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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

sábado, 21 de marzo de 2026

la casa

Tomado de: La vida material, Plaza & Janés, Barcelona, 1988, traducción de Menene Gras Balaguer. Título original: La vie matereille, París, 1987.

por Marguerite Duras

La casa, se trata de la casa familiar, es para meter a los niños y a los hombres, para retenerlos en un lugar hecho para ellos, para contener su desvarío, distraerlos de este espíritu de aventura yde huida que les caracteriza desde el principio de los tiempos. Cuando se aborda esta cuestión, lo más difícil es alcanzar el material liso, sin asperezas, que es el pensamiento de la mujer acerca de esta empresa demente que representa una casa. La de la búsqueda de la contraseña común a niños y a hombres. El propio lugar de la utopía es la casa creada por la mujer, esta tentativa a la que ella no se resiste, a saber, interesar a los suyos no en la felicidad sino en su búsqueda, como si hasta el interés de la empresa girara alrededor de esta búsqueda, de modo que no fuera necesario rechazar decididamente la proposición desde el momento que era general: La mujer dice que es preciso desconfiar y a la vez comprender este interés singular por la felicidad. Cree que esto inducirá a los niños a buscar más tarde un estado dichoso de la vida. Esto es lo que quiere la mujer, la madre, hacer que su hijo se interese por la vida. La madre sabe que el interés por la felicidad de los demás es menos peligroso para el niño que la creencia en la felicidad para sí.

En Neauphle, solía cocinar a primera hora de la tarde. Esto ocurría cuando la gente no estaba allí, estaba trabajando o de paseo por los Estanques de Holanda, o durmiendo en las habitaciones. Entonces tenía para mí toda la planta baja de la casa y el parque. Era en estos momentos de mi vida, cuando veía claramente que los amaba y que quería su bien. El tipo de silencio que seguía a su partida lo tengo en la memoria. Entrar en este silencio era como entrar en el mar. Era a la vez una felicidad y un estado muy preciso de abandono a un pensamiento en devenir, era una manera de pensar o no pensar tal vez —no está lejos— y ya, de escribir.

Lentamente, con cuidado, para que esto dure aún, cocinaba para esta gente ausente a lo largo de aquellas tardes. Hacía una sopa para que la encontraran a punto en caso de que tuvieran mucha hambre. Sino había una sopa a punto, no había nada de nada. Sino había una cosa a punto, es que no había nada, es que no había nadie. Las provisiones solían estar allí, compradas por la mañana, de modo que sólo había que limpiar legumbres, poner la sopa a cocer y escribir. Nada más. 

Durante mucho tiempo pensé en comprar una casa. Nunca imaginé que podría poseer una casa nueva. En Neauphle, la casa consistió, primero, en dos granjas construidas un poco antes de la Revolución. Debe tener un poco más de dos siglos. He pensado en ella a menudo. Estaba ahí. En el cruce de los bosques de Rambouillet y de Versalles. En 1958, me pertenecía. He pensado en ella hasta el dolor algunas noches. La veía habitada por estas mujeres. Me veía precedida por estas mujeres en estas mismas habitaciones, en los mismos crepúsculos. Hubo nueve generaciones de mujeres antes que yo entre estos muros, mucha gente, alrededor de los fuegos, niños, criados, vaqueras, toda la casa estaba alisada, frotada en los ángulos de las puertas, por el paso de los cuerpos, de los niños y de los perros. 

Son cosas en las que las mujeres piensan mucho, durante años, y que constituyen el hecho de su pensamiento cuando los niños son pequeños: cómo evitarles el mal. Y esto, para no desembocar en nada casi siempre. 

Hay mujeres que no lo consiguen, mujeres torpes con su casa, que la sobrecargan, que la abarrotan, que no operan sobre su cuerpo ninguna abertura hacia el exterior, que se engañan completamente y que no pueden hacer nada, que convierten la casa en inhabitable, lo que hace que los niños la abandonen cuando alcanzan los quince años, como la abandonamos nosotros. Huimos porque la única aventura ha sido prevista por la madre. 

Hay muchas mujeres que no resuelven el desorden, el problema de la invasión de la casa por lo que se denomina el desorden en las familias. Estas mujeres saben que no consiguen superar las dificultades increíbles que representa el arreglo de una casa. Pero saberlo o no, poco importa. Estas mujeres transportan el desorden de una habitación a otra de la casa, lo desplazan o lo ocultan en sótanos o en piezas cerradas, o en baúles, armarios, y de ese modo crean en su propia casa lugares cerrados con candados, que ya no pueden abrir, ni siquiera delante de su familia, sin que parezcan indignas. Hay muchas que tienen buena voluntad e ingenuas, y que creen que el asunto del desorden se puede resolver aplazándolo para «más tarde», que ignoran que este momento que llaman «más tarde» no existe ni existirá nunca. Y que cuando llegue verdaderamente será demasiado tarde. Que el desorden, es decir, la acumulación de bienes, debe resolverse de una manera  extremadamente penosa por la separación con los bienes. Creo que todas las mujeres sufren por esto, por no saber tirar y separarse. Hay familias que, cuando tienen una gran casa, lo guardan todo durante tres siglos, los niños, el señor Conde, Alcalde del pueblo, los trajes y los juguetes. 

He tirado, y he lamentado. Siempre se lamenta haber tirado en cierto momento de la vida. Pero si no se tira, si uno no se separa, si se quiere guardar el tiempo, se puede pasar la vida ordenando y archivando la vida. Las mujeres guardan a menudo las facturas de electricidad y de gas durante veinte años, sin otra razón que la de archivar el tiempo, archivar sus méritos, el tiempo que han pasado y del que no queda nada.

Lo repito. Hay que repetirlo mucho. El trabajo de una mujer, desde que se levanta hasta que se acuesta, es tan duro como una jornada de guerra, peor que la jornada de trabajo de un hombre, porque ella debe inventar su empleo del tiempo conforme al de otras personas, personas de su familia y de aquellas de las instituciones exteriores. 

En una mañana de cinco horas, hace el desayuno de los niños, los lava, los viste, limpia su casa, hace las camas, se asea, se viste, va a hacer la compra, cocina, pone la mesa, en veinte minutos hace comer a los niños, grita, los vuelve a llevar a la escuela, limpia los platos, lava la ropa y el resto, y el resto. Tal vez, hacia las tres y media, pueda leer un periódico durante media hora.

 

Una buena madre de familia, para los hombres, es cuando la mujer hace de esta discontinuidad de su tiempo una continuidad silenciosa e inaparente. 

Esta continuidad silenciosa era recibida por lo demás como la vida misma y no como uno de sus atributos, por ejemplo el trabajo. Estamos aquí en el fondo de la mina. 

Se puede decir que esta continuidad silenciosa existía de tal modo, y desde hace tanto tiempo, que terminaba por dejar de existir del todo para la gente que rodeaba a la mujer. Quiero decir que para los hombres, el trabajo de las mujeres les importaba tanto como, por ejemplo, unas nubes que dan la lluvia, O la lluvia misma que dan las nubes. Esta tarea se llevaba a cabo de un modo semejante a la de dormir cada día. Entonces, el hombre estaba contento, en su casa todo funcionaba. El hombre de la Edad Media, el hombre de la Revolución, y el hombre de 1986. 

Me olvido decir una cosa que las mujeres deben meterse en la cabeza: no deben presumir, los hijos son como los padres. Éste trata a la mujer de la misma manera. Éste llora de la misma manera cuando ella muere. Éste también dice que nada la remplazará. 

Antes era pues, así. Antes, me ponga del lado que me ponga, cualquiera que sea el siglo en la historia del mundo, veo a la mujer en una situación límite, insostenible, bailando sobre un hilo por encima de la muerte. 

Ahora, sea cual sea el lado de mi tiempo hacia el que me gire, veo a la starlette de las oficinas mediadoras de turismo o bancarias, esta primera de la clase, mona e infatigable, al corriente de todo de la misma manera, bailando, sobre un hilo por encima de la muerte. 

Luego, ya veis, escribo para nada. Escribo como hay que escribir, me parece. Escribo para nada. Ni siquiera escribo para las mujeres. Escribo sobre las mujeres para escribir sobre mí, sobre mí sola a través de los siglos. 

He leído Un cuarto propio, de Virginia Woolf, y La Bruja, de Michelet. 

Ya no tengo ninguna biblioteca. Me he deshecho de ella, de toda idea de biblioteca también. Se ha terminado. Estos dos libros, es como hubiera abierto mi propio cuerpo y mi cabeza, y leyera el relato de mi vida en la Edad Media, en los bosques, en las fábricas del siglo XIX. No he encontrado ni a un solo hombre que haya leído a la Woolf. Estamos separados, como dice ella en sus novelas, M.D. 

