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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 16 de julio de 2026

hebe uhart en paysandú

La crónica se publicó en Viajera crónica (Adriana Hidalgo), cuya primera edición es de 2014, aunque el copyright de Hebe es de 2011. Sospecho que registra un viaje anterior a 2007, que es el año de la muerte de Aníbal Sampayo, que en el relato figura con vida. Ignoro la suerte de otros personajes que mi madre mencionó alguna vez, como Héctor Pintos Tognola, que según El Telégrafo, murió en 2015.

Visita a Paysandú

por Hebe Uhart

En el lugar de Paytodo


En la ciudad sanducera todo se llama Pay. Son Paycueros, Paylana, Pay Pan, Payescudo, Paycolor (casa de artículos de fotografía), Pay Candó (hoy isla de la Caridad) y, finalmente, Paysandú: se cree que este nombre viene del padre Sandú, fundador y factotum de los comienzos. Este padre trajo al lugar varios indios de las misiones jesuíticas, trataba de que no fueran nómades y de emprolijar sus costumbres; entre ellos, trajo consigo al indio Carué, afamado violinista que tenía los párpados caídos y, para poder leer la música, se los levantaba con una vincha. De tan lejos viene la vocación musical de los sanduceros. 

En 1749, aparece por primera vez el nombre de Paysandú, en un mapa de las misiones. Se transportaba ganado a Santa Fe, la travesía duraba ocho meses. Todo era de cuero: arreos, sombreros, toldos, tiendas; en 1780, ya era un importante centro para la producción, depósito y tráfico de cueros. Según el escritor Miguel Ángel Pías, en 1805, se fundó la parroquia de San Benito de Palermo, con puertas, sillas y otros elementos hechos en cuero. En 1812, todo el pueblo de Paysandú –unas quinientas cincuenta personas– sigue a Artigas en su campaña libertadora: sólo quedan dos indios viejos. Antes del sitio de 1865, Paysandú se convierte en plaza fuerte y después del sitio, alrededor de 1870, prospera rápidamente. En 1871, el primer saladero ocupaba tres mil habitantes; la carne se exportaba en barriles. Casa Blanca, saladero cercano a la ciudad, tenía buen camino al centro, embarcaciones propias y puerto propio. Se comerciaba activamente con Concepción del Uruguay.

En 1890, se establecen asociaciones culturales de todo tipo. El actual diario El Telégrafo data de 1910. Por esa fecha, había en el río cientos de buques con banderas de todos los colores que transportaban madera, hierro, maquinaria, tabaco, sal; se cuenta que había hasta doce veleros haciendo cola para entrar. Los molinos harineros eran los más importantes de la región y, debido a su lejanía con Montevideo, se desarrollaron industrias variadas: fábricas de fideos, de mosaicos, de hielo, de plaguicidas y de calzados. En la propaganda de la época, aparece una fábrica de zapatillas El Rebenque. Ya, en 1852, había siete herrerías artísticas. Entre 1940 y 1950, Paysandú va a la cabeza de las ciudades del litoral, en cuanto a producción industrial y consumo de la mayoría de sus habitantes.

El pasado y el presente

Antes, los troperos se enfrentaban a tigres y jaguares, y la gente de la ciudad se acercaba al puerto para ver el barco María Madre, que estuvo varado unos cuarenta años a raíz de un litigio. Algo de ese pasado campestre e ingenuo se deja ver en algunas personas que circulan por el shopping: los hombres caminan haciendo avanzar los brazos como remos y algunas mujeres tienen esa piel rosada y saludable, aunque un poco sufrida, propia de la gente de campo.

Hay también dos formas de nombrar los lugares: la popular y la culta. El estilo culto es ambicioso y complejo. En la propaganda de un producto medicinal de 1930, se lee: “Como todos, iniciamos nuestra ascensión desde el llano y llegamos a la cumbre por el esfuerzo y la honestidad”. El Museo Histórico tiene una inscripción que reza “Casa del Espíritu de Paysandú” y debajo, “La casa que impulsa toda acción que tienda a la pública felicidad”. Lo que popularmente es conocido como cementerio viejo se llama “Cementerio a Perpetuidad”. La isla próxima, llamada Pay Candó por los indios y por la gente “la isla de enfrente”, se llamó después “la isla de la Caridad”, donde se refugiaron muchos pobladores corridos por el sitio y Urquiza les mandó carne. Pías dice: “La isla de la Caridad, aunque argentina, vive en el corazón de los sanduceros”.

La feria que está junto a la terminal es llamada Feria Franca o Feria de los Bagayos. Venden, en una vereda con sol a pleno, ropa, comida, afiches de Rodrigo, todo con música de “Qué suerte, qué suerte, qué suerte que esta noche voy a verte”.

En una casa ubicada en el centro, hay una placa: “Comité Pro Puente Paysandú-Colón. En este lugar, se soñó y se forjó esta magna obra internacional”. Y, a pocos metros, el anuncio de una pollería (hay muchas): “Cuidado, salen pollos”. Con motivo de cumplirse los veinticinco años de la existencia de una farmacia, los dueños se dirigen a su público: “Gracias, muchas gracias a nuestros clientes, que con su colaboración han posibilitado la permanencia de esta empresa. Nuevamente, muchas gracias”.

En la calle Brasil, está la discoteca Zeus, con paredes pintadas de azul y, al frente, dos enormes cabezas; una de ellas tiene un ojo lleno de objetos electrónicos, cables, lucecitas, resortes y un pequeño televisor enchufado a esos cables. Cerca, una pared con una leyenda: “Día Nacional sin accidentes de tránsito”, la parca espera al automovilista del otro lado con una guadaña chorreando sangre en una mano y, en la otra, un cayado con penacho de calavera; detrás, vienen marchando huesos, cabezas y, como emergiendo del torbellino, una rueda arrancada. Un esqueleto agarra el volante que se soltó. Esta imaginería es muy distinta del bucólico espíritu que inspira una poesía de 1920:

Lavanderas del río

vienen y van

inquietas como las aguas

del Uruguay.

Más bien se acerca al violento mundo actual. El pastor Giménez tiene una sucursal de su culto en Paysandú; los llaman “los gritones” por sus ceremonias exaltadas. Sí, hubo un pasado de tranquilidad y progreso, y en él se refugian. Dicen: “Yo vivo en La Polar (zona donde hubo una gran fábrica de hielo)” o “Vivo en Casas Blancas (gran frigorífico otrora)”, o en Beccaría, que fue una enorme bodega y ahora es un sitio para escuchar jazz y buena música.

