socio

"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 28 de marzo de 2013

hijitus

Gracias, señor Manuel, en esta familia ya vamos por la segunda generación de Hijitus.


  

jueves, 21 de marzo de 2013

un papa que cita a bloy



León Bloy nació en Francia en julio de 1846. Ese mismo año, en septiembre, dos adolescentes que caminaban por la montaña de La Salette, en los Alpes franceses, tuvieron un encuentro extraordinario, la virgen se les apareció llorando por los pecados del mundo y les reveló secretos que, al menos uno de ellos, sólo contó al papa Pío IX. Converso al catolicismo en 1868, Bloy relacionó esa aparición –que influyó sobre otras figuras del mundo moderno, desde Don Bosco hasta el escritor francés J.K. Huysmans– con su vida y su misión de escritor, que cabe en su fórmula: “peregrino de lo absoluto”. El 14 de marzo pasado, cuando Jorge Bergoglio ya había sido elegido papa y dio su primera misa luego del cónclave, citó a Bloy. Dijo: “Quien no reza al Señor, reza al diablo”.
La cita recupera el Bloy católico que pocos leyeron en Argentina, donde su nombre suele asociarse a Jorge Luis Borges –aunque también Leopoldo Marcechal y el jesuita Leonardo Castellani fueron devotos lectores de su obra–, quien lo leyera y difundiera fascinado por sus argumentos fantásticos y su “arte de injuriar”.

Furibundo católico, Bloy fue una molestia incluso para la jerarquía eclesiástica de su época, para la que terminó siendo un heresiarca –la conclusión es de Borges. En vida Bloy publicó artículos, diarios y novelas centradas en una preocupación única y sublime: el dolor. Fue soldado, mendigo (porque entendía que Dios es mendigo), esposo de una prostituta que convirtió a la fe católica –cuando enviudó volvió a convertir a su nueva esposa: una danesa protestante–, padre y un incansable injuriador. Como Gustave Flaubert, cercano contemporáneo, entendía que el lenguaje estaba siendo devastado por el uso mercantilista que le daba el burgués, “un cerdo que quisiera morirse de viejo”, según una de sus definiciones. Si prescindiéramos de la fe para analizar los textos de Bloy, cabría atender el meticuloso trabajo que llevó adelante con la palabra –tarea que desarrollaron otros escritores también católicos, tal vez el más destacado de ellos, Charles Baudelaire– con el fin de devolverle misterio al lenguaje, con el fin de rescatar la palabra –de acuerdo al concepto marxista– del escaparate de las mercancías. Sus intenciones pueden leerse en su libro Exégesis de lugares comunes, comenzado en 1900 como artículos de diario. Escribe Bloy: “El verdadero burgués, vale decir, el hombre que no hace ningún uso de la facultad de pensar y que parece vivir sin sentirse un solo día solicitado por la necesidad de comprender cosa alguna, está circunscrito en su lenguaje a un limitadísimo número de fórmulas. ¡Qué paradisíaco silencio caería de inmediato sobre nuestro globo consolado si un bendito tuviera la gracia de arrebatarle este humilde tesoro!”

martes, 12 de marzo de 2013

dos historias en irán

Argo (Ben Affleck, 2012), es la película ideal para ganar el Oscar: ligeramente crítica con la política exterior de Estados Unidos, “realista” porque es obediente con la intriga que genera y copia el material documental que se usó en el film y, sobre todo, porque tiene un metadiscurso afín al cine –cosa que hallamos en cualquier film contemporáneo: las películas nos cuentan una teoría del cine– que puede ser leído por cualquier cristiano, incluso por los comentaristas de espectáculos de los grandes medios locales, que suelen ser locutores y necesitan que les griten al oído de qué va el asunto. Pretender, como pretendieron críticos ya más serios, como el amigo Dan Brennan, de la página de la Cuarta Internacional, que Argo se interese en los miles de masacrados por el gobierno títere del Sha de Irán, en lugar del interrumpido confort de un puñado de funcionarios de la embajada americana en Teherán, es no sólo fútil, sino estúpido.


