socio

"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).
Mostrando entradas con la etiqueta traducciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta traducciones. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de agosto de 2026

qué convierte en china a la ciencia ficción china

El libro Invisible Planets. An Anthology of Contemporary Chinese SF In Translation –”Una antología de ciencia ficción china en traducción”– se puede leer o descargar de la web, aunque en el lamentable formato PDF. Lo recopila, edita y traduce Ken Liu (de quien ya tradujimos este ensayo), traductor a su vez de Cixin Liu (autor de la trilogía El problema de los tres cuerpos). Reúne trece relatos de autores actuales de ciencia ficción china y algunos ensayos que apuntan a desentrañar la especificidad de la ciencia ficción china, entre ellos el de Xia Jia que tradujimos acá. El libro, cuya versión online no especifica hasta donde lo pude recorrer una fecha de publicación, es posterior a 2014 y anterior a la pandemia de 2020, según traté de descifrar y si algún lector se hace la pregunta.

Qué convierte en china a la ciencia ficción china

por Xia Jia 

En el verano de 2012, participé en un panel sobre ciencia ficción china en Chicon 7. Uno de los asistentes nos preguntó, a mí y a los demás autores chinos: "¿Qué convierte en china a la ciencia ficción china?".

No es para nada una pregunta fácil de responder. Cada uno tendrá una respuesta diferente. Lo cierto es que, durante el último siglo, la "ciencia ficción china" ha ocupado un lugar bastante singular en la cultura y la literatura de la China moderna.

Las inspiraciones creativas de la ciencia ficción —maquinaria pesada, nuevos modos de transporte, viajes globales, exploración espacial— son fruto de la industrialización, la urbanización y la globalización, procesos con raíces en el capitalismo moderno. Pero cuando el género se introdujo por primera vez en China a través de traducciones a principios del siglo XX, se trató principalmente como fantasías y sueños de modernidad, material que podía integrarse en la construcción de un "sueño chino".

"Sueño chino" se refiere aquí al renacimiento de la nación china en la era moderna, un requisito previo cuya realización era la reconstrucción del sueño del pueblo chino. En otras palabras, los chinos tuvieron que despertar de su sueño milenario de ser una civilización antigua y comenzar a soñar con convertirse en un Estado-nación moderno, democrático, independiente y próspero. Como resultado, las primeras obras de ciencia ficción en chino fueron, en palabras del famoso escritor Lu Xun, consideradas herramientas literarias para “mejorar el pensamiento y fomentar la cultura”. Por un lado, estas primeras obras, como mitos de ciencia, ilustración y desarrollo basados ​​en la imitación de “Occidente”/”el mundo”/”la modernidad”, intentaron tender un puente entre la realidad y el sueño. Por otro lado, las limitaciones de su contexto histórico les otorgaron características profundamente chinas que solo enfatizaron la profundidad del abismo entre el sueño y la realidad.

Una de estas primeras obras fue Nueva China de Lu Shi’e (publicada en 1910). El protagonista despierta en el Shanghái de 1950 tras un largo letargo. Observa a su alrededor una China progresista y próspera, y le explican que todo se debe a los esfuerzos del Dr. Su Hanmin, quien estudió en el extranjero e inventó dos tecnologías: "la medicina espiritual" y la "técnica del despertar". Gracias a estas tecnologías, una población sumida en la confusión espiritual y el aturdimiento del opio despertó instantáneamente e inició un explosivo proceso de reforma política y desarrollo económico. La nación china no solo se ha revitalizado, sino que incluso ha logrado superar abusos que Occidente no pudo superar entre los suyos. En opinión del autor, “los empresarios europeos eran puramente egoístas y no les importaba en absoluto el sufrimiento ajeno. Por eso [los chinos] impulsaron el crecimiento de los partidos comunistas”. Sin embargo, con la invención de la medicina espiritual del Dr. Su, todos los chinos se han vuelto altruistas, y "todos consideran el bienestar de los demás como su responsabilidad; prácticamente ya es socialismo, así que, por supuesto, no estamos plagados de comunistas".

Tras la fundación de la República Popular, la ciencia ficción china, como rama de la literatura socialista asumió la responsabilidad de popularizar el conocimiento científico, de describir un hermoso plan para el futuro e inspirar a la sociedad a realizarlo. Por ejemplo, el escritor Zheng Wenguang afirmó: "El realismo de la ciencia ficción se diferencia del realismo de otros géneros; es un realismo impregnado de idealismo revolucionario, ya que su público objetivo es la juventud". Este "idealismo revolucionario", en esencia, es una continuación de la fe y el entusiasmo chinos por la gran narrativa de la modernización. Representa el optimismo por el desarrollo y el progreso continuos, y una pasión incondicional por la construcción de un Estado-nación.

Un ejemplo clásico de idealismo revolucionario es Capriccio para el comunismo de Zheng Wenguang (publicado en 1958). El relato describe la celebración en la Plaza de Tiananmen en 1979, con motivo del trigésimo aniversario de la fundación de la República Popular. Los “constructores del comunismo” desfilan por la plaza, presentando sus logros científicos a la patria: la nave espacial Mars I, el gigantesco dique que conecta la isla de Hainan con el continente, fábricas que sintetizan todo tipo de productos industriales a partir del agua del océano, incluso soles artificiales que derriten los glaciares de las montañas Tian Shan para transformar desiertos en fértiles tierras de cultivo… Ante tales maravillas, el protagonista exclama: “¡Oh, qué escenas tan fantásticas, posibles gracias a la ciencia y la tecnología!”.

