Tomado de: La vida material, Plaza & Janés, Barcelona, 1988, traducción de Menene Gras Balaguer. Título original: La vie matereille, París, 1987.
por Marguerite Duras
La casa, se trata de la casa familiar, es para meter a los niños y a los hombres, para retenerlos en un lugar hecho para ellos, para contener su desvarío, distraerlos de este espíritu de aventura yde huida que les caracteriza desde el principio de los tiempos. Cuando se aborda esta cuestión, lo más difícil es alcanzar el material liso, sin asperezas, que es el pensamiento de la mujer acerca de esta empresa demente que representa una casa. La de la búsqueda de la contraseña común a niños y a hombres. El propio lugar de la utopía es la casa creada por la mujer, esta tentativa a la que ella no se resiste, a saber, interesar a los suyos no en la felicidad sino en su búsqueda, como si hasta el interés de la empresa girara alrededor de esta búsqueda, de modo que no fuera necesario rechazar decididamente la proposición desde el momento que era general: La mujer dice que es preciso desconfiar y a la vez comprender este interés singular por la felicidad. Cree que esto inducirá a los niños a buscar más tarde un estado dichoso de la vida. Esto es lo que quiere la mujer, la madre, hacer que su hijo se interese por la vida. La madre sabe que el interés por la felicidad de los demás es menos peligroso para el niño que la creencia en la felicidad para sí.
En Neauphle, solía cocinar a primera hora de la tarde. Esto ocurría cuando la gente no estaba allí, estaba trabajando o de paseo por los Estanques de Holanda, o durmiendo en las habitaciones. Entonces tenía para mí toda la planta baja de la casa y el parque. Era en estos momentos de mi vida, cuando veía claramente que los amaba y que quería su bien. El tipo de silencio que seguía a su partida lo tengo en la memoria. Entrar en este silencio era como entrar en el mar. Era a la vez una felicidad y un estado muy preciso de abandono a un pensamiento en devenir, era una manera de pensar o no pensar tal vez —no está lejos— y ya, de escribir.
Lentamente, con cuidado, para que esto dure aún, cocinaba para esta gente ausente a lo largo de aquellas tardes. Hacía una sopa para que la encontraran a punto en caso de que tuvieran mucha hambre. Sino había una sopa a punto, no había nada de nada. Sino había una cosa a punto, es que no había nada, es que no había nadie. Las provisiones solían estar allí, compradas por la mañana, de modo que sólo había que limpiar legumbres, poner la sopa a cocer y escribir. Nada más.
Durante mucho tiempo pensé en comprar una casa. Nunca imaginé que podría poseer una casa nueva. En Neauphle, la casa consistió, primero, en dos granjas construidas un poco antes de la Revolución. Debe tener un poco más de dos siglos. He pensado en ella a menudo. Estaba ahí. En el cruce de los bosques de Rambouillet y de Versalles. En 1958, me pertenecía. He pensado en ella hasta el dolor algunas noches. La veía habitada por estas mujeres. Me veía precedida por estas mujeres en estas mismas habitaciones, en los mismos crepúsculos. Hubo nueve generaciones de mujeres antes que yo entre estos muros, mucha gente, alrededor de los fuegos, niños, criados, vaqueras, toda la casa estaba alisada, frotada en los ángulos de las puertas, por el paso de los cuerpos, de los niños y de los perros.
Son cosas en las que las mujeres piensan mucho, durante años, y que constituyen el hecho de su pensamiento cuando los niños son pequeños: cómo evitarles el mal. Y esto, para no desembocar en nada casi siempre.
Hay mujeres que no lo consiguen, mujeres torpes con su casa, que la sobrecargan, que la abarrotan, que no operan sobre su cuerpo ninguna abertura hacia el exterior, que se engañan completamente y que no pueden hacer nada, que convierten la casa en inhabitable, lo que hace que los niños la abandonen cuando alcanzan los quince años, como la abandonamos nosotros. Huimos porque la única aventura ha sido prevista por la madre.
