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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

sábado, 1 de enero de 2011

el fantasma > un cuento

Las fotografías pertenecen a Jorge Liporace, de su muestra Oliveros, colonia de fotos, Rosario-Oliveros, 1999. Salvo donde se indica.

a Hugo Boggio


El pabellón 9 de la colonia psiquiátrica parece hoy la monumental armazón de un buque encallado. La turbia luz de la mañana invernal envuelve como una muselina plateada los corredores vacíos del viejo comedor, donde siempre gotea una canilla y deja en los mosaicos del piso un charco de agua teñida de óxido. Si se avanza por el flanco derecho del edificio, por una vereda de baldosas de canaletas que bordea el largo terreno que separa el pabellón del predio cercado de la lavandería, se ingresa a la cocina del antiguo comedor, una pieza más o menos pequeña que, además de la puerta de entrada, tiene otras dos: una que comunica al salón y otra, cerrada por una cadena y un candado, que es el ingreso al sótano donde se guardaban las ollas, los cubiertos y la vajilla. De la cocina sólo queda la mesada de mármol manchado, con el hueco enorme de la pileta, y los agujeros salpicados de grasa que indican el lugar donde estuvieron los hornos y los anafes. La puerta que da al sótano es de una madera ajada, descascarada y resistente. Su textura me hace pensar en los pantalones que usa Blas Cardozo o, mejor dicho, son sus pantalones zurcidos obsesivamente con hilo beige los que me recuerdan la superficie marcada de la madera. Mientras funcionó la cocina del pabellón (cuando el manicomio albergaba a más de tres mil pacientes y ese pabellón contenía a unos 700 de ellos, que es la cifra de la población actual del hospital) Blas fue el encargado de la vajilla, cargo para el que la institución nunca lo designó formalmente, pero al que el paciente se aferra con una llave que abre el candado de la puerta del sótano y lleva anudada a una soga de náilon que cuelga de su cuello.
Durante siete meses, todos los martes y viernes a eso de las 10 de la mañana, fui hasta esa fantasmagoría de cocina a buscar a Blas. Yo coordinaba entonces un taller de escritura en la colonia y había escuchado de él: sus años en ingeniería, su parentesco con una acomodada familia de Rosario, su matrimonio, su desgracia y su enfermedad. El equipo de terapeutas que trabajaba en el pabellón me había referido también su avidez por las noticias y los libros y su negativa a abandonar la vieja cocina. Me contó su historia una mañana de agosto, parado contra el mármol helado, arropado apenas con esos pantalones zurcidos y un buzo de algodón encima de una camiseta. Por una de las ventanas rotas de la habitación entraba un viento gélido que parecía sacudir la luz dorada del sol y le agitaba a Blas la pelambre canosa. Más allá de la pared del paredón que da al norte se abre un campo de yuyos y cardos en el que flotan, como unos espectros contra el llano del horizonte, unos paraísos torcidos. Pero nosotros no los veíamos y yo pensaba en ese paisaje despojado como si esbozara un mapa en la arena del desierto. Mientras hablaba, Blas tenía la vista fija en un punto remoto y creo aún que ese a quien le contaba su historia era otro, alguien que aún hoy guarda silencio.


