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jueves, 23 de julio de 2026

ciencia ficción china

CIXIN LIU | Publicado el 7 de mayo de 2014 en ReactorMag bajo el título “The Worst of All Possible Universes and the Best of All Possible Earths: Three Body and Chinese Science Fiction” (“El peor de los universos posibles y la mejor de las Tierras: El problema de los tres cuerpos y la ciencia ficción china”) 

Traducido (del chino) por Ken Liu.


Hace unos años se conoció en China una novela de ciencia ficción con el peculiar título de Tres Cuerpos.

Constaba de tres volúmenes en total bajo el título oficial: El recuerdo del pasado de la Tierra. Tras el primer volumen, Tres Cuerpos (nota: el título oficial en inglés y español es El Problema de los Tres Cuerpos), los dos siguientes se titulan El Bosque Oscuro y El Fin de la Muerte. Sin embargo, los lectores chinos suelen referirse a toda la obra como Tres Cuerpos.

La ciencia ficción no goza de mucho prestigio en China. Desde hace tiempo, se desaconseja a la crítica prestarle atención, considerándola literatura juvenil. El tema de Tres Cuerpos —una invasión alienígena a la Tierra— no es desconocido, pero rara vez se debate.

De ahí que sorprendiera a todos que el libro despertara un gran interés en China y suscitara un intenso debate. La cantidad de tinta y píxeles derramados a causa de Tres Cuerpos no tiene precedentes para una novela de ciencia ficción.

Permítanme dar algunos ejemplos. Los principales consumidores de libros de ciencia ficción en China son estudiantes de secundaria y universitarios. Pero Tres Cuerpos captó la atención de los emprendedores tecnológicos; en foros de internet y otros lugares, debatieron y analizaron los diversos detalles del libro (como la "teoría del bosque oscuro" en el cosmos —una respuesta a la paradoja de Fermi— y el ataque de reducción de dimensiones al sistema solar lanzado por extraterrestres) como metáforas de la feroz competencia entre las empresas web chinas. Posteriormente, Tres Cuerpos llegó a oídos del mundo literario chino, tradicionalmente dominado por la ficción realista. Tres Cuerpos fue como un monstruo que irrumpió repentinamente en escena, y los críticos literarios quedaron perplejos, aunque sintieron que no podían ignorarlo.

El libro incluso tuvo repercusión en científicos e ingenieros. Li Miao, cosmólogo y teórico de cuerdas, escribió un libro titulado La física de los tres cuerpos. Muchos ingenieros aeroespaciales se convirtieron en admiradores, e incluso la agencia aeroespacial china me pidió que les asesorara (a pesar de que en mi novela el estamento aeroespacial chino se describía como tan conservador y rígido que un oficial extremista tuvo que recurrir a asesinatos en masa para permitir que florecieran nuevas ideas). Este tipo de reacciones probablemente resulten familiares para los lectores estadounidenses (por ejemplo, La física de Star Trek, lo mismo que la colaboración habitual de científicos de la NASA con escritores de ciencia ficción), pero son inauditas en China y contrastan marcadamente con la política oficial de represión de la ciencia ficción durante la década de 1980.


En internet se pueden encontrar numerosas canciones compuestas por fans para Los tres cuerpos, y lectores que anhelan una adaptación cinematográfica; algunos incluso se han tomado la molestia de crear tráileres falsos con fragmentos de otras películas. Sina Weibo, un servicio chino de microblogging similar a Twitter, cuenta con numerosas cuentas de usuario basadas en personajes de la novela Tres Cuerpos. Estos usuarios se mantienen en los personajes y comentan sobre la actualidad, ampliando así la historia narrada en la novela. Basándose en estas identidades virtuales, algunos han especulado que la ETO, la organización ficticia de desertores humanos que forman una quinta columna para los invasores alienígenas, ya está en funcionamiento. Cuando CCTV, la mayor cadena de televisión estatal de China, intentó realizar una serie de entrevistas sobre ciencia ficción, más de cien personas del público en el estudio estallaron en cánticos de «¡Eliminen la tiranía humana! ¡El mundo pertenece a Trisolaris!», una cita de la novela. Los dos presentadores quedaron completamente desconcertados y no supieron qué hacer.

Por supuesto, éstos son solo los capítulos más recientes en la centenaria historia de la ciencia ficción en China.

La ciencia ficción china nació a principios del siglo XX, cuando la dinastía Qing se tambaleaba al borde de la ruina. En aquel entonces, los intelectuales chinos estaban fascinados y sentían curiosidad por la ciencia y la tecnología occidentales, y consideraban que dicho conocimiento era la única esperanza para salvar a la nación de la pobreza, la debilidad y el atraso general. Se publicaron numerosas obras que divulgaban y especulaban sobre la ciencia, incluyendo obras de ciencia ficción. Uno de los líderes de la fallida Reforma de los Cien Días (del 11 de junio al 21 de septiembre de 1898), el renombrado erudito Liang Qichao, escribió un relato de ciencia ficción titulado “Crónica del futuro de la Nueva China”. En él, imaginaba una Exposición Universal de Shanghái, una visión que no se haría realidad hasta 2010.

Como la mayoría de los géneros de expresión literaria, la ciencia ficción en China estaba sujeta a impulsos instrumentalistas y debía servir a objetivos prácticos. En sus inicios, se convirtió en una herramienta de propaganda para los chinos que soñaban con una China fuerte y libre de la dominación colonial. Así, las obras de ciencia ficción desde finales de la dinastía Qing hasta los primeros años de la República casi siempre presentaban un futuro en el que China era fuerte, próspera y avanzada, una nación respetada por el mundo en lugar de subyugada.

Tras la fundación de la República Popular en 1949, la ciencia ficción se convirtió en una herramienta para popularizar el conocimiento científico, y sus principales lectores eran los niños. La mayoría de estas historias se centraban en la tecnología y contenían poco humanismo, con personajes simplistas y técnicas literarias básicas, incluso ingenuas. Pocas novelas se aventuraron más allá de la órbita de Marte, y la mayoría se ciñeron al futuro cercano. En estas obras, la ciencia y la tecnología siempre se presentaban como fuerzas positivas, y el futuro tecnológico siempre era prometedor.

Se puede hacer una observación interesante al analizar la ciencia ficción publicada durante este período. En los primeros años posteriores a la Revolución Comunista, la política y el fervor revolucionario impregnaban todos los aspectos de la vida cotidiana, y el aire que se respiraba parecía estar cargado de propaganda a favor de los ideales comunistas. En este contexto, cabría esperar que la ciencia ficción también estuviera repleta de descripciones de utopías comunistas del futuro. Aunque, de hecho, no se encuentra ni una sola obra de este tipo. Prácticamente no existían relatos de ciencia ficción que abordaran el comunismo, ni siquiera esbozos simplistas para promover el concepto.

En la década de 1980, con la entrada en vigor de las reformas de Deng Xiaoping, la influencia de la ciencia ficción occidental en la china se hizo más evidente. Escritores y críticos chinos de ciencia ficción comenzaron a debatir si la ciencia ficción se centraba más en la «ciencia» o en la «ficción», y finalmente se impuso el terreno literario. Este debate tuvo una enorme influencia en el futuro desarrollo de la ciencia ficción china y, en cierto modo, puede considerarse una respuesta china tardía al movimiento de la Nueva Ola en Occidente. La ciencia ficción finalmente logró escapar del destino de ser una mera herramienta para popularizar la ciencia y pudo desarrollarse en nuevas direcciones.


Durante lo que va de mediados de la década de 1990 y la actualidad, la ciencia ficción china experimentó un renacimiento. Los nuevos escritores y sus ideas innovadoras tenían poca conexión con el siglo pasado, y a medida que la ciencia ficción china se diversificaba, también comenzó a perder su singularidad como género particularmente "chino". La ciencia ficción china contemporánea se asemeja cada vez más a la ciencia ficción mundial, y estilos y temas explorados por escritores estadounidenses, por ejemplo, encuentran fácilmente paralelismos en la ciencia ficción china.

Cabe observar y subrayar que el optimismo hacia la ciencia que subyacía a gran parte de la ciencia ficción china del siglo pasado prácticamente ha desaparecido. La ciencia ficción contemporánea refleja mucha desconfianza y ansiedad ante el progreso tecnológico, y los futuros que se describen en estas obras son sombríos e inciertos. Incluso si ocasionalmente aparece un futuro brillante, este llega solo después de mucho sufrimiento y un camino tortuoso.

En el momento de la publicación de Tres cuerpos, el mercado chino de la ciencia ficción se encontraba en un estado de incertidumbre y depresión. La prolongada marginación del género había dado lugar a un público lector reducido y hermético. Los aficionados se sentían como una tribu aislada y poco comprendidos por los demás. Los escritores luchaban por atraer lectores ajenos a este círculo y sentían la necesidad de abandonar su “fundamentalismo en la ciencia ficción” campbelliana* y elevar la calidad literaria y el realismo del género.

