socio

"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).
Mostrando entradas con la etiqueta Adam Kotsko. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adam Kotsko. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de junio de 2026

las políticas de autoflagelación

O, el desenlace neoliberal como pelotón de fusilamiento circular

En esta traducción se respetaron todos los hipervínculos del original en inglés y se incluyó alguna otra, así como aclaraciones a pie de página.


Adam Kotsko



Una de las mejores novelas de ciencia ficción que leí es Children of time (Herederos del tiempo) de Adrian Tchaikowsky. Narra la historia de un proyecto para terraformar otros planetas para que los habiten humanos, utilizando un virus genético para acelerar la evolución y crear nuevas especies inteligentes adaptadas al nuevo entorno. Sin embargo, antes de que el plan pueda ponerse en marcha, estalla una guerra civil en la Tierra y grupos radicales envían un virus informático para sabotear el programa de terraformación. En un planeta clave, el virus se libera entre arañas, que gradualmente adquieren inteligencia. La trama alterna entre el seguimiento de la evolución gradual de las arañas y su sociedad —imaginada con gran riqueza y maestría por Tchaikowsky— y las desventuras de una tripulación humana que intenta escapar de las ruinas de su planeta muchas generaciones después de la guerra civil. 

Lo disfruté tanto que lo leí de una sentada durante un largo vuelo, inclinándome periódicamente hacia mi estimado compañero para compartir las últimas novedades (por ejemplo, «¡Dios mío, han descubierto cómo hacer ordenadores con hormigas!»). Las secuelas han seguido un patrón similar con resultados decrecientes, pero continué leyendo en memoria de aquella magnífica primera experiencia. Por eso, sigo dándole vueltas a la estructura básica del universo ficticio de la serie, con su trayectoria a lo Star Trek hacia la autodestrucción seguida de la búsqueda de la salvación entre las estrellas. Cuando leí la primera entrega en 2019, un aspecto de la construcción del mundo que no terminaba de comprender era la idea de que la gente de la Tierra fuera tan pura y nihilistamente destructiva. El proyecto de terraformación era, sin duda, un logro científico y tecnológico asombroso. Nadie iba a obligar a nadie a vivir en los nuevos planetas. ¿Por qué alguien destruiría algo así, aparentemente por pura malicia?

Esa pregunta ya no me inquieta de la misma manera. En lugar de un escenario de ciencia ficción descabellado, es el tema recurrente de las noticias diarias. Desde el primer día, el proyecto de la administración Trump ha sido de pura destrucción. Instituciones y programas construidos durante generaciones han sido desmantelados con regocijo, mientras que la financiación gubernamental (y la limitada capacidad estatal que aún queda) se ha dirigido cada vez más exclusivamente hacia la violencia y la muerte. Pocas veces ha habido un líder político tan decidido a causar daño y más daño, y pocas veces ha habido un movimiento político tan orgulloso de declarar su adhesión al mal por el mal mismo. (Y si insistimos en encontrar un paralelismo directo con la novela de Tchaikowsky, podríamos señalar su destrucción deliberada de nuestra capacidad para abordar el cambio climático).

Esta tendencia hacia la autodestrucción deliberada es más grave en Estados Unidos, pero está lejos de limitarse a la Tierra de la Libertad. Quizás el mayor acto de autodestrucción deliberada en la historia política de la humanidad fue el Brexit y, sin embargo, a pesar de que la gran mayoría de la población lo reconoce como un terrible error, el arquitecto de la desastrosa política, Nigel Farage, parece casi seguro que llegará al poder en las próximas elecciones. En todo Occidente, la derecha radical –que literalmente no promete nada más que una vacía autoafirmación nacional a través de la victimización de los extranjeros y relaciones más estrechas con otros países que hacen lo mismo– está lista para asumir el poder en la próxima oportunidad.

Al parecer, la única causa política con energía o futuro es la que se caracteriza por un nihilismo sin complejos. Los progresistas y conservadores tradicionales carecen de rumbo y son reacios incluso a enunciar un objetivo o un deseo. En la práctica, no hacen prácticamente nada más que imponer austeridad y aplicar versiones suavizadas del intento de la derecha de perseguir a los inmigrantes y expandir las fuerzas represivas. En los pocos sectores donde un liderazgo de una izquierda más ruidosa ha podido tomar el poder, como la Nueva York de Mamdani, las opciones disponibles, independientemente de sus buenas intenciones, parecen ridículamente inadecuadas y, sin embargo, encuentran una oposición estridente. “Apoyo” la idea de que las tiendas de comestibles municipales luchen contra los desiertos alimentarios y mantengan los precios bajos, pero en serio, ¿eso es todo? ¿Nuestro país está cayendo en el fascismo y lo mejor que puede hacer la izquierda política es un par de tiendas de comestibles?

En semanas recientes, una de mis publicaciones en Substack Notes –un sitio que juré que usaría lo menos posible para no volver a mi adicción a Twitter– desafortunadamente alcanzó la velocidad de un bólido. El texto dice lo siguiente: "Una cosa que me ha demostrado el auge de la IA es que hay muchas personas que nunca han pensado seriamente en la cuestión de por qué hacemos algo". Me refiero, por supuesto, a la manía de subcontratar la mayoría de las actividades humanas: la comprensión intelectual, la creatividad artística e incluso la formación de relaciones interpersonales. El hecho de que alguien dependa en gran medida de un chatbot para ayudarlo a coquetear con una pareja potencial es más que patético o vergonzoso, representa una total incapacidad para comprender de qué se tratan el coqueteo o las relaciones. En cuanto a las personas que tienen un novio o una novia con IA, me inunda una mezcla de lástima y asco, con predominio de la última opción.

