar de todas las peleas.

Así como los ediles rosarinos más insignificantes de la derecha vernácula recogen y resignifican términos como “soviético” y “libertad”, es de esperar una neolengua (Newspeak, era el término con el que describía George Orwell ese nuevo vocabulario en un totalitarismo futuro–, o una Nadsat, que era en La naranja mecánica –la novela de Anthony Burgess, olvidemos la película–) el antilenguaje que permitía a los violentos protagonistas convertir en eufemismos sus crímenes y violaciones.

Llegados a este punto, me temo, es tan o más importante la tarea de un traductor o un lingüista que la de un ideólogo.

domingo, 3 de enero de 2021

la era de los confines

En el término latino confinis el mundo halla sus límites, sus bordes, sus fronteras. El mundo se repliega, se convierte en el mundo conocido del adentro y el afuera: adentro de un territorio, de una aldea, de una ciudad, de un país o de una casa.

En el capítulo dedicado al “Espacio sagrado” de su Fenomenología de la Religión, el teólogo luterano Gerardus van der Leeuw compila y describe los límites: “No sólo la casa y el templo, sino también la fundación en general, la aldea, la ciudad es un sitio ‘destacado’, sagrado. El hombre se establece así y hace de la posibilidad descubierta una nueva potencia. Su fundación se separa del extenso espacio que la rodea; su tierra de labor, del desierto bosque o de la llanura abandonada. La cerca que instala desempeña el papel de la puerta en la casa; separa el seguro terreno de la vivienda humana del dominio ‘siniestro’ de los poderes demoníacos. (…) Los lares, dioses domésticos romanos, junto con los penates, eran tal vez originalmente los poderes del merodeo en el bosque y después se convirtieron en los que gobernaban la casa que se había construido en el claro. (…) Las diversas leyendas acerca del origen de las ciudades vuelven a la misma necesidad. Se dejaba que los animales corrieran libremente hasta que se posaran en cualquier lugar, etc. Se necesitaba un origen de lo indudablemente potente. No se trata de la disposición de un lugar en el que permanecer, sino de la fundación de un sitio en el que resida el poder”. La noción de confín que desarrolla Van der Leeuw, así entendida (fundación, invocación de un poder), no confina sólo un espacio, sino un tiempo, una temporalidad, ligada a lo sagrado o, mejor, que se desprende de lo sagrado.

Acaso los confines no nos permiten conocer el mundo, expandir un saber insaciable, pero permiten clasificar ese mundo a través de sus bordes, los que separan lugares, espacios, estados: el líquido del gaseoso, el líquido del sólido; las alturas del llano, los bosques de los matorrales, y así.

En ese sentido, el español tiene otra acepción para confín: “Último término a que alcanza la vista.”

La vista. ¿Para que existan confines debe haber una mirada?

Mientras estaba en Japón, en septiembre de 1958, el historiador de las religiones Mircea Eliade anota en su diario: “Hori me lleva hoy a casa de una chamán (miko) en Shiogama. Se llama Suzuki, tiene cincuenta y seis años y está ciega (como, por lo demás, la mayor parte de los chamanes de la clase itako). Se quedó ciega a los diez años y fue iniciada a los catorce.

“Y Hori me cuenta: como hace años los ciegos eran mucho más numerosos en las regiones nórdicas del Japón, y como no servían para nada, a la edad de cinco o diez años se les reunía y se les mataba. Pero ocurrió lo siguiente: un alto funcionario llamó un día a una ciega, la llevó al jardín y le pidió que se lo describiese. La ciega había recibido una buena instrucción: se preparaba para convertirse en itako. Describió el jardín y dijo, entre otras cosas, que había allí un árbol, y bajo el árbol una linterna de piedra. Desde entonces las gentes comenzaron a apelar a la clarividencia de los ciegos y ya no les mataron”.

Desde luego, esas atrocidades enunciadas –que los ciegos no servían y que los mataban–, las leemos del mismo modo que leemos las crueldades de Las mil y una noches.

Más tarde, en diciembre del año siguiente, en India, Eliade anotará, tras la lectura de los Upanishads, sobre la figura de la gruta que esconde el alma o la divinidad. Dios está enterrado en nosotros, dice más o menos. Es decir, cada uno es, de alguna manera, un territorio, una geografía a descubrir, un terreno a explorar en relación con algo que lo excede.

Tomo estos ejemplos no tanto por su tinte religioso como por las figuras que evocan, con las que más o menos estamos familiarizados y arrastramos más allá de nuestras creencias o ideologías.

Los confines, en estas visiones, separan no sólo espacios, no sólo ponen límites más allá de donde alcanza la vista; sino que separan temporalidades: aquél tiempo en el que un poder se ha instalado en el “interior” de alguien y lo definió como interior, y ese lugar en el que ese alguien desplegará ese don que le fue dado.

En su Historia de la locura, Michel Foucault ubica en el siglo XVII “El Gran Encierro”, “destinado a colocar al margen de la sociedad –anota Didier Eribon– a todos aquellos a quienes condena la nueva moral burguesa, en proceso entonces de instalación –una moral del trabajo y la familia–, hará cohabitar, en los mismos lugares de confinamiento, a los insensatos, los mendigos, los alquimistas, los libertinos, los venéreos, los disolutos, los homosexuales, etcétera”. De ese Gran Encierro surgirán el loco y el homosexual pero, sobre todo, pesarán sobre esas figuras el sello del pecado y la culpa, pese a que en épocas anteriores la convivencia con locos y homosexuales no tenía esa carga moral y social.

