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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

domingo, 3 de abril de 2022

sergio chejfec, historia de los ecos de un nombre

Entrevista realizada en 2004

Alrededor de 1990, luego de que apareciera su primera novela, Lenta biografía, el escritor porteño Sergio Chejfec (1956) se radicó en Venezuela y desde allí continuó su carrera con obras que, respondiendo a una larga tradición de la literatura argentina, remontaban una escena argentina con aire extranjero. Hace dos años, cuando se realizó en Rosario el III Congreso de Teoría y Crítica Literaria, Chejfec no pudo llegar, pero envió un texto llamado “Lengua simple, nombre” en el que ensayaba “algún tipo de ensayo o reflexión sobre el propio apellido”, ejercicio que propuso en su momento a escritores amigos y apreciados. Ese relato, que refiere la relación de su padre con su lengua y con el castellano del Río de la Plata y describe el tráfico generacional de “una moneda sin valor y sin rasgos, como gastada, que es la identidad provista por nuestro apellido”, esboza también el meollo centrífugo de la literatura de Chejfec. “Esa sensación de extranjería, percibir la propia escritura como una forma ajena y que se escribe sola, frente a la cual mi tarea consiste en asignar ideas, es para mí constante”.

En junio de 2004, cuando Chejfec llegó al IV Congreso de Teoría y Crítica Literaria que se realizó en el entonces Bernardino Rivadavia (hoy Centro Cultural Roberto Fontanarrosa), acababa de aparecer su última novela, Los incompletos (Alfaguara, 2004). En una mesa que compartió con Tununa Mercado, el escritor refirió una anécdota sobre Joaquín Giannuzzi que le dio pie para desarrollar el tema al que había sido convocado: “Literatura e intimidad”. Monocorde, sereno, la charla con Chejfec recorre también otros de sus libros, la novela El llamado de la especie, de 1997, Los planetas, de 1999, en la que los dos protagonistas recogen de un modo particular la memoria de un amigo desaparecido durante la última dictadura y está basada en un episodio real, y Boca de lobo, del 2001.

Los incompletos recoge las esquelas que Félix envía desde el extranjero a un amigo (el narrador), quien se pone a escribir anotaciones “como forma de atender una visita mental que oculta y fija la distancia”. La conversación de Chejfec, gobernada por su calva y sus lentes que parecen flotar sobre el puente de la nariz, también está hecha de esas “vistas mentales”, de un puñado de “despreocupadas intuiciones” (la cita pertenece también a las páginas de Los incompletos) que dibujan el mapa de su literatura digresiva y vertiginosa.

—En “Lengua simple, nombre”, mencionabas que cuando al escribir sobre tu padre en tu primera novela buscaste otros nombres y eso te lleva a pensar en los nombres que circulan por la literatura.

—La idea del nombre me resulta muy interesante literariamente porque fue siempre como una especie de condena. El apellido te marca y no sabés bien por qué, se puede saber cómo te marca, pero no por qué. Así como no elegís a tus padres, tampoco elegís tu nombre. Muchas veces detrás del nombre de un personaje se esconde su profundidad. En muchas ocasiones el nombre de un personaje, y por ende el personaje mismo, encarna toda una psicología, toda una época, puede encarnar toda una ideología, una historia, etcétera. En mi literatura los nombres tienen un lugar muy movedizo y muy débil, de muy escasa visibilidad.

—En tus libros hay nombres sin apellidos, pero también iniciales.

—Sí, hay un intercambio de los nombres de dos personajes, con lo cual es como que los personajes se invierten, siguen siendo ellos pero con el nombre cambiado. En El llamado de la especie hay personajes que se cambian los nombres en el medio del texto, de una forma inmotivada desde el punto de vista narrativo. Pero no es que yo tenga una tesis con respecto a los personajes de la literatura contemporánea y los nombres. Más bien me interesa ese tipo de cosas para mostrar en ese plano la naturaleza sumamente discutible, movediza y débil de toda la construcción literaria. Es un elemento que ayuda a poner en escena, a manifestar que la literatura es un artificio, que tiene que estar bien elaborado pero no deja de ser un artificio.

—En tu charla hablabas de la intimidad de la escritura, de ese ponerse al costado de lo que se dice que vendría a ser como la tarea del escritor. Este “ponerse al costado” suena a la operación que se lee en tus textos, donde hay menos una trama que una permanente digresión, por ejemplo en Los incompletos.

—Entiendo que mis libros no se construyen alrededor de categorías como la intriga, el avance argumental o la progresión en la psicología de los personajes. Para decirlo de manera quizás demasiado sintética, tal vez mis libros se organizan alrededor de situaciones, episodios, escenas, eso desde un punto de vista estructural. En el caso de Los incompletos es similar, tiene un aire de familia con los otros libros, porque tiene las mismas preocupaciones. Creo que los escritores no son tanto esclavos de sus obras como de sus preocupaciones, que son las que tienden a reiterarse o a profundizarse o estilizarse. En Los incompletos me parece que el título habla más que de una fragmentación de la trama, la historia o la estructura. Con el libro quise hablar, más bien, de otra forma de incompletud que no siempre se ve en la literatura. Uno está acostumbrado a hablar de incompletud cuando las cosas no terminan, o terminan a medias, o carecen de comienzo, como una línea secuencial que tiene huecos. A mí me interesó ver que la idea de incompletud se relaciona con que siempre tomamos los libros como si fueran algo completo. En cualquier novela, cualquier cuento, hay un contrato con el autor según el cual el lector asume que ese libro es completo, que todo lo que quiso decir el autor, ya sea secreto, explícito o no, está dentro del libro. Y que toda la organización refleja algún tipo de completud. Con Los incompletos quise poner en escena que eso era una cosa que podía estar en discusión, en el sentido de que se puede concebir una obra que sea incompleta, que los personajes estén hechos a medias y se propongan muchas empresas como artificiales, que las historias no cierren, que sean arbitrarias, pero que los mismos personajes las reconozcan como inventadas y arbitrarias.

—Un artificio dentro de otro...

—Exacto, me interesa trabajar en las novelas cómo los títulos pueden llegar a ser una clave o una metáfora del mismo texto. Así como la idea de Boca de lobo, esa metáfora espacial y urbana-territorial también podía ser relacionada con diferentes aspectos o motivos de la novela...

—¿Pensás primero en el título?

—No, pero ayuda mucho a hacer una suerte de organización heterogénea del texto, a establecer relaciones, muchas veces ambiguas, pero que la escritura va afianzándola. Porque, como decías, mi forma de escribir tiene que ver con recursos como la digresión, la reflexión, no avanzo por progresión sino más bien por acumulación, que tiene que ver con las reiteraciones, con las variaciones mínimas. Entonces, una vez adquirido un tono en el texto, son precisamente esas ideas generales, esas metáforas las que me permiten construir como una trama estructural que no tenga que ver con lo narrativo sino más bien con relaciones conceptuales.

—Sin embargo, en Los incompletos hay como una insistencia, una acumulación de pequeños hallazgos no terminan de formular conceptos, como si los conceptos también estuvieran incompletos.

—Sí, los conceptos son incompletos. Parto de la idea y la convicción de que un novelista no necesariamente tiene que tener las ideas claras y las posiciones tomadas con respecto a todo, más bien puedo tener muchas convicciones respecto de muchas cosas pero tengo también serias dudas. Nunca me gustó la literatura que se apoya en ciertas ideas definitivas sobre nada, ni sobre la realidad histórica ni sobre la realidad subjetiva de los personajes. Entonces diría que me gusta leer y escribir una literatura relacionada con la inseguridad, para decirlo con un término muy superficial, en el sentido de que un novelista debería ser un escritor que está sumamente inseguro de lo que escribe y poner en escena esa misma inseguridad. Pero esto nunca debe ser muy evidente, porque pierde convicción el texto, pierde capacidad persuasiva. Más bien, poner en escena la inseguridad es una manera de escribir con un registro elusivo, aproximativo, reflexivo, que piensa mucho y cuestiona los fundamentos o los protocolos ya sean narrativos o conceptuales sobre los que supuestamente esa misma narración se construye. Creo que la literatura, como todas las otras artes, la única manera que tiene de garantizar su sobrevivencia es poniendo en escena su propia seguridad, porque cuanto más taxativa sea, como discurso artístico, menos confianza estética va a suscitar, porque los discursos taxativos ahora pertenecen a otros dominios de lo público: la prensa o la televisión. Estamos llenos de discursos taxativos que nos dicen todo el tiempo que esto es así, blanco o negro. En cambio, el arte me parece que sigue siendo el único lugar, fuera de los espacios de la intimidad, los sentimientos, donde el discurso no es taxativo, sino que tiene que representarse como aproximativo, como inseguro, como si tanteara y estuviera constantemente dispuesto a replegrase, a avanzar, a contradecirse, pero que en ese movimiento, no en lo que dice, sino en cómo lo dice, me parece que se esconde una de sus grandes fortalezas...

