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"I don't want to belong to any club that will accept people like me as a member." Groucho Marx en Groucho and Me (1959).

jueves, 19 de marzo de 2026

los riesgos políticos de la traducción

En otro siglo, el 20 de marzo de 2020, comenzaba en Argentina el Aislamiento Social Preventivo Obligatorio debido a la pandemia mundial de COVID-19, además de todas las novedades que llegaron con eso, comenzó a circular un término que no era nuevo pero adquiría una relevancia destacable: las “comorbilidades”, por las “morbilidades” preexistentes, es decir, el riesgo que corrían quienes tuviesen ciertas enfermedades o condiciones de salud si se contagiaban con el nuevo virus. Según el diccionario etimológico, la morbilidad se usa en salud desde el siglo XVII para referirse a “la naturaleza de una enfermedad”. De hecho el término latino morbus significa enfermedad y se estima que comparte su raíz genealógica con mori, que significa “morir”. Enfermedades preexistentes como el epoc o la diabetes eran morbilidades que aumentaban el peligro de muerte en caso de infección con el flamante coronavirus. 

Bien, retengamos el término: morbilidad, mórbido, morboso, palabras que nos señalan una enfermedad, un malestar, ningún otro misterio que la degeneración del funcionamiento de un órgano, por ejemplo en la diabetes, que genera malestar y deterioro.

Mural de Antonio Gramsci en un barrio popular de Florencia, Italia,realizado por Jorit. Imagen tomada de Jacobin.

Traduttore

En abril de 1937, en una clínica de Roma y tras haber sido liberado de la prisión donde había pasado sus últimos once años de vida, moría Antonio Gramsci de una hemorragia cerebral provocada, entre otras cosas, por el deterioro de sus condiciones de vida en la cárcel. Para la misma fecha, pero en 1945, en Milán, la historia nos legaría la maravillosa imagen de Benito Musolini y sus colaboradores más cercanos colgados de los pies en la plaza principal. Y, ya terminada la guerra, en 1948, la reconocida editorial italiana Einaudi publicaba por primera vez Los cuadernos de la cárcel, una recopilación de las anotaciones de Gramsci durante el cautivero al que lo envió el fascismo en 1926, luego de que fundara el Partido Comunista Italiano en 1921.

Si bien leímos apenas a Gramsci —o más bien leímos a sus lectores más destacados: de Stuart Hall a Ernesto Laclau—, la vulgata enseña que en el origen de sus anotaciones carcelarias el pensador comunista se preguntaba por qué en la Rusia atrasada y campesina del año 1917 había triunfado la revolución bolchevique (que Gramsci había visto de cerca) y menos de un lustro más tarde, en su Italia, asistían al ascenso de Musolini. Ésa primera inquietud (pensar el modo particular en el que se desarrollan las condiciones revolucionarias en un país) define su visión y su estrategia política en el horizonte comunista. Por eso en Buenos Aires, a fines de la década de 1950, llama la atención de dos pensadores afiliados al Partido Comunista que entonces tenía al frente a Héctor P. Agosti. Así, unos jóvenes José Aricó y Juan Carlos Pontantiero, contemporáneos de la entonces en alza revolución Cubana, fueron los primeros lectores y traductores de Gramsci al español para la muy zurda editorial Lautaro, que no publicó los Cuadernos, sino fragmentos a los que sumaron cartas y otros documentos de lo que aún se estaba formando como “corpus” de la obra de Gramsci.

En esa traducción sí aparecía la célebre frase que describía el momento político que atravesaba Italia, en la que el comunismo había sido derrotado para dar lugar a un fascismo en el marco de una Europa que transitaba el período entre el fin de la Gran Guerra, el triunfo del nazismo, la derrota de la República española y el despegue de la Unión Soviética tras años de sequías y guerra civil. Había escrito Gramsci: ““In questo interregno si verificano i fenomeni morbosi più svariati”. Que Aricó y Portantiero traducirán: “En este interregno, se produce una gran variedad de fenómenos morbosos”.

Una década más tarde, en 1971, en Gran Bretaña, Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith realizan la traducción canónica al inglés del mismo párrafo que reza: “In this interregnum a great variety of morbid symptoms appear” (nótese que la única diferencia es que Hoare y Nowell Smith traducen “síntomas” en lugar del original “fenomeni”, lo que mantiene su fidelidad, ya que el término en italiano es aceptable en su sentido literal y también en el sentido de “manifestación” (“fenomeni fisici”: “manifestaciones físicas”), lo que equivale a “síntoma” en inglés.

Traditore

El 14 de febrero pasado el diario inglés The Guardian publicó un artículo de Philip Oltermann, su editor de Cultura, en el que el autor traza una genealogía de la traducción de ese fragmento de Gramsci, al menos en el mundo de habla inglesa. “‘The time of monsters’: everyone is quoting Gramsci – but what did he actually say?”, llevaba por título la nota (“‘La era de los monstruos’: todos citan a Gramsci, ¿pero qué es lo que dijo realmente?”   

