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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).
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jueves, 16 de julio de 2026

desfiles

 

La foto me llegó a través del grupo de WhatsApp de la ex ENET Nº1 de San Nicolás, promoción 1982 el 9 de Julio pasado: el recuerdo de un desfile para esa fecha del año 1980.

Se ve a las alumnas de la escuela, con su estricto uniforme de entonces, marcando el paso en un desfile militar como el que practicábamos cada año en clases de Gimansia desde que ingresamos a la escuela. Desfilan por avenida Alberdi, entre Chacabuco y San Martín. Se ve todavía el cartel de "Retacería Alberdi", que extinguiría el menemato para dar lugar a una remisería que subsistió hasta hece unos años.

Sobre la derecha, un varón conduce la marcha: la fila de mujeres más próxima con "vista al frente" y, las restantes, vista derecha. 

Toda la vida civil estuvo envuelta en esos años de esa investidura militar hasta 1982, cuando las Fuerzas Armadas secuestraron conscriptos para llevárselos a las islas Malvinas a librar una guerra que un ejército formado en la represión civil sólo podían perder.

En 2007, cuando fui a cubrir el desfile de otro 9 de Julio frente al Monumento a la Bandera, en Rosario, en el que se conmemoraban 25 años del inicio de la Guerra de Malvinas, conocí a un excombatiente que me mostró una medalla –no recuerdo el nombre específico– y me dijo: "Debo ser de los pocos que poseen este trofeo, porque cuando nos entregaron estas medallas habíamos vuelto de las Islas y tuvimos que desfilar frente a los mandos, ya derrotados y agotados, y todos los soldados que desfilaron arrojaron las medallas a los pies de los militares, en señal de desprecio a su cobardía y su mal desempeño". Fue ese mismo veterano el que me señaló uno de los carromatos de cocina que estaba apostado en una de las esquinas de avenida Belgrano, en el que servían mate cocido para la concurrencia y me hizo notar que la cocina de campaña estaba alimentada a leña. "Ésas cocinas enviaron a las islas" (unos carros con una chimenea que se acoplan a un vehículo y, en Rosario al menos, circulan a cargo de veteranos y suelen dar de comer a los pobres que están a la intemperie). Las cocinas o ranchos de campaña resultaron absolutamente inútiles en una isla que no tiene árboles ni leña disponible con facilidad.    

Tras hacernos marchar a paso militar durante seis años en la escuela secundaria, unas Fuerzas Armadas que sólo habían probado su valor secuestrano trabajadores, saqueando propiedades de argentinos y torturando mujeres embarazadas, enviaban a sus soldados a una guerra y les ofrecían como todo plan para alimentarse unas cocinas que sólo podían funcionar si podía encenderse la turba que cubre el suelo malvinense.

Y así crecimos, en la simulación de un orden irreal que se desplomó cuando el valor de una generación perdida se sobrepuso a toda esa ridiculez y sacó y exhibió un valor y una entereza que está en nuestra historia antes que en la parafernalia de los desfiles del 9 de Julio. 


jueves, 19 de marzo de 2026

los riesgos políticos de la traducción

En otro siglo, el 20 de marzo de 2020, comenzaba en Argentina el Aislamiento Social Preventivo Obligatorio debido a la pandemia mundial de COVID-19, además de todas las novedades que llegaron con eso, comenzó a circular un término que no era nuevo pero adquiría una relevancia destacable: las “comorbilidades”, por las “morbilidades” preexistentes, es decir, el riesgo que corrían quienes tuviesen ciertas enfermedades o condiciones de salud si se contagiaban con el nuevo virus. Según el diccionario etimológico, la morbilidad se usa en salud desde el siglo XVII para referirse a “la naturaleza de una enfermedad”. De hecho el término latino morbus significa enfermedad y se estima que comparte su raíz genealógica con mori, que significa “morir”. Enfermedades preexistentes como el epoc o la diabetes eran morbilidades que aumentaban el peligro de muerte en caso de infección con el flamante coronavirus. 

Bien, retengamos el término: morbilidad, mórbido, morboso, palabras que nos señalan una enfermedad, un malestar, ningún otro misterio que la degeneración del funcionamiento de un órgano, por ejemplo en la diabetes, que genera malestar y deterioro.

Mural de Antonio Gramsci en un barrio popular de Florencia, Italia,realizado por Jorit. Imagen tomada de Jacobin.

Traduttore

En abril de 1937, en una clínica de Roma y tras haber sido liberado de la prisión donde había pasado sus últimos once años de vida, moría Antonio Gramsci de una hemorragia cerebral provocada, entre otras cosas, por el deterioro de sus condiciones de vida en la cárcel. Para la misma fecha, pero en 1945, en Milán, la historia nos legaría la maravillosa imagen de Benito Musolini y sus colaboradores más cercanos colgados de los pies en la plaza principal. Y, ya terminada la guerra, en 1948, la reconocida editorial italiana Einaudi publicaba por primera vez Los cuadernos de la cárcel, una recopilación de las anotaciones de Gramsci durante el cautivero al que lo envió el fascismo en 1926, luego de que fundara el Partido Comunista Italiano en 1921.

Si bien leímos apenas a Gramsci —o más bien leímos a sus lectores más destacados: de Stuart Hall a Ernesto Laclau—, la vulgata enseña que en el origen de sus anotaciones carcelarias el pensador comunista se preguntaba por qué en la Rusia atrasada y campesina del año 1917 había triunfado la revolución bolchevique (que Gramsci había visto de cerca) y menos de un lustro más tarde, en su Italia, asistían al ascenso de Musolini. Ésa primera inquietud (pensar el modo particular en el que se desarrollan las condiciones revolucionarias en un país) define su visión y su estrategia política en el horizonte comunista. Por eso en Buenos Aires, a fines de la década de 1950, llama la atención de dos pensadores afiliados al Partido Comunista que entonces tenía al frente a Héctor P. Agosti. Así, unos jóvenes José Aricó y Juan Carlos Pontantiero, contemporáneos de la entonces en alza revolución Cubana, fueron los primeros lectores y traductores de Gramsci al español para la muy zurda editorial Lautaro, que no publicó los Cuadernos, sino fragmentos a los que sumaron cartas y otros documentos de lo que aún se estaba formando como “corpus” de la obra de Gramsci.

En esa traducción sí aparecía la célebre frase que describía el momento político que atravesaba Italia, en la que el comunismo había sido derrotado para dar lugar a un fascismo en el marco de una Europa que transitaba el período entre el fin de la Gran Guerra, el triunfo del nazismo, la derrota de la República española y el despegue de la Unión Soviética tras años de sequías y guerra civil. Había escrito Gramsci: ““In questo interregno si verificano i fenomeni morbosi più svariati”. Que Aricó y Portantiero traducirán: “En este interregno, se produce una gran variedad de fenómenos morbosos”.

Una década más tarde, en 1971, en Gran Bretaña, Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith realizan la traducción canónica al inglés del mismo párrafo que reza: “In this interregnum a great variety of morbid symptoms appear” (nótese que la única diferencia es que Hoare y Nowell Smith traducen “síntomas” en lugar del original “fenomeni”, lo que mantiene su fidelidad, ya que el término en italiano es aceptable en su sentido literal y también en el sentido de “manifestación” (“fenomeni fisici”: “manifestaciones físicas”), lo que equivale a “síntoma” en inglés.

Traditore

El 14 de febrero pasado el diario inglés The Guardian publicó un artículo de Philip Oltermann, su editor de Cultura, en el que el autor traza una genealogía de la traducción de ese fragmento de Gramsci, al menos en el mundo de habla inglesa. “‘The time of monsters’: everyone is quoting Gramsci – but what did he actually say?”, llevaba por título la nota (“‘La era de los monstruos’: todos citan a Gramsci, ¿pero qué es lo que dijo realmente?”   

Gramsci había escrito: “La crisi consiste appunto nel fatto che il vecchio muore e il nuovo non può nascere: in questo interregno si verificano i fenomeni morbosi più svariati.” Literalmente: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se producen los fenómenos morbosos más variados.” Esa crisis que Gramsci está describiendo mientras sucede —nacimiento del fascismo en la Italia de los años 20— tiene como horizonte el advenimiento del comunismo. Para esa descripción de “lo viejo” (el viejo mundo ligado al capitalismo endeble, corporativo y financiarizado de esa época –se está a las puertas del crack financiero de Wall Street en 1929–) Gramsci observa los modos en que las clases dominantes consiguen reacomodarse para que, como dijo otro fabuloso escritor siciliano, “todo cambie para que todo siga igual”. En la descripción de esa escena Gramsci va a definir dos términos que hoy siguen en boca de ideólogos de izquierda y derecha: hegemonía y batalla cultural.

Pero la pregunta es: ¿es lo mismo traducir “fenomeni morbosi” como “síntomas morbosos” que “monstruos”? ¿Qué leemos en cada caso? 

En su nota en The Guardian Oltermann señala una nota del esloveno Slavok Žižek de 2010 en The New Left Review como el momento inaugural de la distorsión de ese párrafo de Gramsci traducido al inglés: “The old world is dying, and the new world struggles to be born: now is the time of monsters” (“El viejo mundo se muere y el nuevo pelea su nacimiento: ahora es la época de los monstruos”), que es una poetización de la cita original e, incluso, una versión que responde a una tradición de la lectura del “monstruo” en lengua inglesa, la lengua que creó las dos abominaciones del mundo burgués —según lo sintetizara Franco Moretti en “Dialectic of Fear”—: Frankenstein y Drácula. El mismo Žižek lo admite en una nota de noviembre de 2025 en The New Stateman, se asume como el principal difusor de esa cita y defiende su versión (“la era de los monstruos”) como “más concisa” (pithier), ya que observa que todo el espectro intelectual de la política admite que se vive el “interregno” de Gramsci.

Oltermann, en cambio, arguye: “‘La era de los monstruos’ resume a la perfección la repulsión y la incredulidad que muchos sienten ante las noticias de 2026, ya sea las provenientes de la Casa Blanca, de los archivos de Epstein o de los campos de batalla de Ucrania. Evoca tanto el famoso grabado de Goya, ‘El sueño de la razón produce monstruos’, como la cultura pop contemporánea”. Y consulta a Peter Thomas, historiador del pensamiento político y experto en Gramsci de la Universidad Brunel de Londres, quien apunta: “Tiene un aire apocalíptico, como cuando aparece el Demogorgon al final de Stranger Things”.