Tras el intervalo impuesto por la Revolución Cultural, la pasión por construir un Estado-nación moderno se reavivó en 1978. El libro de Ye Yonglie, Little Smart Roaming the Future (El futuro itinerante de los pequeños vivos, publicado en agosto de 1978), un volumen delgado repleto de fascinantes visiones de una ciudad futura vista a través de los ojos de un niño, anunció una nueva ola de ciencia ficción en China con una tirada inicial de 1,5 millones de ejemplares. Paradójicamente, a medida que China se modernizaba con las reformas de la era de Deng Xiaoping, estos sueños entusiastas del futuro desaparecieron gradualmente de la ciencia ficción china. Lectores y escritores parecían abandonar las utopías románticas e idealistas y regresar a la realidad.

En 1987, Ye Yonglie publicó un cuento titulado "Sueño frío al amanecer". En una fría noche de invierno en Shanghái, el protagonista tiene dificultades para conciliar el sueño en su casa sin calefacción. Una serie de grandiosos sueños de ciencia ficción inundan su mente: calefacción geotérmica, soles artificiales, "invertir los polos Norte y Sur", incluso "cubrir Shanghái con una cúpula de cristal tipo invernadero". Sin embargo, la realidad se impone en forma de preocupaciones sobre la aprobación de los proyectos propuestos, la obtención de los materiales y la energía necesarios, los posibles conflictos internacionales, etc.; cada visión termina siendo rechazada por inviable. "¡Mil millas separan a los amantes llamados Realidad y Fantasía!". La distancia y la brecha, cabe suponer, demuestran la ansiedad y la incomodidad de los chinos al despertar de la fantasía del comunismo.

A partir de finales de la década de 1970, un gran número de obras de ciencia ficción europeas y estadounidenses se tradujeron y publicaron en China, y la ciencia ficción china, durante mucho tiempo influenciada por la literatura científica soviética para niños, se percató repentinamente de su propio retraso y marginalidad. Motivados por oposiciones binarias como China-Occidente, subdesarrollado-desarrollado y tradición-modernidad, así como por el deseo de reintegrarse al orden internacional, los escritores de ciencia ficción chinos intentaron romper con el modelo de divulgación científica que había predominado durante mucho tiempo. Esperaban que la ciencia ficción china evolucionara rápidamente, pasando de un estado subdesarrollado, reprimido e infantil a una forma de expresión literaria madura y moderna. Simultáneamente, surgió la controversia cuando escritores y críticos debatieron cómo abordar los estándares internacionales en contenido y forma literaria, explorando al mismo tiempo las características nacionales únicas de la ciencia ficción china para que "China" pudiera ubicarse en el capitalismo global. Los escritores chinos tuvieron que imitar y hacer referencia a los temas y formas de la ciencia ficción occidental mientras construían una posición para la cultura china en un mundo globalizado, y desde esta posición participar en la imaginación del futuro compartido de la humanidad.

El fin de la Guerra Fría y la acelerada integración de China en el capitalismo global en la década de 1990 condujeron a un proceso de cambio social cuya exigencia última fue la aplicación de los principios del mercado a todos los aspectos de la vida social, manifestándose especialmente en el impacto y la destrucción que la racionalidad económica infligió a las tradiciones. Aquí, "tradiciones" incluye tanto las antiguas formas de vida en la China rural como la antigua ideología socialista del país, orientada a la igualdad. Así, mientras China experimentaba su gran transformación, su ciencia ficción se alejó de los sueños de modernización para acercarse a una realidad social mucho más compleja.

La ciencia ficción europea y estadounidense extrae su energía creativa y material de origen de la experiencia histórica occidental de modernización política y económica y, a través de formas altamente alegóricas, transforma los temores y esperanzas de la humanidad sobre su propio destino en sueños y pesadillas. Tras asimilar diversos escenarios, imágenes, códigos culturales y recursos narrativos de la ciencia ficción occidental, los escritores chinos de ciencia ficción han construido gradualmente un campo cultural y un espacio simbólico que poseen cierto grado de coherencia y autodisciplina con respecto a la literatura convencional y otros géneros literarios populares. En este espacio, formas que maduran progresivamente han absorbido diversas experiencias sociales que aún no pueden ser capturadas por completo por el orden simbólico, y tras una serie de transformaciones, integraciones y reorganizaciones, han dado lugar a nuevos vocabularios y gramáticas. En este sentido, la ciencia ficción china desde la década de 1990 hasta la actualidad puede interpretarse como una alegoría nacional en la era de la globalización.

En general, los escritores chinos de ciencia ficción se enfrentan a una condición histórica particular. Por un lado, el fracaso del comunismo como alternativa para superar las crisis del capitalismo implica que las crisis de la cultura capitalista, acompañadas del proceso de globalización, se manifiestan en la vida cotidiana del pueblo chino. Por otro lado, China, tras una serie de traumas derivados de las reformas económicas y un alto precio por el desarrollo, ha logrado despegar económicamente y resurgir a nivel mundial. La coexistencia de crisis y prosperidad garantiza una diversidad de actitudes hacia el futuro de la humanidad entre los escritores: algunos son pesimistas, convencidos de nuestra impotencia ante tendencias irresistibles; otros confían en que el ingenio humano finalmente triunfará; y otros recurren a la observación irónica de las absurdidades de la vida. El pueblo chino alguna vez creyó que la ciencia, la tecnología y la valentía para soñar los impulsarían a alcanzar a las naciones desarrolladas de Occidente. Sin embargo, ahora que la ciencia ficción y los productos culturales occidentales están repletos de visiones que fantasean con el destino sombrío de la humanidad, los escritores y lectores chinos de ciencia ficción ya no pueden considerar que haya una respuesta a la pregunta "¿hacia dónde vamos?"

Los escritores chinos contemporáneos de ciencia ficción conforman una comunidad llena de diferencias internas. Estas diferencias se manifiestan en la edad, la región de origen, la trayectoria profesional, la clase social, la ideología, la identidad cultural, la estética y otros ámbitos. Sin embargo, al leer y analizar detenidamente su obra, aún puedo encontrar aspectos comunes entre ellos (yo incluido). Nuestras historias están escritas principalmente para un público chino. Los problemas que nos preocupan y sobre los que reflexionamos son los que nos afectan a todos los que compartimos esta parcela de la Tierra. Estos problemas, a su vez, están conectados de mil maneras complejas con el destino colectivo de toda la humanidad.