Hay muchas mujeres que no resuelven el desorden, el problema de la invasión de la casa por lo que se denomina el desorden en las familias. Estas mujeres saben que no consiguen superar las dificultades increíbles que representa el arreglo de una casa. Pero saberlo o no, poco importa. Estas mujeres transportan el desorden de una habitación a otra de la casa, lo desplazan o lo ocultan en sótanos o en piezas cerradas, o en baúles, armarios, y de ese modo crean en su propia casa lugares cerrados con candados, que ya no pueden abrir, ni siquiera delante de su familia, sin que parezcan indignas. Hay muchas que tienen buena voluntad e ingenuas, y que creen que el asunto del desorden se puede resolver aplazándolo para «más tarde», que ignoran que este momento que llaman «más tarde» no existe ni existirá nunca. Y que cuando llegue verdaderamente será demasiado tarde. Que el desorden, es decir, la acumulación de bienes, debe resolverse de una manera extremadamente penosa por la separación con los bienes. Creo que todas las mujeres sufren por esto, por no saber tirar y separarse. Hay familias que, cuando tienen una gran casa, lo guardan todo durante tres siglos, los niños, el señor Conde, Alcalde del pueblo, los trajes y los juguetes.
He tirado, y he lamentado. Siempre se lamenta haber tirado en cierto momento de la vida. Pero si no se tira, si uno no se separa, si se quiere guardar el tiempo, se puede pasar la vida ordenando y archivando la vida. Las mujeres guardan a menudo las facturas de electricidad y de gas durante veinte años, sin otra razón que la de archivar el tiempo, archivar sus méritos, el tiempo que han pasado y del que no queda nada.
Lo repito. Hay que repetirlo mucho. El trabajo de una mujer, desde que se levanta hasta que se acuesta, es tan duro como una jornada de guerra, peor que la jornada de trabajo de un hombre, porque ella debe inventar su empleo del tiempo conforme al de otras personas, personas de su familia y de aquellas de las instituciones exteriores.
En una mañana de cinco horas, hace el desayuno de los niños, los lava, los viste, limpia su casa, hace las camas, se asea, se viste, va a hacer la compra, cocina, pone la mesa, en veinte minutos hace comer a los niños, grita, los vuelve a llevar a la escuela, limpia los platos, lava la ropa y el resto, y el resto. Tal vez, hacia las tres y media, pueda leer un periódico durante media hora.
Una buena madre de familia, para los hombres, es cuando la mujer hace de esta discontinuidad de su tiempo una continuidad silenciosa e inaparente.
Esta continuidad silenciosa era recibida por lo demás como la vida misma y no como uno de sus atributos, por ejemplo el trabajo. Estamos aquí en el fondo de la mina.
Se puede decir que esta continuidad silenciosa existía de tal modo, y desde hace tanto tiempo, que terminaba por dejar de existir del todo para la gente que rodeaba a la mujer. Quiero decir que para los hombres, el trabajo de las mujeres les importaba tanto como, por ejemplo, unas nubes que dan la lluvia, O la lluvia misma que dan las nubes. Esta tarea se llevaba a cabo de un modo semejante a la de dormir cada día. Entonces, el hombre estaba contento, en su casa todo funcionaba. El hombre de la Edad Media, el hombre de la Revolución, y el hombre de 1986.
Me olvido decir una cosa que las mujeres deben meterse en la cabeza: no deben presumir, los hijos son como los padres. Éste trata a la mujer de la misma manera. Éste llora de la misma manera cuando ella muere. Éste también dice que nada la remplazará.
Antes era pues, así. Antes, me ponga del lado que me ponga, cualquiera que sea el siglo en la historia del mundo, veo a la mujer en una situación límite, insostenible, bailando sobre un hilo por encima de la muerte.
Ahora, sea cual sea el lado de mi tiempo hacia el que me gire, veo a la starlette de las oficinas mediadoras de turismo o bancarias, esta primera de la clase, mona e infatigable, al corriente de todo de la misma manera, bailando, sobre un hilo por encima de la muerte.
