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lunes, 18 de marzo de 2024

en la zona de confort hay ruido a muerte

Este artículo fue publicado en el diario británico The Guardian el jueves 14 de marzo pasado bajo el título: “The Zone of Interest is about the danger of ignoring atrocities – including in Gaza” (“‘La zona de interés’ trata sobre el peligro de ignorar las atrocidades, Gaza incluida”). Naomi Klein, quien la firma, es a esta altura una de las autoras más deslumbrantes de la contemporaneidad. Su obra incluye desde la siempre vigente La doctrina del shock (2007) hasta la reciente Doppelganger: A Trip into the Mirror World (2023). Estuvo a principios de los 2000 en Argentina, donde escribió el guión del documental La toma (2004), que narra la toma de una fábrica por sus trabajadores tras el Cacerolazo y el estallido de diciembre de 2001. Traducción de P.M.

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por Naomi Klein

Ya es una tradición de los Oscar: alguien lanza un discurso político serio que perfora la burbuja del glamour y la autocomplacencia. A lo que sobrevienen respuestas enfrentadas. Algunos censuran el discurso como el ejemplo de artistas en la cima de un cambio cultural; otros, como la usurpación egoísta de una noche que sería de celebración. Y así todos siguen adelante.

Sin embargo, sospecho que el impacto del discurso Jonathan Glazer que detuvo el tiempo en los Premios de la Academia del domingo 10 de marzo pasado será significativamente más duradero, y su significado e importancia se analizarán durante los años por venir.

Glazer aceptaba el premio a la mejor película internacional por La zona de interés, inspirada en la vida real de Rudolf Höss, comandante del campo de concentración de Auschwitz. La película sigue la idílica vida doméstica de Höss con su esposa e hijos, que se desarrolla en una casa señorial y un jardín inmediatamente adyacente al campo de concentración. Glazer ha descrito a sus personajes no como monstruos sino como “horrores arribistas, burgueses y aspiracionales”, personas que logran convertir el mal profundo en ruido blanco.

Antes de la ceremonia del domingo, la relevancia de La zona ya había sido anunciada por varias deidades del mundo del cine. Alfonso Cuarón, el director ganador del Oscar por Roma, la llamó “probablemente la película más importante de este siglo”. Steven Spielberg la declaró “la mejor película sobre el Holocausto que he presenciado desde la mía”, en referencia a La lista de Schindler, que arrasó en los Oscar hace 30 años.

Pero si bien el triunfo de la Lista de Schindler representó un momento de profunda validación y unidad para la comunidad judía mayoritaria, La zona llega en una coyuntura muy diferente. Hay debates acalorados sobre cómo se deben recordar las atrocidades nazis: ¿debería verse el Holocausto exclusivamente como una catástrofe judía, o algo más universal, con mayor reconocimiento para todos los grupos que fueron objetivo del exterminio? ¿Fue el Holocausto una ruptura única en la historia europea, o una vuelta a casa de los genocidios coloniales anteriores, junto con un regreso de las técnicas, lógicas y fraudulentas teorías raciales que desarrollaron y desplegaron? ¿“Nunca más” significa nunca más para cualquiera, o nunca más para los judíos, una promesa por la que se imagina a Israel como una especie de garantía intocable?

Estas batallas por el universalismo, por la apropiación del trauma, el excepcionalismo y la comparación son el corazón del señero caso de genocidio que presentó Sudáfrica contra Israel ante la corte internacional de justicia, que también agrieta a las comunidades, congregaciones y familias judías de todo el mundo. En un minuto de acción concentrada, y en nuestro momento de autocensura bochornosa, Glazer adoptó sin miedo posiciones claras sobre cada una de estas controversias.

“Todas nuestras decisiones fueron tomadas para reflexionar y confrontarnos en el presente, no para decir: 'Mira lo que hicieron entonces'; más bien, 'Mira lo que hacemos ahora'”, dijo Glazer, despachando rápidamente la noción de que comparar los horrores actuales con los crímenes nazis es inherentemente minimizar o relativizar, y no dejando dudas de que su intención explícita era trazar continuidades entre el monstruoso pasado y nuestro presente monstruoso.