—Cuando estuvo en Rosario, Alan Pauls manifestó estar muy interesado en tu literatura, en esos textos que no cierran, como una forma de reaccionar a toda esta demanda en torno a ciertos productos que pretenden cierta transparencia…

—Creo que lo que te decía está sintonizado con la idea de cómo el arte o la literatura es un lugar que tiende a enrarecer el ambiente, a provocar ruido, molestia. Ocurre también que la literatura no tiene como único interlocutor la realidad. También se escribe para la misma literatura. En muchas ocasiones los escritores escriben para los otros libros que han leído o para los otros escritores, que son sus principales interlocutores. Los lectores calificados de los escritores son los mismos escritores, porque es como que en ese mecanismo se asienta la reproducción de la literatura. Entonces, la literatura tiene una naturaleza complicada y simple a la vez, que por un lado tiende a opacar, traducir, enrarecer, confundir, interpretar, pero por otro lado tiene otra dimensión puesta en la propia reproducción.

—Declaraste en una entrevista que escribías para olvidar. Y la memoria, el olvido, está muy presente en tu obra.

—Sin duda que la memoria es un tema tanto político, filosófico y estético como pocos, que se entrelazan en diferentes sentidos y por diferentes vías. Está relacionado con lo que ocurrió en la Argentina durante la dictadura militar o, en un plano más global, con el Holocausto. También como que el arte, en algún punto, en relación a la memoria y el olvido, brindó posibilidades novedosas de hacer aparecer el tema de la memoria y el olvido.

—En el umbral de esto está la frase aquella de Adorno: “No se puede hacer poesía después de Auschwitz”.

—Claro, no negaba la posibilidad absoluta de hacer poesía, sino que se refería a un tipo de poesía particular. A mí los temas del pasado, el recuerdo, el olvido, me resultan seductores porque escucho mucha riqueza en ello. En primer lugar, hay una riqueza de términos relativos, que se necesitan para sostenerse, por eso comienzo diciendo (en Los incompletos) que prefiero decir “No olvido” en lugar de “Recuerdo”.

—En la novela misma se lee que el recuerdo es un llamado del olvido.

—Exacto, se recuerda de tantas maneras en la literatura, desde Proust: el recuerdo involuntario y el arbitrario, hasta ahora, con el recuerdo como una empresa de reconstrucción histórica y filológica, como lo propone W.G. Sebald en una novela como Austerlitz. Y la labor del recuerdo es una labor cultural de reconstrucción. Entonces, el recuerdo involuntario de Proust, que dispara todo un universo de sensaciones y de emociones hasta entonces subterráneo, que se dispara por beber un té, por comer una galletita, por aspirar un olor, y que eso te retrotrae a algo que estaba escondido... Desde eso hacia lo que uno se ve arrastrado y reconoce su propia entidad gracias a eso que se produjo casualmente, hasta el recuerdo planteado por Sebald: que es una labor del espíritu, voluntaria; estamos utilizando el recuerdo para una cantidad de cosas que requieren un arco muy amplio y contradictorio, entonces, no es que sea un militante de la no utilización de la palabra recuerdo, pero quiero decir, que en un punto recuerdo, como sustantivo del verbo, parece ser una palabra incompleta, ineficaz, porque puede querer decir tanto, que prefiero decir “No olvido cuando”, “No olvido que”. Decir “no olvido” te da como una sensación más inmediata de la acción mental que estás realizando.

—El nombre es también lo que uno trae escrito pero, a la vez, muy pocos conocemos el significado de nuestros nombres.

—Algo que llevamos como una chapa, una etiqueta, es algo con lo que uno se identifica pero de lo que podemos llegar a conocer muy poco y sobre el cual no tenemos ningún tipo de intervención posible.

Las cartas que no llegaron, de Mauricio Rosencof, plantea cómo la lectura del pasado, el recuerdo, en ciertas circunstancias, modifica el presente.

—Es una idea ambivalente de la memoria, un poco embozada, y que se muestra de manera espasmódica. Oscila entre una memoria pública y una individual, entre una arbitraria y una voluntaria, entonces más bien creo que la memoria es útil en la medida en que se constituye como escenario. Como un escenario donde se representan todas nuestras frustraciones, fracasos, sentimientos de víctimas y todo lo que somos. Pero no me interesa la memoria como una entidad positiva, que nos va a ayudar a recuperar el pasado, porque eso ya de por sí es bastante ambiguo. Porque uno muchas veces necesita recuperar una memoria para enterrarla.

—Para recordar es necesario también poder olvidar...

—Entonces la memoria para mí es como una pantalla donde escenificar determinados avatares, procedimientos o situaciones que me interesa plantear, pero para mi carece de valor testimonial. Quizá eso responda a lo que me planteabas sobre Los planetas. Quien quiera buscar una denuncia testimonial sobre lo ocurrido en la dictadura (en esa novela), o una representación inmediata, material, sobre la vida de dos muchachitos durante la represión, probablemente se va a sentir decepcionado. Me interesaba más bien utilizar esos elementos para representar la complejidad de la construcción de la memoria. Lo ocurrido durante la represión en el caso de Los planetas, con ese amigo, el narrador desaparecido de la novela, pese a que tenga un sustrato biográfico, es como que hubiera sido para ver de qué manera se puede hacer un tributo a ese pasado sin caer en la condescendencia de darle un carácter testimonial. Porque creo que cuando le damos un carácter testimonial, cuando recuperamos algo tal como pretendidamente fue, lo estamos adelgazando, creo que la realidad es mucho más compleja de lo que creemos y, de hecho, la vida cotidiana es de una complejidad y un desafío permanentes, entonces no creo que la literatura deba simplificar esa complejidad.

jueves, 24 de marzo de 2022

escribir es humano, publicar es divinsky

Entrevista realizada en junio de 2002:

En 1976 Ediciones de la Flor cumplía diez años desde que su fundador, Daniel Divinsky y un socio, juntaran 300 dólares con los que compraron los derechos para la publicación de un par de libros. Habían querido poner una librería, pero el dinero no alcanzó. Volvamos entonces a 1976: Divinsky y su esposa (Cuqui Miller) festeja el aniversario como prisionero de la dictadura más atroz y desfachatada que tuviera el país (cuyo modelo económico –hay que insistir en esto– perdura todavía). Por esa misma época la feria de Francfort, en la que Divinsky había adquirido hacía tres años los derechos de un libro infantil que prohibió el gobierno de Videla, Agosti y Massera, creaba el boom de la literatura latinoamericana en Europa y homenajeaba a un autor que denunciaba las atrocidades de los militares argentinos: Julio Cortázar. Divinsky había presentado ante la Justicia un recurso de reconsideración por la censura de la obra y la milicada contestó sin dilaciones con la encarcelación del editor y su esposa, a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, que en esos días apenas daba abasto con sus operativos de torturas, violaciones, secuestros y demás ocupaciones terroristas. Los editores europeos, al tanto del asunto, se pusieron en campaña para sacar e su colega de las mazmorras del Proceso. Así se logró que el ex editor Marcel Jullien, en ese momento director de un canal de televisión de Francia que estaba en Argentina para acordar los contratos de televisación del Mundial 78, se negara a firmar papel alguno hasta que el matrimonio de editores saliera de la cárcel. “Se llevó los acuerdos sin firmar en la valija –contó una vez Divinsky– y los mandó desde Río, cuando se enteró que ya habíamos salido”. Cuatro meses más tarde, el matrimonio Divinsky y su hijo de tres años salían del país. No volvieron hasta 1983.

Entonces, vuelta la democracia, De la Flor retomó su catálogo, donde además de Quino, Fontanarrosa, Caloi, se encuentran Rodolfo Walsh, Germán Rozenmacher, Andrew Graham-Yooll o John Berger, entre otros.

—Ediciones de la Flor nace en 1966, la anécdota dice que usted y su socio tenían 300 dólares, que les alcanzaba para abrir una editorial, pero no una librería, como pretendían en un principio.