Escribí sobre estos asuntos muchas veces. Por ejemplo, la tendencia a “ahorrar tiempo” de maneras que demuestren que, en primer lugar, no se sabe para qué sirve el tiempo, o el “comportamiento de perdedor” que apunta a obtener algún crédito abstracto por logros morales o intelectuales sin comprender lo que realmente significan esos logros. El auge de los chatbots no causó estas patologías, ni tampoco las redes sociales o los teléfonos inteligentes, aunque todos esos avances tecnológicos exponen y aceleran estas tendencias de maneras especialmente claras.

Lo que estas patologías señalan, a mi parecer, es una profunda crisis de sentido. La gente no sabe para qué sirve la vida, para qué sirven ellos mismos. Los teléfonos inteligentes son adictivos porque nos aterra aburrirnos, tener que decidir qué hacer. Las redes sociales son seductoras porque nos dan una identidad legible (¡y un sistema de puntuación!). Los chatbots son atractivos precisamente porque la gente no los usa "como una herramienta", sino que delega su autonomía y capacidad de decisión en su autoridad aparentemente neutral.(1) Cuando se nos ofrece la oportunidad de ser un mero intermediario de un algoritmo opaco a cambio de una dosis constante de serotonina, la aprovechamos.

En resumen, la gente adora estas tecnologías porque no quiere ser un agente racional y responsable. Y, en cierto modo, esa es la tragedia de la humanidad. La mayor desgracia que jamás haya sufrido un primate fue la autoconciencia racional. Es en realidad algo que nadie pidió. La gente ha estado buscando maneras de borrarse a sí misma o delegar sus decisiones desde que existen los seres humanos. Pero a ese nivel de abstracción, poco se puede decir sobre nuestra situación particular. Se supone que los humanos «siempre han sido así», pero eso no explica por qué nuestro odio hacia nuestra propia humanidad adopta esta forma en este momento.

En un ensayo reciente publicado en el blog Sidecar de la New Left Review, Lorna Finlay escribe sobre el declive inexorable de la universidad británica. Si bien reconoce que no hubo una época dorada en la que la universidad estuviera a la altura de su potencial (y mucho menos de su propia fama), sí señala que en épocas anteriores existía una mayor apertura a la investigación y la docencia, más espacio para la experimentación e incluso el fracaso. Ahora todo eso se ha desvanecido, ya que todo se subordina a una implacable búsqueda de maximizar las métricas y los resultados. En este sentido, la universidad forma parte de una tendencia mucho más amplia, que ella caracteriza de la siguiente manera:


«quienes detentan el poder en la sociedad son profundamente intolerantes con cualquier espacio donde sean posibles las excepciones, donde algo pueda suceder. El afán por controlar y eliminar tales espacios se remonta a una larga historia de ataques contra la supuesta ineficiencia o la “ociosidad”, considerada esta última no solo como un vicio en sí misma, sino también como peligrosa porque crea las condiciones para que otros vicios (en particular, el comportamiento subversivo o insubordinado) se desarrollen. Esta historia abarca desde los esfuerzos victorianos por sacar a los niños de las calles y escolarizarlos, hasta los ataques de Thatcher contra los desempleados y un sector público supuestamente ineficiente y “derrochador”. Es como si existiera una determinación de eliminar cualquier resquicio de aire donde sea posible respirar.»


Todos estamos atrapados en la rueda de la evaluación y la competencia constantes, porque si tuviéramos un momento de descanso, algo podría suceder, y a ojos de los que detentan el poder, ese “algo” solo podría ser negativo. En cierto modo, es la vieja estrategia de “divide y vencerás” llevada al extremo, induciéndonos a competir sin cesar entre nosotros para que ni siquiera podamos concebir la posibilidad de unirnos para oponernos a quienes dirigen la competencia. Pero, más fundamentalmente, es un ataque a la idea misma de autonomía humana, un intento de sofocar de antemano cualquier afirmación independiente de capacidad de decisión, cualquier planteamiento de un objetivo imprevisto.

La tragedia es que esta estrategia realmente funciona. Han exprimido la vida de muchas personas, quizás incluso de la mayoría. Estamos tan agotados que, de hecho, dedicamos nuestro tiempo libre a una versión gamificada (gamer?) del sistema de evaluación, con la particularidad de que podemos "calificarnos" unos a otros. Cada vez más, cuando buscamos información o consejo, recurrimos a la voz impersonal de las "mejores prácticas", destilada en una mezcla de plagio y sin sentido que proviene de todos los usuarios de internet. Steven Poole argumentó que los videojuegos están estructurados como el lugar de trabajo, y esto es aún más cierto en el caso de los juegos de estatus en los que pasamos cada minuto libre navegando por la red.

Al jugar a estos juegos, hacemos el trabajo de los oligarcas, dividiéndonos activamente y evitando cualquier pensamiento inesperado. Este enfermizo pasatiempo ha sido un desastre para la sociedad, pero sobre todo para la izquierda política, convirtiéndonos en personas desagradables y repulsivas. Las mismas convicciones que deberían construir solidaridad y generar cambios se convierten en alimento para un juego de estatus mezquino, en el que sólo uno puede estar equivocado.

