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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

miércoles, 4 de octubre de 2017

la masacre ritual

Copio, traduzco, dos artículos relacionados con la masacre de Las Vegas. Uno de Adam Kotsko, “El apocalipsis sucede más o menos una vez por semana“. Otro de PolitiFact, de 2015, en el que se señala que desde 1968 hasta esa fecha se produjeron más muertes en territorio estadounidense debido al uso de armas de fuego que en todas sus guerras. El último artículo recurre también a otras referencias.

Uno
Escribe Kotsko:
Cuando las personas abren fuego contra multitudes de extraños para liberar la calentura, es señal de que ya no se tiene una sociedad. El crimen es bastante malo, pero al menos sigue una cierta racionalidad: los motivos son antisociales y peligrosos, pero legibles. El terrorismo da un paso más allá del crimen normal, pero de nuevo, hay una meta ostensible que el grupo terrorista persigue, aunque con fines trágicamente equivocados. Pero algo así como un tiroteo en masa no es ni siquiera terrorismo. Es puro nihilismo. Es la violencia como un fin en sí misma, como la expresión pura de un rechazo del camarada humano.
En este punto, es parte del ritual de un tiroteo en masa que el tirador sea declarado “perturbado” o “enfermo mental”, y luego los liberales señalan que así es como sucede cada vez y que resulta una explicación reductiva, etc. Aunque hay un momento de verdad en la explicación individualista, porque la causa sistémica de este problema sistémico de los tiroteos en masa es precisamente un individualismo tóxico que, frustrado, puede encontrar su camino hacia la aniquilación destructiva del otro –cualquier otro lo hará.
También podemos llamarla masculinidad tóxica, en la medida en que toma los rasgos menos deseables y estereotípicamente asociados con la virilidad –el aislamiento, la falta de empatía, la rabia– mientras descarta por completo los rasgos más deseables como la lealtad o el deber. Seguramente no es accidental que sólo los hombres –y casi siempre los hombres blancos– participen en este anti-ritual nihilista, pero hay un universalismo falso en fijar el problema en la masculinidad. Así no es siempre, incluso a menudo, cómo se comportan los hombres. De hecho, sólo en la América contemporánea han llegado a comportarse de esta manera a nivel epidémico.
Llamémoslo amercianismo tóxico, entonces. Esto nos permitirá incluir la no-respuesta ritualizada dentro del fenómeno más amplio. Los efectos sistémicos tienen causas sistémicas, y uno de esos efectos es la total negativa a tomar cualquier medida para remediar el problema. Nuestros líderes políticos están tan enamorados del romance de la propiedad de armas que están dispuestos a sacrificar a decenas de nosotros por año al ídolo de la Segunda Enmienda. Aquí cuento todo nuestro liderazgo político: los republicanos, que aman a sus pistolas, y a los demócratas, que se pasaron las últimas dos décadas tratando de aplacar el lobby de armas (que se negaba a aceptar una respuesta y usaba todas las victorias demócratas para impulsar aún más el almacenamiento de armas). Como siempre, la elección entre republicano y demócrata es la que existe entre el nihilismo activo y el pasivo.
Como resultado de este americanismo tóxico, cada uno de nosotros es potencialmente un daño colateral de la forma distintiva de masculinidad agraviada que Estados Unidos está produciendo en cantidades cada vez mayores. Y es cada vez más claro que ninguna cantidad de daño colateral será suficiente para impulsar la acción. El tiroteo de Las Vegas cobró por lo menos 50 vidas e hirió a 200 más –una pérdida inimaginable que sucedió, literalmente, por ninguna razón. ¿Alguien imagina remotamente que cualquier acción que no sea la asignación ritual de “pensamientos y oraciones” vendrá de ella?
No estoy siendo metafórico cuando caracterizo el tiroteo en masa y sus secuelas como una forma de ritual. En cierto sentido, se ha convertido en el ritual de base de la religión civil estadounidense –un enunciado ritual de la disolución de la sociedad, una evocación ritual del apocalipsis. Es cierto que este ritual se ha vuelto tan rutinario que solo nos preocupamos por llevarlo a cabo a nivel nacional cuando las víctimas se vuelven particularmente numerosas (como en Las Vegas) o cuando los objetivos producen un efecto especial de horror (como los niños Sandy Hook). Pero es una pieza con todas nuestras otras observaciones distintivas: los rituales de culpar a las víctimas del desastre, de excusar formalmente la violencia policial contra los inocentes, de brutalizar a los manifestantes sin ninguna base legal o racional que no sea la exigencia de sumisión absoluta. Todas esas observaciones rituales apuntan hacia el tiroteo masivo como violencia nihilista en su forma más pura, sin reivindicación de legitimidad o justificación - una violencia nihilista que colectivamente rechazamos detener o incluso impedir, porque ni siquiera recordamos ya cómo podría ser formar parte de una sociedad.