Los dos primeros volúmenes de Tres cuerpos mostraron algunos esfuerzos en esta dirección. Gran parte del primer volumen se ambientaba durante la Revolución Cultural, y en el segundo, la China del futuro aún existía bajo instituciones sociopolíticas similares a las actuales. Estos intentos buscaban aumentar la sensación de realismo para los lectores y dotar a los elementos especulativos de cierta base en el presente. Como resultado, tanto mi editor como yo teníamos poca fe en el tercer volumen antes de su publicación. A medida que la historia avanzaba, me resultó imposible ambientar el tercer volumen en la realidad presente, y tuve que describir futuros lejanos y rincones remotos del cosmos; y, por consenso, a los lectores chinos no les interesaban tales temas.

Mi editor y yo llegamos a la conclusión de que, dado que era imposible que el tercer volumen tuviera éxito en el mercado, quizás lo mejor era renunciar a intentar atraer a lectores que no fueran ya aficionados a la ciencia ficción. En su lugar, escribiría una novela de ciencia ficción "pura", lo cual me reconfortaba, ya que me consideraba un fanático acérrimo. Así que escribí el tercer volumen para mí mismo, llenándolo de universos multidimensionales y bidimensionales, agujeros negros artificiales y miniuniversos, y extendí la línea temporal hasta la muerte térmica del universo.

Y, para nuestra total sorpresa, fue este tercer volumen, escrito exclusivamente para los aficionados a la ciencia ficción, el que impulsó la popularidad de la serie en su conjunto.

La experiencia de Tres Cuerpos llevó a escritores y críticos de ciencia ficción a reevaluar la ciencia ficción china y a China. Se dieron cuenta de que habían estado ignorando los cambios en los patrones de pensamiento de los lectores chinos. A medida que la modernización aceleraba su ritmo, la nueva generación de lectores ya no limitaba sus pensamientos al presente, como lo hacían sus padres, sino que se interesaba por el futuro y el vasto cosmos. La China actual se asemeja un poco a Estados Unidos durante la Edad de Oro de la ciencia ficción, cuando la ciencia y la tecnología llenaban el futuro de asombro, presentando tanto grandes crisis como grandes oportunidades. Este fue un terreno fértil para el crecimiento y florecimiento de la ciencia ficción.

La ciencia ficción es una literatura de posibilidades. El universo en el que vivimos también es uno de innumerables posibilidades. Para la humanidad, algunos universos son mejores que otros, y Tres Cuerpos muestra el peor de todos los universos posibles, un universo en el que la existencia es tan oscura y cruel como uno pueda imaginar.

No hace mucho, el escritor canadiense Robert Sawyer visitó China, y al hablar de Tres Cuerpos, atribuyó mi elección del peor de todos los universos posibles a la experiencia histórica de China y del pueblo chino. Como canadiense, argumentó que tenía una visión optimista de la futura relación entre humanos y extraterrestres.

No comparto este análisis. En la ciencia ficción china del siglo pasado, el universo era un lugar benevolente, y la mayoría de los extraterrestres aparecían como amigos o mentores que, dotados de una paciencia y tolerancia casi divinas, nos señalaban el camino correcto, a nosotros, un rebaño perdido. En La isla de la luna de Jin Tao, por ejemplo, los extraterrestres aliviaban el trauma espiritual de los chinos que habían vivido la Revolución Cultural. En Amor lejano de Tong Enzheng, el romance entre humanos y extraterrestres se retrataba como conmovedor y magnífico. En Reflexiones de la Tierra de Zheng Wenguang, la humanidad era vista como tan moralmente corrupta que los extraterrestres, amables y de moral refinada, estaban aterrorizados y tenían que huir, a pesar de poseer una tecnología muy superior.

Pero si se evaluara el lugar de la civilización terrestre en este universo, la humanidad parece mucho más cercana a los pueblos indígenas de los territorios canadienses antes de la llegada de los colonizadores europeos que al Canadá actual. Hace más de quinientos años, cientos de pueblos distintos, que hablaban lenguas pertenecientes a más de diez familias lingüísticas, poblaban el territorio que se extiende desde Terranova hasta la isla de Vancouver. Su experiencia del contacto con una civilización alienígena se asemeja mucho más a la que se describe en Tres cuerpos. La descripción de esta historia en el ensayo Historia canadiense: una perspectiva aborigen, de Georges Erasmus y Joe Saunders, es inolvidable.

Escribí sobre el peor de los universos posibles en Tres Cuerpos con la esperanza de que podamos esforzarnos por lograr la mejor de las Tierras posibles.


*Se refiere a John W. Campbell (1910-1971), escritor y editor estadounidense a quien se atribuye haber delineado las características modernas del género, además de haber dado lugar a autores como Theodor Sturgeon, Isaac Asimov o Arthur C. Clarke. (DdT).

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[Nótse que el nombre del autor aparece tal como saldrá en la próxima traducción de la trilogía de Los Tres Cuerpos, en lugar de seguir la convención china de colocar primero su apellido, como hicimos en publicaciones anteriores.] 

Cixin Liu es un representante de la nueva generación de autores chinos de ciencia ficción y una voz destacada en el género. Es miembro de la Asociación China de Escritores Científicos y de la Asociación de Escritores de Shanxi. Recibió el Premio China Galaxy de Ciencia Ficción durante ocho años consecutivos, de 1999 a 2006, y nuevamente en 2010. También recibió el Premio Nebula (Xingyun) en 2010 y 2011. Su novela El Problema de los Tres Cuerpos estará disponible por primera vez en inglés en octubre de 2014, publicada por Tor Books y traducida por Ken Liu.


martes, 30 de junio de 2026

un fantasma recorre europa


La mujer que saltó (7 vidas Ediciones, Rosario, 2026, 56 páginas) del santafesino Juanjo Conti, es el diario de un profesor de matemáticas.

Sus entradas no siempre son una fórmula, pero sí una formulación. Los hechos, y sólo los hechos, están formulados, no necesariamente narrados. La narración es eso que sucede mientras nuestro protagonista innominado está fuera del cuaderno.

De hecho, cuando el diarista anota que su esposa salta al abismo por encima de la baranda de la cúpula de la catedral de San Pablo, en Londres, sólo formula el hecho: ella saltó, pero él no la siguió. “Mi esposa saltó –escribe–. Estábamos de vacaciones, primera vez en Europa, dos años de casados, seis de novios, y saltó.”

El cuerpo destrozado, el alboroto, el trámite posterior, la cotidianeidad de ese viaje matrimonial a Europa es el abismo que abre el diarista y tendrá que cruzar el lector.

Nuestro diarista se queda en Europa e informa: “...quería un lugar donde tuviera que aprender un idioma nuevo. No quería siquiera escuchar palabras que habíamos compartido”. Tras esta sed de conocimiento que le trae el duelo nuestro narrador se radica en un pueblo alemán. Viaja en trenes. Antes que abandonarse, abandona ese que fue y no saltó tras su esposa.

De ella nos ofrece fragmentos de un retrato, La formulación del retrato: una acción con un cartel en una parada de ómnibus, la mención de un viaje a Mar del Plata. Nada que pueda explicar ni remotamente ese salto inesperado desde una cúpula. Éso forma parte de un idioma que ni siquiera puede ser formulado.

Incluso el escenario que comienza a habitar es una formulación apenas. Menciona la tumba de Lewis Carroll, un par de lugares, villorrios y combinaciones del ferrocarril alemán. Europa es un decorado mínimo, apenas un telón, en el que destaca la guarangada de un cuento de Geoffrey Chaucer que incluso tuvo su versión cinematográfica en 1972.

Pero la trunca historia de amor –como anotará el mismo profesor de matemáticas– deviene de repente una historia de fantasmas. Nuestro diarista recibe en algunas entradas una versión femenina de Kaspar Hauser, una mujer que habla español. Anota: “...nadie le entiende lo que dice, así que me vienen a buscar”.

Pero también esa escena es parte del escueto decorado, aunque ahora es una historia de fantasmas, la historia de un doppelgänger, separado de su misión de saltar tras su esposa suicida, nuestro diarista se encuentra con duplicaciones en sus viajes en tren, hasta que el viaje le ofrece un retorno a la escena inicial.

El infame lector que prefiera no adentrarse en este magnífico relato esquelético de apenas 56 páginas puede extasiarse en la ilustración del artista santafesino Germán Lavini en la portada. Un dibujo simétrico, ornamentado, cuya engañosa simetría se duplica en la base. La deriva fantástica de La mujer que saltó ya está formulada en ese dibujo meticuloso.


lunes, 15 de junio de 2026

literatura de la región. manual de uso

El viernes pasado se realizó la primera de las jornadas de este año de La literatura de la región en la escuela, que se organiza desde la EMR y con el apoyo de AGLeR y los profesorados del Normal 1 y el Instituto Olga Cossettini

Fotografías de Mariana Manoni.

