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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

lunes, 22 de marzo de 2021

insatisfacciones de la libertad

Tyler Stovall | The Nation

Uno de los tópicos más controvertidos que surgieron durante la crisis del coronavirus en Estados Unidos fue el uso de barbijos. Promovidas por los expertos en salud pública como una forma vital de detener la propagación de la enfermedad, los conservadores fueron contra los barbijos como restricciones injustificadas a la libertad personal. Donald Trump, quien estuvo brevemente hospitalizado por covid en los últimos meses de su presidencia, fue desafiante al negarse a usar máscaras faciales en público, y no estaba solo: miles de simpatizantes asistieron a sus manifestaciones a cara descubierta y al diablo con las consecuencias para la salud pública. Muchos estadounidenses han desafiado el llamado a usar barbijos, y la investigación de salud pública que las recomienda, como un ataque a sus derechos como ciudadanos de un país libre. En junio pasado, los manifestantes irrumpieron en una audiencia en Palm Beach, Florida, en la que los funcionarios públicos estaban considerando si exigir el uso de máscaras en edificios públicos. Durante la ardiente sesión, una mujer afirmó: “Están restándonos libertades y pisoteando nuestros derechos constitucionales con estas órdenes de dictadura comunista que quieren imponer”. Como señaló Will Bunch, columnista de Philadelphia Inquirer, después del encuentro:

The Burning of the Château d’Eau at the Palais-Royal, 1848, by Eugène Henri Adolphe Hagnauer

“Fue otro gran día para la liberación* y, sin embargo, fue horrible para decenas de miles de estadounidenses que hoy podrían morir innecesariamente porque muchos se aferran a una idea deformada de la libertad que al parecer significa no preocuparse por quienes puedan enfermarse en la comunidad. La realidad es que esos adoradores del diablo electos funcionarios y sus científicos locos están tratando de imponer barbijos en público por las mismas razones por las que no permiten que los niños de 12 años conduzcan y cierran los bares a las 2 de la mañana: en realidad buscan mantener a sus electores vivos.”

Libertad o muerte, claro.

¡Ah, libertad! Pocos ideales en la historia de la humanidad han sido tan apreciados o tan controvertidos. Estados Unidos, en particular, ha erigido su identidad en torno a la idea de libertad, desde la Carta de Derechos, que consagra varias libertades en la ley del país, hasta la estatua gigante de la Señora Libertad en el puerto de Nueva York. Y, sin embargo, curiosamente para un ideal tan fundamental, la libertad ha representado a lo largo de la historia tanto el medio para un fin como el fin mismo. Deseamos ser libres para perseguir nuestros objetivos más preciadas en la vida, ganar dinero como se nos ocurra, compartir nuestras vidas con quien deseamos, vivir donde elijamos. La libertad potencia nuestros deseos individuales, pero al mismo tiempo estructura la forma en que vivimos con otros individuos en sociedades grandes y complejas. Como dice el refrán, mi libertad para mover el puño termina justo donde comienza la nariz de otra persona; en palabras de Isaiah Berlin, “La libertad total para los lobos es la muerte para los corderos”. La tensión entre las nociones individuales y colectivas de libertad resalta, pero de ninguna manera agota, los diferentes enfoques de la idea, lo que ayuda a explicar cómo ha motivado tantas luchas a lo largo de la historia de la humanidad.

En su nuevo, ambicioso e impresionante libro, Freedom: An Unruly History, la historiadora política Annelien de Dijn aborda este vasto tema desde el punto de vista de dos interpretaciones contradictorias de la libertad y sus interacciones a lo largo de 2.500 años de historia occidental. Comienza su estudio señalando que la mayoría de la gente piensa en la libertad como una cuestión de libertades individuales y, en particular, de protección contra las intrusiones del gran gobierno y el estado. Esta es la visión de la libertad esbozada en el párrafo inicial de este ensayo, una que impulsa a los ideólogos conservadores en todo Occidente. De Dijn sostiene, sin embargo, que esta no es la única concepción de la libertad y que es relativamente reciente. Durante gran parte de la historia de la humanidad, la gente pensó en la libertad no como una protección de los derechos individuales, sino como una garantía de autogobierno y un trato justo para todos. En resumen, equipararon la libertad con la democracia. “Durante siglos, los pensadores y actores políticos occidentales identificaron la libertad no con que el estado los dejara tranquilos, sino con ejercer control sobre la forma en que uno es gobernado”, escribe. La libertad en su formulación clásica no era, por tanto, individual sino colectiva. La libertad no implicaba escapar del poder del gobierno, sino hacerlo democrático.

Al abrir los múltiples significados de la libertad, de Dijn explora una historia alternativa del concepto desde el mundo antiguo hasta la Era de la Revolución y la Guerra Fría, cartografiando esos momentos en los que las nuevas nociones de libertad, como la libertad del control o la represión del gobierno, se desvió de su definición más clásica y antigua de autogobierno. De Dijn muestra así cómo la modernidad trajo el triunfo de una nueva idea de libertad. Al mismo tiempo, su libro nos invita a considerar la relación entre estas dos nociones de libertad. Para De Dijn, esta relación funciona como una oposición fundamental, pero también se pueden encontrar en su historia suficientes puntos en común entre ellos para darse cuenta de que la libertad individual también requiere libertad colectiva. Para muchos, uno no puede ser verdaderamente libre si su comunidad o nación no lo es; la libertad debe pertenecer a uno y todos.

De Dijn divide Freedom en tres partes aproximadamente iguales. En la primera, rastrea el surgimiento de la idea de libertad en el mundo antiguo, con un enfoque en las ciudades-estado griegas y la República Romana; en la segunda, examina el resurgimiento de esta idea en el Renacimiento y la Era de la Revolución; y en la tercera, considera los desafíos libertarios a la noción clásica de libertad y el surgimiento de una nueva concepción centrada principalmente en los derechos individuales.

Durante la mayor parte de esta larga historia, se apura a señalar De Dijn, prevaleció la idea clásica de libertad como empoderamiento democrático. El punto de inflexión, sostiene, llegó con la reacción contra los movimientos revolucionarios de finales del siglo XVIII en América del Norte, Francia y otros lugares. Intelectuales conservadores como Edmund Burke en Gran Bretaña y liberales como Benjamin Constant en Francia no solo rechazaron la ideología revolucionaria de la época; también desarrollaron una nueva concepción de la libertad que veía al estado como su enemigo más que como una herramienta para su triunfo. Finalmente, en la era moderna, esta concepción contrarrevolucionaria de la libertad se volvió dominante.

El corazón de Freedom consiste, pues, en una exploración en profundidad de cómo las demandas de la democracia dieron origen a la idea original de libertad y cómo, frente a las revoluciones democráticas de finales del siglo XVIII, el concepto se rehace una vez más. Al abordar este tema bastante difícil de manejar, de Dijn utiliza el enfoque de la historia intelectual para contar su relato, centrando su análisis en una serie de textos fundamentales de escritores y pensadores famosos y sombríos por igual, que van desde eruditos clásicos como Platón y Cicerón hasta Petrarca y Niccolás Maquiavelo a Jean-Jacques Rousseau, Burke, John Stuart Mill y Berlin. Entrelaza hábilmente este análisis textual con el flujo de eventos históricos, ilustrando vívidamente la relación entre la teoría y la práctica de la libertad y recordándonos que con el tiempo ningún concepto es inmune a los cambios.

Para De Dijn, la historia de la libertad comienza con la ciudad-estado griega, que marcó no solo el lugar de nacimiento de la democracia sino también el origen de la concepción democrática de la libertad, el ideal de la ciudad-estado autónoma. La autora señala que una parte importante de la originalidad de los pensadores griegos no fue solo contrastar su libertad con la esclavitud (específicamente la esclavitud del Imperio Persa) sino también reconceptualizar la libertad como liberación de la esclavitud política más que personal. Hacia el 500 AC, varias ciudades-estado griegas, sobre todo Atenas, habían comenzado a desarrollar sistemas democráticos de autogobierno en los que todos los ciudadanos varones participaban en la toma de decisiones a través de asambleas generales. De Dijn sostiene que las ideas griegas antiguas de libertad se desarrollaron en este contexto, enfatizando que la libertad vino con la capacidad de las personas de gobernarse a sí mismas como hombres libres. Utilizo las palabras “hombres libres” deliberadamente porque las mujeres y, por supuesto, las personas esclavizadas no tenían derecho a participar en el autogobierno democrático. Esa inconsistencia, de hecho, refuerza el punto general de De Dijn: que la participación en la democracia era la esencia de la libertad en el mundo antiguo.