Claro que Argo no es una gran película –de otro modo, difícilmente se hubiese llevado el premio industrial Oscar–, pero cumple con las premisas según las cuales cierto público “progresista” (las comillas destacan el término, no lo cuestionan: un progresista es un burgués asustado… por no poder llegar a la cima de su clase) goza de ser crítico sin incomodar ni incomodarse. Es sincera, nos dice que para la política exterior americana el Sha era una mala película de Disney, y que a partir del golpe de 1980, que llevó al nacionalismo de derecha al poder y encumbró al Ayatollah Khomeini, Irán pasa a ser una película de ciencia ficción con malos de la talla de Darth Vader; nos dice, en resumen, renunciemos a entender de qué va, limitémonos a construir un villano, que es una de las tareas fundamentales de cualquier película y es el lema de cabecera de geniales directores como Alfred Hitchcock: “Cuanto mejor el malo, mejor la película”.

Ese villano es, a la vez, el de la ultramodernidad contemporánea: el zombie que actúa en masa, el insecto que ejecuta el mandato de la reina y llega en un enjambre para acometer su tarea; a diferencia del héroe, que debe lidiar con los intereses personales de los suyos, siempre proclives a desvíos y derrapes de sus intelectos, sus emociones y su don de gente. Aún así, Argo no es tan mala. Ya lo decíamos, es sincera: ¿qué es si no Medio Oriente para el gran público? Un film algo exótico, un camino lleno de peripecias donde se forja el héroe y, para el ojo experto, para el exégeta de la geopolítica y los negocios internacionales, para “la más peligrosa de todas las pandillas, la de los hombres blancos con dinero” (la frase es de una personaje de la serie Sons of Anarchy), Oriente es la isla del tesoro de la que hay que distraer con muchas trampas simbólicas, es decir, ficcionales.

De todos modos, no son estas cuestiones sociológicas las que hacen del film de Affleck su peor película (desde su inicial Desapareció una noche, de 2007, comenzó el camino del descenso), sino la imposibilidad de darle carnadura a ese gran relato histórico: su héroe es apenas un personaje angustiado y taciturno por un par de asuntos domésticos, como una relación distante con su pequeño hijo y cosas por el estilo.



Una cuestión personal

El film que se le opone en este aspecto, en el mismo marco histórico y al que, curiosamente, nadie recordó por estos días, fue Persépolis un film de animación basado en la novela gráfica de la franco-iraní Marjane Satrapi, que en 2007 fue candidateada por Francia al Oscar a mejor película extranjera, fue celebrada en Cannes, donde ganó el primer premio ese año, bombardeada por el gobierno iraní y prohibida en el Líbano, entre otras distinciones. Se estrenó en Buenos Aires en abril de 2008.

Persépolis, nombre que proviene de la ciudad persa fundada por Darío I en el siglo 6 antes de Cristo y destruida por Alejandro Magno en la era cristiana, es tan autobiográfico como lo permiten los dibujos. A su vez el libro, publicado en Francia en el año 2000, es también un best seller (dividido en dos partes: niñez y retorno) que narra la infancia de una niña iraní (Satrapi) durante los años del Sha, las expectativas de la Revolución Islámica (1979) en su familia de clase media alta y progresista, el exilio europeo tras el asalto al poder del fundamentalismo religioso que lideró en sus comienzos el Ayatollah Khomeini y Abol-Hassan Bani-Sadr, la guerra Irán-Irak, la juventud bajo las hijab (los velos negros que cubren cabello y el vestido oscuro que llevan las mujeres) y el desengaño amoroso en Viena.