—Exactamente, los primeros libros salen en el 67, y va a hacer en este momento 35 años, fue en junio del 67, porque nos apresuramos para que salieran antes de las vacaciones de invierno.

—Usted ha dicho que en este negocio se depende mucho de los afectos.

—Es muy curioso, sucede. Hay autores del catálogo nuestro que han sido apetecidos por otros sellos y que rechazaron ofertas que parecían en lo inmediato muy suculentas. A partir, por un lado, de una ligazón afectiva, pero por otro, también por una lealtad recíproca que lleva a que sus intereses sean defendidos con tanta energía como los propios de la editorial, cosa que en los grandes sellos se pierde. El ejemplo que doy siempre es el de los herederos de Rodolfo Walsh, que en un momento se vieron tentados por un sello editorial de las transnacionales españolas. Teníamos contratos firmados por el propio Walsh que seguían vigentes porque no habían sido rescindidos, eran de la época en la que los contratos de edición no tenían plazo. Cuando vuelvo del exilio, la compañera última de Walsh había autorizado una edición en México de la obra completa. Nos dispusimos a reeditar sus libros en Argentina y en ese momento los herederos de Walsh nos piden que hagamos un nuevo contrato fijándole un plazo de diez años a cada libro. Se hicieron y cuando expiró este período se abalanzó este sello sobre los herederos de Walsh y dio un anticipo importante en cuanto a derechos de autor. Publicaron Operación Masacre y otros libros, y al cabo de unos años los herederos se dieron cuenta de que no había atención personal ni seguimiento de cada libro. 

—No es así como funcionan los grandes sellos.

—En los grandes sellos un libro dura los 28 primeros días del mes de su lanzamiento, porque después es sustituido por otro. O sea que la ilusión de que publicar con los grandes implica para el autor mayores posibilidades de ganancia es totalmente falsa. No es que lo pequeño sea hermoso, pero al haber una menor producción de novedades hay una mayor posibilidad de prestarles una atención que beneficia al autor.

Su política editorial se basa en los long sellers.

—Los libros que se siguen vendiendo durante mucho tiempo. Y De la Flor se mantiene con eso. Los libros de Walsh se publicaron por primera vez hace 32 años y siguen reeditándose y vendiendo. Ahora hemos autorizado una edición en España de Variaciones en rojo y hemos vendido los derechos de autor de Operación masacre, de Cuento para tahúres, o sea que seguimos defendiendo al autor después de muerto y para beneficio también de los herederos. 

—¿Cómo llegan a la editorial algunos de estos libros de la colección Narrativas, como el de Salvador Benesdra, El traductor?

—Lo de Benesdra es uno de esos casos trágicos. Yo no lo conocí nunca. Sé que era un periodista, un tipo sumamente culto e inteligente. Un amigo rosarino, Elvio Gandolfo, que había estado en el jurado de selección de premio Planeta, me dijo que todo lo que había leído en el año que se presentó Benesdra era bastante poco interesante, pero que había una novela bastante excepcional, a la que le sobraban unas cuantas páginas, pero que era lo único fuera de serie, era El Traductor. Retuve el nombre. Después vi que era uno de los finalistas del premio Planeta de ese año. Y un tiempo después un amigo de él, que era conocido mío, me trae el mamotreto, me pidió que lo lea, me dijo que estaban dispuestos a aportar algo para la edición, y lamentablemente lo dejé en el estante de los manuscritos para leer. Un día abro el diario y me entero de que el autor de ese manuscrito se había suicidado, entonces, con una curiosidad morbosa lo agarré y no lo pude dejar, porque efectivamente le sobraban algunas páginas pero era una novela alucinante, original, insólita. En ese momento me llama Américo Castilla, compañero mío de Derecho, también abogado, que estaba en la Fundación Antorchas, para decirme: «Che, ¿no conocés a un escritor que se llama Salvador Benesdra?, porque le dimos nuestro premio para la publicación y estamos llamando a la casa y no contesta». Le digo: «¿Vos no leés los diarios?». Y ahí se enteró. Al final apareció el libro con subsidio de la Fundación y con algún apoyo de los amigos, con una crítica estupenda, con muy poco éxito de venta. Es una obra en el que confío, se sigue guardando para que algún día la gente lo descubra.

—¿Cómo es el trabajo de selección de los libros de autores extranjeros, cómo le llegan? 

—El año pasado compré un solo libro, de (Jacques) Derrida, que se llama Fe y Saber, que tiene un texto de él sobre la religión y, después, una larga entrevista que es de aplicación en todos lados pero, especialmente en Argentina, que se llama “El siglo del perdón”, es de un periodista francés de origen polaco, y bueno, es un título que pagamos 800 dólares que, en noviembre no era una suma exorbitante. La traducción costó 2.000 dólares, porque se pagaron en diciembre (está traducido por una de las pocas “derridólogas” que hay en el país, realmente una experta, psicoanalista, que maneja muy bien el lenguaje de Derrida en francés), entonces, hacer un libro con esa inversión inicial, con el papel comprado al contado, con la imprenta pagada a los 30 días para que se venda a los 4 años es un negocio chino, que sólo lo puede hacer cuando lo solventa otro tipo de proyectos. Esto mismo pasa con el descubrimiento de nuevos autores. En los 70, cuando empezamos, era muy posible que uno descubriera un autor que le parecía valioso, que Primera Plana (la revista semanal) hiciera un artículo elogioso y lo convirtiera en un best seller sin que nadie tuviera idea de quién era el autor. Se nutría ese ascenso a la popularidad, por un lado por una apetencia cultural real y, por otro, snobismo y, después, disponibilidad económica. ¿Quién se compra hoy un libro para ver qué es?

—¿Tiene peso la crítica a la hora de difundir un libro?

—Creo que la crítica no lo tuvo nunca. Pero lo malo es el silencio, cuando se omite toda referencia a un libro, porque nadie se entera de que apareció. Claro, obviamente que la publicidad hace que se vendan libros que no dependen de la crítica, y la inversión publicitaria de los grandes sellos, que no se da sólo en los avisos en suplementos literarios, sino pagando lo que hace falta para que un autor o autora sea entrevistado en programas como los de Susana Giménez o Mirtha Legrand. Hace poco Rogelio García Lupo dijo que la televisión sirve para vender libros que nadie leerá, y es cierto, porque determinan la apetencia del que puede ir a comprar un libro del que se habla pero que después no volverá a abrir, porque su curiosidad ya está satisfecha con el rato que le dedicó al programa.

—¿Y cómo es su política con las traducciones?

—Creo que uno decide con el traductor el criterio a adoptar, sobre todo en este momento, en el cual es fundamental que los libros se puedan exportar. En narrativa hay que tratar de pedirles una traducción lo más neutra posible en el castellano, pero a veces esa neutralidad es una traición al autor. Una vez fui a una conferencia de Borges en la que hablaba de la traducción y decía que, por ejemplo, ante una lluvia ligera se podía decir, en rioplatense, garúa, o decir cellizca, en castizo, y que él aconsejaba usar llovizna, para que se entendiera en todas partes. Pienso que a veces hay que escribir llovizna y otras, garúa, si se traduce desde aquí, pero es un acto de voluntad y de inteligencia.

—Usted contó que los derechos de autor del libro Los animales no se visten, publicado a principio de los 70, empezaron mandándolos a una pequeña editorial de Nueva York, luego absorbida por otra más grande, luego fusionada con un pulpo y así. Que ya ni saben quiénes reciben esos derechos.

—Es muy frecuente, la relación entre el autor y el editor casi no existe. Cuando acordamos una edición en España de Variaciones en rojo de Walsh, empezamos las tratativas con una persona del departamento editorial, hablamos de las condiciones, de la estricta prohibición de enviarlo a América, en fin, se firmó el contrato. Ahora, esa persona ya dejó de tener que ver. Otra persona, de otro sector, nos pidió hace poco fotografías del autor y datos para la portada, y estamos lidiando con otro para que manden el cheque del anticipo, o sea que obviamente no es una tarea unipersonal por definición, pero se pierde la concisión cuando es una gran empresa la que trabaja en este ramo.

—Una antología de cuentos que publicó De la Flor en el 67 tenía un cuento, La cólera de un particular, que Walsh decía que pertenecía a un vietnamita del siglo pasado y que siempre se sospechó que era de Walsh. 

—Se sonreía y nunca dijo nada. Dijo que lo había sacado de una edición francesa que nunca vimos, se suponía que era una traducción. Era una alegoría de la guerra de Vietnam. 