La casa interior, la casa material. 

La primera escuela fue mi propia madre. Cómo organizaba sus casas. Cómo las limpiaba. Es ella la que me enseñó la limpieza, la ingénita, enfermiza, supersticiosa en 1915, en Indochina, de una madre de tres niños pequeños. 

Lo que quería esta madre, mi madre, era asegurarnos a nosotros, sus hijos, que ningún momento de nuestra vida, pasara lo que pasara, los acontecimientos más graves, por ejemplo la guerra, nos cogiera desprevenidos. Desde el momento en que teníamos una casa y nuestra madre, nunca nos veríamos abandonados, ni arrastrados por la tormenta, ni cogidos de improviso. Podían llegar guerras, aislamientos debidos a inundaciones, a la sequedad, para nosotros siempre habría habido una casa, una madre, algo de beber y de comer. Creo que hasta el final de su vida, hizo confituras para la tercera guerra que iba a venir. Acumuló azúcar y «pasta». Se trata de una aritmética pesimista que procede de un pesimismo de base, que he heredado totalmente. 

Con el episodio de los Diques, mi madre había sido robada y había sido abandonada por todos. 

Nos había criado sin ninguna ayuda. Nos había explicado que había sido robada y abandonada, porque nuestro padre había muerto y ella se había quedado indefensa. Había una cosa de la que ella estaba segura, y era que todos estábamos abandonados. 

Experimento este gusto profundo de llevar la casa. He experimentado este gusto toda mi vida. Y todavía me queda algo de él. Todavía ahora, necesito saber lo que hay de comer en los armarios, si hay todo lo que hace falta, en todo momento, para durar, vivir, sobrevivir. También yo busco aún la autarquía del barco, del viaje de la vida, para las personas que quiero y para mi hijo. 

A menudo pienso en las casas de mi madre, en todas las funciones que realizaba, a siete horas de pista del primer puesto blanco, del primer doctor. 

Estaban llenas de alimentos y medicamentos, de granizo menudo, de jabón negro, de alumbre, ácidos, vinagres, quinina, desinfectantes, ametina, peptofer, pulmoserum, hepatrol y carbones. 

Quiero decir que mi madre era más que mi madre, era como una institución. Los indígenas venían a verla también para que ella los cuidara. La casa va hasta allí, se extiende fuera también. Éste era el caso. Muy pronto en nuestra vida fuimos conscientes de esto, y por ello tuvimos para con mi madre un gran agradecimiento. Era todo a la vez, la madre, era la casa en torno a ella, y era ella en la casa. 

Ella se extendía pues, más allá de sí misma, con las previsiones de los tiempos malos, de los años de condena. Mi madre había vivido dos guerras, es decir nueve años de guerra. Esperaba la tercera guerra. Creo que la esperó hasta su muerte, como quien espera la próxima estación. Ella sólo leía el periódico para esto, creo, para intentar leer entre líneas si la guerra se aproximaba. No me acuerdo que me haya dicho ni una sola vez que la guerra retrocedía. 

En ocasiones, durante nuestra infancia, mi madre jugaba a enseñarnos la guerra. Cogía un bastón largo, casi como un fusil, se lo ponía en los hombros, y andaba, marcando el paso, delante nuestro, cantando Sambre et Meuse. Al final estallaba en sollozos. Y nosotros la consolábamos. Sí, a mi madre le gustaba la guerra de los hombres. 

Creo que la madre, en todos los casos o casi, en el caso de todas las infancias, en el caso de todas las exigencias que han seguido a esta infancia, la madre representa la locura. Queda como la persona más extraña y más loca que uno haya encontrado jamás, nosotros, sus hijos. Muchas personas dicen, hablando de su madre: «Mi madre estaba loca, lo digo y lo creo. Loca.» En el recuerdo, se ríe mucho de las madres. Y es divertido. 

En Neauphle-Le Chateau, mi casa de campo, había hecho una lista de productos que había que tener siempre en casa. Había casi veinticinco. Esta lista se guardó, sigue estando allí, porque fui yo quien la escribió. Sigue siendo exhaustiva. 

Aquí en Troauville, es otra cosa, es un apartamento. Aquí no se me ocurriría hacerla. Pero en Neauphle siempre hubo provisiones. Ésta es la lista:



La lista sigue estando ahí, sobre la pared. No se ha añadido ningún otro producto a los que están ahí. Ninguno de los quinientos a seiscientos nuevos productos que han sido creados desde la confección de esta lista, en veinte años, ha sido adoptado. 

El orden exterior, el orden interior de la casa. El orden exterior, es decir, el arreglo visible de la casa, y el orden interior que es el de las ideas, de los soportes sentimentales, de las eternidades de sentimientos de cara a los niños. Una casa tal como mi madre las concebía, era para nosotros, así. No pienso que lo hubiera hecho ni para un hombre ni para un amante. Es una actividad que ignoran completamente los hombres. Ellos pueden construir casas, pero no crearlas. En principio, los hombres, no hacen nada para los niños. Nada material. Los llevan al cine o de paseo. Es todo, creo. El niño les llega a los brazos cuando vuelven del trabajo, limpio, cambiado y a punto para ir a la cama. Feliz. Esto crea la diferencia abismal entre hombres y mujeres. 

Creo, fundamentalmente, que la situación de la mujer, y lo digo de una manera incidental, no ha cambiado. La mujer se encarga de todo en la casa, incluso si se le ayuda a hacerlo, incluso si es mucho más experta, mucho más inteligente, mucho más audaz que antes, incluso si ahora tiene más confianza en sí misma. Incluso si escribe mucho más, la mujer, en relación al hombre, no ha cambiado. 

Su aspiración esencial sigue siendo conservar la familia, mantenerla. Y si socialmente ha cambiado, todo lo que hace, lo hace además de esto, de este cambio. Pero, ¿ha cambiado el hombre? Casi nada. 

Tal vez grita menos. Ahora también se calla antes. 

Sí. No ve nada más que decir. Le da por estar silencioso. Por desembocar en el silencio y naturalmente. Por descansar del ruido de su propia voz. 

La mujer es el hogar. Lo era. Sigue siéndolo. Se me puede hacer la siguiente pregunta: y cuando el hombre se acerca al hogar, ¿es que la mujer lo soporta? Yo digo sí. Sí, porque en este momento, el hombre forma parte de los niños. 

Hay que socorrer las necesidades del hombre, como las de los hijos. Y para la mujer es igualmente un placer. El hombre se cree un héroe, siempre como el niño. Al hombre le gusta la guerra, la caza, la pesca, la moto, los coches, como al niño. Cuando duerme, se ve, y las mujeres aman a los hombres por esto. No hay que engañarnos al respecto. Se ama a los hombres inocentes y crueles, se ama a los cazadores, a los guerreros, se ama a los niños. 

Esto continuó durante mucho tiempo. Desde que el niño era pequeño, iba a buscar los platos a la cocina, para traerlos a la mesa. Cuando se terminaba un plato, y se esperaba el otro, yo lo hacía sin pensarlo, feliz. Hay muchas mujeres que lo hacen. 

Así, como yo. Lo hacen cuando los niños tienen menos de doce años, y luego continúan haciéndolo. 

Las italianas por ejemplo, en Sicilia, se ve a mujeres de ochenta años sirviendo a niños de sesenta años. 

He visto a mujeres de éstas en Sicilia. 

La casa siempre es un poco, reconozcámoslo, como si se os diera un yate, un barco. La gerencia mobiliar, inmobiliar y humana, es un trabajo impresionante. Las mujeres que no son del todo mujeres, que son ligeras, que cometen faltas graves en su gerencia, son aquellas que no hacen las reparaciones en seguida. Yo consigo lo que quería, en las reparaciones de la casa. Me gustaría mucho entrar en todos los detalles, pero el lector tal vez no comprenda por qué. Por lo menos, esto es lo que he de decir. Las mujeres que esperan que haya tres enchufes rotos, que la aspiradora esté estropeada, que los grifos goteen para llamar al lampista, se equivocan. En general, son por lo demás mujeres dejadas, las que hacen esto, las que «dejan caer», mujeres que han pensado que el marido debía darse cuenta y deducir de ello que son desgraciadas por su causa. Estas mujeres no saben que los hombres no ven nada en una casa mantenida por ellas, puesto que es una cosa de todo el tiempo de su vida, que han visto durante todo el tiempo de su infancia con una mujer que era su madre. Ya ven que hay unos enchufes rotos, pero, ¿qué es lo que dicen? Dicen: «Toma, los enchufes están rotos», y es como si nada. Si la aspiradora está rota, no lo verán. No ven nada de esto. Lo mismo que los niños, nada. Así que el comportamiento de la mujer es impenetrable para el hombre. Si la mujer deja de hacer una cosa, si se olvida, o si por ejemplo se venga, no comprando enchufes, los hombres no lo verán. Ose dirán que ella tiene sus razones para no ir a buscar los enchufes o no hacer reparar la aspiradora y que no sería delicado preguntar cuál es. Sin duda, temen encontrarse bruscamente ante su desesperación, que ésta los invada a su vez, y los derribe. Se os dice: los hombres ahora «colaboran». No se sabe muy bien lo que quiere decir. Los hombres intentan «colaborar» —en el atolladero material— esto seguro. 

