La crónica se publicó en Viajera crónica (Adriana Hidalgo), cuya primera edición es de 2014, aunque el copyright de Hebe es de 2011. Sospecho que registra un viaje anterior a 2007, que es el año de la muerte de Aníbal Sampayo, que en el relato figura con vida. Ignoro la suerte de otros personajes que mi madre mencionó alguna vez, como Héctor Pintos Tognola, que según El Telégrafo, murió en 2015.
Visita a Paysandú
En el lugar de Paytodo
En la ciudad sanducera todo se llama Pay. Son Paycueros, Paylana, Pay Pan, Payescudo, Paycolor (casa de artículos de fotografía), Pay Candó (hoy isla de la Caridad) y, finalmente, Paysandú: se cree que este nombre viene del padre Sandú, fundador y factotum de los comienzos. Este padre trajo al lugar varios indios de las misiones jesuíticas, trataba de que no fueran nómades y de emprolijar sus costumbres; entre ellos, trajo consigo al indio Carué, afamado violinista que tenía los párpados caídos y, para poder leer la música, se los levantaba con una vincha. De tan lejos viene la vocación musical de los sanduceros.
En 1749, aparece por primera vez el nombre de Paysandú, en un mapa de las misiones. Se transportaba ganado a Santa Fe, la travesía duraba ocho meses. Todo era de cuero: arreos, sombreros, toldos, tiendas; en 1780, ya era un importante centro para la producción, depósito y tráfico de cueros. Según el escritor Miguel Ángel Pías, en 1805, se fundó la parroquia de San Benito de Palermo, con puertas, sillas y otros elementos hechos en cuero. En 1812, todo el pueblo de Paysandú –unas quinientas cincuenta personas– sigue a Artigas en su campaña libertadora: sólo quedan dos indios viejos. Antes del sitio de 1865, Paysandú se convierte en plaza fuerte y después del sitio, alrededor de 1870, prospera rápidamente. En 1871, el primer saladero ocupaba tres mil habitantes; la carne se exportaba en barriles. Casa Blanca, saladero cercano a la ciudad, tenía buen camino al centro, embarcaciones propias y puerto propio. Se comerciaba activamente con Concepción del Uruguay.
En 1890, se establecen asociaciones culturales de todo tipo. El actual diario El Telégrafo data de 1910. Por esa fecha, había en el río cientos de buques con banderas de todos los colores que transportaban madera, hierro, maquinaria, tabaco, sal; se cuenta que había hasta doce veleros haciendo cola para entrar. Los molinos harineros eran los más importantes de la región y, debido a su lejanía con Montevideo, se desarrollaron industrias variadas: fábricas de fideos, de mosaicos, de hielo, de plaguicidas y de calzados. En la propaganda de la época, aparece una fábrica de zapatillas El Rebenque. Ya, en 1852, había siete herrerías artísticas. Entre 1940 y 1950, Paysandú va a la cabeza de las ciudades del litoral, en cuanto a producción industrial y consumo de la mayoría de sus habitantes.
El pasado y el presente
Antes, los troperos se enfrentaban a tigres y jaguares, y la gente de la ciudad se acercaba al puerto para ver el barco María Madre, que estuvo varado unos cuarenta años a raíz de un litigio. Algo de ese pasado campestre e ingenuo se deja ver en algunas personas que circulan por el shopping: los hombres caminan haciendo avanzar los brazos como remos y algunas mujeres tienen esa piel rosada y saludable, aunque un poco sufrida, propia de la gente de campo.
Hay también dos formas de nombrar los lugares: la popular y la culta. El estilo culto es ambicioso y complejo. En la propaganda de un producto medicinal de 1930, se lee: “Como todos, iniciamos nuestra ascensión desde el llano y llegamos a la cumbre por el esfuerzo y la honestidad”. El Museo Histórico tiene una inscripción que reza “Casa del Espíritu de Paysandú” y debajo, “La casa que impulsa toda acción que tienda a la pública felicidad”. Lo que popularmente es conocido como cementerio viejo se llama “Cementerio a Perpetuidad”. La isla próxima, llamada Pay Candó por los indios y por la gente “la isla de enfrente”, se llamó después “la isla de la Caridad”, donde se refugiaron muchos pobladores corridos por el sitio y Urquiza les mandó carne. Pías dice: “La isla de la Caridad, aunque argentina, vive en el corazón de los sanduceros”.
La feria que está junto a la terminal es llamada Feria Franca o Feria de los Bagayos. Venden, en una vereda con sol a pleno, ropa, comida, afiches de Rodrigo, todo con música de “Qué suerte, qué suerte, qué suerte que esta noche voy a verte”.
