O, el desenlace neoliberal como pelotón de fusilamiento circular
Una de las mejores novelas de ciencia ficción que leí es Children of time (Herederos del tiempo) de Adrian Tchaikowsky. Narra la historia de un proyecto para terraformar otros planetas para que los habiten humanos, utilizando un virus genético para acelerar la evolución y crear nuevas especies inteligentes adaptadas al nuevo entorno. Sin embargo, antes de que el plan pueda ponerse en marcha, estalla una guerra civil en la Tierra y grupos radicales envían un virus informático para sabotear el programa de terraformación. En un planeta clave, el virus se libera entre arañas, que gradualmente adquieren inteligencia. La trama alterna entre el seguimiento de la evolución gradual de las arañas y su sociedad —imaginada con gran riqueza y maestría por Tchaikowsky— y las desventuras de una tripulación humana que intenta escapar de las ruinas de su planeta muchas generaciones después de la guerra civil.
Lo disfruté tanto que lo leí de una sentada durante un largo vuelo, inclinándome periódicamente hacia mi estimado compañero para compartir las últimas novedades (por ejemplo, «¡Dios mío, han descubierto cómo hacer ordenadores con hormigas!»). Las secuelas han seguido un patrón similar con resultados decrecientes, pero continué leyendo en memoria de aquella magnífica primera experiencia. Por eso, sigo dándole vueltas a la estructura básica del universo ficticio de la serie, con su trayectoria a lo Star Trek hacia la autodestrucción seguida de la búsqueda de la salvación entre las estrellas. Cuando leí la primera entrega en 2019, un aspecto de la construcción del mundo que no terminaba de comprender era la idea de que la gente de la Tierra fuera tan pura y nihilistamente destructiva. El proyecto de terraformación era, sin duda, un logro científico y tecnológico asombroso. Nadie iba a obligar a nadie a vivir en los nuevos planetas. ¿Por qué alguien destruiría algo así, aparentemente por pura malicia?
Esa pregunta ya no me inquieta de la misma manera. En lugar de un escenario de ciencia ficción descabellado, es el tema recurrente de las noticias diarias. Desde el primer día, el proyecto de la administración Trump ha sido de pura destrucción. Instituciones y programas construidos durante generaciones han sido desmantelados con regocijo, mientras que la financiación gubernamental (y la limitada capacidad estatal que aún queda) se ha dirigido cada vez más exclusivamente hacia la violencia y la muerte. Pocas veces ha habido un líder político tan decidido a causar daño y más daño, y pocas veces ha habido un movimiento político tan orgulloso de declarar su adhesión al mal por el mal mismo. (Y si insistimos en encontrar un paralelismo directo con la novela de Tchaikowsky, podríamos señalar su destrucción deliberada de nuestra capacidad para abordar el cambio climático).
Esta tendencia hacia la autodestrucción deliberada es más grave en Estados Unidos, pero está lejos de limitarse a la Tierra de la Libertad. Quizás el mayor acto de autodestrucción deliberada en la historia política de la humanidad fue el Brexit y, sin embargo, a pesar de que la gran mayoría de la población lo reconoce como un terrible error, el arquitecto de la desastrosa política, Nigel Farage, parece casi seguro que llegará al poder en las próximas elecciones. En todo Occidente, la derecha radical –que literalmente no promete nada más que una vacía autoafirmación nacional a través de la victimización de los extranjeros y relaciones más estrechas con otros países que hacen lo mismo– está lista para asumir el poder en la próxima oportunidad.
Al parecer, la única causa política con energía o futuro es la que se caracteriza por un nihilismo sin complejos. Los progresistas y conservadores tradicionales carecen de rumbo y son reacios incluso a enunciar un objetivo o un deseo. En la práctica, no hacen prácticamente nada más que imponer austeridad y aplicar versiones suavizadas del intento de la derecha de perseguir a los inmigrantes y expandir las fuerzas represivas. En los pocos sectores donde un liderazgo de una izquierda más ruidosa ha podido tomar el poder, como la Nueva York de Mamdani, las opciones disponibles, independientemente de sus buenas intenciones, parecen ridículamente inadecuadas y, sin embargo, encuentran una oposición estridente. “Apoyo” la idea de que las tiendas de comestibles municipales luchen contra los desiertos alimentarios y mantengan los precios bajos, pero en serio, ¿eso es todo? ¿Nuestro país está cayendo en el fascismo y lo mejor que puede hacer la izquierda política es un par de tiendas de comestibles?