Cuando leí que la Fundación para el Español Urgente (Fundeu) escogió “confinamiento“ como palabra del año, no pude dejar de leer en ella ese confín, ese límite que el encierro trajo y desdibujó, convirtió en figura: durante 2020 –y es probable que también durante buena parte de 2021– crecieron nuestros confines, pero también se extendieron. Dice Luciano Luterau que los sueños de la cuarentena volvieron sobre las casas, los parques y los juegos de la infancia; que el mundo onírico se multiplicó y cohabitó el confinamiento. El encierro trajo otros confines que, como en las citas de Van der Leeuw y Eliade, desmontaron espacios y temporalidades.

En el mejor de los casos, al confinarnos también pudimos abrir una puerta.

La otra pregunta es cuáles figuras surgirán de este nuevo Gran Encierro y qué carga moral pesará sobre ellas.

Durante su confinamiento, en San Nicolás, mis padres cultivaron una quinta en el fondo de la casa.


martes, 10 de noviembre de 2020

nosotros

Las principales ficciones televisivas de este año se encargaron de mostrar los años en los que Estados Unidos estuvo al borde de volverse un país no de izquierda, pero sí democrático. No, no hay ningún error. Estados Unidos no es un país democrático, pero entre fines de los 60 y principios de los 70 –pongamos por fecha 1973, cuando el presidente Richard Nixon logró imponer el dólar como medida de intercambio comercial global– pudo haberlo sido. De eso trata la serie Mrs. America, de eso trata el film El juicio de los siete de Chicago (Aaron Sorkin), las series Woke, Lovecraft Country (acá hay una reseña para escuchar) e, incluso, la adaptación que hiciera David Simon de La conjura contra América (la novela de Philip Roth, The plot against America) que hasta generó un ataque de trolls en la conversación que Simon mantuvo con Pablo Iglesias en Twitter. La conjura contra América, claro, trata sobre esos inciertos años antes de que EEUU y el presidente Franklin Delano Roosvelt –primer populista estadunidense– se involucraran militarmente en la Segunda Guerra, cuando el país era seducido por el nazismo. Pero el punto de vista de Simon en el desarrollo de la miniserie es la presidencia de Donald Tump.

Donald Trump perdió su reelección. Si no recuerdo mal –y no tengo ganas de ir a buscar el artículo de alguno de los periódicos yanquis que leo– es la décima vez en la historia que un presidente pierde su reelección. Pero es la primera vez que un presidente que pierde esa reelección es tan votado. Y es la primera vez que tantos estadounidenses van a las urnas –el promedio histórico de votantes que eligen un presidente en ese país apenas llega al 25 por ciento de su población–, busquen los datos en RealPolitik. Lo que la serie Mrs. America (que es la narración de cómo la segunda ola feminista es derrotada por una conservadora que inauguró la mentira y los discursos de odio tal como hoy los conocemos) nos mostró, por ejemplo, era un país que siempre tuvo sus divisiones, pero que enseñaba un bipartidismo capaz de entenderse en la disputa política, capaz de confrontar, con republicanos que apoyaban los movimientos feministas –el mismo Ronald Reagan, cuyo acceso a la Casa Blanca y su inicio de la revolución conservadora marca el final de la serie, estaba a favor del aborto antes de llegar a la presidencia– y demócratas que aún no se habían aliado a las élites multimillonarias de Wall Street. Eran los Estados Unidos que aún no habían caído en las garras de la plutocracia, como se encargó de contarlo muchas veces mi admirado Chris Hedges.

Donald Trump perdió. Los republicanos perdieron y, como partido, se llamaron a silencio. Con una victoria magra, podríamos decir “dietética”, Joe Biden se alzó con la presidencia después de la canallesca interna en la que corrieron a Bernie Sanders de la carrera a la Casa Blanca.

Poder blando

Nouriel Roubini aseguró en una nota publicada el 27 de octubre pasado en ProjectSyndicate, que Biden necesitaba ser contundente en el triunfo para no llevar a EEUU a una debacle financiera en las elecciones del martes 3 de noviembre. Hizo comparaciones con las elecciones que consagraron fraudulentamente a George W. Bush en 2000 y auguró un caos bursátil en caso de que los resultados se demoraran como entonces. Pero, sobre todo (los datos económicos los dejo para los economistas), señalaba que estas elecciones erosionaban el poder blando (soft power) de Estados Unidos, nada más ni nada menos que ese que nos lleva a ver a la potencia imperial como un modelo para la democracia y sus instituciones.

Bien, creo que ese soft power es lo que se resquebrajó definitivamente en estas elecciones. Salvo los imbéciles que trabajan el doble que nosotros para mantenerse desinformados, nadie puede pensar hoy que en Estados Unidos es el voto popular el que elige presidente. Entre las principales formas de conteo del voto, todos seguimos en estas elecciones la conformación de un Colegio Electoral casi monárquico que definía la mayoría para elegir presidente y que en los comicios de 2016 le dieron la victoria a Trump cuando su contrincante, Hillary Clinton –la candidata de Wall Street y la espectadora del asesinato de Osama Bin Laden en territorio extranjero– sacó tres millones de votos más.

Apenas habían arrancado los 90 cuando Leonard Cohen nos enseñó aquella maravillosa canción que se llamaba “Democracy” y decía que la democracia nos llegaba como el sentimiento de algo “que no era exactamente real, o era real, pero no estaba exactamente ahí”.


Un ganador humilde

Cuando los grandes medios coronaron presidente a Joe Biden, el sábado pasado, el clásico programa Saturday Night Live invitó una vez más al brillante comediante negro Dave Chappelle a hacer un monólogo que no era otra cosa que un editorial.