Como saliendo del pasado, haciendo trámites en el banco del shopping, están los rusos de la colonia San Javier: ellas, con pañuelo blanco en la cabeza y pollera hasta el suelo; los hombres, jóvenes y viejos, con barba y blusa de mujik. Hace unos cuarenta años que llegaron, fueron primero a Rusia, después a Canadá y recalaron en San Javier, no se mezclan con la población: tienen sus propios maestros. Los sanduceros no se muestran curiosos por su forma de vida o sus principios religiosos. No se sabe bien qué religión tienen. Un señor dijo:

–Ellos dicen que son de religión católica.

Así será.

Lápidas

El cementerio viejo, situado en un hermoso parque lleno de palmeras, funciona ahora como museo y como curiosidad arquitectónica. En una lápida se lee: “A los orientales caídos por la libertad, comandados por el general San Martín en San Lorenzo”. En otra: “El pueblo de Entre Ríos a los orientales caídos en Paysandú”. Varios monumentos están firmados por Juan del Vecchio, de Carrara, Italia. Se lee: “Inventó y ejecutó”.

Son de 1900, cuando se encargaba el mármol con escultor incluido. Por ejemplo, el monolito de los caídos en Quebracho tiene arriba un yelmo, palmas y una carga de obús; debajo, un león que lleva en sus garras un escudo con un sol, es un león con expresión humana: está pensativo y esculpido de modo tan realista en cuanto a las garras y a la piel que llama a tocarlo para comprobar si no es pelo de león teñido de gris. Una bóveda que corresponde a una joven dedicada a la música tiene una decoración de corcheas. Eusebio Francia está ubicado en lo alto de su mausoleo; está dentro de una especie de capilla, a unos veinte metros del suelo. Debajo tiene un séquito, en capas o pisos sucesivos: una madre con un rosario, una virgen con niño y unas especies de ángeles más arriba. Otra bóveda, aun más alta, tiene en la planta baja dos chicos y un ángel enorme que mira como haciéndose el interesante; en el primer piso, el difunto sentado y su mujer parada a un lado, como en las viejas fotografías; en la cúpula, un ángel barroco. Es curioso el estilo de estos mausoleos: una mezcla de ópera, relato e ilustración. Pero su altura revela mucha voluntad de perpetuidad.

Un poco de cultura

Paysandú ha sido denominada “capital del teatro del interior”. Según Omar Ostuni, actor y director de uno de los cuatro elencos teatrales que funcionan y dueño de la librería Macondo, hay poco apoyo de la municipalidad.

“Hemos querido llevar el teatro a los barrios, pero nos han dicho que prefieren llevar un destapador de cloacas, que es más urgente.” Añade: “Se ha hecho una bienal con conjuntos de todo el interior que, lamentablemente, no tuvo eco en la prensa capitalina”. Han establecido contactos con Concepción del Uruguay, Gualeguaychú y Santa Fe para intercambiar elencos.

Si bien en teatro hacen todo a pulmón y no tienen sponsors, en literatura tienen cierto respaldo. Marcelo Cavalheiro, de la fundación Logros, dice: “Se ha armado un programa de apoyo a la literatura que consiste en la publicación anual de los libros de escritores locales y en un ciclo de conferencias sobre escritores uruguayos que serán recopiladas para su difusión en la secundaria”.

La escritora María del Carmen Aquino es integrante de un taller literario desde hace ocho años y beneficiaria del subsidio de la fundación Logros para la publicación de su libro de poemas. Los escritores del taller van a las escuelas para leerles cuentos a los alumnos. Dice: “Pareciera que todo se está moviendo un poco”.

Pero no en la medida de los intentos. Alrededor de 1960, se hicieron jornadas culturales entre Concepción del Uruguay y Paysandú, pero no se pudieron mantener por trabas aduaneras. Se intentó crear una asociación de intercambio cultural entre las ciudades de ambas orillas del Uruguay, pero hubo trabas para la obtención de la personería jurídica. Hay también un coro polifónico municipal, único en la República con personal contratado por concurso y con sueldo. Ha actuado en diversos lugares de Argentina y su responsable es el profesor Héctor Pintos Tognola, fundador y director desde 1970.

La estrella musical de Paysandú es el folclorista Aníbal Sampayo, autor de “Río de los pájaros”, “La cantata a Artigas” y muchas otras obras. Estuvo preso nueve años durante la dictadura; allí compuso varias canciones. Recorrió el Paraguay de joven, aprendió a tocar el arpa, a conectarse con los animales y las plantas del lugar; observó que los hombres solitarios del monte hablaban con las aves. Aprendió también a hablar en guaraní: la municipalidad le publicó, recientemente, una pequeña enciclopedia con nombres guaraníes de lugares, animales y plantas, pensada para uso de las escuelas.

Es notable la vocación didáctica no sólo de Sampayo, sino de todos los artistas de Paysandú: quieren llevar el teatro a los barrios y la literatura a las escuelas, pero Sampayo llevó la galopa a... Australia. ¿Cómo hace para que un australiano entienda lo que es una galopa o el sapukái de un chamamé? Él lo cuenta: “Hay que contar con un buen intérprete. Primero muestro un mapa de América del Sur, y ubico Uruguay y Paysandú; llevo diapositivas de los animales, plantas y ríos. Mi música es muy onomatopéyica: remeda el canto de los pájaros, refleja la ondulación del agua. Para la galopa, la asocio con el ruido del galope de los caballos”. Sampayo vive seis meses en Paysandú y seis meses en Malmö, tercera ciudad de Suecia. “Soy golondrina”, dice. “Cuando empiezan a volar los patos, saco pasaje.”

Integración regional

¿Cómo es posible que existiendo ciudades a ambas orillas del Uruguay, un río que corre desde el Paraguay hasta el Río de la Plata, con una población aproximada de setecientos mil habitantes, existiendo puentes que las unen, no haya cuajado la integración comercial y cultural? El diario El Telégrafo, en un editorial del 12 de noviembre de 2000, lo explica de esta manera: “resistencia al cambio por parte de Argentina y Uruguay”.