En una casa ubicada en el centro, hay una placa: “Comité Pro Puente Paysandú-Colón. En este lugar, se soñó y se forjó esta magna obra internacional”. Y, a pocos metros, el anuncio de una pollería (hay muchas): “Cuidado, salen pollos”. Con motivo de cumplirse los veinticinco años de la existencia de una farmacia, los dueños se dirigen a su público: “Gracias, muchas gracias a nuestros clientes, que con su colaboración han posibilitado la permanencia de esta empresa. Nuevamente, muchas gracias”.
En la calle Brasil, está la discoteca Zeus, con paredes pintadas de azul y, al frente, dos enormes cabezas; una de ellas tiene un ojo lleno de objetos electrónicos, cables, lucecitas, resortes y un pequeño televisor enchufado a esos cables. Cerca, una pared con una leyenda: “Día Nacional sin accidentes de tránsito”, la parca espera al automovilista del otro lado con una guadaña chorreando sangre en una mano y, en la otra, un cayado con penacho de calavera; detrás, vienen marchando huesos, cabezas y, como emergiendo del torbellino, una rueda arrancada. Un esqueleto agarra el volante que se soltó. Esta imaginería es muy distinta del bucólico espíritu que inspira una poesía de 1920:
Lavanderas del río
vienen y van
inquietas como las aguas
del Uruguay.
Más bien se acerca al violento mundo actual. El pastor Giménez tiene una sucursal de su culto en Paysandú; los llaman “los gritones” por sus ceremonias exaltadas. Sí, hubo un pasado de tranquilidad y progreso, y en él se refugian. Dicen: “Yo vivo en La Polar (zona donde hubo una gran fábrica de hielo)” o “Vivo en Casas Blancas (gran frigorífico otrora)”, o en Beccaría, que fue una enorme bodega y ahora es un sitio para escuchar jazz y buena música.
Como saliendo del pasado, haciendo trámites en el banco del shopping, están los rusos de la colonia San Javier: ellas, con pañuelo blanco en la cabeza y pollera hasta el suelo; los hombres, jóvenes y viejos, con barba y blusa de mujik. Hace unos cuarenta años que llegaron, fueron primero a Rusia, después a Canadá y recalaron en San Javier, no se mezclan con la población: tienen sus propios maestros. Los sanduceros no se muestran curiosos por su forma de vida o sus principios religiosos. No se sabe bien qué religión tienen. Un señor dijo:
–Ellos dicen que son de religión católica.
Así será.
Lápidas
El cementerio viejo, situado en un hermoso parque lleno de palmeras, funciona ahora como museo y como curiosidad arquitectónica. En una lápida se lee: “A los orientales caídos por la libertad, comandados por el general San Martín en San Lorenzo”. En otra: “El pueblo de Entre Ríos a los orientales caídos en Paysandú”. Varios monumentos están firmados por Juan del Vecchio, de Carrara, Italia. Se lee: “Inventó y ejecutó”.
Son de 1900, cuando se encargaba el mármol con escultor incluido. Por ejemplo, el monolito de los caídos en Quebracho tiene arriba un yelmo, palmas y una carga de obús; debajo, un león que lleva en sus garras un escudo con un sol, es un león con expresión humana: está pensativo y esculpido de modo tan realista en cuanto a las garras y a la piel que llama a tocarlo para comprobar si no es pelo de león teñido de gris. Una bóveda que corresponde a una joven dedicada a la música tiene una decoración de corcheas. Eusebio Francia está ubicado en lo alto de su mausoleo; está dentro de una especie de capilla, a unos veinte metros del suelo. Debajo tiene un séquito, en capas o pisos sucesivos: una madre con un rosario, una virgen con niño y unas especies de ángeles más arriba. Otra bóveda, aun más alta, tiene en la planta baja dos chicos y un ángel enorme que mira como haciéndose el interesante; en el primer piso, el difunto sentado y su mujer parada a un lado, como en las viejas fotografías; en la cúpula, un ángel barroco. Es curioso el estilo de estos mausoleos: una mezcla de ópera, relato e ilustración. Pero su altura revela mucha voluntad de perpetuidad.
Un poco de cultura
Paysandú ha sido denominada “capital del teatro del interior”. Según Omar Ostuni, actor y director de uno de los cuatro elencos teatrales que funcionan y dueño de la librería Macondo, hay poco apoyo de la municipalidad.