En su discusión sobre la libertad en la Grecia y Roma clásicas, de Dijn no deja de notar las muchas objeciones a esta idea de libertad, algunas de importantes filósofos como Platón y Aristóteles. Por ejemplo, en un pasaje que, al plantear la cuestión clave de los derechos de propiedad, parece demasiado moderno, Aristóteles señaló: “Si la justicia es lo que decide la mayoría numérica, cometerán injusticia al confiscar la propiedad de unos pocos ricos”. Gradualmente, muchos en Grecia recurrieron a otra concepción de la libertad, una que enfatizaba la fuerza interior personal y el autocontrol sobre los derechos democráticos. Sin embargo, la idea de la libertad democrática no murió, incluso cuando estas nociones de derechos personales tomaron forma, y ​​esto fue especialmente cierto con la formación de la República Romana.

Al igual que las ciudades-estado de Grecia, la República Romana prosperó durante un tiempo como la encarnación de la libertad para sus ciudadanos varones, basando la libertad en la práctica de la democracia cívica. Derrocada por Julio César y Marco Antonio, la república dio paso al Imperio Romano, pero historiadores y filósofos como Livio, Plutarco y Lucano continuaron elogiando las virtudes de los luchadores por la libertad republicanos. Por el contrario, el imperio —y aún más su sucesor (al menos en términos de imaginación moral), el cristianismo— divorció la libertad de la democracia y en cambio la concibió como autonomía personal y la opción de aceptar la autoridad. Del colapso de las ciudades-estado y las repúblicas clásicas surgió un nuevo ideal de libertad, que ya no se centra en la vida colectiva y la actividad política, sino en la espiritualidad individual y la sumisión al poder.

La derrota de la libertad democrática por el absolutismo imperial jugaría un papel clave en la configuración del renacimiento del ideal en las ciudades-estado de la Italia del Renacimiento, subrayando el vínculo entre la libertad artística y el autogobierno. La segunda parte de Freedom considera este resurgimiento en Europa desde el Renacimiento hasta la Era de la Revolución. De Dijn señala, por ejemplo, que los pensadores del Renacimiento abrazaron el antiguo ideal de la libertad democrática como una reacción contra el realismo aristocrático de la Edad Media; el renacimiento del conocimiento fue igualmente un renacimiento de la libertad.

Como el Renacimiento en general, esta idea renovada de la libertad democrática surgió por primera vez en la Italia del siglo XIV, donde ciudades como Venecia y especialmente Florencia tenían cierto parecido con las ciudades-estado de la antigua Grecia. Humanistas como Petrarca y Miguel Ángel abrazaron la idea; incluso Maquiavelo, más conocido en la posteridad por asesorar a los posibles gobernantes en El príncipe, defendió en Los discursos un retorno al antiguo modelo de libertad. En el norte de Europa, los escritores y pensadores adoptaron la idea de la libertad democrática en oposición al gobierno monárquico, caracterizando con frecuencia a este último como lo opuesto a la libertad, la esclavitud. Esto fue especialmente cierto en Inglaterra, donde los insurgentes puritanos que ejecutaron al rey Carlos I en 1649, en el apogeo de la Revolución inglesa, se refirieron a antiguos modelos de libertad para justificar su acción sin precedentes.

En el análisis de De Dijn, el resurgimiento de la libertad democrática sentó las bases para las revoluciones atlánticas de finales del siglo XVIII, a las que ella se refiere como el “logro culminante” del movimiento. Su análisis se centra principalmente en las revoluciones estadounidense y francesa, especialmente en la primera. Aunque menciona la Revolución Haitiana, sería interesante ver cómo una consideración más completa de ese evento, y del tema de la revuelta de esclavos en general, podría haber dado forma a su análisis.

La consideración de De Dijn de las revoluciones estadounidense y francesa continúa haciendo hincapié en dos temas: la deuda de los teóricos y los luchadores por la libertad con la tradición clásica y el vínculo entre libertad y democracia. John Adams, por ejemplo, comparó a los revolucionarios estadounidenses con los ejércitos griegos que se opusieron a Persia. Una reposición en París de 1790 de la obra de teatro Brutus de Voltaire, sobre el más destacado de los asesinos de César, ganó elogios del público jacobino. De Dijn señala cómo los revolucionarios de ambos países veían la sumisión a la monarquía como esclavitud e insistían no solo en su abolición sino también en la creación de sistemas de gobierno responsables ante el pueblo. La autora discute ampliamente la importancia de las ideas de los derechos naturales durante esta era, enfocándose en documentos clave como la Declaración de Derechos de los Estados Unidos y la Declaración Francesa de los Derechos del Hombre, y cuestiona la idea de que estos constituyeron rechazos individualistas de la interferencia del gobierno, argumentando en cambio que reflejan la convicción de que las libertades civiles sólo pueden existir en una política democrática.

Sin embargo, si las revoluciones atlánticas marcaron el apogeo del llamado renacentista a la libertad democrática, también constituyeron su gran final, su canto de cisne. En la sección final de Freedom, de Dijn explora la reacción histórica contra la libertad democrática que produjo la idea actualmente dominante de la libertad como liberación de la interferencia del estado. Esta nueva interpretación surgió de la lucha contra las revoluciones americana y francesa; como señala en su introducción, “Las ideas sobre la libertad son un lugar común hoy en día ... no fueron inventadas por los revolucionarios de los siglos XVIII y XIX, sino más bien por sus críticos”.

Este es el corazón del argumento de De Dijn en esta sección de Freedom, y lo basa en varios temas. Una es la idea, promovida por el filósofo alemán Johann August Eberhard, de que las libertades política y civil se oponen en lugar de reforzarse mutuamente, que se pueden disfrutar de más derechos y libertades individuales en una monarquía ilustrada que en una democracia. La violencia del Reino del Terror durante la Revolución Francesa dio a este argumento abstracto un peso concreto, permitiendo que la democracia fuera retratada como el dominio sangriento de la turba y volviendo a muchos intelectuales en su contra. Burke fue quizás el más conocido de estos críticos conservadores, pero ciertamente no fue el único. Otros desafiaron la idea del gobierno de la mayoría, viendo en ella no la libertad sino una tiranía de los muchos sobre los pocos que era contraria a los derechos individuales. Constant rechazó los intentos de los revolucionarios de regresar a la libertad democrática del mundo antiguo, argumentando en cambio que, en la era moderna, proteger a los individuos del gobierno era la esencia de la libertad.

Este conflicto sobre el legado de las revoluciones atlánticas dio lugar, argumenta de Dijn, al liberalismo moderno, que durante gran parte del siglo XIX defendió la libertad y rechazó la democracia de masas como fuente de revolución violenta y tiranía. En toda Europa, los liberales apoyaron gobiernos basados ​​en el sufragio limitado a los hombres de propiedad; como proclamó el famoso ministro francés François Guizot, si la gente quería el voto, debería hacerse rica. Los levantamientos de 1848 reafirmaron los peligros de la democracia revolucionaria para los intelectuales liberales. En última instancia, el liberalismo se fusionó con los movimientos de representación popular para crear ese híbrido político más extraño: la democracia liberal. Como sugiere uno de sus textos fundamentales, el gran ensayo de Mill de 1859 “Sobre la libertad”, un sistema de democracia limitada permitiría a las masas participar en el gobierno y al mismo tiempo protegería las libertades individuales y los derechos de propiedad.

Sin embargo, el siglo XIX trajo nuevos desafíos a la idea individualista de libertad. En Europa, los liberales vieron el surgimiento del socialismo como una amenaza a la libertad personal, sobre todo porque amenazaba el derecho a la propiedad. En los Estados Unidos, la Guerra Civil desafió las ideas liberales de democracia y derechos de propiedad al liberar y otorgar el derecho al voto a los negros esclavizados. De hecho, podríamos decir que la Guerra Civil se enmarcó en torno a nociones de libertad controvertidas: en el sur, mucho más que en el norte, la guerra se describió inicialmente como una lucha por la libertad, no solo la libertad de poseer esclavos sino, en general, la capacidad de los hombres libres para determinar su propio destino. Asimismo, en el Norte, “hombres libres, trabajo libre, suelo libre” se convirtió en un mantra central del Partido Republicano, y la guerra también se entendió finalmente como una lucha por la emancipación.