Todas estas métricas, toda esta competencia inútil e interminable, provienen de la búsqueda por recrear la sociedad según el modelo de mercado. Es decir, sí, todavía vivimos la secuela del neoliberalismo. La imposición del mercado como autoridad suprema sobre la vida en la Tierra fue el equivalente al virus vengativo contra la terraformación de la novela Herederos del tiempo. Los teóricos neoliberales fueron muy claros al respecto: la razón para convertir el mercado en el centro de la sociedad era asegurar que nunca pudiera existir la capacidad de acción o el control humano. El beneficio de los resultados del mercado no reside en que sean más eficientes, sirvan al bien común o cualquier otra propaganda que se pueda derivar del libertarianismo de salón (el neoliberalismo de los necios). El beneficio de los resultados del mercado reside en su impersonalidad, en su inhumanidad. No son responsabilidad de ningún individuo, lo que significa que ningún individuo puede ejercer su influencia sobre ellos.

No temían la planificación centralizada comunista porque fuera inviable, ineficiente o injusta; temían que funcionara. Les aterraba la idea de que los seres humanos tomaran el control de sus vidas y sustento, y gradualmente construyeron una coraza alrededor de cada gobierno e institución del planeta para asegurarse de que eso jamás sucediera. Fue un proceso lento y gradual, pero su resultado fue equivalente a lanzar una bomba sobre la autonomía humana.

Observo esta búsqueda destructiva y obscena, pero también la entiendo desde un punto de vista humano. Como seres humanos, odiamos la capacidad de decisión y la responsabilidad, especialmente la ajena. Odiamos la idea de que alguien más pueda tomar una decisión que nos ate a ella casi tanto como la idea de que nuestra decisión pueda dar a alguien más el derecho a quejarse de nosotros. Llevamos buscando mecanismos de toma de decisiones impersonales y "objetivos" desde que vivimos juntos en grandes asentamientos, y llevamos mucho más tiempo inventando poderes trascendentales para controlarnos. Nada es más intolerable que la idea de que solo existimos nosotros, de que nuestros asuntos son inevitablemente colectivos, de que existen otras personas, de que existimos como agentes humanos responsables.

Y, sin embargo, bajo ninguna circunstancia hay que "darle crédito" a los títeres neoliberales del mundo. Por comprensible que fuera su objetivo —y por mucho que la gente lo deseara en cierto modo—, era imposible. No se puede "empellar" a la gente por toda la pendeniente. La capacidad de decisión humana es inextirpable e impredecible, lo que significa que el alivio de no tener que tomar decisiones responsables siempre corre el riesgo de verse eclipsado por el resentimiento de ser controlados y manipulados.

Inevitablemente, la gente va a ejercer su capacidad de decisión, incluida la colectiva, de algún modo. El problema al que nos enfrentamos ahora es que el neoliberalismo ha creado una situación en la que esas afirmaciones solo pueden ser destructivas, incluso autodestructivas. En el referéndum del Brexit, por ejemplo, la única forma de ejercer la capacidad de decisión o el control, de reivindicar la soberanía, fue realizar una acción sumamente contraproducente: cortar el comercio, alienar a los aliados, empobrecer a las futuras generaciones y privarlas de innumerables oportunidades. En muchos casos, la única forma de ejercer control es perjudicando a otros, sobre todo expulsando o excluyendo a los inmigrantes.

La posibilidad de hacer directamente algo positivo está radicalmente ausente de la agenda —¡con la notable excepción de esos supermercados de Mamdani! Esto ocurre incluso cuando los líderes afirman querer reconstruir la industria. Trump cree que está revolucionando el mercado mundial neoliberal, y en cierto modo lo está haciendo. Pero opera casi exclusivamente mediante incentivos fiscales (aunque en su mayoría incentivos negativos para evitar las importaciones extranjeras). ¡El hijo de puta alienta la reactivación de la industria manufacturera estadounidense! E incluso el autoproclamado rey del mundo claramente le otorga al Standard & Poor 500* derecho de veto sobre sus planes cuando las cosas se ponen difíciles.

¿De qué se trata todo esto? No es un argumento estructurado, ya me doy cuenta, tampoco matizado. Pero creo que estos temas van juntos: la omnipresente sensación de falta de sentido, desesperanza e incluso nihilismo en la sociedad surge del hecho de que, durante toda nuestra vida, nos hemos visto obligados a externalizar nuestra humanidad al mecanismo impersonal del mercado. Ha calado tan hondo en nuestra identidad que simulamos nuestro proceso de evaluación de desempeño en nuestro tiempo libre, por diversión. Ese régimen ha "bloqueado" de tal modo nuestras opciones colectivas que la única manera de afirmarnos, de sentir que tenemos el control, es haciendo daño. Y cuanto más daño hagamos, más lo sentiremos como la única opción.

¡Examiná tu interior, lector! ¿Te imaginás a un régimen demócrata llegando al poder en 2028 y legislando en serio? ¿Los visualizás reconstruyendo lo que Trump ha destruido y, menos todavía, construyendo algo nuevo? ¿Te importa siquiera que lo intenten? En el fondo, ¿te importa algo más que la perspectiva de hacer sufrir a Trump y sus cómplices? No niego que se lo merezcan. No niego que sería mejor para el país si rompiéramos el ciclo de impunidad de la élite. Y no dudo que los demócratas dejarán de lado esa posibilidad en favor de una agenda legislativa vaga que, en nombre del juego limpio, permitirán que sus colegas republicanos del Senado arrojen a la trituradora.

Incluso para nosotros, entonces, la única esperanza real es el daño: un daño justificado, un daño necesario, un daño justo, pero daño al fin y al cabo. No todos lo ven así, por supuesto, y hay pocas probabilidades de convencer al 40% de los estadounidenses que prácticamente veneran a Trump como a un dios de que es uno de los individuos más malvados que jamás hayan existido. Por lo tanto, la diferencia entre nuestra búsqueda de justicia y la cruzada trumpiana de venganza pasaría desapercibida para muchos de nuestros conciudadanos. Pero todos, absolutamente todos, serían capaces de ver una diferencia más fundamental entre ambos bandos: ambos queremos vengarnos del otro y hacerlo sufrir, pero solo ellos lo consiguen.