Al leer ciencia ficción occidental, los lectores chinos descubren los miedos y las esperanzas del ser humano, el Prometeo moderno, respecto a su destino, que también es su propia creación. Quizás los lectores occidentales también puedan leer ciencia ficción china y experimentar una modernidad china alternativa que los inspire para imaginar un futuro diferente.

La ciencia ficción china abarca historias que no se limitan a China. Por ejemplo, La ciudad del silencio de Ma Boyong es un homenaje a 1984 de Orwell, además de una representación de los muros invisibles que quedaron tras la Guerra Fría; Cuidando de Dios de Liu Cixin explora los tópicos comunes de la expansión de la civilización y el agotamiento de los recursos en forma de drama moral ambientado en una aldea rural china; La flor de Shazui de Chen Qiufan extiende la oscura atmósfera del cyberpunk a los pueblos pesqueros costeros cerca de Shenzhen, donde el pueblo ficticio llamado “Shazui” es un microcosmos del mundo globalizado, así como un síntoma del mismo. Mi propia obra, Cien fantasmas desfilan esta noche, incluye imágenes fugaces de otras obras de maestros: The Graveyard Book de Neil Gaiman, Una historia de fantasmas china de Tsui Hark y las películas de Hayao Miyazaki. En mi opinión, estas historias dispares parecen hablar de algo en común, y la tensión entre los cuentos de fantasmas chinos y la ciencia ficción ofrece otra forma de expresar la misma idea. 

La ciencia ficción —para decirlo con palabras de Gilles Deleuze— es una literatura en constante devenir, que nace en la frontera —la frontera entre lo conocido y lo desconocido, la magia y la ciencia, el sueño y la realidad, el yo y el otro, el presente y el futuro, Oriente y Occidente— y se renueva a medida que esa frontera se desplaza y migra. El desarrollo de la civilización está impulsado por la curiosidad que nos obliga a cruzar esta frontera, a subvertir prejuicios y estereotipos y, en el proceso, a completar nuestro autoconocimiento y crecimiento.

En este momento histórico crucial, mi convicción de que reformar la realidad requiere no solo ciencia y tecnología, sino también la creencia de todos en que la vida puede ser mejor —y serlo— si poseemos imaginación, valentía, iniciativa, unidad, amor y esperanza, así como un poco de comprensión y empatía hacia los demás. Cada uno nace con estas valiosas cualidades, y quizás sea también el mejor regalo que la ciencia ficción puede ofrecernos.


jueves, 23 de julio de 2026

ciencia ficción china

CIXIN LIU | Publicado el 7 de mayo de 2014 en ReactorMag bajo el título “The Worst of All Possible Universes and the Best of All Possible Earths: Three Body and Chinese Science Fiction” (“El peor de los universos posibles y la mejor de las Tierras: El problema de los tres cuerpos y la ciencia ficción china”) 

Traducido (del chino) por Ken Liu.


Hace unos años se conoció en China una novela de ciencia ficción con el peculiar título de Tres Cuerpos.

Constaba de tres volúmenes en total bajo el título oficial: El recuerdo del pasado de la Tierra. Tras el primer volumen, Tres Cuerpos (nota: el título oficial en inglés y español es El Problema de los Tres Cuerpos), los dos siguientes se titulan El Bosque Oscuro y El Fin de la Muerte. Sin embargo, los lectores chinos suelen referirse a toda la obra como Tres Cuerpos.

La ciencia ficción no goza de mucho prestigio en China. Desde hace tiempo, se desaconseja a la crítica prestarle atención, considerándola literatura juvenil. El tema de Tres Cuerpos —una invasión alienígena a la Tierra— no es desconocido, pero rara vez se debate.

De ahí que sorprendiera a todos que el libro despertara un gran interés en China y suscitara un intenso debate. La cantidad de tinta y píxeles derramados a causa de Tres Cuerpos no tiene precedentes para una novela de ciencia ficción.

Permítanme dar algunos ejemplos. Los principales consumidores de libros de ciencia ficción en China son estudiantes de secundaria y universitarios. Pero Tres Cuerpos captó la atención de los emprendedores tecnológicos; en foros de internet y otros lugares, debatieron y analizaron los diversos detalles del libro (como la "teoría del bosque oscuro" en el cosmos —una respuesta a la paradoja de Fermi— y el ataque de reducción de dimensiones al sistema solar lanzado por extraterrestres) como metáforas de la feroz competencia entre las empresas web chinas. Posteriormente, Tres Cuerpos llegó a oídos del mundo literario chino, tradicionalmente dominado por la ficción realista. Tres Cuerpos fue como un monstruo que irrumpió repentinamente en escena, y los críticos literarios quedaron perplejos, aunque sintieron que no podían ignorarlo.

El libro incluso tuvo repercusión en científicos e ingenieros. Li Miao, cosmólogo y teórico de cuerdas, escribió un libro titulado La física de los tres cuerpos. Muchos ingenieros aeroespaciales se convirtieron en admiradores, e incluso la agencia aeroespacial china me pidió que les asesorara (a pesar de que en mi novela el estamento aeroespacial chino se describía como tan conservador y rígido que un oficial extremista tuvo que recurrir a asesinatos en masa para permitir que florecieran nuevas ideas). Este tipo de reacciones probablemente resulten familiares para los lectores estadounidenses (por ejemplo, La física de Star Trek, lo mismo que la colaboración habitual de científicos de la NASA con escritores de ciencia ficción), pero son inauditas en China y contrastan marcadamente con la política oficial de represión de la ciencia ficción durante la década de 1980.