Como argumenta De Dijn, estos desafíos solo continuarían y aumentarían a principios del siglo XX, lo que conduciría al declive del liberalismo frente a las nuevas ideologías colectivistas como el comunismo y el fascismo. La era de las dos guerras mundiales les pareció a muchos la sentencia de muerte de la libertad individual, tal vez incluso del propio individuo. Incluso los intentos de preservar la libertad, como el New Deal en los Estados Unidos, parecían más inspirados por las tradiciones de la libertad democrática que por sus interpretaciones liberales individualistas. Por lo tanto, es aún más notable que la victoria de estas fuerzas en la Segunda Guerra Mundial provocara un poderoso resurgimiento del liberalismo individualista.

En la década posterior al colapso de la Alemania nazi, intelectuales como Berlin y Friedrich Hayek volverían a enfatizar la importancia de la libertad individual, lo que Berlin denominó “libertad negativa”, y sus ideas aterrizarían en suelo fértil en Europa y América. Gran parte de esta perspectiva surgió de la Guerra Fría, con la Unión Soviética representando el mismo tipo de amenaza a las ideas conservadoras de libertad que la República Jacobina tenía 150 años antes. Los liberales de la Guerra Fría volvieron a enfatizar el principio de democracia liberal como, en efecto, democracia limitada con protección de los derechos individuales contra las pasiones de la mafia.

De Dijn concluye en gran medida su análisis de la historia de la libertad con las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, pero vale la pena extender su historia para explorar el éxito de esta visión de la libertad desde la década de 1950. En los Estados Unidos, en particular, el surgimiento del estado de bienestar que comenzó con el New Deal y culminó con la Gran Sociedad provocó una fuerte contrarreacción, que enmarcó su política en torno a la idea de la libertad individual y la resistencia al gran gobierno. Los conservadores tradicionales del Partido Republicano, así como un número creciente de neoconservadores, vincularon su política de la Guerra Fría con su oposición al estado de bienestar, insistiendo en que los experimentos de la Unión Soviética y Estados Unidos en la socialdemocracia habían erosionado la libertad en ambos países, y a ellos se unieron quienes se resistieron a los logros del movimiento de derechos civiles, reforzando la relación entre blancura y libertad. Con el triunfo de Ronald Reagan como presidente en 1980, esta noción anti-igualitaria de libertad ha dominado al Partido Republicano y gran parte de la vida política estadounidense desde entonces. El House Freedom Caucus, por tomar un ejemplo actual, debe su existencia a pensadores como Burke y Berlin.

Freedom es un análisis desafiante y convincente de uno de los mayores movimientos intelectuales y populares en la historia de la humanidad. De Dijn escribe bien, presenta un argumento poderoso que es inusual y difícil de resistir. Muestra cómo la naturaleza misma de la libertad puede ser interpretada de diferentes maneras por diferentes personas en diferentes momentos. Más específicamente, desafía a los conservadores que envuelven su ideología en la gloriosa bandera de la libertad, revelando la larga historia de una visión muy diferente de la liberación humana, que enfatiza el autogobierno colectivo sobre el privilegio individual. Al hacerlo, muestra cómo los filósofos, los reyes y la gente común han utilizado (y en ocasiones mal utilizado) el pasado para construir el presente e imaginar el futuro.

Este es un relato muy rico y complejo, que plantea preguntas interesantes y sugiere una mayor exploración de algunos de sus temas clave. Siguiendo el ejemplo de uno de los grandes estudiosos de la libertad, Orlando Patterson, De Dijn observa cómo muchos en el mundo antiguo y en otros períodos de la historia concibieron la libertad como lo opuesto a la esclavitud y, sin embargo, también construyeron sociedades aparentemente libres que dependían del trabajo de esclavos. La negación del derecho al voto y, por tanto, la libertad de las mujeres durante la mayor parte de la historia también habla de esta paradoja. De Dijn subraya la importancia de esta contradicción, pero sería útil saber más sobre cómo la abordó la gente en ese momento. La esclavitud ha existido a lo largo de gran parte de la historia de la humanidad, por supuesto, pero es interesante notar que la nueva visión antidemocrática de la libertad surgió con más fuerza durante una época caracterizada no solo por el auge de la trata de esclavos sino también por la racialización total de la esclavitud. ¿Podría ser que fue más fácil divorciar la libertad y la democracia cuando la esclavitud ya no era un problema para los hombres blancos y cuando la visión de rebelarse contra la esclavitud fue defendida no solo por los antiguos combatientes griegos sino también por los insurgentes negros en la Revolución Haitiana?

En su análisis, de Dijn destaca el triunfo de la narrativa individualista de la libertad en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, pero conviene recordar que esos años también fueron testigos del éxito sin precedentes de los Estados socialdemócratas, que ofrecían una visión alternativa de la libertad centrada en los derechos sociales, redistribución y poder de la clase trabajadora. El éxito de estos estados provino directamente de la experiencia de la guerra; millones que participaron en la lucha contra el fascismo lucharon no solo contra el Eje sino por un mundo más justo y democrático.

Además, la era de la posguerra fue testigo de dos de las mayores campañas de libertad de la historia: las luchas por la descolonización de los imperios europeos y el movimiento estadounidense de derechos civiles. Ambos se presentan abrumadoramente a sí mismos como cruzadas por una visión democrática de la libertad. Julius K. Nyerere, el padre fundador de una Tanzania independiente, escribió no menos de seis libros con la palabra “libertad” en el título. El discurso “Tengo un sueño” del reverendo Martin Luther King Jr., posiblemente la oración más grande en los Estados Unidos del siglo XX, terminó con las resonantes palabras “¡Por fin libres! ¡Libre al fin! ¡Gracias a Dios Todopoderoso, por fin somos libres! “ Cabe señalar que la resistencia a la igualdad racial jugó un papel central en la formación de la ideología conservadora contemporánea, por lo que, en gran medida, el movimiento por la libertad individual fue un movimiento por la libertad blanca.

Finalmente, uno debería considerar la posibilidad de que, en ocasiones, las dos ideas de libertad de De Dijn puedan tener puntos en común. En 2009, en los albores del movimiento Tea Party, un manifestante de derecha gritó: “¡Mantenga las manos de su gobierno fuera de mi Medicare!” Esta declaración, basada en la ignorancia del hecho de que Medicare es un programa del gobierno, provocó muchas burlas. Pero deberíamos echar un segundo vistazo a lo que esto sugiere sobre la relación entre estas dos ideas contrastantes de libertad. El movimiento por los derechos civiles, por poner un ejemplo, fue una lucha por los derechos individuales no basados ​​en el color de la piel y, al mismo tiempo, por la protección de esos derechos por parte de un gobierno más democrático. Para tomar otro ejemplo, en junio de 2015, el movimiento por los derechos LGBTQ logró una de sus mayores victorias en los Estados Unidos con la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo por parte de la Corte Suprema. Pero, ¿representó esto el triunfo de un movimiento democrático por la libertad o la destrucción de las restricciones gubernamentales sobre los derechos de las personas a contraer matrimonio? En otras palabras, ¿no es la protección de la libertad individual precisamente un punto clave de la democracia moderna?

Es mérito de De Dijn que Freedom: An Unruly History nos obligue a pensar en cuestiones tan importantes. En un momento en el que la supervivencia misma de la libertad y la democracia parece incierta, libros como este son más importantes que nunca, ya que nuestras sociedades contemplan tanto la herencia del pasado como las perspectivas para el futuro.

 

* En el artículo se usa de modo casi indistinto Freedom (libertad) y Liberty (en el que resuena con más fuerza la idea de liberación).

domingo, 28 de febrero de 2021

el fin del anonimato

 Ya no tengo ni querencia/ Y las leguas no me espantan,/ Porque no hay pa’ los que cantan/ Más pago que el de la ausencia

Osiris Rodríguez Castillos, Décimas a Jacinto Luna”.

El 19 de diciembre de 2015 mi hija me mostró el que sería su discurso de despedida en el acto de colación de la primera promoción del Instituto Politécnico Superior que recuperaba la formación industrial que le arrebatara el menemismo. Y que iba a renacer con el régimen macrista instalado en las elecciones de ese año.

Como fui también educado en una escuela industrial, lo mismo que los abuelos de mi hija –en especial, su abuelo materno fue alumno del Politécnico y, mientras ella cursaba los primeros años, él era aún docente en la Facultad de Ingeniería–, la despedida y el hecho de que le tocara leer ese discurso nos tenía inquietos, exigidos por una espada que agitaba la emoción y contra una pared que sostenía el estandarte de la lucidez.