Luego, ya veis, escribo para nada. Escribo como hay que escribir, me parece. Escribo para nada. Ni siquiera escribo para las mujeres. Escribo sobre las mujeres para escribir sobre mí, sobre mí sola a través de los siglos.
He leído Un cuarto propio, de Virginia Woolf, y La Bruja, de Michelet.
Ya no tengo ninguna biblioteca. Me he deshecho de ella, de toda idea de biblioteca también. Se ha terminado. Estos dos libros, es como hubiera abierto mi propio cuerpo y mi cabeza, y leyera el relato de mi vida en la Edad Media, en los bosques, en las fábricas del siglo XIX. No he encontrado ni a un solo hombre que haya leído a la Woolf. Estamos separados, como dice ella en sus novelas, M.D.
La casa interior, la casa material.
La primera escuela fue mi propia madre. Cómo organizaba sus casas. Cómo las limpiaba. Es ella la que me enseñó la limpieza, la ingénita, enfermiza, supersticiosa en 1915, en Indochina, de una madre de tres niños pequeños.
Lo que quería esta madre, mi madre, era asegurarnos a nosotros, sus hijos, que ningún momento de nuestra vida, pasara lo que pasara, los acontecimientos más graves, por ejemplo la guerra, nos cogiera desprevenidos. Desde el momento en que teníamos una casa y nuestra madre, nunca nos veríamos abandonados, ni arrastrados por la tormenta, ni cogidos de improviso. Podían llegar guerras, aislamientos debidos a inundaciones, a la sequedad, para nosotros siempre habría habido una casa, una madre, algo de beber y de comer. Creo que hasta el final de su vida, hizo confituras para la tercera guerra que iba a venir. Acumuló azúcar y «pasta». Se trata de una aritmética pesimista que procede de un pesimismo de base, que he heredado totalmente.
Con el episodio de los Diques, mi madre había sido robada y había sido abandonada por todos.
Nos había criado sin ninguna ayuda. Nos había explicado que había sido robada y abandonada, porque nuestro padre había muerto y ella se había quedado indefensa. Había una cosa de la que ella estaba segura, y era que todos estábamos abandonados.
Experimento este gusto profundo de llevar la casa. He experimentado este gusto toda mi vida. Y todavía me queda algo de él. Todavía ahora, necesito saber lo que hay de comer en los armarios, si hay todo lo que hace falta, en todo momento, para durar, vivir, sobrevivir. También yo busco aún la autarquía del barco, del viaje de la vida, para las personas que quiero y para mi hijo.
A menudo pienso en las casas de mi madre, en todas las funciones que realizaba, a siete horas de pista del primer puesto blanco, del primer doctor.
Estaban llenas de alimentos y medicamentos, de granizo menudo, de jabón negro, de alumbre, ácidos, vinagres, quinina, desinfectantes, ametina, peptofer, pulmoserum, hepatrol y carbones.
Quiero decir que mi madre era más que mi madre, era como una institución. Los indígenas venían a verla también para que ella los cuidara. La casa va hasta allí, se extiende fuera también. Éste era el caso. Muy pronto en nuestra vida fuimos conscientes de esto, y por ello tuvimos para con mi madre un gran agradecimiento. Era todo a la vez, la madre, era la casa en torno a ella, y era ella en la casa.
Ella se extendía pues, más allá de sí misma, con las previsiones de los tiempos malos, de los años de condena. Mi madre había vivido dos guerras, es decir nueve años de guerra. Esperaba la tercera guerra. Creo que la esperó hasta su muerte, como quien espera la próxima estación. Ella sólo leía el periódico para esto, creo, para intentar leer entre líneas si la guerra se aproximaba. No me acuerdo que me haya dicho ni una sola vez que la guerra retrocedía.
En ocasiones, durante nuestra infancia, mi madre jugaba a enseñarnos la guerra. Cogía un bastón largo, casi como un fusil, se lo ponía en los hombros, y andaba, marcando el paso, delante nuestro, cantando Sambre et Meuse. Al final estallaba en sollozos. Y nosotros la consolábamos. Sí, a mi madre le gustaba la guerra de los hombres.