Unas 80 estudiantes se reunieron en el SUM del 4º piso de la Biblioteca Argentina, donde Delfina Stortini y Natalia Patalagoitía leyeron y enseñaron títulos publicados por la EMR y editoriales de Rosario, de los que seleccionaron textos muchas veces breves que muestran la ciudad como si se tratara de una civilización a descubrir. Desde la descripción de la Bajada Sargento Cabral que recoge la entrada de Wladimir Mikielievich incluída en el Diccionario Rosarino Ilustrado: “Es una calle de cinematógrafo impresionista, con su pronunciada caída, con su evasión a la línea de plomada de las otras calles que la rodean y limitan; una calle de puerto, que conoce el eco de las canciones marineras que se escapan de las paredes de sus bares, una calle de puerto por donde el viento llora una canción de mástiles detenidos”. Los intrigantes paisajes de palabras de 40 esquinas, la maravillosa entrada “Querencia” de Eugenia Arpesella en el Diccionario enciclopédico de las cosas que nos gustan, ó nanas y arrullos para niños publicadas por ediciones Mburucuyá, hasta narraciones contemporáneas que dan cuenta de figuras con las que ensayar un relato, como la prosopopeya de El lugar en el que estoy cayendo. (Sobre el asunto “diccionarios”, no quiero dejar pasar un comentario que hicieron Delfina y Natalia en el primero de los encuentros, en 2024, cuando observaron que sus alumnos, por lo general, no tenían trato con diccionarios, ya que el teléfono o la computadora reemplazaron su uso y, por lo tanto, el descubrimiento del diccionario De las cosas que nos gustan había resultado revelador por su organización alfabética de términos y su cruce transversal de conceptos y temáticas.)

80 estudiantes y ningún varón (bueno, un vetarano que llegó más tarde). Sentado detrás de la última fila observé a esas mujeres como si fueran mis alumnas de hace más de 20 años: la adolescencia inquieta, irremediable. Su aparente desinterés en lo que sucedía allá adelante, el cuchicheo mecánico y patológico de la edad. Y sin embargo, al final, cuando Delfina y Natalia pidieron que se juntaran en grupos y jugaran a explayarse sobre un término que eligiesen para un sonido de Rosario (del barrio, la calle, sus lugares frecuentes), las cosas que encontraron. En cada uno de esos hallazgos (“yerbazo”, entre los que me acuerdo) no sólo sonaba la pèrspicacia de las cosas familiares y cercanas, también el oído de aquello que había acontecido entre las docentes y la audiencia.

Las mujeres que van a encargarse de los niños de nuestros hijos estaban ahí, en el 4º piso de la Biblioteca Argentina, usando el desenfado de su adolescencia, pero también atentas a ese futuro incierto que las pondrá en el lugar incómodo de la clase, con otras criaturas acaso desamparadas, ascaso desenfadadas como ellas, nercesitados de algo que tal vez nadie va a entregarles salvo estos seres que ahora se ríen y vociferan mientras van al encuentro de un sonido que era parte fugaz de un paisaje del que ahora se apropian porque han dado con un nombre para llevárselo.

Qué maravillosa misión la docencia.

   

martes, 9 de junio de 2026

audiolibros

Mi experiencia con la escucha de textos escritos se había limitado a la reproducción por audio de artículos guardados de internet en la maravillosa y finalizada Pocket. De los artículos guardados en la plataforma, que usaba de modo gratuito, escogía los tres que me permitía reproducir y una voz enutra los leís en el teléfono. Buscaba retener “argumentos”, captar el núcleo conceptual de esos textos. En todo caso la lectura me orientaba, después volvería sobre ellos si debía citarlos. Pero se trataba de “argumentos”, no menos importantes, desde ya, no de ficciones cuya trama está en la escritura, que es el modo de desciframiento que apliqué siempre a la lectura. Ésta, entre otras, es una de las razones por las que nunca me interesé por los audiolibros. (Podría incluir también el hecho de que los archivos de audiolibros no son los más frecuentes o fáciles de traficar entre los que se descargan vía torrent, que es uno de mis consumos habituales

Todo éso cambió de algún modo el sábado pasado cuando Pablo Racca y Nicolás Manzi presentaron, en su espacio dentro del Pasaje Pan, sus primeros audiolibros de editorial Casagrande, entre los que está Tres criaturas, el volumen de cuatro relatos que publicó Manzi en su editorial.


Después de un hermoso encuentro en el que se habló de todo, ese mediodía de sábado, volví en el 138/139 escuchando mis cuento en Spotify. Conmovido escuché algunas partes. Lo primero que despertó mi curiosidad fue escuchar la narración por una voz que no era la mía (tampoco la de Pablo, que tuvo que contratar a través de agencias lectores profesionales). De inmediato descubrí que la escritura de ficción, que he léido a hijos, sobrinos, alumnos —de acuerdo, se trataba de textos ajenos, sobre los que de alguna manera quedaba claro su argumento y su hijo—, puede darse a conocer oralmente, que era mi mayor incógnita. Tal vez me tocó un narrador-lector-actor de vez excepcional, en extremo atento a la puntuación y la ilación de la trama, pero dudo que se trate de eso. Y, sobre todas las cosas, esa lectura oral me permitió “escuchar” mis excesos en la escritura. Si alguien me hubiese leído de ese modo esos textos antes de que los entregara a la editorial hubiera cambiado muchas cosas.

En el sitio de Casagrande puede accederse a cada audilibro a través de un QR o haciendo clic en cada enlace. Como lo conocí ese mismo sábado, comencé a escuchar ahora “Osvaldo”, primer cuento de Praga de noche, de Javier Núñez. La voz del narrador es otra, su respiración es más pausada, entrecortada, no la urge la comprensión de eso que está en la trama y se hace voz y nos la va desgranando de a poco. Pero el cuento está ahí, imagino que fiel a lo que Núñez escribió. 

Temo no mostrarme lo suficientemente agradecido por ése trabajo que hizo Casagrande y Pablo Racca, que me honra, me conmueve y compromete mi gratitud.  

lunes, 20 de abril de 2026

carcarañá onírica

“No sé cuánto tarda uno en habituarse a un lugar. Es decir, cuánto tiempo tiene que transcurrir para que uno empiece a sentirse parte de las cosas que lo rodean”, escribe Ernesto Inouye muy cerca del comienzo de La roca negra del Carcarañá. A partir de allí va al encuentro de un transcurso que sigue de algún modo el torrente impetuoso del río que da nombre a la ciudad de su infancia.

La roca negra del Carcarañá. Ernesto Inouye. EMR, 202616x11 / 84 páginas.

Pero la Carcarañá que Ernesto describe no es exactamente la del mapa de Google, sino una que el autor viene construyendo hace tiempo, una con varias capas: la de la geografía personal sobre el boulevard Americano, donde estuvo la casona blanca, dentro mismo del molino harinero Semino, sobre el río Carcarañá y la otra, la que construyeron sus padres sobre el mismo boulevard pero muy próxima a la la ruta nacional 9. La capa temporal que llevó a Ernesto a trasladarse a través de libros y noticias al pasado del “pueblo”. Y la capa de la escritura, con su cifrado de espacios, páginas y traducciones. En la página 20 culmina el relato de los juegos de la infancia, los fines de semana en los callejones vacíos de la planta del molino, con otros párvulos que se metían en la cabina de una de las balanzas que pesaban camiones para ver si las agujas registraban su peso: “Era divertido sentirse insignificante”, escribe.

La Carcarañá que Ernesto nos presenta es también un territorio de ambientes. La descripción del bosque doméstico del gran patio de su casa durante la noche que le provocaba pesadillas, va a extender su ambiente onírico a escenas como la de los exploradores que descubrieron una extraña roca hueca sobre la barranca arcillosa del río y descubren en esa caverna un piso de metal que al removerlo los lleva a otra cámara: “ingresaban ahora a un sueño que se hundía dentro de otro”. 

La construcción del relato procede con estas simetrías que, antes que escenas de infancia, erige escenografías que incluyen un paisaje que se superpone entre el pasado cercano y el más lejano, el de las mansiones que los rosarinos prósperos levantaban en Carcarañá a fines del siglo XIX, los hoteles frente a la estación del ferrocarril del que no encuentra rastros en el presente, o las ruinas de un boliche bailable y hotel que permanecen sobre la costa, bajo el puente ferroviario que cruza el Carcarañá, devoradas por la vegetación. Su dueño, el Biguá (el nombre que hoy tienen esas ruinas), llegó a terminar sus días en una carpa armada entre el concreto, como un Juntacadáveres de El astillero, al novela de Onetti en una ficticia ciudad de Santa María que es de alguna manera el tratamiento que se lee en la Carcarañá fantástica de Inouye.

Alrededor de 2020 Inouye comenzó la traducción en folletines de The  Cruise of the Falcon, el diario de viaje del inglés Edward Frederick Knight por esa zona en el verano de 1881, que en 2024 publicaría entero la entrerriana EDUNER bajo el título La expedición del Falcon. Como en ese caso, el autor procede muchas veces como traductor. Empieza informándonos sobre el salto de agua en el río frente al molino harinero e introduce la palabra de origen árabe “azud”, que es una represa que no interrumpe por completo el caudal de un río. Dice que lo llaman “dique, represa, tajamar”, y menciona otros azudes a lo largo del Carcarañá. Dice que “la palabra «boulevard» genere ideas equivocadas sobre el entorno”, ya que el Americano era “una calle de tierra, rústica y polvorienta”, de la que también escribe que el paso de los camiones después de la lluvia, sobre el barro, “al secar, quedaba impreso un oleaje estático”: la metáfora es también un ars poética de la escritura de Inouye, que surca en la extranjería de los documentos y las fuentes que elige para narrarnos la historia una escenografía de ultramar en la llanura santafesina. Escribe que en la única foto que se conserva de Tomas Thomas —otro de los pioneros de Carcarañá— éste lleva puesto un “casco salacot”, que era parte del atuendo del colonizador inglés decimonónico.