Pero yo no sé demasiado qué pensar al respecto. 

Tengo un amigo que cocina y hace la limpieza de la casa. Su mujer no hace nada. Hacer la limpieza le asquea profundamente. La cocina, no sabe por dónde empezar. Entonces mi amigo educa a los niños, cocina, friega, va a la compra, hace las camas, todas las labores domésticas. Y además, hace un trabajo para mantener a su mujer y a los niños. Su mujer quería estar lejos del ruido y tener amantes cuando le complacía. Entonces, ella cogió una casita al lado de la casa donde vive el hombre con sus dos hijos. Es una cosa que él admite, para conservarla. Ella es la madre de sus hijos. Él lo acepta todo. Ya no sufre. ¿Qué decir de esto? Yo experimento una reacción de ligero asco ante un hombre tan servil. 

Me dicen que los hombres suelen hacer las faenas más pesadas, y que se les encuentra junto a los estantes de utensilios, en los grandes almacenes. A esto no respondo, porque las faenas pesadas son un deporte para los hombres. Cortar árboles es, al salir de la oficina, un tipo de deporte, no es un trabajo. A un hombre de fuerza mediana y de tamaño ordinario, si se le dice lo que es preciso hacer, lo hace. Lavar los platos, lo hace, hacer las compras: lo hace. 

Tiene esta tendencia desastrosa a creer que es un héroe cuando compra las patatas. Pero no importa. 

Me dicen que exagero. Todo el tiempo me dicen: Usted exagera. ¿Usted cree que es la palabra? ¿Usted dice, idealización, que yo idealizaría a la mujer? Es posible. ¿Quién lo dice? No le hace ningún daño a la mujer que la idealicen. 

Podéis pensar lo que queráis de lo que cuento aquí. Debo hablaros en un lenguaje ininteligible, puesto que os hablo del trabajo de la mujer. Lo principal es hablar de ella y de su casa y de lo que rodea a la mujer, de su gerencia del bien. 

Un hombre y una mujer son, a pesar de todo, diferentes. La maternidad no es la paternidad. En la maternidad, la mujer deja el cuerpo a su hijo, a sus hijos, éstos se ponen encima suyo como sobre una colina, como en un jardín, se la comen, le dan golpecitos, se duermen encima y ella se deja devorar y a veces se duerme mientras están encima de su cuerpo. En la paternidad no se produce nada parecido.

Pero, tal vez la mujer mantiene en secreto su propia desesperación a lo largo de sus maternidades, de sus conyugalidades. Tal vez pierde su reino en la desesperación de cada día, y esto en el transcurso de toda su vida. Tal vez sus aspiraciones de juventud, su fuerza y su amor se alejan de ella justamente a causa de las llagas hechas y recibidas en la más pura legalidad. Tal vez es así. Tal vez el martirio es condición de la mujer. Tal vez la mujer completamente floreciente en la demostración de su saber hacer, de su deportividad, de su cocina y de su virtud, es para tirarla por las ventanas.

Hay mujeres que tiran. Yo tiro mucho.

Durante quince años, he estado tirando mis manuscritos tan pronto como el libro se publicaba. Si busco el porqué, creo que era para borrar el crimen, desvalorizarlo a mis propios ojos, para «pasar mejor» en mi propio medio, para atenuar la incidencia de escribir cuando se era una mujer, de esto hace apenas cuarenta años. Guardaba restos de tejidos, restos de alimentos, pero no esto. Durante diez años he quemado mis manuscritos. Luego un día me dijeron: «Guárdalos para tu hijo más tarde, no se sabe nunca.»

Era en la chimenea de la sala de Neauphle donde esto ocurría. Se trataba de la destrucción capital, aquella por el fuego. ¿Supe pues tan pronto en mi vida que era una escritora? Sin duda. Me acuerdo de los días siguientes a aquellos días. El lugar se hacía claro, virginal. La casa se iluminaba, las mesas se volvían disponibles, lisas, libres, con todas las marcas borradas.

Antes, las mujeres guardaban mucho. Guardaban los juguetes de los niños, sus deberes, sus primeras redacciones. Guardaban las fotos de su juventud. Fotos oscuras, de tonos suaves, que las maravillaban. Guardaban sus trajes de jovencita, su traje de novia, el ramo de flores de azahar, pero ante todo, las fotografías. Las fotos de un mundo que sus hijos no habían conocido válidas para ellas solas.

La invasión de la casa por la marea de bienes materiales proviene también, y tal vez antes que nada, de las rebajas, archirrebajas, rebajas rebajadas que regularmente inundan París, en un ritual que sin duda alguna dura desde hace mucho tiempo. El blanco, las malas ventas del verano en otoño, las malas ventas del otoño en invierno, todas, cosas que las mujeres compran como si se drogaran, porque es barato y no porque lo necesiten, todas estas «locuras», a menudo son arrumbadas en cuanto llegan a casa. Ellas dicen: «No sé lo que me ha cogido...» Al igual que lo dirían de una noche pasada en el hotel con un desconocido.

En los siglos que han precedido, la mayoría de las mujeres tenían dos o tres justillos con faldas, un corpiño y dos enaguas; en invierno lo llevaban todo encima, y en verano esta ropa se guardaba en un hatillo de algodón sujeto por las cuatro esquinas, con esto iban a prestar sus servicios o a casarse. Ahora las mujeres deben tener doscientas cincuenta veces más vestidos que hace doscientos años. Pero la permanencia de la mujer en la casa sigue siendo de idéntica naturaleza. Se trata siempre de una existencia como escrita, ya descrita, incluso a sus propios ojos. De un papel en cierto modo, en el sentido habitual del término, pero que se desempeñaría inevitablemente y sin tener casi conciencia de ello: Así, en el teatro de la soledad profunda que es durante siglos el de su vida, de esta manera, la mujer viaja. Este viaje no tiene nada que ver ni con las guerras ni con la cruzada, se hace en la casa, el bosque, y en su cabeza acribillada de creencias, a menudo achacosa y enferma. En este caso es cuando se la promulga bruja, como lo sois vosotros, como lo soy yo, y la queman. Durante ciertos años, ciertos inviernos, ciertas horas de ciertos siglos, las mujeres se han ido con el paso del tiempo, la luz, los ruidos, la caza con hurón de los animales en las espesuras, los gritos de los pájaros. El hombre ni está al corriente de estas salidas de las mujeres. El hombre no puede estar al corriente de estas cosas.

El hombre está ocupado en un servicio, en un oficio, tiene una responsabilidad que no le abandona nunca, que hace que no sepa nada de las mujeres, nada de la libertad de las mujeres. El hombre deja de tener libertad muy temprano en la Historia. Durante mucho tiempo a lo largo de los siglos, los hombres que están cerca de las mujeres son mozos de labranza; suelen ser atrasados, burlones apaleados, impotentes. Están allí, entre las mujeres, para hacerles reír, y ellas les esconden, les salvan de la muerte. A ciertas horas de los días de estos siglos, unos pájaros solitarios gritaban en la noche clara antes de la desaparición de la luz. Ya, la noche caía de prisa o lenta, era según los días de la estación, según el estado del cielo o el de la pena horrible o ligera que uno tenía en el corazón.

Las chozas debían ser sólidas en el bosque contra los lobos, los hombres. Estamos en 1350, por ejemplo. Ella tiene veinte años, treinta años, cuarenta años, no más. No sobrepasa aún esta edad sino muy raramente. En las ciudades hay peste.

Ella tiene hambre siempre. Miedo. Es la soledad que emana alrededor de la forma famélica, que funda el reino. No es el hambre ni el miedo. Michelet no puede pensar en nosotros por lo delgados y raquíticos que estamos. Hacemos diez niños para quedarnos con uno. Nuestro marido está lejos.

¿Cuándo nos cansaremos de este bosque de nuestra desesperanza? ¿De este Siam? ¿Del hombre que prendía primero fuego a la pira?

Perdónennos por hablar tan a menudo de ello. 