Gramsci había escrito: “La crisi consiste appunto nel fatto che il vecchio muore e il nuovo non può nascere: in questo interregno si verificano i fenomeni morbosi più svariati.” Literalmente: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se producen los fenómenos morbosos más variados.” Esa crisis que Gramsci está describiendo mientras sucede —nacimiento del fascismo en la Italia de los años 20— tiene como horizonte el advenimiento del comunismo. Para esa descripción de “lo viejo” (el viejo mundo ligado al capitalismo endeble, corporativo y financiarizado de esa época –se está a las puertas del crack financiero de Wall Street en 1929–) Gramsci observa los modos en que las clases dominantes consiguen reacomodarse para que, como dijo otro fabuloso escritor siciliano, “todo cambie para que todo siga igual”. En la descripción de esa escena Gramsci va a definir dos términos que hoy siguen en boca de ideólogos de izquierda y derecha: hegemonía y batalla cultural.

Pero la pregunta es: ¿es lo mismo traducir “fenomeni morbosi” como “síntomas morbosos” que “monstruos”? ¿Qué leemos en cada caso? 

En su nota en The Guardian Oltermann señala una nota del esloveno Slavok Žižek de 2010 en The New Left Review como el momento inaugural de la distorsión de ese párrafo de Gramsci traducido al inglés: “The old world is dying, and the new world struggles to be born: now is the time of monsters” (“El viejo mundo se muere y el nuevo pelea su nacimiento: ahora es la época de los monstruos”), que es una poetización de la cita original e, incluso, una versión que responde a una tradición de la lectura del “monstruo” en lengua inglesa, la lengua que creó las dos abominaciones del mundo burgués —según lo sintetizara Franco Moretti en “Dialectic of Fear”—: Frankenstein y Drácula. El mismo Žižek lo admite en una nota de noviembre de 2025 en The New Stateman, se asume como el principal difusor de esa cita y defiende su versión (“la era de los monstruos”) como “más concisa” (pithier), ya que observa que todo el espectro intelectual de la política admite que se vive el “interregno” de Gramsci.

Oltermann, en cambio, arguye: “‘La era de los monstruos’ resume a la perfección la repulsión y la incredulidad que muchos sienten ante las noticias de 2026, ya sea las provenientes de la Casa Blanca, de los archivos de Epstein o de los campos de batalla de Ucrania. Evoca tanto el famoso grabado de Goya, ‘El sueño de la razón produce monstruos’, como la cultura pop contemporánea”. Y consulta a Peter Thomas, historiador del pensamiento político y experto en Gramsci de la Universidad Brunel de Londres, quien apunta: “Tiene un aire apocalíptico, como cuando aparece el Demogorgon al final de Stranger Things”.

En otras palabras, los “fenómenos morbosos”, o los “síntomas mórbidos”, se han convertido en seres fantásticos, inabordables, interminables, inescrutables, cuya única representación genera por sí misma un género, el fantástico.

Fenómenos

Cuando Moretti analiza Frankenstein y Drácula, escribe: “el monstruo expresa la ansiedad de que el futuro sea monstruoso”, pero también: “El monstruo, lo completamente desconocido, sirve para reconstruir una universalidad, una cohesión social que en sí misma ya no ofrecería convicción alguna.” En ese texto (“Dialéctica del miedo”), publicado en 1983, Moretti –entonces académico en Nueva York– se dedicó a escrutar en términos marxistas lo que la irrupción de estos seres significaban para el imaginario burgués, un posible epígrafe podría parodiar el de Goya: “Los sueños del capitalismo producen monstruos”. 

En 2010, cuando Žižek lanza su “era de los monstruos” en la New Left Review e introduce una nueva traducción del párrafo de Gramsci –cuyo preciso original no ignora–, nos ofrece una visión que coincide con la histórica del pensador político italiano, contemporáneo de Mussolini y el ascendente Hitler, pero le roba su actualidad, su presente de enunciación. El mismo Peter Thomas lo señala en la nota de Oltermann: “Los monstruos son algo excepcional, un milagro invertido que surge de la nada sin una explicación real. Es una metáfora que cierra la posibilidad de intentar comprender lo que está sucediendo. Nos indignamos o nos escandalizamos ante la monstruosidad de estas figuras trumpianas, en lugar de intentar averiguar qué la originó”. En el artículo, el autor vuelve al presente de la enunciación de Gramsci en los Cuadernos de la cárcel: “Antes de su encarcelamiento –anota–, Gramsci pasó dos años formativos en la Rusia revolucionaria, donde se dice que presenció la prueba de que un nuevo mundo, a pesar de sus dificultades, podría renacer. “Para él era casi inconcebible que, independientemente de los reveses temporales que tuviera que sufrir –cita a Thomas–, no llegaríamos finalmente a la victoria. Probablemente nos resulte hoy un poco más difícil pensar así”.

Ese “Time of monsters”, que tuvo una traducción literal, al menos en occidente (en inglés, francés, italiano, alemán y español, como repasa Oltermann) ofrece a los fenómenos de la ultraderecha que se ciernen sobre las “democracias” de esta parte del mundo una categoría ominosa. Creemos que conseguimos todas las ristras de ajo, los crucifijos y las estacas de madera para derribar a Milei, pero vuelve a resurgir y volvemos agotados mientras el monstruo se da un festín con sus perros, su hermana y sus íncubos en redes sociales.

Pero lo que soslaya esta visión son, justamente, los fenómenos morbosos. Y acá volvemos a la acepción del término que nos trajo la pandemia: síntomas morbidos: no se trata tanto del monstruo que se ha creado, sino de la enfermedad, de las morbilidades que arrastra nuestra democracia, con la que no se pudo, no se supo o no se quiso comer, educar y sanar, según la promesa de diciembre de 1983.