“Hemos querido llevar el teatro a los barrios, pero nos han dicho que prefieren llevar un destapador de cloacas, que es más urgente.” Añade: “Se ha hecho una bienal con conjuntos de todo el interior que, lamentablemente, no tuvo eco en la prensa capitalina”. Han establecido contactos con Concepción del Uruguay, Gualeguaychú y Santa Fe para intercambiar elencos.
Si bien en teatro hacen todo a pulmón y no tienen sponsors, en literatura tienen cierto respaldo. Marcelo Cavalheiro, de la fundación Logros, dice: “Se ha armado un programa de apoyo a la literatura que consiste en la publicación anual de los libros de escritores locales y en un ciclo de conferencias sobre escritores uruguayos que serán recopiladas para su difusión en la secundaria”.
La escritora María del Carmen Aquino es integrante de un taller literario desde hace ocho años y beneficiaria del subsidio de la fundación Logros para la publicación de su libro de poemas. Los escritores del taller van a las escuelas para leerles cuentos a los alumnos. Dice: “Pareciera que todo se está moviendo un poco”.
Pero no en la medida de los intentos. Alrededor de 1960, se hicieron jornadas culturales entre Concepción del Uruguay y Paysandú, pero no se pudieron mantener por trabas aduaneras. Se intentó crear una asociación de intercambio cultural entre las ciudades de ambas orillas del Uruguay, pero hubo trabas para la obtención de la personería jurídica. Hay también un coro polifónico municipal, único en la República con personal contratado por concurso y con sueldo. Ha actuado en diversos lugares de Argentina y su responsable es el profesor Héctor Pintos Tognola, fundador y director desde 1970.
La estrella musical de Paysandú es el folclorista Aníbal Sampayo, autor de “Río de los pájaros”, “La cantata a Artigas” y muchas otras obras. Estuvo preso nueve años durante la dictadura; allí compuso varias canciones. Recorrió el Paraguay de joven, aprendió a tocar el arpa, a conectarse con los animales y las plantas del lugar; observó que los hombres solitarios del monte hablaban con las aves. Aprendió también a hablar en guaraní: la municipalidad le publicó, recientemente, una pequeña enciclopedia con nombres guaraníes de lugares, animales y plantas, pensada para uso de las escuelas.
Es notable la vocación didáctica no sólo de Sampayo, sino de todos los artistas de Paysandú: quieren llevar el teatro a los barrios y la literatura a las escuelas, pero Sampayo llevó la galopa a... Australia. ¿Cómo hace para que un australiano entienda lo que es una galopa o el sapukái de un chamamé? Él lo cuenta: “Hay que contar con un buen intérprete. Primero muestro un mapa de América del Sur, y ubico Uruguay y Paysandú; llevo diapositivas de los animales, plantas y ríos. Mi música es muy onomatopéyica: remeda el canto de los pájaros, refleja la ondulación del agua. Para la galopa, la asocio con el ruido del galope de los caballos”. Sampayo vive seis meses en Paysandú y seis meses en Malmö, tercera ciudad de Suecia. “Soy golondrina”, dice. “Cuando empiezan a volar los patos, saco pasaje.”
Integración regional
¿Cómo es posible que existiendo ciudades a ambas orillas del Uruguay, un río que corre desde el Paraguay hasta el Río de la Plata, con una población aproximada de setecientos mil habitantes, existiendo puentes que las unen, no haya cuajado la integración comercial y cultural? El diario El Telégrafo, en un editorial del 12 de noviembre de 2000, lo explica de esta manera: “resistencia al cambio por parte de Argentina y Uruguay”.
Recientemente, una barcaza de azúcar que venía para ser refinada de Brasil a un ingenio local fue detenida quince días en Paraguay para verificar la legalidad del envío, trámite que se solucionaba con un fax o con intercambio de mails. Según Clifton Kroeber, autor de La navegación de los ríos en la historia argentina, hasta 1860, el año en que terminaron las guerras civiles en ambos países, no se encaró una política de puertos y las rentas de las aduanas pasaban a financiar las guerras o cualquier otro tipo de gasto. Sin embargo, alrededor de 1830, se crea Concordia, y Paysandú, que era una aldea, crece a pasos agigantados, y la misma ubicación de las ciudades, una frente a otra, habla de un comercio activo.