En internet se pueden encontrar numerosas canciones compuestas por fans para Los tres cuerpos, y lectores que anhelan una adaptación cinematográfica; algunos incluso se han tomado la molestia de crear tráileres falsos con fragmentos de otras películas. Sina Weibo, un servicio chino de microblogging similar a Twitter, cuenta con numerosas cuentas de usuario basadas en personajes de la novela Tres Cuerpos. Estos usuarios se mantienen en los personajes y comentan sobre la actualidad, ampliando así la historia narrada en la novela. Basándose en estas identidades virtuales, algunos han especulado que la ETO, la organización ficticia de desertores humanos que forman una quinta columna para los invasores alienígenas, ya está en funcionamiento. Cuando CCTV, la mayor cadena de televisión estatal de China, intentó realizar una serie de entrevistas sobre ciencia ficción, más de cien personas del público en el estudio estallaron en cánticos de «¡Eliminen la tiranía humana! ¡El mundo pertenece a Trisolaris!», una cita de la novela. Los dos presentadores quedaron completamente desconcertados y no supieron qué hacer.

Por supuesto, éstos son solo los capítulos más recientes en la centenaria historia de la ciencia ficción en China.

La ciencia ficción china nació a principios del siglo XX, cuando la dinastía Qing se tambaleaba al borde de la ruina. En aquel entonces, los intelectuales chinos estaban fascinados y sentían curiosidad por la ciencia y la tecnología occidentales, y consideraban que dicho conocimiento era la única esperanza para salvar a la nación de la pobreza, la debilidad y el atraso general. Se publicaron numerosas obras que divulgaban y especulaban sobre la ciencia, incluyendo obras de ciencia ficción. Uno de los líderes de la fallida Reforma de los Cien Días (del 11 de junio al 21 de septiembre de 1898), el renombrado erudito Liang Qichao, escribió un relato de ciencia ficción titulado “Crónica del futuro de la Nueva China”. En él, imaginaba una Exposición Universal de Shanghái, una visión que no se haría realidad hasta 2010.

Como la mayoría de los géneros de expresión literaria, la ciencia ficción en China estaba sujeta a impulsos instrumentalistas y debía servir a objetivos prácticos. En sus inicios, se convirtió en una herramienta de propaganda para los chinos que soñaban con una China fuerte y libre de la dominación colonial. Así, las obras de ciencia ficción desde finales de la dinastía Qing hasta los primeros años de la República casi siempre presentaban un futuro en el que China era fuerte, próspera y avanzada, una nación respetada por el mundo en lugar de subyugada.

Tras la fundación de la República Popular en 1949, la ciencia ficción se convirtió en una herramienta para popularizar el conocimiento científico, y sus principales lectores eran los niños. La mayoría de estas historias se centraban en la tecnología y contenían poco humanismo, con personajes simplistas y técnicas literarias básicas, incluso ingenuas. Pocas novelas se aventuraron más allá de la órbita de Marte, y la mayoría se ciñeron al futuro cercano. En estas obras, la ciencia y la tecnología siempre se presentaban como fuerzas positivas, y el futuro tecnológico siempre era prometedor.

Se puede hacer una observación interesante al analizar la ciencia ficción publicada durante este período. En los primeros años posteriores a la Revolución Comunista, la política y el fervor revolucionario impregnaban todos los aspectos de la vida cotidiana, y el aire que se respiraba parecía estar cargado de propaganda a favor de los ideales comunistas. En este contexto, cabría esperar que la ciencia ficción también estuviera repleta de descripciones de utopías comunistas del futuro. Aunque, de hecho, no se encuentra ni una sola obra de este tipo. Prácticamente no existían relatos de ciencia ficción que abordaran el comunismo, ni siquiera esbozos simplistas para promover el concepto.

En la década de 1980, con la entrada en vigor de las reformas de Deng Xiaoping, la influencia de la ciencia ficción occidental en la china se hizo más evidente. Escritores y críticos chinos de ciencia ficción comenzaron a debatir si la ciencia ficción se centraba más en la «ciencia» o en la «ficción», y finalmente se impuso el terreno literario. Este debate tuvo una enorme influencia en el futuro desarrollo de la ciencia ficción china y, en cierto modo, puede considerarse una respuesta china tardía al movimiento de la Nueva Ola en Occidente. La ciencia ficción finalmente logró escapar del destino de ser una mera herramienta para popularizar la ciencia y pudo desarrollarse en nuevas direcciones.


Durante lo que va de mediados de la década de 1990 y la actualidad, la ciencia ficción china experimentó un renacimiento. Los nuevos escritores y sus ideas innovadoras tenían poca conexión con el siglo pasado, y a medida que la ciencia ficción china se diversificaba, también comenzó a perder su singularidad como género particularmente "chino". La ciencia ficción china contemporánea se asemeja cada vez más a la ciencia ficción mundial, y estilos y temas explorados por escritores estadounidenses, por ejemplo, encuentran fácilmente paralelismos en la ciencia ficción china.

Cabe observar y subrayar que el optimismo hacia la ciencia que subyacía a gran parte de la ciencia ficción china del siglo pasado prácticamente ha desaparecido. La ciencia ficción contemporánea refleja mucha desconfianza y ansiedad ante el progreso tecnológico, y los futuros que se describen en estas obras son sombríos e inciertos. Incluso si ocasionalmente aparece un futuro brillante, este llega solo después de mucho sufrimiento y un camino tortuoso.

En el momento de la publicación de Tres cuerpos, el mercado chino de la ciencia ficción se encontraba en un estado de incertidumbre y depresión. La prolongada marginación del género había dado lugar a un público lector reducido y hermético. Los aficionados se sentían como una tribu aislada y poco comprendidos por los demás. Los escritores luchaban por atraer lectores ajenos a este círculo y sentían la necesidad de abandonar su “fundamentalismo en la ciencia ficción” campbelliana* y elevar la calidad literaria y el realismo del género.