Creo que la madre, en todos los casos o casi, en el caso de todas las infancias, en el caso de todas las exigencias que han seguido a esta infancia, la madre representa la locura. Queda como la persona más extraña y más loca que uno haya encontrado jamás, nosotros, sus hijos. Muchas personas dicen, hablando de su madre: «Mi madre estaba loca, lo digo y lo creo. Loca.» En el recuerdo, se ríe mucho de las madres. Y es divertido.
En Neauphle-Le Chateau, mi casa de campo, había hecho una lista de productos que había que tener siempre en casa. Había casi veinticinco. Esta lista se guardó, sigue estando allí, porque fui yo quien la escribió. Sigue siendo exhaustiva.
Aquí en Troauville, es otra cosa, es un apartamento. Aquí no se me ocurriría hacerla. Pero en Neauphle siempre hubo provisiones. Ésta es la lista:
La lista sigue estando ahí, sobre la pared. No se ha añadido ningún otro producto a los que están ahí. Ninguno de los quinientos a seiscientos nuevos productos que han sido creados desde la confección de esta lista, en veinte años, ha sido adoptado.
El orden exterior, el orden interior de la casa. El orden exterior, es decir, el arreglo visible de la casa, y el orden interior que es el de las ideas, de los soportes sentimentales, de las eternidades de sentimientos de cara a los niños. Una casa tal como mi madre las concebía, era para nosotros, así. No pienso que lo hubiera hecho ni para un hombre ni para un amante. Es una actividad que ignoran completamente los hombres. Ellos pueden construir casas, pero no crearlas. En principio, los hombres, no hacen nada para los niños. Nada material. Los llevan al cine o de paseo. Es todo, creo. El niño les llega a los brazos cuando vuelven del trabajo, limpio, cambiado y a punto para ir a la cama. Feliz. Esto crea la diferencia abismal entre hombres y mujeres.
Creo, fundamentalmente, que la situación de la mujer, y lo digo de una manera incidental, no ha cambiado. La mujer se encarga de todo en la casa, incluso si se le ayuda a hacerlo, incluso si es mucho más experta, mucho más inteligente, mucho más audaz que antes, incluso si ahora tiene más confianza en sí misma. Incluso si escribe mucho más, la mujer, en relación al hombre, no ha cambiado.
Su aspiración esencial sigue siendo conservar la familia, mantenerla. Y si socialmente ha cambiado, todo lo que hace, lo hace además de esto, de este cambio. Pero, ¿ha cambiado el hombre? Casi nada.
Tal vez grita menos. Ahora también se calla antes.
Sí. No ve nada más que decir. Le da por estar silencioso. Por desembocar en el silencio y naturalmente. Por descansar del ruido de su propia voz.
La mujer es el hogar. Lo era. Sigue siéndolo. Se me puede hacer la siguiente pregunta: y cuando el hombre se acerca al hogar, ¿es que la mujer lo soporta? Yo digo sí. Sí, porque en este momento, el hombre forma parte de los niños.
Hay que socorrer las necesidades del hombre, como las de los hijos. Y para la mujer es igualmente un placer. El hombre se cree un héroe, siempre como el niño. Al hombre le gusta la guerra, la caza, la pesca, la moto, los coches, como al niño. Cuando duerme, se ve, y las mujeres aman a los hombres por esto. No hay que engañarnos al respecto. Se ama a los hombres inocentes y crueles, se ama a los cazadores, a los guerreros, se ama a los niños.
Esto continuó durante mucho tiempo. Desde que el niño era pequeño, iba a buscar los platos a la cocina, para traerlos a la mesa. Cuando se terminaba un plato, y se esperaba el otro, yo lo hacía sin pensarlo, feliz. Hay muchas mujeres que lo hacen.
Así, como yo. Lo hacen cuando los niños tienen menos de doce años, y luego continúan haciéndolo.
Las italianas por ejemplo, en Sicilia, se ve a mujeres de ochenta años sirviendo a niños de sesenta años.