El título de esta crónica es casi el mismo que el de un fanzine que editó el mismo Inouye en su editorial ōmachi en 2023 que reproduce una historieta mexicana de 1985 basada en una noticia que el diario La Capital publicó en 1877 sobre el hallazgo de una extraña roca negra la orilla del Carcarañá por parte de “un presunto químico francés”, Arnold Sevarg que salía a diario a caminar por la silvestre ribera del río, descubrió que la roca era hueca y, dentro, había al menos dos cámaras, en una de ellas yacía un ser de aspecto humanoide cuyo rostro triangular no tenía nariz sino una trompa y “parecía ser juguete de alguna pesadilla”.

Lo que no cuenta el fanzine y sí la crónica de la EMR es la presentación que hicieron a orillas del río de esa publicación, a 40 años de su aparición en la revista mexicana Duda, donde el Carcarañá era parte del paisaje selvático del Amazonas. Para esa actividad Inouye contó la colaboración de dos amigos de la primaria —uno de ellos incluso presente en la accidentada proyección, en 6º grado, del video de la disección del alienígena de Roswell según se publicitó en esa época—, Martín Perisset y el artista visual Charlos, que reprodujo el extraterrestre de la roca negra de acuerdo a la descripción de Sevarg e el ejemplar de La Capital de 1877. En esa ocasión, enarbolando un naranjo de Louisiana —un fruto esférico, no comestible y perfumado— plantado por el pionero Tomás Thomas en el siglo XIX en un terreno cercano, entre el azud del molino y el puente ferroviario, Inouye le dio materialidad a ese “sueño dentro de otro” que con erudita precisión lleva adelante en su maravillosa crónica.


jueves, 16 de abril de 2026

paisajes íntimos

Por correo elctrónico, como corresponde a personas civilizadas, Gabriela Muzzio me informa que ya está en funcionamiento su sitio, donde subió la reseña que hice en 2014 para su libro de fotografías Los abrazos, ganadora el año anterior del concurso de fotografía organizado por la EMR, en el que compartió el primer premio con Cecilia Lenardón por Los segundos.

Aquél año Lila Siegrist me había sugerido que escribiera sobre esos dos libros para el Anuario que publicaba entonces, que reunía en un grueso tomo de papel las actividades culturales del año, cuya cobertura encargaba a cronistas, escritores, periodistas y escribas de todas partes.

Repongo en este blog aquél escrito, que ni siquiera había leído cuando lo busqué en la cuenta de correo electrónico cuando se lo pasé a Gabriela.


Paisajes íntimos

(Las imágenes de Los abrazos pueden verse ahora en el sitio de Muzzio, junto con otros textos sobre el libro, como uno de Beatriz Vignoli y otro de la curaduría.)

La referencia es acaso extrema, pero no puedo dejar de hacerla. En 1994 mi amigo Ricardo Mazalán vino a Rosario luego de que Associated Press le otorgara una licencia paga por una herida de bala que le atravesó la pierna derecha mientras cubría el genocidio de Ruanda (el gobierno hutu había lanzado una persecución atroz contra la etnia tutsi, que terminó aportando entre medio y un millón de víctimas; el número real se ignora). Además de fascinarnos, sus amigos, con ese hoyo morado que Ricardo llevaba siempre cubierto, también hablamos de cómo era hacer fotos en un lugar así. No lo sabía, sencillamente nuestro fotógrafo no sabía explicarlo del todo: una facción del ejército lo llevaba hasta un lugar, un guía le abría una puerta a un espacio ignoto, una fuente le tiraba un dato; lo de siempre, pero con muchos muertos, y de la manera más espantosa. “La guerra –dijo en un momento Ricardo– la vi en una serie de fotos de lo más boludas que sólo tengo en la cabeza: un tipo del tamaño de un gorila que se acercó a nosotros en un retén sosteniendo en las manos un machete ensangrentado, una pelota de goma partida al medio y chamuscada en una aldea arrasada, los pies de una criatura que asomaban de algo así como un contenedor y de los que sólo miré unas sandalias parecidas a las que yo usaba cuando era niño”. 

Me recordó, claro, a los diarios de Ernst Jünger de la Primera Guerra (hay que ver La guerra de un solo hombre, el genial film de Edgardo Cozarinsky sobre los diarios parisinos de Jünger), cuando contaba con minuciosidad las novelas que leía en las trincheras entre uno y otro ataque. Cierto que mi amigo no estaba en las trincheras en Ruanda, ni siquiera “en el campo” cuando una bala de fusil le atravesó la parte superior de la pierna derecha, sino en un hotel, acomodando con apuro una antena satelital para transmitir fotos en la terraza porque en breve comenzaba el partido de la selección argentina en el mundial de fútbol y no quería perdérselo. Lo banal y lo trágico (en el sentido de algo que de repente cobra un sentido inesperado y vital, trascendente), lo “más boludo” y el sentido de la vida. El término disparo, que usamos para capturar un instante de vida en una foto, es el mismo que usamos para referirnos a la acción de apretar un gatillo y acabar con la vida de un tipo que nació y vivió en Coghlan, Buenos Aires, que se fue a Colombia, que se fue a Estados Unidos, que se fue a África, divertido bajo un chaleco de fotógrafo y ahora mira, en un balcón de un hotel de Kigali, un charco de sangre que brota de su pierna. 

Yo no entendí al principio la propuesta de Gabriela Muzzio, es decir, no entendí el conjunto de fotos reunidas en Los abrazos. Tan simple parecía que hasta me resultaba “boludo” (sí, sigamos con el concepto) entenderlo. Muzzio encuentra una foto de un abrazo de sus padres, Irma y Ángel, tomada en Marcos Juárez en 1967. A partir de allí lleva esa imagen ante otras parejas y les pide que se abracen, que imiten la foto que ella a su vez volverá a tomar no sé cuántas veces con una cámara de plástico Holga –de fabricación china, informan los editores– cuyo detalle (como todos esos detalles de videojuego con los que se encapricharon muchos fotógrafos y cuya cima exasperante podría ser la cámara de juguete de Andrea Ostera) no me interesa en lo más mínimo. Sí sé que el resultado son unas cuarenta fotos seleccionadas para este magnífico libro de la Editorial Municipal. Ese vendría a ser el punto de partida.

Detestar 


El meollo del asunto es que, hasta que pude adentrarme en el libro, detesté muchos de esos abrazos (no digo que detesté las fotos, sino la impostura de los abrazos), por ejemplo, el número 29, el 31, el 32, el 39. Qué es exactamente lo que me irritaba es el motivo de estas líneas que, a la vez, estas líneas no van a dilucidar. Todo está en la foto original, que tiene un particular sentido para Muzzio, sin ser de Muzzio, y que Muzzio nos impone con la serialización de esa impostura. Porque, vamos, esa pareja son sus padres, retratados dos años antes de engendrarla y, como nos enseña la tradicional teoría del drama, un personaje son sus acciones: vistos ahora, esos jóvenes eran, ya en Marcos Juárez y en 1967, los padres de la sensible fotógrafa Gabriela Muzzio, a quien le faltaban dos años para nacer. Hay algo del instante, etéreo, banal –el modo en que refulge la manga blanca de la camisa del padre y esparce un halo sobre el rostro de la madre de la fotógrafa–, que nos interpela y nos predispone a ver allí la luz que la cámara de Muzzio buscaría cuarenta y pico de años después: los ojos oscurecidos del padre, los ojos cerrados de la madre, su entrega en un paisaje ligeramente suburbano, que habría que construir, darle un rostro como a Gabriela Muzzio (y no, el rostro de la fotógrafa no está en el libro). Esa información es la que falta en los abrazos de los números mencionados; entonces vemos a sus protagonistas ensayar de modo fallido, sin hijos (al menos sin hijos que estén detrás de la cámara), el acercamiento primero, el prolegómeno de los cuerpos entregados a la procreación. Así, el del número 39, el muchacho de lentes que cierra los ojos mientras ella mira a la cámara y sonríe cómplice, parece más bien un atentado: lo de él no es una entrega, con ese fondo de arbustos, como si se tratara de un picnic doméstico del amor, el tipo practica un approach que la mujer desmiente. 

O la sonrisa de él en el número 31, con los dientes flameando en el rostro y el celular colgado en el cinto, con un fondo de plaza urbana (un edificio allá atrás, el césped cuidado de un parque), mientras ella, más abajo en el abrazo, abre la boca en otra sonrisa y parece pedirle una atención que el hombre entregó sólo a la cámara. 

Padres e hijos 


Pero, metido una segunda o tercera vez en estos íntimos paisajes humanos (hay una foto con un fondo de torre erigida en lo que parece un camino rural que es acaso el momento más fantasmagórico y fantástico del libro), las preguntas cambian: ¿qué sabemos de los Muzzio en ese abrazo que no podamos adivinar en las fotos que su hija emuló de ellos? La foto, con sus caprichos de cámara Holga, sus encuadres geométricos, su blanco y negro y su tema “el abrazo”, mutó hacia un lugar de interrogación que ignoraba y cuya intriga, como en la literatura, pregunta quién soy y lo hace detrás de cámara. Así los sombríos cuerpos que se juntan en el resplandor urbano del número 17, como la antes odiosa pareja que se reía con desparpajo en un parque citadino en el número 32, revelan la transformación de lo “boludo” en algo digno de amor en el hijo que los espera en el futuro (por favor, la imagen es de Arthur Schopenhauer). Muzzio dice que esperó mucho tiempo que esas imágenes le “dijeran” algo (las fotos fueron hechas entre 1999 y 2011). Las distorsiones del objetivo de la máquina Holga –lo explica Muzzio en el prólogo– desestabilizan el marco de los abrazos retratados y, a la vez que le dan precariedad, aportan un halo de anacronismo que vuelve a esos retratos extemporáneos, como si se asistiera a una especie de “testimonio” afectivo de algo que recién conocemos: percibimos estas imágenes como un recuerdo. 