Con su elegancia irónica y magistral, Chappelle dijo, más o menos que los votantes blancos rurales y de clase trabajadora que se pasaron al Partido Republicano en la era de Trump pueden ser fácilmente estereotipados, tal como lo han sido los negros a lo largo de la historia de Estados Unidos. “¿Ni siquiera querés usar tu barbijo porque es opresivo? ¡Intentá usar el barbijo que estuve usando todos estos años! [en inglés barbijo se dice “mask”, que equivale, como en español, a “máscara”]. Ni siquiera puedo decir algo verdadero a menos que tenga un chiste detrás”. Y siguió: “Ustedes no están listos; no están listo para esto. Ustedes mismos no saben cómo sobrevivir. Los negros somos los únicos que sabemos cómo sobrevivir a esto”. Para Chappelle, Estados Unidos no se curará con una elección, sino con personas que lleguen a un entendimiento más profundo. “Les imploro a todos los que celebran hoy que recuerden que es bueno ser un ganador humilde. ¿Recuerdan cuando estuve aquí hace cuatro años? ¿Recuerdan lo mal que se sintió? Recuerden que la mitad del país en este momento todavía se siente así”, dijo.


El martes pasado, cuando se desarrollaba el proceso de las elecciones, un amigo me escribió desde Colorado. 

“El sábado fue Halloween –me decía–. Nuestra casa era la única en la cuadra con decoración. Te da una pauta de la depresión colectiva.”

Y también: “Y nadie habla de política, aunque todos saben que todo el mundo está consumido por eso. El miedo y el estrés sobre el tema es tanto, que apenas si hay carteles y cosas, salvo en los lugares donde es claro que un lado domina”.

La pequeña localidad donde vive, cercana a la universidad de Boulder donde es un destacado profesor, es un vecindario tranquilo, pero también dividido. Me sobresaltó esa imagen, la de vecinos consumidos por la división política, tragándose las palabras que deberían ser la materia de la discusión política, es decir, el combustible de la participación ciudadana, en ese resentimiento consumado que ni siquiera les permitía reparar en la alegría o el ritual de sus hijos, la fiesta de Halloween, la víspera de todos los santos, como si ya no hubiera víspera posible y todo se jugara en ese pasado condenado. Le creo cuando dice que el gótico, esa narrativa en la que todos están atrapados en el pasado, es el género contemporáneo.

Nosotros


En cuanto a nosotros, argentinos, entusiasmados por el triunfo del MAS en Bolivia, después de ver al presidente Alberto Fernández acompañar a uno de los más grandes líderes americanos de las últimas décadas, Evo Morales, hasta Bolivia, ¿qué significa el triunfo de Biden o la derrota de Trump?


Poco por ahora.


Me quedo con el último newsletter de María Esperanza Casullo: “
Se habló mucho en estos últimos años del ‘giro a la derecha’ y del atractivo de las nuevas derechas radicales populistas, que parecían haber llegado para comerse el mundo. Es un dato positivo, creo, el que estemos empezando a ver los límites de estos modelos: es cierto, son eficaces (¡el populismo sigue funcionando!), movilizan, generan identidades, pero... pierden, y no son mayoritarias. Son un sector más. A competir en elecciones, señores. Y creo que, para la Argentina, no será un mal dato tener que negociar con Biden, que por lo menos en sus primeros dos años va a tener un frente interno complicado. Mejor que la mirada se aleje de Latinoamérica”.

martes, 13 de octubre de 2020

un dealer de tangos

Mi aproximación al tango tiene muchas capas, como la cebolla. De alguna manera, hay un tango que nos marcan pero uno no elige, que está –en la radio, sobre todo, en la memoria de los padres o los abuelos–, y otro que uno elige erráticamente: por ejemplo, recuerdo haberme comprado alrededor del año 1982 Reunión cumbre, de Astor Piazzolla y Gerry Mulligan, cuyo éxtasis me llevó a otro disco de Piazzolla, esta vez con Roberto Goyeneche, en vivo en el teatro Regina en 1982. Ahí creí tocar una quintaescencia del tango que no tardaría en dejar de lado e, incluso, despreciar cuando conocí, por ejemplo, a los ángeles D’Agostino y Vargas, a Alberto Marino con la orquesta de Troilo, a Fiorentino, a Charlo o Ignacio Corsini, todo ello con la banda de sonido de fondo de Carlos Gardel y sin ninguna sincronía.

El tango, para quien intenta cantarlo y no se formó en ese canto lírico e italiano, de cortes y quebradas, en su ritmo negro y milonguero, es un imposible. Una de sus maravillas y misterios principales es que una música tan difícil haya llegado a semejantes niveles de popularidad: difícil de cantar, difícil de bailar, difícil de entender las letras que, aunque recorren una docena de temas clásicos, abundan en figuras y metáforas de una elaboración sofisticada y hasta herméticas; y sin embargo, todo rioplatense formado entre los 20 y los 60, cualquier tipo de clase media, pero también el obrero que no había terminado la primaria, sabía descifrar esa hermenéutica orillera. Un milagro del que sólo fueron contemporáneas pocas civilizaciones, la rioplatense entre ellas.

Después de un tiempo de fastidio y definitivo desencuentro con el tango, volví con unos discos de Edmundo Rivero, cuando había que buscar discos o cedés en disquerías y aún no existía La Mula. Rivero, junto con Nelly Omar, me permitieron unir esa deriva “negra” del tango, donde la raíz folclórica y la orillera, la pata inmigrante y la del ritmo africano cruzan sus huellas extranjeras.