Y fue más allá: “Estamos aquí como hombres que refutan su judaísmo y el Holocausto [en tanto ha sido] secuestrado por una ocupación que ha llevado al conflicto a tantas personas inocentes, ya sean las víctimas del 7 de octubre en Israel o del ataque en curso contra Gaza”. Para Glazer, Israel no tiene ningún salvoconducto, ni es ético utilizar el trauma intergeneracional judío del Holocausto como justificación o cobertura de las atrocidades cometidas por el Estado israelí en la actualidad.

Por supuesto que otros ya señalaron antes estos puntos, y muchos pagaron un alto precio, especialmente si eran palestinos, árabes o musulmanes. Curiosamente, Glazer lanzó sus bombas retóricas protegido por el equivalente identitario de una armadura, de pie ante la brillante multitud como un judío blanco y exitoso –flanqueado por otros dos judíos blancos exitosos– que acababan de hacer juntos una película sobre el Holocausto. Pero incluso esa falange de privilegios no lo salvó de la avalancha de difamaciones y distorsiones que tergiversaron sus palabras para afirmar erróneamente que había repudiado su judaísmo, lo que sólo sirvió para subrayar el punto de vista de Glazer sobre aquellos que convierten el victimismo en un arma.

Igualmente significativo fue lo que podríamos considerar el metacontexto del discurso: lo que lo precedió y lo que siguió inmediatamente. Quienes sólo hayan visto clips online se perdieron ese costado de la experiencia, y es una pena. Porque tan pronto como Glazer concluyó su discurso –dedicando el premio a Aleksandra Bystroń-Kołodziejczyk, una mujer polaca que alimentó en secreto a los prisioneros de Auschwitz y luchó contra los nazis como miembro del ejército clandestino polaco–, salieron los actores Ryan Gosling y Emily Blunt. Sin siquiera una pausa comercial que nos permitiera recuperarnos emocionalmente, fuimos arrojados de inmediato en un recorte de "Barbenheimer", con Gosling diciéndole a Blunt que la película sobre la invención de un arma de destrucción masiva que ella protagonizó había cubierto con las solapas del abrigo rosa de Barbie un éxito de taquilla, y Blunt acusando a Gosling de pintarse los abdominales.

Al principio, temí que esta yuxtaposición imposible socavara la intervención de Glazer: ¿cómo podrían coexistir las tristes y desgarradoras realidades que acababa de invocar con ese tipo de energía de fiesta de graduación de secundaria californiana? Entonces me llegó el sopapo: al igual que los furiosos defensores del “derecho a defenderse” de Israel, el brillante artificio que envolvía el discurso también estaba ayudando a exponer su punto.

“El genocidio se vuelve el ambiente de sus vidas”: así es como Glazer describió la atmósfera que intentó capturar en su película, en la que sus personajes atienden sus dramas cotidianos –niños sin dormir, una madre difícil de complacer, infidelidades ocasionales– en la sombra de las chimeneas que arrojan los restos humanos. No es que estas personas no sepan que una máquina asesina a escala industrial zumba justo detrás del muro de su jardín. Simplemente han aprendido a llevar vidas satisfechas con el genocidio en el ambiente.


Glazer y el elenco de “La zona de interés” en Cannes, en mayo de 2023.

Ésto es lo que parece más contemporáneo, la mayor parte de este terrible momento, en la asombrosa película de Glazer. Más de cinco meses después de la matanza diaria en Gaza, con Israel ignorando descaradamente las órdenes de la corte internacional de justicia, mientras los gobiernos occidentales regañan gentilmente a Israel y le envían más armas, el genocidio está volviendo a ser parte del ambiente una vez más, al menos para aquellos de nosotros que tenemos la suerte de vivir en los lados seguros de los muchos muros que dividen nuestro mundo. Corremos el riesgo de que continúe y se convierta en la banda sonora de la vida moderna. Ni siquiera en el evento principal.