El tema son los padres, pero como no hay padres sin hijos, la foto original de la que parte Muzzio podría decirse que está perdida o, lo que podría ser casi lo mismo, el original se pierde, juega a perderse en la maraña de fotos que ofrece Los abrazos. En ese detalle, en esa fotografía, ese “disparo” perdido, encuentro que la anécdota de Ricardo –que se perdió el mundial 94, que se perdió la guerra, que casi pierde la vida– ilumina de alguna forma (acaso “boluda”) la lectura de este libro.

lunes, 13 de abril de 2026

la mano de fátima

Érica Brasca no tiene una gran presencia en la web (me refiero a la web tal como la pensó Tim Berners-Lee, la que funcionó hasta la primera década de los 2000), lo que no quiere decir que su trabajo no funcione “en red” (a lo mejor tiene cuentas en redes sociales que no son Twitter y desconozco, pero lo que importa, siempre, es la web). Sin embargo, pese a que parte de mi tarea está en una librería donde está su libro Aldabas de Graná, me enteré de la existencia de ese volumen cuando entré al sitio de la editorial ōmachi, que con tanta delicadeza lleva adelante Ernesto Inouye.

Cada cosa que Érica produce es un obsequio (iba a poner una “ofrenda”, pero dejemos el lenguaje religioso para su prosa), de hecho, la primera vez que conversamos me regaló varios fanzines suyos, entre ellos uno que se presentaba con una tapa en caracteres cirílicos y lo primero que pude leer decía: “La pestaña de YouTube ya estaba abierta”. Escribe en red.

Con la publicación que hizo de su traducción del ruso de un texto de Margarita Aliguer (La novia de Maiakovski) también me encontré con otro fanzine suyo que lleva discretamente como título: “Música de fiesta para cualquier fondo desanimado” y, página siguiente la aclaración: “Textos armados a partir de canciones de rock y post-punk ruso (…) Los mejores están en el canal de YouTube Chorny Zvezda Radio”. La escritura en red, ya lo dije.

El obsequio, como cualquiera sabe, es una entrega, y Érica se entrega en esos textos impresos en papel, como en los 2 microrrelatos absurdos de Daniil Jarms, en el que su nombre aparece en la aclaración: “Traducción y «dibujitos» (el encomillado es mío)”. Se entrega a una red anacrónica y contemporánea, como en el ensayo de Agamben.

Pero volvamos al libro que la tiene como autora, Aldabas de Graná, copio del sitio de ōmachi:

“En junio de 2025, Érica Brasca viajó a España para hacer una estancia de investigación en el departamento de Filología Eslava de la Universidad de Granada. Se alojaba con una amiga en el barrio de El Realejo. Ahí descubrió que muchas puertas tenían aldabas, esas piezas metálicas que sirven para golpear. Le llamó la atención un modelo en especial: una con forma de manito. Averiguó que se llamaba «mano de Fátima». A partir de ahí empezó a fotografiar las aldabas que iba encontrando. Aldabas de Graná reúne una selección de esas fotos acompañadas por unos apuntes acerca de estos objetos en desuso y sobre el acto de anunciarse: 

“«La aldaba difícilmente pueda considerarse un llamador discreto; su tañido puede retumbar en toda la cuadra. Con la llegada del timbre, el sonido se volvió más íntimo, dirigido sólo al interior de la casa, y, más tarde, los mensajes de celular hicieron que el modo de anunciarse fuera casi secreto.»”

Ese trabajo en red de Érica es de algún modo su maniera de anunciarse, como las “manos de Fátima” que describe en el libro. Fátima, anuncia a los despistados, es la hija de Mahoma que en la parte andaluza de la península ibérica encarnaría en el bronce forjado de muchas aldabas.

Para los católicos, Fátima es el nombre de la Virgen del Rosario anunciada ante tres niños portugueses en las postrimerías de la Revolución Rusa. 

Pero la “ofrenda” llega en la página 16 del breve Aldabas de Graná, cuando la cronista describe un camino calle abajo —es un camino doméstico, no turístico, la narradora va hacia un mercado— encandilada por el sol, que la ciega y, cuando al fin recupera la vista está frente a una de esas manos de Fátima “de un realismo ominoso” encaramada en una puerta señorial que decide, como lo decide la Fe del Islam, no fotografiar, no iconografiar, no volver imagen.

Un recato y un pudor que, en un libro poblado de imágenes de las aldabas granadinas, devuelve esa anunciación al mundo sonoro en el que las cosas que suenan se guardan el secreto. “Diálogo somos, entre una corsa oscura y el secreto claro”, como escribió el poeta maldito de nuestro pasado cercano.



sábado, 21 de marzo de 2026

la casa

Tomado de: La vida material, Plaza & Janés, Barcelona, 1988, traducción de Menene Gras Balaguer. Título original: La vie matereille, París, 1987.

por Marguerite Duras

La casa, se trata de la casa familiar, es para meter a los niños y a los hombres, para retenerlos en un lugar hecho para ellos, para contener su desvarío, distraerlos de este espíritu de aventura yde huida que les caracteriza desde el principio de los tiempos. Cuando se aborda esta cuestión, lo más difícil es alcanzar el material liso, sin asperezas, que es el pensamiento de la mujer acerca de esta empresa demente que representa una casa. La de la búsqueda de la contraseña común a niños y a hombres. El propio lugar de la utopía es la casa creada por la mujer, esta tentativa a la que ella no se resiste, a saber, interesar a los suyos no en la felicidad sino en su búsqueda, como si hasta el interés de la empresa girara alrededor de esta búsqueda, de modo que no fuera necesario rechazar decididamente la proposición desde el momento que era general: La mujer dice que es preciso desconfiar y a la vez comprender este interés singular por la felicidad. Cree que esto inducirá a los niños a buscar más tarde un estado dichoso de la vida. Esto es lo que quiere la mujer, la madre, hacer que su hijo se interese por la vida. La madre sabe que el interés por la felicidad de los demás es menos peligroso para el niño que la creencia en la felicidad para sí.

En Neauphle, solía cocinar a primera hora de la tarde. Esto ocurría cuando la gente no estaba allí, estaba trabajando o de paseo por los Estanques de Holanda, o durmiendo en las habitaciones. Entonces tenía para mí toda la planta baja de la casa y el parque. Era en estos momentos de mi vida, cuando veía claramente que los amaba y que quería su bien. El tipo de silencio que seguía a su partida lo tengo en la memoria. Entrar en este silencio era como entrar en el mar. Era a la vez una felicidad y un estado muy preciso de abandono a un pensamiento en devenir, era una manera de pensar o no pensar tal vez —no está lejos— y ya, de escribir.

Lentamente, con cuidado, para que esto dure aún, cocinaba para esta gente ausente a lo largo de aquellas tardes. Hacía una sopa para que la encontraran a punto en caso de que tuvieran mucha hambre. Sino había una sopa a punto, no había nada de nada. Sino había una cosa a punto, es que no había nada, es que no había nadie. Las provisiones solían estar allí, compradas por la mañana, de modo que sólo había que limpiar legumbres, poner la sopa a cocer y escribir. Nada más. 

Durante mucho tiempo pensé en comprar una casa. Nunca imaginé que podría poseer una casa nueva. En Neauphle, la casa consistió, primero, en dos granjas construidas un poco antes de la Revolución. Debe tener un poco más de dos siglos. He pensado en ella a menudo. Estaba ahí. En el cruce de los bosques de Rambouillet y de Versalles. En 1958, me pertenecía. He pensado en ella hasta el dolor algunas noches. La veía habitada por estas mujeres. Me veía precedida por estas mujeres en estas mismas habitaciones, en los mismos crepúsculos. Hubo nueve generaciones de mujeres antes que yo entre estos muros, mucha gente, alrededor de los fuegos, niños, criados, vaqueras, toda la casa estaba alisada, frotada en los ángulos de las puertas, por el paso de los cuerpos, de los niños y de los perros. 

Son cosas en las que las mujeres piensan mucho, durante años, y que constituyen el hecho de su pensamiento cuando los niños son pequeños: cómo evitarles el mal. Y esto, para no desembocar en nada casi siempre. 

Hay mujeres que no lo consiguen, mujeres torpes con su casa, que la sobrecargan, que la abarrotan, que no operan sobre su cuerpo ninguna abertura hacia el exterior, que se engañan completamente y que no pueden hacer nada, que convierten la casa en inhabitable, lo que hace que los niños la abandonen cuando alcanzan los quince años, como la abandonamos nosotros. Huimos porque la única aventura ha sido prevista por la madre. 