Recientemente, una barcaza de azúcar que venía para ser refinada de Brasil a un ingenio local fue detenida quince días en Paraguay para verificar la legalidad del envío, trámite que se solucionaba con un fax o con intercambio de mails. Según Clifton Kroeber, autor de La navegación de los ríos en la historia argentina, hasta 1860, el año en que terminaron las guerras civiles en ambos países, no se encaró una política de puertos y las rentas de las aduanas pasaban a financiar las guerras o cualquier otro tipo de gasto. Sin embargo, alrededor de 1830, se crea Concordia, y Paysandú, que era una aldea, crece a pasos agigantados, y la misma ubicación de las ciudades, una frente a otra, habla de un comercio activo.

El señor Néstor Martínez, dueño del hotel Plaza, lo explica de este modo: las rupturas institucionales en los países producen demoras y anulación de los proyectos de integración. “Se habla mucho de integración, pero cada vez el comercio está más centralizado, la burocracia pone trabas a las iniciativas industriales. No pude poner una fábrica de reciclaje de plástico; cuando sacaron el vapor de la carrera, quise poner un barco como hotel flotante: hubo trabas. Acá se importan duraznos del Líbano y se dejó de fabricar azúcar de remolacha. Se está hablando de cerrar la Conaprole.” Y añade: “Empecé a escribir la historia de mi vida titulada El precio de la honestidad. Fui edil y me jubilé con mil novecientos pesos”. El señor Martínez se pone rojo: no sólo por el monto de la jubilación, sino por el fracaso de un proyecto de integración regional a todo nivel, el Mercado Integral Fronterizo, que data de 1964: abarcaba Artigas, Salto, Paysandú y sus vecinas argentinas. “Las delegaciones se reunieron en Paysandú... pero cambiaron los gobiernos de Argentina y Paraguay.” Según el ingeniero Jorge Dighiero, que en el 98 encabezó el Fondo de Estudios de Preinversión para mejorar el puerto, se demora el proyecto por el capricho de un funcionario. Sostiene que no es excluyente el sistema de transporte por tierra en relación con la vía fluvial. Ahora la integración regional interesa a Montevideo, pero el puerto de Paysandú debe tener un calado mínimo de veintitrés pies; la estructura portuaria de Paysandú y Fray Bentos sería compatible con Montevideo, y así sería eficiente la red fluvio-carretera en el país. Añade que el dragado del río se paró por intereses de los transportistas terrestres, eso contribuyó a la decadencia de Paysandú. Pero dice: “Existen cargas como para lograr la reactivación del puerto”.

Historias

La plaza tiene varios tesoros: en el centro, el monumento a Leandro Gómez, héroe del sitio de Paysandú; la catedral con la campana que donó Rivera y el órgano, un Gamba y Comoglio restaurado por los alemanes en 1997, quienes enviaron técnicos y ciento cincuenta mil dólares para ese trabajo; la población local puso cincuenta mil dólares y creó una comisión ad hoc. Constantemente se realizaban conciertos con participación de ejecutantes extranjeros. La sonoridad del órgano es extraordinaria.

La catedral, primero como humilde capilla y después como el importante templo que es ahora, fue testigo de los tres sitios de la ciudad. Cuando sus torres llegaban hasta la mitad de su altura, sucedió el tercer y más terrible sitio: allí se puso la iglesia como trinchera. El sitio de Paysandú sucedió así: las fuerzas conjuntas de Venancio Flores y el comandante brasileño Tamandaré sitian la ciudad y Leandro Gómez se resiste. Finalmente, es tomado prisionero con su gente y el brasileño dice al oficial Goyo Suárez:

–Sáqueme estos prisioneros, no quiero verlos. Haga lo que debe.

Ante esta orden, aparentemente ambigua, Suárez los mata; posteriormente, es recriminado por sus superiores, ya que los mató sin juicio previo. Suárez alega que la gente de Leandro Gómez ha matado a los suyos. Siendo así, hacen la vista gorda. Un cronista del diario entrerriano El Uruguay dice, en 1865: “He recorrido la ciudad; no hay pluma capaz de describir esto: la miseria es horrible, los aljibes están llenos de cadáveres”. Y, en la isla de la Caridad, donde estaban los refugiados, curaban las heridas con ajo.

Los horrores del sitio de Paysandú perduraron mucho tiempo en la mente de los habitantes de ambas orillas, cuando eran prácticamente uno solo y el mismo. El payador porteño Gabino Ezeiza, que recorrió toda Argentina y Uruguay, fue adoptado casi como compatriota por los sanduceros. Escribe:

Heroica Paysandú, yo te saludo

hermana de la patria en que nací...

En 1997, la municipalidad edita una antología de poemas-canciones; una de las poesías, “Inmolación” (en ritmo de vals), está dedicada a Leandro Gómez:

En Paysandú lo mataron,

despacio se fue doblando.

Más de un siglo ya pasó

y aún lo estamos llorando.

El parte del sitio de Paysandú informa: “Al señor ministro de Guerra: Elevo a usted la noticia de la toma de Paysandú por el Ejército, traídos de Venancio Flores, y por los abyectos siervos del infame”.

Si bien la estatua de Leandro Gómez está en el centro de la plaza, equidistante de la catedral y del McDonald’s, en una plazoleta que pasa casi inadvertida en una calle lateral y tiene detrás un cerco de maderas toscas, hay un monolito: “En este solar, fue fusilado el general Leandro Gómez, héroe de la defensa de Paysandú”.


 

desfiles

 

La foto me llegó a través del grupo de WhatsApp de la ex ENET Nº1 de San Nicolás, promoción 1982 el 9 de Julio pasado: el recuerdo de un desfile para esa fecha del año 1980.

Se ve a las alumnas de la escuela, con su estricto uniforme de entonces, marcando el paso en un desfile militar como el que practicábamos cada año en clases de Gimansia desde que ingresamos a la escuela. Desfilan por avenida Alberdi, entre Chacabuco y San Martín. Se ve todavía el cartel de "Retacería Alberdi", que extinguiría el menemato para dar lugar a una remisería que subsistió hasta hece unos años.

Sobre la derecha, un varón conduce la marcha: la fila de mujeres más próxima con "vista al frente" y, las restantes, vista derecha. 