—Y ese tipo de juegos, de falsificaciones, de algún modo, ¿eran más frecuentes antes?

—Sí, eran más frecuentes incluso mucho antes de que empezáramos. Se hizo mucho en la década del 30, los grupos de Boedo y Florida, los apócrifos, la antología apócrifa de (Conrado) Nalé Roxlo. Creo que correspondía a una época más distendida y más lúdica en algún aspecto. Conozco el caso de alguien que se tomó el trabajo de mecanografiar (porque no había computadoras) una novela entera de (Jerzy) Kozinsky y la mandó a 38 editoriales y recolectó las notas de rechazo de las editotriales. Era un libro que estaba publicado. Eran ese tipo de chistes, que requerían mucho trabajo y mucho papel carbónico en ese momento.

—¿Y si usted hubiera recibido esa novela?

—Y, podría haber metido la pata igual, en eso no hay garantías.

—¿Qué es lo que evalúa al leer un libro?

—Que me guste a mí. Porque cuando las tiradas mínimas eran de tres mil ejemplares yo pensaba, «Y, otros dos mil tipos a los que les guste lo mismo debe haber».

—¿Recibe materiales por email?

—A la editorial llegan por email decenas de propuestas, en general con archivos adjuntos. Los autores piensan que con algunas frases ditirámbicas sobre su propia obra van a despertar la curiosidad de quien abre el correo. Un día, un tipo que se llama Alejo García y tiene un segundo apellido que ahora no recuerdo, me manda desde Barcelona un email diciendo que me adjunta su novela Conductores suicidas (es una canción de Sabina o de Aute), pero que como sabe que no voy a abrir el archivo me da unas frases sueltas. Y tenía una conversación de bar muy graciosa, muy estilo Fontanarrosa, en la que dos tipos hacen un cálculo de cuántas aceitunas comieron en su vida. Me pareció tan divertido esa idea totalmente idiota que me hizo abrir la novela, empecé a leerla, me pareció fascinante y comencé a corregirla en pantalla, porque tenía muchos defectos de edición, le contesté que me diera tiempo, porque lo iba a hacer yo, finalmente vino en diciembre a Buenos Aires, en medio del despelote, y le dije que tuviera paciencia, que le faltaba un final, que un capítulo era demasiado largo. Ayer me llegó la nueva versión, que imprimiré para leerla y algún día saldrá. Pero esto es casual, no es para alentar a nadie. Es como picar una carnada.

miércoles, 9 de marzo de 2022

el imperio se autodestruye

por Michael Hudson

El artículo original en inglés puede leerse en CounterPunch. Se respetaron los hipervínculo y notas del original y se agregaron aclaraciones. 

Los imperios se desarrollan como una tragedia griega: desembocan en el destino que buscaban evitar. Ese es por cierto el caso del Imperio estadounidense, que se desmantela a sí mismo en cámara no tan lenta.

El supuesto básico de la previsión económica y diplomática es que cada país actuará en su propio interés. Tal razonamiento no ayuda mucho en el mundo de hoy. Los observadores de todo el espectro político están utilizando frases como “dispararse a sí mismos en su propio pie” para describir la confrontación diplomática de Estados Unidos con Rusia y sus aliados por igual. Pero nadie pensó que el Imperio Americano se autodestruiría tan rápido.

Durante más de una generación, los diplomáticos estadounidenses más destacados han advertido sobre lo que pensaban que representaría la amenaza externa definitiva: una alianza de Rusia y China que dominaría Eurasia. Las sanciones económicas y la confrontación militar de Estados Unidos han unido a estos dos países y están llevando a otros países a su órbita euroasiática emergente.

Se esperaba que el poder económico y financiero estadounidense evitara este destino. Durante el medio siglo transcurrido desde que Estados Unidos abandonó el oro en 1971, los bancos centrales del mundo han operado con el patrón dólar, manteniendo sus reservas monetarias internacionales en forma de valores del Tesoro de EEUU, depósitos bancarios de EEUU y acciones y bonos de EEUU. El estándar de letras del Tesoro resultante ha permitido a Estados Unidos financiar su gasto militar en el extranjero y la adquisición de inversiones en otros países simplemente mediante la creación de pagarés en dólares. Los déficits de la balanza de pagos de EEUU terminan en los bancos centrales de los países con superávit de pagos como sus reservas, mientras que los deudores del Sur Global necesitan dólares para pagar a sus tenedores de bonos y gestionar su comercio exterior.

Este privilegio monetario –el señorío del dólar–, ha permitido a la diplomacia estadounidense imponer políticas neoliberales al resto del mundo, sin tener que recurrir a su fuerza militar, excepto para apoderarse del petróleo del Cercano Oriente.

La reciente escalada de sanciones de EEUU que bloquean el comercio y la inversión de Europa, Asia y otros países con Rusia, Irán y China ha impuesto enormes costos de oportunidad –costo de oportunidades perdidas– a los aliados de EEUU. Y la reciente confiscación del oro y las reservas extranjeras de Venezuela, Afganistán y ahora Rusia[i], junto con el acaparamiento selectivo de cuentas bancarias de extranjeros adinerados (con la esperanza de ganar sus corazones y mentes, seducidos por la esperanza de la devolución de sus cuentas embargadas), ha acabado con la idea de que las tenencias en dólares –o ahora también los activos en libras esterlinas y en euros, satélites del dólar de la OTAN– son un refugio de inversión seguro cuando las condiciones económicas mundiales se vuelven inestables.

Así que me mortifica un poco ver la velocidad a la que este sistema financiarizado centrado en los EEUU se ha desdolarizado en el lapso de solo uno o dos años. El tema básico lo que llamé Súper Imperialismo ha sido cómo, durante los últimos cincuenta años, el estándar de las letras del Tesoro de los EEUU ha canalizado los ahorros extranjeros hacia los mercados financieros y los bancos de los EEUU, dándole rienda suelta a la diplomacia del dólar. Pensé que la desdolarización estaría liderada por China y Rusia cuando tomaran el control de sus economías para evitar el tipo de polarización financiera que está imponiendo la austeridad en los Estados Unidos[ii]. Pero los funcionarios estadounidenses están obligando a Rusia, China y otras naciones que no están encerradas en la órbita estadounidense a ver los signos escritos en la pared y superar cualquier vacilación que hayan tenido para desdolarizar.

Esperaba que el fin de la economía imperial dolarizada viniera por la ruptura de otros países. Pero eso no es lo que ha sucedido. Los propios diplomáticos estadounidenses han optado por poner fin a la dolarización internacional, mientras ayudan a Rusia a construir sus propios medios de producción agrícola e industrial autosuficientes. Este proceso de fractura global en realidad ha estado ocurriendo durante algunos años, comenzando con las sanciones que bloquean el comercio con Rusia de los aliados de Estados Unidos en la OTAN y otros satélites económicos. Para Rusia, estas sanciones tuvieron el mismo efecto que habrían tenido los aranceles proteccionistas.

Rusia había permanecido demasiado fascinada por la ideología neoliberal del libre mercado como para tomar medidas que protegieran su propia agricultura e industria. Estados Unidos le dio el empujoncito que se necesitaba al imponer sobre Rusia la autosuficiencia interna. Cuando los estados bálticos obedecieron las sanciones estadounidenses y perdieron el mercado ruso para su queso y otros productos agrícolas, Rusia creó rápidamente su propio sector lácteo, mientras se convertía en el principal exportador de cereales del mundo.

Rusia está descubriendo (o está a punto de descubrir) que no necesita dólares estadounidenses como respaldo para el tipo de cambio del rublo. Su banco central puede crear los rublos necesarios para pagar los salarios internos y financiar la formación de capital. Las confiscaciones de EEUU de sus reservas de dólares y euros pueden finalmente llevar a Rusia a poner fin a su adhesión a la filosofía monetaria neoliberal, como Sergei Glaziev viene abogando desde hace tiempo, a favor de la Teoría Monetaria Moderna (MMT).

La misma dinámica de socavar los objetivos ostensibles de EEUU tuvieron las sanciones de EEUU contra los principales multimillonarios rusos. La terapia de choque neoliberal y las privatizaciones de la década de 1990 dejaron a los cleptócratas rusos con una sola forma de sacar provecho de los activos que habían tomado del dominio público. Es decir: incorporar sus ganancias y vender sus acciones en Londres y Nueva York. Los ahorros internos habían desaparecido y los asesores de EEUU convencieron al banco central de Rusia de que no creara su propio dinero en rublos.