Por esos días, los primeros 90, también Ángel Faretta me hizo descubrir un disco único y exquisito de un pianista, compositor y tanguero inmenso, Lucio Demare y el disco Sus tangos (todo esto que acá se enlaza a YouTube está en Spotify), en el que interpretaba en un piano tangos muchas veces suyos de una manera minimalista, precisa y magistral. Un piano que tenía voz.

Desde entonces perseguí ese tango “pos”, ese be-bop del tango que llevaba a esos gigantes a acompañar una voz que flotaba sobre la ejecución como la “niebla del Riachuelo”, magistral, íntimo, que operaba sobre el recuerdo y actualizaba el rito de un dios que volvía una y otra vez a entregarse al sacrificio.

Pero, como decía, nos acercamos al tango como a una cebolla, hay que quitar capa tras capa. Y una de esas capas es cierto saber íntimo, cierta frecuentación de los ambientes y los protagonistas del tango, de la Rosario tanguera de las décadas pasadas, cuando Edmundo Rivero venía a parar al hotel Savoy o Hugo Del Carril, prohibido después de la Libertadora, se las arreglaba para tocar en clubes de Maciel o los alrededores, a los que llegaban los jóvenes de entonces en los rústicos ómnibus de la época y saltaban tapiales para escucharlo.

Entre esos jóvenes estaba Rafael Ielpi, como me contó alguna vez.

Ielpi ha sido, durante esta cuarentena y desde el año pasado, mi dealer para esos tango raros o, mejor, no raros –para “rara” y espantosa está la “Balada para un loco” del Goyeneche actor-de-taller-de-teatro–, sino excepcionales, “posteriores”.

Gracias a Ielpi me hice devoto de los versos negros cantados por Mercedes Simone y, cuando le hablé de Rivero, me tiró por correo este resumen de su encuentro que reproduzco:

«Con Edmundo Rivero me encontré varias veces, una de las últimas, creo, cuando lo traje a dar una charla en el teatro Olimpo sobre el lunfardo, la que matizó cantando algunos tangos lunfas acompañándose con la guitarra: era un eximio ejecutante. Fue en 85 o 86 y era con entrada libre y gratuita y me acuerdo que cuando faltaban unos 15 minutos había un montón de gente en la vereda, que como creía que había que pagar entrada, no se decidía a entrar hasta que les avisamos y cuando empezó estaba lleno.

«Antes y desde el inicio de los 70 estuve con él en el Hotel Savoy, en el que se alojaba siempre que venía a la ciudad para actuar en alguno de los locales del Bajo, como el “Morocco” o en La Casa del Tango. La primera vez fui a ver si lo podía saludar; era uno de mis preferidos entonces junto a Fiorentino, Ángel Vargas, Floreal Ruiz. Pedí en recepción que avisaran a su habitación que había un tipo que quería saludarlo. Me dijeron que lo esperara en la confitería, que ya bajaría. Era alto, serio pero muy cordial y hasta un poco ceremonioso. Me acuerdo que pidió un té con limón –no sé si tomaba alcohol pero no fumaba– y durante más de media hora, charlamos de tangos, de su etapa con Salgán, con Troilo y cuando comenzó su etapa de solista.

«Una de esas veces, fui con Marcelo Raigal, un muy buen pianista rosarino que vive desde hace muchos años en España, que compuso tangos con letra de Miguel Jubany, que actuó en la Cumbre del Tango en Sevilla y sigue componiendo; no lo volví a ver desde que se fue.

«Bueno, con él habíamos compuesto una milonga y me convenció de que se la lleváramos a Rivero para que la escuchara y nos dijera qué le parecía. A mí me pareció una locura pero Marcelo, que era más joven y entusiasta, insistió tanto que me convenció. Allá fuimos, él con la partitura de música y letra y, después de haber charlado unos quince minutos, le dijo lo de la milonga y le mostró la partitura. Rivero la leyó y nos invitó a la habitación para tocarla en la guitarra y cantarla. Nos dijo que era una linda milonga y que se la diéramos para ver si la incorporaba a su repertorio.

«Que yo sepa, nunca la grabó y tal vez ni siquiera la cantó; de la letra no tengo la menor idea de cómo era y de la música, menos; tal vez Marcelo la haya resguardado aunque no sé si después de 50 años...

«La anécdota que vos recordás que te conté es efectivamente así. Una tarde, (Rivero) me invitó a acompañarlo hasta el Bajo, donde iba a “pasar letra” con los músicos para la actuación de esa noche, creo que en el “Morocco”. Salimos del Savoy por calle San Lorenzo para seguir hasta Maipú, por la vereda del hotel cuando, a la media cuadra me dijo que cruzáramos a la de enfrente. Me extrañó porque íbamos por la vereda correcta para doblar por Maipú hacia Avenida Belgrano, pero no dije nada. Cuando habíamos hecho una cuadra me dijo: “A usted le habrá extrañado que cruzáramos de vereda. Pero vi que por la nuestra venía José Berón. Estaba bebido y no quise que se sintiera mal de que lo viéramos así...” Si no es textual, pega en el palo porque siempre me acordé de la frase pero sobre todo del gesto, que demostraba que Rivero tenía un código de la amistad y el honor reconocido en todo el ambiente, tan particular, de los tangueros.

«José era hermano de Raúl Berón, uno de los grandes cantores de Troilo, Miguel Caló y Lucio Demare y de Adolfo, guitarrista de muchas grabaciones con su conjunto de violas, y de Rosa y Elba Berón, que cantaron y grabaron a dúo; ésta última cantó un par de años con la orquesta de Troilo.