Toda la vida civil estuvo envuelta en esos años de esa investidura militar hasta 1982, cuando las Fuerzas Armadas secuestraron conscriptos para llevárselos a las islas Malvinas a librar una guerra que un ejército formado en la represión civil sólo podían perder.

En 2007, cuando fui a cubrir el desfile de otro 9 de Julio frente al Monumento a la Bandera, en Rosario, en el que se conmemoraban 25 años del inicio de la Guerra de Malvinas, conocí a un excombatiente que me mostró una medalla –no recuerdo el nombre específico– y me dijo: "Debo ser de los pocos que poseen este trofeo, porque cuando nos entregaron estas medallas habíamos vuelto de las Islas y tuvimos que desfilar frente a los mandos, ya derrotados y agotados, y todos los soldados que desfilaron arrojaron las medallas a los pies de los militares, en señal de desprecio a su cobardía y su mal desempeño". Fue ese mismo veterano el que me señaló uno de los carromatos de cocina que estaba apostado en una de las esquinas de avenida Belgrano, en el que servían mate cocido para la concurrencia y me hizo notar que la cocina de campaña estaba alimentada a leña. "Ésas cocinas enviaron a las islas" (unos carros con una chimenea que se acoplan a un vehículo y, en Rosario al menos, circulan a cargo de veteranos y suelen dar de comer a los pobres que están a la intemperie). Las cocinas o ranchos de campaña resultaron absolutamente inútiles en una isla que no tiene árboles ni leña disponible con facilidad.    

Tras hacernos marchar a paso militar durante seis años en la escuela secundaria, unas Fuerzas Armadas que sólo habían probado su valor secuestrano trabajadores, saqueando propiedades de argentinos y torturando mujeres embarazadas, enviaban a sus soldados a una guerra y les ofrecían como todo plan para alimentarse unas cocinas que sólo podían funcionar si podía encenderse la turba que cubre el suelo malvinense.

Y así crecimos, en la simulación de un orden irreal que se desplomó cuando el valor de una generación perdida se sobrepuso a toda esa ridiculez y sacó y exhibió un valor y una entereza que está en nuestra historia antes que en la parafernalia de los desfiles del 9 de Julio. 


martes, 30 de junio de 2026

un fantasma recorre europa


La mujer que saltó (7 vidas Ediciones, Rosario, 2026, 56 páginas) del santafesino Juanjo Conti, es el diario de un profesor de matemáticas.

Sus entradas no siempre son una fórmula, pero sí una formulación. Los hechos, y sólo los hechos, están formulados, no necesariamente narrados. La narración es eso que sucede mientras nuestro protagonista innominado está fuera del cuaderno.

De hecho, cuando el diarista anota que su esposa salta al abismo por encima de la baranda de la cúpula de la catedral de San Pablo, en Londres, sólo formula el hecho: ella saltó, pero él no la siguió. “Mi esposa saltó –escribe–. Estábamos de vacaciones, primera vez en Europa, dos años de casados, seis de novios, y saltó.”

El cuerpo destrozado, el alboroto, el trámite posterior, la cotidianeidad de ese viaje matrimonial a Europa es el abismo que abre el diarista y tendrá que cruzar el lector.

Nuestro diarista se queda en Europa e informa: “...quería un lugar donde tuviera que aprender un idioma nuevo. No quería siquiera escuchar palabras que habíamos compartido”. Tras esta sed de conocimiento que le trae el duelo nuestro narrador se radica en un pueblo alemán. Viaja en trenes. Antes que abandonarse, abandona ese que fue y no saltó tras su esposa.

De ella nos ofrece fragmentos de un retrato, La formulación del retrato: una acción con un cartel en una parada de ómnibus, la mención de un viaje a Mar del Plata. Nada que pueda explicar ni remotamente ese salto inesperado desde una cúpula. Éso forma parte de un idioma que ni siquiera puede ser formulado.

Incluso el escenario que comienza a habitar es una formulación apenas. Menciona la tumba de Lewis Carroll, un par de lugares, villorrios y combinaciones del ferrocarril alemán. Europa es un decorado mínimo, apenas un telón, en el que destaca la guarangada de un cuento de Geoffrey Chaucer que incluso tuvo su versión cinematográfica en 1972.

Pero la trunca historia de amor –como anotará el mismo profesor de matemáticas– deviene de repente una historia de fantasmas. Nuestro diarista recibe en algunas entradas una versión femenina de Kaspar Hauser, una mujer que habla español. Anota: “...nadie le entiende lo que dice, así que me vienen a buscar”.

Pero también esa escena es parte del escueto decorado, aunque ahora es una historia de fantasmas, la historia de un doppelgänger, separado de su misión de saltar tras su esposa suicida, nuestro diarista se encuentra con duplicaciones en sus viajes en tren, hasta que el viaje le ofrece un retorno a la escena inicial.

El infame lector que prefiera no adentrarse en este magnífico relato esquelético de apenas 56 páginas puede extasiarse en la ilustración del artista santafesino Germán Lavini en la portada. Un dibujo simétrico, ornamentado, cuya engañosa simetría se duplica en la base. La deriva fantástica de La mujer que saltó ya está formulada en ese dibujo meticuloso.


jueves, 25 de junio de 2026

blogs not dead

El Día de los Inocentes del año 2011, en una entrada bajo el título "downloads", que acaso no venga a cuento, anoté mi fascinación por un bloga que ya leía con fascinación y llevaba un epígrafe, de algún modo irónico, tomado de la tercera temporada de la maravillosa serie Fringe: "Why shape-shifting soldiers from another universe are stealing frozen heads?". Era una pregunta que un protagonista le hacía a otro y se refería a un hallazgo en el que descubrían un extraño tráfico necrológico: soldados que cambiaban de forma y provenían de un universo paralelo estaban robándose las cabezas que habían sido cercenadas y congeladas de personajes asesinados. Se trataba, desde luego, de una actualización del lema del blog –de los mejores nombres de blogs de los que tengo noticias– Golosina caníbal, que a su vez tomaba su nombre de una frase de Georges Bataille en la revista que dirigió a fines de los años 30 junto con Pierre Klossowski, Roger Caillois, entre otros, Acéphale (acéfalo: sin cabeza).

Desde entonces, hubo intercambios con Matías, administrador de Golosina Caníbal, a quien supuse en un momento editor de la editorial Interzona cuando entrados los 2000 comenzó a publicar y recuperar textos de Carlos Correas.