El resultado fue que el patrimonio nacional de petróleo, gas y minerales de Rusia no se utilizó para financiar una racionalización de la industria y la vivienda rusas. En lugar de que los ingresos de la privatización se invirtieran para crear nuevos medios rusos de protección, se gastaron en adquisiciones de nuevos ricos de propiedades inmobiliarias británicas de lujo, yates y otros activos globales de capital de fuga. Pero el efecto de las sanciones que toman como rehenes las tenencias de dólares, libras esterlinas y euros de los multimillonarios rusos ha sido hacer de la City de Londres un lugar demasiado riesgoso para mantener sus activos –lo mismo que para los ricos de cualquier otra nación potencialmente sujeta a las sanciones de EEUU. Al imponer sanciones a los rusos más ricos y más cercanos a Putin, los funcionarios estadounidenses esperaban inducirlos a oponerse a su ruptura con Occidente y, por lo tanto, servir efectivamente como agentes de influencia de la OTAN. Pero para los multimillonarios rusos, su propio país empieza a parecer más seguro.

Desde hace muchas décadas, la Reserva Federal y el Tesoro de EEUU han luchado contra la recuperación del papel del oro en las reservas internacionales. Pero, ¿cómo verán India y Arabia Saudita sus tenencias de dólares mientras Biden y Blinken intentan obligarlos a seguir el "orden basado en reglas" de EEUU en lugar de su propio interés nacional? Los dictados recientes de EEUU no han dejado más alternativa que comenzar a proteger su propia autonomía política convirtiendo las tenencias de dólares y euros en oro como un activo libre de la responsabilidad política de ser rehén de las demandas estadounidenses cada vez más costosas y perturbadoras.

La diplomacia de EEUU le ha restregado a Europa su servilismo abyecto al decirles a sus gobiernos que hagan que sus empresas se deshagan de sus activos rusos por centavos de dólar después de que se bloquearon las reservas extranjeras de Rusia y se desplomó el tipo de cambio del rublo. Blackstone, Goldman Sachs y otros inversionistas estadounidenses se movieron rápidamente para comprar lo que Shell Oil y otras compañías extranjeras estaban descargando.

Nadie pensó que el orden mundial de la posguerra 1945-2020 se derrumbaría tan rápido. Está surgiendo un orden económico internacional verdaderamente nuevo, aunque aún no está claro qué forma tomará. Pero las confrontaciones resultantes de "presionar al oso" con la agresión de EEUU y la OTAN contra Rusia han superado el nivel de masa crítica. Ya no se trata solo de Ucrania. Ese es simplemente el detonante, un catalizador para alejar a gran parte del mundo de la órbita de EEUU/OTAN.

El próximo enfrentamiento puede ocurrir dentro de la propia Europa, ya que los políticos nacionalistas buscan liderar una ruptura con el poder expansionista de EEUU sobre sus aliados europeos y otros para mantenerlos dependientes del comercio y la inversión con base en EEUU. El precio de su obediencia continua es imponer la inflación de costos en su industria mientras subordinan su política electoral democrática a los procónsules estadounidenses de la OTAN.

Estas consecuencias realmente no pueden considerarse "no intencionadas". Demasiados observadores han señalado exactamente lo que sucedería, encabezados por el presidente Putin y el ministro de Relaciones Exteriores Lavrov al explicar cuál sería su respuesta si la OTAN insistiera en arrinconarlos mientras atacaban a los hablantes rusos en el este de Ucrania y trasladaban armamento pesado a la frontera occidental de Rusia. Ya habían anticipado los resultados. A los neoconservadores que controlaban la política exterior de Estados Unidos simplemente no les importaba. Se consideró que reconocer las preocupaciones rusas lo convertía a uno en un Putinversteher[iii].

Los funcionarios europeos no sintieron incomodidad cuando le dijeron al mundo que Donald Trump estaba loco y sacudía el cajón de manzanas de la diplomacia internacional. Pero parecen haber sido sorprendidos por el resurgimiento del odio visceral hacia Rusia por parte de la Administración Biden a través del Secretario de Estado Blinken y Victoria Nuland-Kagan. El modo de expresión y los gestos de Trump pueden haber sido toscos, pero la pandilla neoconservadora de Estados Unidos tiene una obsesión de confrontación mucho más amenazante a nivel mundial. Para ellos, era una cuestión de qué realidad saldría victoriosa: la “realidad” que creían que podían hacer, o la realidad económica fuera del control de los EEUU.

Los políticos estadounidenses están obligando a hacer lo que los países extranjeros no han hecho por sí mismos para reemplazar al FMI, el Banco Mundial y otros brazos fuertes de la diplomacia estadounidense. En lugar de que los países europeos, del Cercano Oriente y del Sur Global se separen mientras calculan sus propios intereses económicos a largo plazo, Estados Unidos los está alejando, como lo ha hecho con Rusia y China. Cada vez más políticos están buscando el apoyo de los votantes preguntándoles si sus países estarían mejor atendidos con nuevos arreglos monetarios para reemplazar el comercio dolarizado, la inversión e incluso el servicio de la deuda externa.

La contracción de los precios de la energía y los alimentos está afectando especialmente a los países del Sur Global, coincidiendo con sus propios problemas de Covid-19 y el inminente vencimiento del servicio de la deuda dolarizada. Algo hay que ceder. ¿Hasta cuándo estos países impondrán medidas de austeridad para pagar a los tenedores de bonos extranjeros?

¿Cómo se las arreglarán las economías estadounidense y europea frente a sus sanciones contra las importaciones de gas y petróleo, cobalto, aluminio, paladio y otros materiales básicos rusos? Los diplomáticos estadounidenses han elaborado una lista de materias primas que su economía necesita desesperadamente y que, por tanto, están exentas de las sanciones comerciales que se imponen. ¿Esto le da al Sr. Putin una lista útil de los puntos de presión de EEUU para usar en la remodelación de la diplomacia mundial y ayudar a los países europeos y otros a romper con la Cortina de Hierro que Estados Unidos ha impuesto para hacer que sus satélites dependan de suministros estadounidenses de altos precios?

La inflación de Biden

Pero la ruptura final con el aventurerismo de la OTAN debe provenir de los propios Estados Unidos. A medida que se acercan las elecciones de mitad de período de este año, los políticos encontrarán un terreno fértil para mostrar a los votantes estadounidenses que la inflación de precios liderada por la gasolina y la energía es un subproducto de la política del bloqueo de las exportaciones de petróleo y gas ruso por parte de la Administración Biden. (¡Malas noticias para los propietarios de camionetas, los grandes consumidores de gasolina.) El gas es necesario no solo para calefacción y producción de energía, sino también para hacer fertilizante, del cual ya hay escasez mundial. Esta situación se ve agravada por el bloqueo de las exportaciones de cereales de Rusia y Ucrania a los Estados Unidos y Europa, lo que hace que los precios de los alimentos ya se disparen.

Ya existe una sorprendente desconexión entre la visión de la realidad del sector financiero y la que se promueve en los principales medios de comunicación de la OTAN. Los mercados bursátiles de Europa se desplomaron en su apertura el lunes 7 de marzo, mientras que el petróleo Brent se disparó a 130 dólares el barril. El noticiero matutino “Today” de la BBC presentó al parlamentario conservador Alan Duncan, un comerciante de petróleo, que advirtió que la casi duplicación de los precios de los futuros del gas natural amenazaba con llevar a la bancarrota a las empresas comprometidas con el suministro de gas a Europa a las tarifas anteriores. Pero volviendo a las noticias militares de "Dos minutos de odio", la BBC siguió aplaudiendo a los valientes combatientes ucranianos y a los políticos de la OTAN que pedían más apoyo militar. En Nueva York, el Promedio Industrial Dow Jones se desplomó 650 puntos, y el oro se disparó a más de $2,000 la onza, lo que refleja la visión del sector financiero sobre cómo es probable que se desarrolle el juego de EEUU. Los precios del níquel aumentaron aún más: un 40 por ciento.

Tratar de obligar a Rusia a responder militarmente y, por lo tanto, quedar mal ante el resto del mundo se está convirtiendo en un truco destinado simplemente a garantizar que Europa contribuya más a la OTAN, compre más equipo militar de Estados Unidos. La inestabilidad que esto ha causado resulta en el efecto de hacer que los Estados Unidos parezcan tan amenazadores como la OTAN afirma que es Rusia.

Michael Hudson es autor de Killing the Host (publicado como eBook CounterPunch Books e impreso en Islet). Su Nuevo libro es J is For Junk Economics.  Se lo puede contactar en mh@michael-hudson.com.