Después de ensayar varios borradores, mi hija decidió que lo mejor sería sintetizar y acotar su discurso a eso que cabe, si se quiere, en la expresión de recital “una que sepamos todas”, es decir, un discurso que de algún modo rescataba ese espíritu de comunidad que comenzaba a disolverse y, a la vez, borraba su firma o, mejor, la unía a una firma común, a un rastro comunitario que se fusionaba en la letra de un poema anónimo, escrito en el baño de mujeres por no se sabía quién, que estaba allí antes de que ella arribara a la escuela y allí permanecería cuando ella se hubiese ido.

“Por llenar mi vida de tantos amigos/ de toda esa gente que creció conmigo/ porque este espejo empañado del baño/ nos vio hacernos grandes año tras año/ porque en cada mesa y en estos asientos/ quedaron sentados los más lindos momentos/ porque en estas paredes bajo los colores/ escribimos los nombres de aquellos amores./ Por aquellas tardes frías de taller/ compartiendo cosas que no van a volver/ porque desde estas tarimas me hicieron sufrir,/ me vieron copiar, me oyeron reír./ Porque seis años te entregué enteros/ y si los tuviera te los daría de nuevo…” Y así.




Claro, en su primera estocada el poema esquivó la coraza de mi formación lírica y buscó el costado sin huesos de mi carne adolescente. Aunque me sorprendió la imagen del “espejo del baño”, a cuyo costado mismo estaba escrito el poema, y aquello de que si la narradora “tuviera” los años que se anticipaba a extrañar en el escrito, se “los daría de nuevo”: había allí una pérdida ya vivida, el augurio residual de la misma pérdida que cristalizaba en los objetos de los que se despedía: la mesa, los asientos, las tarimas, el espejo. Se necesita cierta osadía para dejar por escrito eso: tratar de atrapar aquello que está a punto de perderse con la promesa de algo que no encontraremos. En fin, para estas cosas existe la escritura.

Un lustro más tarde, el jueves pasado, mi hija nos comunicó con emoción que sabía al fin quién había escrito aquel poema, que ella misma había leído desde el primer día que ingresó al Poli en el baño de mujeres, y con el que también anticipó durante seis años su conmovida despedida de la escuela. Nos envió un enlace a una red social en la que vimos a Paula Marull posando contra la pared donde estaba el poema, escrito a fines de 1991, cuando la autora estaba a punto de egresar.


“El último día del último año de clases –escribió Paula Marull en la entrada de la red social–, fui al baño de mujeres, me trepé a uno de los taburetes que hacíamos en carpintería y lo escribí en la pared justo al lado del espejo donde ya nos delineábamos, con la misma letra que terminábamos teniendo todos en el industrial. No lo firmé. Me limité a dejarlo ahí para que se lo lleven los años. Quería que las paredes lo absorban como el filtro solar que le pongo a mis hijas. Fui cobarde. Muchas veces me impulsó a escribir la cobardía. Sé que si hubiera hablado más, enfrentado más, confrontado más, hubiera escrito menos.


“Hace unos días me contactaron x Ig: “soy una egresada del Politécnico de Rosario y necesitamos por pedido del actual director dar con la autora del poema que aún hoy está escrito en la pared del baño de chicas, y todo lo que pudimos conseguir es saber que fue escrito por la promoción 91... Si tenés algún dato para aportar te lo agradeceríamos”.


“Para mi sorpresa al poema también le habían pasado muchas cosas en estos años. Lejos de quedar huérfano, fue adoptado por 30 generaciones de mujeres que, como nosotras, se refugiaban en el baño y le reforzaban el fibrón cuando se borroneaba, lo reescribían cuando el baño se pintaba y lo recitaban en las tarimas cuando egresaban.


“El Poli dejó de ser un colegio con 5 mujeres por división y este año deberán hacer una reforma en el baño que va a afectar la pared donde se aferró el poema como una hiedra y quisieron homenajearlo.


“Este fin de semana viaje a Rosario para entrar al baño de mi escuela después de 30 años pensando lo mismo que el día que lo escribí, ‘no tengo que llorar’. Volvió a ser imposible.”


Paula Marull: no puedo dejar de leer en ese apellido lo que escribió Ernesto Inouye sobre otro Marull, Facundo, un rosarino errante que es parte del panteón poético de la ciudad y hoy puede leerse gracias al trabajo de la Editorial Municipal de Rosario (EMR).


Según me dice Paula en un mensaje de wasap, no tiene claro si hay o no un parentesco con Facundo. Según Inouye, que interrogó sus fuentes dentro de la familia del poeta investigado para el volumen de su obra completa, el vínculo familiar es muy distante: “Resuelto el tema genealógico –me escribe también por wasap–. El bisabuelo de Facundo Marull era hermano del tatarabuelo de las mellizas [Paula y María]. Un parentesco bastaaante lejano.”


Pero, me digo, a fin de cuentas no estoy buscando parentescos más allá de unas palabras y un apellido sino, como dijo el poeta, “lo que se cifra en el nombre”. 

 

Errancia

 

En 2019 la EMR publicó la Poesía reunida de Facundo Marull en su colección Mayor, donde agrupa a esos poetas que, en la historia reciente, de algún modo registraron los modos de nombrar y aludir al Rosario de su época (están desde Felipe Aldana a Francisco Gandolfo). Ernesto Inouye fue no sólo el prologuista, sino el encargado de la investigación que llevó a reunir los versos, la biografía y la obra del poeta, que se reduce a dos libros publicados al promediar los 40, en Rosario, y los 60, en Montevideo.


A principios del año pasado, Inouye escribió en El Cocodrilo –la revista de Letras que incorpora tecnología e hipervínculos a la literatura vernácula– una crónica de su periplo en pos de datos biográficos y parte de la obra periodística de Facundo Marull.


La conclusión sobre Marull (muerto en 1994, en Buenos Aires, a los 79 años, aunque en una entrada de su Diccionario de Rosario, el historiador y coleccionista Wladimir Mikielevich lo da por muerto a mediados de los 80, según recoge el mismo Inouye) es que acaso era un hombre, un poeta, una biografía que no quería ser descubierta: “Desprovisto de bibliografía, tuve que basar la investigación en entrevistas a gente que lo había conocido o al menos había escuchado hablar de él, y en tratar de derivar datos nuevos de los pocos que tenía: por ejemplo leer comentarios en blogs discontinuados y stalkear a los usuarios que lo nombraban (en viajes al pasado a planetas abandonados como ‘Taringa!’ o la ‘blogosfera’) o no investigar a Marull sino ir hacia esos lugares donde había olor a Marull, algún personaje, movimiento artístico o político cercano como para, de alguna manera, ir cercándolo. La falta de información y estudios previos me obligó a abandonar el mundo de las ideas, e introducirme en el asistemático, múltiple y polivalente mundo real, la materia prima de los detectives y los comerciantes, y a partir de los rastros del Marull de carne y hueso intentar reconstruir su vida y después intentar descifrar su poesía singular”, escribe Inouye.


Nacido en Rosario, de una familia “aristocrática”, donde las comillas pueden leerse como: una familia vasta y con historia –hay una calle Mariano Marull en Alberdi, en Rosario– que no necesariamente significa rica, Facundo Marull eligió la errancia, nunca tuvo una casa e invirtió sus ingresos en motos que lo alejaban de las propiedades y la historia que podrían legarle un apellido y una pertenencia.


Beatriz Vignoli, en una nota publicada en un diario local, traza una genealogía de Marull y la vanguardia, que también se dibuja en la semblanza de Inouye: el autor que escapa de sí mismo y construye con su ausencia una obra que habla de él en silencio.


Paula Marull, actriz y dramaturga excepcional, quien hace treinta años dejó el Politécnico y no volvió a ingresar hasta el fin de semana pasado (lo dice en ese fragmento tomado de una red social y vuelve a decirlo en un audio de wasap), también narra en este conmovedor texto publicado en un diario porteño que su padre, cuando se separó de su madre y dejó la casa de Fisherton, era un nómade que la llevaba a ella y a su hermana por los patios y las casas de sus amigos en un recorrido afectivo que parecía sortear cualquier ambición de propiedad. Allí están Paula y su hermana deambulando y jugando con juguetes ajenos por las propiedades de rosarinos célebres como Roberto Fontanarrosa y otros cuya celebridad conocimos en los 80-90 a través de sus marcas, como la tradicional disquería Tal Cual.