Los dos primeros volúmenes de Tres cuerpos mostraron algunos esfuerzos en esta dirección. Gran parte del primer volumen se ambientaba durante la Revolución Cultural, y en el segundo, la China del futuro aún existía bajo instituciones sociopolíticas similares a las actuales. Estos intentos buscaban aumentar la sensación de realismo para los lectores y dotar a los elementos especulativos de cierta base en el presente. Como resultado, tanto mi editor como yo teníamos poca fe en el tercer volumen antes de su publicación. A medida que la historia avanzaba, me resultó imposible ambientar el tercer volumen en la realidad presente, y tuve que describir futuros lejanos y rincones remotos del cosmos; y, por consenso, a los lectores chinos no les interesaban tales temas.

Mi editor y yo llegamos a la conclusión de que, dado que era imposible que el tercer volumen tuviera éxito en el mercado, quizás lo mejor era renunciar a intentar atraer a lectores que no fueran ya aficionados a la ciencia ficción. En su lugar, escribiría una novela de ciencia ficción "pura", lo cual me reconfortaba, ya que me consideraba un fanático acérrimo. Así que escribí el tercer volumen para mí mismo, llenándolo de universos multidimensionales y bidimensionales, agujeros negros artificiales y miniuniversos, y extendí la línea temporal hasta la muerte térmica del universo.

Y, para nuestra total sorpresa, fue este tercer volumen, escrito exclusivamente para los aficionados a la ciencia ficción, el que impulsó la popularidad de la serie en su conjunto.

La experiencia de Tres Cuerpos llevó a escritores y críticos de ciencia ficción a reevaluar la ciencia ficción china y a China. Se dieron cuenta de que habían estado ignorando los cambios en los patrones de pensamiento de los lectores chinos. A medida que la modernización aceleraba su ritmo, la nueva generación de lectores ya no limitaba sus pensamientos al presente, como lo hacían sus padres, sino que se interesaba por el futuro y el vasto cosmos. La China actual se asemeja un poco a Estados Unidos durante la Edad de Oro de la ciencia ficción, cuando la ciencia y la tecnología llenaban el futuro de asombro, presentando tanto grandes crisis como grandes oportunidades. Este fue un terreno fértil para el crecimiento y florecimiento de la ciencia ficción.

La ciencia ficción es una literatura de posibilidades. El universo en el que vivimos también es uno de innumerables posibilidades. Para la humanidad, algunos universos son mejores que otros, y Tres Cuerpos muestra el peor de todos los universos posibles, un universo en el que la existencia es tan oscura y cruel como uno pueda imaginar.

No hace mucho, el escritor canadiense Robert Sawyer visitó China, y al hablar de Tres Cuerpos, atribuyó mi elección del peor de todos los universos posibles a la experiencia histórica de China y del pueblo chino. Como canadiense, argumentó que tenía una visión optimista de la futura relación entre humanos y extraterrestres.

No comparto este análisis. En la ciencia ficción china del siglo pasado, el universo era un lugar benevolente, y la mayoría de los extraterrestres aparecían como amigos o mentores que, dotados de una paciencia y tolerancia casi divinas, nos señalaban el camino correcto, a nosotros, un rebaño perdido. En La isla de la luna de Jin Tao, por ejemplo, los extraterrestres aliviaban el trauma espiritual de los chinos que habían vivido la Revolución Cultural. En Amor lejano de Tong Enzheng, el romance entre humanos y extraterrestres se retrataba como conmovedor y magnífico. En Reflexiones de la Tierra de Zheng Wenguang, la humanidad era vista como tan moralmente corrupta que los extraterrestres, amables y de moral refinada, estaban aterrorizados y tenían que huir, a pesar de poseer una tecnología muy superior.

Pero si se evaluara el lugar de la civilización terrestre en este universo, la humanidad parece mucho más cercana a los pueblos indígenas de los territorios canadienses antes de la llegada de los colonizadores europeos que al Canadá actual. Hace más de quinientos años, cientos de pueblos distintos, que hablaban lenguas pertenecientes a más de diez familias lingüísticas, poblaban el territorio que se extiende desde Terranova hasta la isla de Vancouver. Su experiencia del contacto con una civilización alienígena se asemeja mucho más a la que se describe en Tres cuerpos. La descripción de esta historia en el ensayo Historia canadiense: una perspectiva aborigen, de Georges Erasmus y Joe Saunders, es inolvidable.

Escribí sobre el peor de los universos posibles en Tres Cuerpos con la esperanza de que podamos esforzarnos por lograr la mejor de las Tierras posibles.


*Se refiere a John W. Campbell (1910-1971), escritor y editor estadounidense a quien se atribuye haber delineado las características modernas del género, además de haber dado lugar a autores como Theodor Sturgeon, Isaac Asimov o Arthur C. Clarke. (DdT).

>>><<<

[Nótse que el nombre del autor aparece tal como saldrá en la próxima traducción de la trilogía de Los Tres Cuerpos, en lugar de seguir la convención china de colocar primero su apellido, como hicimos en publicaciones anteriores.] 

Cixin Liu es un representante de la nueva generación de autores chinos de ciencia ficción y una voz destacada en el género. Es miembro de la Asociación China de Escritores Científicos y de la Asociación de Escritores de Shanxi. Recibió el Premio China Galaxy de Ciencia Ficción durante ocho años consecutivos, de 1999 a 2006, y nuevamente en 2010. También recibió el Premio Nebula (Xingyun) en 2010 y 2011. Su novela El Problema de los Tres Cuerpos estará disponible por primera vez en inglés en octubre de 2014, publicada por Tor Books y traducida por Ken Liu.


miércoles, 10 de junio de 2026

las políticas de autoflagelación

O, el desenlace neoliberal como pelotón de fusilamiento circular

En esta traducción se respetaron todos los hipervínculos del original en inglés y se incluyó alguna otra, así como aclaraciones a pie de página.