A principios de abril pasado Matías me contactó (primero a través del blog, luego creo que en Twitter y, finalmente, por whatsapp). Me contó que estaba en revista Bache (que había conocido en 2025 a partir de la nota de Alejandro Modarelli sobre el papa Francisco) y realizaba una serie de notas sobre blogs que aún seguían activos ("Blogs Not Dead", qu entonces tenía ya dos entregas, una al historietista Diego Parés y otra a Daniel Link –ahora hay una cuarta a Alejandro Agostinelli–).

Matías es Matías Raia, dice que su identidad pública no es otra que Golosina Caníbal, tal como lo conocemos en el blog –recupera texto fabulosos de la literatura argentina de los 60 o anterior; discusiones y artículos de vieja data que conocieron la digitalización gracias a su entrega y dedicación.

En la entrevista que me hizo le digo algo parecido, que se publica en el blog por agradecimiento lector, que no importa la llegada ni la difusión, sino dejar esa huella en el gran libro de la web (que no tiene nada que ver con las antiredes sociales, menos "antisociales" que anti red).

En estos días Pedro Yagüe le hizo una entrevista en su programa que vale la pena escuchar y es un aporte a la cultura del blog mucho más vasta de lo que podría expresar acá:

Gracias Matías.

lunes, 15 de junio de 2026

literatura de la región. manual de uso

El viernes pasado se realizó la primera de las jornadas de este año de La literatura de la región en la escuela, que se organiza desde la EMR y con el apoyo de AGLeR y los profesorados del Normal 1 y el Instituto Olga Cossettini

Fotografías de Mariana Manoni.

Unas 80 estudiantes se reunieron en el SUM del 4º piso de la Biblioteca Argentina, donde Delfina Stortini y Natalia Patalagoitía leyeron y enseñaron títulos publicados por la EMR y editoriales de Rosario, de los que seleccionaron textos muchas veces breves que muestran la ciudad como si se tratara de una civilización a descubrir. Desde la descripción de la Bajada Sargento Cabral que recoge la entrada de Wladimir Mikielievich incluída en el Diccionario Rosarino Ilustrado: “Es una calle de cinematógrafo impresionista, con su pronunciada caída, con su evasión a la línea de plomada de las otras calles que la rodean y limitan; una calle de puerto, que conoce el eco de las canciones marineras que se escapan de las paredes de sus bares, una calle de puerto por donde el viento llora una canción de mástiles detenidos”. Los intrigantes paisajes de palabras de 40 esquinas, la maravillosa entrada “Querencia” de Eugenia Arpesella en el Diccionario enciclopédico de las cosas que nos gustan, ó nanas y arrullos para niños publicadas por ediciones Mburucuyá, hasta narraciones contemporáneas que dan cuenta de figuras con las que ensayar un relato, como la prosopopeya de El lugar en el que estoy cayendo. (Sobre el asunto “diccionarios”, no quiero dejar pasar un comentario que hicieron Delfina y Natalia en el primero de los encuentros, en 2024, cuando observaron que sus alumnos, por lo general, no tenían trato con diccionarios, ya que el teléfono o la computadora reemplazaron su uso y, por lo tanto, el descubrimiento del diccionario De las cosas que nos gustan había resultado revelador por su organización alfabética de términos y su cruce transversal de conceptos y temáticas.)

80 estudiantes y ningún varón (bueno, un vetarano que llegó más tarde). Sentado detrás de la última fila observé a esas mujeres como si fueran mis alumnas de hace más de 20 años: la adolescencia inquieta, irremediable. Su aparente desinterés en lo que sucedía allá adelante, el cuchicheo mecánico y patológico de la edad. Y sin embargo, al final, cuando Delfina y Natalia pidieron que se juntaran en grupos y jugaran a explayarse sobre un término que eligiesen para un sonido de Rosario (del barrio, la calle, sus lugares frecuentes), las cosas que encontraron. En cada uno de esos hallazgos (“yerbazo”, entre los que me acuerdo) no sólo sonaba la pèrspicacia de las cosas familiares y cercanas, también el oído de aquello que había acontecido entre las docentes y la audiencia.

Las mujeres que van a encargarse de los niños de nuestros hijos estaban ahí, en el 4º piso de la Biblioteca Argentina, usando el desenfado de su adolescencia, pero también atentas a ese futuro incierto que las pondrá en el lugar incómodo de la clase, con otras criaturas acaso desamparadas, ascaso desenfadadas como ellas, nercesitados de algo que tal vez nadie va a entregarles salvo estos seres que ahora se ríen y vociferan mientras van al encuentro de un sonido que era parte fugaz de un paisaje del que ahora se apropian porque han dado con un nombre para llevárselo.

Qué maravillosa misión la docencia.

   

miércoles, 10 de junio de 2026

las políticas de autoflagelación

O, el desenlace neoliberal como pelotón de fusilamiento circular

En esta traducción se respetaron todos los hipervínculos del original en inglés y se incluyó alguna otra, así como aclaraciones a pie de página.


Adam Kotsko



Una de las mejores novelas de ciencia ficción que leí es Children of time (Herederos del tiempo) de Adrian Tchaikowsky. Narra la historia de un proyecto para terraformar otros planetas para que los habiten humanos, utilizando un virus genético para acelerar la evolución y crear nuevas especies inteligentes adaptadas al nuevo entorno. Sin embargo, antes de que el plan pueda ponerse en marcha, estalla una guerra civil en la Tierra y grupos radicales envían un virus informático para sabotear el programa de terraformación. En un planeta clave, el virus se libera entre arañas, que gradualmente adquieren inteligencia. La trama alterna entre el seguimiento de la evolución gradual de las arañas y su sociedad —imaginada con gran riqueza y maestría por Tchaikowsky— y las desventuras de una tripulación humana que intenta escapar de las ruinas de su planeta muchas generaciones después de la guerra civil. 