Pero esa errancia, ese nomadismo emocional, esa cualidad de ausentarse y seguir “hablando”, contándole cosas a un tiempo que es nuestro a costa de perderlo, es también lo que está en el poema de Paula Marull que permaneció anónimo durante treinta años.


Hay algo “fantástico” –por el modo en que cierto orden parece subvertirse– en esta operación temporal que practican los Marull –el padre de Paula, según ella lo recuerda, el lejano Facundo y ella misma–: despliegan una rara operación que descoloca los estándares sucesivos de la temporalidad. Con su ausencia, Facundo Marull hace de su obra una contemporaneidad suspendida; con su anonimato, el poema del Politécnico se anticipa a las voces de aquellas que leen allí lo que Facundo Marull no tuvo, una pertenencia.


Leí una vez este tipo de “operación” en El fin de la aventura, de Graham Greene, donde Sarah Miles, esposa adúltera, ya muerta, se aparece en el sueño febril del hijo del señor Parkis, el detective que contrató el amante de Sarah para seguirla. El niño Parkis vuela de fiebre. “Apendicitis”, ha dicho el médico. Su padre le teme a la operación de su hijo y lo mantiene en cama. El joven lee un libro que perteneció a la infancia de Sarah. En su sueño, Sarah se le aparece y le palpa el lado derecho del vientre. Luego, anota algo en el libro que está en la mesita de luz. Al despertar, el niño observa en la primera página del libro que había estado leyendo una anotación que no había descubierto. Allí Sarah, de niña, había anotado: “Una vez que estuve enferma me dio este libro mamá/ Si alguien me lo robara Dios lo castigará/ Pero si enfermo te encuentras/ Consérvalo y léelo mientras”.



El tema del sueño, como anticipación o, como en el caso de El fin de la aventura, como visión, lleva al tema del tiempo. Claro que el mismo Greene señala el asunto en su ficción y pone en boca de un sacerdote la siguiente reflexión: “San Agustín se preguntaba de dónde venía el tiempo. Decía que venía del futuro, que aún no existía el presente, que no tenía duración e iba al pasado que había dejado de existir. No me parece que estemos en condiciones de comprender el tiempo mejor que un niño”. 


Pero, además, El fin de la aventura es quizás el más explícito homenaje de Greene a Léon Bloy. No sólo una cita de El alma de Napoleón inaugura la novela, en la trama del episodio narrado puede leerse también aquella otra observación de los diarios de Bloy sobre el tiempo: “Los acontecimientos no son sucesivos sino contemporáneos, de manera absoluta; contemporáneos y simultáneos, y es por esta razón por la que puede haber profetas. Los acontecimientos se despliegan bajo nuestros ojos como una tela inmensa. Sólo es nuestra visión la que es sucesiva”.


Esa metamorfosis temporal, estimo, es ni más ni menos la que opera en el poema de Marull en el baño del Politécnico y en el nomadismo del poeta rosarino, la contemporaneidad de una visión que vuelve al tiempo una dimensión particular, propia, capaz de ser habitada por todos aquellos que en un momento descubren que sólo la sucesión es ilusoria, que la errancia y el despojo es también un territorio solidario que permite a otros apropiarse de eso que siempre parece escaparse.

 
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Si no reparaste en los enlaces que están en el texto, acá está el listado de notas y escritos aludidos sobre los que se construyó este texto:
En FB Paula Marull cuenta su reencuentro con el poema que escribió en el baño del Politécnico treinta años después: https://m.facebook.com/story.php?story_fbid=10158141585953277&id=597848276 (de aquí también fueron tomadas las tres fotos de ella y su hermana María que ilustran esta entrada).
En El Cocodrilo, Ernesto Inouye cuenta su periplo en pos de la obra y los datos biográficos de Facundo Marull: https://revistaelcocodrilo.com/ensayos/marull-en-mikielievich-conservar-o-dejar-ir-por-ernesto-inouye/
En Página 12 Paula Marull escribe sobre "Pedro Navaja" y recuerda a su padre: https://www.pagina12.com.ar/292221-pedro-navaja-de-ruben-blades

sábado, 6 de febrero de 2021

la primera presidenta de la historia cumple 90 años

Ésta es una transcripción del Storybord “Isabelita”, emitido el 22 de octubre de 2020 del programa “Caricias Reperfiladas”, en El Destape Radio. Se rescata, sobre todo, la voz de Tomás Rebord, autor de la columna, pero se dejan de lado las intervenciones de Cristian Ciminelli y, salvo al final, de Elisa Sánchez, que hacen a este texto no sólo un análisis de la figura de Isabel Martínez de Perón, sino una intervención crítica e irónica sobre la historia y el presente político argentino. Al momento de emitirse este programa, ya otros dos episodios lo vinculaban, el dedicado a Augusto Vandor y el dedicado a Guillermo Patricio Kelly. Se agregaron al texto transcrito hipervínculos para ayudar a entender el contexto.
 

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por Tomás Rebord

Creo que hay una gran injusticia con la historia de Isabelita en la historia argentina. Históricamente es recordada como víctima y monstruo en simultáneo, que en sí mismo parece un oxímoron. Infantilizada, menospreciada, pero insisto, hay una suerte de paradoja en esta lectura, porque es víctima y al mismo tiempo victimaria. Políticamente parece que se exculpa en ella a todos los males de un momento político específico. Y puede que sea todo eso, salvo que no se dice que fue una política argentina. Y fue bastante relevante en realidad, fue la primera mujer presidenta de la historia del mundo, de la humanidad. La primera mujer presidenta de un sistema republicano de gobierno en el mundo.


Hablemos un poco de los orígenes: María Estela Martínez Cartas nació en La Rioja. Cuando muere su padre, a los siete años, la mandan con una familia adoptiva a Buenos Aires. Acá hay un nudo dramático, porque ella tiene una ruptura con su familia biológica. No se sabe tanto, pero intuyo que los odia, hay algo así como una traición originaria a partir de la cual ella construye su identidad, tanto que tiempo después cuando ella viaja a Argentina en representación de Perón, la madre la quiere ir a ver –¡claro, la quiere ir a ver ahora, después de que cuando murió el padre se la encajó a alguien en Buenos Aires!– e Isabelita no la recibió.

Ahí hay un primer dato, ella niega su familia biológica. De hecho, el antiperonismo de la época también construyó de ella un relato maquiavélico: “Mirá, niega ver a su madre”. De su familia no recibe a ninguno. También hay después un hermano al que mandan en cana y lo relacionan políticamente. Aparentemente los detesta. Ella estudia en Buenos Aires, se forma en danza, francés y piano, comienza su carrera como bailarina y adopta el nombre artístico de Isabel o Isabelita, ¿saben por qué? Es una referencia a Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, que fue emperatriz del sacro imperio Romano-Germánico y reina de España, o sea que Carlos en viaje, era regente Isabel de Portugal, estamos hablando de una Isabel de 20 años y ella ya elige el nombre de una emperatriz del Sacro Imperio Romano. Ojo con la construcción de sus ambiciones y de su historia. A los 20 inicia una gira con la compañía de danza por América Latina y en ese viaje, en Panamá, conoce a un Perón exiliado, probablemente en el peor momento de su vida, con una notable diferencia de edad, también explotada por medios y oposición para hablar de impureza y otras cosas. De todos modos era heavy la diferencia de edad, hablamos de 60 y 25 años. Y cuando ella lo conoce comienza a funcionar como su secretaria, su mano derecha. De hecho, todo lo que vive a partir de allí con Perón, el exilio en la embajada de Venezuela, ella estaba ahí, bancando los trapos, los tiros (la estadía en Caracas de la pareja fue perturbada por la sublevación militar que derrocó a Marcos Pérez Jiménez, por lo que debieron refugiarse en la embajada de República Dominicana, país gobernado entonces por Rafael Trujillo y al que se trasladaron por separado en 1958. Recién en 1960 partirían hacia España); le tocaron las peores con respecto al compromiso con el proyecto político.

Entramos ya a otra etapa cuando se asientan en España, en Puerta de Hierro. Esto lo hablamos cuando nos referimos a Vandor, así que no voy a ir en profundidad. Pero recuerdan que Perón la manda como delegada personal a la Argentina. Existía un contexto de tal enfrentamiento entre los propios sectores del peronismo, que ella era igual a él respecto de su equidistancia; en tanto figura representativa no era como mandar a nadie, no es que Perón decía “Te mando a Patricio Kelly”. Mandaba a Isabel y esto históricamente es re loco, porque es un legado fundacional de la figura mítica en gran parte de Eva Perón. Esta idea de que la pareja, el vínculo romántico del líder estuviese cargado de poder político real. Me interesa esto: no es que Isabel llegaba y era “testimonial”. Ella llegó, con todo lo pendeja e inexperta que se puede ser cuando uno es pendejo e inexperto objetivamente, y tuvo más de 600 reuniones en todo el territorio nacional. Ella venía a Ezeiza y se agarraban a tiros, la seguían los atentados, era un quilombo albergarla porque se agarraban a tiros las facciones donde sea que ella apareciese. Ese era el poder de representación que cargaba del movimiento nacional justicialista.