“Me resulta difícil describir en palabras —la elogió Andrew Sarris cuando aún tenía su columna del New York Observer— la extraña mezcla de animé y animación más el destilado de ciertas influencias libres como las de F.W. Murnau y el expresionismo alemán, tanto como el de las comedias neorrealistas italianas”. La misma Satrapi, que se “historietizó” a sí misma en el libro y en el film, definió su procedimiento como el de un “realismo estilizado”: “porque —agrega— queríamos que el dibujo fuera totalmente vívido, no como un cartoon. Por lo tanto, a diferencia del cartoon, no teníamos demasiado margen en términos de expresiones faciales y movimientos”.
Persépolis va tras los pasos de la pequeña Marjane, educada en el Liceo Francés de Teherán, cuando tiene diez años y festeja con sus padres la inminente caída del Sha. El tío Anouche, un dirigente comunista formado en Moscú, es liberado de las cárceles de la policía secreta del Sha y alienta en Marjane esperanzas revolucionarias que pronto se disuelven en el cariz ultrarreligioso que adquiere la Revolución Islámica. La libertad le dura poco a Anouche (que en la versión francesa tiene la voz de Francois Jerosme y en la copia que se distribuyó en Estados Unidos lleva la grave voz de Iggy Pop). El nuevo régimen vuelve a encarcelarlo y lo sentencia a muerte. Pero antes de la ejecución al hombre le es concedida una única entrevista, y el tío elige a Marjane. En el film, los dibujos en blanco y negro señalan con sutileza el mundo lírico e imaginativo que despliega Marjane, alentada por los relatos de la abuela, la hidalguía del abuelo y la responsabilidad de sus padres.

Las invasiones bárbaras
En el film la historia comienza en 1980 (ya cayó el Sha y gobierna Khomeini), cuando Marjane y sus compañeras, pese a concurrir a un colegio francés laico, son obligadas a usar la hijab. La pequeña Marjane necesita algunas explicaciones para hacerse una idea de lo que sucede en su país, son las que recibe el espectador occidental en términos que, según Sarris y Clare Hurley en el excelente espacio crítico del sitio de la Cuarta Internacional, no traicionan el espíritu del relato. La narradora traza un esquema de la historia iraní: “«Dos mil quinientos años de tiranía y sumisión», como decía mi padre. Primero nuestros propios emperadores, después la invasión árabe desde el oeste, seguida de la invasión de los mongoles desde el este y, finalmente, el imperialismo moderno”.

Los padres de Marjane, burgueses bien educados y de izquierda, esperaban que la Revolución trajera cambios políticos y democracia: “Estamos viviendo un momento histórico”, le dice su padre, mientras por la ventana se ve el avance de columnas que se manifiestan contra el Sha. La misma Marjane, en una alucinación infantil, sueña con ser la última de los profetas, la que enfrenta y desenmascara al Sha.
Tras la ejecución de su tío Anouche –y sepultadas con él las esperanzas de un gobierno del proletariado–, Marjane comienza su vida adolescente bajo el nuevo régimen islámico: usa velo pero con zapatillas Adidas y una remera que lleva la leyenda “Punk Is Not Ded” (sí, “ded” en lugar de “dead”). La música que escucha, adquirida en el mercado negro es rebelde al modo en que la Revolución Islámica alienta rebeldías: The Bee Gees y, más tarde, Iron Maiden. Pero es la abuela, una mujer dulce e independiente, quien ejerce una de las mayores influencias sobre la niña al señalarle la importancia de mantenerse íntegra.

Cuando comienza la guerra Irán-Irak (que se extendió con altibajos entre 1980 y 1988), los padres de Marjane la envían al Liceo Francés de Viena, donde la adolescente se hace amiga de unos muchachos nihilistas y anodinos de clase alta. Pero Marjane no encaja bien allí, se siente sola en Navidad, deambula por las calles nevadas y les pide a sus padres que la dejen regresar a Irán. Allí se enfrenta a la rígida disciplina moral de la Revolución Islámica cuando estudia Bellas Artes en Teherán y, tras una serie de protestas que la ponen en la mira de las autoridades, los padres vuelven a persuadirla para que regrese a Europa, a París. “Conocí una revolución que me hizo perder parte de mi familia. Sobreviví a una guerra que me distanció de mi país y mis padres, y es una historia de amor banal la que casi me mata”, dice Marjane en el film.