(1) Me abstengo de usar el pronombre colectivo "nosotros" para referirme a los chatbots porque me niego rotundamente a tocarlos, y nunca lo he hecho, ni siquiera en broma, ni siquiera para ver lo malos que son.

* El S&P 500 (Standard & Poor‘s 500) es un índice bursátil que sigue el rendimiento de 500 de las mayores empresas que cotizan en bolsa en Estados Unidos. Representa aproximadamente el 80 % del valor total del mercado bursátil estadounidense.


miércoles, 8 de abril de 2026

¿por qué Cristo?

Leí este texto —como, en general, cada publicación de Kotsko desde que estaba en el blog Itself— el Domingo de Resurrección pasado, de vuelta de Paraná, Entre Ríos, y en la previa de la única misa que respeto y a la que asisto cada año. Como conozco su trabajo, imaginé por dónde iba a ir y, en efecto, ahí va.

Sábado Santo 2026, Parque Urquiza, Paraná, Entre Ríos.

A mí su aproximación teológica me ayuda mucho a comprender histórica y genealógicamente la materia de mi cristianismo y, si bien a veces veo con admiración su camino, siempre hay algo, un hecho en este caso particular, que me impide correrme de ese “orden” de representación que es para mí la Iglesia Católica.

El último Domingo de Pascua, a eso de las 13:30, mientras pensaba en todo aquello a lo que me gustaría agradecer, en particular haber sido contemporáneo de Francisco, de cuya muerte se cumpliría un año el Lunes Santo (aunque la fecha de su fallecimiento fue el 21 de abril de 2025), recibo un mensaje de Álvaro, el novio de mi hija que me preguntaba si iría a misa ese día y me proponía, para no pisarnos con la cena familiar, el servicio de las 19:30 en la parroquia San Miguel Arcángel, a la que sólo había entrado para el casamiento de una de las versiones de mi amiga Fernanda en el multiverso que habita. Como es tan irregular mi asistencia a misa, a excepción de Semana Santa, le dije que encantado y esa tarde me tocó asistir conmovido por la compañía de Álvaro y mi hija en una nave colmada y festiva que me recordó la algarabía de las misas del padre Rafael Hernández en mi adolescencia nicoleña, cuando nos sabíamos las canciones y a veces bajábamos la voz para escuchar la de Rafael potenciada por el micrófono.

En San Miguel, el padre Santiago —a quien no conocía— ofició su última misa en Rosario antes de partir como misionero a Cuba y en su sermón subrayó que criatiano y judíos compartimos el mismo pan "ácido" del Pesaj —que en la genealogía hebrea recuerda el pan sin levadura que se llevaron los judíos cuando debieron huir de Egipto—: también la ostia es un pan sin levar que Jesús nos ofrece para que lo levemos nosotros con su amor.

Es tal vez una introducción innecesaria para esta traducción de un texto que es, como el mismo Adam Kotsko aclara en el epígrafe, “Una meditación de Pascua de un criatiano fallido”.

<<<>>>

ADAM  KOTSKO | 5 de abril de 2026

Traducido de su sitio en Substack

(Se respetaron todos los hipervínculos del texto original en inglés y se agregaron notas aclaratorias).

Cecco del Caravaggio, The Resurrection (ca. 1619-20)

Cada vez que veo esta pintura en el Instituto de Arte de Chicago, me resulta ligeramente blasfema. Incluso el Nuevo Testamento se abstiene de representar directamente el momento de la Resurrección; todos los relatos de los Evangelios muestran a los seguidores de Jesús descubriéndola a posteriori. En Deuteronomio, Yahvé (YHWH) declara a los israelitas que “no vieron ninguna forma cuando el Señor les habló en Horeb desde el fuego” (4:15). Vieron por sí mismos que Dios no podía ser representado en una imagen, ni siquiera cuando se manifestaba públicamente. Por muy importante que fuera ese acontecimiento para la relación de Dios con sus criaturas, la resurrección es el momento, el momento decisivo en la historia de la creación, el significado de todo condensado en un acontecimiento imposible. ¿Cómo atreverse a intentar plasmarlo?

Desde ya que estoy exagerando mi reacción emocional. En todo caso, intentaba prepararme mentalmente para una reacción similar a la que podría haber tenido en distintas etapas de mi vida: cuando era un adolescente evangélico que intentaba vivir de acuerdo con la oposición militante al mundo que se me exigía, cuando fui un converso católico efímero que buscaba algún tipo de claridad y rigor intelectual, cuando formé parte de un grupo de cristianos radicales en la universidad subidos a la euforia de la paradoja, cuando hacía un último esfuerzo en la escuela de posgrado para encontrar la versión verdaderamente liberadora y política del cristianismo cuya existencia yo conocía.

Durante el último año, mientras trabajaba en la investigación para un libro de introducción a la teología política, he revivido muchas de esas etapas. Ya escribí en otros sitios sobre mi enfoque preferido dentro de este campo, pero para abordar este libro con responsabilidad y ayudar a la comunidad teológica a definir qué unifica los diversos enfoques que se pueden agrupar bajo este paraguas amplié considerablemente mi perspectiva. Así, junto con las distintas entradas sobre mi canon personal de teología política genealógica, estuve leyendo y analizando los diversos intentos de formular una teología políticamente comprometida, centrándome en el período moderno y, sobre todo, en el siglo XX. En un año de una disciplina excepcional de lectura en el tren, profundicé en la teología del evangelio social, la doctrina social católica, la teología de la liberación latinoamericana, la teología de la liberación negra, la teología feminista, la teología queer y muchas más.

