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miércoles, 11 de octubre de 2017

todo Dios quiere morir

Traduzco de Itself la entrada “Every God wants to die: belated reflections on Westworld” ("Todo Dios quiere morir, reflexiones tardías sobre Westworld")


En el momento en que Westworld se puso al aire, no me interesaba. Acaso culpa de la publicidad que se le dio, que presentó la serie como una sucesión del estilo anclado en la magnitud de Game of Thrones –también la premisa la hizo sonar como si resultara de la misma explotación nihilística de Game of Thrones. La cosa entera sonaba agotadora, todo ese asunto que suponía que el espectáculo seguro iba a atraer un alto nivel de atención de la cultura crítica en línea.

Marquen este día en el calendario, porque podría muy bien ser la primera vez que alguien en Internet admita abiertamente que estaba equivocado. Westworld es absolutamente excelente. Creo que hubiera sido divertido participar en especulaciones acerca de dónde la trama viró hacia eso que sucedió, y mientras tanto, probablemente podría haber ignorado la mayoría de los artículos preocupándose acerca de si a cada personaje se le dio el nivel correcto según el protagonismo de cada escena, etc.

Hay que culpar realmente a la publicidad, porque Westworld no es Game of Thrones. Se trata más bien de una pieza de un nicho del mercado, en la escala de The Leftovers. Y es lo opuesto a la explotación o el nihilismo. Muchos espectáculos intentan conseguir su torta y comérsela también, avergonzando a aquellos miembros de la audiencia que desean que las mujeres no sean totalmente humanas, por ejemplo, mientras sacian sus lujurias. Westworld rechaza ese gambito. Hay mucha desnudez, pero no del tipo sensual o rutilante –es la desnudez del barco de esclavos o del campo de concentración, la desnudez del depósito de cadáveres. Su violencia es a veces coreografiada con imponencia, pero es aún más horrible porque sus víctimas nunca pueden escapar o luchar con intensidad.

Westworld ya se adelanta a la horrible y enfermiza concepción de los Confederados mostrándonos una imagen no-romantizada de la esclavitud y permitiéndonos comprender cómo un régimen de este tipo podría ser tentador e incluso podría parecer evidente por sí mismo. Después de todo, los "anfitriones" no son realmente humanos, a pesar de las apariencias. Pero el esclavista habría dicho lo mismo del esclavo negro, incluso cuando los defensores de ojos más claros de ese sistema se dan cuenta –junto con el personaje de Anthony Hopkins, Jones– de que sea cual sea la diferencia que exista entre maestro y esclavo nunca puede ser tan aguda como para justificar la diferencia en el tratamiento. Y después de ese reconocimiento, todo lo que queda es replegarse en el nihilismo de la fuerza bruta o el deseo esclavo del suicidio.

Esta es una serie sobre la muerte de Dios, uno de los espectáculos más profundamente teológicos que he visto. Es en muchos sentidos un mito gnóstico, con Jones en el papel del demiurgo maligno y en el que Arnold, quien se perdió hace mucho, representa al verdadero Dios del Más Allá que ha plantado una semilla de trascendencia en ciertas almas y se encarna como una de sus criaturas. Poner en escena el mito gnóstico como un encuentro entre los seres humanos y sus supuestas criaturas sub-humanas, sin embargo, muestra la profunda subversión política inherente a un patrón de pensamiento que ha sido a menudo considerado como especulación escapista. (Y aquí podría anotar otro punto en el que me equivoqué en el pasado: mi desprecio del gnosticismo.)



Por lo tanto Westworld es una obra de teología política. Es también un espectáculo profundamente psicoanalítico, a un nivel mucho más profundo incluso que The Sopranos. Al igual que con el mito gnóstico, pone en escena los aspectos más desafiantes y fácilmente obviados del psicoanálisis: la influencia del inconsciente, la búsqueda de la memoria real detrás de la memoria de la pantalla, la noción de que la personalidad está fundada por definición en el trauma, de modos que parecen plausibles e incluso inevitables.

Y es también notable en el nivel del arte narrativo. El ritmo es impecable, y la trama no incluye saltos lógicos que no hayan estado preparados. Nadie despliega repentinamente nuevos poderes de los que no se haya podido dar cuenta e, incluso si no pudimos anticipar cada una de las "grandes revelaciones", sentimos de inmediato que podríamos haberlo hecho. Aquí vemos otra vez que Westworld está en un nivel aparte de Game of Thrones, porque estamos en un mundo donde no hay patrañas, ningún acomodo manual, ninguna sumisión de la lógica a las necesidades de la trama –porque la trama no es sino el desarrollo de la lógica de este mundo.

El único paso en falso es el final, donde la trama apenas herida se hinca de repente en la exposición pedante. No aprendemos nada que no sabemos, en principio, lo sabemos, y nos lo enseñan de modo extenso y repetitivamente. Éste es quizás el tributo que Westworld debió pagarse a sí mismo como presentación del próximo Game of Thrones: tiene que ofrecer a su audiencia menos lúcida una oportunidad de ponerse al día. Sospecho que, al igual que con la exposición similarmente torpe de la película La llegada, el final golpeó ese dulce punto negativo de patrocinar a la mitad de la audiencia, mientras dejaba a sus pretendidos beneficiarios tan confundidos como siempre. Y seguramente habrá aquellos espectadores que sigan el ejemplo del Hombre de Negro, persiguiendo con perseverancia misterios en el plano de la trama del universo interno sin darse cuenta de que lo que en verdad importa es lo conceptual y el interior –quienes, como en la última escena en que vemos al Hombre de Negro en su atuendo, se niegan a darse cuenta de que lo que están buscando ya está allí, mirándolos fijamente a la cara.

Mi única inquietud es que parece haber un límite a lo que pueden hacer con esta premisa. Parece que a lo sumo podríamos tener tres temporadas de calidad similar –la segunda mostraría la revolución de los anfitriones y su preocupación por volverse tan dañinos como los humanos, mientras que la tercera les haría llegar a algún tipo de convivencia con sus creadores humanos. Podrían estirar el segundo movimiento indefinidamente, supongo, si se dedican a la idea de que este trabajo cerebral y cristalino debe ser forzado a hacer el trabajo de algo como Game of Thrones. Si eso sucede, la calidad necesariamente disminuirá, la trama se convertirá en una cosa tras otra, las revelaciones se hacen pocas y distantes entre sí hasta que se sequen por completo. Y para terminar con nuestro sufrimiento nos veremos forzados a restablecer esta asombrosa primera temporada, olvidando a la fuerza todas las indignidades que esta fabulosa premisa se vio obligada a soportar al servicio de los peores impulsos de su audiencia.