Glazer destacó más de una vez que el tema de su película no es el Holocausto, con sus conocidos horrores y particularidades históricas, sino algo más duradero y omnipresente: la capacidad humana de vivir con holocaustos y otras atrocidades, de hacer las paces con ellos, de beneficiarse de a ellos.

Cuando la película se estrenó en mayo pasado, antes del ataque de Hamás del 7 de octubre y antes del interminable asalto de Israel a Gaza, se trataba de un experimento mental que podía contemplarse con cierto grado de distancia intelectual. Los miembros del público del festival de cine de Cannes que dieron a La zona de interés una entusiasta ovación de pie de seis minutos probablemente se sintieron seguros al juguetear con el desafío de Glazer. Quizás algunos contemplaron el azul del Mediterráneo y consideraron cómo ellos mismos se habían sentido cómodos, e incluso desinteresados, con las noticias de barcos llenos de gente desesperada a la que dejaban que se ahogara cerca de la costa. O tal vez pensaron en los jets privados que habían tomado para ir a Francia y en la forma en que las emisiones de los vuelos están vinculadas con la desaparición de fuentes de alimentos para personas empobrecidas en sitios lejanos, o con la extinción de especies, o con la posible desaparición de naciones enteras.

Glazer quería que su película provocara este tipo de pensamientos incómodos. Dijo lo que vio: “El mundo cada vez más oscuro a nuestro alrededor y tuve la sensación de que tenía que hacer algo con respecto a nuestras similitudes con los perpetradores antes que con las víctimas”. Quería recordarnos que la aniquilación nunca está tan lejos como podríamos pensar.

Pero cuando La zone llegó a los cines en diciembre, el sutil desafío de Glazer para que el público contemplara su Höss interior estaba mucho más pegado al hueso. La mayoría de los artistas intentan desesperadamente aprovechar el espíritu de la época, pero La zone, cuyo estreno en cines ha sido silenciado dada la respuesta inicial, bien puede haber sufrido algo raro en la historia del cine: un exceso de relevancia, una oferta excesiva de minuciosidad.

Una de las escenas más memorables de la película ocurre cuando llega a la casa de los Höss un paquete lleno de ropa y lencería robadas a los prisioneros del campo. La esposa del comandante, Hedwig (interpretada de un modo más que convincente por Sandra Hüller), indica a todos, incluidos los sirvientes, que pueden elegir algo. Se guarda un abrigo de piel e incluso se prueba el lápiz labial que encuentra en un bolsillo.

Es la intimidad con los enseres de los muertos lo que resulta tan escalofriante. Y no imagino cómo alguien puede ver esa escena y no pensar en los soldados israelíes que se filmaron rebuscando en la lencería de los palestinos cuyas casas ocupan en Gaza, o alardeando de robar zapatos y joyas para sus prometidos y novias, o tomándose selfies grupales con los escombros de Gaza como telón de fondo. (Una de esas fotos se volvió viral después de que el escritor Benjamin Kunkel agregara la leyenda “La zona de Pinterest”.)

Hay tantos ecos de este tipo que, hoy, la obra maestra de Glazer parece más un documental que una metáfora. Es casi como si, al filmar La zona al estilo de un reality show, con cámaras ocultas por toda la casa y el jardín (Glazer se ha referido a esto como “El Gran Hermano en la Casa Nazi”), la película anticipara el primer genocidio transmitido en vivo, la versión filmada por sus perpetradores.

La zona ofrece un retrato extremo de una familia cuya vida plácida y bonita fluye directamente de la maquinaria que devora la vida humana al lado. Este no es, en absoluto, un retrato de personas que lo niegan: saben lo que está sucediendo al otro lado del muro, e incluso los niños juegan con dientes humanos recogidos de la basura. El campo de concentración y la casa familiar no son entidades separadas; están unidas. El muro del jardín de la familia, que crea un espacio cerrado para que jueguen los niños y da sombra a la piscina, es el mismo muro que, del otro lado, encierra el campo.