El partido (si es que tal cosa existe todavía en el sistema representativo de la política actual) más numeroso de la oposición observa a Milei como a un monstruo. Su representación, en la cadena oficial, se gana toda la pantalla. El monstruo se muestra y su mostrarse ocupa toda la escena. 

Las morbilidades que llevaba en sí ese partido hoy opositor ya no cuentan, como si el enfrentamiento con el monstruo lo redimiera de su no poder, no saber o no querer vencerlo. Pero los órganos carcomidos de ese partido por el ejercicio del poder, por los dulces de los focus groups, las encuestas y la rosca eleccionaria, parece no producir ya la suficiente insulina para absorber el azúcar residual que produjo hablar en serie –para usar una figura de Alejandro Horowicz– pero no en serio.

tecnología y barbarie

El origen cyberpunk de la literatura argentina (1)

por Michel Nieva (2)

Hay en nuestro tiempo un tipo de equívoco lingüístico que nadie que tenga celular no ha padecido alguna vez, y es el que producen los correctores ortográficos, que muchas veces, aunque parezca un problema menor sin mayor importancia, puede llevar a grandes confusiones. En mi caso, podría contar muchos, pero voy a referir uno que me ocurrió en la misma época en la que fui generosamente invitado a dar esta conferencia. Hacía unos meses que estaba escribiendo con un amigo un artículo sobre el escritor cordobés Jorge Baron Biza. Discutíamos los pormenores del artículo por mensajes de texto, pero mi autocorrector, cada vez que ponía Jorge Baron Biza, que se escribe con dos bes, lo tomaba como un error y corregía «Jorge, el varón en Ibiza», varón, con v, y en Ibiza, la isla española del Mediterráneo. Por más que intentara cambiarlo y corregirlo, la aplicación del celular se empecinaba en cambiar el nombre de Jorge Baron Biza y dejar, como si fuera el apodo de un personaje de telenovela, «Jorge, el varón en Ibiza». Quería contar esta anécdota, este equívoco, porque cuando me detuve a analizarlo, me llevó a pensar en dos motivos de la obra de Sarmiento. En primer lugar, en su faceta de pedagogo y educador, ya que en su ensayo Memoria sobre ortografía americana, de 1843, el expresidente argentino propone que, para facilitar la enseñanza del castellano, se debía eliminar la diferencia entre las letras v y b, de manera que no habría forma de diferenciar, por ejemplo, la escritura de varón con v, que significa «hombre», de la de barón con b, que es un título nobiliario y que también está en el apellido de Jorge Baron Biza, a quien mi corrector prefería rebautizar como «Jorge, el varón en Ibiza». El segundo motivo que me llevó a pensar en Sarmiento, tal vez el más problemático, y el que da pie a esta conferencia, es qué lugar ocupa uno de los grandes temas de nuestro tiempo, la tecnología, en su ya legendaria oposición entre civilización y barbarie, ya que una aplicación como un corrector ortográfico de celular, que indudablemente Sarmiento hubiera colocado del lado de lo civilizado, y que supuestamente fue diseñado para enmendar erratas de escritura, produce de manera inevitable y paradójica lo contrario de lo que quiere rectificar: la barbarie y el error.

Esta ambigüedad paradójica de la tecnología, lugar de fricción entre la civilización y la barbarie, no me parece un tema menor, ya que creo que es el problema mismo con el que nace nuestra literatura. La literatura argentina, en efecto, surge en el marco del proyecto civilizador de construir un país agroexportador, proyecto en el que, podríamos decir, fundamentalmente cuatro dispositivos tecnológicos y novedosos para la época ocuparon un lugar decisivo: el fusil Remington Patria, el telégrafo, el alambre de púas y la picana. En cuanto al Remington, las fuentes divergen sobre quién lo introdujo, si Sarmiento o el general entrerriano Ricardo López Jordán, pero lo cierto es que la importación en 1879 de más de setenta y cinco mil fusiles revolucionó por completo las posibilidades del arte militar y el desenlace del conflicto con los indios. Previo al Remington, el ejército argentino usaba el fusil a chispa o de pistón, que contaba con un solo disparo de corto alcance, sumado al defecto de que producía una enorme cantidad de humo en el momento de la detonación. Esto permitía a los indios identificar al tirador y matarlo, hecho a partir del cual se acuñó y popularizó la locución verbal que todavía hoy se utiliza: «írsele al humo» a alguien. El Remington, en cambio, podía practicar seis tiros por minuto en un rango de mil metros, mejora técnica que volvió la pelea contra el indio completamente desigual. A esto se sumaba, además, la logística y la comunicación que facilitaba el telégrafo entre los distintos regimientos.

Terminada entonces de manera exitosa la Campaña del Desierto gracias al Remington y al telégrafo, eliminado el enemigo y su manera móvil y nómada de existencia, se requería, en el marco de este proyecto civilizador agroexportador con el que nacía la literatura argentina, cercar las nuevas extensiones vacías de tierra, y así convertirlas en propiedades privadas y en recursos útiles. Esta necesidad fue contemporánea a la invención en el Oeste norteamericano del alambre de púas. La enorme extensión ganada a los indios explica que, a fines del siglo XIX, Argentina se volviera el mayor importador del mundo de alambre de púas. Entre 1878 y 1904 compró la increíble suma de 1.800 millones de kilos, cantidad que hubiera alcanzado, calcula Noel Sbarra en su Historia del alambrado en Argentina (3), para alambrar 140 veces todo el perímetro del país y 47 veces la circunferencia del planeta Tierra.