Estamos ahí. Ahí donde se hace nuestra historia. No en otra parte. No tenemos amantes salvo los del sueño. No tenemos deseos humanos. Sólo conocemos el rostro de los animales, la forma y la belleza de los bosques. Tenemos miedo de nosotros mismos. Tenemos frío en nuestro cuerpo. Estamos hechos de frío, de miedo, de deseo. Nos quemaban. Todavía se nos mata en Kuwait y en los campos de Arabia.

También hay casas demasiado bien hechas, que están demasiado bien pensadas, sin ningún incidente, pensadas de antemano por especialistas. Por incidente, entiendo lo imprevisible que resulta el uso de la casa. El comedor es grande, porque es allí donde se recibe a los invitados, pero la cocina es pequeña, cada vez más pequeña. Siempre se come allí, amontonados -cuando uno sale todos los demás deben levantarse- pero no se ha abandonado.

Querríamos desenseñar a la gente a comer en la cocina, y es allí donde se reúne, donde van todos cuando oscurece, es allí donde hay calor y donde uno se queda, con la madre que cocina, charlando. La antecocina, allí donde se hace la colada, la ropa blanca, ya no existe tampoco, y sin embargo es irremplazable, como las cocinas amplias, los patios.

Ahora, ya no podéis hacer el plano de vuestra casa, está mal visto, se os dice: «Estaba bien antes, ahora hay especialistas que lo hacen, y lo hacen mejor que vosotros.»

Experimento un profundo asco cuando veo cómo se desarrolla este tipo de solicitud. En general, las casas modernas carecen de estas estancias que constituyen las fases complementarias de las proposiciones principales que son la cocina, el dormitorio. Me refiero aquí a sitios donde colocar la despensa. Uno se pregunta cómo prescindir de ellas, dónde poner la plancha, las provisiones, la costura, las nueces, las manzanas, los quesos, las máquinas, los utensilios, los juegos, etc.

De igual modo, las casas modernas carecen de pasillos para que los niños corran o jueguen, para los perros, los paraguas, los abrigos, las carteras, y luego no nos olvidemos: los pasillos son el lugar por los que se deslizan estos niños pequeños cuando están extenuados, es ahí donde se duermen, donde se les recoge para meterles en la cama, es ahí donde van cuando tienen cuatro años y están hartos de los mayores, de su filosofía, de todo, es ahí donde van cuando dudan de ellos y se ponen a llorar sin gritar y sin pedir nada.

La casa siempre carece de sitio para los niños, siempre, en todos los casos, incluso en los castillos. Los niños no miran las casas, pero conocen los escondrijos mejor que la madre, los niños escudriñan. Buscan. Los niños no miran las casas como tampoco las paredes de carne que los encierran, cuando no ven aún, pero las conocen. Miran la casa cuando la abandonan.

También quisiera hablar del agua, de la limpieza de las casas. Una casa sucia es terrible, sólo es para la mujer sucia, el hombre sucio, los niños sucios. No se puede vivir en ella si no se pertenece a una familia sucia. Una casa sucia significa otra cosa para mí, un estado peligroso.de la mujer, un estado de ceguera, ella ha olvidado que se podía ver lo que ha hecho o lo que no hace, es sucia sin saberlo. La vajilla amontonada, la grasa, todas la cazuelas sucias. He conocido personas que esperaban a que hubiera larvas en la vajilla sucia para lavarla.

Algunas cocinas horrorizan y desesperan. Lo peor son los niños criados en la suciedad, seguirán siendo sucios para el resto de su vida. Los bebés sucios son lo más sucio que hay.

En las colonias, la suciedad era mortal, traía las ratas y las ratas traían la peste. Al igual que las piastras –de papel– traían la lepra.

Para mí, la limpieza también reside en una especie de superstición. Cuando me hablan de alguien, siempre pregunto si es una persona limpia, incluso ahora, lo pregunto como preguntaría si es una persona inteligente o sincera, u honrada.

En El amante dudé en mantener el texto limpio no sé bien por qué. Durante nuestra infancia en las colonias, siempre estábamos en el agua, nos bañábamos en los ríos, nos duchábamos con el agua de las jarras mañana y noche, íbamos descalzos por todas partes salvo por la calle, pero cuando lavábamos la casa con grandes cubos de agua con los hijos de los Boys era la fiesta de la gran fraternidad entre los hijos de los Boys y los hijos de los Blancos.

Aquellos días mi madre se reía complacida. No puedo pensar en mi infancia sin pensar en el agua.

Mi país natal es una patria de aguas. La de los lagos, torrentes que descendían por la montaña, la de los arrozales, la terrosa de los ríos de la llanura en las que se cobijaba durante las tempestades. La lluvia hacía daño por lo densa que era, en diez minutos el jardín estaba inundado. Quién contará jamás el olor de la tierra caliente que humeaba después de la lluvia. La de ciertas flores. La de un jazmín en un jardín. Yo soy alguien que nunca volverá a su país natal. Sin duda, porque se trataba de una naturaleza y de un clima, como hechos para los niños. Una vez que uno se hace mayor, esto se vuelve exterior, estos recuerdos uno no se los lleva consigo, se los deja allí donde fueron hechos. Yo no nací en ninguna parte.

Recientemente se hubo de romper el suelo de la cocina —aquí en Francia, en Neauphle— para hacer un peldaño suplementario. La casa se hunde. Es una casa muy vieja que está junto a un estanque, la tierra es de miga y muy húmeda y la casa se hunde poco a poco, de ahí que el primer peldaño de la escalera acabara resultando demasiado alto y fatigante. El albañil hubo de hacer un agujero para encontrar la parte empedrada, que iba en descenso, se siguió cavando y esto seguía descendiendo siempre, muy fuerte, pero ¿hacia qué? ¿Qué era? ¿Sobre qué estaba construida la casa? Se dejó de cavar, de ir a ver. Se cerró. Se colocó el cemento. Se ha hecho el peldaño suplementario.

jueves, 19 de marzo de 2026

los riesgos políticos de la traducción

En otro siglo, el 20 de marzo de 2020, comenzaba en Argentina el Aislamiento Social Preventivo Obligatorio debido a la pandemia mundial de COVID-19, además de todas las novedades que llegaron con eso, comenzó a circular un término que no era nuevo pero adquiría una relevancia destacable: las “comorbilidades”, por las “morbilidades” preexistentes, es decir, el riesgo que corrían quienes tuviesen ciertas enfermedades o condiciones de salud si se contagiaban con el nuevo virus. Según el diccionario etimológico, la morbilidad se usa en salud desde el siglo XVII para referirse a “la naturaleza de una enfermedad”. De hecho el término latino morbus significa enfermedad y se estima que comparte su raíz genealógica con mori, que significa “morir”. Enfermedades preexistentes como el epoc o la diabetes eran morbilidades que aumentaban el peligro de muerte en caso de infección con el flamante coronavirus. 

Bien, retengamos el término: morbilidad, mórbido, morboso, palabras que nos señalan una enfermedad, un malestar, ningún otro misterio que la degeneración del funcionamiento de un órgano, por ejemplo en la diabetes, que genera malestar y deterioro.

Mural de Antonio Gramsci en un barrio popular de Florencia, Italia,realizado por Jorit. Imagen tomada de Jacobin.

Traduttore

En abril de 1937, en una clínica de Roma y tras haber sido liberado de la prisión donde había pasado sus últimos once años de vida, moría Antonio Gramsci de una hemorragia cerebral provocada, entre otras cosas, por el deterioro de sus condiciones de vida en la cárcel. Para la misma fecha, pero en 1945, en Milán, la historia nos legaría la maravillosa imagen de Benito Musolini y sus colaboradores más cercanos colgados de los pies en la plaza principal. Y, ya terminada la guerra, en 1948, la reconocida editorial italiana Einaudi publicaba por primera vez Los cuadernos de la cárcel, una recopilación de las anotaciones de Gramsci durante el cautivero al que lo envió el fascismo en 1926, luego de que fundara el Partido Comunista Italiano en 1921.

Si bien leímos apenas a Gramsci —o más bien leímos a sus lectores más destacados: de Stuart Hall a Ernesto Laclau—, la vulgata enseña que en el origen de sus anotaciones carcelarias el pensador comunista se preguntaba por qué en la Rusia atrasada y campesina del año 1917 había triunfado la revolución bolchevique (que Gramsci había visto de cerca) y menos de un lustro más tarde, en su Italia, asistían al ascenso de Musolini. Ésa primera inquietud (pensar el modo particular en el que se desarrollan las condiciones revolucionarias en un país) define su visión y su estrategia política en el horizonte comunista. Por eso en Buenos Aires, a fines de la década de 1950, llama la atención de dos pensadores afiliados al Partido Comunista que entonces tenía al frente a Héctor P. Agosti. Así, unos jóvenes José Aricó y Juan Carlos Pontantiero, contemporáneos de la entonces en alza revolución Cubana, fueron los primeros lectores y traductores de Gramsci al español para la muy zurda editorial Lautaro, que no publicó los Cuadernos, sino fragmentos a los que sumaron cartas y otros documentos de lo que aún se estaba formando como “corpus” de la obra de Gramsci.