Lo disfruté tanto que lo leí de una sentada durante un largo vuelo, inclinándome periódicamente hacia mi estimado compañero para compartir las últimas novedades (por ejemplo, «¡Dios mío, han descubierto cómo hacer ordenadores con hormigas!»). Las secuelas han seguido un patrón similar con resultados decrecientes, pero continué leyendo en memoria de aquella magnífica primera experiencia. Por eso, sigo dándole vueltas a la estructura básica del universo ficticio de la serie, con su trayectoria a lo Star Trek hacia la autodestrucción seguida de la búsqueda de la salvación entre las estrellas. Cuando leí la primera entrega en 2019, un aspecto de la construcción del mundo que no terminaba de comprender era la idea de que la gente de la Tierra fuera tan pura y nihilistamente destructiva. El proyecto de terraformación era, sin duda, un logro científico y tecnológico asombroso. Nadie iba a obligar a nadie a vivir en los nuevos planetas. ¿Por qué alguien destruiría algo así, aparentemente por pura malicia?

Esa pregunta ya no me inquieta de la misma manera. En lugar de un escenario de ciencia ficción descabellado, es el tema recurrente de las noticias diarias. Desde el primer día, el proyecto de la administración Trump ha sido de pura destrucción. Instituciones y programas construidos durante generaciones han sido desmantelados con regocijo, mientras que la financiación gubernamental (y la limitada capacidad estatal que aún queda) se ha dirigido cada vez más exclusivamente hacia la violencia y la muerte. Pocas veces ha habido un líder político tan decidido a causar daño y más daño, y pocas veces ha habido un movimiento político tan orgulloso de declarar su adhesión al mal por el mal mismo. (Y si insistimos en encontrar un paralelismo directo con la novela de Tchaikowsky, podríamos señalar su destrucción deliberada de nuestra capacidad para abordar el cambio climático).

Esta tendencia hacia la autodestrucción deliberada es más grave en Estados Unidos, pero está lejos de limitarse a la Tierra de la Libertad. Quizás el mayor acto de autodestrucción deliberada en la historia política de la humanidad fue el Brexit y, sin embargo, a pesar de que la gran mayoría de la población lo reconoce como un terrible error, el arquitecto de la desastrosa política, Nigel Farage, parece casi seguro que llegará al poder en las próximas elecciones. En todo Occidente, la derecha radical –que literalmente no promete nada más que una vacía autoafirmación nacional a través de la victimización de los extranjeros y relaciones más estrechas con otros países que hacen lo mismo– está lista para asumir el poder en la próxima oportunidad.

Al parecer, la única causa política con energía o futuro es la que se caracteriza por un nihilismo sin complejos. Los progresistas y conservadores tradicionales carecen de rumbo y son reacios incluso a enunciar un objetivo o un deseo. En la práctica, no hacen prácticamente nada más que imponer austeridad y aplicar versiones suavizadas del intento de la derecha de perseguir a los inmigrantes y expandir las fuerzas represivas. En los pocos sectores donde un liderazgo de una izquierda más ruidosa ha podido tomar el poder, como la Nueva York de Mamdani, las opciones disponibles, independientemente de sus buenas intenciones, parecen ridículamente inadecuadas y, sin embargo, encuentran una oposición estridente. “Apoyo” la idea de que las tiendas de comestibles municipales luchen contra los desiertos alimentarios y mantengan los precios bajos, pero en serio, ¿eso es todo? ¿Nuestro país está cayendo en el fascismo y lo mejor que puede hacer la izquierda política es un par de tiendas de comestibles?

En semanas recientes, una de mis publicaciones en Substack Notes –un sitio que juré que usaría lo menos posible para no volver a mi adicción a Twitter– desafortunadamente alcanzó la velocidad de un bólido. El texto dice lo siguiente: "Una cosa que me ha demostrado el auge de la IA es que hay muchas personas que nunca han pensado seriamente en la cuestión de por qué hacemos algo". Me refiero, por supuesto, a la manía de subcontratar la mayoría de las actividades humanas: la comprensión intelectual, la creatividad artística e incluso la formación de relaciones interpersonales. El hecho de que alguien dependa en gran medida de un chatbot para ayudarlo a coquetear con una pareja potencial es más que patético o vergonzoso, representa una total incapacidad para comprender de qué se tratan el coqueteo o las relaciones. En cuanto a las personas que tienen un novio o una novia con IA, me inunda una mezcla de lástima y asco, con predominio de la última opción.

Escribí sobre estos asuntos muchas veces. Por ejemplo, la tendencia a “ahorrar tiempo” de maneras que demuestren que, en primer lugar, no se sabe para qué sirve el tiempo, o el “comportamiento de perdedor” que apunta a obtener algún crédito abstracto por logros morales o intelectuales sin comprender lo que realmente significan esos logros. El auge de los chatbots no causó estas patologías, ni tampoco las redes sociales o los teléfonos inteligentes, aunque todos esos avances tecnológicos exponen y aceleran estas tendencias de maneras especialmente claras.

Lo que estas patologías señalan, a mi parecer, es una profunda crisis de sentido. La gente no sabe para qué sirve la vida, para qué sirven ellos mismos. Los teléfonos inteligentes son adictivos porque nos aterra aburrirnos, tener que decidir qué hacer. Las redes sociales son seductoras porque nos dan una identidad legible (¡y un sistema de puntuación!). Los chatbots son atractivos precisamente porque la gente no los usa "como una herramienta", sino que delega su autonomía y capacidad de decisión en su autoridad aparentemente neutral.(1) Cuando se nos ofrece la oportunidad de ser un mero intermediario de un algoritmo opaco a cambio de una dosis constante de serotonina, la aprovechamos.

En resumen, la gente adora estas tecnologías porque no quiere ser un agente racional y responsable. Y, en cierto modo, esa es la tragedia de la humanidad. La mayor desgracia que jamás haya sufrido un primate fue la autoconciencia racional. Es en realidad algo que nadie pidió. La gente ha estado buscando maneras de borrarse a sí misma o delegar sus decisiones desde que existen los seres humanos. Pero a ese nivel de abstracción, poco se puede decir sobre nuestra situación particular. Se supone que los humanos «siempre han sido así», pero eso no explica por qué nuestro odio hacia nuestra propia humanidad adopta esta forma en este momento.