He visto a mujeres de éstas en Sicilia.
La casa siempre es un poco, reconozcámoslo, como si se os diera un yate, un barco. La gerencia mobiliar, inmobiliar y humana, es un trabajo impresionante. Las mujeres que no son del todo mujeres, que son ligeras, que cometen faltas graves en su gerencia, son aquellas que no hacen las reparaciones en seguida. Yo consigo lo que quería, en las reparaciones de la casa. Me gustaría mucho entrar en todos los detalles, pero el lector tal vez no comprenda por qué. Por lo menos, esto es lo que he de decir. Las mujeres que esperan que haya tres enchufes rotos, que la aspiradora esté estropeada, que los grifos goteen para llamar al lampista, se equivocan. En general, son por lo demás mujeres dejadas, las que hacen esto, las que «dejan caer», mujeres que han pensado que el marido debía darse cuenta y deducir de ello que son desgraciadas por su causa. Estas mujeres no saben que los hombres no ven nada en una casa mantenida por ellas, puesto que es una cosa de todo el tiempo de su vida, que han visto durante todo el tiempo de su infancia con una mujer que era su madre. Ya ven que hay unos enchufes rotos, pero, ¿qué es lo que dicen? Dicen: «Toma, los enchufes están rotos», y es como si nada. Si la aspiradora está rota, no lo verán. No ven nada de esto. Lo mismo que los niños, nada. Así que el comportamiento de la mujer es impenetrable para el hombre. Si la mujer deja de hacer una cosa, si se olvida, o si por ejemplo se venga, no comprando enchufes, los hombres no lo verán. Ose dirán que ella tiene sus razones para no ir a buscar los enchufes o no hacer reparar la aspiradora y que no sería delicado preguntar cuál es. Sin duda, temen encontrarse bruscamente ante su desesperación, que ésta los invada a su vez, y los derribe. Se os dice: los hombres ahora «colaboran». No se sabe muy bien lo que quiere decir. Los hombres intentan «colaborar» —en el atolladero material— esto seguro.
Pero yo no sé demasiado qué pensar al respecto.
Tengo un amigo que cocina y hace la limpieza de la casa. Su mujer no hace nada. Hacer la limpieza le asquea profundamente. La cocina, no sabe por dónde empezar. Entonces mi amigo educa a los niños, cocina, friega, va a la compra, hace las camas, todas las labores domésticas. Y además, hace un trabajo para mantener a su mujer y a los niños. Su mujer quería estar lejos del ruido y tener amantes cuando le complacía. Entonces, ella cogió una casita al lado de la casa donde vive el hombre con sus dos hijos. Es una cosa que él admite, para conservarla. Ella es la madre de sus hijos. Él lo acepta todo. Ya no sufre. ¿Qué decir de esto? Yo experimento una reacción de ligero asco ante un hombre tan servil.
Me dicen que los hombres suelen hacer las faenas más pesadas, y que se les encuentra junto a los estantes de utensilios, en los grandes almacenes. A esto no respondo, porque las faenas pesadas son un deporte para los hombres. Cortar árboles es, al salir de la oficina, un tipo de deporte, no es un trabajo. A un hombre de fuerza mediana y de tamaño ordinario, si se le dice lo que es preciso hacer, lo hace. Lavar los platos, lo hace, hacer las compras: lo hace.
Tiene esta tendencia desastrosa a creer que es un héroe cuando compra las patatas. Pero no importa.
Me dicen que exagero. Todo el tiempo me dicen: Usted exagera. ¿Usted cree que es la palabra? ¿Usted dice, idealización, que yo idealizaría a la mujer? Es posible. ¿Quién lo dice? No le hace ningún daño a la mujer que la idealicen.
Podéis pensar lo que queráis de lo que cuento aquí. Debo hablaros en un lenguaje ininteligible, puesto que os hablo del trabajo de la mujer. Lo principal es hablar de ella y de su casa y de lo que rodea a la mujer, de su gerencia del bien.