«José es lo que se llama un cantor “de culto”, para muchos superior a Raúl, pero mucho menos conocido por su inconstancia profesional, su bohemia y el alcoholismo. Después de unos años en Buenos Aires se vino a vivir a Rosario. Con Aldo Oliva y algún otro amigo charlamos muchas veces con él en el “Sibarita” de Corrientes y San Lorenzo, uno de los bares emblemáticos de los primeros años de los 60 y finales del 50. Berón tenía un público incondicional que cada vez que reaparecía después de una época de silencio por las borracheras, llenaba el local donde actuaba, de los que me acuerdo eran el “Bambú India” y el “Morocco”.

«Todo eso lo llevó a grabar muy poco: un par de temas con la orquesta de Eduardo Rovira, un gran músico, arreglador y compositor al que le tocó la mala suerte de ser contemporáneo de Piazzolla siendo tan vanguardista como Astor, y un LP con doce temas, algunos tangos y valses y algún tema campero, como hacía Gardel. Lo acompañan los Hermanos Rivas, que eran excelentes guitarristas, y Lito Scarso, un excelente pianista. El LP está en YouTube y tiene dos o tres joyitas: “La mariposa” y “Yira, yira” por ejemplo.»


 



«Con la orquesta de Enrique Alessio grabó dos temas y se volvió a Rosario. Uno de ellos es “Milonguita”, para muchos la mejor versión de ese clásico.

«Un dato: su voz, salvo la de su hermano, con quien comenzaran cantando a dúo, no se emparenta con ninguno de los cantores de Gardel en adelante. Como yo me contaba entre esos incondicionales que lo iban a escuchar cuando nos enterábamos de que reaparecía (aunque algunas veces duraba un par de días el regreso porque recaía en el trago) eso me dio material para uno de los cuentos que más me gustan de No juegues con gitanas, que se llama “Adiós, hasta siempre, preciosidad”, que lo tiene como protagonista, con nombre y apellido real, la noche de uno de sus retornos.»

Cuando le pedí tango en piano me tiró una joya que todavía dudo cuándo vestir: Emilio de la Peña, a la que le agregó algunos datos: “Era muy amigo de Hamlet Lima Quintana, con quien vino a Rosario una vez y estuve con ellos, que habían compuesto varios temas juntos. Era un tipo más bien retraído. En Café de los maestros, el documental de Santaolalla, está entre los músicos invitados. Un pianista exquisito, que grabó poco y recién ya de grande. Con Hamlet, por su parte, tuve una hermosa amistad hasta su muerte”.


El disco Virgilio está de gira, de De la Peña, está entero en Spotify.

Pero las recomendaciones de Rafael, no se quedaron ahí: «Tengo varios pianistas entre los DVD que fui acumulando desde que el LP y el casette pasaron a la historia –me escribió–. Todos son grandes instrumentistas y los discos están la mayoría completos en YouTube. Te paso algunos.

«Osvaldo Tarantino: Uno grabado en vivo en el Teatro San Martín que es para escuchar.


«Gerardo Gandini: Grabó el álbum Postangos en Rosario. Fue un pianista de formación clásica, tocó con Piazzolla en sus últimas giras por Europa.

«Te agrego un par de muy buenos pianistas, que tienen álbumes como solistas y están también en Internet: José Colángelo y Osvaldo Berlinghieri.

«Nunca grabaron solos pianistas de primer orden como Carlos Di Sarli, Osvaldo Pugliese y Horacio Salgán, que lo hizo con Ubaldo de Lío siempre. Ni Osvaldo Manzi, Carlos Figari o José Basso. Ni el fenomenal Orlando Goñi, pilar del estilo Troilo de los 40, al que la bohemia nocturna, la pasión por el turf, el alcohol y la droga lo llevaron a la muerte a los 34 años.

«Un curiosidad: Alfredo Gobbi, un gran violinista, director de una de las mejores orquestas de los 40/50, gran compositor de tangos antológicos (“Camandulaje”, “Orlando Goñi”, “El andariego”), tocaba también el piano y en sus años de malaria, los últimos de su vida, se ganaba la vida frente al teclado en fondines de Leadndro Alem. En Youtube está resguardada la única grabación casera como solista, de su hermoso tango “Redención”, que te recomiendo. Curiosamente, antes de tocarlo, se lo dedica “A nuestro señor Jesucristo”.»


Otro día, por mensaje de voz, Rafael se excusó de no ser tan preciso en mi pedido de "sólo piano" y supuso que podía interesarme este dúo entre el violinista chileno Hernán Oliva y el pianista rosarino Mito García, un disco que no dejo de escuchar desde entonces, por lo menos en su versión de "Niebla del Riachuelo":


Como le comenté a Rafael que aprovecho los sábados a la noche de cuarentena, mientras hago el fuego para el asado, para escuchar con atención esos tangos, uno de sus últimos mensajes llegó un viernes de hace dos semanas y decía: “El sábado, mientras se va haciendo el asado, buscá en YouTube 'Noches de bohemia: mi vieja Viola', cantada por Ricardo Gorga, que murió hace un par de años, en vivo en una reunión de amigos. Cantó en ignotas orquestas de Mar del Plata, nunca quiso ir a Buenos Aires y no grabó pero cuando lo escuché cantar ese tango tan emblemático que tenían en su repertorio Rivero, el Polaco, Ángel Vargas y otros, me pareció una versión fantástica, digna compartir. Hay que cantar sentado, amigo. Que tengas un buen finde.”