Todos los que conozco que han visto la película sólo pueden pensar en Gaza. Decir esto no es pretender una ecuación uno a uno o una comparación con Auschwitz. No hay dos genocidios idénticos: Gaza no es una fábrica diseñada deliberadamente para asesinatos en masa, ni estamos cerca de la estadística de muertos de los nazis. Pero la única razón por la que se erigió el edificio del derecho internacional humanitario de posguerra fue para que tuviéramos las herramientas para identificar colectivamente patrones antes de que la historia se repita a gran escala. Y algunos de los patrones –el muro, el gueto, las matanzas en masa, el intento de eliminación declarado repetidamente, la hambruna masiva, el saqueo, la alegre deshumanización y la humillación deliberada– se están repitiendo.

Y se repiten también las formas en que el genocidio se vuelve un ambiente, la forma en que aquellos de nosotros que estamos un poco más lejos de las paredes podemos bloquear las imágenes, desconectarnos de los gritos y simplemente... seguir adelante. Es por eso que la Academia destacó el punto de vista de Glazer cuando hizo ese corte abrupto a Barbenheimer –en sí una trivialización de la matanza en masa– sin perder el ritmo. La atrocidad vuelve a ser un ambiente. (Se podría ver todo el espectáculo de los Oscar como una especie de extensión en vivo de La zona de interés, una especie de Negacionismo sobre hielo.)

¿Qué hacemos para interrumpir ese ímpetu de trivialización y normalización? Ésa es la pregunta con la que muchos de nosotros estamos luchando en este momento. Me preguntan mis alumnos. Les pregunto a mis amigos y camaradas. Muchos descargan sus respuestas con reclamos implacables, desobediencia civil, votos “no comprometidos”, interrupciones de eventos, caravanas de ayuda a Gaza, recaudación de fondos para refugiados y obras de arte radical. Pero no es suficiente.

Y a medida que el genocidio va fundiéndose con el trasfondo de nuestra cultura, algunas personas se desesperan demasiado por cualquiera de estos esfuerzos. Al ver los Oscar el domingo, donde Glazer estaba solo entre el desfile de oradores ricos y poderosos que subieron al podio sin siquiera mencionar a Gaza, recordé que habían pasado exactamente dos semanas desde que Aaron Bushnell, un miembro de la Fuerza Aérea estadounidense de 25 años, se autoinmoló frente a la embajada de Israel en Washington.

No quiero que nadie más despliegue esa horrible táctica de protesta; ya hubo demasiadas muertes. Pero deberíamos dedicar un tiempo a reflexionar sobre la declaración que dejó Bushnell, palabras que he llegado a considerar como una coda inquietante y contemporánea de la película de Glazer:

“A muchos de nosotros nos gusta preguntarnos: ‘¿Qué haría si fuera contemporáneo de la esclavitud? ¿O de las leyes raciales del sur de Estados Unidos? ¿O del apartheid? ¿Qué haría yo si mi país estuviera cometiendo genocidio? La respuesta es: somos contemporáneos. Ahora mismo’.”

 

martes, 5 de marzo de 2024

la palabra política

Publiqué este texto a fines de enero de 2016 en La Capital bajo el título “El lenguaje de la precariedad política” (descubro recién que en el archivo no lleva mi firma). Lo escribí a pedido de Hernán Lascano, que entonces dirigía el suplemento cultural. Reúne las opiniones de Alejandro Horowicz, María Esperanza Casullo, Juan Bautista Ritvo y Pablo Hupert sobre el entonces flamante gobierno de Macri y la política que inauguraba. Había propuesto la siguiente bajada:

Macri se presenta como un demócrata moderno y saltea el Congreso. Sus antecesores critican su demora en dar indicadores públicos pero desmontaron el Indec. ¿Cuál es el valor de la palabra en política? ¿Pueden fundarse rutinas políticas nuevas con cambios de tono o de habla? ¿La acción política desnuda como simulacro lo que se prometió con palabras? ¿Es inevitable no decir lo que se va a hacer? Pensadores de campos diversos opinan

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Según una extendida simplificación del análisis del voto en las últimas elecciones, se eligió un cambio de formas, es decir, un cambio de “lenguaje”. A un mes y chirolas del nuevo gobierno, es claro que con el cambio de lenguaje vino un cambio político, mucho más agudo incluso de lo que se quería cambiar. Parafraseando una hermosa línea de diálogo de Los expedientes secretos X (que vuelven pasado mañana a la conspirativa pantalla de la televisión argentina): “No voy a preguntar si dijiste que cambiarías lo que creo que escuché porque creo que escuché lo que dijiste que cambiarías”.

En su Ciencia Nueva (1730), Giambattista Vico –uno de los primeros en observar que los cambios políticos devienen cambios culturales– anota que del término griego polis (ciudad: de ahí política) proviene también polemos, guerra (en español conservamos “polémica”). La política es entonces una tensión entre lo que se pronuncia en la polis y lo que se calla o, mejor, lo que ese mismo pronunciamiento no puede decir. Lo pronunciable y lo impronunciable son los límites no sólo del lenguaje político, sino de la política misma. Porque la política, la organización y el gobierno de la “ciudad” es una puesta en escena, una representación montada sobre ese gran y terrible fuera de campo que es la política en la que no funcionan las palabras, es decir, la guerra.

Con mayor precisión y acierto nos lo dice el historiador Pablo Hupert, autor, entre otros, de El estado posnacional, donde lleva al terreno histórico las últimas tramas políticas en torno al estado argentino durante la década pasada: “En el lenguaje político aparece esa batalla entre lo pronunciado y pronunciable, por un lado y, por otro, lo no pronunciado y lo impronunciable. Por un lado está lo impronunciable en el sentido de caracterización de lo social. Hay precariedad en todos lados: laboral, pero también de las relaciones de pareja, o en la relación entre votantes y candidatos. Esta precariedad no se quiere asumir y se sigue pidiendo más previsión, mejor gestión, más trabajo en blanco, cosas así. Y no se ve que en el actual capitalismo, el trabajo que puede haber, el que se expande, es el precario. El kirchnerismo lo reconoció de hecho y no lo pudo decir (porque su lenguaje no se lo permitió). Lo reconoció al poner la AUH, y no lo pudo impedir porque nunca pudo bajar el 34% de trabajo precario que hay y hubo a lo largo del tiempo. Después, el kirchnerismo asumió la precariedad que tenía la gobernabilidad en este país. Y por eso siempre intentó tener la iniciativa y siempre zigzaguear”.

Hupert no entiende eso como una incoherencia, sino como una perfecta coherencia en mantener la gobernabilidad. “En un mundo que cambia todo el tiempo, la forma de mantener la gobernabilidad es moverse mucho. Esa es una de las cosas no dichas, que tiene cierto grado de pronunciabilidad. Hay otra cosa impronunciable cuando uno caracteriza lo social, que es que el llamado ‘poder real’, el poder económico, está en lo financiero. No estaba, para mí, en la gente que salió del campo a cortar rutas, esos lockout patronales. El verdadero poder real estaba en los pools de siembra, en las cerealeras exportadoras.”