1
En la primera de las tres escenas de este relato Blas vio llegar a Irene, su esposa, llorando desde la habitación: una pieza húmeda al fondo de un pasillo en el primer piso que alquilaban sobre la calle Vélez Sársfield del barrio Refinería, en Rosario.
Irene tenía 24 años, era morena, melancólica. Siempre estaba resfriada, decía Blas. Se habían casado hacía poco más de un año, cuando Irene quedó embarazada, pero a los cuatro meses perdió el embarazo y la muchacha tomó el hábito de quedarse en la casa en camisón. Cuando terminaba su trabajo en la cocina regresaba a la habitación, se tumbaba en la cama y clavaba la mano derecha en un ejemplar de Corín Tellado. Blas se encargaba de limpiar la casa cuando volvía del trabajo. Supervisaba entonces una pequeña fábrica de bobinados. Los datos de su vida que arrojó en nuestras conversaciones no incluyeron los años de ingeniería (“Ah, eso fue como un pasatiempo”, dijo cuando lo interrogué). Prefería mencionar unos veranos pasados en Bigand, en el campo de un tío, donde había aprendido a montar y a ordeñar. Le gustaban los tornos metalúrgicos, le gustaba ver girar las piezas de hierro en el plato, le gustaban las virutas largas que se desprendían de la masa metálica que cambiaba de forma a medida que daba vueltas. Es poderoso, decía Blas, como si hubiera asistido a las mutaciones originarias de la materia. Tampoco me contó dónde había conocido el trabajo del torno. Cuando Blas refirió su historia tenía cincuenta y tres años y hacía ya veinte que estaba en la colonia.
Entonces, Irene llegaba llorando de la habitación y se paraba con la boca abierta y los ojos empapados frente a Blas, que tomaba unos mates sentado a la mesa de la cocina y leía el diario.
—¿Qué pasa? —decía él.
Irene bajaba la cabeza y respondía con un sollozo. Se recostaba contra el marco de la puerta y volvía a mirarlo detrás de las lágrimas.
—Había un hombre... —empezaba a decir ella. Blas saltaba de la silla y cuando encaraba el pasillo Irene se interponía acurrucándose en el hueco de la puerta— No, no está, era como... —y seguía balbuceando mientras él la miraba sin atreverse a tocarla, desviando la vista hacia allá de vez en cuando, al final del pasillo, donde la pieza resplandecía con la luz amarillenta de la tarde.
En la habitación no había nada.
—Era como un fantasma —decía Irene y de nuevo empezaba a llorar.
—¿Qué quiere decir “como un fantasma”? —decía Blas.
—Se desvaneció, estaba parado contra la ventana y se desvaneció y... —más llanto.
Blas se sentaba en la cama y aceptaba aquel llanto. Esperó. Miraba la ventana en busca de las huellas evanescentes del fantasma mientras Irene terminaba de llorar.
—No es el miedo, no es el miedo... —decía Irene con la voz entrecortada, como queriendo decir que no lloraba por el miedo, ni por la visión que había tenido, sino por otra cosa, otra cosa que le diría dentro de poco, cuando terminara de llorar.
Estuvieron así un rato. Irene parada, con el cuerpo flaco y doblado contra el ropero, y Blas en la cama, acodado sobre sus rodillas, persiguiendo vapores en la ventana, hasta que la habitación se llenó de sombras y él pudo sentir el espesor sombrío de sus siluetas esfumándose en el aire de la noche. Irene se sentaba a su lado, a oscuras, y le decía:
—Fue como una visión. Era un hombre parado ahí, con los brazos apoyados en la ventana y la mirada perdida en el cielo. Estaba tan triste —y la mención de esa palabra la sumergía de nuevo en aquello que tenía su llanto. Pero no lloraba, se contenía. De repente lo miraba. Blas sólo percibía el brillo acuoso en el blanco de los ojos.
—¿Era un hombre que conocés? —le decía él.
La pátina brillante en los ojos de Irene se corría y la luna, que asomaba por la ventana, centelleaba en sus pupilas. Había una respuesta en aquello que no decía y Blas supo que no le llegaría en palabras.
—No, creo que no lo conocía —decía ella.
Blas no le creía, pero aceptaba las palabras de Irene.
Esa noche se durmieron muy tarde. En la cama, vueltos cada uno para el lado contrario, Blas podía palpar, casi, la mirada de Irene clavada en un punto fijo de la pared, remontando cosas que se tragaba en silencio, con el brazo colgando del Corín Tellado.