Hay muchas mujeres que no resuelven el desorden, el problema de la invasión de la casa por lo que se denomina el desorden en las familias. Estas mujeres saben que no consiguen superar las dificultades increíbles que representa el arreglo de una casa. Pero saberlo o no, poco importa. Estas mujeres transportan el desorden de una habitación a otra de la casa, lo desplazan o lo ocultan en sótanos o en piezas cerradas, o en baúles, armarios, y de ese modo crean en su propia casa lugares cerrados con candados, que ya no pueden abrir, ni siquiera delante de su familia, sin que parezcan indignas. Hay muchas que tienen buena voluntad e ingenuas, y que creen que el asunto del desorden se puede resolver aplazándolo para «más tarde», que ignoran que este momento que llaman «más tarde» no existe ni existirá nunca. Y que cuando llegue verdaderamente será demasiado tarde. Que el desorden, es decir, la acumulación de bienes, debe resolverse de una manera  extremadamente penosa por la separación con los bienes. Creo que todas las mujeres sufren por esto, por no saber tirar y separarse. Hay familias que, cuando tienen una gran casa, lo guardan todo durante tres siglos, los niños, el señor Conde, Alcalde del pueblo, los trajes y los juguetes. 

He tirado, y he lamentado. Siempre se lamenta haber tirado en cierto momento de la vida. Pero si no se tira, si uno no se separa, si se quiere guardar el tiempo, se puede pasar la vida ordenando y archivando la vida. Las mujeres guardan a menudo las facturas de electricidad y de gas durante veinte años, sin otra razón que la de archivar el tiempo, archivar sus méritos, el tiempo que han pasado y del que no queda nada.

Lo repito. Hay que repetirlo mucho. El trabajo de una mujer, desde que se levanta hasta que se acuesta, es tan duro como una jornada de guerra, peor que la jornada de trabajo de un hombre, porque ella debe inventar su empleo del tiempo conforme al de otras personas, personas de su familia y de aquellas de las instituciones exteriores. 

En una mañana de cinco horas, hace el desayuno de los niños, los lava, los viste, limpia su casa, hace las camas, se asea, se viste, va a hacer la compra, cocina, pone la mesa, en veinte minutos hace comer a los niños, grita, los vuelve a llevar a la escuela, limpia los platos, lava la ropa y el resto, y el resto. Tal vez, hacia las tres y media, pueda leer un periódico durante media hora.

 

Una buena madre de familia, para los hombres, es cuando la mujer hace de esta discontinuidad de su tiempo una continuidad silenciosa e inaparente. 

Esta continuidad silenciosa era recibida por lo demás como la vida misma y no como uno de sus atributos, por ejemplo el trabajo. Estamos aquí en el fondo de la mina. 

Se puede decir que esta continuidad silenciosa existía de tal modo, y desde hace tanto tiempo, que terminaba por dejar de existir del todo para la gente que rodeaba a la mujer. Quiero decir que para los hombres, el trabajo de las mujeres les importaba tanto como, por ejemplo, unas nubes que dan la lluvia, O la lluvia misma que dan las nubes. Esta tarea se llevaba a cabo de un modo semejante a la de dormir cada día. Entonces, el hombre estaba contento, en su casa todo funcionaba. El hombre de la Edad Media, el hombre de la Revolución, y el hombre de 1986. 

Me olvido decir una cosa que las mujeres deben meterse en la cabeza: no deben presumir, los hijos son como los padres. Éste trata a la mujer de la misma manera. Éste llora de la misma manera cuando ella muere. Éste también dice que nada la remplazará. 

Antes era pues, así. Antes, me ponga del lado que me ponga, cualquiera que sea el siglo en la historia del mundo, veo a la mujer en una situación límite, insostenible, bailando sobre un hilo por encima de la muerte. 

Ahora, sea cual sea el lado de mi tiempo hacia el que me gire, veo a la starlette de las oficinas mediadoras de turismo o bancarias, esta primera de la clase, mona e infatigable, al corriente de todo de la misma manera, bailando, sobre un hilo por encima de la muerte. 

Luego, ya veis, escribo para nada. Escribo como hay que escribir, me parece. Escribo para nada. Ni siquiera escribo para las mujeres. Escribo sobre las mujeres para escribir sobre mí, sobre mí sola a través de los siglos. 

He leído Un cuarto propio, de Virginia Woolf, y La Bruja, de Michelet. 

Ya no tengo ninguna biblioteca. Me he deshecho de ella, de toda idea de biblioteca también. Se ha terminado. Estos dos libros, es como hubiera abierto mi propio cuerpo y mi cabeza, y leyera el relato de mi vida en la Edad Media, en los bosques, en las fábricas del siglo XIX. No he encontrado ni a un solo hombre que haya leído a la Woolf. Estamos separados, como dice ella en sus novelas, M.D. 

La casa interior, la casa material. 

La primera escuela fue mi propia madre. Cómo organizaba sus casas. Cómo las limpiaba. Es ella la que me enseñó la limpieza, la ingénita, enfermiza, supersticiosa en 1915, en Indochina, de una madre de tres niños pequeños. 

Lo que quería esta madre, mi madre, era asegurarnos a nosotros, sus hijos, que ningún momento de nuestra vida, pasara lo que pasara, los acontecimientos más graves, por ejemplo la guerra, nos cogiera desprevenidos. Desde el momento en que teníamos una casa y nuestra madre, nunca nos veríamos abandonados, ni arrastrados por la tormenta, ni cogidos de improviso. Podían llegar guerras, aislamientos debidos a inundaciones, a la sequedad, para nosotros siempre habría habido una casa, una madre, algo de beber y de comer. Creo que hasta el final de su vida, hizo confituras para la tercera guerra que iba a venir. Acumuló azúcar y «pasta». Se trata de una aritmética pesimista que procede de un pesimismo de base, que he heredado totalmente. 

Con el episodio de los Diques, mi madre había sido robada y había sido abandonada por todos. 

Nos había criado sin ninguna ayuda. Nos había explicado que había sido robada y abandonada, porque nuestro padre había muerto y ella se había quedado indefensa. Había una cosa de la que ella estaba segura, y era que todos estábamos abandonados. 

Experimento este gusto profundo de llevar la casa. He experimentado este gusto toda mi vida. Y todavía me queda algo de él. Todavía ahora, necesito saber lo que hay de comer en los armarios, si hay todo lo que hace falta, en todo momento, para durar, vivir, sobrevivir. También yo busco aún la autarquía del barco, del viaje de la vida, para las personas que quiero y para mi hijo. 

A menudo pienso en las casas de mi madre, en todas las funciones que realizaba, a siete horas de pista del primer puesto blanco, del primer doctor. 

Estaban llenas de alimentos y medicamentos, de granizo menudo, de jabón negro, de alumbre, ácidos, vinagres, quinina, desinfectantes, ametina, peptofer, pulmoserum, hepatrol y carbones. 

Quiero decir que mi madre era más que mi madre, era como una institución. Los indígenas venían a verla también para que ella los cuidara. La casa va hasta allí, se extiende fuera también. Éste era el caso. Muy pronto en nuestra vida fuimos conscientes de esto, y por ello tuvimos para con mi madre un gran agradecimiento. Era todo a la vez, la madre, era la casa en torno a ella, y era ella en la casa. 

Ella se extendía pues, más allá de sí misma, con las previsiones de los tiempos malos, de los años de condena. Mi madre había vivido dos guerras, es decir nueve años de guerra. Esperaba la tercera guerra. Creo que la esperó hasta su muerte, como quien espera la próxima estación. Ella sólo leía el periódico para esto, creo, para intentar leer entre líneas si la guerra se aproximaba. No me acuerdo que me haya dicho ni una sola vez que la guerra retrocedía. 

En ocasiones, durante nuestra infancia, mi madre jugaba a enseñarnos la guerra. Cogía un bastón largo, casi como un fusil, se lo ponía en los hombros, y andaba, marcando el paso, delante nuestro, cantando Sambre et Meuse. Al final estallaba en sollozos. Y nosotros la consolábamos. Sí, a mi madre le gustaba la guerra de los hombres. 

Creo que la madre, en todos los casos o casi, en el caso de todas las infancias, en el caso de todas las exigencias que han seguido a esta infancia, la madre representa la locura. Queda como la persona más extraña y más loca que uno haya encontrado jamás, nosotros, sus hijos. Muchas personas dicen, hablando de su madre: «Mi madre estaba loca, lo digo y lo creo. Loca.» En el recuerdo, se ríe mucho de las madres. Y es divertido. 

En Neauphle-Le Chateau, mi casa de campo, había hecho una lista de productos que había que tener siempre en casa. Había casi veinticinco. Esta lista se guardó, sigue estando allí, porque fui yo quien la escribió. Sigue siendo exhaustiva. 

Aquí en Troauville, es otra cosa, es un apartamento. Aquí no se me ocurriría hacerla. Pero en Neauphle siempre hubo provisiones. Ésta es la lista:



La lista sigue estando ahí, sobre la pared. No se ha añadido ningún otro producto a los que están ahí. Ninguno de los quinientos a seiscientos nuevos productos que han sido creados desde la confección de esta lista, en veinte años, ha sido adoptado. 