El señor Néstor Martínez, dueño del hotel Plaza, lo explica de este modo: las rupturas institucionales en los países producen demoras y anulación de los proyectos de integración. “Se habla mucho de integración, pero cada vez el comercio está más centralizado, la burocracia pone trabas a las iniciativas industriales. No pude poner una fábrica de reciclaje de plástico; cuando sacaron el vapor de la carrera, quise poner un barco como hotel flotante: hubo trabas. Acá se importan duraznos del Líbano y se dejó de fabricar azúcar de remolacha. Se está hablando de cerrar la Conaprole.” Y añade: “Empecé a escribir la historia de mi vida titulada El precio de la honestidad. Fui edil y me jubilé con mil novecientos pesos”. El señor Martínez se pone rojo: no sólo por el monto de la jubilación, sino por el fracaso de un proyecto de integración regional a todo nivel, el Mercado Integral Fronterizo, que data de 1964: abarcaba Artigas, Salto, Paysandú y sus vecinas argentinas. “Las delegaciones se reunieron en Paysandú... pero cambiaron los gobiernos de Argentina y Paraguay.” Según el ingeniero Jorge Dighiero, que en el 98 encabezó el Fondo de Estudios de Preinversión para mejorar el puerto, se demora el proyecto por el capricho de un funcionario. Sostiene que no es excluyente el sistema de transporte por tierra en relación con la vía fluvial. Ahora la integración regional interesa a Montevideo, pero el puerto de Paysandú debe tener un calado mínimo de veintitrés pies; la estructura portuaria de Paysandú y Fray Bentos sería compatible con Montevideo, y así sería eficiente la red fluvio-carretera en el país. Añade que el dragado del río se paró por intereses de los transportistas terrestres, eso contribuyó a la decadencia de Paysandú. Pero dice: “Existen cargas como para lograr la reactivación del puerto”.
Historias
La plaza tiene varios tesoros: en el centro, el monumento a Leandro Gómez, héroe del sitio de Paysandú; la catedral con la campana que donó Rivera y el órgano, un Gamba y Comoglio restaurado por los alemanes en 1997, quienes enviaron técnicos y ciento cincuenta mil dólares para ese trabajo; la población local puso cincuenta mil dólares y creó una comisión ad hoc. Constantemente se realizaban conciertos con participación de ejecutantes extranjeros. La sonoridad del órgano es extraordinaria.
La catedral, primero como humilde capilla y después como el importante templo que es ahora, fue testigo de los tres sitios de la ciudad. Cuando sus torres llegaban hasta la mitad de su altura, sucedió el tercer y más terrible sitio: allí se puso la iglesia como trinchera. El sitio de Paysandú sucedió así: las fuerzas conjuntas de Venancio Flores y el comandante brasileño Tamandaré sitian la ciudad y Leandro Gómez se resiste. Finalmente, es tomado prisionero con su gente y el brasileño dice al oficial Goyo Suárez:
–Sáqueme estos prisioneros, no quiero verlos. Haga lo que debe.
Ante esta orden, aparentemente ambigua, Suárez los mata; posteriormente, es recriminado por sus superiores, ya que los mató sin juicio previo. Suárez alega que la gente de Leandro Gómez ha matado a los suyos. Siendo así, hacen la vista gorda. Un cronista del diario entrerriano El Uruguay dice, en 1865: “He recorrido la ciudad; no hay pluma capaz de describir esto: la miseria es horrible, los aljibes están llenos de cadáveres”. Y, en la isla de la Caridad, donde estaban los refugiados, curaban las heridas con ajo.
Los horrores del sitio de Paysandú perduraron mucho tiempo en la mente de los habitantes de ambas orillas, cuando eran prácticamente uno solo y el mismo. El payador porteño Gabino Ezeiza, que recorrió toda Argentina y Uruguay, fue adoptado casi como compatriota por los sanduceros. Escribe:
Heroica Paysandú, yo te saludo
hermana de la patria en que nací...
En 1997, la municipalidad edita una antología de poemas-canciones; una de las poesías, “Inmolación” (en ritmo de vals), está dedicada a Leandro Gómez:
En Paysandú lo mataron,
despacio se fue doblando.
Más de un siglo ya pasó
y aún lo estamos llorando.
El parte del sitio de Paysandú informa: “Al señor ministro de Guerra: Elevo a usted la noticia de la toma de Paysandú por el Ejército, traídos de Venancio Flores, y por los abyectos siervos del infame”.
Si bien la estatua de Leandro Gómez está en el centro de la plaza, equidistante de la catedral y del McDonald’s, en una plazoleta que pasa casi inadvertida en una calle lateral y tiene detrás un cerco de maderas toscas, hay un monolito: “En este solar, fue fusilado el general Leandro Gómez, héroe de la defensa de Paysandú”.