En semanas recientes, una de mis publicaciones en Substack Notes –un sitio que juré que usaría lo menos posible para no volver a mi adicción a Twitter– desafortunadamente alcanzó la velocidad de un bólido. El texto dice lo siguiente: "Una cosa que me ha demostrado el auge de la IA es que hay muchas personas que nunca han pensado seriamente en la cuestión de por qué hacemos algo". Me refiero, por supuesto, a la manía de subcontratar la mayoría de las actividades humanas: la comprensión intelectual, la creatividad artística e incluso la formación de relaciones interpersonales. El hecho de que alguien dependa en gran medida de un chatbot para ayudarlo a coquetear con una pareja potencial es más que patético o vergonzoso, representa una total incapacidad para comprender de qué se tratan el coqueteo o las relaciones. En cuanto a las personas que tienen un novio o una novia con IA, me inunda una mezcla de lástima y asco, con predominio de la última opción.
Escribí sobre estos asuntos muchas veces. Por ejemplo, la tendencia a “ahorrar tiempo” de maneras que demuestren que, en primer lugar, no se sabe para qué sirve el tiempo, o el “comportamiento de perdedor” que apunta a obtener algún crédito abstracto por logros morales o intelectuales sin comprender lo que realmente significan esos logros. El auge de los chatbots no causó estas patologías, ni tampoco las redes sociales o los teléfonos inteligentes, aunque todos esos avances tecnológicos exponen y aceleran estas tendencias de maneras especialmente claras.
Lo que estas patologías señalan, a mi parecer, es una profunda crisis de sentido. La gente no sabe para qué sirve la vida, para qué sirven ellos mismos. Los teléfonos inteligentes son adictivos porque nos aterra aburrirnos, tener que decidir qué hacer. Las redes sociales son seductoras porque nos dan una identidad legible (¡y un sistema de puntuación!). Los chatbots son atractivos precisamente porque la gente no los usa "como una herramienta", sino que delega su autonomía y capacidad de decisión en su autoridad aparentemente neutral.(1) Cuando se nos ofrece la oportunidad de ser un mero intermediario de un algoritmo opaco a cambio de una dosis constante de serotonina, la aprovechamos.
En resumen, la gente adora estas tecnologías porque no quiere ser un agente racional y responsable. Y, en cierto modo, esa es la tragedia de la humanidad. La mayor desgracia que jamás haya sufrido un primate fue la autoconciencia racional. Es en realidad algo que nadie pidió. La gente ha estado buscando maneras de borrarse a sí misma o delegar sus decisiones desde que existen los seres humanos. Pero a ese nivel de abstracción, poco se puede decir sobre nuestra situación particular. Se supone que los humanos «siempre han sido así», pero eso no explica por qué nuestro odio hacia nuestra propia humanidad adopta esta forma en este momento.
En un ensayo reciente publicado en el blog Sidecar de la New Left Review, Lorna Finlay escribe sobre el declive inexorable de la universidad británica. Si bien reconoce que no hubo una época dorada en la que la universidad estuviera a la altura de su potencial (y mucho menos de su propia fama), sí señala que en épocas anteriores existía una mayor apertura a la investigación y la docencia, más espacio para la experimentación e incluso el fracaso. Ahora todo eso se ha desvanecido, ya que todo se subordina a una implacable búsqueda de maximizar las métricas y los resultados. En este sentido, la universidad forma parte de una tendencia mucho más amplia, que ella caracteriza de la siguiente manera:
«quienes detentan el poder en la sociedad son profundamente intolerantes con cualquier espacio donde sean posibles las excepciones, donde algo pueda suceder. El afán por controlar y eliminar tales espacios se remonta a una larga historia de ataques contra la supuesta ineficiencia o la “ociosidad”, considerada esta última no solo como un vicio en sí misma, sino también como peligrosa porque crea las condiciones para que otros vicios (en particular, el comportamiento subversivo o insubordinado) se desarrollen. Esta historia abarca desde los esfuerzos victorianos por sacar a los niños de las calles y escolarizarlos, hasta los ataques de Thatcher contra los desempleados y un sector público supuestamente ineficiente y “derrochador”. Es como si existiera una determinación de eliminar cualquier resquicio de aire donde sea posible respirar.»