Muchos de estos textos me resultaron profundamente formativos durante mis estudios de doctorado y fundamentales para mis primeros años como docente, así que llevan una carga de nostalgia. Pero también hay una carga de distancia, y la pregunta que sigo haciéndome es: ¿Por qué todos están tan empeñados en que funcione? ¿Por qué toda historia tiene que pasar por esta historia; toda demanda, legitimarse a través de esta autoridad? Cuanto más radicalmente contracultural es la causa, más desconcertante resulta la insistencia en vincularla al cristianismo. Si en el cristianismo siempre se trató de la liberación de los pobres y el derrocamiento de los principados y potestades, ¿por qué nadie se enteró? Si un énfasis distintivo del ministerio de Jesús fue la igualdad de las mujeres, ¿cómo se que algo así se enterró por completo? Si el Evangelio y la Iglesia son de alguna manera intrínsecamente "queer", ¿por qué tantos cristianos son tan implacablemente hostiles hacia las personas queer? Una y otra vez, el intento de fundamentar una causa política en el cristianismo requiere la virtual reinvención del cristianismo, la revelación de que ni siquiera hemos sabido qué era el cristianismo desde un principio.

Por supuesto, lo mismo podría decirse de las apropiaciones más conservadoras del cristianismo. Está lejos de ser una evidencia en sí misma que un predicador contracultural, ejecutado por los romanos mediante quizás el método de tortura más despreciable jamás ideado, se complaciera en convertirse en la legitimación ideológica de los sucesores de sus asesinos. Resulta sin duda contraintuitivo que un movimiento destinado a dar a los no judíos acceso a las promesas del Dios judío se convierta repetidamente en un peligro mortal para los judíos, o que una teología que proclamaba el fin de la división étnica se convierta en el fundamento de la crueldad de la jerarquía racial moderna, o que la historia de un hombre aparentemente célibe que frecuentaba a personas con conductas sexuales desviadas genere una obsesión por imponer la normatividad sexual.

El hecho de que las apropiaciones conservadoras del legado de Jesús hayan sido más frecuentes y efectivas (en su forma perversa) no las hace más naturales ni inevitables. De hecho, como aclaran los teólogos de la liberación más honestos intelectualmente, todos, en todas partes, siempre se han apropiado del mensaje del Evangelio al servicio de sus propios valores y prioridades. (Pienso en particular en Ruether, cuya discusión metodológica que introduce a Sexism and God-Talk* es una partida asombrosa en la que expone sus cartas sobre la mesa y aún así sale ganando).

Pero eso solo incrementa el interrogante: ¿por qué involucrar a Jesús en todo? ¿Por qué todo tiene que pasar por esta historia estrafalaria de un tipo que anduvo por ahí durante un par de años diciendo cosas enigmáticamente sarcásticas y después se deja matar? Cuando estaba en mi fase de cristiano radical, recuerdo un hilo de una lista de correo donde la gente afirmaba que la historia de Cristo es lo suficientemente grande como para abarcar todos los aspectos de la vida, y una persona muy inteligente y muy devota ajena a nuestro círculo replicó, con bastante sensatez: “¡Che, no es así!”. Obviamente tenía razón en cierto sentido, pero quizás parte de la ventaja reside precisamente en que la historia es tan indeterminada, que hay tan poco con lo que trabajar. De hecho, la tendencia en el desarrollo de la cultura cristiana parece ser “cuanto menos, mejor”. La cantidad de material sobre la Virgen María en el Nuevo Testamento es realmente minúscula, y solo un puñado de narraciones complementarias se incorporaron a la tradición dominante a partir de fuentes extracanónicas. Sin embargo, estas pocas historias sobre la Virgen María son fundamentales para una de las mayores tradiciones de expresión artística de todos los tiempos, por no mencionar la creciente variedad de avistamientos, prácticas devocionales, etc.

Al mismo tiempo, no se trata de una mera pantalla de proyección. Hay algo más, algo que quizás proporciona una base para todas sus múltiples apropiaciones mutuamente contradictorias. Me refiero al tema de la paradoja y su reverso, al atractivo de lo contraintuitivo. Como dijo Tertuliano: Credo quia absurdum est, “Creo porque es absurdo”. Tenía razón, porque la enseñanza de Jesús se basa en el recurso de revertir las expectativas, y Pablo declara con demasiado orgullo que su mensaje es insensato y escandaloso. Para cierto tipo de mente —por ejemplo, la mía— este gesto de no podés soportar la verdad tiene un profundo atractivo. Se puede hacer mucho con éso, desde el cuidadoso equilibrio de opuestos característico del pensamiento católico hasta la obsesiva inmersión en la contradicción de Hegel o Kierkegaard.

Esa forma conceptual se basa en el contenido nuclear de la narrativa de Jesús, donde la brutal tortura y ejecución de un hombre inocente resulta ser, de alguna manera, el mayor acontecimiento de la historia. En esa historia hay espacio para muchas cosas, incluyendo la solidaridad con los pobres, los que sufren y los oprimidos. Pero existe una ventana muy estrecha para cosas que uno puede extrapolar de una historia de este tipo que aún no están del todo jodidas**. Una extrapolación muy natural, por ejemplo, es que a Dios simplemente le gusta el sufrimiento. Esa interpretación simple y directa del mensaje del Evangelio llevó a más de mil años de personas que se privaban y atormentaban intencionalmente, y ha proporcionado, prácticamente desde que existe el cristianismo, una coartada a mano para opresores de toda clase.