En un ensayo reciente publicado en el blog Sidecar de la New Left Review, Lorna Finlay escribe sobre el declive inexorable de la universidad británica. Si bien reconoce que no hubo una época dorada en la que la universidad estuviera a la altura de su potencial (y mucho menos de su propia fama), sí señala que en épocas anteriores existía una mayor apertura a la investigación y la docencia, más espacio para la experimentación e incluso el fracaso. Ahora todo eso se ha desvanecido, ya que todo se subordina a una implacable búsqueda de maximizar las métricas y los resultados. En este sentido, la universidad forma parte de una tendencia mucho más amplia, que ella caracteriza de la siguiente manera:


«quienes detentan el poder en la sociedad son profundamente intolerantes con cualquier espacio donde sean posibles las excepciones, donde algo pueda suceder. El afán por controlar y eliminar tales espacios se remonta a una larga historia de ataques contra la supuesta ineficiencia o la “ociosidad”, considerada esta última no solo como un vicio en sí misma, sino también como peligrosa porque crea las condiciones para que otros vicios (en particular, el comportamiento subversivo o insubordinado) se desarrollen. Esta historia abarca desde los esfuerzos victorianos por sacar a los niños de las calles y escolarizarlos, hasta los ataques de Thatcher contra los desempleados y un sector público supuestamente ineficiente y “derrochador”. Es como si existiera una determinación de eliminar cualquier resquicio de aire donde sea posible respirar.»


Todos estamos atrapados en la rueda de la evaluación y la competencia constantes, porque si tuviéramos un momento de descanso, algo podría suceder, y a ojos de los que detentan el poder, ese “algo” solo podría ser negativo. En cierto modo, es la vieja estrategia de “divide y vencerás” llevada al extremo, induciéndonos a competir sin cesar entre nosotros para que ni siquiera podamos concebir la posibilidad de unirnos para oponernos a quienes dirigen la competencia. Pero, más fundamentalmente, es un ataque a la idea misma de autonomía humana, un intento de sofocar de antemano cualquier afirmación independiente de capacidad de decisión, cualquier planteamiento de un objetivo imprevisto.

La tragedia es que esta estrategia realmente funciona. Han exprimido la vida de muchas personas, quizás incluso de la mayoría. Estamos tan agotados que, de hecho, dedicamos nuestro tiempo libre a una versión gamificada (gamer?) del sistema de evaluación, con la particularidad de que podemos "calificarnos" unos a otros. Cada vez más, cuando buscamos información o consejo, recurrimos a la voz impersonal de las "mejores prácticas", destilada en una mezcla de plagio y sin sentido que proviene de todos los usuarios de internet. Steven Poole argumentó que los videojuegos están estructurados como el lugar de trabajo, y esto es aún más cierto en el caso de los juegos de estatus en los que pasamos cada minuto libre navegando por la red.

Al jugar a estos juegos, hacemos el trabajo de los oligarcas, dividiéndonos activamente y evitando cualquier pensamiento inesperado. Este enfermizo pasatiempo ha sido un desastre para la sociedad, pero sobre todo para la izquierda política, convirtiéndonos en personas desagradables y repulsivas. Las mismas convicciones que deberían construir solidaridad y generar cambios se convierten en alimento para un juego de estatus mezquino, en el que sólo uno puede estar equivocado.

Todas estas métricas, toda esta competencia inútil e interminable, provienen de la búsqueda por recrear la sociedad según el modelo de mercado. Es decir, sí, todavía vivimos la secuela del neoliberalismo. La imposición del mercado como autoridad suprema sobre la vida en la Tierra fue el equivalente al virus vengativo contra la terraformación de la novela Herederos del tiempo. Los teóricos neoliberales fueron muy claros al respecto: la razón para convertir el mercado en el centro de la sociedad era asegurar que nunca pudiera existir la capacidad de acción o el control humano. El beneficio de los resultados del mercado no reside en que sean más eficientes, sirvan al bien común o cualquier otra propaganda que se pueda derivar del libertarianismo de salón (el neoliberalismo de los necios). El beneficio de los resultados del mercado reside en su impersonalidad, en su inhumanidad. No son responsabilidad de ningún individuo, lo que significa que ningún individuo puede ejercer su influencia sobre ellos.

No temían la planificación centralizada comunista porque fuera inviable, ineficiente o injusta; temían que funcionara. Les aterraba la idea de que los seres humanos tomaran el control de sus vidas y sustento, y gradualmente construyeron una coraza alrededor de cada gobierno e institución del planeta para asegurarse de que eso jamás sucediera. Fue un proceso lento y gradual, pero su resultado fue equivalente a lanzar una bomba sobre la autonomía humana.

Observo esta búsqueda destructiva y obscena, pero también la entiendo desde un punto de vista humano. Como seres humanos, odiamos la capacidad de decisión y la responsabilidad, especialmente la ajena. Odiamos la idea de que alguien más pueda tomar una decisión que nos ate a ella casi tanto como la idea de que nuestra decisión pueda dar a alguien más el derecho a quejarse de nosotros. Llevamos buscando mecanismos de toma de decisiones impersonales y "objetivos" desde que vivimos juntos en grandes asentamientos, y llevamos mucho más tiempo inventando poderes trascendentales para controlarnos. Nada es más intolerable que la idea de que solo existimos nosotros, de que nuestros asuntos son inevitablemente colectivos, de que existen otras personas, de que existimos como agentes humanos responsables.

Y, sin embargo, bajo ninguna circunstancia hay que "darle crédito" a los títeres neoliberales del mundo. Por comprensible que fuera su objetivo —y por mucho que la gente lo deseara en cierto modo—, era imposible. No se puede "empellar" a la gente por toda la pendeniente. La capacidad de decisión humana es inextirpable e impredecible, lo que significa que el alivio de no tener que tomar decisiones responsables siempre corre el riesgo de verse eclipsado por el resentimiento de ser controlados y manipulados.

Inevitablemente, la gente va a ejercer su capacidad de decisión, incluida la colectiva, de algún modo. El problema al que nos enfrentamos ahora es que el neoliberalismo ha creado una situación en la que esas afirmaciones solo pueden ser destructivas, incluso autodestructivas. En el referéndum del Brexit, por ejemplo, la única forma de ejercer la capacidad de decisión o el control, de reivindicar la soberanía, fue realizar una acción sumamente contraproducente: cortar el comercio, alienar a los aliados, empobrecer a las futuras generaciones y privarlas de innumerables oportunidades. En muchos casos, la única forma de ejercer control es perjudicando a otros, sobre todo expulsando o excluyendo a los inmigrantes.