Todos estamos atrapados en la rueda de la evaluación y la competencia constantes, porque si tuviéramos un momento de descanso, algo podría suceder, y a ojos de los que detentan el poder, ese “algo” solo podría ser negativo. En cierto modo, es la vieja estrategia de “divide y vencerás” llevada al extremo, induciéndonos a competir sin cesar entre nosotros para que ni siquiera podamos concebir la posibilidad de unirnos para oponernos a quienes dirigen la competencia. Pero, más fundamentalmente, es un ataque a la idea misma de autonomía humana, un intento de sofocar de antemano cualquier afirmación independiente de capacidad de decisión, cualquier planteamiento de un objetivo imprevisto.
La tragedia es que esta estrategia realmente funciona. Han exprimido la vida de muchas personas, quizás incluso de la mayoría. Estamos tan agotados que, de hecho, dedicamos nuestro tiempo libre a una versión gamificada (gamer?) del sistema de evaluación, con la particularidad de que podemos "calificarnos" unos a otros. Cada vez más, cuando buscamos información o consejo, recurrimos a la voz impersonal de las "mejores prácticas", destilada en una mezcla de plagio y sin sentido que proviene de todos los usuarios de internet. Steven Poole argumentó que los videojuegos están estructurados como el lugar de trabajo, y esto es aún más cierto en el caso de los juegos de estatus en los que pasamos cada minuto libre navegando por la red.
Al jugar a estos juegos, hacemos el trabajo de los oligarcas, dividiéndonos activamente y evitando cualquier pensamiento inesperado. Este enfermizo pasatiempo ha sido un desastre para la sociedad, pero sobre todo para la izquierda política, convirtiéndonos en personas desagradables y repulsivas. Las mismas convicciones que deberían construir solidaridad y generar cambios se convierten en alimento para un juego de estatus mezquino, en el que sólo uno puede estar equivocado.
Todas estas métricas, toda esta competencia inútil e interminable, provienen de la búsqueda por recrear la sociedad según el modelo de mercado. Es decir, sí, todavía vivimos la secuela del neoliberalismo. La imposición del mercado como autoridad suprema sobre la vida en la Tierra fue el equivalente al virus vengativo contra la terraformación de la novela Herederos del tiempo. Los teóricos neoliberales fueron muy claros al respecto: la razón para convertir el mercado en el centro de la sociedad era asegurar que nunca pudiera existir la capacidad de acción o el control humano. El beneficio de los resultados del mercado no reside en que sean más eficientes, sirvan al bien común o cualquier otra propaganda que se pueda derivar del libertarianismo de salón (el neoliberalismo de los necios). El beneficio de los resultados del mercado reside en su impersonalidad, en su inhumanidad. No son responsabilidad de ningún individuo, lo que significa que ningún individuo puede ejercer su influencia sobre ellos.
No temían la planificación centralizada comunista porque fuera inviable, ineficiente o injusta; temían que funcionara. Les aterraba la idea de que los seres humanos tomaran el control de sus vidas y sustento, y gradualmente construyeron una coraza alrededor de cada gobierno e institución del planeta para asegurarse de que eso jamás sucediera. Fue un proceso lento y gradual, pero su resultado fue equivalente a lanzar una bomba sobre la autonomía humana.
Observo esta búsqueda destructiva y obscena, pero también la entiendo desde un punto de vista humano. Como seres humanos, odiamos la capacidad de decisión y la responsabilidad, especialmente la ajena. Odiamos la idea de que alguien más pueda tomar una decisión que nos ate a ella casi tanto como la idea de que nuestra decisión pueda dar a alguien más el derecho a quejarse de nosotros. Llevamos buscando mecanismos de toma de decisiones impersonales y "objetivos" desde que vivimos juntos en grandes asentamientos, y llevamos mucho más tiempo inventando poderes trascendentales para controlarnos. Nada es más intolerable que la idea de que solo existimos nosotros, de que nuestros asuntos son inevitablemente colectivos, de que existen otras personas, de que existimos como agentes humanos responsables.
Y, sin embargo, bajo ninguna circunstancia hay que "darle crédito" a los títeres neoliberales del mundo. Por comprensible que fuera su objetivo —y por mucho que la gente lo deseara en cierto modo—, era imposible. No se puede "empellar" a la gente por toda la pendeniente. La capacidad de decisión humana es inextirpable e impredecible, lo que significa que el alivio de no tener que tomar decisiones responsables siempre corre el riesgo de verse eclipsado por el resentimiento de ser controlados y manipulados.