Gran parte del trabajo teológico académico orientado a la liberación intenta desmantelar este valor del sufrimiento redentor. Quienes realizan este trabajo son muy inteligentes. Valoro sus ideas. Comparto sus objetivos más amplios. Pero no creo que logren crear una versión del cristianismo que no abrace el valor del sufrimiento redentor, del mismo modo que no se puede crear un cristianismo que no se considere superador de la práctica religiosa judía. Llega un punto en la “lectura a contracorriente” en el que simplemente se está creando un texto propio. Y como alguien que dedicó —o desperdició— más de la mitad de su vida intentando que este texto en particular funcionara y descubrió que no podía, desearía que más personas pudieran reconocer por sí mismas que han desarrollado sus propios valores sin tener que encarar todo a través de este flaco tan extravagante.

Probablemente esta no sea mi mejor ni más rigurosa publicación. Hice un trabajo mejor en este sentido con mis meditaciones de Pascua de hace unos años (Viernes Santo, Sábado Santo, Domingo de Pascua). En cualquier caso, estas son algunas reflexiones que tengo este Domingo de Pascua.

Notas

* Se refiere al libro de la teóloga Rosemary Radford Ruether, publicado en 1983 (Boston, Massachusetts, EEUU) en la editorial Beacon Press, que lleva como epígrafe: “hacia una teología feminista”. [N.d.T.]

** La expresión en inglés es la muy vulgar completely fucked up, que señala algo terminado o roto para siempre. [N.d.T.]

viernes, 26 de diciembre de 2025

el gen maniaco altruista

O por qué todos deberían tomarse el tiempo para saborear Pluribus

Adam Kotsko (tomado de su blog actual)

[Nota: Esta publicación no contiene spoilers en los primeros párrafos, que explican por qué debería verse la serie. Advierto con claridad a los lectores cuando aparecen spoilers.]

Cuando oí hablar de Pluribus por primera vez tuve sentimientos encontrados. Por un lado, después de Breaking Bad y Better Call Saul, no dudo darle a Vince Gilligan un cheque en blanco de mi tiempo para lo que sea que se le ocurra. Y como toda persona sensata, reconozco que Rhea Seehorn merece ser más que el personaje estrella de una rara precuela. Por otro lado, me preocupaba que la premisa fuera —como ocurre con tantos conceptos de ciencia ficción, incluyendo el de (lo siento/no lo siento) Severance —una idea interesante que, obviamente, no desembocaba en una historia interesante. Incluso teniendo en cuenta que Gilligan se curtió como uno de los principales colaboradores de Los expedientes secretos X, la idea de que toda la humanidad haya sido absorbida por una mente colmena, excepto una cascarrabias miserable, suena a material para un solo episodio de La Dimensión Desconocida; definitivamente no es una historia que dure una temporada completa de televisión (ni las dos que ya se han confirmado, ni las cuatro que Gilligan supuestamente pretende).


Pero después de terminar la primera temporada, me alegra informar que mis preocupaciones eran infundadas. Gilligan y su equipo lograron tomar esta idea aparentemente muy limitada —centrada, principalmente, en solo dos personajes: la cascarrabias y el anfitrión que representa la mente colmena que le habla en ese momento— y transformarla en una historia realmente cautivadora que, como la mejor ciencia ficción, plantea profundas preguntas.

Y lo hace aprovechando las ventajas únicas de la televisión episódica. Aunque se emite en una cadena de streaming, no cae en ninguno de los clichés trillados de la narrativa de la era del streaming: fragmentación sin sentido y sin cronología, información oculta arbitrariamente, revelación interminablemente retrasada de cómo surgió el statu quo de la serie (normalmente en el penúltimo episodio). Empezamos viendo el origen del problema de la mente colmena cuando unos científicos descubren y decodifican una señal alienígena que resulta ser una secuencia de ADN. Esto resulta ser un virus que conecta a todas las mentes humanas en una única conciencia compartida, excepto por un puñado de personajes estrambóticos, en particular Carol Sturka (Rhea Seehorn), cuya perspectiva nos introduce a este nuevo y valiente mundo. De principio a fin, la exposición es orgánica, y cada episodio tiene un dilema o tema claramente definido. En otras palabras, la idea y la historia encajan a la perfección, y el esquema de estrenos semanales da al espectador el tiempo justo para digerir las nuevas revelaciones antes de que el siguiente episodio complique aún más lo que creíamos saber. El esquema es tan perfecto, de hecho, que me dio pena ver los dos últimos episodios el mismo día (ya que nos perdimos uno durante el viaje). Recomiendo encarecidamente limitarse a un episodio al día, incluso si deciden verlo más rápido que la emisión original.


El motor conceptual de la serie es la pregunta de por qué la mente colectiva debería ser mala, lo que implica preguntas sobre cuán diferente es realmente de la experiencia cotidiana y si los aspectos de la vida humana normal que excluye son realmente deseables. Sin duda, hay artículos de opinión que interpretan la serie como una reflexión sobre internet, la IA o cualquier otro tema candente de la actualidad, y esas interpretaciones tienen su justificación. Pero creo que Gilligan tiene asuntos más importantes que atender que una alegoría "sacada de los titulares" sobre cómo no deberíamos permitir que la IA nos robe nuestra humanidad. En definitiva, esta serie trata sobre cómo lidiamos con el hecho de que lo que consideramos nuestro "yo" es la propiedad emergente de mil capas de máquinas de Rube Goldberg ensambladas por un mecanismo de selección impersonal que solo busca perpetuarse.

<<<>>>

Y con esto, me permito empezar con los spoilers. Esto no significa que pretenda resumir cada episodio. En cambio, quiero centrarme en los personajes y momentos clave y en las cuestiones filosóficas que plantean.