 



[i] El oro de Libia también desapareció después del derrocamiento de Muammar Gaddafi por parte de la OTAN en 2011.

[ii] Ver más recientemente Radhika Desai y Michael Hudson (2021), “Beyond Dollar Creditocracy: A Geopolitical Economy,” Valdai Club Paper No. 116. Moscow: Valdai Club, 7 July, reimpreso en Real World Economic Review (97).

[iii] Expresión tomada del alemán traducido al inglés como “Putin-understander”: un occidental que defiende o simpatiza con el presidente ruso Vladimir Putin y sus políticas.

domingo, 27 de febrero de 2022

héroe de la clase conservadora

 Publicado en JeetHeer.substack

La invasión rusa de Ucrania trajo a la superficie la rusofilia derechista estadounidense, un fenómeno de larga data que se volvió más visible para el público en general durante la presidencia de Donald Trump. Esta semana, en una entrevista en The Clay Travis and Buck Sexton Show, Trump se entusiasmó con la estrategia de Putin de reconocer a Donetsk y Luhansk –dos regiones del sureste de Ucrania– como nuevas repúblicas soberanas y lo llamó “genio”. El ex presidente continuó: “Dije: ‘¿Qué tan inteligente es eso?’ Así que va a meterse y se convertirá en un pacificador. Esa es la fuerza de paz más fuerte. Podríamos usar eso en nuestra frontera sur. Esa es la fuerza de paz más fuerte que he visto”, dijo Trump. “Aquí hay un tipo que es muy inteligente... lo conozco muy bien. Muy, muy bien.” 
 En su programa en Fox News, Tucker Carlson se puso a favor y distinguió a Putin de la izquierda estadounidense. Carlson le dijo a su audiencia: “Puede valer la pena preguntarse… ¿por qué odiar a Putin? ¿Putin alguna vez me llamó racista? ¿Me ha amenazado con despedirme por no estar de acuerdo con él?” Estos puntos de vista han tenido eco de muchas maneras en la extrema derecha, aunque la tendencia dominante del Partido Republicano aún se mantiene en el consenso bipartidista contra la expansión rusa. Por supuesto, la sensibilidad del Partido Republicano no impide que Candance Owens, una personalidad en los medios de derecha, culpe a la OTAN y... a Justin Trudeau (primer ministro de Canadá).
“Sugiero que todos los estadounidenses que quieran saber qué está pasando *realmente* en Rusia y Ucrania, lean esta transcripción del discurso de Putin. Como he dicho durante meses, la OTAN (bajo la dirección de los Estados Unidos) está violando acuerdos anteriores y expandiéndose hacia el este. NOSOTROS tenemos la culpa.”
PAREN de hablar de Rusia. Envíen tropas estadounidenses a Canadá para hacer frente al reinado tiránico de Justin Trudeau Castro.
Se ha declarado fundamentalmente dictador y está librando una guerra contra los manifestantes canadienses inocentes y aquellos que los han apoyado financieramente.
Candance Owens (1989) es una activista conservadora, presentadora de TV y comentarista política. Es una de las más destacadas militantes pro-Trump entre las mujeres negras.
¿Qué hacemos con esta sintonía con el nacionalismo ruso? Es importante entender que no es solo un producto de la era Trump, o incluso de la Guerra Fría. Las teorías liberales de Trump como “títere de Putin“ (para usar las palabras de Hillary Clinton) son simplistas y personalizan una afinidad mucho más profunda, que no tiene nada que ver con el enriquecimiento personal o el chantaje, sino que tiene sus raíces en puntos de vista racistas de la política global. Hay dos corrientes importantes de rusofilia de derecha. A menudo se superponen, pero son distintas y ocasionalmente pueden estar en tensión. Una es la creencia de que Rusia es un baluarte necesario contra el liberalismo. La otra opinión es que Rusia es un aliado necesario de la supremacía blanca global, que enfrenta a las naciones blancas contra el mundo no blanco (que a menudo se imagina liderado por China). 

Antiliberalismo 

Antes de la revolución comunista de 1917, Rusia solía desempeñar un papel reaccionario en la política europea y mundial. Fue el régimen menos afectado por la Ilustración, el que impulsó a monárquicos y teócratas. La Revolución Rusa cambió eso, pero incluso en el período comunista hubo algunas voces dispersas que pensaron que Rusia podría volver a su antiguo papel como baluarte del antiliberalismo. El agitador fascista estadounidense Francis Parker Yockey (1917-1960) fue una figura clave en el giro de la derecha hacia Rusia. Yockey fue una figura turbia, pasó gran parte de su vida viajando a través de redes internacionales neonazis encubierto bajo pasaportes con varios nombres falsos. En 1960 las autoridades aeroportuarias se encontraron con una maleta perdida en Fort Worth, Texas. En el interior hallaron siete certificados de nacimiento y cuatro pasaportes con una variedad de nombres, todos aparentemente utilizados por la misma persona. Esto condujo a una persecución del FBI a través del país hasta que Yockey fue al fin arrestado en Oakland, California. 
 A fines de la década de 1940, Yockey tomó nota del hecho de que Stalin –entonces al borde de la muerte y cada vez más paranoico– estaba reviviendo el antisemitismo como una forma de consolidar el apoyo nacionalista. Su creencia en la transformación de Rusia solo se intensificó a principios de la década de 1950, la era de mayor paranoia conspiracionista en Checoslovaquia y el juicio de Rudolf Slánský [secretario general del partido Comunista en Checoslovaquia tras el fin de la Segunda Guerra] en Praga, donde once comunistas judíos fueron condenados por traición y ejecutados en una muestra clara de antisemitismo. Yockey tomó el acontecimiento en Praga como un augurio de que el bloque soviético ya había abandonado en la práctica el marxismo y estaba listo para volver a su papel tradicional como guardián del viejo orden. El nuevo interés de Yockey por Rusia se sumó a un creciente desencanto con Estados Unidos, que consideraba una sociedad decadente dominada por liberales y judíos. 
 Como señala Matthew Rose en su nuevo y fascinante libro A World After Liberalism, el trabajo de Yockey “marcó el comienzo de un replanteamiento de Rusia por parte de la derecha radical cuyos ecos distantes se escuchan hoy”. En un artículo de 2018 en The Daily Beast, Mark Potok señaló: “En 1948, un ideólogo estadounidense llamado Francis Parker Yockey promovía el fascismo paneuropeo que veía a la Unión Soviética como una amenaza menor para Europa que Estados Unidos. A fines de la década de 1950, Yockey sugería que la URSS podría ayudar a ‘liberar’ a Europa de la dominación estadounidense”. 
Lo que distingue esta cosmovisión antiliberal de la perspectiva superpuesta de la supremacía blanca global es la prioridad dada al antiamericanismo que abre la puerta a alianzas con naciones no blancas siempre y cuando se enfrenten a los Estados Unidos. 
Después de su suicidio en la cárcel, el agitador antisemita Willis Carto se hizo cargo del legado de Yockey e hizo un mito de él como un mártir heroico y fascista. El trabajo de Yockey disfrutó de una reputación clandestina durante muchas décadas, pero tras del colapso del comunismo hubo un resurgimiento de sus ideas sobre Rusia como el renacimiento de los valores anti y no liberales. Estos argumentos ya no circulan sólo en la derecha fascista, también aparecen entre los derechistas más convencionales. 
 En una edición de 1990 de Policy Review, Paul Weyrich, cofundador de The Heritage Foundation [un think tank conservador que impulsó a la Nueva Derecha], argumentó: “También debemos estar abiertos a importar de Europa Central y Rusia elementos de la cultura occidental que han sobrevivido mejor allá que aquí”. En 2013, Pat Buchanan explicó la lógica de esta posición en un artículo que preguntaba: “¿Putin es uno de nosotros?” La respuesta de Buchanan era un entusiasmado sí.
¿Es Vladimir Putin un paleoconservador? En la guerra cultural por el futuro de la humanidad, ¿es uno de nosotros? [...] El presidente Reagan una vez llamó al antiguo imperio soviético “el foco del mal en el mundo moderno”. El presidente Putin está insinuando que la América de Barack Obama puede merecer ese título en el siglo XXI. Tampoco carece de argumentos cuando nos damos cuenta de que aceptamos el aborto a pedido, el matrimonio homosexual, la pornografía, la promiscuidad y todo el arsenal de valores de Hollywood que aplican a Estados Unidos. [...] Si bien gran parte de los medios estadounidenses y occidentales lo descalifican como autoritario y reaccionario, un retrógrado, puede ser que Putin vea el futuro con más claridad que los estadounidenses que aún están atrapados en el paradigma de la Guerra Fría. Así como la lucha decisiva en la segunda mitad del siglo XX fue vertical, Este contra Oeste, la lucha del siglo XXI puede ser horizontal, con conservadores y tradicionalistas en todos los países alineados contra el secularismo militante de una élite multicultural y transnacional.
Si se cree que el liberalismo es una amenaza existencial, como sucede con muchos conservadores, entonces es fácil ver a Putin no solo como un mal menor sino también como un aliado potencial. 