Dos
Las últimas declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump luego de la masacre de Las Vegas, donde murieron casi 60 personas alcanzadas por un tirador solitario desde un piso 32 de un hotel –mientras que otras 500 víctimas resultaron heridas–, fueron expresadas por el millonario antes de que salieran hacia Puerto Rico, en la Casa Blanca: “Ya hablaremos de las leyes sobre armas a medida que pase el tiempo”, dijo. Horas antes, el conductor televisivo Stephen Colbert había desafiado desde su espacio en la CBS a Trump a comprometerse dando un pequeño paso hacia una regulación sensible de armas. Esa misma noche, el ex asesor principal del mandatario, el ultraderechista Steve Bannon, había aclarado que un solo gesto en ese sentido sería el final de todo.
En 2015, un artículo publicado en el New York Times por el prestigioso columnista Nicholas Kristof, señalaba que, desde 1968, la cantidad de muertes provocadas por armas dentro del territorio estadounidense superaban a la de todas las guerras en las que había participado el país. Desde el sitio PolitiFact.com (dedicado al chequeo de datos, lo mismo que Chequeado en Argentina) salieron enseguida a señalar que Kristof había tomado esa información a partir de un informe publicado por ellos dos años antes, por lo que habían decidido actualizar esos datos sobre la omnipresencia de la violencia armada en Estados Unidos.
En la nota original de Mark Shields de 2013 se afirmaba que desde 1968, “más estadounidenses murieron por disparos de armas de fuego que todos los que cayeron en las guerras de la historia del país”. Shields utilizó el año 1968 porque entonces era candidato presidencial Robert F. Kennedy, quien fue asesinado por el pistolero Sirhan Sirhan.
Así, PolitiFact realiza una nueva estadística en la que registran los muertos de la guerra de independencia, la de 1812 y hasta la de Irak –incluyendo escaramuzas en Líbano, Granada o Haití– y llegan a la cifra de 1.396.733 víctimas fatales. En la columna de los muertos por disparos de armas de fuego, desde 1968 hasta 2015, la cifra es superior: 1.516.863.
Estados Unidos tiene leyes federales de control o regulación de armas de fuego, pero también leyes estatales (o provinciales) que, según los estados, suelen tener mucho más peso que las nacionales. Cada estado es libre de exigir a sus habitantes licencias de compra y tenencia privada de armas (que varían según el tipo de arma), así como de mantener un registro de transacciones que permita limitar la circulación ilegal de armas. Así, el estado de Colorado permite la portación de armas cortas a la vista excepto en la ciudad de Denver. Pero otros estados, como Wisconsin, permiten también la portación a la vista de armas largas, muchas veces sin tener que exhibir permiso ni licencia. En abril del año pasado la secundaria californiana Kingsburg aprobó el permiso de portación oculta de armas dentro de sus campus educativos, donde cinco de los trabajadores del centro en cuestión podrán portar armas de fuego con el propósito de proteger a sus más de 1.200 estudiantes, así como al resto del personal trabajador, en caso de presentarse una situación de tiroteo.
Estados Unidos es uno de los pocos países industrializados en los que la propiedad legal de armas es generalizada. La segunda de las diez enmiendas de  la Carta de los Derechos o Bill of Rights, lo contempla y reza lo siguiente: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas”.
En el último informe de PolitiFact –que, desde luego, no incluye las muertes provocadas el domingo pasado Las Vegas– actualizan las cifras con un estudio exhaustivo de las muertes relacionadas con la guerra publicado por el Servicio de Investigación del Congreso el 26 de febrero de 2010, y lo complementaron con datos de muertes actualizadas en Irak y Afganistán usando el sitio web Icasualties.org. En lo posible, utilizaron la definición más amplia de “muerte”, es decir, todas las muertes relacionadas con la guerra, no sólo las que ocurrieron en combate.
También, a diferencia de informes anteriores, revisaron al alza del número de muertes en la Guerra Civil. Las cifras varían de 525 mil muertos de la Unión y Confederados, a 750 mil que un estudio posterior que incluyó decesos por enfermedad. Aunque, señalan, la enfermedad en una era de medicina relativamente primitiva era tan difundida que no está claro qué parte de la enfermedad mortal durante ese período fue realmente un resultado de la guerra. Sin embargo, a riesgo de equivocarse asumieron la estimación más alta y utilizaron la cifra de 750.000 para la estadística. En resumen: muertos en la guerra Revolucionaria (1775): 4.435; guerra de 1812: 2.260; guerra de México: 13.283; Guerra Civil: 750.000; anglo-española: 2.446; Primera Guerra: 116.516; Segunda Guerra: 405.399; Corea: 36.574; Vietnam: 58.220; Golfo Pérsico: 383; Afganistán: 2.363; Irak: 4.492; otras guerras (incluidas Líbano, Granada, Panamá, Somalia y Haití): 362. Total: 1.396.733.
Las muertes por disparos de armas de fuego en territorio estadounidense desde 1968 incluyen estadísticas del Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC en inglés) y suman, por períodos: 1968 a 1980, 377.000; 1981 a 1998: 620.525; 1999 a 2013: 464.033; 2014: 33.183; 2015: 22.122. Total: 1.516.863.
En total, 120.130 muertes más por armas de fuego en el territorio que muertes en guerra –cerca de 9 por ciento más, o casi cuatro años típicos de muertes por armas. Y eso con la generosa estimación académica de muertes en la Guerra Civil, el mayor componente de las muertes de guerra en Estados Unidos.
Estas cifras se refieren a todas las muertes relacionadas con disparos, no sólo a los homicidios. De hecho, los homicidios representan una minoría de muertes por armas de fuego, los suicidios constituyen la mayor parte. En 2013, según datos del CDC, el 63 por ciento de las muertes relacionadas con armas de fuego fueron por suicidios, 33 por ciento por homicidios y aproximadamente 1 por ciento por accidentes, intervenciones legales y causas indeterminadas.
Hay un riesgo en el uso de una estadística como esta para condenar homicidios en masa llevados a cabo con armas de fuego, ya que las cifras por suicidios superan en todo el período al de los asesinatos masivos. En su columna del New York Times, Kristof se refirió específicamente al impacto que las leyes de armas más estrictas pueden tener sobre los suicidios con armas de fuego. Escribió que en 1996, después de un tiroteo en masa en Australia, los legisladores reforzaron las leyes de armas: “La tasa de suicidios con armas de fuego se redujo a la mitad en ese país durante los próximos siete años, y la tasa de homicidios con armas de fuego casi se redujo a la mitad”.