Vamos a ver ahora la correspondencia de Isabelita ya en territorio nacional, porque ella, aparte, tenía una misión. No es que Perón le dice “Andá a poner la cara”. Le dice Perón: “Andá a destruir el vandorismo”. Entonces, carta de Isabelita a Perón: “Vandor y etcétera han mostrado la hilacha y no hay que darles tregua porque son una basura”. Fijate Isabelita, ¡sin saber qué hacer! Después le dice sobre las elecciones en Mendoza (donde el peronismo fue dividido y perdieron por ir en dos listas separadas): “Hubiera querido brindarte el gobierno de Mendoza, pero pienso que es mejor así. Lo importante en realidad no era el contubernio sino defenestrar para siempre el cáncer del peronismo”. En la historia del peronismo hay un cáncer. Acá hay una paradoja que a mí me interesa señalar: para mí siempre es muy complejo entender para la gente que jamás militó nada en su vida –que es una cagada que sucede–, pero es mucho más común enfrentarse y tener broncas a título personal con tus propias internas, con las que tenés fricción permanentemente, que incluso con el contrario. Con el contrario en general se da la disputa en marcos en los que tenés como si fuese fair play deportivo. No digo que en todos los casos, pero suelen ser más encarnizadas las internas políticas que los enfrentamientos entre signos ideológicos diferentes. La interna te come la cabeza de una manera que no te lo come el enfrentamiento político con el opositor. Cuando conocés a alguien que nunca se metió en política te dice: “Eh, por qué no se juntan todos”. Y es lo más difícil.

En este viaje conoce a López Rega, que también está en un momento particular de su vida. Era un oficial retirado que estaba flashando un mambo espiritista total, era una cosa full retiro espiritual telar de la abundancia, ese mambo, el chabón había sacado un libro de astrología esotérica, se había metido en una logia masónica que era Anael. Esta logia era la que tenía mayor densidad teórica. ¿Saben de dónde sale Triple A? Era una tesis de la logia Anael respecto de la liberación del tercer mundo, postulaba que cuando se unan los tres vértices cósmicos de las tres A del planeta iba a estar liberado el movimiento nacional. Los tres ejes cósmicos de las A eran Asia, África y América. También al interior de la logia Anael era la tesis de que Perón era un conductor cósmico, intergaláctico, estiraba los brazos así porque se conectaba, eran como antenas. López Rega compra eso y convirtió esa AAA en Alianza Anticomunista Argentina.

Y ahí conoce a Isabel, porque Anael se iba a entrevistar con Isabel. López Rega va, de colado, y mete unas intervenciones medio crazies y conecta con Isabel, que le cae bien. Y a partir de ahí se manda y se transforma en su secretario personal y arranca toda la construcción de poder de López Rega en Puerta de Hierro. Mega turbio el vínculo, porque López Rega es quizás la primera persona que apuesta a Isabel como proyecto político en sí mismo, flashea mucho menos con Perón que con Isabel. El tipo estaba muy obsesionado con Eva Perón, tal es así que cuando el cadáver de Evita llega a Puerta de Hierro, López Rega intenta transmitir el espíritu del cadáver de Evita a Isabel. Y esto lo hicieron en una habitación. Si vos eras servicio en Puerta de Hierro capaz que un día abrías una puerta y veías a López Rega pasando el spirit del cadáver de Evita a Isabel Perón. La apuesta de López Rega era esa, transmutar el spirit que viva y empodere a Isabel.

Para que se hagan una idea, Isabel tiene un segundo viaje a Argentina y Perón intentó que cayera en un jueves laborable para que no se junte tanta gente a recibirla y, sin embargo, fueron unas diez lucas de personas a Ezeiza y casi se agarran a tiros también.

¿Por qué quiero hacer énfasis en estas cosas? Porque si ya con el primer viaje no bastó, con el segundo la figura de Isabel no sólo era poderosa en el movimiento, era incuestionable. Isabel Perón no es inocua, da discursos, habla, baja línea; o sea, hay toda una figura de poder real.

Después, obviamente, gana la fórmula del Frejuli, gana Cámpora. Para que se den una idea, hay una audio, que es real, de cuando Cámpora gana las elecciones y llama a Perón para contarle y compartir la alegría con el general (éste es un audio que usó Felipe Pigna pero porque nos lo robó, porque cuando vio que Caricias garpa dijo “lo voy a usar antes”, así que, nada, es lo que hay):

“–(Isabel) Muchas gracias doctor, estamos muy contentos. Yo se lo voy a transmitir al general.

“–(Cámpora) Si fuera posible, señora, que yo le pudiera decir unas palabras al general se lo agradecería mucho.

“–(Isabel) A ver un momentito, doctor.

“–(Cámpora) Gracias, señora.

“El momentito se fue transformando en eterno hasta que finalmente del otro lado del teléfono se escuchó aquella voz inconfundible que lamentablemente se nos tornaría tan ‘familiar’.

“–Doctor Cámpora, López Rega le habla…”

(A partir del minuto 4:08:)


Eso es un ejemplo del poder doméstico… Cámpora, electo presidente llama a Perón para decirle “¡Eh, ganamos!” y lo atiende Isabel. Y si rompés los huevos te atiende López Rega. Eso es Puerta de Hierro, fíjate qué foto del poder doméstico. Cuando gana Cámpora López Rega asume ya como ministro de Bienestar Social. Tenemos una imagen: Isabel también tuvo una misión diplomática, viajó a la República Popular China y a Corea del Norte donde morfó con Kim Il-Sung.

Obviamente Perón vuelve a la Argentina, no vamos a ahondar en su tercera presidencia y las condiciones estructurales: un gobierno impacificable, básicamente. Una Argentina dividida entre bandas, cargada de violencia política que, uno discutiría, sólo Perón podía resolver y hasta ahí, porque no le estaba resultando sencillo, la violencia estaba totalmente desatada y había asesinatos entre bandas todos los días. Fue el contexto político que le tocaba. Para colmo se muere y le tocó a Isabel Perón.

Entonces, vamos de vuelta con este contexto: una Argentina ingobernable le cae en las manos a Isabelita y, contexto aparte, Guerra Fría y Argentina era el único estado del Cono Sur que mantenía un gobierno constitucional democrático, todo el resto estaba en dictaduras. Insisto con la cuestión de la injusticia: Isabel Martínez de Perón asume un gobierno en un contexto de dictadura total en todo el Cono Sur y un estado de ebullición total ingobernable. Me interesa discutir esto: por qué lo hace. Aunque hay muchas formas de discutir esto, lo hace con legitimidad popular, porque es electa con el 60 por ciento de los votos y, así y todo asume, se hace cargo del país, y me interesa esta parte de la “no renuncia” porque va a ser central. Fíjense algunos datos de gestión con el incremento de la violencia, Montoneros pasando a la clandestinidad, todo esto pasa antes, Monte Chingolo pasa antes, mirabas para un costado y se te subleva medio país, a un gobierno peronista. Entonces, se produce el fin del pacto social producto de la crisis emergente, también la reapertura de paritarias, se sanciona la ley de Contrato de Trabajo (Isabelita sanciona la LCT), estatizaciones masivas de canales de televisión, fue una especie de línea dura para poner orden y unificar; ce congelaron cuotas de viviendas para garantizar la vivienda social, Argentina renueva su estructura sanitaria ingresando a la Organización Mundial de la Salud, monopoliza la comercialización combustibles –algo que la dictadura derogó inmediatamente–, tiene una de las tasas de desocupación más bajas de la historia argentina –en el período de gobierno de Isabelita–, a costa de una gran inflación que es el problema que conocemos nosotros; escuchá ésta: realizó una reunión de gabinete en la Antártida, aclarando que era territorio argentino, y esto que también me interesa: intercepta armamento destinado a la guerrilla desde Gran Bretaña –los ingleses metiendo armas, qué raro, ¿no? Hablando también de los ingleses: Isabelita tiene una política para con Malvinas que no tuvo casi nadie, para empezar, bombardeó a un buque de investigación británico, el Shackleton, porque estaba invadiendo las aguas argentinas, ¡lo bombardeó! Esto escaló en un conflicto e Isabelita expulsó a la embajada británica de la Argentina, expulsó al embajador: ¡soberanía nacional al palo! El corte nacional era incuestionable en el gobierno de la débil Isabelita que no podía hacer nada.