Adam Kotsko



Una de las mejores novelas de ciencia ficción que leí es Children of time (Herederos del tiempo) de Adrian Tchaikowsky. Narra la historia de un proyecto para terraformar otros planetas para que los habiten humanos, utilizando un virus genético para acelerar la evolución y crear nuevas especies inteligentes adaptadas al nuevo entorno. Sin embargo, antes de que el plan pueda ponerse en marcha, estalla una guerra civil en la Tierra y grupos radicales envían un virus informático para sabotear el programa de terraformación. En un planeta clave, el virus se libera entre arañas, que gradualmente adquieren inteligencia. La trama alterna entre el seguimiento de la evolución gradual de las arañas y su sociedad —imaginada con gran riqueza y maestría por Tchaikowsky— y las desventuras de una tripulación humana que intenta escapar de las ruinas de su planeta muchas generaciones después de la guerra civil. 

Lo disfruté tanto que lo leí de una sentada durante un largo vuelo, inclinándome periódicamente hacia mi estimado compañero para compartir las últimas novedades (por ejemplo, «¡Dios mío, han descubierto cómo hacer ordenadores con hormigas!»). Las secuelas han seguido un patrón similar con resultados decrecientes, pero continué leyendo en memoria de aquella magnífica primera experiencia. Por eso, sigo dándole vueltas a la estructura básica del universo ficticio de la serie, con su trayectoria a lo Star Trek hacia la autodestrucción seguida de la búsqueda de la salvación entre las estrellas. Cuando leí la primera entrega en 2019, un aspecto de la construcción del mundo que no terminaba de comprender era la idea de que la gente de la Tierra fuera tan pura y nihilistamente destructiva. El proyecto de terraformación era, sin duda, un logro científico y tecnológico asombroso. Nadie iba a obligar a nadie a vivir en los nuevos planetas. ¿Por qué alguien destruiría algo así, aparentemente por pura malicia?

Esa pregunta ya no me inquieta de la misma manera. En lugar de un escenario de ciencia ficción descabellado, es el tema recurrente de las noticias diarias. Desde el primer día, el proyecto de la administración Trump ha sido de pura destrucción. Instituciones y programas construidos durante generaciones han sido desmantelados con regocijo, mientras que la financiación gubernamental (y la limitada capacidad estatal que aún queda) se ha dirigido cada vez más exclusivamente hacia la violencia y la muerte. Pocas veces ha habido un líder político tan decidido a causar daño y más daño, y pocas veces ha habido un movimiento político tan orgulloso de declarar su adhesión al mal por el mal mismo. (Y si insistimos en encontrar un paralelismo directo con la novela de Tchaikowsky, podríamos señalar su destrucción deliberada de nuestra capacidad para abordar el cambio climático).

Esta tendencia hacia la autodestrucción deliberada es más grave en Estados Unidos, pero está lejos de limitarse a la Tierra de la Libertad. Quizás el mayor acto de autodestrucción deliberada en la historia política de la humanidad fue el Brexit y, sin embargo, a pesar de que la gran mayoría de la población lo reconoce como un terrible error, el arquitecto de la desastrosa política, Nigel Farage, parece casi seguro que llegará al poder en las próximas elecciones. En todo Occidente, la derecha radical –que literalmente no promete nada más que una vacía autoafirmación nacional a través de la victimización de los extranjeros y relaciones más estrechas con otros países que hacen lo mismo– está lista para asumir el poder en la próxima oportunidad.

Al parecer, la única causa política con energía o futuro es la que se caracteriza por un nihilismo sin complejos. Los progresistas y conservadores tradicionales carecen de rumbo y son reacios incluso a enunciar un objetivo o un deseo. En la práctica, no hacen prácticamente nada más que imponer austeridad y aplicar versiones suavizadas del intento de la derecha de perseguir a los inmigrantes y expandir las fuerzas represivas. En los pocos sectores donde un liderazgo de una izquierda más ruidosa ha podido tomar el poder, como la Nueva York de Mamdani, las opciones disponibles, independientemente de sus buenas intenciones, parecen ridículamente inadecuadas y, sin embargo, encuentran una oposición estridente. “Apoyo” la idea de que las tiendas de comestibles municipales luchen contra los desiertos alimentarios y mantengan los precios bajos, pero en serio, ¿eso es todo? ¿Nuestro país está cayendo en el fascismo y lo mejor que puede hacer la izquierda política es un par de tiendas de comestibles?

En semanas recientes, una de mis publicaciones en Substack Notes –un sitio que juré que usaría lo menos posible para no volver a mi adicción a Twitter– desafortunadamente alcanzó la velocidad de un bólido. El texto dice lo siguiente: "Una cosa que me ha demostrado el auge de la IA es que hay muchas personas que nunca han pensado seriamente en la cuestión de por qué hacemos algo". Me refiero, por supuesto, a la manía de subcontratar la mayoría de las actividades humanas: la comprensión intelectual, la creatividad artística e incluso la formación de relaciones interpersonales. El hecho de que alguien dependa en gran medida de un chatbot para ayudarlo a coquetear con una pareja potencial es más que patético o vergonzoso, representa una total incapacidad para comprender de qué se tratan el coqueteo o las relaciones. En cuanto a las personas que tienen un novio o una novia con IA, me inunda una mezcla de lástima y asco, con predominio de la última opción.