Fantasmas de la infancia
La historia cambia cuando la rebelión adolescente (pantalones rockeros, zapatillas y calcomanías que desafían a los Guardias de la Revolución durante la adolescencia) cede ante la llegada de la primera juventud, cuando Marjane se descubre una extranjera en París y en su propio Irán.
Pero leer en Persépolis sólo la odisea de una joven iraní atrapada en sus angustias de clase frente a una dictadura religioso-política, sería ignorar algunas cuestiones que tienen que ver tanto con los días que corren (el aluvión de refugiados e inmigrantes que cruzan los continentes) como el núcleo del drama de la obra.
“Lo demoledor de sus textos y de sus dibujos —escribió sobre la historieta el crítico del diario El Mundo de Madrid Borja Hermoso— en la denuncia del fundamentalismo religioso no envidia en nada a las páginas de Los versos satánicos de Salman Rushdie, o Hijos de nuestro barrio, de Naguib Mahfuz. Y por supuesto, excede en mucho a las tibias quejas de cineastas como sus compatriotas Abbas Kiarostami o Mohsen Majmalbaf. ¿El secreto? Una mezcla de contundencia, sorna, desenfado, humor, sensibilidad y ausencia de victimismo barato, todo ello materializado en unas sobrias ilustraciones en blanco y negro de apariencia naif, en ocasiones inspiradas en las antiguas pinturas persas”.
Como en El último emperador (Bernardo Bertolucci, 1986) de lo que trata esta historia es de la pérdida del reino: el Irán prometido por la abuela y el tío comunista, el sueño de los padres de un cambio que se desvanece en el aire cuando estaba a punto de cristalizar. Son esos fantasmas, con los que se humedeció la infancia de Satrapi los que le dan materialidad y sentido a su historia y, a la vez, lo que convierten al personaje (acaso a la misma autora) en una sombra en las calles parisinas. Pero se trata de la sombra de algo muy grande, impreciso, que puede adquirir la forma de quien quiera habitarlo. De ahí la magnitud de su convocatoria.
Para la crítica trotskista Clare Hurley, la historia de Satrapi deja de lado parte de la historia: “Hacia 1979, el Tudeh (Partido Comunista iraní) ya había hecho un inmenso daño al subordinar a las clases trabajadoras a una u otra fracción de la burguesía de Irán –escribió en wsws.org– y haciendo posible que el clero tomara el poder en lo que resultó una revuelta social masiva con enorme potencial revolucionario. Persepolis tantea en muchos de los aspectos de estas experiencias trágicas y de forma mucho más abierta que los films que se producen en Irán, pero no resulta nada fácil extrapolar sus lecciones”. Sin embargo, gana en un sentido en el que no pudo hacerlo Argo ni muchos de los films que declaran su apego a episodios históricos o políticos: encuentra una historia al hallar a su protagonista.

martes, 5 de marzo de 2013

bowie: "everyone says hi"

Imagen de Jimmy King publicada por la NPR.