Es notable que, al mismo tiempo que la literatura creaba la figura del gaucho y exaltaba su cabalgar indefinido por la llanura (la ida y la vuelta del Martín Fierro son, respectivamente, de 1872 y 1879), el alambre de púas terminara para siempre con esta forma de vida. En Las víboras, obra de teatro ya de 1916 del dramaturgo Rodolfo González Pacheco, un gaucho se lamenta:

«¡Qué curioso! Un alambre, un hilo ¡un hilo! Ha bastado un hilo de alambre para matar el lirismo de esta tierra ¿No le parece a usted, Padre, que ahora el gaucho tiene la tristeza de un bicho enjaulado?»

Un hecho que no ha sido todavía debidamente estudiado es de qué manera el alambre de púas afectó al otro bicho enjaulado de la pampa, el ganado vacuno. Se sabe que las vacas, como los gatos, disfrutan de frotarse contra las cosas. Un comunicado de la Sociedad Rural de 1880 afirma que «el alambre de púas es el medio más seguro y económico de mantener los cercos en buen estado, pues acostumbran los ganados a respetarlos, quitándoseles el hábito de restregarse contra ellos». Pero la realidad fue que las vacas, ignorando el daño que les producían las púas del alambre, se frotaban contra ellas. Esto dañaba sus cueros y producía pérdidas millonarias, además de que las lastimaduras se infectaban y llenaban de gusanos. Las vacas, si llegaban con su lengua a la herida, intentaban limpiarla a lengüetazos, hecho que hacía brotar gusanos de sus bocas y de sus encías. Proliferaron en esa época los odontólogos de vacas, y quedan algunos testimonios de peones que, como no había ninguna medicina para este mal endémico, debían meter la mano en la boca de las vacas y sacar kilos y kilos de gusanos. La solución que encontraron los chacareros a este problema, ya entrado el siglo XX, fue la introducción de la picana eléctrica, que disciplinaba y controlaba el movimiento del ganado.

Así se instituyeron los cuatro dispositivos tecnológicos, los cuatro pilares de la civilización que fundaron el programa político y económico de Argentina, y que a su vez ocasionaron los crímenes más cruentos de nuestra historia. Si el fusil Remington Patria y el telégrafo perpetraron de manera inmediata el genocidio indígena, hubo que esperar cien años para que el alambre de púas y la picana eléctrica replicaran el modelo de la matanza de vacas en la desaparición y tortura de más de treinta mil personas durante la última dictadura militar.

La literatura argentina entonces nace y es recorrida por este nudo problemático, la idea de que la tecnología es la frontera entre la civilización y la barbarie, su punto exacto de unión, de fricción y de cruce. Diríamos que, paradójicamente, la tecnología está más cerca del indio que del blanco, ya que es nómada, no se deja encasillar ni como civilizada ni como bárbara, y al mismo tiempo es ambas. Parafraseando a Goya, la tecnología nos permite afirmar que el sueño de la civilización engendra barbarie.

Este tema, el progreso tecnológico como degradación de la vida, es también el núcleo del género literario llamado «cyberpunk». Y hay que decir que la literatura argentina nace con otros dos motivos típicos del cyberpunk. Por un lado, el de la distopía, expresado en la descripción geográfica de la pampa como un «desierto», una vasta llanura postapocalíptica en la que no hay nada ni nadie, la cual Martínez Estrada define incierta, vaporosa, yerma, un páramo en el que solo florecen el peligro y la muerte, que solo despierta la tristeza y la angustia, y que no puede ser el hogar de nada ni de nadie. Por otro lado, el motivo cyberpunk del androide, expresado en las figuras del «indio», de la «india», del «gaucho» y de la «china», criaturas que valen menos que un humano, y cuyo asesinato no constituye un homicidio. Estos androides nómadas son la alteridad radical que habita el «desierto», improductivos en un sentido económico, racialmente diferentes en un sentido científico, abyectos en términos estéticos. El teórico marxista Fredric Jameson afirma que la noción de distopía describe menos el futuro de una sociedad que los modos de producción económicos del presente (4). En ese sentido, de acuerdo con el proyecto civilizador agroexportador, la forma en la que indios y gauchos habitaban la tierra era una pesadilla horripilante, un desperdicio inconcebible de esas vastas llanuras. Donde mejor se ve esto, creo, es en la descripción que hace Sarmiento del gaucho malo. El gaucho malo, cuenta Sarmiento, si tiene hambre y está tentado de comer lengua de vaca, se roba una vaca, le corta la lengua, se la come y deja que el resto de la vaca se muera desangrada y se pudra. Esto, en una lógica capitalista en la que se aprovechan hasta las flatulencias de la vaca para producir gas butano, es un escándalo, un desperdicio inadmisible.

La noción de «distopía» atraviesa toda la literatura argentina y está íntimamente ligada a la idea de lo intraducible, del miedo que produce un código o un mensaje que no se puede entender, y que inspira inmediatamente la paranoia y la sospecha. El primer y famoso ejemplo es la inscripción que Sarmiento deja en francés en las piedras del Zonda: «On ne tue point les idées», y que los federales, que ignoraban el francés, toman por un complejo jeroglífico que esconde un plan maquiavélico contra Rosas. No sería irrelevante recordar aquí que en griego βάρβαρος (bárbaros) significa «el que no sabe un idioma, el que no lo puede entender ni hablar».