Escribí sobre estos asuntos muchas veces. Por ejemplo, la tendencia a “ahorrar tiempo” de maneras que demuestren que, en primer lugar, no se sabe para qué sirve el tiempo, o el “comportamiento de perdedor” que apunta a obtener algún crédito abstracto por logros morales o intelectuales sin comprender lo que realmente significan esos logros. El auge de los chatbots no causó estas patologías, ni tampoco las redes sociales o los teléfonos inteligentes, aunque todos esos avances tecnológicos exponen y aceleran estas tendencias de maneras especialmente claras.

Lo que estas patologías señalan, a mi parecer, es una profunda crisis de sentido. La gente no sabe para qué sirve la vida, para qué sirven ellos mismos. Los teléfonos inteligentes son adictivos porque nos aterra aburrirnos, tener que decidir qué hacer. Las redes sociales son seductoras porque nos dan una identidad legible (¡y un sistema de puntuación!). Los chatbots son atractivos precisamente porque la gente no los usa "como una herramienta", sino que delega su autonomía y capacidad de decisión en su autoridad aparentemente neutral.(1) Cuando se nos ofrece la oportunidad de ser un mero intermediario de un algoritmo opaco a cambio de una dosis constante de serotonina, la aprovechamos.

En resumen, la gente adora estas tecnologías porque no quiere ser un agente racional y responsable. Y, en cierto modo, esa es la tragedia de la humanidad. La mayor desgracia que jamás haya sufrido un primate fue la autoconciencia racional. Es en realidad algo que nadie pidió. La gente ha estado buscando maneras de borrarse a sí misma o delegar sus decisiones desde que existen los seres humanos. Pero a ese nivel de abstracción, poco se puede decir sobre nuestra situación particular. Se supone que los humanos «siempre han sido así», pero eso no explica por qué nuestro odio hacia nuestra propia humanidad adopta esta forma en este momento.

En un ensayo reciente publicado en el blog Sidecar de la New Left Review, Lorna Finlay escribe sobre el declive inexorable de la universidad británica. Si bien reconoce que no hubo una época dorada en la que la universidad estuviera a la altura de su potencial (y mucho menos de su propia fama), sí señala que en épocas anteriores existía una mayor apertura a la investigación y la docencia, más espacio para la experimentación e incluso el fracaso. Ahora todo eso se ha desvanecido, ya que todo se subordina a una implacable búsqueda de maximizar las métricas y los resultados. En este sentido, la universidad forma parte de una tendencia mucho más amplia, que ella caracteriza de la siguiente manera:


«quienes detentan el poder en la sociedad son profundamente intolerantes con cualquier espacio donde sean posibles las excepciones, donde algo pueda suceder. El afán por controlar y eliminar tales espacios se remonta a una larga historia de ataques contra la supuesta ineficiencia o la “ociosidad”, considerada esta última no solo como un vicio en sí misma, sino también como peligrosa porque crea las condiciones para que otros vicios (en particular, el comportamiento subversivo o insubordinado) se desarrollen. Esta historia abarca desde los esfuerzos victorianos por sacar a los niños de las calles y escolarizarlos, hasta los ataques de Thatcher contra los desempleados y un sector público supuestamente ineficiente y “derrochador”. Es como si existiera una determinación de eliminar cualquier resquicio de aire donde sea posible respirar.»


Todos estamos atrapados en la rueda de la evaluación y la competencia constantes, porque si tuviéramos un momento de descanso, algo podría suceder, y a ojos de los que detentan el poder, ese “algo” solo podría ser negativo. En cierto modo, es la vieja estrategia de “divide y vencerás” llevada al extremo, induciéndonos a competir sin cesar entre nosotros para que ni siquiera podamos concebir la posibilidad de unirnos para oponernos a quienes dirigen la competencia. Pero, más fundamentalmente, es un ataque a la idea misma de autonomía humana, un intento de sofocar de antemano cualquier afirmación independiente de capacidad de decisión, cualquier planteamiento de un objetivo imprevisto.

La tragedia es que esta estrategia realmente funciona. Han exprimido la vida de muchas personas, quizás incluso de la mayoría. Estamos tan agotados que, de hecho, dedicamos nuestro tiempo libre a una versión gamificada (gamer?) del sistema de evaluación, con la particularidad de que podemos "calificarnos" unos a otros. Cada vez más, cuando buscamos información o consejo, recurrimos a la voz impersonal de las "mejores prácticas", destilada en una mezcla de plagio y sin sentido que proviene de todos los usuarios de internet. Steven Poole argumentó que los videojuegos están estructurados como el lugar de trabajo, y esto es aún más cierto en el caso de los juegos de estatus en los que pasamos cada minuto libre navegando por la red.

Al jugar a estos juegos, hacemos el trabajo de los oligarcas, dividiéndonos activamente y evitando cualquier pensamiento inesperado. Este enfermizo pasatiempo ha sido un desastre para la sociedad, pero sobre todo para la izquierda política, convirtiéndonos en personas desagradables y repulsivas. Las mismas convicciones que deberían construir solidaridad y generar cambios se convierten en alimento para un juego de estatus mezquino, en el que sólo uno puede estar equivocado.

Todas estas métricas, toda esta competencia inútil e interminable, provienen de la búsqueda por recrear la sociedad según el modelo de mercado. Es decir, sí, todavía vivimos la secuela del neoliberalismo. La imposición del mercado como autoridad suprema sobre la vida en la Tierra fue el equivalente al virus vengativo contra la terraformación de la novela Herederos del tiempo. Los teóricos neoliberales fueron muy claros al respecto: la razón para convertir el mercado en el centro de la sociedad era asegurar que nunca pudiera existir la capacidad de acción o el control humano. El beneficio de los resultados del mercado no reside en que sean más eficientes, sirvan al bien común o cualquier otra propaganda que se pueda derivar del libertarianismo de salón (el neoliberalismo de los necios). El beneficio de los resultados del mercado reside en su impersonalidad, en su inhumanidad. No son responsabilidad de ningún individuo, lo que significa que ningún individuo puede ejercer su influencia sobre ellos.