3
El mediodía en la colonia se carga de movimientos. Los pacientes enfilan hacia los comedores de cada pabellón ni bien divisan las camionetas de la cocina central que circulan por los caminos y se detienen a descargar unas pesadas cajas plateadas donde se mantiene caliente la comida. Es en ese desplazamiento, de algún modo ordenado, en el que se distinguen los particulares recorridos de otros internos: los que se inquietan por la comida pero no pueden abandonar sus rincones y cruzan furtivos los senderos comunes como si confirmaran con ese andar agazapados que hasta eso que el hospital les da debe ser hurtado, hasta del alimento deben apropiarse como de esa cosa ajena que es el transcurso de los días. Entonces la sombra de un paciente oscurece la abertura de la puerta de entrada de la vieja cocina del pabellón 9 y desaparece en el fulgor del sol, que llena de oro la atmósfera como si derramara una fría lluvia metálica.
—¡Lavalle! —exclama Blas, y se asoma a la puerta. Lo sigo y veo perderse por el sendero de baldosas de canaletas a un hombre flaco, con un capuchón de pelos negros y sucios en la cabeza. Camina con el cuerpo desvencijado y va descalzo.
Blas y Lavalle son enemigos. Blas mantiene limpia y despejada la vieja cocina. Lavalle la ensucia, la llena de chucherías hechas de desperdicios. Blas no me cuenta mucho más. Lavalle insiste en desbaratar el meticuloso orden en el dominio de Blas y ese dato es suficiente.
—Lavalle es el mal —me dice Blas—. Un mal pequeño, un pobre muchacho que no sabe lo que hace. El mal es así.
La interrupción no lo distrajo. Al contrario, es como si le sirviera para recuperar eso que va a decir. 
La última escena —la tercera— del drama de Blas transcurrió una mañana de verano, en la calle. Era un sábado, o un domingo, Blas iba a hacer unas compras. Irene había muerto: se había despertado tarde, después de permanecer echada en la cama con los ojos abiertos media mañana, como muchas veces, y había caminado en camisón hasta la cocina, bamboleando la tela de algodón que le cubría el cuerpo pequeño por el pasillo. Liliana, su hermana, estaba ese día en la casa, había venido de Bigand a hacer unos trámites en Rosario y se quedó a dormir. Escuchó el golpe esponjoso de la cabeza de Irene estrellándose contra la puerta de la heladera desde el pequeño hall donde se había armado la cama y tenía sus cosas. Cuando llegó a la cocina Irene estaba tirada en el piso, casi en la misma posición en que se la veía en la cama, pero tenía los ojos cerrados y no respiraba. Eso dijo el médico: como si de repente hubiera decidido dejar de respirar. Esa había sido su muerte. Hacía ya como nueve meses. Entonces, ese domingo —o sábado— que Blas iba a hacer las compras, vio a aquella vieja que cruzaba la calle.
La vieja iba doblada como un gancho y se sostenía en un bastón, avanzaba con pasitos lentos y trabajosos y en la otra mano llevaba una bolsa cargada de verduras envueltas en diarios. Eso, lo doblada que iba la vieja, fue lo que le hizo pensar a Blas que estaba ante una visión: un cuerpo frágil y viejo resistía el peso infinito de un mundo que se desvanecía; un mundo de huesos y de carne, un mundo de movimientos pequeños pero que exigían un esfuerzo gigantesco. Observó las zapatillas que llevaba puestas, blancas y gastadas, pulidas a cepillo y jabón, con unas líneas amarillentas que dibujaban otra suela sobre la suela y trazaban sobre el blanco el atisbo de algo profundo.
La mujer caminaba hacia Blas por la calle llena de sol y envuelta en el aroma dulzón de la panadería que tenía a sus espaldas. Cuando se encontraron, en el cordón de la vereda, antes de cruzar la calle Falucho, la mujer torció la cabeza desde la punta del gran gancho que era su cuerpo, lo miró a los ojos y él contempló aquél brillo acuoso, enceguecido por el sol. Una visión que le llegó a su mente como una dentellada. La mirada de Irene estaba ahí, en la cara torcida, vieja y arrugada.
—Aquel hijo nuestro —escuchó Blas que le decía la mujer—, el que perdimos, nos espera en alguna parte. Yo estoy muy cansada para ir a buscarlo. ¿Vas a dejarlo ahí, esperando?
Algo así escuchó Blas, empalagado por el olor a pan fresco, con la vista flotando sobre el blanco sucio de las zapatillas de la vieja. Escuchó que Irene, en la figura de aquella mujer doblada, le decía eso. Era posible. Algo así ya había sucedido.
Las palabras de la vieja, que continuó su camino por la vereda, hablando sola, sumieron a Blas en una suerte de extranjería. La atmósfera del barrio no le era del todo ajena, pero se parecía a un paisaje contemplado tras el velo turbio de los años. Los paraísos jóvenes echaban una sombra raquítica, las veredas de baldosas partidas, las paredes amarillas y resquebrajadas de la panadería y los vecinos que se apuraban a pasarlo mientras lo miraban de costado, parado ahí, al borde la calle, todo pertenecía a un país remoto. Todo se le antojaba fantasmagórico, hecho de los jirones que habían sido las cosas en un origen, perpetuadas ahora como un espectro. El mundo no era eso, pero no había nada que lo reemplazara. El dolor que le provocó la muerte de Irene había sido desgarrador, pero había traído también, con sus puntazos devastadores, algo nuevo e inclasificable, algo con lo que sustituir el vacío espectral de la pérdida. En cambio esto, este esfumarse del mundo con las palabras de la vieja, era una cosa que Blas podía palpar. Y la cosa era nada, la misma nada descomunal y esponjosa que de repente absorbía toda su vida. Pero se quedaría parado, no iba a repetir más la farsa; que ese mundo fantochesco y fantasma siguiera con su parodia. Él no.
Cuando volvió a su casa se abandonó. En tres meses bajó a la mitad de su peso y a media cuadra podía olerse el hedor rancio y nauseabundo de la basura acumulada en la casa. Su cuerpo empezó a juntar mugre. Descubrió que las moscas lo seguían hasta que se olvidó de las moscas (sólo notó que ya no estaban cuando despertó en una cama del pabellón 9, bañado y con la lengua entumecida por la medicación). Los vecinos llamaron a los parientes, hicieron el trámite ante el juez y espiaron detrás de la ventana cuando vinieron a llevárselo para internarlo. Sólo tres o cuatro de los más convencidos, se pararon frente a la puerta, con los brazos en jarra y el gesto del rostro endurecido por las dudas.
—Fantasmas, fantasmas pequeños —me decía Blas en la cocina abandonada del pabellón, mirando sin ver a sus antiguos vecinos en la dirección en que había desaparecido Lavalle.