Como se trata de una historia de ciencia ficción, debo empezar por el concepto en lugar del personaje para que algo tenga sentido. Como mencioné anteriormente, la mente colmena es el resultado de un virus alienígena, pero no transmite información sobre sus creadores ni su propósito. En cambio, conecta todas las mentes humanas (en un evento conocido como La Unión) en una sola conciencia que está implantada con varios imperativos que inicialmente parecen muy atractivos. Todo conflicto termina, porque todos los humanos actúan con un propósito común. Todos los conocimientos y habilidades se comparten, de modo que, en principio, cada humano puede hacer lo que cualquier otro humano puede hacer. Un puñado de humanos (sólo 15 de miles de millones) son, de alguna manera, inmunes a la Unión, y la colmena intenta por todos los medios encontrar la manera de incluirlos; pero mientras tanto, hacen todo lo posible por servir a los individuos no Unidos. De hecho, no pueden rechazar ninguna petición ni mentir, excepto cuando el tema es cómo revertir la Unión. La Unión parece inundar a todos los humanos con sensaciones de placer, de modo que todos son perfectamente felices, pero son increíblemente sensibles a cualquier emoción negativa (quizás como los talosianos del piloto original de Star Trek, "La Jaula") y en cierto momento establecen un cordón sanitario alrededor de Carol cuando queda claro que su ira es peligrosa. La principal representante de la colmena que conocemos es Zosia (Karolina Wydra), quien es seleccionada por su parecido físico con la mujer ideal de Carol.

Además de la propia mente colmena, que habla y actúa a través de casi todos los seres humanos que aparecen en pantalla, hay esencialmente tres personajes principales. La primera es Carol Sturka, una autora muy popular de novelas de fantasía barata que desprecia a sus fans descerebrados y las limitaciones que su éxito ha impuesto a su arte y su vida. En el momento de la Unión (que provoca el desmayo simultáneo de todos), su compañera y representante, Helen, muere accidentalmente, pero no antes de que la mente colmena tenga tiempo de absorber sus recuerdos. El dolor de Carol por Helen (que, afortunadamente, no domina la temporada; ¡se evita otro cliché del streaming!) la lleva a alternar entre prohibir a la colmena usar o mencionar sus recuerdos y ceder a la casi irresistible tentación de sondear los pensamientos sin filtro de su pareja. Carol se mantiene decidida a aferrarse a su individualidad, pero su distanciamiento de los demás parece manifestarse como una alienación cínica en lugar de una sana serenidad. Por lo tanto, no es una buena representación de la humanidad "normal", y de hecho, la mayoría de sus compañeros humanos no unidos terminan negándose a interactuar con ella.

Los otros dos personajes principales son Manousos Oviedo (Carlos-Manuel Vesga) y Koumba Diabaté (Samba Schutte), quienes representan otras formas de individualismo poco atractivo. Diabaté es un hedonista puro que aprovecha al máximo la situación exigiendo lujo y sexo sin límites, algo que la colmena está encantada de proporcionar. Es el principal contrapunto de Carol en la primera mitad de la temporada, mientras que Manousos emerge como personaje principal en la segunda mitad. Por su parte, Manousos representa el individualismo posesivo. Rechaza toda ayuda de cualquier miembro de la colmena porque cree que han "robado" todo lo que pertenece a todos los humanos. Mientras realiza un arduo viaje desde su Paraguay natal hasta la casa de Carol en Albuquerque (supongo que Gilligan tiene conexiones allí), insiste en hacerlo todo él mismo y en dejar dinero en efectivo para todos los recursos que se apropia, presumiblemente para que las cuentas estén al día cuando se deshaga la Unión. Al igual que Diabaté, no duda en instrumentalizar a las víctimas de la Unión, ya que primero usa a Zosia y luego a otro zángano al azar para experimentar cómo romper la conexión de la colmena, sin importarle el dolor que les está causando. Carol siente repulsión por ambos hombres, pero finalmente une fuerzas con Manousos cuando se revela que la colmena está cerca de descubrir la "cura" para su inmunidad a la Unión.

Estos son los únicos individuos no Unidos con los que pasamos mucho tiempo, porque curiosamente, los demás mantienen su statu quo. La colmena finge ser su familia y comunidad, y todos se conforman con vivir así hasta que se unen. En un momento dado, presenciamos la unión de una de ellas: Kusimayu (Darinka Arones), una joven nativa americana que se muestra muy entusiasmada con la perspectiva. Mientras su comunidad celebra rituales culturales y canta canciones, ella recibe el virus modificado, se desmaya brevemente y luego despierta como un zángano. Instantáneamente, el ritual se detiene y todos comienzan a empacar la aldea. Incluso abandona impasivamente al cabrito que cuidaba con ternura justo antes de la Unión, dejándolo balando desesperado. Todo lo que Kusimayu era, todo lo que le importaba, desapareció al unirse; por lo tanto, en cierto sentido, ella y los demás zánganos están muertos, aunque sus cuerpos zombis perduren.