No temían la planificación centralizada comunista porque fuera inviable, ineficiente o injusta; temían que funcionara. Les aterraba la idea de que los seres humanos tomaran el control de sus vidas y sustento, y gradualmente construyeron una coraza alrededor de cada gobierno e institución del planeta para asegurarse de que eso jamás sucediera. Fue un proceso lento y gradual, pero su resultado fue equivalente a lanzar una bomba sobre la autonomía humana.

Observo esta búsqueda destructiva y obscena, pero también la entiendo desde un punto de vista humano. Como seres humanos, odiamos la capacidad de decisión y la responsabilidad, especialmente la ajena. Odiamos la idea de que alguien más pueda tomar una decisión que nos ate a ella casi tanto como la idea de que nuestra decisión pueda dar a alguien más el derecho a quejarse de nosotros. Llevamos buscando mecanismos de toma de decisiones impersonales y "objetivos" desde que vivimos juntos en grandes asentamientos, y llevamos mucho más tiempo inventando poderes trascendentales para controlarnos. Nada es más intolerable que la idea de que solo existimos nosotros, de que nuestros asuntos son inevitablemente colectivos, de que existen otras personas, de que existimos como agentes humanos responsables.

Y, sin embargo, bajo ninguna circunstancia hay que "darle crédito" a los títeres neoliberales del mundo. Por comprensible que fuera su objetivo —y por mucho que la gente lo deseara en cierto modo—, era imposible. No se puede "empellar" a la gente por toda la pendeniente. La capacidad de decisión humana es inextirpable e impredecible, lo que significa que el alivio de no tener que tomar decisiones responsables siempre corre el riesgo de verse eclipsado por el resentimiento de ser controlados y manipulados.

Inevitablemente, la gente va a ejercer su capacidad de decisión, incluida la colectiva, de algún modo. El problema al que nos enfrentamos ahora es que el neoliberalismo ha creado una situación en la que esas afirmaciones solo pueden ser destructivas, incluso autodestructivas. En el referéndum del Brexit, por ejemplo, la única forma de ejercer la capacidad de decisión o el control, de reivindicar la soberanía, fue realizar una acción sumamente contraproducente: cortar el comercio, alienar a los aliados, empobrecer a las futuras generaciones y privarlas de innumerables oportunidades. En muchos casos, la única forma de ejercer control es perjudicando a otros, sobre todo expulsando o excluyendo a los inmigrantes.

La posibilidad de hacer directamente algo positivo está radicalmente ausente de la agenda —¡con la notable excepción de esos supermercados de Mamdani! Esto ocurre incluso cuando los líderes afirman querer reconstruir la industria. Trump cree que está revolucionando el mercado mundial neoliberal, y en cierto modo lo está haciendo. Pero opera casi exclusivamente mediante incentivos fiscales (aunque en su mayoría incentivos negativos para evitar las importaciones extranjeras). ¡El hijo de puta alienta la reactivación de la industria manufacturera estadounidense! E incluso el autoproclamado rey del mundo claramente le otorga al Standard & Poor 500* derecho de veto sobre sus planes cuando las cosas se ponen difíciles.

¿De qué se trata todo esto? No es un argumento estructurado, ya me doy cuenta, tampoco matizado. Pero creo que estos temas van juntos: la omnipresente sensación de falta de sentido, desesperanza e incluso nihilismo en la sociedad surge del hecho de que, durante toda nuestra vida, nos hemos visto obligados a externalizar nuestra humanidad al mecanismo impersonal del mercado. Ha calado tan hondo en nuestra identidad que simulamos nuestro proceso de evaluación de desempeño en nuestro tiempo libre, por diversión. Ese régimen ha "bloqueado" de tal modo nuestras opciones colectivas que la única manera de afirmarnos, de sentir que tenemos el control, es haciendo daño. Y cuanto más daño hagamos, más lo sentiremos como la única opción.

¡Examiná tu interior, lector! ¿Te imaginás a un régimen demócrata llegando al poder en 2028 y legislando en serio? ¿Los visualizás reconstruyendo lo que Trump ha destruido y, menos todavía, construyendo algo nuevo? ¿Te importa siquiera que lo intenten? En el fondo, ¿te importa algo más que la perspectiva de hacer sufrir a Trump y sus cómplices? No niego que se lo merezcan. No niego que sería mejor para el país si rompiéramos el ciclo de impunidad de la élite. Y no dudo que los demócratas dejarán de lado esa posibilidad en favor de una agenda legislativa vaga que, en nombre del juego limpio, permitirán que sus colegas republicanos del Senado arrojen a la trituradora.

Incluso para nosotros, entonces, la única esperanza real es el daño: un daño justificado, un daño necesario, un daño justo, pero daño al fin y al cabo. No todos lo ven así, por supuesto, y hay pocas probabilidades de convencer al 40% de los estadounidenses que prácticamente veneran a Trump como a un dios de que es uno de los individuos más malvados que jamás hayan existido. Por lo tanto, la diferencia entre nuestra búsqueda de justicia y la cruzada trumpiana de venganza pasaría desapercibida para muchos de nuestros conciudadanos. Pero todos, absolutamente todos, serían capaces de ver una diferencia más fundamental entre ambos bandos: ambos queremos vengarnos del otro y hacerlo sufrir, pero solo ellos lo consiguen.


(1) Me abstengo de usar el pronombre colectivo "nosotros" para referirme a los chatbots porque me niego rotundamente a tocarlos, y nunca lo he hecho, ni siquiera en broma, ni siquiera para ver lo malos que son.

* El S&P 500 (Standard & Poor‘s 500) es un índice bursátil que sigue el rendimiento de 500 de las mayores empresas que cotizan en bolsa en Estados Unidos. Representa aproximadamente el 80 % del valor total del mercado bursátil estadounidense.