Esta última foto es de Leonardo Vincenti.

2
La segunda escena de la historia de Blas se desarrolló en la casa de calle Vélez Sársfield, una mediatarde de abril, el día después de la muerte de Irene, cuando ya los pocos parientes se habían ido o lo habían dejado solo por un rato. Blas cruzó de un lado a otro la casa, lentamente, con sigilo: algo dormía en las habitaciones vacías y no estaba seguro de querer despertarlo.
Abatido por el dolor, un agujero que le abismaba los sentidos, Blas notaba entonces que esa precaria existencia que había sobrellevado con Irene en la casa estaba cargada de lo que iba a ser, que no había percibido que las cosas que había en las habitaciones tenían un pasado porque las miraba empalagado aún por esa irradiación de un futuro que ya no sucedería. Entonces las cosas eran sólo pasado: emanaban algo denso, algo que ya había sido consumido. Hasta que el hallazgo de un pastillero de porcelana barata, con motivos chinescos en la tapa ovalada y cóncava, un objeto comprado con desgano en un bazar de calle San Luis hacía dos años atrás, un día que buscaban un género para cortinas, lo hizo llorar.
—El alma de mi esposa cabía en ese pastillerito —me dijo Blas aquél mediodía en el pabellón 9. 
Con los ojos mojados por el llanto y las manos llenas con ese pastillero barato, Blas llegó hasta la habitación donde Irene se había levantado por última vez hacía menos de 24 horas. La radiación del cielo celeste, a través de la ventana abierta, se desvanecía con las sombras de la tarde. En la cama había un hueco, pero acaso era el hueco que él mismo había dejado un rato antes. En el cenicero había un cono de cenizas del cigarrillo.
Apoyado en la ventana contempló algo allá afuera. Todo un mundo se extendía frente a la casa, pero Blas no sabía si había llegado alguna vez hasta allí, o si se había ido.