En otras palabras, los “fenómenos morbosos”, o los “síntomas mórbidos”, se han convertido en seres fantásticos, inabordables, interminables, inescrutables, cuya única representación genera por sí misma un género, el fantástico.

Fenómenos

Cuando Moretti analiza Frankenstein y Drácula, escribe: “el monstruo expresa la ansiedad de que el futuro sea monstruoso”, pero también: “El monstruo, lo completamente desconocido, sirve para reconstruir una universalidad, una cohesión social que en sí misma ya no ofrecería convicción alguna.” En ese texto (“Dialéctica del miedo”), publicado en 1983, Moretti –entonces académico en Nueva York– se dedicó a escrutar en términos marxistas lo que la irrupción de estos seres significaban para el imaginario burgués, un posible epígrafe podría parodiar el de Goya: “Los sueños del capitalismo producen monstruos”. 

En 2010, cuando Žižek lanza su “era de los monstruos” en la New Left Review e introduce una nueva traducción del párrafo de Gramsci –cuyo preciso original no ignora–, nos ofrece una visión que coincide con la histórica del pensador político italiano, contemporáneo de Mussolini y el ascendente Hitler, pero le roba su actualidad, su presente de enunciación. El mismo Peter Thomas lo señala en la nota de Oltermann: “Los monstruos son algo excepcional, un milagro invertido que surge de la nada sin una explicación real. Es una metáfora que cierra la posibilidad de intentar comprender lo que está sucediendo. Nos indignamos o nos escandalizamos ante la monstruosidad de estas figuras trumpianas, en lugar de intentar averiguar qué la originó”. En el artículo, el autor vuelve al presente de la enunciación de Gramsci en los Cuadernos de la cárcel: “Antes de su encarcelamiento –anota–, Gramsci pasó dos años formativos en la Rusia revolucionaria, donde se dice que presenció la prueba de que un nuevo mundo, a pesar de sus dificultades, podría renacer. “Para él era casi inconcebible que, independientemente de los reveses temporales que tuviera que sufrir –cita a Thomas–, no llegaríamos finalmente a la victoria. Probablemente nos resulte hoy un poco más difícil pensar así”.

Ese “Time of monsters”, que tuvo una traducción literal, al menos en occidente (en inglés, francés, italiano, alemán y español, como repasa Oltermann) ofrece a los fenómenos de la ultraderecha que se ciernen sobre las “democracias” de esta parte del mundo una categoría ominosa. Creemos que conseguimos todas las ristras de ajo, los crucifijos y las estacas de madera para derribar a Milei, pero vuelve a resurgir y volvemos agotados mientras el monstruo se da un festín con sus perros, su hermana y sus íncubos en redes sociales.

Pero lo que soslaya esta visión son, justamente, los fenómenos morbosos. Y acá volvemos a la acepción del término que nos trajo la pandemia: síntomas morbidos: no se trata tanto del monstruo que se ha creado, sino de la enfermedad, de las morbilidades que arrastra nuestra democracia, con la que no se pudo, no se supo o no se quiso comer, educar y sanar, según la promesa de diciembre de 1983.

El partido (si es que tal cosa existe todavía en el sistema representativo de la política actual) más numeroso de la oposición observa a Milei como a un monstruo. Su representación, en la cadena oficial, se gana toda la pantalla. El monstruo se muestra y su mostrarse ocupa toda la escena. 

Las morbilidades que llevaba en sí ese partido hoy opositor ya no cuentan, como si el enfrentamiento con el monstruo lo redimiera de su no poder, no saber o no querer vencerlo. Pero los órganos carcomidos de ese partido por el ejercicio del poder, por los dulces de los focus groups, las encuestas y la rosca eleccionaria, parece no producir ya la suficiente insulina para absorber el azúcar residual que produjo hablar en serie –para usar una figura de Alejandro Horowicz– pero no en serio.

lunes, 9 de marzo de 2026

el fin del realismo

“Tú también necesitas categorizar todo lo nuevo que perturba tu horizonte bajo el nombre de tus dioses, y nunca sabes si son dioses reales o espíritus malignos, y pronto te conviertes en prisionero de ellos. Las leyes de las fuerzas materiales te parecen claras, pero sigues esperando que el diseño del destino del mundo se revele tras ellas. Sí, es cierto. A principios del siglo XVI, el destino del mundo quizá no estuviera predeterminado. Su civilización del movimiento perpetuo aún no sabía adónde iba —como tampoco lo sabe hoy— y nosotros, las civilizaciones de la permanencia y el equilibrio, aún podíamos integrarlo en nuestra armonía.” 
Moctezuma en el diálogo imaginario que pergeñó Italo Calvino para el programa radial “Interviste impossibili” transmitido por la Rai en septiembre de 1974. La versión completa (traducción automática) puede leerse en Le Grand Continent, “Calvino et Moctezuma: dialogue de fin des temps”.

La serie Fallout, que el 3 de febrero pasado emitió el último episodio de su segunda temporada (no nos molestamos en decir en qué plataforma porque la descargamos vía torrents) y tiene confirmada una tercera entrega, no sólo perfecciona un modo de narración que ya habíamos observado en series no tan atrapantes como Once Upon a Time o Preacher, es decir el modo narrativo de la fábula, el cuento maravilloso, en el que la construcción de personajes (como en Breaking Bad o incluso Lost, las que podríamos llamar herederas de las muy disímiles Twin Peaks, Los expedientes secretos X o Six Feet Under) es tan o más importante que la peripecia, la trama y la diégesis: el mundo “maravilloso” en el que se desenvuelven.

Si las series más prestigiosas de mediados de los 25 años que lleva el nuevo siglo se habían fundado en el paradigma realista (por lo menos en el modo en que Josefina Ludmer entendía el realismo: el artificio por el que se organiza lo real en una narrativa —hay otras visiones, de Adolfo Prieto a Beatriz Sarlo, con sus matices), no sólo para plantear situaciones sociales y políticas —recordemos que una serie de ciencia ficción como la reversión de Battlestar Galactica (2004-2009), según su creador Ronald D. Moore, estaba inspirada y criticaba la Guerra contra el Terror iniciada por EEUU tras los atentados de septiembre de 2001—, sino para construir su propia verosimilitud, cosa que sucedía hasta en series basadas en videojuegos como The Last of Us –show que sigue en curso. 

Videojuegos

Fallout también se basa en un videojuego nacido en 1997, cuyo último lanzamiento (Fallout 76) es de 2018. Y, si bien la serie creada por Graham Wagner y Geneva Robertson-Dworet (producida por Jonathan Nolan y Lisa Joy), altera y especula sobre el argumento original y las fechas del videojuego, respeta en casi todo el universo y los argumentos creados para el juego, la decisión narrativa ya no es el “realismo”, la administración de lo posible y el desentrañamiento de sus mecanismos, sino la del mundo mágico en la que habitan sus personajes. 

Es cierto, se trata de una serie postapocalíptica retro, un futuro devastado pero alternativo en el que la civilización no descubrió la miniaturización, aunque emprendió la robótica y la carrera atómica. O sea: no se trata de una magia sobrenatural como la del mundo maravilloso de las hadas. Pero, como en The Walking Dead, se convive con monstruos que antes pertenecían a las profecías del monoteísmo: la resurrección de los muertos, la vida eterna, sólo que esa eternidad está hecha de cuerpos podridos con el cerebro frito, incapaces de hablar, organizarse o razonar.

Tribus

En la serie como en el juego Fallout conviven tribus y organizaciones políticas de toda laya dispersas por el territorio de los que una vez fue EEUU antes del fin del mundo en 2077. Para empezar: ese fin de mundo se produce en un estadio de capitalismo gobernado por corporaciones y tecnología en guerra con China que, en el mundo del juego y la serie, es una potencia no sólo comunista, sino expansionista. Pero el capitalismo corporativo que crea de algún modo las condiciones de ese fin de mundo es uno que encontró, en la fabricación de refugios antinucleares y la agitación del miedo a la hecatombe, un nuevo “producto”, una nueva mercancía: el fin del mundo, que no tardará en desatarse. Volvamos a la fragmentación de los grupos humanos: está la NCR (República de Nueva California por sus siglas en inglés), que es una organización que intenta recuperar los valores democráticos y civilizatorios anteriores al apocalipsis. Están Los Kings, que la serie nos los muestras convertidos en zombies, un grupo asentado en el desierto de Mojave, alrededor de Las Vegas al estilo de las bandas delictivas obsesionados con la estética de Elvis Presley en los 50 (toda la atmósfera respira ese universo previo al transistor). Está la Hermandad del Acero, una organización religiosa y militar que acapara tecnología. Está la Legión de Caesar, una tribu que confunde lo imperial con el totalitarismo y en la serie se llama Legión del Kaiser pero se copian los diseños romanos, tienen esclavos y someten a otras tribus del desierto. En otras palabras, hay mucho de “estética” en la conformación de estas tribus dispersas, algunas nómades, otras asentadas en un lugar o en una porción de antiguas ciudades rebautizadas 200 años después de la hecatombe nuclear, como New Vegas. Está el Enclave, que la serie nos va revelando de a poco y parece ser la organización que gobernó el apocalipsis y planeó la supervivencia de la tecnología. En otras palabras, hay mucho de la “estética” que conocemos hoy en grupos de la política que son identitarios en tanto buscan una identidad en ideas míticas de la historia: creer que el imperio romano es de algún modo lo que cuenta la saga Star Wars (George Lucas ya contó que se inspiró en la guerra de Vietnam), o que hubo un pasado esplendoroso en que Argentina fue una potencia y así.


Imagen promocional de la segunda temporada de Fallout.

En fin. Se puede suponer que Fallout es otra fantasía apocalíptica ambientada en una tierra baldía salvaje, tal como se pensó el western, el género realista que dio origen al cine. O puede pensarse que Fallout es una puesta en escena del mapa político actual, en el que convive el western —el género que llevó la ley de la “ciudad letrada” al “desierto”— con la fragmentación tribal de la actualidad: un vasto páramo de cultos cuyos fieles se postran ante dioses indistinguibles, vivos como están vivos los zombies, antiguos como la muerte pero ataviados con los harapos de las galas de años recientes.