La posibilidad de hacer directamente algo positivo está radicalmente ausente de la agenda —¡con la notable excepción de esos supermercados de Mamdani! Esto ocurre incluso cuando los líderes afirman querer reconstruir la industria. Trump cree que está revolucionando el mercado mundial neoliberal, y en cierto modo lo está haciendo. Pero opera casi exclusivamente mediante incentivos fiscales (aunque en su mayoría incentivos negativos para evitar las importaciones extranjeras). ¡El hijo de puta alienta la reactivación de la industria manufacturera estadounidense! E incluso el autoproclamado rey del mundo claramente le otorga al Standard & Poor 500* derecho de veto sobre sus planes cuando las cosas se ponen difíciles.

¿De qué se trata todo esto? No es un argumento estructurado, ya me doy cuenta, tampoco matizado. Pero creo que estos temas van juntos: la omnipresente sensación de falta de sentido, desesperanza e incluso nihilismo en la sociedad surge del hecho de que, durante toda nuestra vida, nos hemos visto obligados a externalizar nuestra humanidad al mecanismo impersonal del mercado. Ha calado tan hondo en nuestra identidad que simulamos nuestro proceso de evaluación de desempeño en nuestro tiempo libre, por diversión. Ese régimen ha "bloqueado" de tal modo nuestras opciones colectivas que la única manera de afirmarnos, de sentir que tenemos el control, es haciendo daño. Y cuanto más daño hagamos, más lo sentiremos como la única opción.

¡Examiná tu interior, lector! ¿Te imaginás a un régimen demócrata llegando al poder en 2028 y legislando en serio? ¿Los visualizás reconstruyendo lo que Trump ha destruido y, menos todavía, construyendo algo nuevo? ¿Te importa siquiera que lo intenten? En el fondo, ¿te importa algo más que la perspectiva de hacer sufrir a Trump y sus cómplices? No niego que se lo merezcan. No niego que sería mejor para el país si rompiéramos el ciclo de impunidad de la élite. Y no dudo que los demócratas dejarán de lado esa posibilidad en favor de una agenda legislativa vaga que, en nombre del juego limpio, permitirán que sus colegas republicanos del Senado arrojen a la trituradora.

Incluso para nosotros, entonces, la única esperanza real es el daño: un daño justificado, un daño necesario, un daño justo, pero daño al fin y al cabo. No todos lo ven así, por supuesto, y hay pocas probabilidades de convencer al 40% de los estadounidenses que prácticamente veneran a Trump como a un dios de que es uno de los individuos más malvados que jamás hayan existido. Por lo tanto, la diferencia entre nuestra búsqueda de justicia y la cruzada trumpiana de venganza pasaría desapercibida para muchos de nuestros conciudadanos. Pero todos, absolutamente todos, serían capaces de ver una diferencia más fundamental entre ambos bandos: ambos queremos vengarnos del otro y hacerlo sufrir, pero solo ellos lo consiguen.


(1) Me abstengo de usar el pronombre colectivo "nosotros" para referirme a los chatbots porque me niego rotundamente a tocarlos, y nunca lo he hecho, ni siquiera en broma, ni siquiera para ver lo malos que son.

* El S&P 500 (Standard & Poor‘s 500) es un índice bursátil que sigue el rendimiento de 500 de las mayores empresas que cotizan en bolsa en Estados Unidos. Representa aproximadamente el 80 % del valor total del mercado bursátil estadounidense.


martes, 9 de junio de 2026

audiolibros

Mi experiencia con la escucha de textos escritos se había limitado a la reproducción por audio de artículos guardados de internet en la maravillosa y finalizada Pocket. De los artículos guardados en la plataforma, que usaba de modo gratuito, escogía los tres que me permitía reproducir y una voz enutra los leís en el teléfono. Buscaba retener “argumentos”, captar el núcleo conceptual de esos textos. En todo caso la lectura me orientaba, después volvería sobre ellos si debía citarlos. Pero se trataba de “argumentos”, no menos importantes, desde ya, no de ficciones cuya trama está en la escritura, que es el modo de desciframiento que apliqué siempre a la lectura. Ésta, entre otras, es una de las razones por las que nunca me interesé por los audiolibros. (Podría incluir también el hecho de que los archivos de audiolibros no son los más frecuentes o fáciles de traficar entre los que se descargan vía torrent, que es uno de mis consumos habituales

Todo éso cambió de algún modo el sábado pasado cuando Pablo Racca y Nicolás Manzi presentaron, en su espacio dentro del Pasaje Pan, sus primeros audiolibros de editorial Casagrande, entre los que está Tres criaturas, el volumen de cuatro relatos que publicó Manzi en su editorial.


Después de un hermoso encuentro en el que se habló de todo, ese mediodía de sábado, volví en el 138/139 escuchando mis cuento en Spotify. Conmovido escuché algunas partes. Lo primero que despertó mi curiosidad fue escuchar la narración por una voz que no era la mía (tampoco la de Pablo, que tuvo que contratar a través de agencias lectores profesionales). De inmediato descubrí que la escritura de ficción, que he léido a hijos, sobrinos, alumnos —de acuerdo, se trataba de textos ajenos, sobre los que de alguna manera quedaba claro su argumento y su hijo—, puede darse a conocer oralmente, que era mi mayor incógnita. Tal vez me tocó un narrador-lector-actor de vez excepcional, en extremo atento a la puntuación y la ilación de la trama, pero dudo que se trate de eso. Y, sobre todas las cosas, esa lectura oral me permitió “escuchar” mis excesos en la escritura. Si alguien me hubiese leído de ese modo esos textos antes de que los entregara a la editorial hubiera cambiado muchas cosas.

En el sitio de Casagrande puede accederse a cada audilibro a través de un QR o haciendo clic en cada enlace. Como lo conocí ese mismo sábado, comencé a escuchar ahora “Osvaldo”, primer cuento de Praga de noche, de Javier Núñez. La voz del narrador es otra, su respiración es más pausada, entrecortada, no la urge la comprensión de eso que está en la trama y se hace voz y nos la va desgranando de a poco. Pero el cuento está ahí, imagino que fiel a lo que Núñez escribió. 

Temo no mostrarme lo suficientemente agradecido por ése trabajo que hizo Casagrande y Pablo Racca, que me honra, me conmueve y compromete mi gratitud.