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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

martes, 17 de enero de 2017

bueno para nada

Llegué a este texto de Mark Fisher que traduzco a través del blog de Guy Mankowski.



Sufrí la depresión de manera intermitente desde que era un adolescente. Algunos de esos episodios fueron en extremo debilitantes –terminaron en autolesiones, abstinencia (pasaba meses en mi habitación, aventurándome apenas a conectarme o a comprar la cantidad mínima de comida que consumía) y horas desperdiciadas en guardias psiquiátricas. No diría que me recuperé de la enfermedad, pero puedo complacerme al decir que tanto la incidencia como la gravedad de los episodios depresivos se redujeron mucho en los últimos años. En parte, es una consecuencia de los cambios en la situación de mi vida, pero también tiene que ver con haber llegado a una comprensión diferente de mi depresión y sus causas. Ofrezco mis propias experiencias de angustia mental no porque piense que hay algo especial o único en ellas, sino para sostener que muchas formas de depresión se comprenden y combaten mejor a través de estructuras impersonales y políticas que individuales y “psicológicas”.

Escribir sobre la propia depresión es difícil. La depresión está en parte constituida por una voz “interior” que te acusa de auto-indulgencia –no estás deprimido, solo sentís lástima por vos mismo, calmate– y esta voz es susceptible de ser activada cuando hacés pública tu condición. Por supuesto, esta voz no es una voz "interior" en absoluto; es la expresión internalizada de fuerzas sociales reales, y tienen un interés particular en negar cualquier conexión entre la depresión y la política.

Mi depresión siempre estaba ligada a la convicción de que era, literalmente, bueno para nada. Pasé la mayor parte de mi vida, hasta los treinta, creyendo que nunca trabajaría. A los veinte estaba a la deriva entre los estudios de postgrado, los períodos de desempleo y los trabajos temporales. En cada uno de estos roles sentí que no hallaba mi pertenencia: en los estudios de postgrado era un diletante que fingía su carrera, no en verdad un erudito; cuando no tenía trabajo, sentía que no estaba realmente desempleado –como los que buscaban honestamente un trabajo–, sino que era un vago; y en los casos de trabajos temporales, sentía que actuaba incompetentemente y, en todo caso, que no pertenecía a esos trabajos de oficina o de fábrica, no porque fuera ‘demasiado bueno’ para ellos, por el contrario, porque estaba sobre educado y resultaba inútil. Así, usurpaba el trabajo de alguien que lo necesitaba y lo merecía más que yo. Incluso cuando estaba en el pabellón psiquiátrico, sentía que no estaba realmente deprimido, que sólo simulaba esa condición para evitar el trabajo o, en la lógica infernalmente paradójica de la depresión, que simulaba para ocultar el hecho de que no era capaz de trabajar, y que no había lugar para mí en la sociedad.

Cuando al fin conseguí un trabajo de conferencista en una escuela de educación complementaria, estuve durante un tiempo exaltado, pero por su misma naturaleza esta alegría me enseñó que no había sacudido por completo los sentimientos de inutilidad que pronto conducirían a nuevos períodos de depresión. Me faltó la calma y la confianza de alguien nacido para ese papel. En algún nivel no tan profundo era evidente que aún no creía que fuera el tipo de persona que podía hacer el trabajo de enseñar. Pero, ¿de dónde provenía esta creencia? La escuela dominante de pensamiento en psiquiatría localiza los orígenes de tales ‘creencias’ en el mal funcionamiento de la química del cerebro que deben corregir los productos farmacéuticos; el psicoanálisis y las formas de terapia de su área de influencia buscan las célebres raíces de la angustia mental en el fondo familiar, mientras que la Terapia Cognitiva del Comportamiento está menos interesada en localizar la fuente de las creencias negativas que, simplemente, reemplazarlas por un conjunto de historias positivas. No es que estos modelos sean totalmente falsos, sino que fallan en la causa más probable de tales sentimientos de inferioridad: el poder social. La forma de poder social que más influyó en mí fue el poder de clase. Por supuesto que el género, la raza y otras formas de opresión funcionan produciendo el mismo sentido de inferioridad ontológica, que se expresa mejor en el tipo de pensamiento que ya esbocé: no sos el tipo de persona que puede cumplir funciones que se destinan al grupo dominante.