Predicciones

En el capítulo “Lisboa, mayo 2023”, Giuliano da Empoli describe un encuentro en la capital portuguesa al que asiste un dinosaurio centenario, Henry Kissinger, a una conferencia sobre inteligencia artificial que ofrecen Sam Altman (CEO de OpenAI –ChatGPT–) y Demis Hassabis (Google DeepMind), entre otros, la conferencia Bilderberg. El libro es La hora de los depredadores. Escribe Da Empoli: “Como el Dios de Kierkegaard, la IA no puede ser pensada en términos puramente racionales. El único medio de entrar en relación con ella es hacer un acto de fe. Su gran promesa es predecir, aunque no se comprenda. Los tecnólogos no ven dónde está el problema. Porque no les interesa ni la historia ni la filosofía, no se dan cuenta de que su proposición equivale a una vuelta a una época anterior al Siglo de las Luces, a un mundo mágico, incomprensible, regido por la IA a la que rezaremos como a los dioses de la Antigüedad.”

Ese “su gran promesa es predecir” es en realidad la maldición. En Fallout la predicción no es otra cosa que el pasado. El pasado, que no deja de ocurrir, que vuelve una y otra vez, no es algo que convierte al presente en una eternidad, sino algo que no deja que el presente esté presente. Lo único que busca el Ghoul (el personaje de Walton Goggins) en su deriva por el “desierto de lo real” es ese pasado que lo reúna con su esposa y su hija, frizadas en algún dispositivo de las muchas corporaciones que se disputaban la supervivencia hace más de 200 años en ese pasado alternativo. Todo el pasado es una no-historia: las corporaciones e, incluso, el gobierno de EEUU –responsable en la ficción de cumplir con la mercantilización del fin del mundo– confabularon para predecir la supervivencia de su clase. Es decir: la reproducción de ese pasado en el momento en que se interrumpió, se congeló como están congelados los cuerpos de los ejecutivos en uno de los refugios de Vault-Tec. “Look out at this wasteland –predice el Ghoul–, it looks like chaos. But there’s always somebody behind the wheel” (“Mirá este yermo, parece que es puro caos. Pero siempre hay alguien manejando los hilos”). La predicción de que no hay presente, sino un plan pergeñado y decisivo que nos devuelve a un tiempo en el que tampoco hay futuro. 

Dioses

Los dioses de la Antigüedad que cita Da Empoli no son otra cosa que la degeneración del Ghoul: su piel arrasada por la radiación y sin embargo vivo por la misma radiación que disolvió su humanidad. También los legionarios de un estúpido Caesar al que llaman Káiser porque no hay Historia, y la estúpida esperanza de los habitantes del refugio 33, que al salir al yermo se encuentran con que su fantasía civilizatoria cultivada bajo tierra se desmorona ante ese pasado al que hay que volver para encontrar el fin del mundo, que es lo único que puede ofrecer. Lo único que es seguro de predecir.

Jonathan Nolan y Lisa Joy, que de algún modo fracasaron con su inconclusa versión de Westworld, retoman la fábula en Fallout. Es decir: vuelven a los robots, a los seres robotizados, automáticos, sin pasado pero, sobre todo, sin presente, y prescinden de la inteligencia artificial, ya que en esa historia alternativa no hay lugar para las maravillas de la miniaturización y el cyberpunk, todo está construído de la materialidad y la estética de los 50 en los EEUU, donde descansa para siempre la promesa predictiva del American Way of Life.

La fábula, hecha de teorías conspirativas en lugar de duendes, de zombies en lugar de hadas, de CEOs de corporaciones inmortalizados en máquinas que conservan sus cerebros en lugar de genios o fantasmas de Navidad. La fábula del in illo tempore, del no-tiempo, no-lugar, no-Historia, domina la diégesis de ese territorio narrativo.

Hadas

En 1970, en Buenos Aires, editorial Sudamericana publicó una traducción de Dolores Sierra y Néstor Sánchez de un libro del sociólogo francés Roger Caillois bajo el título Imágenes, imágenes (sobre los poderes de la imaginación), copiado del original.

Caillois, que había sido un habitué de la mansión de Victoria Ocampo y un temprano admirador no correspondido de Jorge Luis Borges, planteaba más o menos que a principios del siglo XIX, tras la Revolución Francesa y la Industrial, cuando ya los saberes se habían dividido y la ciencia comenzó a elaborar un lenguaje propio, inaccesible para los no entendidos, nació el cuento fantástico, que vino a reemplazar el cuento de hadas. Es decir, nació un tipo de narración en el que lo maravilloso aparecía en el relato como una excepción. El cuento fantástico se convierte así en un relato realista en el que irrumpe algo de otro orden. A diferencia del cuento de hadas, en el que lo maravilloso convive con lo cotidiano y nadie se sorprende por la aparición de un hada. Pero, sobre todo, el cuento fantástico viene también a señalar que han aparecido diferencias en el mundo, que se convive con distintas visiones y versiones sobre la realidad, de modo que ese género “fantástico” no es otra cosa que una reafirmación del realismo: la cosa de otro orden aparece en el paradigma realista, es el mundo tal como lo conocemos, el relato es una representación de lo real en el que irrumpe algo que desafía esa misma representación (el fantasma, el monstruo).

Franco Moretti, en su magnífico ensayo “Dialectic of fear” (hay traducción: “Dialéctica del miedo”) analiza en dos monstruos la suma de los miedos de la burguesía. Comienza “La civilización burguesa resume su miedo en dos nombres: Frankenstein y Drácula. El monstruo y el vampiro nacieron juntos una noche de 1816…” Y luego aplica el análisis marxista al estudiar el género. “La literatura de terror –escribe– nace precisamente del terror de una sociedad dividida y del deseo de sanarla. Y es por esta razón que Drácula y Frankenstein, salvo raras excepciones, no aparecen juntos. La amenaza sería demasiado grande, y esta literatura, tras haber producido terror, debe también borrarlo y restaurar la paz. Debe restaurar el equilibrio roto —dando la ilusión de poder detener la historia— porque el monstruo expresa la ansiedad de que el futuro sea monstruoso”.

Monstruos

Sin embargo, en Fallout ese interregno que es el presente ya es “monstruoso”; el futuro, como dijimos, no existe. De hecho, ya no se trata de los dos monstruos de la civilización burguesa porque ésta es la civilización poshumana, donde abundan los monstruos del mismo modo que en el cuento maravilloso abundaban las hadas, los duendes y los elfos. Tenemos los Ghouls (que pueden ser radiantes como el personaje de Walton Goggins o sin cerebro, como la banda de Elvises de New Vegas), los súpermutantes, los Deathclaw (garras mortales), y los más peligrosos: los humanos en sus distintas tribus pero, sobre todo, los inmortalizados CEOs corporativos criogenizados en los refugios.

28 Days Later. The Bone Temple 

El monstruo no implica maravilla alguna, como en la saga de series y películas de zombies, salvo que éstos últimos muestren algún rasgo humano, como en 28 Years Later: the Bones Temple. En este espejo invertido, articular una palabra, acariciar el pasado en un recuerdo es un acto sobrenatural.

El mismo Da Empoli nos orienta en torno al relato fabulesco que requiere para su narración el mundo actual de barones tecnofeudales e inteligencia artificial: “La verdadera novela anticipatoria de la IA —escribe en el capítulo en Lisboa— es El proceso, de Kafka, en la que nadie comprende lo que sucede, ni el acusado ni los jueces que lo imputan, y sin embargo los acontecimientos siguen su curso inexorable. En El castillo, la otra gran novela de Kafka, cuando trata de concentrarse en el centro del poder que controla su destino, sin tener acceso a él jamás ni obtener el menor indicio, la mirada de K., el protagonista, «resbala hacia el castillo, sin poder agarrarse a nada». Y cuando intenta telefonear, no oye al otro lado de la línea más que un canturreo de voces lejanas o, por el contrario, una voz severa y orgullosa que se niega a darle ninguna explicación.”

Fábula

Es un pensador político argentino quien también encuentra en Franz Kafka el paradigma para la representación de la época en su último libro, El temblor de las ideas. “Se ha insistido mucho ya: la pandemia, la precarización social, las nuevas mediaciones digitales, desplazamiento del eje del mercado mundial hacia oriente, la farsa política, la brutalización y la desigualdad social son factores a considerar para entender la metamorfosis padecida –escribe Diego Sztulwark en los primeros párrafos del libro, que lleva como subtítulo “Buscar una salida donde no la hay”–. Como Gregorio Samsa, estamos forzados a descubrir las posibilidades de este nuevo bicho en que nos hemos convertido.” Samsa es el personaje de La metamorfosis, quien despierta un día cualquiera convertido en un insecto. Como los personajes de Fallout despiertan un día de su sueño criogénico para ser torturados o convertidos en ratas de laboratorio, o como el Ghoul, quien un día es despertado de su sueño bajo tierra para continuar su carrera violenta hacia el pasado en el que viven su hija y su esposa. 

La fábula kafkiana, con sus personajes llevados al absurdo de la ley y la humanidad podría ser de los primeros experimentos modernos en romper el paradigma realista: la representación de lo real mantiene su realismo sólo en el espíritu de supervivencia de sus héroes pequeños y atrapados en los castillos laberínticos de las instituciones –la Justicia, las Ley– que le fueron contemporáneas en el mismo momento en que la época las disolvía. “La esperanza para él [el héroe kafkiano] es pequeña y absurda –escribe Sztulwark–, pero el héroe no renuncia a ella. No se deja amedrentar por su falta de comprensión de lo que le sucede. Por el contrario, busca reunir la desesperación de una vida que se sabe entrampada con una práctica de lectura de los signos ambiguos que organizan confusamente la situación. Los de Kafka fueron los años de juventud de la guerra europea, de la revolución y del fascismo. Entre estruendos, el escritor se volvió un solvente abogado defensor de la creencia en las cosas sensibles.” 

Representación

Las formas de representación cambian. En el fabuloso Mímesis. La representación de la realidad en Occidente, el magistral filólogo Erich Auerbach, quien escribió esas páginas exiliado por el nazismo de su biblioteca berlinesa, el autor distingue entre el realismo épico de la Grecia homérica y el del judaísmo de la Biblia hebrea, cuya “producción tendía –escribe–, ante todo, no al realismo, que cuando lo conseguía, sólo era un medio y no un fin, sino a la verdad (...) Los relatos de las Sagradas Escrituras, no buscan nuestro favor, como los de Homero, no nos halagan, a fin de halagarnos y embelesarnos, lo que quieren es dominarnos, y si rehusamos, entonces nos declaran rebeldes.”