En la playlist de pianos del tango que armé en Spotify, la descripción reza: "Tangos en piano por Carlos García, Lucio Demare, Osvaldo Tarantino, Emilio de la Peña, Gerardo Gandini y otras sugerencias de Rafael Ielpi.” 
Gracias, maestro.

lunes, 10 de agosto de 2020

para recuperar una generación perdida

 Naomi Klein | traducido* de The Intercept

Imaginemos que vivimos en una zona rural de Arkansas y nos sacude una tragedia. Un miembro de la familia se enfermó con esa enfermedad respiratoria contagiosa que ya mató a montones, pero no hay suficiente espacio en la pequeña casa para ponerlo en cuarentena en una habitación propia. El caso de nuestro pariente no parece poner en peligro su vida, pero lo aterroriza que su tos persistente propague la enfermedad a otros familiares más vulnerables. Llamamos a la autoridad de salud pública local para ver si hay espacio en los hospitales locales, y nos explican que están demasiado limitados con los casos de emergencia. Hay establecimientos privados, pero no podemos pagarlos.


No se preocupe, nos dicen: un equipo llegará en breve para instalar una casa pequeña, portátil, resistente y bien ventilada en su jardín. Una vez instalada, su pariente podrá convalecer cómodamente. Puede llevarle comida casera a su puerta y comunicarse a través de las ventanas abiertas, y una enfermera capacitada estará disponible para exámenes regulares. Y no, no habrá ningún cargo por la casa.

Este no es un informe de algún Estados Unidos futuro y organizado, uno con un gobierno capaz de cuidar a su gente en medio de una carnicería económica espiralada y una emergencia de salud pública. Es un comunicado del pasado de este país, una época, hace ocho décadas, cuando nos encontrábamos en las garras de una crisis económica aún más profunda (la Gran Depresión) y, también, en las de una enfermedad respiratoria contagiosa que se esparcía (la tuberculosis), similar a estos días.

Sin embargo, contrasta cómo el gobierno estatal y federal de Estados Unidos enfrentó esos desafíos en la década de 1930 y cómo falla tan brutalmente al enfrentarlos ahora, no podría ser más marcado. Esas pequeñas casas son solo un ejemplo, pero reveladoras por la gran cantidad de problemas que esas humildes estructuras intentaron resolver a la vez.

Conocidas como "cabañas de aislamiento", las casitas de madera se distribuyeron a familias pobres en varios estados. Lo suficientemente pequeñas como para caber en la parte trasera de un remolque, tenían espacio para una cama, una silla, un tocador y una estufa, y estaban equipadas con grandes ventanas con mosquiteros y contraventanas para maximizar el flujo de aire fresco y luz solar –consideradas esenciales para la recuperación de la tuberculosis.

Como estructuras físicas, las cabañas TB (por "tuberculosis") fueron una elegante respuesta para los desafíos a la salud pública que planteaban los hogares abarrotados por un lado y los costosos sanatorios privados por el otro. Si no se podía albergar pacientes en una cuarentena segura en la casa, entonces el estado, con la ayuda de Washington, simplemente llevaba una adición a esas casas durante la duración de la enfermedad.

Conviene que esto se asimile, dada la prédica de indefensión que invade hoy los EEUU. Durante meses, la Casa Blanca no pudo hacerse una idea de cómo implementar pruebas gratuitas de covid-19 a la escala requerida, y mucho menos rastreo de contactos, sin importar el apoyo para la cuarentena de familias pobres. Sin embargo, en la década de 1930, durante una época económica mucho más desesperada para el país, las agencias estatales y federales cooperaron para entregar no solo pruebas gratuitas sino también viviendas gratuitas.

Y ese es solo el comienzo de lo que hace que valga la pena detenerse en las cabañas TB. Las cabañas en sí fueron construidas por hombres muy jóvenes entre la adolescencia y los 20 años que estaban sin trabajo y se habían inscrito en la Administración Nacional de la Juventud (NYA por sus siglas en inglés). "La Junta de Salud del Estado proporciona los materiales para estas cabañas y NYA proporciona la mano de obra", explicaron Betty y Ernest Lindley, autores de una historia del programa en 1938. “El costo promedio total de una cabaña es de $ 146.28”, alrededor de $ 2700 en dólares de hoy.

Las cabañas TB fueron solo uno de los miles y miles de proyectos asumidos por los 4.5 millones de jóvenes que se unieron a la NYA: un vasto programa iniciado en 1935 que conectó a jóvenes con necesidades económicas, que no podían encontrar trabajo en el sector privado, con trabajo pensado para el ámbito público que necesitaba hacerse. Desarrollaron habilidad comercial, mientras ganaban dinero que les permitió a muchos quedarse o regresar a la escuela secundaria o la universidad. Otros proyectos de la NYA incluyeron la construcción de algunos de los parques urbanos más emblemáticos del país, la reparación de miles de escuelas en ruinas y su equipamiento con áreas de juego; abastecieron las aulas con escritorios, mesas de laboratorio y mapas que los jóvenes trabajadores habían hecho y pintado ellos mismos. Los trabajadores de NYA construyeron enormes piscinas al aire libre y lagos artificiales, se capacitaron para ser ayudantes de enseñanza y enfermería, e incluso construyeron centros juveniles completos y escuelas pequeñas desde cero, a menudo mientras vivían juntos en "centros para residentes".