Supremacía blanca global 

La rusofilia al estilo Yockey se basa en una guerra entre el liberalismo y la derecha. Como ya vimos en la formulación original de Yockey, había una dimensión racial que equiparaba el liberalismo con el judaísmo. Pero hay otra rusofilia que ve a Rusia como un aliado potencial en un conflicto más amplio de guerra racial global entre blancos y personas de color. En su libro de 1970 The Passing of the Modern Age, el historiador tradicionalista John Lukacs sentenció:
El mundo se está fragmentando en vastas regiones raciales; las diversas razas comienzan a ser soberanas dentro de sus propias regiones, algo así como las nacionalidades de Europa que comenzaron a constituirse en estados nacionales hacia el final de la Edad Media. Con excepción de las Américas y Australia, la raza blanca ha regresado a Europa; África pertenece a los africanos, Asia cada vez más a los asiáticos. Queda la gran cuestión del imperio de Rusia en el norte de Asia: a fines del siglo pasado se suponía que Bismarck había predicho que el hecho más importante en el siglo XX sería que los estadounidenses hablaran inglés; no es imposible que la condición más importante de los próximos cien años sea que los rusos sean, después de todo, blancos.
Lukacs escribió en tono especulativo. La línea de pensamiento identificada por Lukacs fue retomada por los escritores de ciencia ficción de derecha Jerry Pournelle (admirador del dictador fascista Benito Mussolini) y Larry Niven en su serie de novelas CoDominium, que comenzaron en 1973. La serie se basó en la idea de que la Unión Soviética y los Estados Unidos formarían en el futuro una alianza para evitar la amenaza del mundo no blanco. Lo que alguna vez fueron extrapolaciones fantásticas en manos de novelistas de ciencia ficción ahora es una premisa más seria en la extrema derecha. Steve Bannon y Tucker Carlson han argumentado más de una vez que una de las razones para cultivar la amistad con Rusia es que será un socio necesario en la lucha contra China.
Francis Parker Yockey
Los dos argumentos a favor de la rusofilia (el antiliberalismo y el racismo global) a menudo funcionan juntos, pero también podrían estar en tensión dependiendo de qué prominencia tenga prioridad. Bannon es un ejemplo de cómo los dos hilos pueden trabajar juntos. Ha promocionado a Rusia como un aliado potencial contra China, pero también admira a Putin por no haber sido concientizado*:   'Putin no se ha concientizado. Es anti-concientizarse'. Los rusos saben qué baño usar. ‘Saben cuántos géneros hay’
Carole Cadwalladr es una periodista británica que se hizo conocida en 2018 por su investigación sobre el escándalo Facebook-Cambridge Analytica.
Pero este deseo de Bannon de una cruzada contra China no es universalmente compartido. La derecha está dividida sobre China. Entre algunos cuadrantes de la extrema derecha, también es posible ver signos de cierta simpatía por China. David Beattie J. Beattie, exasesor de Trump, tuiteó:
Rusia o China necesitan establecer una granja de servidores gigante con el fin de albergar a los estadounidenses que quieren poder criticar a su gobierno corrupto.
Sería un gran movimiento, un cambio de juego
Pensemos fuera de la burbuja
Richard Hanania del Centro para el Estudio del Partidismo y la Ideología, simpatiza con China y Rusia:
China: "Las sanciones nunca han sido una forma efectiva de resolver problemas".
Esto es verdad. Un orden mundial liderado por China sería más humano. Los que piensan de otro modo tienen el cerebro lavado por los medios estadounidenses, para que piensen en los crímenes de China pero no de los estadounidenses.
Con Hanania y Beattie, vemos que la rusofilia es compatible con la sinofilia. La lógica subyacente de estos giros y vueltas ideológicas es “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Mientras la extrema derecha defina al liberalismo como su enemigo, encontrará amigos cada vez más extraños. 

(Editado por Emily M. Keeler)
* El término original en “concientización”, como reza la traducción, es woke. Según la politóloga cordobesa –que participó en esta traducción– Valeria Brusco, merece una aclaración: el título original de este artículo es, con mucha ironía: Putin Ain't Woke –algo así como “Putin aún no despertó” o “Putin es una víctima que aún no se empoderó”. Dice Brusco, consultada acerca de cómo volcar al español el concepto woke: “Si se utiliza en el sentido despectivo creo que es algo así como ‘un iluminado’, es decir, una persona que cree que sabe algo que los demás no saben y se cree superior por ello. Debido a este mismo exceso, ahora estamos pasando de lo políticamente correcto, ya obsoleto, a una especie de etapa superior, la ideología woke. El término, tomado del argot afroamericano, significa ‘despierto’, es decir, consciente de todas las iniquidades. Evidentemente, la lista es larga. Ser woke requiere estar particularmente atento a todas las minorías, pero esta lógica, llevada al extremo, multiplica la noción de minoría; ¿no es cada individuo una minoría en sí mismo? Ser woke exige enfrentarse a cualquier opresión, objetiva y subjetiva, incluso si está sancionada por la democracia. #MeToo es el aspecto más conocido de esta revolución woke. Una revolución necesaria que a veces lleva a condenar a personas inocentes por acosos imaginarios, pero reconocemos las revoluciones por las que algunos inocentes pierden la cabeza. Ser woke es implícita o abiertamente brutal, ya que esta ideología exige pasar de una civilización patriarcal, declarada arcaica, a una nueva civilización basada en el triunfo de la diferencia; ser diferente es mejor. Esta inversión de las normas, una especie de carnaval cultural, llevada a su conclusión lógica, desemboca en lo que en Estados Unidos se denomina cancel culture, no la cancelación de la cultura, sino la cultura de la cancelación.”
Sobre la cultura woke Valeria Brusco recomienda este artículo en Semana y éste en ABC.
Nota bene: Se respetaron todos los hipervínculos de la edición original en inglés (que puede leerse acá). También se agregaron aclaraciones entre corchetes. Traducción de Pablo Makovsky.

domingo, 6 de febrero de 2022

en el planeta de rómulo y remo

Nos preparamos para la segunda temporada de Raised by Wolves.

para La Capital

Casi sobre el final de Aliens (James Cameron, 1986), cuando Ripley y el androide Bishop ya lograron escapar del planeta colonizado por las criaturas xenomorfas y se sienten seguros en la nave, hay una escena que dura segundos y expone el siniestro trasfondo en el que se desarrolló la historia. El pecho de Bishop se infla de repente, como si de su arquitectura artificial fuese a explotar un alien, como sucedió con los humanos que alojaron en su cuerpo el embrión de la criatura. Claro, se trata del espolón del alien madre que se ha colado en la nave nodriza y ensarta el pecho del androide partiéndolo en dos. Descuartizado, pero aún activo, Bishop expele un líquido blanco que lo baña y se desparrama por el piso metálico. Son sólo unos segundos, pero el cine transcurre en otro tiempo. En ese lapso minúsculo contemplamos varios de los temas que se desarrollaron la película –que, a todo esto, es la segunda de la saga–: la maternidad (Ripley adopta a una niña sobreviviente como si fuera su hija porque se enteró de que su verdadera hija murió de vieja mientras ella estuvo hibernando en el espacio casi cien años), la cercanía de la vida artificial y la humana (el androide es capaz de comprensión y compasión) y la naturaleza horrible de la madre alien, que cultiva los huevos para alojarlos como parásitos en un humano al que terminará consumiendo. 

Bien, todos esos temas que la saga Alien desplegó desde la primera película que dirigió Ridley Scott y estrenó en 1979 hasta Alien: Covenant (2017, también dirigida por Scott), están también presentes en la serie Raised by Wolves, cuya primera temporada se estrenó en 2020 en HBO Max, desde donde anunciaron el lanzamiento de la segunda temporada este 3 de febrero.