Este mundo por fuera del paradigma del realismo, el de las fábulas actuales, como en la observación de Auerbach, se orienta menos a la representación que a la exégesis de una “verdad” que, por primera vez, no tiene Historia y las antiguas deidades que la enuncian habitan ese limbo en el que persisten como fantasmagorías. “This is the way the world ends, not with a bang but a whimper”, escribió el poeta (“Y así termina el mundo, no con un estallido, sino con un gemido”). Convertir el gemido de ese final en un estrépito es la misión política, a fin de cuentas, de estas ficciones que, sin embargo, no renuncian a la belleza histórica de las representaciones que las anteceden. En Fallout el Ghoul, Lucy McLean (Elle Purnell) y el perro, quienes hallan una vía de escape al fin de la primera temporada como si salieran de escena de un decorado de Hollywood (cuyo cartel luce todavía destrozado en el horizonte), dejando atrás la inocencia de un mundo ilusorio, o el desprecio de la Hermandad del Acero por un alien hallado en un freezer del Área 51 para ir tras una reliquia tecnológica en la segunda temporada son muestras, como en la cita de Auerbach, de una politización estética, es decir, una historización crítica en la que el paradigma de la verdad y el del realismo parecen ir al encuentro de una síntesis que áun desconocemos en la política actual.

“The Big 51”, en el pasado EEUU invadió y devastó Canadá convirtiéndolo en el estado 51. Imagen de los postítulos del episodio 5 de la segunda temporada de Fallout.
Imagen final de la primera temporada de Fallout.


viernes, 16 de enero de 2026

“la tortura es una anécdota”

 “Epílogo” de Galimberti, Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, Aguilar, Montevideo, Uruguay, 2010 (1ª edición, 2000).


“El insomnio del guerrero”

(Monólogo de Galimberti)


Como todo tipo que ha hecho la guerra, yo tengo un poco de insomnio. Una madrugada, hace veinte días, prendo la tele y aparece en el programa “De Renzis 2000” un anormal, un tipo del ERP, que se dice Mattini, y se llama Blumer, una cosa así, y se sienta con Perdía y entonces De Renzis, que parece un dibujito, con el culito parado, les dice “bueno, acá tenemos los dos comandantes guerrilleros...” y los tipos se ponen a hablar. Yo pensé: “¿Cómo? ¿Ese tipo fue jefe mío?” Y el otro Vaca, Vaca Narvaja, que aparece en la gomería... No está bien. O renuncian a la política y se exilian en Turquía o demuestran que en esta sociedad nosotros somos capaces de ser exitosos. Yo soy capaz de generar medios, de dar trabajo a otros, de tener ideas creativas. ¿Por qué repudiar el éxito? No nos dedicamos a hacer la revolución porque éramos incompetentes, que si no hacíamos eso íbamos a ser asesores o gomeros en Villa Lugano. ¿Por qué Perdía siempre vive de la teta del Presupuesto Nacional? ¿Por qué siempre está de asesor de un ministro, de un diputado? ¿Por qué no labura de abogado en serio? Yo me siento humillado por esa actitud. Me gustaría que estuviera al frente de una empresa, pidiendo créditos en un banco, armando quilombo, discutiendo con los obreros un contrato, me gustaría verlo en la función... Para ser consecuente con la lucha de la época, hay que ser exitoso en nuestra sociedad. Firmenich me parece el más condenable de todos. Como diría Goebbels, “él, el peor de todos”. Firmenich tiene cincuenta y dos años, ¿qué es lo que tiene que estudiar en España? ¿Por qué se autoexilió? ¡Que vuelva a la Argentina, hermano! Que se banque el juicio de la gente, que tenga que discutir, que lo puteen. Que le digan “contame esto, explicame aquello”. Que se la banque. Nosotros fuimos revolucionarios, perdimos una lucha y en consecuencia tuvimos bajas. No nos llevaron a patadas en el culo a hacer las cosas que hicimos, y pagamos un duro precio por esto... pero también contribuimos a demoler el autoritarismo en la Argentina. Entonces, esta democracia que tenemos es también nuestra construcción. Quizá una construcción involuntaria, porque a nuestra manera éramos autoritarios. Pero contribuimos a demoler el Estado viejo... entonces yo no puedo entender que Firmenich no se sienta bien en este pedazo de democracia que también existe para él. En ese sentido, me parece infinitamente superior la actitud de Perdía y Vaca. Lo que me parece innoble es que no sean capaces de hacer algo más importante que lo que hacen, que nos dejen bien parados como generación... El gomero Vaca Narvaja pasó de la metralleta al cricke... Pero yo no lo odio. Fue un gran combatiente individual, con mucho coraje, muy soberbio también. Yo no les tengo el odio que ellos me tienen a mí. Antes sí, tenía un veneno que no podía ser. Veinte años después los mirás distinto. Yo no dudo de la honestidad de aquella época. Había más ignorancia, impericia y soberbia juvenil que mala fe...

... Ahora, no jodamos, los prisioneros de la ESMA dirigían la guerra contra nosotros. Cuando pude recuperar en mi proceso las cosas que habían escrito sobre mí, no lo podía creer. Y claro, eran mis ex compañeros. Yo tengo tres documentos que no me los pidan porque no se los voy a dar. Recuperé las cosas de la SIDE también... y era lo más brillante que vi nunca. Estaba escrita por los tipos nuestros que habían sido capturados. Esa guerra ustedes no la pueden entender. Para mí ya pasó.

No, yo no perdono a los marinos. Con el único tipo con el que hablé fue con Rádice. No me junto con el Tigre Acosta a tomar champagne. Massera fue una expresión del fascismo... en el sentido de tratar de capturar al peronismo con un sesgo populista. Era un analfabeto político. Decía “yo hablo con todo el peronismo”, porque lo tenía detenido. Mandaba a eso es lo que lo condena. Massera dijo que estaba más allá del bien y del mal para justificar los crímenes que estaban cometiendo. Asesinaron a prisioneros rendidos, no tienen perdón. Pero no por la tortura. La tortura es un problema metodológico. ¿Qué hizo la Iglesia católica durante siglos? Para condenar, exigía la confesión, y para conseguirla existía la tortura. No hablen tanto en contra de la tortura. Es un invento de la revolución cubana, que torturó a todo el mundo, por empezar a su pueblo, que lo tiene oprimido. No, la tortura no es lo importante. Lo criminal que hicieron los marinos fue asesinar a prisioneros indefensos, no tienen perdón de Dios. Y eso los va a perseguir hasta el día que se mueran. Fue absolutamente innecesario, producto del terror que ellos tenían. Un miedo exacerbado, no sé a qué. Un miedo espantoso, porque la única razón por la que asesinás a un opositor rendido es porque tenés miedo. Pensás que si está vivo te va a cagar de alguna manera. Ese miedo los va a perseguir hasta el día que se mueran. Eso, y el no haber tenido huevos de firmar lo que hacían. La tortura es una anécdota. Cualquiera es capaz de torturar en una situación extrema. Es una objeción pelotuda. Si ellos peleaban con el Código bajo el brazo, como decía el general Corbetta, perdían la guerra. Lo que no tiene perdón es asesinar a prisioneros inermes. Yo no los perdoné. Terminé la guerra. Ustedes no entienden la reconciliación. Este país tiene que salir adelante. Por los hijos de ustedes. Los países necesitan salvar sus conflictos secuestrar a los tipos para hablar con ellos. Es una visión letal. Él se encargó de que Isabel estuviera presa con él... era la acumulación política sobre la base de la detención. Una visión brutal de la política. Yo creo que eso es lo que lo condena. Massera dijo que estaba más allá del bien y del mal para justificar los crímenes que estaban cometiendo. Asesinaron a prisioneros rendidos, no tienen perdón. Pero no por la tortura. La tortura es un problema metodológico. ¿Qué hizo la Iglesia católica durante siglos? Para condenar, exigía la confesión, y para conseguirla existía la tortura. No hablen tanto en contra de la tortura. Es un invento de la revolución cubana, que torturó a todo el mundo, por empezar a su pueblo, que lo tiene oprimido. No, la tortura no es lo importante. Lo criminal que hicieron los marinos fue asesinar a prisioneros indefensos, no tienen perdón de Dios. Y eso los va a perseguir hasta el día que se mueran. Fue absolutamente innecesario, producto del terror que ellos tenían. Un miedo exacerbado, no sé a qué. Un miedo espantoso, porque la única razón por la que asesinás a un opositor rendido es porque tenés miedo. Pensás que si está vivo te va a cagar de alguna manera. Ese miedo los va a perseguir hasta el día que se mueran. Eso, y el no haber tenido huevos de firmar lo que hacían. La tortura es una anécdota. Cualquiera es capaz de torturar en una situación extrema. Es una objeción pelotuda. Si ellos peleaban con el Código bajo el brazo, como decía el general Corbetta, perdían la guerra. Lo que no tiene perdón es asesinar a prisioneros inermes. Yo no los perdoné. Terminé la guerra. Ustedes no entienden la reconciliación. Este país tiene que salir adelante. Por los hijos de ustedes. Los países necesitan salvar sus conflictos y pensar en el futuro. No hagamos un quilombo por una guerra de hace treinta años. Ya está. Esa guerra la ganamos, eso es lo que el imbécil de Firmenich no entiende. Podemos hablar nosotros, que pensamos distinto, pudimos votar. Pudo votar la Izquierda Unida, la izquierda pelotuda, la izquierda forra, no importa, todo el mundo puede votar. Galimberti puede ser presidente de mesa. ¿Cuánto vale eso? ¡No tiene precio! No, no lo entienden. No entienden el país en que nos criamos nosotros. Un país horrendo. Si pensabas distinto te mataban, y te mataban, hermano. Antes de la dictadura, te mataban. Nosotros formábamos parte de un movimiento mayoritario proscripto. Yo les digo “podemos votar, es una conquista...” y ustedes me miran y me dicen “es un loco...”. No entienden los contenidos democráticos del peronismo, los contenidos revolucionarios, la transformación de la sociedad. Perón: un tipo que se casa con una mina que era una puta, un general de Ejército. Lo traicionó la Iglesia y lo traicionó el Ejército. Y no lo perdonó la oligarquía. ¡Qué reforma agraria! Para qué querés reforma agraria... había que hacer el iapi, sacar la guita que ganaba la oligarquía y reinvertirla en la industria. Nuestro peronismo era un peronismo científico, no era un populismo pelotudo. Y ustedes ven lo que es la sociedad hoy. Vos pensá en una sociedad inmóvil, en la década del cuarenta, mirá lo que Perón hizo. Por las mujeres, por los humildes, nadie entiende ese contenido popular. Cuando Grondona justifica el golpe de 1955 porque había un solo noticiero... es una infamia. Les soy sincero, pero esa idea de la Triple A que ustedes tienen... Había muchas bandas armadas. Nosotros también éramos una banda armada. Esa es la visión de los guerrilleros como Bonasso, un guerrillero virtual, lo único que ha derramado en su vida es tinta. Él no entró al peronismo. Entró a los Montoneros, que querían tomar el tranvía que era el peronismo porque las masas están en el peronismo. Yo entré al peronismo porque soy peronista. No lo digo para salvarme de nada. Al contrario, agrava mi responsabilidad política. Porque diciendo lo que digo... ¿¡cómo puede ser que no me haya ido antes de una banda de idiotas!? Aparte asumo todas las culpas del peronismo. ¿Por qué Brito Lima se sienta conmigo y no con los otros tipos de la guerrilla? Yo no era un cristianuchi pasado al peronismo. ¿Qué hay en común para que vayamos a comer una vez al mes, para que Brito diga, en un homenaje a Abal Medina, “perdón mi General por no haber podido conservar la unidad. Nos hemos matado entre nosotros”? Ese asco que dice que siente Verbitsky, que dice que dejó de ser peronista retrospectivamente el 20 de junio, en Ezeiza, es una visión de ellos. En el peronismo siempre hubo bandas armadas. Yo no tengo esa indignación que ustedes tienen con los grupos de la derecha peronista. Tuve la misma discusión con la tilinga... la esposa de uno de los Born en mi casa. Había dos militares, un mayor del Ejército héroe de Malvinas y otro milico de los carapintadas. Patricia Bencich, la hermana de la esposa de Jorgito Born, decía “yo no puedo entender cómo ustedes pueden estar juntos... los subversivos, los militares...”. Y el mayor que está en actividad le dice: “vos no entendés una mierda, nosotros nos matamos porque teníamos una idea de la Patria. ¿Vos qué idea tenés? ¿Qué hizo tu familia, aparte de ganar guita y vender departamentos? ¿Quién sos vos para venir a decirnos algo a nosotros... que nos matamos para mejorar este país? Seremos unos boludos, unos terroristas, unos represores, ¿pero quién te dio autoridad moral a vos para hablarnos en ese tono?”. Y el carapintada, el teniente Flores, me dice: “no hablés con esta mina”. Fue un quilombo. Una cosa feroz. Pero es una lectura ideológica esa. Yo estuve en las bandas armadas del peronismo. ¿Y la Triple A? Esa es una versión de Bonasso que dice “me di cuenta de que la Triple A la había inventado Perón...”. Lo dice porque Perón no se puede defender. Llevalo a un barrio, que lo diga, a ver cómo le va. Yo estuve la vez pasada en Pinamar. Fui a poner el culo en el agua, como gordo que soy, y veo en el hotel más elegante de Pinamar, un cartel, “conferencia Miguel Bonasso”. Toda gente bien en la conferencia. Decile que diga las mismas cosas que dice de Perón en un barrio del Gran Buenos Aires. Yo lo acompaño a ver cómo le va. Perón no necesita que yo lo defienda, pero me molesta que él lo ataque. Si Bonasso existe en la historia argentina es porque estuvo un poquito de tiempo en el peronismo... ¿Qué era Bonasso en 1972? Y ahora cuenta sus historias de la resistencia... y es lamentable. A mí no me importa que me ataque. Me importa que denigre a Perón.