Con la masiva llegada a Buenos Aires en el siglo XX de los inmigrantes que Lugones llamó «plebe ultramarina», este problema retorna: ¿qué traman contra nosotros esos rusos, esos italianos, qué siniestro plan se esconde tras esa jerga incomprensible que malignamente balbucean? Donde mejor se advierte la conexión de la paranoia con la noción de distopía es en Los siete locos y Los lanzallamas. Básicamente, estas novelas de Roberto Arlt proponen la sospecha paranoica de que no podemos saber a ciencia cierta si en este preciso momento, en una casona cualquiera del conurbano bonaerense, un grupete de inmigrantes se encuentra urdiendo un atentado contra civiles inocentes (recordemos que el Rufián Melancólico es alemán, que Bromberg es ruso y que el Astrólogo y Remo Erdosain descendían de italianos). El dispositivo tecnológico que en este caso enlaza a la civilización con la barbarie es el fosgeno, gas tóxico inventado por un químico inglés en 1817 como pesticida, y que Remo Erdosain planea usar para matar la mayor cantidad de civiles de la manera más económica y efectiva posible. El móvil de esta matanza que planean los siete locos es debilitar al gobierno, derrocarlo y fundar una nueva sociedad cuyo carácter distópico resulta bastante claro: un sistema de gobierno que sentaría las bases de su economía en la prostitución de mujeres y de niños. Si retomamos la idea de Jameson de que las distopías pintan menos el futuro que los modos de producción económicos del presente, podríamos pensar que la propuesta antiutópica de los siete locos es que no hay ninguna diferencia entre la explotación encarnizada que sufren peones, obrerxs, oficinistas, y el trabajo diario de una prostituta. Terminemos con los eufemismos y las metáforas, diría el Astrólogo: el capital nos coje a todxs por igual, y ninguna alternativa a este sistema abolirá jamás ni el embrutecimiento del trabajo ni la explotación del hombre y de la mujer por el hombre. En esta propuesta antiutópica de Los siete locos se anticipa por cincuenta años la caída del Muro de Berlín, la muerte de las ideologías y el fin de la historia. Los siete locos y Los lanzallamas abren así una línea de distopía paranoica en la que se inscriben muchas de las mayores novelas de la literatura argentina. Un notable ejemplo aún no debidamente reconocido es Tadeys, de Osvaldo Lamborghini. En esta novela póstuma se retrata un régimen despótico-sádico en el que la economía, en vez de basarse en la exportación de carne de vaca, se basa en la exportación de carne de tadey, un extraño simio que solo habita en una región del vasto imperio en el que transcurre la historia. El tadey cifra por un lado el tema de la prostitución de Los siete locos, ya que el inmenso tamaño de sus genitales hace que turistas de todo el mundo contraten sus servicios sexuales, y, a su vez, el tadey encarna la idea del androide como cuerpo cuyo asesinato o explotación no constituye un crimen, un cuerpo no-humano que cifra al gaucho, a la china, al indio, y podríamos agregar también al cabecita negra y al desaparecido. El tadey es el sueño del capitalismo, es la fantasía de una mercancía pura, un animal que solo sirve para ser comido o cojido, y nada más. Otra consigna cyberpunk presente en Tadeys y que emana de todas las novelas distópicas herederas de Los lanzallamas y Los siete locos es la experiencia de la política como delirio, la idea de que la política argentina es tan bizarra e impredecible que basta describirla sin agregados para componer una historia de alto tenor surrealista con su respectiva dosis de terror. Esto se aprecia también en las novelas de César Aira de la década de los noventa, tal vez las más interesantes de toda su producción. En Embalse, por ejemplo, una liebre mutante propicia que la Argentina se vuelva una provincia de la Unión Soviética; en La guerra de los gimnasios se desata la primera guerra mundial de gimnasios dentro de una villa miseria; en El congreso de literatura, un científico loco quiere clonar al escritor mexicano Carlos Fuentes para conquistar el mundo. Pero no me parece irrelevante rastrear el origen de esta línea distópica delirante en un libro, nuevamente, de Sarmiento, de 1850, titulado Argirópolis. Allí el expresidente argentino propone «ceder» la Patagonia y el Norte a las comunidades indígenas que efectivamente las ocupaban y fundar junto a Uruguay y Paraguay un nuevo país, que habría de llevar el sugestivo nombre de Estados Unidos de Sudamérica. Sarmiento además imagina que la capital de Estados Unidos de Sudamérica debiera ser la isla Martín García, a partir del dudoso razonamiento de que como esa isla está, al igual que Venecia, surcada por riachos y lagos, esta similitud geográfica, a la larga o a la corta, nos haría adquirir a los estadounidenses del Sur la idiosincrasia veneciana. Fantasea Sarmiento en Argirópolis:

«¡Qué cambio en las ideas y las costumbres, si en lugar de caballos fuesen necesarios botes para pasearse los jóvenes; si en vez de domar potros el pueblo tuviese allí que someter con el remo olas alborotadas; si en lugar de paja y tierra para improvisarse una cabaña se viese obligado a cortar escuadra el granito! ¡El pueblo educado en esta escuela sería una pepinera de navegantes intrépidos, de industriales laboriosos, de hombres desenvueltos y familiarizados con todos los usos y medios de acción que hacen a los norteamericanos tan superiores a los pueblos del Sur!»