La NYA sirvió como una especie de complemento urbano del programa juvenil más conocido de FDR (Franklin Delano Roosvelt), el Civilian Conservation Corps (CCC), lanzado dos años antes. Los CCC emplearon a unos 3 millones de hombres jóvenes de familias pobres para trabajar en bosques y granjas: plantaron más de 2 mil millones de árboles, apuntalaron ríos contra la erosión y construyeron la infraestructura para cientos de parques estatales. Vivían juntos en una red de campamentos, enviaban dinero a sus familias y aumentaban de peso en un momento en que la desnutrición era una epidemia. Tanto la NYA como la CCC tenían un doble propósito: ayudar directamente a los jóvenes involucrados, que se encontraban en una situación desesperada, y satisfacer las necesidades más urgentes del país, ya sea por tierras reforestadas o por mayor ayuda en hospitales.

Como todos los programas del New Deal, la NYA y la CCC se vieron manchadas por la segregación racial y la discriminación. Y los roles de género fueron, digamos, que las niñas descubrieron que podían coser, hacer latas y curar; y los chicos descubrieron que podían plantar, construir y soldar. Las niñas negras en particular fueron incorporadas al trabajo doméstico.

Sin embargo, la escala de estos dos programas, que en conjunto alteraron las vidas de más de 7 millones de jóvenes en el transcurso de una década, avergüenza a los gobiernos contemporáneos. Hoy, millones y millones de jóvenes están comenzando su edad adulta mientras el suelo colapsa bajo sus pies. Los trabajos de servicios de los que dependían tantos adultos jóvenes para alquilar y pagar la deuda de sus estudios han desaparecido. Muchas de las industrias en las que esperaban entrar están despidiendo, no contratan. Se cancelaron pasantías y aprendizajes a través de correos electrónicos masivos y se revocaron las ofertas de trabajo prometidas.

Estas pérdidas económicas, combinadas con la decisión de muchos colegios y universidades de cerrar residencias y mudarse a internet, han separado abruptamente a innumerables adultos jóvenes de sus sistemas de apoyo, empujaron a montones a la falta de vivienda y a otros a sus dormitorios de la infancia. Muchos de los hogares en los que se encuentran los jóvenes ahora se encuentran bajo una tensión económica severa y no son seguros ni acogedores, y los jóvenes LGBTQ corren un mayor riesgo.

Todo esto se acumula con el dolor del propio que trae el virus, que extendió el duelo y la pérdida a millones de familias. Y eso ahora se está mezclando con el trauma de la tremenda violencia policial dirigida a multitudes de manifestantes, en su mayoría jóvenes del Black Lives Matter, combinando los eventos criminales que precipitaron las protestas en un principio. En el fondo, como siempre, está la sombra del colapso climático, sin mencionar el hecho de que cuando los miembros de esta generación escucharon por primera vez términos como "encierro" ("lockdown") y "refugiarse en el lugar" ("shelter in place") relacionados con la pandemia, muchas de sus mentes inmediatamente viraron hacia los aterradores simulacros de tiradores que practicaron en las escuelas de EEUU desde pequeños.

No es de extrañar, entonces, que la depresión, la ansiedad y la adicción estén devastando la vida de los jóvenes.

Según una encuesta realizada por el Centro Nacional de Estadísticas de Salud y la Oficina del Censo el mes pasado, el 53 por ciento de las personas de 18 a 29 años informaron síntomas de ansiedad y/o depresión. Cincuenta y tres por ciento. Eso es más de 13 puntos porcentuales más alto que el resto de la población, lo que en sí mismo estaba fuera de los gráficos en comparación con esta época el año pasado.

Y eso todavía puede ser un recuento dramático. Mental Health America, parte del Consejo Nacional de Salud, publicó un informe en junio basado en base a encuestas hechas a casi 5 millones de estadounidenses. Descubrió que "las poblaciones más jóvenes, incluidos los adolescentes y los adultos jóvenes (de menos de 25), se ven particularmente afectadas" por la pandemia, y el 90 por ciento "experimenta síntomas de depresión".

Parte de ese sufrimiento encuentra su expresión en otra crisis invisible de la era Covid: un aumento dramático en las sobredosis de drogas; algunas partes del país reportaron ya aumentos del 50 por ciento con respecto al año pasado. Todo esto debería ser un recordatorio de que cuando hablamos de estar en medio de un cataclismo a la par con la Gran Depresión, no solo el PIB y las tasas de empleo están deprimidos. También hay un gran número de personas deprimidas, especialmente los jóvenes.

Por supuesto que esta es una crisis global. El secretario general de la ONU, António Guterres, advirtió recientemente que el mundo enfrenta "una catástrofe generacional que podría desperdiciar un potencial humano incalculable, socavar décadas de progreso y exacerbar las desigualdades arraigadas". En un mensaje de video dijo: “Estamos en un momento decisivo para los niños y los jóvenes del mundo. Las decisiones que los gobiernos y los socios tomen ahora tendrán un impacto duradero en cientos de millones de jóvenes y en las perspectivas de desarrollo de los países en las próximas décadas”.

Al igual que en la década de 1930, a esta generación ya se la refiere como una "generación perdida", pero en comparación con la Gran Depresión, casi no se está haciendo nada para ir a su encuentro, ciertamente no a nivel gubernamental en los EEUU. No hay programas ambiciosos y creativos diseñados para ofrecer ingresos estables más allá de los programas laborales de verano ampliados, y no se diseñó nada para equiparlos con las habilidades necesarias para la era del Covid y el cambio climático. Todo lo que Washington ha ofrecido es un descanso temporal en los pagos de préstamos estudiantiles, que expirará este otoño.