Inevitablemente, la gente va a ejercer su capacidad de decisión, incluida la colectiva, de algún modo. El problema al que nos enfrentamos ahora es que el neoliberalismo ha creado una situación en la que esas afirmaciones solo pueden ser destructivas, incluso autodestructivas. En el referéndum del Brexit, por ejemplo, la única forma de ejercer la capacidad de decisión o el control, de reivindicar la soberanía, fue realizar una acción sumamente contraproducente: cortar el comercio, alienar a los aliados, empobrecer a las futuras generaciones y privarlas de innumerables oportunidades. En muchos casos, la única forma de ejercer control es perjudicando a otros, sobre todo expulsando o excluyendo a los inmigrantes.
La posibilidad de hacer directamente algo positivo está radicalmente ausente de la agenda —¡con la notable excepción de esos supermercados de Mamdani! Esto ocurre incluso cuando los líderes afirman querer reconstruir la industria. Trump cree que está revolucionando el mercado mundial neoliberal, y en cierto modo lo está haciendo. Pero opera casi exclusivamente mediante incentivos fiscales (aunque en su mayoría incentivos negativos para evitar las importaciones extranjeras). ¡El hijo de puta alienta la reactivación de la industria manufacturera estadounidense! E incluso el autoproclamado rey del mundo claramente le otorga al Standard & Poor 500* derecho de veto sobre sus planes cuando las cosas se ponen difíciles.
¿De qué se trata todo esto? No es un argumento estructurado, ya me doy cuenta, tampoco matizado. Pero creo que estos temas van juntos: la omnipresente sensación de falta de sentido, desesperanza e incluso nihilismo en la sociedad surge del hecho de que, durante toda nuestra vida, nos hemos visto obligados a externalizar nuestra humanidad al mecanismo impersonal del mercado. Ha calado tan hondo en nuestra identidad que simulamos nuestro proceso de evaluación de desempeño en nuestro tiempo libre, por diversión. Ese régimen ha "bloqueado" de tal modo nuestras opciones colectivas que la única manera de afirmarnos, de sentir que tenemos el control, es haciendo daño. Y cuanto más daño hagamos, más lo sentiremos como la única opción.
¡Examiná tu interior, lector! ¿Te imaginás a un régimen demócrata llegando al poder en 2028 y legislando en serio? ¿Los visualizás reconstruyendo lo que Trump ha destruido y, menos todavía, construyendo algo nuevo? ¿Te importa siquiera que lo intenten? En el fondo, ¿te importa algo más que la perspectiva de hacer sufrir a Trump y sus cómplices? No niego que se lo merezcan. No niego que sería mejor para el país si rompiéramos el ciclo de impunidad de la élite. Y no dudo que los demócratas dejarán de lado esa posibilidad en favor de una agenda legislativa vaga que, en nombre del juego limpio, permitirán que sus colegas republicanos del Senado arrojen a la trituradora.
Incluso para nosotros, entonces, la única esperanza real es el daño: un daño justificado, un daño necesario, un daño justo, pero daño al fin y al cabo. No todos lo ven así, por supuesto, y hay pocas probabilidades de convencer al 40% de los estadounidenses que prácticamente veneran a Trump como a un dios de que es uno de los individuos más malvados que jamás hayan existido. Por lo tanto, la diferencia entre nuestra búsqueda de justicia y la cruzada trumpiana de venganza pasaría desapercibida para muchos de nuestros conciudadanos. Pero todos, absolutamente todos, serían capaces de ver una diferencia más fundamental entre ambos bandos: ambos queremos vengarnos del otro y hacerlo sufrir, pero solo ellos lo consiguen.
(1) Me abstengo de usar el pronombre colectivo "nosotros" para referirme a los chatbots porque me niego rotundamente a tocarlos, y nunca lo he hecho, ni siquiera en broma, ni siquiera para ver lo malos que son.
* El S&P 500 (Standard & Poor‘s 500) es un índice bursátil que sigue el rendimiento de 500 de las mayores empresas que cotizan en bolsa en Estados Unidos. Representa aproximadamente el 80 % del valor total del mercado bursátil estadounidense.

