Otro mito. Yo he escuchado que era amante de Born... palabra de honor: no era homosexual Born ni yo era un tipo satánico ni tan talentoso. El acuerdo con Born fue a posteriori... terminado el quilombo, relanzar el capitalismo, terminar con el desorden radical de aquel momento, una cosa muy fría... y después la simpatía natural entre tipos que vivieron esa experiencia. Nos pusimos de acuerdo sobre algo concreto: Pichimosky se llevó los dieciocho palos, recuperemos esos dieciocho palos y te doy unos mangos. Estoy orgulloso de haberlo hecho. Y si pudiera recuperar la guita de los cubanos también. Porque, terminada la guerra irregular hay que devolver los pertrechos y los prisioneros. El único caso innoble... lástima que ustedes tienen la maldición de ser periodistas y se cagan en la historia argentina... hay una cosa muy impresionante, en una batalla entre el “Chacho” y no sé quién, no sé qué capitanes de Sarmiento, me parece que fue Sander, no me acuerdo, y el “Chacho” le dice “acá están mis prisioneros. Devuélvame los míos”. “No puedo, yo los fusilé”, y se puso a llorar. Esa es la historia argentina. No jodamos. Cuando vos terminás una guerra irregular y cometiste ilícitos como los que cometimos nosotros, devolvés los prisioneros, devolvés la guita y se terminó. No vivís de la guita que hiciste. La guita esa es de Born, salvo que ustedes piensen que hay que eguir la revolución. En ese caso volveríamos a hacer cualquier cosa. Esto es tan fácil de explicar, pero no hay nadie que esté dispuesto a hacerlo. Aparte, lo de los Born no fue un hecho militar glorioso: fue un secuestro. Emboscar una columna militar, les pusieron una mina vietnamita, les tiraron con morteros, hubo un combate, eso me gustaría contar. La guerra es lo más fuerte que existe. Lo que construye los lazos más serios entre los seres humanos. No es sólo la miseria, el sufrimiento físico, la impiedad, la crueldad, la guerra también es la solidaridad, el afecto, el amor a los que están con vos... la guerra es el acto de amor más grande que existe. ¿Qué tipo acepta sacrificar su vida, la de su familia, la de sus seres queridos, por una idea? El respeto por el adversario, que se enfrente con dignidad, que muera con dignidad. Es una cosa difícil de explicar, son valores del siglo pasado, del 1900. Hoy esto no es moderno. Es una anacronía. Hoy queda bien defender a las ballenas, a los pingüinos empetrolados y otras monerías por el estilo. Como dijo un político brasileño cuando Sting estaba preocupado por la extinción del bosque, el tipo dijo “lo que corre peligro de extinción en Brasil es el hombre...”. La guerra no es un combate policial. Es el contacto con la masacre propia, con los tipos tuyos que se mueren todos los días de una manera espantosa y con los muertos del enemigo. Tenés que convivir con los cachivaches y limpiar el campo, la unidad que tomaste, los cadáveres. Entonces tenés el contacto con la muerte por mutilación, y la muerte como un hecho físico, el olor a podrido, el tipo despedazado, una cosa que te cambia la relación con el ser humano. Quiero hablar de lo que pasa con el tipo que vos tenés enfrente. Hay un relato de los ingleses, no me acuerdo cuál, de los paracaidistas. El tipo toma la trinchera y un soldado argentino le dice “yo voy a ir a Inglaterra, a mí me gustan los Who”, y el inglés, antes de seguir su camino, lo pasa por encima. Esa escena, ¿cómo la decodificás? El argentino no podía analizar que el otro venía a matarlo. No lo asumía dentro de su cabeza. Cuando vos vas a defender una posición en un ataque no podés decir “levante las manos”. No tenés tiempo. Estás bajo fuego. Aparte estás tirando vos, tus compañeros, los otros tipos, es un infierno. Sos vos o el otro. Eso que parece una cosa tan simple... no es tan evidente ni tan clara. No la podés resumir tan fácilmente. No es una pelea. Una pelea es un crescendo de violencia, “hijo de puta”, hay algo personal, “la concha de tu madre”, y la violencia va surgiendo como resultado final. Hay un crescendo psicológico. En el otro caso, es un hecho feo. Ni te hablás con el tipo. Habla otro idioma. Después, lo que yo digo es la destrucción física, es decir, la cabeza reventada, empezás a ver tipos como si fueran corte de vacuno, ¿viste un tipo cuando lo abrís? Es igual a una vaca. La grasa, el olor de la carne, de la sangre, de la mierda, de los intestinos, el olor a podrido, los cadáveres quemados... según el tipo de arma los cadáveres se queman. Los explosivos se queman. Cuando hay que juntar los cadáveres para limpiar la zona, vos tirás de las patas de los tipos y se te desarman, tenés que apilarlos y prenderles fuego, por un tema sanitario. En Beirut quedaban bajo los escombros y dejaban un olor insoportable. Nosotros no teníamos topadoras para mover los escombros. Los pocos perros que había se morfaban los cadáveres, es algo muy difícil... por eso yo les hablo de Juana de Arco... y ustedes no me dan bola. Debe ser que duermen bien.


viernes, 7 de marzo de 2025

eichmann (aún) vive en jerusalén

El siguiente texto es parte del libro Palestina: Anatomía de un genocidio, cuyo prólogo puede consultarse en el sitio de Tinta Limón ediciones, que lo publica en Argentina, luego de que la editorial Lom lo diese a conocer este año en Chile.

Tras señalar las diferencias entre Chile y Argentina con respecto a la actual guerra en Gaza, el prólogo argentino a esta edición señala: “Israel (...) se presenta a sí mismo como un Estado judío (soslayando tanto a la población no judía que habita su territorio como la condición no israelí de millones de judíos). Al llamarse de ese modo –Estado «judío»–, Israel evoca al judío exterminado en el genocidio nazi. Sucede que es esta misma evocación la que hoy lleva a la identidad israelí a una profunda crisis. Pues, tal y como lo recordaba entre nosotrxs León Rozitchner, es la misma racionalidad técnica, económica y militar europea que sostuvo al genocidio nazi la que ahora sostiene el genocidio del pueblo palestino. Después de la Segunda Guerra Mundial, el judío adquirió, para la conciencia europea, el valor de víctima universal, y es esa universalidad la que se viene abajo para todo Occidente cuando se fusiona judaísmo con Israel e Israel con solución final al problema palestino. Es la conciencia occidental entera la que se viene abajo con el apoyo a la política genocida de Israel. En su derrumbe sale a la luz, tal como dijera Walter Benjamin, la barbarie como reverso de la civilización.”

Federico Donner, autor de este texto –consultado ya en este espacio–, no quita el cuerpo a su judaísmo y se expone de las muchas y valientes formas en que los judíos suelen exponerse al escribir sobre este tema. En el mismo libro dan cuenta de ello textos sabios y humildes como el de Judith Butler, el de Ariel Feldman o la precisa genealogía teológico-política de la también rosarina Silvana Rabinovich, “La dura cerviz de Israel”.