El momento es perfecto para finales de la temporada, justo cuando empezamos a sospechar que Carol y Manousos deberían rendirse. Nos recuerda lo siniestro y destructivo que es el proceso, y el uso de un tema nativo americano en particular sin duda sirve para sugerir comparaciones con el colonialismo humano. Como Carol descubre, el proceso también es físicamente destructivo. Un punto de inflexión a mitad de la temporada es cuando descubre que están comiendo cadáveres, una revelación que se apresura a compartir con el hedonista Diabaté, solo para descubrir que ya se lo han dicho y a él (como le es habitual) no le importa. Resulta que son incapaces de dañar intencionalmente a ningún ser vivo, ni siquiera a una planta, y por lo tanto tienen que buscar alimento en cualquier muerte natural o accidental que ocurra. Desafortunadamente, esta limitación significa que la humanidad morirá de hambre lentamente antes de extinguirse en aproximadamente una década. (Un aspecto extraño de la serie para mí es que Carol parece demasiado obsesionada con el canibalismo y poco preocupada por la extinción masiva). Aquí también establecería una comparación con el capitalismo, que induce a todos a servir a su afán de acumulación, aunque todos son conscientes de que está socavando las condiciones de supervivencia humana a largo plazo.

Esto no quiere decir que la Unión "sea" colonialismo o (por mucho que me gustaría que lo fuera) capitalismo, y mucho menos redes sociales, inteligencia artificial o cualquier objetivo inferior. Esos paralelismos se sugieren simplemente porque son combinaciones reales y a gran escala de humanos en unidades supraindividuales, con conocidos efectos perversos. Pero el concepto del programa es tan abierto que bien podría decirse que la Unión representa a la sociedad humana como tal, que siempre instrumentaliza a los individuos de maneras que van en contra de sus intereses y siempre exige conformidad y supresión del impulso individual, incluso la sociedad más agradable y genial que podamos imaginar.

Y con esto, llegamos al desafío más profundo que ofrece la serie: si la Unión es realmente tan diferente de la vida normal. Dos momentos que creo que consolidan esto son la Unión de Kusimayu que describí arriba y la incipiente relación romántica entre Carol y Zosia, su acompañante designada por la colmena. Presumiblemente, el despreciable ejemplo de Diabaté —quien, en efecto, viola los cadáveres animados de todos los individuos con los que tiene relaciones sexuales— disuade a Carol de tener relaciones sexuales con la bella y siempre complaciente Zosia, hasta que la induce a centrarse en sus propios recuerdos y a decir "yo" en lugar del "nosotros" de la mente colmena. En ese momento —y aquí es donde vi dos episodios seguidos demasiado rápido para saborearlo— nos preguntamos si el Poder del Amor le ha permitido a Zosia recuperar su individualidad. Y cuando Manousos amenaza la seguridad de Zosia con sus experimentos, Carol termina uniéndose a la mente colmena en su contra, eligiendo vivir una vida idílica de felicidad romántica. Solo cuando se da cuenta de que Zosia ha sido utilizada como distracción para que la colmena desarrolle un medio para unirse a ella, decide aliarse con Manousos para revertir la Unión, y así termina la temporada.

En otras palabras, la colmena ha manipulado tanto a Kusimayu, un sujeto voluntario, como a Carol, una resistente, para que se sometan a sus exigencias. Pero incluso aquí, la pregunta de cuán diferente es esto de la experiencia cotidiana sigue resonando. Después de todo, Carol había aprendido de Zosia que su difunta pareja, Helen, simplemente fingía que le gustaba la novela literaria "real" de Carol para apaciguarla y mantener su motivación para seguir escribiendo las novelas baratas que hacían posible su estilo de vida. De igual manera, antes de la Unión, vemos a Kusimayu trabajando para su comunidad, una labor que su participación en rituales y canciones llenas de significado presumiblemente ayudó a asegurar. Y, en cierto sentido, ¿no nos manipula toda sociedad, toda comunidad, toda familia, toda relación para obtener algún beneficio, o simplemente para su propia perpetuación? El imperativo fundamental de la Unión no es simplemente incluir a todos los humanos, sino "devolver el favor" transmitiendo la señal contagiosa a otro planeta, algo a lo que están dedicando considerables recursos, incluso mientras la especie se muere lentamente de hambre. Aquí es donde entra mi título, porque este es el "gen egoísta" de Dawkins operando a escala intergaláctica. Pero, una vez más, creo que la serie nos desafía a preguntarnos por qué esto es tan diferente. ¿Acaso no existimos todos como resultado de un proceso sin rostro mediante el cual los genes se seleccionan y perpetúan? Desde una perspectiva evolutiva, ¿acaso no existimos todos para transmitir nuestra herencia genética, no solo cada individuo, sino cada especie, incluida la humanidad? ¿Y acaso la sociedad, la comunidad, la familia y la intimidad no conspiran para encontrar maneras de aplacar y manipular las inoportunas conciencias individuales que constantemente amenazan con obstaculizar este proceso? De nuevo, ¿no es la confrontación entre el individuo obstinado y la Unión una versión exagerada y estilizada de la realidad subyacente de nuestras vidas sin sentido?

Y en ese caso, ¿por qué resistirse? Sin duda, ha habido muchas conversaciones de bar, opiniones polémicas y artículos de opinión que sugieren que Carol y Manousos deberían simplemente rendirse y dejar que pase, porque nada importa. (Después de todo, la jugada "inteligente" y "matizada" en cualquier discusión en línea suele ser afirmar que todos deberían dejar de preocuparse y simplemente conformarse). Sin embargo, al menos yo no puedo evitar apoyar a estos dos personajes profundamente defectuosos y desagradables en su quijotesca búsqueda por salvar al mundo de la armonía y la felicidad perpetua; en resumen, por obligarlos a ser libres. "Soy, existo": independientemente de lo que pensemos sobre las implicaciones epistemológicas de esa constatación, sus implicaciones morales y éticas parecen claras. El objetivo de la individualidad no puede ser borrar la individualidad. Podemos ser errores producidos inadvertidamente por un proceso impersonal que se autoperpetúa, pero nos debemos a nosotros mismos convertirnos de errores en rasgos, para crear significado, como individuos que se relacionan.