Un hombre y una mujer son, a pesar de todo, diferentes. La maternidad no es la paternidad. En la maternidad, la mujer deja el cuerpo a su hijo, a sus hijos, éstos se ponen encima suyo como sobre una colina, como en un jardín, se la comen, le dan golpecitos, se duermen encima y ella se deja devorar y a veces se duerme mientras están encima de su cuerpo. En la paternidad no se produce nada parecido.
Pero, tal vez la mujer mantiene en secreto su propia desesperación a lo largo de sus maternidades, de sus conyugalidades. Tal vez pierde su reino en la desesperación de cada día, y esto en el transcurso de toda su vida. Tal vez sus aspiraciones de juventud, su fuerza y su amor se alejan de ella justamente a causa de las llagas hechas y recibidas en la más pura legalidad. Tal vez es así. Tal vez el martirio es condición de la mujer. Tal vez la mujer completamente floreciente en la demostración de su saber hacer, de su deportividad, de su cocina y de su virtud, es para tirarla por las ventanas.
Hay mujeres que tiran. Yo tiro mucho.
Durante quince años, he estado tirando mis manuscritos tan pronto como el libro se publicaba. Si busco el porqué, creo que era para borrar el crimen, desvalorizarlo a mis propios ojos, para «pasar mejor» en mi propio medio, para atenuar la incidencia de escribir cuando se era una mujer, de esto hace apenas cuarenta años. Guardaba restos de tejidos, restos de alimentos, pero no esto. Durante diez años he quemado mis manuscritos. Luego un día me dijeron: «Guárdalos para tu hijo más tarde, no se sabe nunca.»
Era en la chimenea de la sala de Neauphle donde esto ocurría. Se trataba de la destrucción capital, aquella por el fuego. ¿Supe pues tan pronto en mi vida que era una escritora? Sin duda. Me acuerdo de los días siguientes a aquellos días. El lugar se hacía claro, virginal. La casa se iluminaba, las mesas se volvían disponibles, lisas, libres, con todas las marcas borradas.
Antes, las mujeres guardaban mucho. Guardaban los juguetes de los niños, sus deberes, sus primeras redacciones. Guardaban las fotos de su juventud. Fotos oscuras, de tonos suaves, que las maravillaban. Guardaban sus trajes de jovencita, su traje de novia, el ramo de flores de azahar, pero ante todo, las fotografías. Las fotos de un mundo que sus hijos no habían conocido válidas para ellas solas.
La invasión de la casa por la marea de bienes materiales proviene también, y tal vez antes que nada, de las rebajas, archirrebajas, rebajas rebajadas que regularmente inundan París, en un ritual que sin duda alguna dura desde hace mucho tiempo. El blanco, las malas ventas del verano en otoño, las malas ventas del otoño en invierno, todas, cosas que las mujeres compran como si se drogaran, porque es barato y no porque lo necesiten, todas estas «locuras», a menudo son arrumbadas en cuanto llegan a casa. Ellas dicen: «No sé lo que me ha cogido...» Al igual que lo dirían de una noche pasada en el hotel con un desconocido.
En los siglos que han precedido, la mayoría de las mujeres tenían dos o tres justillos con faldas, un corpiño y dos enaguas; en invierno lo llevaban todo encima, y en verano esta ropa se guardaba en un hatillo de algodón sujeto por las cuatro esquinas, con esto iban a prestar sus servicios o a casarse. Ahora las mujeres deben tener doscientas cincuenta veces más vestidos que hace doscientos años. Pero la permanencia de la mujer en la casa sigue siendo de idéntica naturaleza. Se trata siempre de una existencia como escrita, ya descrita, incluso a sus propios ojos. De un papel en cierto modo, en el sentido habitual del término, pero que se desempeñaría inevitablemente y sin tener casi conciencia de ello: Así, en el teatro de la soledad profunda que es durante siglos el de su vida, de esta manera, la mujer viaja. Este viaje no tiene nada que ver ni con las guerras ni con la cruzada, se hace en la casa, el bosque, y en su cabeza acribillada de creencias, a menudo achacosa y enferma. En este caso es cuando se la promulga bruja, como lo sois vosotros, como lo soy yo, y la queman. Durante ciertos años, ciertos inviernos, ciertas horas de ciertos siglos, las mujeres se han ido con el paso del tiempo, la luz, los ruidos, la caza con hurón de los animales en las espesuras, los gritos de los pájaros. El hombre ni está al corriente de estas salidas de las mujeres. El hombre no puede estar al corriente de estas cosas.