Uno a primera vista diría que frente a este esbozo de programa político, que increíblemente Sarmiento propuso con toda la seriedad del mundo (recordemos que, pocos años después, llegaría a ser presidente), los delirios de Aira, Arlt, Copi, Laiseca, Cabezón Cámara o Lamborghini parecen una pueril broma escolar. Pero la realidad es que Argirópolis, de manera retrospectiva, funda la línea cyberpunk en la que todos esos autores y autoras se inscriben, la de la imaginación distópica, la del delirio de la política y la de la política del delirio, que se continúa en Los siete locos, en Los Lanzallamas, en La Internacional Argentina, en Los Sorias, en La Virgen Cabeza, en Tadeys y también en Borges, autor del que ahora pasaré a hablar.

Borges es uno de los más secretos epígonos de Arlt, y uno de los autores que mejor modula en el siglo XX el problema de la tecnología como punto de cruce entre la civilización y la barbarie. Su originalidad fue haber convertido el binomio «civilización-barbarie», en apariencia excesivamente provinciano o demasiado circunscrito al ámbito latinoamericano, en una cuestión universal. Borges reelabora este problema a partir de la crítica al sueño de la Ilustración europea, que pretendía sistematizar la totalidad del conocimiento en un perfecto sistema de rigor enciclopédico, ya que cualquier taxonomía, por más perfecta que parezca, conduce inevitablemente a baches, a ambigüedades, a paradojas irresolubles y a la revelación de que la totalidad solo es gobernada por el azar y el caos. Borges brinda numerosos ejemplos de dispositivos tecnológicos que producen este efecto, como la máquina de pensar de Raimundo Lulio, un enorme disco de anillos concéntricos que, mediante la «aplicación metódica del azar», sería capaz de responder por combinatoria a cualquier pregunta, pero que en la práctica engendra una incontrolable cantidad de enunciados incomprensibles, absurdos, tautológicos. La gloria es gloriosamente gloriosa; la verdad es verdaderamente verdadera; la bondad es bondadosamente buena. El cuento «La biblioteca de Babel» es la versión pesadillesca de esta máquina, la historia distópica de un depósito colosal que alberga por combinatoria alfabético-matemática todos los libros infinitamente posibles. Cualquier manotazo caótico de un bebé en un teclado ya es una cita textual de un ejemplar de la biblioteca de Babel. En este cuento reaparece la cuestión del jeroglífico que ya habíamos comentado en las inscripciones de Sarmiento en las piedras del Zonda, ya que si la biblioteca contiene millones de volúmenes completamente ilegibles, no estamos a salvo de la sospecha paranoica de que alguno de ellos encripte bajo una escritura secreta un programa político de subversión. Este tipo de sospecha distópica, heredada de Arlt, se repite permanentemente en Borges, y tiene su arquetipo en la enciclopedia, dispositivo tecnológico que, al conferir un orden aparente a la totalidad del universo, despierta la sospecha de que haya excluido algo, siempre con fines siniestros, y sin que nunca podamos descubrirlo. El cuento que mejor expresa este problema es «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius». Toda la intriga parte de un artículo de enciclopedia que falta en el tomo XXVI de la Anglo-American Cyclopaedia, el tomo dedicado a Ukbar. A raíz de esa arbitraria ausencia, que es su arbitrario agregado en otra edición apócrifa, se detona la sospecha distópica de la existencia de una «sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de moralistas, de pintores, de geómetras» que urde un universo paralelo con sus propias reglas, cósmicas y físicas. En la idea del comité delirante que planea una especie de antiutopía absurda (que el narrador evalúa no menos inverosímil que el comunismo o que el nazismo) (5) volvemos a reconocer los ecos de la influencia decisiva y no siempre reconocida de Los siete locos en la obra borgeana. Y también volvemos a advertir el tópico del jeroglífico, ya que esta sociedad inventa nuevos idiomas con los que escribe nuevas enciclopedias y con los que quizá proponga (no tenemos forma de saberlo porque son indescifrables) manifiestos subversivos contra nuestros regímenes políticos. Esta sospecha de una conspiración, sin embargo, se viene a confirmar cuando el narrador encuentra cerca del río Tacuarembó un inconcebible objeto de Tlön.

«La lotería en Babilonia» es tal vez el cuento más cyberpunk de Borges: una inquietante multinacional llamada «la Compañía» controla hasta el último pormenor de la vida de sus súbditos mediante la aplicación metódica del azar, el sistema más igualitario posible y al mismo tiempo el más siniestro y arbitrario de todos. El dispositivo tecnológico de la lotería hace de puente entre civilización y barbarie, ya que la perfectamente planificada ausencia de errores y caprichos humanos en este sistema de gobierno al mismo tiempo permite que una persona puede ser asesinada solo por el dictamen de una bolilla de lotería. El cuento no escatima homenajes a las dos fuentes que lo inspiran: hay en Babilonia una letrina sagrada llamada Qaphqa, y los agentes de la Compañía son astrólogos, oficio que también practica el líder de la sociedad secreta de las novelas de Roberto Arlt. (6) La conexión con el motivo de la política argentina como un delirio impredecible que tanto se repite en las distopías de nuestra literatura se sugiere en una de las más famosas frases del narrador, que dice: «Soy de un país vertiginoso, donde la lotería es parte principal de la realidad».