López Rega renuncia el 11 de junio de 1975 después de que la enorme presión sindical por el Rodrigazo (si comparamos las condiciones de vida del Rodrigazo con este momento, ahora estamos reventados). Según dice el historiador (Marcelo) Larraquy, se produce un hecho, el primer paro de la CGT en un gobierno peronista que exige la renuncia de López Rega y parece que él, en un momento estaba violentándola a Isabel diciéndole que salga al balcón a defenderlo, Isabel se niega y dice que le pega un cachetazo. A partir de ahí se pudre todo mal y lo rajan a López Rega.

Y acá está el punto que más me interesa destacar del gobierno de Isabel Perón: su negativa a renunciar cuando todo esto iba escalando, con el contexto del Cono Sur en dictaduras los sectores militares ¿qué dicen? “Renunciá”. Isabel se niega a renunciar. Hay una lectura, con el diario del lunes, por la que no se entiende muy bien qué pasó. Porque hay quienes dicen: estaba Perón y se murió y vino la dictadura. Y hay años en el medio. Y hubo un derrocamiento militar, no hubo una suerte de transición que devino en una dictadura, esos es falso. Los sectores militares instaron a Isabel a renunciar y hay una frase de Isabel: “Renunciar sería convalidar lo que va a venir después”, es una frase de Isabel Perón, ¿se entiende? Ella dice “no pienso renunciar”. Hay un intento de golpe anterior, en 1975, y escuchá esta anécdota de Ruckauf, que creo que tiene el récord de menos palabras en el Senado de la historia Argentina. Ruckauf, el entonces joven ministro de Trabajo recuerda: “Esa tarde estábamos con la presidente varios ministros, Antonio Cafiero, Federico Robledo, Tomás Botero, creo que Lorenzo Miguel y algunos más. Cerca el edecán militar con el teléfono diciendo que hablaba con Capellini, golpe de estado del 75, intento de golpe de estado. Isabel me miró y dijo ‘Atiéndalo usted, dígale que esta presidenta no acepta amenazas ni presiones, y que si quieren bombardear que lo hagan nomás, de acá me van a sacar muerta’”. Isabel Perón.

¿Qué le empiezan a hacer? Avanzada judicial: inventan un causa con la Cruzada de la Solidaridad para decir que era corrupta, ¿suena conocido? Bueno, todo lo mismo hasta llegar al golpe de estado de 1976. Y no renuncia un carajo, esto me interesa dejarlo claro: “renunciar es convalidar lo que viene”. A Isabel Perón la interceptan en un helicóptero, le ponen un cañón en la frente y le dicen “Estás presa”. Ella pregunta si la iban a fusilar. Y no, le dicen, el gobierno militar va a decidir. Pero esa es la postura del último gobierno democrático argentino: un arma frente a Isabel Perón y ella preguntando si pensaban fusilarla. Entonces, eso es muy distonto a decir “Murió Perón y entonces la joven inexperta, etcétera”. Ahora, para bien o para mal gobernó, y lo que digo es: tengamos la decencia de dotarla de entidad que merece la primera presidenta mujer en la historia del mundo para estar en desacuerdo con ella. Isabel Perón fue la primera presa de la dictadura militar de 1976. Estuvo cinco años presa, con el aditivo de que sigue viva. Es alguien que s tan neurálgica para la historia nacional que si quisiera hablar tiene de todo para decir. Y no habló más.

Había un proyecto de El Altar de la Patria donde descansarían los restos de Eva Perón, Juan Domingo Perón, todos los próceres nacionales, Joé de San Martín, Juan Manuel de Rosas, Hipólito Yrigoyen, Facundo Quiroga, el monumento al altar de la patria, algo que, entre otros, quería reflotar López Rega, ¿eh? Iba a estar ahí en Recoleta, iba a ser un monumento gigantesco que se iba a ver de todas partes.

[Intervención de Elisa Sánchez]–Quiero decir algo con respecto a esto y es algo también para repensar las figuras históricas: no juzgarla respecto de nuestros ideales sino de lo que estuvo antes y lo que vino después, lo que había cerca en Latinoamérica, no compararlas con nuestro ideal de democracia y república, sino en su contexto.

Esta foto de Isabelita en la CGT fue el 10 de marzo de 1976 [catorce días antes del golpe]: fíjate si se la ve con ánimos de claudicar, en ese contexto Lorenzo Miguel le dijo: “La CGT te va a bancar”.


viernes, 5 de febrero de 2021

pacto

Con poco entusiasmo comencé a ver la miniserie Your Honor, en la que Bryan Cranston vuelve desarrollar el papel del protagonista que se transforma en el antagonista, como en Breaking Bad. Me intrigaba qué haría el británico Peter Moffat en una historia ambientada en Nueva Orleans, y terminé atrapado por dos cosas, la primera, esa zona gris que describe, en la que la comunidad afrodescendiente ostenta víctimas y victimarios, una bruma gris que también se extiende en el lado blanco. Cranston es un juez muy progresista cuyo hijo atropella y mata con el auto a otro adolescente que conducía una moto nueva, y huye. Su padre lo lleva a entregarse pero descubre que la víctima es el hijo de un mafioso. De ahí en más todo el periplo por el cual la tapadera del crimen descubre a otro ser en el honorable juez del título de la miniserie.

La otra cosa que me atrapó fue el tema "Treaty", de Leonard Cohen, en cuya letra no había reparado la primera vez que lo escuché.

 

La traduje como "Pacto" (acá la original en inglés):

He visto cómo convertías el agua en vino

Y también he visto cómo lo volvías agua de nuevo

Me siento a tu mesa cada noche

Lo intento, pero no me llevo bien con vos

Ojalá haya un pacto que pudiéramos firmar

No me importa quien tome esta colina sangrienta

Estoy enojado y cansado todo el tiempo

Ojalá hubiera un pacto

Ojalá hubiera un pacto

Entre tu amor y el mio

Ah, están bailando en la calle, es el aniversario

Nos vendimos por amor pero ahora somos libres

Lo siento mucho por ese espíritu en el que te convertí

Solo uno de nosotros era real y ese era yo

Desde que te fuiste no he pronunciado esas palabras 

Que cualquier mentiroso podría decir tan bien

No puedo creer la estática que sobreviene

Eras mi suelo, mi sano y salvo

Eras mi Ariel

Ah, los campos gritan que es el aniversario

(...)

Escuché que la serpiente estaba desconcertada por su pecado

Se quitó las escamas para encontrar la serpiente interior

Pero nacer de nuevo es nacer sin piel

El veneno entra en todas partes

Y desearía que hubiera un pacto que pudiéramos firmar

No me importa quién tome esta colina sangrienta

Estoy enojado y cansado todo el tiempo

Ojalá hubiera un pacto

Ojalá hubiera un pacto

Entre tu amor y el mio

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Lo que me conmueve de "Treaty" es cómo recrea, en esa ruptura amorosa, las figuras de la eucaristía. Como en Graham Greene, ser un espíritu (Cohen escribe "I'm sorry for the ghost I made you be") no puede ser simplemente un "vapor", que es la operación de la que se lamenta el narrador de la canción de Cohen, quien volvió irreal a su amada, que es la imagen que se repite en la serpiente que se quita las escamas para buscar una serpiente interior que no existe.

Si la miniserie de Moffat lograra esa operación que halla Cohen en su letra, es decir, si el personaje de Cranston logra, como en Breaking Bad, disolverse en ese interior engañoso para convertirse en un veneno que lo inunda todo, Your Honor acaso se convierta en una gran serie en los dos episodios que le quedan hasta su final.

miércoles, 27 de enero de 2021

en casa del enemigo

Este análisis de Mark Fisher sobre la serie The Americans, se publicó en la revista New Humanist el 1 de Octubre de 2014, de donde lo tradujimos. También se puede leer en la más que recomendable traducción de k-punk, de Caja Negra Editora.

Los pocos hipervínculos del texto fueron agregados por nosotros, ya que no existían en el original. Entradas sobre la serie pueden encontrarse en este blog acá, acá y acá.