El hombre está ocupado en un servicio, en un oficio, tiene una responsabilidad que no le abandona nunca, que hace que no sepa nada de las mujeres, nada de la libertad de las mujeres. El hombre deja de tener libertad muy temprano en la Historia. Durante mucho tiempo a lo largo de los siglos, los hombres que están cerca de las mujeres son mozos de labranza; suelen ser atrasados, burlones apaleados, impotentes. Están allí, entre las mujeres, para hacerles reír, y ellas les esconden, les salvan de la muerte. A ciertas horas de los días de estos siglos, unos pájaros solitarios gritaban en la noche clara antes de la desaparición de la luz. Ya, la noche caía de prisa o lenta, era según los días de la estación, según el estado del cielo o el de la pena horrible o ligera que uno tenía en el corazón.
Las chozas debían ser sólidas en el bosque contra los lobos, los hombres. Estamos en 1350, por ejemplo. Ella tiene veinte años, treinta años, cuarenta años, no más. No sobrepasa aún esta edad sino muy raramente. En las ciudades hay peste.
Ella tiene hambre siempre. Miedo. Es la soledad que emana alrededor de la forma famélica, que funda el reino. No es el hambre ni el miedo. Michelet no puede pensar en nosotros por lo delgados y raquíticos que estamos. Hacemos diez niños para quedarnos con uno. Nuestro marido está lejos.
¿Cuándo nos cansaremos de este bosque de nuestra desesperanza? ¿De este Siam? ¿Del hombre que prendía primero fuego a la pira?
Perdónennos por hablar tan a menudo de ello.
Estamos ahí. Ahí donde se hace nuestra historia. No en otra parte. No tenemos amantes salvo los del sueño. No tenemos deseos humanos. Sólo conocemos el rostro de los animales, la forma y la belleza de los bosques. Tenemos miedo de nosotros mismos. Tenemos frío en nuestro cuerpo. Estamos hechos de frío, de miedo, de deseo. Nos quemaban. Todavía se nos mata en Kuwait y en los campos de Arabia.
También hay casas demasiado bien hechas, que están demasiado bien pensadas, sin ningún incidente, pensadas de antemano por especialistas. Por incidente, entiendo lo imprevisible que resulta el uso de la casa. El comedor es grande, porque es allí donde se recibe a los invitados, pero la cocina es pequeña, cada vez más pequeña. Siempre se come allí, amontonados -cuando uno sale todos los demás deben levantarse- pero no se ha abandonado.
Querríamos desenseñar a la gente a comer en la cocina, y es allí donde se reúne, donde van todos cuando oscurece, es allí donde hay calor y donde uno se queda, con la madre que cocina, charlando. La antecocina, allí donde se hace la colada, la ropa blanca, ya no existe tampoco, y sin embargo es irremplazable, como las cocinas amplias, los patios.
Ahora, ya no podéis hacer el plano de vuestra casa, está mal visto, se os dice: «Estaba bien antes, ahora hay especialistas que lo hacen, y lo hacen mejor que vosotros.»
Experimento un profundo asco cuando veo cómo se desarrolla este tipo de solicitud. En general, las casas modernas carecen de estas estancias que constituyen las fases complementarias de las proposiciones principales que son la cocina, el dormitorio. Me refiero aquí a sitios donde colocar la despensa. Uno se pregunta cómo prescindir de ellas, dónde poner la plancha, las provisiones, la costura, las nueces, las manzanas, los quesos, las máquinas, los utensilios, los juegos, etc.