Bajo el título “David Bowie, Rock's Shape Shifter, Returns” (“Bowie, regresa el mutante del rock”; y cabe señalar que shape shifter fue el término elegido en la serie Fringe para los seres híbridos del universo alternativo), el sitio de la NPR publicó ayer este comentario de Ann Powers sobre el último disco de David Bowie que acá traducimos (por favor, se trata de un comentario radial, no un texto redactado para un diario).
“Mi mundo musical no existe sin la influencia de David Bowie. Esto es, por cierto, una hipérbole; incluso cuando pienso en los 10 años que pasaron en los que Bowie no hizo música, pienso a la vez en todas las cosas que anduvieron en la corriente subterránea que él creó. Lady Gaga y Kanye West; Adam Lambert sobre American Idol; la época última de U2 y la primera de Radiohead; M.I.A. y TV on the Radio y Janelle Monae y Frank Ocean —todos tomaron algo de la bolsa de trucos del rey de los Goblins. De modo que Bowie estuvo con nosotros incluso cuando no estaba. Y ahora, a pesar de los rumores contaminados sobre persistentes problemas cardíacos o algo peor, sabemos que Bowie no se nos está yendo rápido ni quedó “colgado en lo alto del cielo” —camina entre nosotros desde iTunes, donde su álbum de estudio número 24, The Next Day, puede descargarse vía streaming.

Durante su retiro Bowie sólo hizo lo que los artistas serios pueden hacer con lujo y disciplina: juntar material y dejar que se geste, esperando el momento preciso para relanzarse. Bowie está obsesionado con ese momento preciso: es uno de los mayores temas en su obra, desde el lapso de cinco años que le tomó imaginar a Ziggy Stardust aterrizar hasta la línea señera de su trilogía de Berlin —“podemos ser héroes, sólo por un día”. Debe haber resultado casi un juego para él recostarse y dejar que este coherente aunque no siempre uniforme álbum conceptual tomara forma, y entonces tomara nota de la atmósfera, esperando el momento perfecto para lanzarlo: el final del invierno, cuando todos estamos un poco ansiosos, cuando el aire es frío y muchas veces lo suficientemente claro como pára esparcir mensajes complicados. 
The Next Day no es un álbum fácil de absorber, aunque es una joya que se deja escuchar sin descanso, en especial para los seguidores sedientos de perseguir sus mensajes ocultos. Las letras ofrecen pistas y muchas maniobras de distracción. Algunas canciones tienen una fuerte impronta autobiográfica, mientras que otras se leen como capitulos en medio de un libro con el que nos tropezamos en una tienda de curiosidades. Las dos pistas que la mayoría de la gente escuchó se deslizan en el costado personal de la cosmología de Bowie. “Where Are We Now” es una balada elegíaca que conecta su propia nostalgia de Berlín con reflejos sobre aquél refugio en la ciudad ahora distante. Mientras que “The Stars (Are Out Tonight)”, con su maravilloso video á la Todd Haynes en ácido (dirigido Floria Sigismondi), es acerca de la fama, una de las más persistentes obsesiones del Duque Blanco.

lunes, 4 de marzo de 2013

idiotas e ignorantes


Lo primero que pensamos este domingo, minutos antes de las 23, cuando nos llegó un correo de la Juvcentud del PRO que denunciaba un afiche de los jóvenes radicales en el que aparecían el millonario Mauricio Macri, el cómico Miguel Del Sel y el dirigente peronista Osvaldo Salomón enmarcando la frase de Marx: “La peor pesadilla de cualquier sociedad es que los ignorantes y los idiotas lleguen al poder”; lo primero que pansamos, decíamos, fue en celebrar. “Más Propuestas, Menos Agresión”, rezaba el comunicado del partido de Macri.

Sin embargo, pese a la adhesión que pueda concitar la cita del filósofo vinculada con esos tres personajes, el discreto festejo cedió paso al fastidio. La foto fue tomada durante las últimas elecciones provinciales, las que llevaron a Antonio Bonfatti a la Casa Gris y en las que el mismo Macri viajó hasta Rosario para celebrar que Del Sel, un humorista de poca monta que hizo carrera disfrazándose de mujer como en los asaltos de la secundaria y cuya visión de lo público acaso no salga de los umbrales del cabarute, había quedado a tres puntos de ser gobernador contra una alianza que integraban socialistas, radicales e “independendientes”, el Frente Progresista Cívico y Social cuya fórmula encabezaron Bonfatti y el radical Jorge Henn. Es más, el mismo Salomón se aparataría luego del PRO, donde acompañó a Del Sel como candidato a vicegobernador, arguyendo que su fórmula había ganado y por extraños motivos la dirigencia del PRO habría preferido no reclamar los resultados de los comicios.