El conflicto “entre lo pronunciable e impronunciable” fue señalado por Walter Benjamin en su ya clásico tratado sobre la violencia. Al reflexionar en estos términos el ensayista Alejandro Horowicz (autor, entre varias obras clave de la historia y la política argentina, de Los cuatro peronismos) señala: “En el enunciado macrista hay una generalidad que presupone: la política o es un malentendido de dos personas que no se ponen de acuerdo, porque sencillamente no se escuchan, o es una terquedad del tamaño de un ego. Entonces: es un choque de egos o es un malentendido. Este abordaje del tema deja afuera el conflicto social, que en este razonamiento no existe. Así uno de los polos del conflicto se toma como el único válido. Y en la lectura del CEO está claro que el polo del conflicto se elabora desde la lógica empresaria y el otro ni siquiera puede ser considerado porque no forma parte del problema. El otro queda discursivamente excluido. La existencia de clases sociales no es un debate para las ciencias sociales. Esas clases sociales tienen un conflicto que es el escenario mismo de la política. La política es el modo en el que las palabras intentan establecer la posibilidad de un cierto tipo de acuerdo en este conflicto, pero para eso hay que considerar los dos términos de ese conflicto. Si uno se sitúa, sencillamente, desde la eficiencia empresaria, el otro término no existe. El otro término es simplemente un costo.”

“Creo –observa la politóloga María Esperanza Casullo– que la palabra en política es central, porque el juicio político es performativo: tiene la capacidad de alterar la realidad por sí mismo”.

Las palabras y las cosas

Para Horowicz, el kirchnerismo restableció la significación de la política, las relaciones entre los delitos y las penas, entre las palabras y las cosas. “La política es también, aunque no solamente, un sistema lingüístico que se organiza en base a las diferencias. Si las diferencias no se respetan, si la lógica que articula esas diferencias no está establecida, pues bien, la política no tiene capacidad significante y por tanto carece de eficacia, se vuelve palabras vacías, relatos vacíos, vacío. Es evidente que en el pasado reciente las palabras no decían nada. Las famosas erratas y furcios de Menem eran proverbiales. Todos podían reírse, incluido el propio Menem, porque sabían que no tenía ninguna importancia”.

Y el mismo Horowicz nos aclara: “Conviene entender que la palabra pública ha sido degradada. Es cierto que el kirchnerismo restablece la relación entre las palabras y las cosas, el problema es que esto estuvo acompañado por la destrucción del Indec, y esto es algo más grave que unas cuentas incorrectas. La Revolución Francesa estableció el metro patrón. Esto es: una cuenta exacta, rigurosa, matemática de cómo una determinada octava parte de un meridiano, el de Greenwich, se transforma en una medida. Y con eso establece que esa unidad de medida es un instrumento histórico y que es un acontecimiento garantizar que esa forma de medición pueda sobrevivir. Cuando se golpea el sistema nacional de estadísticas el valor de la palabra pública se pone en entredicho. Y no es sólo que se admite que esa medición puede o no ser correcta: todas las mediciones quedan en tela de juicio y pone a mediciones tendenciosas en pie de igualdad”.

El poderoso efecto de esto es para Horowicz un golpe contra el sentido de la palabra pública, de la fe pública, y de la posibilidad misma del debate. “Porque convengamos en que un debate sólo es posible como un acto de buena fe de dos partes, donde ambas están igual de interesadas en obtener la verdad y creen, subjetivamente, que están en posesión de una cierta verdad y están dispuestas a confrontar públicamente para demostrarlo. La ruptura del metro patrón es la ruptura de la posibilidad de esta interrelación y este intercambio. Por lo tanto, cuando el mundo de las palabras es corrido en estos términos aparece el mundo de la acción directa, y los cuerpos sin palabras, ya sabemos, es la guerra.”