Palestina. Anatomía de un genocidio, editado en Chile por Faride Zerán, Rodrigo Karmy y Paulo Slachevsky, se presenta este viernes a las 18 en el SUM del tercer piso de la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario (Entre Ríos 758), donde conversarán con el público el mismo Donner, Rubén Chababo, Marianela Scocco y Ariel Feldman.

P.M.

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por Federico Donner

Dos meses antes que Hamás lanzara la Operación Inundación de Al-Aqsa, el 7 de octubre de 2023, más de 400 intelectuales y figuras públicas de Israel/Palestina y del Norte global escribieron una solicitada[1] dirigida fundamentalmente a los sectores progresistas de las comunidades judías estadounidenses. La misiva les reconoce a estos sectores que han estado durante mucho tiempo a la vanguardia de las causas de la justicia social, desde la igualdad racial hasta el derecho al aborto, «pero no han prestado suficiente atención al elefante en la habitación: la ocupación de larga data de Israel que, repetimos, ha dado lugar a un régimen de apartheid».

En esa carta se denunciaba que desde comienzos de 2023 hasta agosto de ese año más de 190 palestinos habían sido asesinados en la Franja de Gaza y en la Ribera Occidental por las fuerzas de ocupación israelí, que también llevaron adelante la demolición de 590 instalaciones de infraestructura y casas particulares de palestinos, según datos que aporta la OCHA3[2], la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas. En el informe también consta que las fuerzas de ocupación protegen y apoyan a los colonos que queman, saquean y matan con impunidad. Esta práctica se aceleró notoriamente en los últimos años. Si bien todos los gobiernos israelíes expandieron la política de asentamientos a diferentes ritmos, lo que cambió notoriamente y se afianzó en los últimos años es el apoyo explícito a toda la violencia paraestatal de los colonos por parte de todos los poderes del Estado y, por supuesto, de las fuerzas de ocupación. Al menos retóricamente esto no sucedió siempre así, ya que en la década de 1990, durante el malogrado Proceso de Paz, y mientras continuaba la construcción de asentamientos ilegales, el bloque político de «izquierda» desató una feroz campaña contra los colonos, a quienes acusaban de fanáticos extremistas que boicoteaban el Proceso de Paz y ponían en riesgo la seguridad de Israel. Es fundamental recordar que el ejecutivo israelí debe, por ley, disponer de siete soldados por cada colono asentado en los Territorios Ocupados.

La mayoría de esos colonos se identificaban entonces con el potente Mafdal, el Partido Religioso Nacional, aliado del Likud aunque otrora aliado del laborismo. El asesino de Rabin, Igal Amir, pertenecía al movimiento sionista Bnei Akiva (los hijos del Rabí Akiva), la rama juvenil del Partido Religioso Nacional y una de las organizaciones juveniles sionistas más grandes del mundo.

La metáfora del elefante en la habitación condensa el proceso de invisibilización de la ocupación israelí de Palestina, que se profundizó paradójicamente luego de los Acuerdos de Oslo, pero sobre todo a partir del asesinato del primer ministro israelí Itzjak Rabin. Oslo deterioró rápidamente la popularidad y la credibilidad política de los líderes de la OLP y de Fatah, particularmente la de Yaser Arafat, ante los ojos de los palestinos.

Rabin y Arafat protagonizaron el llamado Proceso de Paz encarnando a dos líderes político-militares que intentaron poner fin a años de derramamiento de sangre por parte de la ocupación y, en mucho menor medida, por la resistencia a ella, sentándose en una desigual mesa de negociaciones sin un tercer actor que equilibrara la balanza.

Rabin es hoy recordado como un héroe de la paz, al menos para la liturgia de la agonizante izquierda israelí (si es que existe algo así) que, actualmente, salvo contadas y honrosas excepciones, se encuentra alineada con el genocidio que está teniendo lugar en Gaza. Rabin encarnaba el arquetipo del líder laborista: un AJuSalnik (acrónimo hebreo de askenazí, laico e izquierdista), un israelí nativo que trabajó la tierra en un kibutz y que tuvo una destacada carrera militar. Fue comandante del Palmaj en 1947, organización que también estuvo involucrada en masacre de civiles palestinos, a pesar de que la mayoría se les atribuye al Irgún y al Leji, que eran de extrema derecha.

Ytzhak Rabin, Bill Clinton y Yaser Arafat en Washington, 1993.

En los papeles, el Palmaj se presentaba como una fuerza de defensa, sin afán expansionista, y se identificaba con el laborismo. Terminó siendo el núcleo que luego formó las Fuerzas de Defensa de Israel, el ahora poderoso ejército de ocupación.

Los moderados incitan el genocidio

Hace pocos meses, la presidente de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, la estadounidense Joan Donoghue, citó como prueba de sospecha de incitación al genocidio en Israel, las declaraciones de tres miembros del gobierno actual de Netanyahu. Ninguno de los tres políticos citados pertenecen a los partidos de extrema derecha que componen la coalición, ninguno de ellos es tampoco un outsider de la política, sino que representan al statu quo moderado y centrista[3]  israelí de las últimas décadas. El actual presidente israelí Isaac Herzog pertenece al laborismo. El ministro de defensa Yoav Gallant, candidato en su momento a jefe del Estado Mayor por parte del ex primer ministro laborista Ehud Barak, fue luego miembro del Partido Centrista Kulanu, antes de desembocar en el Likud. Y, finalmente, el actual ministro de Relaciones Exteriores de Israel, Israel Katz, de larguísima trayectoria en diferentes ministerios, afiliado al Likud.

Las prácticas genocidas que está llevando a cabo Israel en Gaza y que comienza a replicar también cada vez con mayor asiduidad en Cisjordania, no tienen su origen en una reacción intempestiva de un gobierno de ultraderecha empujado por los sectores más extremistas de la coalición. Tampoco es una cuestión de seguridad nacional ni de amenaza existencial, el gran cliché de una potencia ocupante que le demanda garantías de seguridad a la población civil ocupada, sitiada y desplazada.

La centroizquierda laica, progresista y eurocentrada israelí pretende desembarazarse de su responsabilidad histórica en términos ético-políticos, culpando a los «extremistas» de ambos lados, y olvidando su rol central en la Nakba de 1947/1948 y en toda la política de limpieza étnica, colonización y despojo desplegada durante más de ochenta años.

En realidad, y tal como lo explica el sociólogo israelí Lev Grinberg[4], pertenecer a la izquierda sionista tiene menos que ver con la simpatía por los derechos de los palestinos oprimidos, sino que se trata más bien de una etnoclase. Ser de izquierda o del «frente por la paz» en Israel significa creer que el conflicto con los palestinos es una cuestión de seguridad, cuyo fin puede darse a través de una solución política. Sin embargo, nunca reconoce a un interlocutor válido que represente a los palestinos, calificando a sus líderes políticos de fanáticos, irracionales, extremistas, es decir, mostrando todo un repertorio de subalternización y desprecio por el otro en clave orientalista, incluso cuando los líderes palestinos cumplen el rol de carceleros de la ocupación. De hecho, en el discurso político israelí los otrora terroristas de Fatah son los nuevos interlocutores racionales, pero en realidad sólo le habilitan canales de comunicación para impartirles órdenes securitarias y represivas para controlar a la resistencia palestina en Cisjordania.

Durante las últimas décadas del siglo XX, y en lo que va del presente, el discurso político de la izquierda israelí nunca se basó en el reconocimiento del pueblo palestino como un sujeto político que consagra a sus líderes y representantes, y mucho menos en sus derechos, salvo en un momento excepcional: a comienzos de la década de 1990, durante un breve período de apertura política en el que los israelíes reconocieron como interlocutores a palestinos de ambos lados de las fronteras imaginarias de 1967. Este breve período fue clausurado por las tres balas que terminaron con el asesinato de Rabin en 1995. Desde entonces, las mismas y viejas consignas de la izquierda se reciclan[5] una y otra vez: «la paz se hace con los enemigos», «ser judío significa buscar la paz», «debemos separarnos de los árabes para preservar el carácter judío del Estado», «las negociaciones son el único camino hacia la paz».

Este credo orientalista pocas veces logra esconder sus sentimientos de superioridad moral y cultural en detrimento de los palestinos y en menor medida de los judíos orientales, a quienes siempre consideró bárbaros y propensos al extremismo religioso, sin someter a examen los monstruos de la razón modernos que configuran al sionismo secular. La crítica a la ocupación y al régimen de apartheid tienen un lugar muy marginal en el discurso político de la izquierda israelí. La irrupción de nuevas expresiones sociales de protesta en Israel, que coincidieron con la oleada de la primavera árabe y otros movimientos como el español o el de Occupy Wall Street, estuvieron lejos de transformarse en una oposición consistente a la ocupación, como sí había ocurrido durante la primera Intifada en la década de 1980, lo que llevó a la apertura de negociaciones y derivó en Oslo.

En ese entonces, la resistencia de los civiles palestinos luchando con piedras contra los tanques de la ocupación despertó muchos apoyos en los jóvenes judíos de Israel, que ya contaban con un movimiento de objetores de conciencia en rechazo a la invasión del Líbano y a toda acción militar fuera de las fronteras previas a la guerra de 1967.

Muchísimos académicos israelíes, palestinos y de todo el mundo venían advirtiendo sobre el recrudecimiento de la limpieza étnica de Palestina y sobre la inminencia de un genocidio israelí contra la población palestina de Gaza (gran parte de ellos son a su vez desplazados de la Nakba de 1947 y de 1967). Una gran cantidad de organizaciones no gubernamentales israelí-palestinas vienen realizando acciones de resistencia y de visibilización, pero todo esto tiene poca relevancia en la arena política israelí. La resistencia palestina es vista como terrorista, y la población civil palestina, en el mejor de los casos, es considerada por los israelíes progresistas como rehén de Hamás, que en su narrativa simplista de no considerarlo un interlocutor válido, ha sido reducido a un grupo terrorista que, luego del 7 de octubre, ya debe ser eliminado sin más de la faz de la tierra. Este reduccionismo ignora la incontable cantidad de crímenes de guerra cometidos por los israelíes desde hace más de 80 años, todos ellos empequeñecidos frente a la magnitud de la escala del exterminio y la crueldad desplegados en los últimos meses.