El orden exterior, el orden interior de la casa. El orden exterior, es decir, el arreglo visible de la casa, y el orden interior que es el de las ideas, de los soportes sentimentales, de las eternidades de sentimientos de cara a los niños. Una casa tal como mi madre las concebía, era para nosotros, así. No pienso que lo hubiera hecho ni para un hombre ni para un amante. Es una actividad que ignoran completamente los hombres. Ellos pueden construir casas, pero no crearlas. En principio, los hombres, no hacen nada para los niños. Nada material. Los llevan al cine o de paseo. Es todo, creo. El niño les llega a los brazos cuando vuelven del trabajo, limpio, cambiado y a punto para ir a la cama. Feliz. Esto crea la diferencia abismal entre hombres y mujeres. 

Creo, fundamentalmente, que la situación de la mujer, y lo digo de una manera incidental, no ha cambiado. La mujer se encarga de todo en la casa, incluso si se le ayuda a hacerlo, incluso si es mucho más experta, mucho más inteligente, mucho más audaz que antes, incluso si ahora tiene más confianza en sí misma. Incluso si escribe mucho más, la mujer, en relación al hombre, no ha cambiado. 

Su aspiración esencial sigue siendo conservar la familia, mantenerla. Y si socialmente ha cambiado, todo lo que hace, lo hace además de esto, de este cambio. Pero, ¿ha cambiado el hombre? Casi nada. 

Tal vez grita menos. Ahora también se calla antes. 

Sí. No ve nada más que decir. Le da por estar silencioso. Por desembocar en el silencio y naturalmente. Por descansar del ruido de su propia voz. 

La mujer es el hogar. Lo era. Sigue siéndolo. Se me puede hacer la siguiente pregunta: y cuando el hombre se acerca al hogar, ¿es que la mujer lo soporta? Yo digo sí. Sí, porque en este momento, el hombre forma parte de los niños. 

Hay que socorrer las necesidades del hombre, como las de los hijos. Y para la mujer es igualmente un placer. El hombre se cree un héroe, siempre como el niño. Al hombre le gusta la guerra, la caza, la pesca, la moto, los coches, como al niño. Cuando duerme, se ve, y las mujeres aman a los hombres por esto. No hay que engañarnos al respecto. Se ama a los hombres inocentes y crueles, se ama a los cazadores, a los guerreros, se ama a los niños. 

Esto continuó durante mucho tiempo. Desde que el niño era pequeño, iba a buscar los platos a la cocina, para traerlos a la mesa. Cuando se terminaba un plato, y se esperaba el otro, yo lo hacía sin pensarlo, feliz. Hay muchas mujeres que lo hacen. 

Así, como yo. Lo hacen cuando los niños tienen menos de doce años, y luego continúan haciéndolo. 

Las italianas por ejemplo, en Sicilia, se ve a mujeres de ochenta años sirviendo a niños de sesenta años. 

He visto a mujeres de éstas en Sicilia. 

La casa siempre es un poco, reconozcámoslo, como si se os diera un yate, un barco. La gerencia mobiliar, inmobiliar y humana, es un trabajo impresionante. Las mujeres que no son del todo mujeres, que son ligeras, que cometen faltas graves en su gerencia, son aquellas que no hacen las reparaciones en seguida. Yo consigo lo que quería, en las reparaciones de la casa. Me gustaría mucho entrar en todos los detalles, pero el lector tal vez no comprenda por qué. Por lo menos, esto es lo que he de decir. Las mujeres que esperan que haya tres enchufes rotos, que la aspiradora esté estropeada, que los grifos goteen para llamar al lampista, se equivocan. En general, son por lo demás mujeres dejadas, las que hacen esto, las que «dejan caer», mujeres que han pensado que el marido debía darse cuenta y deducir de ello que son desgraciadas por su causa. Estas mujeres no saben que los hombres no ven nada en una casa mantenida por ellas, puesto que es una cosa de todo el tiempo de su vida, que han visto durante todo el tiempo de su infancia con una mujer que era su madre. Ya ven que hay unos enchufes rotos, pero, ¿qué es lo que dicen? Dicen: «Toma, los enchufes están rotos», y es como si nada. Si la aspiradora está rota, no lo verán. No ven nada de esto. Lo mismo que los niños, nada. Así que el comportamiento de la mujer es impenetrable para el hombre. Si la mujer deja de hacer una cosa, si se olvida, o si por ejemplo se venga, no comprando enchufes, los hombres no lo verán. Ose dirán que ella tiene sus razones para no ir a buscar los enchufes o no hacer reparar la aspiradora y que no sería delicado preguntar cuál es. Sin duda, temen encontrarse bruscamente ante su desesperación, que ésta los invada a su vez, y los derribe. Se os dice: los hombres ahora «colaboran». No se sabe muy bien lo que quiere decir. Los hombres intentan «colaborar» —en el atolladero material— esto seguro. 

Pero yo no sé demasiado qué pensar al respecto. 

Tengo un amigo que cocina y hace la limpieza de la casa. Su mujer no hace nada. Hacer la limpieza le asquea profundamente. La cocina, no sabe por dónde empezar. Entonces mi amigo educa a los niños, cocina, friega, va a la compra, hace las camas, todas las labores domésticas. Y además, hace un trabajo para mantener a su mujer y a los niños. Su mujer quería estar lejos del ruido y tener amantes cuando le complacía. Entonces, ella cogió una casita al lado de la casa donde vive el hombre con sus dos hijos. Es una cosa que él admite, para conservarla. Ella es la madre de sus hijos. Él lo acepta todo. Ya no sufre. ¿Qué decir de esto? Yo experimento una reacción de ligero asco ante un hombre tan servil. 

Me dicen que los hombres suelen hacer las faenas más pesadas, y que se les encuentra junto a los estantes de utensilios, en los grandes almacenes. A esto no respondo, porque las faenas pesadas son un deporte para los hombres. Cortar árboles es, al salir de la oficina, un tipo de deporte, no es un trabajo. A un hombre de fuerza mediana y de tamaño ordinario, si se le dice lo que es preciso hacer, lo hace. Lavar los platos, lo hace, hacer las compras: lo hace. 

Tiene esta tendencia desastrosa a creer que es un héroe cuando compra las patatas. Pero no importa. 

Me dicen que exagero. Todo el tiempo me dicen: Usted exagera. ¿Usted cree que es la palabra? ¿Usted dice, idealización, que yo idealizaría a la mujer? Es posible. ¿Quién lo dice? No le hace ningún daño a la mujer que la idealicen. 

Podéis pensar lo que queráis de lo que cuento aquí. Debo hablaros en un lenguaje ininteligible, puesto que os hablo del trabajo de la mujer. Lo principal es hablar de ella y de su casa y de lo que rodea a la mujer, de su gerencia del bien. 

Un hombre y una mujer son, a pesar de todo, diferentes. La maternidad no es la paternidad. En la maternidad, la mujer deja el cuerpo a su hijo, a sus hijos, éstos se ponen encima suyo como sobre una colina, como en un jardín, se la comen, le dan golpecitos, se duermen encima y ella se deja devorar y a veces se duerme mientras están encima de su cuerpo. En la paternidad no se produce nada parecido.

Pero, tal vez la mujer mantiene en secreto su propia desesperación a lo largo de sus maternidades, de sus conyugalidades. Tal vez pierde su reino en la desesperación de cada día, y esto en el transcurso de toda su vida. Tal vez sus aspiraciones de juventud, su fuerza y su amor se alejan de ella justamente a causa de las llagas hechas y recibidas en la más pura legalidad. Tal vez es así. Tal vez el martirio es condición de la mujer. Tal vez la mujer completamente floreciente en la demostración de su saber hacer, de su deportividad, de su cocina y de su virtud, es para tirarla por las ventanas.

Hay mujeres que tiran. Yo tiro mucho.

Durante quince años, he estado tirando mis manuscritos tan pronto como el libro se publicaba. Si busco el porqué, creo que era para borrar el crimen, desvalorizarlo a mis propios ojos, para «pasar mejor» en mi propio medio, para atenuar la incidencia de escribir cuando se era una mujer, de esto hace apenas cuarenta años. Guardaba restos de tejidos, restos de alimentos, pero no esto. Durante diez años he quemado mis manuscritos. Luego un día me dijeron: «Guárdalos para tu hijo más tarde, no se sabe nunca.»

Era en la chimenea de la sala de Neauphle donde esto ocurría. Se trataba de la destrucción capital, aquella por el fuego. ¿Supe pues tan pronto en mi vida que era una escritora? Sin duda. Me acuerdo de los días siguientes a aquellos días. El lugar se hacía claro, virginal. La casa se iluminaba, las mesas se volvían disponibles, lisas, libres, con todas las marcas borradas.

Antes, las mujeres guardaban mucho. Guardaban los juguetes de los niños, sus deberes, sus primeras redacciones. Guardaban las fotos de su juventud. Fotos oscuras, de tonos suaves, que las maravillaban. Guardaban sus trajes de jovencita, su traje de novia, el ramo de flores de azahar, pero ante todo, las fotografías. Las fotos de un mundo que sus hijos no habían conocido válidas para ellas solas.