Hupert asume que el kirchnerismo, que se proponía una suerte de retorno a las formas políticas del siglo XX, no alcanzó a integrar al aparato estatal a algunos movimientos colectivos, a los que dejó en posición, según entiende, de consumidores aislados. “Y si los consumidores aislados tienen que estar en una lucha individual por consumir, el kirchnerismo no es un tipo de ‘discurso’ para el consumidor. Porque el kirchnerismo todavía intentaba meter ideas como Nación, Patria o ‘solidaridad intergeneracional’, mientras que Macri no recurrió a ninguna figura tercera, que medie o que regule a los consumidores aislados. La interpelación macrista era muy claramente: ‘Creo en vos'. 'Vos podés estar mejor’. Yo entré al sitio mauriciomacri.com, fue muy interesante: la palabra República no está en todo el sitio. Y Macri habla directamente al votante, casi todo el tiempo. Pero no sólo eso: el fondo de pantalla es la cara de Macri mirando a la cámara. En ese sitio Macri te está mirando a los ojos y se va acercando. Es piel a piel. Entonces, en ese punto, no es lenguaje, es sensación. No es sentido, es sensación. Creo que el votante sintió que con Macri se podía despojar de todo ese fárrago de sentidos colectivos que poco tenían que ver con su vida práctica cotidiana. No digo sus convicciones, digo su práctica cotidiana. Porque en la vida cotidiana estamos solos en el mercado. Lo más que tenemos es un socio, que nos puede cagar.”

Anzuelo

“En el caso de Cambiemos –dice Casullo– es interesante porque hay algo del bait and swith (enganchar con el anzuelo y girar, como decimos nosotros) menemista. Mauricio Macri dijo un montón de cosas en la campaña a sabiendas, creo, de que no iba a cumplirlas: prometió que no habría despidos en la administración pública y que mantendría una gran parte de las políticas del kirchnerismo que ‘medían bien’ en las encuestas. En el debate llegó a decir que no devaluaría”.

En torno a lo que se dice y se calla en el discurso político hay siempre, hasta donde se puede (porque estar inmersos en el lenguaje no deja tantas posibilidades de maniobra, salvo en ciertos efectos comunicacionales), cierto cálculo. María Esperanza Casullo ensaya: “El cálculo, como en el caso del menemismo [la célebre confesión: “Si decía lo que iba a hacer no me votaba nadie”], es que los votantes le perdonarían [a Macri] el abandono de las consignas de continuidad en torno a ciertas políticas populares si podía hacer dos cosas: a) convencer a la población de que la situación con la cual se encontró es una catástrofe montada por el propio kirchnerismo, lo cual obliga a repensar toda la estrategia y b) la situación económica mejora. La operación a) está en curso, la b) hay que ver qué pasa”.

Pero, ¿cómo ha sido la historia de los presidentes recientes en relación con su discurso político? “Los presidentes, creo –dice Casullo–, tienen un margen para ‘cambiar de palabra’ pero no infinitamente y no en cualquier momento. Creo que en Argentina la población sigue más y mejor la política de lo que le damos crédito. Un presidente, sobre todo, no puede anunciar sólo malas noticias. Hablar con sinceridad de lo mal que está o estará la economía es una cosa, pero puede pasar a transmitir impotencia rápidamente”.

Los términos del conflicto

Con el ensayista y psicoanalista rosarino Juan Ritvo, polemista memorable en temas políticos, conversamos a partir de una observación de Roberto Espósito según la cual “el lenguaje es objeto mismo de la política”. “El cambio de lenguaje era ya esperable: son los ciclos de la política argentina que van de la lucha de las fuerzas de la patria contra la ‘anti-patria’ (aunque muchos de los patriotas forman parte orgánica de la llamada antipatria) al llamado a la conciliación, la armonía, la paz, en fin, a la antipolítica. La política se neutraliza cuando entra en el terreno de las buenas formas parlamentarias, aunque el horror y la violencia continúen fluyendo y fluyendo. En una sociedad dividida en clases, la violencia es inextirpable. Todos esos términos como república, militancia, libertad, batalla cultural son, ya, meros restos de una batalla perdida. Las militancia kirchnerista fue una parodia de otras militancias a sangre y fuego (esta era una militancia para conseguir puestos en el Estado) y su batalla cultural ocultó siempre el incremento feroz de la pobreza extrema en estos últimos años. Todo empezó cuando Néstor (Kirchner) heredó el aparato de (Eduardo) Duhalde y terminó haciendo lo mismo. El macrismo (pero es excesivo, Macri es un líder de baja intensidad), bajo el manto de la república, lo que oculta es una tremenda transferencia de ingresos. El desastre del gobierno anterior condujo a esto, por eso yo no distinguí demasiado (aunque voté resignado a Scioli) entre un frente y otro.”