Se debate sobre los jóvenes, por supuesto. Pero casi exclusivamente para avergonzarlos por salir de fiesta de Covid. O para discutir (normalmente en su ausencia) la cuestión de si se les permitirá o no tomar clases presenciales en las aulas, o si tendrán que quedarse en casa pegados a las pantallas. Sin embargo, lo que nos enseña la era de la Depresión es que estos no son los únicos futuros posibles que deberíamos considerar para las personas entre la adolescencia y los 20 años, especialmente cuando nos enfrentamos a la realidad de que el covid-19 va a remodelar nuestro mundo durante un largo tiempo. Los jóvenes pueden hacer más que ir a la escuela o quedarse en casa; también pueden contribuir enormemente a la curación de sus comunidades.

Esta semana indagué en lo que se necesitaría para lanzar programas de empleo juvenil a la escala de NYA y CCC: programas que, al igual que sus predecesores, abordaban amplias necesidades sociales al tiempo que brindaban a los jóvenes dinero, capacitación en habilidades y oportunidades, trabajar y posiblemente vivir en compañía. Dicho de otra manera: ¿Cuáles son los equivalentes modernos de la cabaña de aislamiento para tuberculosis construida en NYA y entregada a domicilio?

Al profundizar en la historia de los programas para jóvenes del New Deal, me sorprendió la cantidad de proyectos que se aplican directamente a las necesidades más urgentes de la actualidad. Por ejemplo, la NYA hizo contribuciones enormes e históricas a la infraestructura educativa del país, con un énfasis particular en los distritos escolares de bajos ingresos, al tiempo que capacitó a muchas mujeres jóvenes como asistentes de enseñanza. También proporcionó importantes refuerzos para un sistema de salud pública en crisis, capacitando a batallones de jóvenes para que sirvieran como auxiliares de enfermería en hospitales públicos.

Es fácil imaginar cómo programas similares en la actualidad podrían abordar simultáneamente la crisis del desempleo juvenil y desempeñar un papel importante en la lucha contra el virus. Solo un ejemplo: seguro que podríamos usar algunos de esos auxiliares de enfermería si hay un nuevo brote del virus este invierno. Una investigación del New York Times el mes pasado citó a varios médicos y enfermeras que están convencidos de que un número significativo de las muertes por covid-19 que tuvieron lugar en los hospitales públicos de Nueva York podrían haberse evitado si hubieran contado con el personal adecuado. En las salas de emergencia, donde la proporción de pacientes por enfermera no debería haber sido superior a 4 a 1, un hospital público estaba tratando de arreglárselas con 23 a 1; otros no lo estaban haciendo mucho mejor. Han surgido historias de pesadilla de pacientes desorientados que se bajaban de las máquinas de oxígeno y otros equipos vitales, trataban de levantarse sin nadie que los detuviera, morían solos. Más enfermeras habrían hecho una diferencia.

Luego están las escuelas públicas, igualmente escasas de personal después de décadas de recortes, que intentarán imponer el distanciamiento social este año. Si no tuviéramos tanta prisa por volver a una versión sombría y disminuida de lo "normal", habría tiempo para un programa al estilo de la NYA para capacitar a miles de adultos jóvenes para ayudar a reducir el tamaño de las clases y supervisar a los niños en la educación al aire libre.

Y como sabemos que el lugar más seguro para reunirse sigue siendo al aire libre, algunos estudiantes en edad universitaria podrían retomar el trabajo iniciado por la NYA y expandir la infraestructura nacional de senderos, áreas de picnic, piscinas al aire libre, campamentos, parques urbanos y senderos silvestres. Miles más podrían inscribirse en un recuperado CCC para restaurar bosques y humedales, ayudando a extraer de la atmósfera el carbono que calienta el planeta.

Crear este tipo de programas sería complejo y costoso. Pero los beneficios individuales y colectivos serían inconmensurables. Y como fue el caso durante la Gran Depresión, muchos jóvenes tendrían la oportunidad de hacer algo que desesperadamente quieren y necesitan hacer ahora mismo: salir de sus hogares de la infancia y vivir con sus compañeros.

En Intercepted, hablé sobre esta perspectiva con Neil Maher, profesor de historia en la Universidad de Rutgers-Newark y autor de una historia definitiva del Civilian Conservation Corps, "Nature’s New Deal". Me dijo que en su investigación sobre el CCC se encontró con muchos participantes que describían su tiempo en el programa como una especie de campamento para dormir o incluso una universidad al aire libre: una oportunidad única de vivir colectivamente, lejos de sus familias y de la ciudad, y convertirse en adultos. Pero a diferencia de muchos campus universitarios reales que no pueden reabrir de forma segura, dados los desplazamientos diarios de profesores, personal y muchos estudiantes, los campamentos modernos inspirados en los CCC podrían diseñarse como "burbujas" de Covid.

El programa tendría que hacer pruebas a los participantes en el camino, poner en cuarentena a cualquiera que diera positivo durante dos semanas, y luego todos se quedarían en el campamento hasta que el trabajo estuviera terminado (o al menos su parte). Podría ser esa rara triple victoria: curar parte del daño causado a nuestro planeta devastado, ofrecer un salvavidas económico y social a las personas necesitadas y diseñar lo que podría ser uno de los lugares de trabajo más seguros para el Covid.

En el pánico por esta “generación perdida”, se ha hablado mucho de que no hay trabajo para los jóvenes. Pero eso es mentira. No hay fin para el trabajo significativo que se necesita desesperadamente en nuestras escuelas, hospitales y en la tierra. Solo necesitamos crear esos trabajos.

* Se respetaron todos los hipervínculos del original en inglés.

Tomado de las recomendaciones del esperado newsletter dominical de Revista Crisis.