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Mark Fisher

La primera temporada de The Americans (emitida recientemente en el Reino Unido por ITV) terminó con una secuencia cuya banda sonora es “Games WithoutFrontiers” (“Juegos sin fronteras”) de Peter Gabriel. La serie ha sido elogiada con razón por su inteligente uso de la música, y “Games Without Frontiers”, que se estrenó en 1980, año en el que comienza la serie, fue una perfecta elección que resume el clímax de la primera temporada. Atmosféricamente, la canción es de alguna manera ansiosa y fatalista: sin inflexión emocional, la voz de Gabriel suena catatónica; la producción es fría e imponente. “Games Without Frontiers” no se siente postraumático, sino pretraumático: como si Gabriel estuviera registrando el impacto de una catástrofe que está por venir.

Escuchado ahora, especialmente en el contexto de The Americans, un thriller de la Guerra Fría, nos recuerda una época en la que ese terror era ambiental, cuando el espectro de un apocalipsis aparentemente inevitable tejía la vida cotidiana. Sin embargo, si “Games Without Frontiers” invoca el amplio momento histórico en el que se desarrolla The Americans, también comenta las intrigas específicas de la serie. Porque The Americans trata de espías soviéticos que se hacen pasar por una familia estadounidense corriente. El espionaje de la Guerra Fría no respetó las fronteras entre lo privado y lo público, entre la vida doméstica y el deber hacia la causa: de veras un juego sin fronteras.



Creado por el ex agente de la CIA Joe Weisberg, The Americans se centra en Elizabeth (Keri Russell) y Philip Jennings (Matthew Rhys), dos agentes de la KGB que viven encubiertos como americanos en Washington. Al parecer, Weisberg había ideado el escenario de la serie en la década de 1970, pero optar por 1980 tiene un gran sentido dramático. En 1980, la Guerra Fría se intensificó inmediatamente después de la invasión soviética de Afganistán y la elección de Ronald Reagan, quien estaba ansioso por llevar a cabo una lucha maniquea contra el “Imperio del Mal”.

La serie se caracteriza por una oscilación bipolar entre un naturalismo contundente y la intensidad de los gritos adrenalínicos del thriller. No son escasas las persecuciones de autos y los tiroteos en The Americans (probablemente no haya un programa más emocionante que éste en la televisión hoy en día), pero estos están intercalados con escenas de la vida doméstica, donde las tensiones son de otro tipo.

Lejos de ser el respiro de esa Guerra Fría, la vida hogareña de los Jennings es la zona donde llevan a cabo sus engaños más cargados de emoción. El matrimonio es en sí mismo una farsa: inicialmente al menos, Elizabeth y Philip son agentes en una misión, no amantes, y la serie trata en parte de sus intentos de navegar este tenso terreno emocional y reconciliar sus diferentes expectativas sobre lo que implican sus roles. Pero Elizabeth y Philip al menos saben lo que están haciendo; no necesariamente sus hijos, Paige y Henry. No saben que sus padres son agentes de la KGB (la ignorancia de los niños es una de las mejores formas de cobertura que los Jenning tienen a mano).

Esto no solo eleva la amenaza de que los descubran, también plantea un dilema moral: ¿se debe informar a los niños? Este dilema llega a un punto crítico en la segunda temporada, cuando el arco de la historia alcanza al asesinato de una pareja de compañeros de la KGB y uno de sus hijos. Cuando se revela que el niño sobreviviente, Jared, había sido reclutado por la KGB, inevitablemente surge la cuestión del reclutamiento de Paige. “Paige es tu hija”, dice Claudia, la controladora de la KGB de los Jennings, “pero no es solo tuya. Ella pertenece a la causa. Y al mundo. Todos lo somos.”

Esto nos lleva a un contraste entre The Americans e incluso algunas de las ficciones de espías más sofisticadas, como las de John Le Carre. En el trabajo de Le Carre, el adversario de George Smiley es Karla, la espía superiora de la KGB –y pese a todo lo que hizo Le Carre para complicar el trazo a grandes rasgos de la propaganda de la Guerra Fría entre el eje binario del bien y el mal, Karla siguió siendo una figura casi demoníaca cuyo compromiso era incomprensible para Smiley y su pragmatismo liberal y personal. En The Americans, los soviéticos se transforman en nuestros semejantes. Esto sucede en primer lugar al poner en primer plano a Elizabet y Philip. Pero los respalda bien el rico elenco de personajes de la rezidentura (la estación de la KGB en Washington): Nina Krylova, una agente doble, luego triple, frágil pero resistente e ingeniosa; el estratega pragmático Arkady Ivanovich; el ambicioso y enigmático Oleg Burov. La decisión de que los personajes de la embajada hablen ruso es importante; se mantiene su diferencia con los occidentales, y se evita la absurda convención de que se les escuche hablar un mal inglés con la pantomima del acento ruso.

En una inversión del estereotipo, los soviéticos en The Americans parecen mucho más glamorosos que sus contrapartes americanos. El principal antagonista de los Jennings, el agente del FBI Stan Beeman (Noah Emmerich), quien en un giro de telenovela termina siendo un vecino cercano, se muestra severo en comparación con los dinámicos y glamorosos Elizabeth y Philip, tal como luce la oficina del FBI: monótona y mezquina cuando se la contrapone con las intrigas de la rezidentura.

Esto sin duda contribuye al desarrollo subversivo de la serie, que consiste en que el público no solo simpatiza con los Jennings, sino que los apoya positivamente, tememos su descubrimiento, esperamos que todos sus planes se realicen. El mensaje de The Americans no es que los Jennings comparten una humanidad común con sus enemigos y vecinos americanos, sino que simplemente están del otro lado. Dada la situación extrema de su condición, nos es imposible pensar que Philip y Elizabeth son “como nosotros”; al mismo tiempo, sin embargo, la serie nos obliga a identificarnos con ellos, aun cuando se conserva su alteridad.

En los momentos críticos, se enfatizan sus diferencias con los americanos “reales”. Si bien a veces se ve que Philip vacila y contempla al menos algunos aspectos del estilo de vida estadounidense, Elizabeth nunca duda en su compromiso con la destrucción del capitalismo estadounidense. En un momento, durante la segunda temporada, Paige comienza a ir a un grupo parroquial. Nada lleva a su casa la extranjería de Elizabeth por la vida estadounidense –y a muchos de los protocolos del drama televisivo estadounidense– como la ferocidad de su hostilidad hacia este desenlace. La escena en la que una Elizabeth furiosa confronta a Paige por todo esto es extrañamente hilarante: no hay muchos espacios en otros dramas de la televisión estadounidense donde podamos ver que el cristianismo es atacado con tanto fervor.


La complejidad del personaje de Elizabeth, y su sofisticada interpretación de Keri Russell, puede ser lo más destacado de la serie. Tanto ella como Philip tienen que ser despiadados (cuando es necesario, matan sin remordimientos), pero Elizabeth tiene una frialdad y un aplomo poco sentimentales de los que carece el más equívoco Philip. Es un mérito de la serie que no se codifique esta frialdad como un defecto moral, sino que mantenga en tensión dos visiones del mundo en conflicto, que valoran la fuerza de propósito de Elizabeth y las incertidumbres de Philip de manera muy diferente. Por cierto, no hay duda, por ejemplo, de que Elizabeth ama a sus hijos (si no lo hiciera, fácilmente caería en el estereotipo del monstruo soviético), pero la pregunta es qué lugar debería tener este amor en su jerarquía de deberes. Para Elizabeth, está claro, la Causa siempre está primero.

En estas condiciones, en las que el capitalismo domina sin oposición, la idea misma de una Causa ha desaparecido. ¿Quién lucha y muere por el capitalismo? ¿La vida de quién adquiere sentido gracias a la lucha por una sociedad capitalista? (Quizás sea esta devoción a la Causa lo que le da a los personajes soviéticos en The Americans su glamour.) No fue otro que Francis Fukuyama quien advirtió que un capitalismo triunfal estaría embrujado por los anhelos de propósitos existenciales que los bienes de consumo y la democracia parlamentaria no podrían satisfacer. Gran parte del atractivo de The Americans depende del hecho de que se sitúa antes de este período. Nuestro conocimiento de que el colapso del experimento soviético estuvo a menos de una década del período en el que se desarrolla la serie da a todo el discurso sobre la Causa comunista en The Americans una cualidad melancólica. En 1980, la Guerra Fría se sentía como si fuera a durar para siempre. En realidad, en tan solo nueve años, todo lo que Elizabeth y Philip representaban colapsaría, y el fin de la historia caería sobre nosotros.