Para terminar con Borges, quisiera recordar una conversación en homenaje a los treinta años de su muerte que armó el (en ese entonces todavía) Ministerio de Cultura macrista, entre la legendaria ensayista Beatriz Sarlo y Juli Ferraro, una joven booktuber. Esta charla fue un paradigmático ejemplo de dos formas de entender la literatura. Una vetusta, plomiza, que festejan políticos y conductores de televisión cuando promueven campañas de lectura, y otra que en su ingenua jovialidad cuestiona esa Cultura con mayúscula, acartonada, y la conecta con problemas del presente. Dice en la entrevista de 2016 Juli Ferraro, que no tendría más de diecisiete años, que el aleph es un «aparatito». Sarlo, horrorizada y con tono paternalista, le responde, como si fuera la representante en la tierra del sentido oficial de la obra de Borges, que el aleph no es un aparatito, que el Dios del que ella es Sumo Pontífice jamás pensó el aleph como un aparatito (7), y que Borges, en suma, no es un autor de ciencia ficción. A pesar de la advertencia de Sarlo, sin embargo, la filiación que la booktuber Juli Ferraro propone para Borges está en consonancia con las lecturas que en otros países, menos sofocados por la sombra marmórea de tenerlo por padre fundador de su literatura, vienen haciendo. Recordemos, por poner unos pocos ejemplos, que en 2007 salió en Estados Unidos una edición conmemorativa de su más famosa antología de cuentos en inglés, Labyrinths, con prólogo de William Gibson, el fundador del cyberpunk, y que ese mismo año, 2016, el cuento «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius» recibió un Premio Hugo honorífico, una especie de Premio Nobel de la ciencia ficción. En esta misma línea, el genial escritor chileno Sergio Meier compuso un homenaje steampunk a Borges en su novela La segunda enciclopedia de Tlön. Pese a la dogmática terquedad de Sarlo, entonces, la consideración del aleph como un aparatito no podría ser más pertinente, y nos interesa en el marco de este ensayo no solo porque, en su forma diminutiva, es síntoma del íntimo vínculo afectivo que contemporáneamente se entabla con los dispositivos tecnológicos, sino porque conecta a Borges con el tema más importante de nuestra literatura, el de la tecnología como frontera, punto de fricción y de cruce. Y, en efecto, el aleph es un aparatito que devela que la reunión del todo, sueño de la civilizada Ilustración, solo puede hacerse en un punto de caos, que a su vez se incluye a sí mismo en una interminable regresión al infinito. Esta misma paradoja aparece en todos los aparatitos de la obra borgeana, el aparatito enciclopedia, el aparatito biblioteca, el aparatito máquina de pensar, el aparatito lotería, todos aparatitos que son frontera y cruce entre civilización y barbarie, ya que el máximo afán de orden, postula Borges, engendra el máximo caos, sea este filosófico, gnoseológico o político.

La historia de la literatura argentina es entonces una historia de la modulación de este problema, el de la tecnología como cruce de la civilización y la barbarie. Un problema que de manera urgente nos convoca en una época en la que como nunca antes en la historia de la humanidad se hizo una apología tan grande de los avances tecnológicos, y en la que como nunca antes, tampoco, estuvimos tan sometidos a ellos. En efecto, para la mayoría es inconcebible, incluso aterrador, no ya un día, sino una hora sin acceso a dispositivos electrónicos. La publicidad, la opinión pública, los medios de comunicación hegemónicos, festejan diariamente el impensado límite de estos aparatitos para seguir mejorando nuestra calidad de vida y la de nuestros seres queridos. Pero tras las seductoras bambalinas de Silicon Valley también se encuentran lxs niñxs taiwaneses que fabrican sus mercancías, las islas flotantes de chatarra en el Pacífico, las silenciosas guerras por el coltán y el litio, valiosos metales con los que se producen sus baterías. Tras estas bambalinas se esconden también los sistemas de vigilancia, el robo de información, la precarización laboral y las bombas que matan miles de civiles todos los días. En un país como Argentina, en el que los dispositivos tecnológicos se siguen poniendo al servicio del trabajo basura, de la represión estatal, al servicio de grandes corporaciones agroquímicas y mineras que contaminan para siempre nuestros suelos y nuestros ríos, escribir novelitas de autoficción sobre el mundillo pintoresco de las redes sociales es como mínimo una ingenuidad brutal. Este festejo ciego del dispositivo, que a diario vivimos, no es otra cosa que el esteticismo de la tecnología, que mueve millones y que el capital concentrado propugna. Pero a esta estetización de la tecnología solo podemos responder con una politización tecnológica del arte, con una literatura que engendre distopías sobre los modos económicos de producción del presente, con una literatura que profane el aura sagrada con la que el dispositivo tecnológico ha sido en nuestra época investido. Solo modulando el problema del que nace nuestra tradición literaria podremos escribir esa literatura del futuro, la que no haga de las mercancías del capitalismo un goce estético, la que de esa manera reclame para todos y todas formas más dignas e igualitarias de vida.

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(1) Conferencia dictada el 20 de agosto de 2016 en la Casa del Escritor de Rafaela, Santa Fe.

(2) Tomado de Tecnología y barbarie. Ocho ensayos sobre monos, virus, bacterias, escritura no humana y ciencia ficción (Anagrama, 2020 y 2024).

(3) Noel Sbarra, Historia del alambrado en la Argentina, Buenos Aires, Eudeba, 1973.

(4) Fredric Jameson, Archaeologies of the Future: The Desire Called Utopia and Other Science Fictions, Londres y Nueva York, Verso, 2005; idem, The Modernist Papers, Londres y Nueva York, Verso, 2007.