En esa traducción sí aparecía la célebre frase que describía el momento político que atravesaba Italia, en la que el comunismo había sido derrotado para dar lugar a un fascismo en el marco de una Europa que transitaba el período entre el fin de la Gran Guerra, el triunfo del nazismo, la derrota de la República española y el despegue de la Unión Soviética tras años de sequías y guerra civil. Había escrito Gramsci: ““In questo interregno si verificano i fenomeni morbosi più svariati”. Que Aricó y Portantiero traducirán: “En este interregno, se produce una gran variedad de fenómenos morbosos”.

Una década más tarde, en 1971, en Gran Bretaña, Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith realizan la traducción canónica al inglés del mismo párrafo que reza: “In this interregnum a great variety of morbid symptoms appear” (nótese que la única diferencia es que Hoare y Nowell Smith traducen “síntomas” en lugar del original “fenomeni”, lo que mantiene su fidelidad, ya que el término en italiano es aceptable en su sentido literal y también en el sentido de “manifestación” (“fenomeni fisici”: “manifestaciones físicas”), lo que equivale a “síntoma” en inglés.

Traditore

El 14 de febrero pasado el diario inglés The Guardian publicó un artículo de Philip Oltermann, su editor de Cultura, en el que el autor traza una genealogía de la traducción de ese fragmento de Gramsci, al menos en el mundo de habla inglesa. “‘The time of monsters’: everyone is quoting Gramsci – but what did he actually say?”, llevaba por título la nota (“‘La era de los monstruos’: todos citan a Gramsci, ¿pero qué es lo que dijo realmente?”   

Gramsci había escrito: “La crisi consiste appunto nel fatto che il vecchio muore e il nuovo non può nascere: in questo interregno si verificano i fenomeni morbosi più svariati.” Literalmente: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se producen los fenómenos morbosos más variados.” Esa crisis que Gramsci está describiendo mientras sucede —nacimiento del fascismo en la Italia de los años 20— tiene como horizonte el advenimiento del comunismo. Para esa descripción de “lo viejo” (el viejo mundo ligado al capitalismo endeble, corporativo y financiarizado de esa época –se está a las puertas del crack financiero de Wall Street en 1929–) Gramsci observa los modos en que las clases dominantes consiguen reacomodarse para que, como dijo otro fabuloso escritor siciliano, “todo cambie para que todo siga igual”. En la descripción de esa escena Gramsci va a definir dos términos que hoy siguen en boca de ideólogos de izquierda y derecha: hegemonía y batalla cultural.

Pero la pregunta es: ¿es lo mismo traducir “fenomeni morbosi” como “síntomas morbosos” que “monstruos”? ¿Qué leemos en cada caso? 

En su nota en The Guardian Oltermann señala una nota del esloveno Slavok Žižek de 2010 en The New Left Review como el momento inaugural de la distorsión de ese párrafo de Gramsci traducido al inglés: “The old world is dying, and the new world struggles to be born: now is the time of monsters” (“El viejo mundo se muere y el nuevo pelea su nacimiento: ahora es la época de los monstruos”), que es una poetización de la cita original e, incluso, una versión que responde a una tradición de la lectura del “monstruo” en lengua inglesa, la lengua que creó las dos abominaciones del mundo burgués —según lo sintetizara Franco Moretti en “Dialectic of Fear”—: Frankenstein y Drácula. El mismo Žižek lo admite en una nota de noviembre de 2025 en The New Stateman, se asume como el principal difusor de esa cita y defiende su versión (“la era de los monstruos”) como “más concisa” (pithier), ya que observa que todo el espectro intelectual de la política admite que se vive el “interregno” de Gramsci.

Oltermann, en cambio, arguye: “‘La era de los monstruos’ resume a la perfección la repulsión y la incredulidad que muchos sienten ante las noticias de 2026, ya sea las provenientes de la Casa Blanca, de los archivos de Epstein o de los campos de batalla de Ucrania. Evoca tanto el famoso grabado de Goya, ‘El sueño de la razón produce monstruos’, como la cultura pop contemporánea”. Y consulta a Peter Thomas, historiador del pensamiento político y experto en Gramsci de la Universidad Brunel de Londres, quien apunta: “Tiene un aire apocalíptico, como cuando aparece el Demogorgon al final de Stranger Things”.

En otras palabras, los “fenómenos morbosos”, o los “síntomas mórbidos”, se han convertido en seres fantásticos, inabordables, interminables, inescrutables, cuya única representación genera por sí misma un género, el fantástico.

Fenómenos

Cuando Moretti analiza Frankenstein y Drácula, escribe: “el monstruo expresa la ansiedad de que el futuro sea monstruoso”, pero también: “El monstruo, lo completamente desconocido, sirve para reconstruir una universalidad, una cohesión social que en sí misma ya no ofrecería convicción alguna.” En ese texto (“Dialéctica del miedo”), publicado en 1983, Moretti –entonces académico en Nueva York– se dedicó a escrutar en términos marxistas lo que la irrupción de estos seres significaban para el imaginario burgués, un posible epígrafe podría parodiar el de Goya: “Los sueños del capitalismo producen monstruos”. 

En 2010, cuando Žižek lanza su “era de los monstruos” en la New Left Review e introduce una nueva traducción del párrafo de Gramsci –cuyo preciso original no ignora–, nos ofrece una visión que coincide con la histórica del pensador político italiano, contemporáneo de Mussolini y el ascendente Hitler, pero le roba su actualidad, su presente de enunciación. El mismo Peter Thomas lo señala en la nota de Oltermann: “Los monstruos son algo excepcional, un milagro invertido que surge de la nada sin una explicación real. Es una metáfora que cierra la posibilidad de intentar comprender lo que está sucediendo. Nos indignamos o nos escandalizamos ante la monstruosidad de estas figuras trumpianas, en lugar de intentar averiguar qué la originó”. En el artículo, el autor vuelve al presente de la enunciación de Gramsci en los Cuadernos de la cárcel: “Antes de su encarcelamiento –anota–, Gramsci pasó dos años formativos en la Rusia revolucionaria, donde se dice que presenció la prueba de que un nuevo mundo, a pesar de sus dificultades, podría renacer. “Para él era casi inconcebible que, independientemente de los reveses temporales que tuviera que sufrir –cita a Thomas–, no llegaríamos finalmente a la victoria. Probablemente nos resulte hoy un poco más difícil pensar así”.

Ese “Time of monsters”, que tuvo una traducción literal, al menos en occidente (en inglés, francés, italiano, alemán y español, como repasa Oltermann) ofrece a los fenómenos de la ultraderecha que se ciernen sobre las “democracias” de esta parte del mundo una categoría ominosa. Creemos que conseguimos todas las ristras de ajo, los crucifijos y las estacas de madera para derribar a Milei, pero vuelve a resurgir y volvemos agotados mientras el monstruo se da un festín con sus perros, su hermana y sus íncubos en redes sociales.

Pero lo que soslaya esta visión son, justamente, los fenómenos morbosos. Y acá volvemos a la acepción del término que nos trajo la pandemia: síntomas morbidos: no se trata tanto del monstruo que se ha creado, sino de la enfermedad, de las morbilidades que arrastra nuestra democracia, con la que no se pudo, no se supo o no se quiso comer, educar y sanar, según la promesa de diciembre de 1983.

El partido (si es que tal cosa existe todavía en el sistema representativo de la política actual) más numeroso de la oposición observa a Milei como a un monstruo. Su representación, en la cadena oficial, se gana toda la pantalla. El monstruo se muestra y su mostrarse ocupa toda la escena. 