En la foto, Del Sel y Macri festejan, entre otras cosas, la ineptitud palmaria de un partido centenario que alguna vez tuvo en sus manos Horacio Usandizaga y que hoy, por fuera de algunas figuras que decidieron construir algo al margen de los figurones ilustrados de siempre, han dejado al electorado a la deriva, es decir, en manos de los ignorantes y los idiotas, como antes sucedió con Carlos Alberto Reutemann.

Ignoramos si hay diálogo posible con un partido como el PRO, cuyos objetivos más visibles son la destrucción de la política y el encumbramiento de una gavilla de millonarios que, como en el caso de Macri, hicieron crecer sus fortunas a expensas de la deuda externa que estatizó Domingo Cavallo. Estimamos que los votos obtenidos por el PRO son los de la clase media enojada, desencantada de la política gracias a los servicios de peronistas, socialistas y radicales. Desde el socialismo, altas fuentes nos dicen que no, que en estas elecciones el PRO no contará con el apoyo del peronismo no oficialista y que es otro cantar. Acaso el mismo análisis hicieron los jóvenes radicales y piensan que es lícito decir una “verdad” pese a que quien la dice es responsable del lamentable camino con el que se construyó esa “verdad”.

Nosotros pensamos que la pesadilla que pregonó Marx es voraz y tuvo ya varios desenlaces en Argentina y Santa Fe: las juntas paramilitares, el mismo Reutemann, Fernando De la Rúa (responsable a la vez de los muertos de diciembre de 2001), o el presidente de Anillaco, que gobernó 10 años.

A los jóvenes radicales no le pedimos que callen lo que muchos pensamos, pero sobre todo le pediríamos que no sean idiotas ni ignorantes a la hora de pensar las estrategias que los devuelvan a la política. Porque Marx también dijo aquello de la la Historia se repite primero como tragedia y luego como farsa o comedia. Si lo próximo en la historia santafesina va a ser una pesadillesca comedia protagonizada por Del Sel, no nos quedan dudas de que los jóvenes radicales serán los bufones.

sábado, 2 de marzo de 2013

viernes, 1 de marzo de 2013

cascarudos

Había visto hace unos años, en un documental, que había unos escarabajos africanos que construían bolas de estiércol que los triplicaban en tamaño. Fue la primera vez que noté que las patas cortas y ridículas de los escarabajos podrían tener una función específica, la de amasar esas bolas casi perfectas empujándose a la vez con el cuerpo. 
Con la llegada del verano, los escarabajos, a los que siempre llamamos cascarudos, invadieron la ciudad, el barrio, el patio de la casa; los vemos en el piso del baño, como penitentes, arrastrando cuando vivos una bola de pelusas –la imagen es de mi esposa. No Ni me puse a bucear en internet ni supe jamás –por fuera de aquél documental visto acaso al pasar, sin que lo haya elegido– por qué los cascarudos tienen esas patas tan poco apropiadas para desplazarse por el piso; tampoco para qué sirven sus alas, hechas de esa cobertura quebradiza y pesada. Acaso sus cuerpos, moviéndose como en un último espasmo, dados vuelta y agitando las patas como un juguete mecánico que se apaga, o tiesos, rodeados de hormigas en las baldosas del patio; sus cuerpos, digo, desparramados en el suelo, nos recuerdan el fin del verano, vienen a enseñarnos un paisaje de otro mundo y a la vez doméstico: la brevedad de la vida, el temblor de la existencia, el esfuerzo por llegar al fin del día; esas cosas con las que ponemos puntos suspensivos en la jornada y nos deslizamos en ellos, como si llegar a algún lado consistiera en mantenernos agitados...