Netanyahu se niega a negociar con Hamás (al que en su momento apoyó para debilitar a la OLP) un cese de hostilidades para el intercambio de rehenes israelíes. La posición pública de este movimiento[6] es la de deponer la lucha armada a cambio del retiro de Israel a las fronteras previas a 1967 y a la liberación de todos los presos políticos palestinos, que en este momento ascienden a casi diez mil.

Hamás es un movimiento que cuenta con una rama militar, una política y una social, y proviene de Los hermanos musulmanes, que surgieron en Egipto hace ya casi un siglo. La comparación que hace Israel de Hamás con el Estado Islámico es totalmente falsa por varios motivos, principalmente porque el EI nunca atacó a Israel ni tampoco objetivos estadounidenses, que en este momento ocupa gran parte de Siria expoliando su petróleo. De hecho, es casi un secreto a voces que el EI es conducido por EEUU e Israel. Hamás nunca tuvo una política de conversión forzosa o de violencia hacia los palestinos cristianos, y sus voceros manifiestan públicamente que su enemigo es el Estado sionista y no el pueblo judío.

Uniformes SS

En las manifestaciones previas al asesinato de Rabin, encabezadas entre otros por Netanyahu, se veían numeorsas pancartas con las fotos de Rabin vistiendo la kufiya, el pañuelo palestino distintivo
de Arafat, y fotos de Rabin y Arafat vistiendo uniformes de las SS.

Como mencioné más arriba, los Acuerdos de Oslo fueron una gran derrota para los líderes de la OLP, y para los palestinos en general, básicamente porque transformó a un frente de resistencia popular en un instrumento al servicio de la represión de la potencia ocupante.

El apoyo actual a Hamás, aún en estas dolorosísimas circunstancias para los palestinos, se explica en parte por su coherencia política frente al asedio israelí.

En 1992 Rabin dio un giro radical hacia las negociaciones con la OLP y mostró disposición a formar un bloque político con Meretz, Hadash y el Partido Democrático Árabe. En ambos casos, el establecimiento de bloques políticos condujo a cambios importantes, que finalmente permitieron la firma de acuerdos de paz y transformaciones fundamentales en las políticas económicas de Israel.

El asesinato de Rabin acabó con la distinción entre los bloques políticos de «izquierda y derecha». Las tres balas[7] que disparó Igal Amir clausuraron inmediatamente el espacio político de los ciudadanos palestinos de Israel. Rabin los incluyó pero su asesinato los expulsó. No puede existir un verdadero frente de izquierda para terminar con la ocupación sin la inclusión de los palestinos con ciudadanía israelí. El linchamiento público de Rabin que precedió a su asesinato fue motivado no tanto por sus políticas de concesión, sino sobre todo porque se nutrió de los votos árabes para impulsarlas.

El gran consenso político israelí que borra toda distinción real entre derecha e izquierda es que sólo una mayoría exclusivamente judía otorga el mandato para ceder partes del Gran Israel. Ni los palestinoisraelíes pueden ser aliados en el Parlamento, ni los palestinos de los territorios pueden tener iguales derechos y designar interlocutores que sean tratados como pares. Incluso cuando Israel se retiró del Líbano o retiró a la colonias de Gaza, lo hizo bajo la figura de la desconexión unilateral, sin reconocer jamás a un otro.

Quien no acepta esto, atenta contra el carácter judío del Estado, es decir, contra su fundamento biopolítico y etnocéntrico, tornándose paradójicamente en un portador del uniforme de las SS, es decir, en un subhumano que debe ser eliminado.

Regímenes de visibilidad

El campo de concentración, por su cercanía física, por estar de hecho en medio de la sociedad, «del otro lado de la pared», sólo puede existir en medio de una sociedad que elige no ver, por su propia impotencia, una sociedad «desaparecida», tan anonadada como los secuestrados mismos. A su vez, la parálisis de la sociedad se desprende directamente de la existencia de los campos; una y otros alimentan el dispositivo concentracionario y son parte de él. (Calveiro, Poder y Desaparición, Buenos Aires, Colihue, pág. 91)

Para delinear la anatomía de este genocidio en Gaza, no alcanza con analizar a la extrema derecha israelí ni su caracterización racista de los palestinos. No resulta suficiente refutar una y otra vez la propaganda israelí[8] que inunda las redes sociales con falsa información.

Este genocidio no puede llevarse adelante sin un profundo consenso social, que incluye también personas con educación universitaria que abrazan los valores ilustrados de los Derechos Humanos y de las prácticas democráticas, pero que sin embargo por motivos diversos, no pueden o no quieren ver al elefante en la habitación. Y ahora que es imposible ignorar este elefante, que se ha vuelto dolorosamente visible, ahora que ya no es posible admitir que Gaza ha sido reducida a escombros mientras el ejército israelí continúa disparando contra civiles desarmados que ya se encuentran al borde la muerte por inanición masiva, actualizando las imágenes que conocemos del gueto de Varsovia, es en este momento que debemos preguntarnos por qué la izquierda y el centro israelíes apoyan casi sin fisuras estas prácticas que supuestamente los horrorizan. ¿Cómo es posible que su único reclamo sea el de la liberación de los rehenes israelíes en manos de Hamás sin mencionar siquiera la ocupación, la limpieza étnica o el genocidio? ¿Cómo es posible que una sociedad que se autoatribuye ser la única democracia de Medio Oriente no tenga investigaciones judiciales y condenas serias de los incontables y terribles crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad, que cometen?

Idith Zertal[9] ha descripto el rol de la memoria de la Shoá en la educación sentimental y política de los israelíes, y en cómo esa liturgia les otorga la certeza de que los judíos detentan un estatuto metafìsico de víctimas, cuyo carácter ahistórico resiste toda prueba fáctica, aún cuando estén cometiendo masacres y expoliaciones. La memoria de la Shoá, que se ha transformado en la religión civil de las democracias occidentales[10], es una memoria ahistórica y despolitizadora, es decir, mítica. Ahistórica, porque ignora las tradiciones no deseables de la modernidad europea, como sus prácticas genocidas en las colonias y sus saberes racistas, eugenésicos, normalizadores y evolucionistas. Al reducir la Shoá a la particularidad de la cultura alemana, su Sonderweg, su camino especial hacia la modernidad, la religión civil pretende conjurar el mal de las actuales democracias (neo)liberales. La memoria de la Shóa como religión civil, en lugar de converger con otras memorias de pueblos oprimidos e iluminarlas, las acalla y las reprime, puesto que todas ellas son incomparables con el carácter único y metafísico del sufrimiento de los judíos europeos.

Adolf Eichmann juzgado en Jerusalén en 1961.

La memoria de la Nakba es considerada como una ofensa a esta religión civil, y en estos días la portación de la bandera palestina fue considerada como un símbolo antisemita por muchas democracias del norte global. La boutade de los políticos alemanes que condenaron recientemente a Yuval Abraham[11] por «antisemita», un cineasta judío-israelí que denuncia los atropellos que sufren los palestinos, ha llevado a esta religión civil a su paroxismo.

La operación de Hamás fue rápidamente homologada por los israelíes educados como prácticas nazis. La certeza con la que se otorgaba crédito a noticias falsas sobre decapitación de bebés y violaciones masivas es el fruto de décadas de contornear el alma israelí a la sombra de la religión civil de la Shoá. Rabin era un nazi, Arafat era un nazi, y ahora los de Hamás son nazis. Antisemita es cualquiera que duda sobre estos hechos, así como quienes osan comparar el genocidio actual en Gaza con los guetos europeos o con el exterminio de Hitler es un antisemita.

De Núremberg a Núremberg

Idith Zertal y Enzo Traverso, entre otros, ubican la emergencia de esta religión civil en el momento en el que la cultura política israelí experimentó un giro respecto a su consideración del exterminio de los judíos europeos, a partir de la década de 1960, alrededor del juicio a Eichmann, que transformó radicalmente el status de los sobrevivientes que hasta el momento eran vistos con desconfianza, pues habían atravesado la zona gris de los campos de concentración, en la que se perdía toda el aura.

La historia es conocida: el juicio a Eichmann, narrado magistralmente por Hannah Arendt para la revista The Newyorker, sirvió para que los testigos expusieran a la sociedad israelí y a todo el mundo el horror que experimentaron durante las diferentes etapas de segregación, deportación, concentración y exterminio.

También mostró la furia que había en Israel hacia los miembros de los Judenräte, los Consejos Judíos que colaboraron con los nazis y luego ocuparon cargos en el gobierno israelí, como fue el caso de Rudolf Kastner, asesinado pocos años antes del juicio. Como indica Primo Levi en su Trilogía, nadie sale ileso de un campo, y los sobrevivientes portarán la culpa y el escarnio de haber sobrevivido a cualquier costo. En Israel, los sobrevivientes del exterminio eran mal vistos y se sospechaba que habían colaborado para sobrevivir: a los hombres se los acusaba de haber sido Kapos, y a las mujeres, particularmente a las jóvenes y bellas, prostitutas de los nazis. La dirigencia del Ishuv (el protoestado israelí antes de 1948) primero, y luego del naciente Estado tuvo un vínculo fluido con el gobierno nazi, particularmente con Eichmann, puesto que ambos tenían la intención de resolver el «problema judío». La actitud de la dirigencia sionista fue interesarse sólo por los judíos que deseaban emigrar a Palestina, desentendiéndose del resto.

Hasta el juicio a Eichmann, el silencio sobre el exterminio era atronador. Nadie quería en Israel escuchar las historias de los débiles judíos de la diáspora que habían ido como ovejas al matadero o, peor aún, que habían traicionado a los suyos para sobrevivir. Eso contrastaba con la nueva imagen que el sionismo había esculpido del israelí nativo, que labraba la tierra al estilo del romanticismo y que manejaba el fusil. Un hombre joven y fuerte que no se dejaba humillar por los gentiles.

El nazismo y la memoria de la Shoá en el discurso político israelí no funcionan solamente como un trauma horroroso que a su vez es instrumentalizado para legitimar políticas expansionistas, de limpieza étnica, de violencia y de exterminio. El exterminio nazi de los judíos europeos configura al alma israelí de un modo mucho más profundo, que incluso supera las identificaciones forzadas, pero de gran eficacia simbólica de los palestinos y del mundo árabe en general con los nazis, que describimos más arriba.