Las morbilidades que llevaba en sí ese partido hoy opositor ya no cuentan, como si el enfrentamiento con el monstruo lo redimiera de su no poder, no saber o no querer vencerlo. Pero los órganos carcomidos de ese partido por el ejercicio del poder, por los dulces de los focus groups, las encuestas y la rosca eleccionaria, parece no producir ya la suficiente insulina para absorber el azúcar residual que produjo hablar en serie –para usar una figura de Alejandro Horowicz– pero no en serio.

tecnología y barbarie

El origen cyberpunk de la literatura argentina (1)

por Michel Nieva (2)

Hay en nuestro tiempo un tipo de equívoco lingüístico que nadie que tenga celular no ha padecido alguna vez, y es el que producen los correctores ortográficos, que muchas veces, aunque parezca un problema menor sin mayor importancia, puede llevar a grandes confusiones. En mi caso, podría contar muchos, pero voy a referir uno que me ocurrió en la misma época en la que fui generosamente invitado a dar esta conferencia. Hacía unos meses que estaba escribiendo con un amigo un artículo sobre el escritor cordobés Jorge Baron Biza. Discutíamos los pormenores del artículo por mensajes de texto, pero mi autocorrector, cada vez que ponía Jorge Baron Biza, que se escribe con dos bes, lo tomaba como un error y corregía «Jorge, el varón en Ibiza», varón, con v, y en Ibiza, la isla española del Mediterráneo. Por más que intentara cambiarlo y corregirlo, la aplicación del celular se empecinaba en cambiar el nombre de Jorge Baron Biza y dejar, como si fuera el apodo de un personaje de telenovela, «Jorge, el varón en Ibiza». Quería contar esta anécdota, este equívoco, porque cuando me detuve a analizarlo, me llevó a pensar en dos motivos de la obra de Sarmiento. En primer lugar, en su faceta de pedagogo y educador, ya que en su ensayo Memoria sobre ortografía americana, de 1843, el expresidente argentino propone que, para facilitar la enseñanza del castellano, se debía eliminar la diferencia entre las letras v y b, de manera que no habría forma de diferenciar, por ejemplo, la escritura de varón con v, que significa «hombre», de la de barón con b, que es un título nobiliario y que también está en el apellido de Jorge Baron Biza, a quien mi corrector prefería rebautizar como «Jorge, el varón en Ibiza». El segundo motivo que me llevó a pensar en Sarmiento, tal vez el más problemático, y el que da pie a esta conferencia, es qué lugar ocupa uno de los grandes temas de nuestro tiempo, la tecnología, en su ya legendaria oposición entre civilización y barbarie, ya que una aplicación como un corrector ortográfico de celular, que indudablemente Sarmiento hubiera colocado del lado de lo civilizado, y que supuestamente fue diseñado para enmendar erratas de escritura, produce de manera inevitable y paradójica lo contrario de lo que quiere rectificar: la barbarie y el error.

Esta ambigüedad paradójica de la tecnología, lugar de fricción entre la civilización y la barbarie, no me parece un tema menor, ya que creo que es el problema mismo con el que nace nuestra literatura. La literatura argentina, en efecto, surge en el marco del proyecto civilizador de construir un país agroexportador, proyecto en el que, podríamos decir, fundamentalmente cuatro dispositivos tecnológicos y novedosos para la época ocuparon un lugar decisivo: el fusil Remington Patria, el telégrafo, el alambre de púas y la picana. En cuanto al Remington, las fuentes divergen sobre quién lo introdujo, si Sarmiento o el general entrerriano Ricardo López Jordán, pero lo cierto es que la importación en 1879 de más de setenta y cinco mil fusiles revolucionó por completo las posibilidades del arte militar y el desenlace del conflicto con los indios. Previo al Remington, el ejército argentino usaba el fusil a chispa o de pistón, que contaba con un solo disparo de corto alcance, sumado al defecto de que producía una enorme cantidad de humo en el momento de la detonación. Esto permitía a los indios identificar al tirador y matarlo, hecho a partir del cual se acuñó y popularizó la locución verbal que todavía hoy se utiliza: «írsele al humo» a alguien. El Remington, en cambio, podía practicar seis tiros por minuto en un rango de mil metros, mejora técnica que volvió la pelea contra el indio completamente desigual. A esto se sumaba, además, la logística y la comunicación que facilitaba el telégrafo entre los distintos regimientos.

Terminada entonces de manera exitosa la Campaña del Desierto gracias al Remington y al telégrafo, eliminado el enemigo y su manera móvil y nómada de existencia, se requería, en el marco de este proyecto civilizador agroexportador con el que nacía la literatura argentina, cercar las nuevas extensiones vacías de tierra, y así convertirlas en propiedades privadas y en recursos útiles. Esta necesidad fue contemporánea a la invención en el Oeste norteamericano del alambre de púas. La enorme extensión ganada a los indios explica que, a fines del siglo XIX, Argentina se volviera el mayor importador del mundo de alambre de púas. Entre 1878 y 1904 compró la increíble suma de 1.800 millones de kilos, cantidad que hubiera alcanzado, calcula Noel Sbarra en su Historia del alambrado en Argentina (3), para alambrar 140 veces todo el perímetro del país y 47 veces la circunferencia del planeta Tierra.

Es notable que, al mismo tiempo que la literatura creaba la figura del gaucho y exaltaba su cabalgar indefinido por la llanura (la ida y la vuelta del Martín Fierro son, respectivamente, de 1872 y 1879), el alambre de púas terminara para siempre con esta forma de vida. En Las víboras, obra de teatro ya de 1916 del dramaturgo Rodolfo González Pacheco, un gaucho se lamenta:

«¡Qué curioso! Un alambre, un hilo ¡un hilo! Ha bastado un hilo de alambre para matar el lirismo de esta tierra ¿No le parece a usted, Padre, que ahora el gaucho tiene la tristeza de un bicho enjaulado?»

Un hecho que no ha sido todavía debidamente estudiado es de qué manera el alambre de púas afectó al otro bicho enjaulado de la pampa, el ganado vacuno. Se sabe que las vacas, como los gatos, disfrutan de frotarse contra las cosas. Un comunicado de la Sociedad Rural de 1880 afirma que «el alambre de púas es el medio más seguro y económico de mantener los cercos en buen estado, pues acostumbran los ganados a respetarlos, quitándoseles el hábito de restregarse contra ellos». Pero la realidad fue que las vacas, ignorando el daño que les producían las púas del alambre, se frotaban contra ellas. Esto dañaba sus cueros y producía pérdidas millonarias, además de que las lastimaduras se infectaban y llenaban de gusanos. Las vacas, si llegaban con su lengua a la herida, intentaban limpiarla a lengüetazos, hecho que hacía brotar gusanos de sus bocas y de sus encías. Proliferaron en esa época los odontólogos de vacas, y quedan algunos testimonios de peones que, como no había ninguna medicina para este mal endémico, debían meter la mano en la boca de las vacas y sacar kilos y kilos de gusanos. La solución que encontraron los chacareros a este problema, ya entrado el siglo XX, fue la introducción de la picana eléctrica, que disciplinaba y controlaba el movimiento del ganado.

Así se instituyeron los cuatro dispositivos tecnológicos, los cuatro pilares de la civilización que fundaron el programa político y económico de Argentina, y que a su vez ocasionaron los crímenes más cruentos de nuestra historia. Si el fusil Remington Patria y el telégrafo perpetraron de manera inmediata el genocidio indígena, hubo que esperar cien años para que el alambre de púas y la picana eléctrica replicaran el modelo de la matanza de vacas en la desaparición y tortura de más de treinta mil personas durante la última dictadura militar.

La literatura argentina entonces nace y es recorrida por este nudo problemático, la idea de que la tecnología es la frontera entre la civilización y la barbarie, su punto exacto de unión, de fricción y de cruce. Diríamos que, paradójicamente, la tecnología está más cerca del indio que del blanco, ya que es nómada, no se deja encasillar ni como civilizada ni como bárbara, y al mismo tiempo es ambas. Parafraseando a Goya, la tecnología nos permite afirmar que el sueño de la civilización engendra barbarie.

Este tema, el progreso tecnológico como degradación de la vida, es también el núcleo del género literario llamado «cyberpunk». Y hay que decir que la literatura argentina nace con otros dos motivos típicos del cyberpunk. Por un lado, el de la distopía, expresado en la descripción geográfica de la pampa como un «desierto», una vasta llanura postapocalíptica en la que no hay nada ni nadie, la cual Martínez Estrada define incierta, vaporosa, yerma, un páramo en el que solo florecen el peligro y la muerte, que solo despierta la tristeza y la angustia, y que no puede ser el hogar de nada ni de nadie. Por otro lado, el motivo cyberpunk del androide, expresado en las figuras del «indio», de la «india», del «gaucho» y de la «china», criaturas que valen menos que un humano, y cuyo asesinato no constituye un homicidio. Estos androides nómadas son la alteridad radical que habita el «desierto», improductivos en un sentido económico, racialmente diferentes en un sentido científico, abyectos en términos estéticos. El teórico marxista Fredric Jameson afirma que la noción de distopía describe menos el futuro de una sociedad que los modos de producción económicos del presente (4). En ese sentido, de acuerdo con el proyecto civilizador agroexportador, la forma en la que indios y gauchos habitaban la tierra era una pesadilla horripilante, un desperdicio inconcebible de esas vastas llanuras. Donde mejor se ve esto, creo, es en la descripción que hace Sarmiento del gaucho malo. El gaucho malo, cuenta Sarmiento, si tiene hambre y está tentado de comer lengua de vaca, se roba una vaca, le corta la lengua, se la come y deja que el resto de la vaca se muera desangrada y se pudra. Esto, en una lógica capitalista en la que se aprovechan hasta las flatulencias de la vaca para producir gas butano, es un escándalo, un desperdicio inadmisible.