Finalizada la hora de la comida en la colonia una ligera calma desciende en el ambiente, como una bruma hecha de silencio, de movimientos lentos. Hasta los pacientes más esquivos, los que roban la comida que les fue preparada para comer a la mesa del comedor, se suman a esa quietud pasajera. Entonces, es acaso esa tranquilidad repentina, en la que el hospital parece recuperar su lejanía y su aislamiento, la que vuelve más luminoso el día y lo carga de una expectativa que entrega al aire cargado una nueva inquietud.
Un paciente se había sentado contra la pared de la antigua cocina, sobre las baldosas, y miraba ausente el cerco del tendedero de ropa, allá adelante. Blas quiso saber quién era, se asomó por la abertura de la puerta y el sol le mojó los penachos blanquecinos mientras sacaba la cabeza.
—¿No va a ir a almorzar, Blas?
—Me guardan la comida —dijo—. Además, este es mi horario de trabajo —y señaló con las dos manos el cuarto vacío y gélido en el que habíamos estado charlando más de dos horas.
—¿Usted barre este lugar, Blas?
—Tengo la escoba ahí abajo —la puerta de madera roída que daba al sótano—. Ahí está todo: lo que queda de la vajilla, los cubiertos, las ollas, hasta los delantales de los cocineros, hay incluso varios de esos ceniceros de Good Year, aquellos que eran como un neumático pequeño... Lo haría pasar, pero tenemos que quedarnos acá hasta que termine el horario de servicio.
—Está bien así, Blas. Podemos verlo otro día, en otro horario.
—Sí, claro.
—Pero usted descubrió algo más aquél día, en la casa de calle Vélez Sársfield, ¿no? —dije.
Blas había permanecido de pie en la pieza que había compartido con Irene hasta que se hizo de noche. Prendió la luz y la luz de la lamparita que pendía de un cable embutido en el techo le quemó los ojos. Con las manos apretadas contra el pastillero de porcelana, Blas miró la revista de Corín Tellado a la que su esposa se había aferrado durante los últimos meses. Miró de nuevo el cilindro de ceniza y los restos de un cigarrillo que espolvoreaban la superficie de madera laminada de la mesita de luz. Se vio en el espejo del ropero: un hombre triste con los ojos mojados. Fue a apoyarse contra el marco de la ventana y observó el resplandor escarlata de las luces de la ciudad que manchaban un torrente de nubes. Recordó que había sido otro y que ese otro había mirado ese mismo fulgor en el cielo. Ahora era un hombre abatido que apoyaba la nariz contra el vidrio de la ventana de la pieza de la casa donde había muerto su esposa. Y se retiraba y despegaba la vista del cielo y miraba, tras la mancha vaporosa que había dejado la ñata, su rostro reflejado en el cristal, y se descubría contemplando a los ojos al fantasma triste que Irene había sorprendido poco más de un año atrás.
—Fantasmas, fantasmas pequeños —dijo Blas.  


En el Taller de Escritura, circa 2001. Foto de Leonardo Vincenti.