En Vencer a Hitler[12], Abraham Burg señala que el Estado de Israel define quién es judío del mismo modo que lo hacían las leyes segregacionista de Núremberg. Todo el dispositivo biopolítico de separación de los palestinos y de los judíos se basa en esta definición biopolítica de origen nazi: aquel que tenga uno de sus cuatro abuelos judíos es considerado judío.

Esta definición tiene una explicación de carácter pragmático, pues aquella condición de judío que implicaba una condena en el nazismo se transforma en un derecho en el Estado israelí. Esta Ley del Retorno es la otra cara de la moneda del Derecho al retorno que Israel se niega a reconocer a los palestinos expulsados de 1947, cuestión que en estos momentos está siendo reactualizada por los desplazamientos forzosos y el intento israelí de expulsar a los gazatíes hacia Egipto. Pero más allá de los cálculos de la Realpolitik, la adopción de la definición nuremburguesa de judío tiene consecuencias en la cultura israelí y en sus formas de identificación que no pueden ser conjuradas por ningún pragmatismo y que escapan a todo afán compensatorio.

Los modos de identificación con el nazismo no solamente se dan a través del miedo, el trauma, o el rechazo. También son positivos, en el sentido foucaultiano, esto es, productivos. El rechazo puede trastocarse en mímesis e incluso en admiración.

Para abordar esto, no quisiera establecer comparaciones entre las prácticas biopolíticas genocidas de Israel y otras anteriores que se dieron durante el siglo XX, pero también hacia finales del siglo XIX en Asia y en África. Voy a dejar de lado el análisis de las prácticas genocidas desplegadas hoy en Gaza, el asesinato masivo de niños y mujeres, la crueldad con la que se planifica la inanición y la deshumanización de los palestinos. Y voy a centrarme en un fenómeno cultural israelí breve pero significativo que tuvo lugar hacia finales de la década de 1950 y principios de la década de 1960, coincidente con el juicio a Eichmann.

La seducción de la barbarie

En esa época, en los quioscos de diarios y revistas de las ciudades israelíes comenzaron a venderse un nuevo género de publicaciones conocidos como Stalags. Stalag es la contracción de la palabra alemana Stammlager, que a su vez es una abreviatura de KriegsgefangenenMannschaftsstammlager («campo principal para prisioneros de guerra alistados»). Los Stalag eran unos folletines de  literatura popular, una suerte de cómics pornográficos, cuya estructura narrativa, se replicaba en las sucesivas entregas: durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de soldados o de pilotos, por lo general estadounidenses o británicos, son capturados por los nazis y recluidos en estos Stammlager. Allí son torturados y sometidos sexualmente por voluptuosas oficiales mujeres de las SS. Finalmente, los prisioneros logran liberarse y se vengan violando y asesinando a sus captoras.


Los Stalags eran un gran éxito comercial, fundamentalmente entre los adolescentes, muchos de ellos hijos de sobrevivientes de los campos de concentración y de exterminio. Los autores eran israelíes que firmaban con seudónimos y escribían de modo tal que los textos parecían traducciones del inglés. El boom editorial hizo que proliferaran diferentes líneas de publicación.

El escritor de Stalags Nahman Goldberg, tras la ejecución de Eichmann, creyó que sería bueno desplazar el eje de atención a la Alemania de la época e inició la serie Vengadores israelíes en Alemania, con títulos como El día más corto o El hombre que esquivó un misil. Ahora eran judíos los que viajaban a Alemania a buscar a antiguos criminales de guerra y copulaban con alemanas. Algunas eran novelas en las que se reconocía la existencia de mafias judías en Europa e incluso se aludía a gánsteres judíos que no habían estado en los campos de concentración pero que, habitualmente, hacían en gesto de arremangarse la manga de la camisa para mostrar el número tatuado en su antebrazo, número que nunca enseñaban, pues el gesto bastaba para generar respeto en otros judíos. En esa época, los diarios israelíes reflejaban la vida nocturna en Alemania, donde muchos eran dueños de discotecas y regenteaban prostitutas.

El semanario Ha’Olam Haze ofrecía artículos sobre el juicio a Eichmann al tiempo que traía publicidad de los Stalag. Incluso la portada de un número jugaba con la figura de Eichmann ilustrado con la estética de los Stalag, y su contratapa reproducía la portada de un Stalag de aparición reciente.

Uri Avneri, exeditor del semanario Ha’Olam Haze, entrevistado en el documental del año 2007 Stalag. Holocausto y pornografía en Israel, del realizador israelí Ari Libsker, sostiene que no era fácil establecer cuál era la actitud de los jóvenes israelíes hacia los nazis. Había una actitud ambivalente, situaciones en las que no era obvio con quién se identificaban los jóvenes.

El historiador Omer Bartov sostiene en el documental que la única forma de no identificarse con el abusado es volverse un abusador, y recuerda que en su juventud era seductor y viril lucir botas de SS, que se podían conseguir en la ciudad portuaria de Yafo, ya que «usarlas realzaba tu hombría».

Los primeros libros que se leyeron en Israel sobre el exterminio fueron precisamente este tipo de literatura. Diez años antes, Yehiel De-Nur, que sería testigo en el juicio a Eichmann, escribió Beit habubot, La casa de las muñecas, que narra las historias de mujeres judías confinadas en un burdel al servicio de los nazis. De-Nur publicó y testificó bajo el seudónimo de Ka-Tzetnik 135633, que es la forma abreviada del idish para los internos de los KZ, Konzentrationslager.

El nombre de esa novela inspiró a la banda británica de rock Joy Division, que es la traducción literal de los Freudenabteilung.

Las historias de mujeres judías sometidas por los nazis de Ka-Tzetnik alimentaron años después una suerte de inversión narrativa en los Stalag. De hecho, Bartov sostiene que en la memoria de su generación ambos géneros se confunden, y sus pares suelen recordar a los Stalag como literatura sado en la que se somete a mujeres judías, cuando en realidad las protagonistas son mujeres nazis.

A partir de la década de 1990, las novelas de Ka-Tzetnik fueron incorporadas a los programas de estudio de las secundarias israelíes y desde entonces son parte fundamental del sistema educativo. En Palestina en los textos escolares de Israel, Nurit Peled Elhanan señala que la escuela es la preparación para el servicio militar obligatorio, que acondiciona a los futuros soldados desde el punto de vista emocional e ideológico, deshumanizando e invisibilizando a los palestinos.

El otro gran pilar de esa preparación son los textos de Ka-Tzetnik, que describen el uso de la violencia sexual como forma de sometimiento de los cuerpos judíos feminizados. Esas lecturas se coronan con un viaje educativo a Polonia, que conmueve emocionalmente a los adolescentes cuando visitan los campos de exterminio y el edificio que según este novelista alojaba a una de las casas de muñecas. Dichos viajes reciben el nombre de Marcha por la vida, un espejo invertido de las Marchas de la muerte de finales de la Segunda Guerra Mundial.

Desde esta perspectiva, se comprende entonces por qué quienes difundieron las falsas noticias[13] sobre las violaciones masivas atribuidas a Hamás el 7 de octubre de 2023, tuvieron que esforzarse poco para lograr rápidamente su aceptación. Por su parte, el régimen de visibilidad de la ocupación sionista pendula entre la metáfora del elefante que nadie ve y la obscenidad de los videos de los soldados israelíes[14] que se mofan y jactan de perpetrar un genocidio, festejando la destrucción y la muerte. Al igual que las imágenes que circularon en su momento sobre los prisioneros de Guantánamo y de AbuGhraib, la invisibilización se torna rápidamente en una exhibición pornográfica del sufrimiento y la humillación infligidos a civiles indefensos. La compulsión de publicar en las redes sociales el goce sádico va de la mano con la certeza de que esas acciones no van a ser consideradas como un crimen dentro de Israel, tal como lo indica la inagotable historia de impunidad. Afuera de esas fronteras, la creencia en el excepcionalismo israelí, conlleva la certeza de su carácter de víctima ontológica, es decir, inmutable. Sin embargo, los Stalag cuestionaron de algún modo non sancto esa certeza, expresando un deseo e identificación con aquello que se presenta como monstruoso.

[1] «The Elephant in the Room», publicada el 6 de agosto en PortSide.

[2] Ver «Data on demolition and displacement in the West Bank», en Ochaopt. Los datos se actualizan periódicamente.

[3] Levy, Gideon, «Israel's Mainstream Brought Us to The Hague, Not Its Lunatic Fringes», Haaretz, 28 de enero de 2024.

[4] Política y violencia en Israel/Palestina. Democracia vs. régimen militar. Traducción de Federico Donner. Prometeo, Buenos Aires, 2011.

[5] Ver el artículo de Haggai Matar «Rabin memorial makes clear Israel’s peace camp stuck in the 90s», publicado el 2 de noviembre de 2014 en +972Magazine.

[6] «Hamás en el movimiento nacional palestino: una perspectiva histórica», entrevista realizada por Daniel Denvir a Tareq Baconi en Jacobin Radio como parte de la serie de podcasts The Dig y publicada el 12 de diciembre de 2023 en SinPermiso.

[7] Ver el artículo de Lev Grinberg «The three bullets that killed Israel’s left-wing bloc», publicado el 2 de noviembre de 2014 en +972Magazine.

[8] Ver el sitio Hasbara Tracker. Tracking Israeli propaganda.

[9] La nación y la muerte. La Shoá en el discurso y la política de Israel, Biblioteca de la nueva cultura. Serie pensamiento, Gredos, Madrid, 2010.

[10] Traverso, Enzo, El final de la modernidad judía. Historia de un giro conservador, Buenos Aires, FCE, 2014.

[11] Oltermann, Philip, «Israeli director receives death threats after officials call Berlin film festival ‘antisemitic’», The Guardian, edición electrónica del 27 de febrero de 2024.

[12] Lenatzeaj et Hitler [en hebreo], Yediot Sfarim Press, Tel Aviv, 2007. Hay traducción al inglés: The Holocaust Is Over. We Must Rise From its Ashes, Palgrave Macmillan, 2009.

[13] Ver «The Intercept: New York Times Exposé Lacks Evidence to Claim Hamas Weaponized Sexual Violence Oct. 7», entrevista realizada por Amy Goodman a Jeremy Scahill y Ryan Grim el 1 de marzo de 2024 en DemocracyNow.

[14] Pita, Antonio, «En TikTok, la guerra en Gaza es un juego», El País, 10 de diciembre de 2023.