La noción de «distopía» atraviesa toda la literatura argentina y está íntimamente ligada a la idea de lo intraducible, del miedo que produce un código o un mensaje que no se puede entender, y que inspira inmediatamente la paranoia y la sospecha. El primer y famoso ejemplo es la inscripción que Sarmiento deja en francés en las piedras del Zonda: «On ne tue point les idées», y que los federales, que ignoraban el francés, toman por un complejo jeroglífico que esconde un plan maquiavélico contra Rosas. No sería irrelevante recordar aquí que en griego βάρβαρος (bárbaros) significa «el que no sabe un idioma, el que no lo puede entender ni hablar».

Con la masiva llegada a Buenos Aires en el siglo XX de los inmigrantes que Lugones llamó «plebe ultramarina», este problema retorna: ¿qué traman contra nosotros esos rusos, esos italianos, qué siniestro plan se esconde tras esa jerga incomprensible que malignamente balbucean? Donde mejor se advierte la conexión de la paranoia con la noción de distopía es en Los siete locos y Los lanzallamas. Básicamente, estas novelas de Roberto Arlt proponen la sospecha paranoica de que no podemos saber a ciencia cierta si en este preciso momento, en una casona cualquiera del conurbano bonaerense, un grupete de inmigrantes se encuentra urdiendo un atentado contra civiles inocentes (recordemos que el Rufián Melancólico es alemán, que Bromberg es ruso y que el Astrólogo y Remo Erdosain descendían de italianos). El dispositivo tecnológico que en este caso enlaza a la civilización con la barbarie es el fosgeno, gas tóxico inventado por un químico inglés en 1817 como pesticida, y que Remo Erdosain planea usar para matar la mayor cantidad de civiles de la manera más económica y efectiva posible. El móvil de esta matanza que planean los siete locos es debilitar al gobierno, derrocarlo y fundar una nueva sociedad cuyo carácter distópico resulta bastante claro: un sistema de gobierno que sentaría las bases de su economía en la prostitución de mujeres y de niños. Si retomamos la idea de Jameson de que las distopías pintan menos el futuro que los modos de producción económicos del presente, podríamos pensar que la propuesta antiutópica de los siete locos es que no hay ninguna diferencia entre la explotación encarnizada que sufren peones, obrerxs, oficinistas, y el trabajo diario de una prostituta. Terminemos con los eufemismos y las metáforas, diría el Astrólogo: el capital nos coje a todxs por igual, y ninguna alternativa a este sistema abolirá jamás ni el embrutecimiento del trabajo ni la explotación del hombre y de la mujer por el hombre. En esta propuesta antiutópica de Los siete locos se anticipa por cincuenta años la caída del Muro de Berlín, la muerte de las ideologías y el fin de la historia. Los siete locos y Los lanzallamas abren así una línea de distopía paranoica en la que se inscriben muchas de las mayores novelas de la literatura argentina. Un notable ejemplo aún no debidamente reconocido es Tadeys, de Osvaldo Lamborghini. En esta novela póstuma se retrata un régimen despótico-sádico en el que la economía, en vez de basarse en la exportación de carne de vaca, se basa en la exportación de carne de tadey, un extraño simio que solo habita en una región del vasto imperio en el que transcurre la historia. El tadey cifra por un lado el tema de la prostitución de Los siete locos, ya que el inmenso tamaño de sus genitales hace que turistas de todo el mundo contraten sus servicios sexuales, y, a su vez, el tadey encarna la idea del androide como cuerpo cuyo asesinato o explotación no constituye un crimen, un cuerpo no-humano que cifra al gaucho, a la china, al indio, y podríamos agregar también al cabecita negra y al desaparecido. El tadey es el sueño del capitalismo, es la fantasía de una mercancía pura, un animal que solo sirve para ser comido o cojido, y nada más. Otra consigna cyberpunk presente en Tadeys y que emana de todas las novelas distópicas herederas de Los lanzallamas y Los siete locos es la experiencia de la política como delirio, la idea de que la política argentina es tan bizarra e impredecible que basta describirla sin agregados para componer una historia de alto tenor surrealista con su respectiva dosis de terror. Esto se aprecia también en las novelas de César Aira de la década de los noventa, tal vez las más interesantes de toda su producción. En Embalse, por ejemplo, una liebre mutante propicia que la Argentina se vuelva una provincia de la Unión Soviética; en La guerra de los gimnasios se desata la primera guerra mundial de gimnasios dentro de una villa miseria; en El congreso de literatura, un científico loco quiere clonar al escritor mexicano Carlos Fuentes para conquistar el mundo. Pero no me parece irrelevante rastrear el origen de esta línea distópica delirante en un libro, nuevamente, de Sarmiento, de 1850, titulado Argirópolis. Allí el expresidente argentino propone «ceder» la Patagonia y el Norte a las comunidades indígenas que efectivamente las ocupaban y fundar junto a Uruguay y Paraguay un nuevo país, que habría de llevar el sugestivo nombre de Estados Unidos de Sudamérica. Sarmiento además imagina que la capital de Estados Unidos de Sudamérica debiera ser la isla Martín García, a partir del dudoso razonamiento de que como esa isla está, al igual que Venecia, surcada por riachos y lagos, esta similitud geográfica, a la larga o a la corta, nos haría adquirir a los estadounidenses del Sur la idiosincrasia veneciana. Fantasea Sarmiento en Argirópolis:

«¡Qué cambio en las ideas y las costumbres, si en lugar de caballos fuesen necesarios botes para pasearse los jóvenes; si en vez de domar potros el pueblo tuviese allí que someter con el remo olas alborotadas; si en lugar de paja y tierra para improvisarse una cabaña se viese obligado a cortar escuadra el granito! ¡El pueblo educado en esta escuela sería una pepinera de navegantes intrépidos, de industriales laboriosos, de hombres desenvueltos y familiarizados con todos los usos y medios de acción que hacen a los norteamericanos tan superiores a los pueblos del Sur!»

Uno a primera vista diría que frente a este esbozo de programa político, que increíblemente Sarmiento propuso con toda la seriedad del mundo (recordemos que, pocos años después, llegaría a ser presidente), los delirios de Aira, Arlt, Copi, Laiseca, Cabezón Cámara o Lamborghini parecen una pueril broma escolar. Pero la realidad es que Argirópolis, de manera retrospectiva, funda la línea cyberpunk en la que todos esos autores y autoras se inscriben, la de la imaginación distópica, la del delirio de la política y la de la política del delirio, que se continúa en Los siete locos, en Los Lanzallamas, en La Internacional Argentina, en Los Sorias, en La Virgen Cabeza, en Tadeys y también en Borges, autor del que ahora pasaré a hablar.