Ridley Scott, quien produce la serie, también incursionó en la dirección de los dos primeros episodios estrenados en 2020.

Raised by Wolves (Criado por lobos, en el idioma del Martín Fierro) narra, muy básicamente, el establecimiento de una colonia en el planeta Kepler 22b (un planeta real, fuera del sistema solar y en teoría habitable descubierto por el telescopio espacial Kepler de la Nasa en 2011) en la que dos androides (Madre y Padre, tal como se los llama) intentan recuperar la humanidad criando embriones humanos que lograron rescatar de una Tierra hecha cenizas tras una larga guerra entre creyentes y ateos. 

Y acá viene lo difícil de resumir, porque todas las premisas dadas al principio, como la androide Madre dedicada a sus hijos ateos o el impostor que comanda un grupo de creyentes que también llegan en una nave llamada El Arca a Kepler 22b no son lo que parecen. Ni siquiera el planeta, del que sólo conocemos su parte desértica (porque se sabe que los profetas predican en el desierto), es del todo lo que se nos muestra: no sólo por las esquivas criaturas que acechan, sino por los restos monumentales de unas serpientes que acaso sean la especie original de ese mundo.


¿Nada que ver?

 

Ridley Scott negó en una conversación que mantuvo con sus fans a través de la red Reddit que el universo cinematográfico de Alien se cruce con el de Raised by Wolves.

El usuario live-fast-die-hard preguntó: “¿Esta serie existe en el mismo universo que la franquicia Alien? Parece que hay tantos paralelos por descubrir”. A lo que Scott respondió: “Interesante pregunta, pero no, la primera historia de Alien se sitúa como si fuera un tiempo anterior a Raised By Wolves, en el sentido de que el Nostromo probablemente fue financiado por una economía global organizada. Y Raised by Wolves trata sobre el caos posterior a la guerra global.”

Recordemos que el Nostromo (sí, el mismo nombre que el barco de la novela de Joseph Conrad) era la nave “nodriza” (“mothership” en inglés) de la primera Alien, y que en esa nave iba un androide que, con el mandato de la corporación de recoger el espécimen encontrado, traicionaba a la tripulación. Y que cuando ese androide era decapitado, de sus arterias mecánicas fluía un líquido blanco idéntico a la leche. De hecho, Scott contó que fue una ocurrencia espontánea lo de la leche como el fluido interno del androide. Sin embargo, el líquido blanco persistió a través de la saga, lo mismo que las simetrías con la figura de la maternidad: desde la nave “nodriza” hasta la réplica-clon de Ripley embarazada de una criatura en Alien Resurrection (Jean-Pierre Jeunet, 1997).

Ridley Scott pinta el rostro de Ian Holm con leche condensada en Alien (1979). Imagen tomada de @HistoryInFlix.

Bien, en Raised by Wolves los androides Madre y Padre también tienen leche corriendo por sus circuitos e incluso los capítulos finales de la primera temporada abundan en la naturaleza de ese líquido blanco como capaz de generar vida, al punto de que Madre engendra una criatura, sí, como por un segundo creemos ver en aquella brevísima escena cerca del final de Aliens descrita al comienzo de estas líneas.

Raised by Wolves alude sin más a Luperca, la loba que amamantó a Rómulo y Remo en la mitología del origen de Roma. De algún modo Madre es la loba que amamanta a sus crías humanas y engendra un ser monstruoso al final de la primera temporada (el capítulo se llama “The Beginning”: “El principio”) que de algún modo reaviva las fantasías desplegadas en la saga Alien que, recordemos, es una suerte de mitología sobre el origen monstruoso de la humanidad, una especie de relato como los de H.P. Lovecraft en el que los oscuros dioses antiguos fueron reemplazados por extraterrestres extinguidos –los Ingenieros en Prometheus (Ridley Scott, 2012)– que jugaron a ser demiurgos.

La saga Alien es tan vasta en interpretaciones que Stephen Mulhall en su libro On Film (bit.ly/3Gh9JtY) sostiene que “La forma de vida del alien es (apenas, mera y simplemente) vida, la vida como tal: no es tanto una especie particular como la esencia de lo que significa ser una especie, ser una criatura, un ser natural –es la Naturaleza encarnada o sublimada, una personificación de pesadilla del reino natural entendido como completamente subordinado, completamente agotado por los impulsos gemelos darwinianos de sobrevivir y reproducirse”, a lo que el filósofo esloveno Slavoj Zizek agrega su interpretación: “El capital es parásito (como el Alien) y explota el instinto puro de vida”.


Guerra santa


La idea de una guerra que divide a la humanidad entre ateos y creyentes “mitraístas”, como llama Scott a los seguidores de una práctica religiosa pre cristiana que desarrolló su liturgia de forma oral y de la que no hay noticias muy precisas, revividos ahora para la serie. El culto mitraico también se funda en la adoración de Rómulo y Remo. En la entrevista abierta de Reddit, Scott acota una visión muy particular: “El mitraísmo reemplazó a la religión formal y en paralelo con eso evolucionó hacia una forma de religión de pura ciencia que terminó en el mundo tal como lo conocemos”.

Es decir que, más allá de los detalles históricos de los mitraicos –que los historiadores ubican en el antiguo Irán–, lo que Scott y su guionista Aaron Guzikowski hacen en Raised by Wolves es, como sucede en muchas series contemporáneas –desde Battlestar Galactica a Vikings o la más reciente Beforeigners; la lista es interminable y podría incluir producciones muy ajenas al género–, introducir cierta teología política que plantea cómo se establece un poder político, cómo se legitima y qué lo convierte en un orden moral, temas con los que debería lidiar cualquier comunidad que pretenda refundar la humanidad.

Sin embargo, en el lado desértico de Kepler 22b, donde transcurre la primera temporada de Raised by Wolves, la deidad de los mitraicos parece hablarle al niño elegido, pero también al guerrero infiel. Les habla como la deidad habla en el desierto, con acertijos y zarzas ardientes, con alucinaciones. La serie es tanto una especulación sobre esa pos-humanidad en el exilio como una sobre las ficciones que la nutren.

En una entrevista que dio a un periodista de Newsweek, Guzikowski dijo que en el plan de la serie siempre estuvo presente la idea de que los personajes atraviesan “historias del Antiguo Testamento, viejos cuentos de hadas o mitos griegos, que tocan el mismo tipo de recuerdos genéticos que tienden a crear muchas de estas clases de historias antiguas en las que al final hay una serpiente gigante”.

La nueva temporada de Raised by Wolves supone una incursión en el lado exuberante, tropical del planeta, en el que Madre y Padre buscan el engendro inesperado y monstruoso. Es decir, buscan el “alien” nacido del vientre lechoso de Madre en un paraíso demoníaco, como todos los paraísos. 


Sublimación


Sí, es cierto lo que dice Ridley Scott, Alien se desarrolla en un mundo corporativo y globalizado en el que la división, la gran división gira en torno a los intereses corporativos y los de la humanidad, mientras que Raised by Wolves tiene lugar en un mundo pos-apocalíptico en el que la humanidad busca rearmarse en tierra extranjera a la que traslada su división fundamental.

El personaje central de esa humanidad en el exilio es Madre (pongamos el nombre de la actriz porque es excepcional: Amanda Collin).

Sin embargo, y continuando con la teratología –la teoría de los monstruos– de la saga Alien y la serie, Madre no siempre fue Madre.

En el pasado de la historia de Raised by Wolves, Madre fue una “necromancer”, un ángel de la muerte al servicio de los mitraicos capaz de exterminar poblaciones enteras con el poder de sus ojos y su voz letal. Alguien, al modo en que el “terminator” T1000 (Terminator: Judgement Day, James Cameron, 1991) es convertido en ángel de la guarda del díscolo adolescente John Connor, convierte a esa necromancer en Madre y le otorga una misión en Kepler 22b: refundar la humanidad pero, sobre todo, esa humanidad de los ateos.

Como sucede en la cosmogonía de ciencia ficción de Ridley Scott, ningún personaje puede escapar del pasado (lo vimos en Blade Runner –R. Scott, 1982–, donde los androides creían en una memoria fabricada que habitaban como una fantasía) pero, como los humanos que conocemos hasta ahora, son capaces de construir una mitología capaz de transformar ese pasado en una misión.

De eso trata Raised by Wolves, de cómo la naturaleza horrorosa de ciertos actos humanos podrían cambiar de signo y de cómo la naturaleza artificial de un androide, como en la escena inicial de este texto, puede alumbrar un mundo, es decir, un futuro.