En La tragedia, o el fundamento perdido de lo político, el ensayista y sociólogo Eduardo Grüner analiza la doctrina de Carl Schmidt (de cuyos fundamentos jurídicos se nutriera el nazismo) y sintetiza: “la verdad de lo político, el momento auténticamente político, emerge en el ‘estado de excepción’, y no en la normalidad ‘parlamentaria’ ni en la rutina institucional.” El “estado de excepción”, definido por Schmidt en su Teología política (1922), señala el momento en que la autoridad puede tomar medidas extraordinarias, como definir al enemigo público en períodos de extrema crisis, lo que pone en suspenso a la ley sobre quien ejerce la autoridad. En 2005 el filósofo italiano Giorgio Agamben desarrollaría de nuevo este concepto en torno al concepto de soberanía. Tomó como ejemplo los detenidos bajo la administración de George W. Bush acusados de terrorismo para llevarlos a la cárcel de Guantánamo. En otras palabras, el “estado de excepción” es un abuso esperable de toda autoridad que ejerce el poder más allá de la ley.

Para Horowicz, la síntesis incluye a Schmidt pero también a Karl Marx: “Uno explica por qué el estado de excepción es el que permite la decisión política, el otro muestra cómo el ropaje que la burguesía intenta dar a la república no sólo no resuelve la conflictividad, sino que cuando la conflictividad pone en juego las decisiones, a la hora de la verdad, queda el estado de excepción. Y basta recordar 1976 para saber que esto es así. De modo que lo que ruge por debajo y por detrás del gobierno de Macri es el estado de excepción. Macri tiene el consenso requerido para la práctica del estado de excepción sin los instrumentos materiales que ese estado de excepción supone, esto es, sin las fuerzas armadas, que son parte del proceso de descomposición general.”

—¿Qué otros actores participarían de esa descomposición general?

—La idea de una conducción sindical como la que vemos. Que veamos una movilización de ATE separada de una de la izquierda, separada de una de simpatizantes del Frente para la Victoria en relación a la defensa de la Ley de Medios, ahí uno se da cuenta de que estos elementos, que son concurrentes y forman parte de un mismo escenario político y obedecen a las mismas razones, no permiten un encuentro unificado, sencillamente porque sus direcciones son incapaces de articularse. Esto puede suceder un rato, pero si persiste el resultado del partido es obvio. Y el proceso del peronismo también es de franca descomposición. Cuando se mira el FPV no se ve una unidad política, sino que los gobernadores van a negociar como negociaron siempre, los intendentes hacen lo propio y, al mismo tiempo, uno ve un segmento de diputados que estaría dispuesto a juegos de mayor alcance, pero lo que queda claro es que de ninguna manera hay una dirección reconocida por todos, eso está en disputa salvajemente y el enfrentamiento allí tiene tan poca amabilidad como el conflicto social. En consecuencia, esto va a producir una decantación. Va a quedar muy claro qué quiere decir el peronismo en estas condiciones históricas. Porque el secreto del peronismo es que podían coexistir al mismo tiempo el gobernador de Chaco, el intendente de Lomas de Zamora y los jóvenes radicalizados. Pues está bien claro que esto es una deliciosa utopía.”

Para Hupert, “la verdad de la política no es representable, no es pronunciable a menos que haya un acontecimiento.”

—¿Cómo diciembre de 2001?

—Sí, creo que la potencia de 2001 fue crónicamente desactivada por el kirchnerismo, que ha permitido un giro conservador que empieza en 2011, con menos empleo, más represión, más concentración de la riqueza. La verdad de todo pacto de dominación es de una violencia tal que hace presente el estado de excepción.