Borges es uno de los más secretos epígonos de Arlt, y uno de los autores que mejor modula en el siglo XX el problema de la tecnología como punto de cruce entre la civilización y la barbarie. Su originalidad fue haber convertido el binomio «civilización-barbarie», en apariencia excesivamente provinciano o demasiado circunscrito al ámbito latinoamericano, en una cuestión universal. Borges reelabora este problema a partir de la crítica al sueño de la Ilustración europea, que pretendía sistematizar la totalidad del conocimiento en un perfecto sistema de rigor enciclopédico, ya que cualquier taxonomía, por más perfecta que parezca, conduce inevitablemente a baches, a ambigüedades, a paradojas irresolubles y a la revelación de que la totalidad solo es gobernada por el azar y el caos. Borges brinda numerosos ejemplos de dispositivos tecnológicos que producen este efecto, como la máquina de pensar de Raimundo Lulio, un enorme disco de anillos concéntricos que, mediante la «aplicación metódica del azar», sería capaz de responder por combinatoria a cualquier pregunta, pero que en la práctica engendra una incontrolable cantidad de enunciados incomprensibles, absurdos, tautológicos. La gloria es gloriosamente gloriosa; la verdad es verdaderamente verdadera; la bondad es bondadosamente buena. El cuento «La biblioteca de Babel» es la versión pesadillesca de esta máquina, la historia distópica de un depósito colosal que alberga por combinatoria alfabético-matemática todos los libros infinitamente posibles. Cualquier manotazo caótico de un bebé en un teclado ya es una cita textual de un ejemplar de la biblioteca de Babel. En este cuento reaparece la cuestión del jeroglífico que ya habíamos comentado en las inscripciones de Sarmiento en las piedras del Zonda, ya que si la biblioteca contiene millones de volúmenes completamente ilegibles, no estamos a salvo de la sospecha paranoica de que alguno de ellos encripte bajo una escritura secreta un programa político de subversión. Este tipo de sospecha distópica, heredada de Arlt, se repite permanentemente en Borges, y tiene su arquetipo en la enciclopedia, dispositivo tecnológico que, al conferir un orden aparente a la totalidad del universo, despierta la sospecha de que haya excluido algo, siempre con fines siniestros, y sin que nunca podamos descubrirlo. El cuento que mejor expresa este problema es «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius». Toda la intriga parte de un artículo de enciclopedia que falta en el tomo XXVI de la Anglo-American Cyclopaedia, el tomo dedicado a Ukbar. A raíz de esa arbitraria ausencia, que es su arbitrario agregado en otra edición apócrifa, se detona la sospecha distópica de la existencia de una «sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de geómetras» que urde un universo paralelo con sus propias reglas, cósmicas y físicas. En la idea del comité delirante que planea una especie de antiutopía absurda (que el narrador evalúa no menos inverosímil que el comunismo o que el nazismo) (5) volvemos a reconocer los ecos de la influencia decisiva y no siempre reconocida de Los siete locos en la obra borgeana. Y también volvemos a advertir el tópico del jeroglífico, ya que esta sociedad inventa nuevos idiomas con los que escribe nuevas enciclopedias y con los que quizá proponga (no tenemos forma de saberlo porque son indescifrables) manifiestos subversivos contra nuestros regímenes políticos. Esta sospecha de una conspiración, sin embargo, se viene a confirmar cuando el narrador encuentra cerca del río Tacuarembó un inconcebible objeto de Tlön.

«La lotería en Babilonia» es tal vez el cuento más cyberpunk de Borges: una inquietante multinacional llamada «la Compañía» controla hasta el último pormenor de la vida de sus súbditos mediante la aplicación metódica del azar, el sistema más igualitario posible y al mismo tiempo el más siniestro y arbitrario de todos. El dispositivo tecnológico de la lotería hace de puente entre civilización y barbarie, ya que la perfectamente planificada ausencia de errores y caprichos humanos en este sistema de gobierno al mismo tiempo permite que una persona puede ser asesinada solo por el dictamen de una bolilla de lotería. El cuento no escatima homenajes a las dos fuentes que lo inspiran: hay en Babilonia una letrina sagrada llamada Qaphqa, y los agentes de la Compañía son astrólogos, oficio que también practica el líder de la sociedad secreta de las novelas de Roberto Arlt. (6) La conexión con el motivo de la política argentina como un delirio impredecible que tanto se repite en las distopías de nuestra literatura se sugiere en una de las más famosas frases del narrador, que dice: «Soy de un país vertiginoso, donde la lotería es parte principal de la realidad».

Para terminar con Borges, quisiera recordar una conversación en homenaje a los treinta años de su muerte que armó el (en ese entonces todavía) Ministerio de Cultura macrista, entre la legendaria ensayista Beatriz Sarlo y Juli Ferraro, una joven booktuber. Esta charla fue un paradigmático ejemplo de dos formas de entender la literatura. Una vetusta, plomiza, que festejan políticos y conductores de televisión cuando promueven campañas de lectura, y otra que en su ingenua jovialidad cuestiona esa Cultura con mayúscula, acartonada, y la conecta con problemas del presente. Dice en la entrevista de 2016 Juli Ferraro, que no tendría más de diecisiete años, que el aleph es un «aparatito». Sarlo, horrorizada y con tono paternalista, le responde, como si fuera la representante en la tierra del sentido oficial de la obra de Borges, que el aleph no es un aparatito, que el Dios del que ella es Sumo Pontífice jamás pensó el aleph como un aparatito (7), y que Borges, en suma, no es un autor de ciencia ficción. A pesar de la advertencia de Sarlo, sin embargo, la filiación que la booktuber Juli Ferraro propone para Borges está en consonancia con las lecturas que en otros países, menos sofocados por la sombra marmórea de tenerlo por padre fundador de su literatura, vienen haciendo. Recordemos, por poner unos pocos ejemplos, que en 2007 salió en Estados Unidos una edición conmemorativa de su más famosa antología de cuentos en inglés, Labyrinths, con prólogo de William Gibson, el fundador del cyberpunk, y que ese mismo año, 2016, el cuento «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» recibió un Premio Hugo honorífico, una especie de Premio Nobel de la ciencia ficción. En esta misma línea, el genial escritor chileno Sergio Meier compuso un homenaje steampunk a Borges en su novela La segunda enciclopedia de Tlön. Pese a la dogmática terquedad de Sarlo, entonces, la consideración del aleph como un aparatito no podría ser más pertinente, y nos interesa en el marco de este ensayo no solo porque, en su forma diminutiva, es síntoma del íntimo vínculo afectivo que contemporáneamente se entabla con los dispositivos tecnológicos, sino porque conecta a Borges con el tema más importante de nuestra literatura, el de la tecnología como frontera, punto de fricción y de cruce. Y, en efecto, el aleph es un aparatito que devela que la reunión del todo, sueño de la civilizada Ilustración, solo puede hacerse en un punto de caos, que a su vez se incluye a sí mismo en una interminable regresión al infinito. Esta misma paradoja aparece en todos los aparatitos de la obra borgeana, el aparatito enciclopedia, el aparatito biblioteca, el aparatito máquina de pensar, el aparatito lotería, todos aparatitos que son frontera y cruce entre civilización y barbarie, ya que el máximo afán de orden, postula Borges, engendra el máximo caos, sea este filosófico, gnoseológico o político.

La historia de la literatura argentina es entonces una historia de la modulación de este problema, el de la tecnología como cruce de la civilización y la barbarie. Un problema que de manera urgente nos convoca en una época en la que como nunca antes en la historia de la humanidad se hizo una apología tan grande de los avances tecnológicos, y en la que como nunca antes, tampoco, estuvimos tan sometidos a ellos. En efecto, para la mayoría es inconcebible, incluso aterrador, no ya un día, sino una hora sin acceso a dispositivos electrónicos. La publicidad, la opinión pública, los medios de comunicación hegemónicos, festejan diariamente el impensado límite de estos aparatitos para seguir mejorando nuestra calidad de vida y la de nuestros seres queridos. Pero tras las seductoras bambalinas de Silicon Valley también se encuentran lxs niñxs taiwaneses que fabrican sus mercancías, las islas flotantes de chatarra en el Pacífico, las silenciosas guerras por el coltán y el litio, valiosos metales con los que se producen sus baterías. Tras estas bambalinas se esconden también los sistemas de vigilancia, el robo de información, la precarización laboral y las bombas que matan miles de civiles todos los días. En un país como Argentina, en el que los dispositivos tecnológicos se siguen poniendo al servicio del trabajo basura, de la represión estatal, al servicio de grandes corporaciones agroquímicas y mineras que contaminan para siempre nuestros suelos y nuestros ríos, escribir novelitas de autoficción sobre el mundillo pintoresco de las redes sociales es como mínimo una ingenuidad brutal. Este festejo ciego del dispositivo, que a diario vivimos, no es otra cosa que el esteticismo de la tecnología, que mueve millones y que el capital concentrado propugna. Pero a esta estetización de la tecnología solo podemos responder con una politización tecnológica del arte, con una literatura que engendre distopías sobre los modos económicos de producción del presente, con una literatura que profane el aura sagrada con la que el dispositivo tecnológico ha sido en nuestra época investido. Solo modulando el problema del que nace nuestra tradición literaria podremos escribir esa literatura del futuro, la que no haga de las mercancías del capitalismo un goce estético, la que de esa manera reclame para todos y todas formas más dignas e igualitarias de vida.

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(1) Conferencia dictada el 20 de agosto de 2016 en la Casa del Escritor de Rafaela, Santa Fe.

(2) Tomado de Tecnología y barbarie. Ocho ensayos sobre monos, virus, bacterias, escritura no humana y ciencia ficción (Anagrama, 2020 y 2024).

(3) Noel Sbarra, Historia del alambrado en la Argentina, Buenos Aires, Eudeba, 1973.

(4) Fredric Jameson, Archaeologies of the Future: The Desire Called Utopia and Other Science Fictions, Londres y Nueva York, Verso, 2005; idem, The Modernist Papers, Londres y Nueva York, Verso, 2007.

(5) «Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden –el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo– para embelesar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado?»

(6) «Los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y espías. Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada Qaphqa.»

(7) La discusión en los minutos 6:10-6:57 del video. YouTube: «#Borgestubers: Intercambio entre Beatriz Sarlo y la booktuber Juli Ferraro sobre Borges».