A instancias de uno de los lectores de mi libro Realismo capitalista, empecé a investigar la obra de David Smail. Smail –un terapeuta que hace la cuestión del poder algo central en su práctica– confirmó las hipótesis sobre la depresión con las que había tropezado. En su libro The Origins of Unhappiness, Smail describe cómo las marcas de la clase están diseñadas para ser indelebles. Para aquellos que desde el nacimiento se les enseña a pensar en sí mismos como inferiores, la adquisición de calificaciones o la riqueza rara vez serán suficientes para borrar –en sus propias mentes o en las de otros– el sentido primordial de la inutilidad que los marca temprano en su vida. Alguien que se mueve fuera de la esfera social que se supone que ocupa está siempre en peligro de ser superado por los sentimientos de vértigo, pánico y horror: “Aislado, cortado, rodeado de espacio hostil, de repente no tenés conexiones, ni estabilidad: nada que te mantenga en una posición erguida o en tu lugar; es una toma de posesión propia vertiginoso, irreal y nauseabunda; te sentís amenazado por una completa pérdida de identidad, un sentido de total fraude: no tenés derecho a estar aquí, ahora, a habitar este cuerpo, vestido de esta manera; sos nada y ‘nada’ es literalmente lo que sentís que estás a punto de convertirte."

Desde hace tiempo, una de las tácticas más exitosas de la clase dominante consistió en la “responsabilidad”. Cada individuo de la clase subordinada es alentado a sentir que su pobreza, su falta de oportunidades o su desempleo, es sólo su culpa. Se culpará a sí mismo en lugar de a las estructuras sociales, que en cualquier caso lo indujeron a creer que realmente no existen (son sólo excusas, invocadas por los débiles). Lo que Smail llama “voluntarismo mágico” –la creencia de que dentro de cada individuo está el poder de ser quien quiera ser– es la ideología dominante y la religión no oficial de la sociedad capitalista contemporánea que sostienen los “expertos” o los políticos. El voluntarismo mágico es a la vez un efecto y una causa de este nivel históricamente tan bajo de la conciencia de clase. Es el reverso de la depresión –cuya convicción subyacente es que somos los únicos responsables de nuestra propia miseria y, por lo tanto, la merecemos. En el Reino Unido se impone ahora un doble lazo particularmente vicioso: una población que durante toda su vida recibió el mensaje de que es bueno para nada, ahora también se le dice que puede hacer lo que quiera.


Debemos entender esta sumisión fatalista de la población del Reino Unido a la austeridad como la consecuencia de una depresión deliberadamente cultivada. Esta depresión se manifiesta en la aceptación de que las cosas empeorarán (para todos menos para una pequeña élite), de que tenemos suerte al tener un trabajo (de modo que no debemos esperar que los salarios crezcan al ritmo de la inflación), de que no podemos permitirnos el estado de bienestar. La depresión colectiva es el resultado del proyecto de la clase dominante de la resubordinación. Desde hace algún tiempo aceptamos cada vez más la idea de que no somos el tipo de personas que pueden entrar en acción. No se trata de un fracaso de la voluntad ni de cómo una persona deprimida puede zafar de sí al Sacarse las medias. La reconstrucción de una conciencia de clase es una tarea formidable que no puede llevarse a cabo con soluciones de manual pero, a pesar de lo que nos dice nuestra depresión colectiva, se puede hacer. Inventar nuevas formas de participación política, revivir las instituciones que se volvieron decadentes, convertir el descontento privatizado en cólera politizada: todo esto puede suceder, y cuando suceda, ¿quién sabe qué resulta?