De igual modo, las casas modernas carecen de pasillos para que los niños corran o jueguen, para los perros, los paraguas, los abrigos, las carteras, y luego no nos olvidemos: los pasillos son el lugar por los que se deslizan estos niños pequeños cuando están extenuados, es ahí donde se duermen, donde se les recoge para meterles en la cama, es ahí donde van cuando tienen cuatro años y están hartos de los mayores, de su filosofía, de todo, es ahí donde van cuando dudan de ellos y se ponen a llorar sin gritar y sin pedir nada.
La casa siempre carece de sitio para los niños, siempre, en todos los casos, incluso en los castillos. Los niños no miran las casas, pero conocen los escondrijos mejor que la madre, los niños escudriñan. Buscan. Los niños no miran las casas como tampoco las paredes de carne que los encierran, cuando no ven aún, pero las conocen. Miran la casa cuando la abandonan.
También quisiera hablar del agua, de la limpieza de las casas. Una casa sucia es terrible, sólo es para la mujer sucia, el hombre sucio, los niños sucios. No se puede vivir en ella si no se pertenece a una familia sucia. Una casa sucia significa otra cosa para mí, un estado peligroso.de la mujer, un estado de ceguera, ella ha olvidado que se podía ver lo que ha hecho o lo que no hace, es sucia sin saberlo. La vajilla amontonada, la grasa, todas la cazuelas sucias. He conocido personas que esperaban a que hubiera larvas en la vajilla sucia para lavarla.
Algunas cocinas horrorizan y desesperan. Lo peor son los niños criados en la suciedad, seguirán siendo sucios para el resto de su vida. Los bebés sucios son lo más sucio que hay.
En las colonias, la suciedad era mortal, traía las ratas y las ratas traían la peste. Al igual que las piastras –de papel– traían la lepra.
Para mí, la limpieza también reside en una especie de superstición. Cuando me hablan de alguien, siempre pregunto si es una persona limpia, incluso ahora, lo pregunto como preguntaría si es una persona inteligente o sincera, u honrada.
En El amante dudé en mantener el texto limpio no sé bien por qué. Durante nuestra infancia en las colonias, siempre estábamos en el agua, nos bañábamos en los ríos, nos duchábamos con el agua de las jarras mañana y noche, íbamos descalzos por todas partes salvo por la calle, pero cuando lavábamos la casa con grandes cubos de agua con los hijos de los Boys era la fiesta de la gran fraternidad entre los hijos de los Boys y los hijos de los Blancos.
Aquellos días mi madre se reía complacida. No puedo pensar en mi infancia sin pensar en el agua.
Mi país natal es una patria de aguas. La de los lagos, torrentes que descendían por la montaña, la de los arrozales, la terrosa de los ríos de la llanura en las que se cobijaba durante las tempestades. La lluvia hacía daño por lo densa que era, en diez minutos el jardín estaba inundado. Quién contará jamás el olor de la tierra caliente que humeaba después de la lluvia. La de ciertas flores. La de un jazmín en un jardín. Yo soy alguien que nunca volverá a su país natal. Sin duda, porque se trataba de una naturaleza y de un clima, como hechos para los niños. Una vez que uno se hace mayor, esto se vuelve exterior, estos recuerdos uno no se los lleva consigo, se los deja allí donde fueron hechos. Yo no nací en ninguna parte.
Recientemente se hubo de romper el suelo de la cocina —aquí en Francia, en Neauphle— para hacer un peldaño suplementario. La casa se hunde. Es una casa muy vieja que está junto a un estanque, la tierra es de miga y muy húmeda y la casa se hunde poco a poco, de ahí que el primer peldaño de la escalera acabara resultando demasiado alto y fatigante. El albañil hubo de hacer un agujero para encontrar la parte empedrada, que iba en descenso, se siguió cavando y esto seguía descendiendo siempre, muy fuerte, pero ¿hacia qué? ¿Qué era? ¿Sobre qué estaba construida la casa? Se dejó de cavar, de ir a ver. Se cerró. Se colocó el cemento. Se ha hecho el peldaño suplementario.