La invasión de la casa por la marea de bienes materiales proviene también, y tal vez antes que nada, de las rebajas, archirrebajas, rebajas rebajadas que regularmente inundan París, en un ritual que sin duda alguna dura desde hace mucho tiempo. El blanco, las malas ventas del verano en otoño, las malas ventas del otoño en invierno, todas, cosas que las mujeres compran como si se drogaran, porque es barato y no porque lo necesiten, todas estas «locuras», a menudo son arrumbadas en cuanto llegan a casa. Ellas dicen: «No sé lo que me ha cogido...» Al igual que lo dirían de una noche pasada en el hotel con un desconocido.

En los siglos que han precedido, la mayoría de las mujeres tenían dos o tres justillos con faldas, un corpiño y dos enaguas; en invierno lo llevaban todo encima, y en verano esta ropa se guardaba en un hatillo de algodón sujeto por las cuatro esquinas, con esto iban a prestar sus servicios o a casarse. Ahora las mujeres deben tener doscientas cincuenta veces más vestidos que hace doscientos años. Pero la permanencia de la mujer en la casa sigue siendo de idéntica naturaleza. Se trata siempre de una existencia como escrita, ya descrita, incluso a sus propios ojos. De un papel en cierto modo, en el sentido habitual del término, pero que se desempeñaría inevitablemente y sin tener casi conciencia de ello: Así, en el teatro de la soledad profunda que es durante siglos el de su vida, de esta manera, la mujer viaja. Este viaje no tiene nada que ver ni con las guerras ni con la cruzada, se hace en la casa, el bosque, y en su cabeza acribillada de creencias, a menudo achacosa y enferma. En este caso es cuando se la promulga bruja, como lo sois vosotros, como lo soy yo, y la queman. Durante ciertos años, ciertos inviernos, ciertas horas de ciertos siglos, las mujeres se han ido con el paso del tiempo, la luz, los ruidos, la caza con hurón de los animales en las espesuras, los gritos de los pájaros. El hombre ni está al corriente de estas salidas de las mujeres. El hombre no puede estar al corriente de estas cosas.

El hombre está ocupado en un servicio, en un oficio, tiene una responsabilidad que no le abandona nunca, que hace que no sepa nada de las mujeres, nada de la libertad de las mujeres. El hombre deja de tener libertad muy temprano en la Historia. Durante mucho tiempo a lo largo de los siglos, los hombres que están cerca de las mujeres son mozos de labranza; suelen ser atrasados, burlones apaleados, impotentes. Están allí, entre las mujeres, para hacerles reír, y ellas les esconden, les salvan de la muerte. A ciertas horas de los días de estos siglos, unos pájaros solitarios gritaban en la noche clara antes de la desaparición de la luz. Ya, la noche caía de prisa o lenta, era según los días de la estación, según el estado del cielo o el de la pena horrible o ligera que uno tenía en el corazón.

Las chozas debían ser sólidas en el bosque contra los lobos, los hombres. Estamos en 1350, por ejemplo. Ella tiene veinte años, treinta años, cuarenta años, no más. No sobrepasa aún esta edad sino muy raramente. En las ciudades hay peste.

Ella tiene hambre siempre. Miedo. Es la soledad que emana alrededor de la forma famélica, que funda el reino. No es el hambre ni el miedo. Michelet no puede pensar en nosotros por lo delgados y raquíticos que estamos. Hacemos diez niños para quedarnos con uno. Nuestro marido está lejos.

¿Cuándo nos cansaremos de este bosque de nuestra desesperanza? ¿De este Siam? ¿Del hombre que prendía primero fuego a la pira?

Perdónennos por hablar tan a menudo de ello. 

Estamos ahí. Ahí donde se hace nuestra historia. No en otra parte. No tenemos amantes salvo los del sueño. No tenemos deseos humanos. Sólo conocemos el rostro de los animales, la forma y la belleza de los bosques. Tenemos miedo de nosotros mismos. Tenemos frío en nuestro cuerpo. Estamos hechos de frío, de miedo, de deseo. Nos quemaban. Todavía se nos mata en Kuwait y en los campos de Arabia.

También hay casas demasiado bien hechas, que están demasiado bien pensadas, sin ningún incidente, pensadas de antemano por especialistas. Por incidente, entiendo lo imprevisible que resulta el uso de la casa. El comedor es grande, porque es allí donde se recibe a los invitados, pero la cocina es pequeña, cada vez más pequeña. Siempre se come allí, amontonados -cuando uno sale todos los demás deben levantarse- pero no se ha abandonado.

Querríamos desenseñar a la gente a comer en la cocina, y es allí donde se reúne, donde van todos cuando oscurece, es allí donde hay calor y donde uno se queda, con la madre que cocina, charlando. La antecocina, allí donde se hace la colada, la ropa blanca, ya no existe tampoco, y sin embargo es irremplazable, como las cocinas amplias, los patios.

Ahora, ya no podéis hacer el plano de vuestra casa, está mal visto, se os dice: «Estaba bien antes, ahora hay especialistas que lo hacen, y lo hacen mejor que vosotros.»

Experimento un profundo asco cuando veo cómo se desarrolla este tipo de solicitud. En general, las casas modernas carecen de estas estancias que constituyen las fases complementarias de las proposiciones principales que son la cocina, el dormitorio. Me refiero aquí a sitios donde colocar la despensa. Uno se pregunta cómo prescindir de ellas, dónde poner la plancha, las provisiones, la costura, las nueces, las manzanas, los quesos, las máquinas, los utensilios, los juegos, etc.

De igual modo, las casas modernas carecen de pasillos para que los niños corran o jueguen, para los perros, los paraguas, los abrigos, las carteras, y luego no nos olvidemos: los pasillos son el lugar por los que se deslizan estos niños pequeños cuando están extenuados, es ahí donde se duermen, donde se les recoge para meterles en la cama, es ahí donde van cuando tienen cuatro años y están hartos de los mayores, de su filosofía, de todo, es ahí donde van cuando dudan de ellos y se ponen a llorar sin gritar y sin pedir nada.

La casa siempre carece de sitio para los niños, siempre, en todos los casos, incluso en los castillos. Los niños no miran las casas, pero conocen los escondrijos mejor que la madre, los niños escudriñan. Buscan. Los niños no miran las casas como tampoco las paredes de carne que los encierran, cuando no ven aún, pero las conocen. Miran la casa cuando la abandonan.

También quisiera hablar del agua, de la limpieza de las casas. Una casa sucia es terrible, sólo es para la mujer sucia, el hombre sucio, los niños sucios. No se puede vivir en ella si no se pertenece a una familia sucia. Una casa sucia significa otra cosa para mí, un estado peligroso.de la mujer, un estado de ceguera, ella ha olvidado que se podía ver lo que ha hecho o lo que no hace, es sucia sin saberlo. La vajilla amontonada, la grasa, todas la cazuelas sucias. He conocido personas que esperaban a que hubiera larvas en la vajilla sucia para lavarla.

Algunas cocinas horrorizan y desesperan. Lo peor son los niños criados en la suciedad, seguirán siendo sucios para el resto de su vida. Los bebés sucios son lo más sucio que hay.

En las colonias, la suciedad era mortal, traía las ratas y las ratas traían la peste. Al igual que las piastras –de papel– traían la lepra.

Para mí, la limpieza también reside en una especie de superstición. Cuando me hablan de alguien, siempre pregunto si es una persona limpia, incluso ahora, lo pregunto como preguntaría si es una persona inteligente o sincera, u honrada.

En El amante dudé en mantener el texto limpio no sé bien por qué. Durante nuestra infancia en las colonias, siempre estábamos en el agua, nos bañábamos en los ríos, nos duchábamos con el agua de las jarras mañana y noche, íbamos descalzos por todas partes salvo por la calle, pero cuando lavábamos la casa con grandes cubos de agua con los hijos de los Boys era la fiesta de la gran fraternidad entre los hijos de los Boys y los hijos de los Blancos.

Aquellos días mi madre se reía complacida. No puedo pensar en mi infancia sin pensar en el agua.

Mi país natal es una patria de aguas. La de los lagos, torrentes que descendían por la montaña, la de los arrozales, la terrosa de los ríos de la llanura en las que se cobijaba durante las tempestades. La lluvia hacía daño por lo densa que era, en diez minutos el jardín estaba inundado. Quién contará jamás el olor de la tierra caliente que humeaba después de la lluvia. La de ciertas flores. La de un jazmín en un jardín. Yo soy alguien que nunca volverá a su país natal. Sin duda, porque se trataba de una naturaleza y de un clima, como hechos para los niños. Una vez que uno se hace mayor, esto se vuelve exterior, estos recuerdos uno no se los lleva consigo, se los deja allí donde fueron hechos. Yo no nací en ninguna parte.

Recientemente se hubo de romper el suelo de la cocina —aquí en Francia, en Neauphle— para hacer un peldaño suplementario. La casa se hunde. Es una casa muy vieja que está junto a un estanque, la tierra es de miga y muy húmeda y la casa se hunde poco a poco, de ahí que el primer peldaño de la escalera acabara resultando demasiado alto y fatigante. El albañil hubo de hacer un agujero para encontrar la parte empedrada, que iba en descenso, se siguió cavando y esto seguía descendiendo siempre, muy fuerte, pero ¿hacia qué? ¿Qué era? ¿Sobre qué estaba construida la casa? Se dejó de cavar, de ir a ver. Se cerró. Se colocó el cemento. Se ha hecho el peldaño suplementario.