(5) «Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden –el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo– para embelesar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado?»

(6) «Los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y espías. Había ciertos leones de piedra, había una letrina sagrada llamada Qaphqa.»

(7) La discusión en los minutos 6:10-6:57 del video. YouTube: «#Borgestubers: Intercambio entre Beatriz Sarlo y la booktuber Juli Ferraro sobre Borges».

lunes, 9 de marzo de 2026

el fin del realismo

“Tú también necesitas categorizar todo lo nuevo que perturba tu horizonte bajo el nombre de tus dioses, y nunca sabes si son dioses reales o espíritus malignos, y pronto te conviertes en prisionero de ellos. Las leyes de las fuerzas materiales te parecen claras, pero sigues esperando que el diseño del destino del mundo se revele tras ellas. Sí, es cierto. A principios del siglo XVI, el destino del mundo quizá no estuviera predeterminado. Su civilización del movimiento perpetuo aún no sabía adónde iba —como tampoco lo sabe hoy— y nosotros, las civilizaciones de la permanencia y el equilibrio, aún podíamos integrarlo en nuestra armonía.” 
Moctezuma en el diálogo imaginario que pergeñó Italo Calvino para el programa radial “Interviste impossibili” transmitido por la Rai en septiembre de 1974. La versión completa (traducción automática) puede leerse en Le Grand Continent, “Calvino et Moctezuma: dialogue de fin des temps”.

La serie Fallout, que el 3 de febrero pasado emitió el último episodio de su segunda temporada (no nos molestamos en decir en qué plataforma porque la descargamos vía torrents) y tiene confirmada una tercera entrega, no sólo perfecciona un modo de narración que ya habíamos observado en series no tan atrapantes como Once Upon a Time o Preacher, es decir el modo narrativo de la fábula, el cuento maravilloso, en el que la construcción de personajes (como en Breaking Bad o incluso Lost, las que podríamos llamar herederas de las muy disímiles Twin Peaks, Los expedientes secretos X o Six Feet Under) es tan o más importante que la peripecia, la trama y la diégesis: el mundo “maravilloso” en el que se desenvuelven.

Si las series más prestigiosas de mediados de los 25 años que lleva el nuevo siglo se habían fundado en el paradigma realista (por lo menos en el modo en que Josefina Ludmer entendía el realismo: el artificio por el que se organiza lo real en una narrativa —hay otras visiones, de Adolfo Prieto a Beatriz Sarlo, con sus matices), no sólo para plantear situaciones sociales y políticas —recordemos que una serie de ciencia ficción como la reversión de Battlestar Galactica (2004-2009), según su creador Ronald D. Moore, estaba inspirada y criticaba la Guerra contra el Terror iniciada por EEUU tras los atentados de septiembre de 2001—, sino para construir su propia verosimilitud, cosa que sucedía hasta en series basadas en videojuegos como The Last of Us –show que sigue en curso. 

Videojuegos

Fallout también se basa en un videojuego nacido en 1997, cuyo último lanzamiento (Fallout 76) es de 2018. Y, si bien la serie creada por Graham Wagner y Geneva Robertson-Dworet (producida por Jonathan Nolan y Lisa Joy), altera y especula sobre el argumento original y las fechas del videojuego, respeta en casi todo el universo y los argumentos creados para el juego, la decisión narrativa ya no es el “realismo”, la administración de lo posible y el desentrañamiento de sus mecanismos, sino la del mundo mágico en la que habitan sus personajes. 

Es cierto, se trata de una serie postapocalíptica retro, un futuro devastado pero alternativo en el que la civilización no descubrió la miniaturización, aunque emprendió la robótica y la carrera atómica. O sea: no se trata de una magia sobrenatural como la del mundo maravilloso de las hadas. Pero, como en The Walking Dead, se convive con monstruos que antes pertenecían a las profecías del monoteísmo: la resurrección de los muertos, la vida eterna, sólo que esa eternidad está hecha de cuerpos podridos con el cerebro frito, incapaces de hablar, organizarse o razonar.

Tribus

En la serie como en el juego Fallout conviven tribus y organizaciones políticas de toda laya dispersas por el territorio de los que una vez fue EEUU antes del fin del mundo en 2077. Para empezar: ese fin de mundo se produce en un estadio de capitalismo gobernado por corporaciones y tecnología en guerra con China que, en el mundo del juego y la serie, es una potencia no sólo comunista, sino expansionista. Pero el capitalismo corporativo que crea de algún modo las condiciones de ese fin de mundo es uno que encontró, en la fabricación de refugios antinucleares y la agitación del miedo a la hecatombe, un nuevo “producto”, una nueva mercancía: el fin del mundo, que no tardará en desatarse. Volvamos a la fragmentación de los grupos humanos: está la NCR (República de Nueva California por sus siglas en inglés), que es una organización que intenta recuperar los valores democráticos y civilizatorios anteriores al apocalipsis. Están Los Kings, que la serie nos los muestras convertidos en zombies, un grupo asentado en el desierto de Mojave, alrededor de Las Vegas al estilo de las bandas delictivas obsesionados con la estética de Elvis Presley en los 50 (toda la atmósfera respira ese universo previo al transistor). Está la Hermandad del Acero, una organización religiosa y militar que acapara tecnología. Está la Legión de Caesar, una tribu que confunde lo imperial con el totalitarismo y en la serie se llama Legión del Kaiser pero se copian los diseños romanos, tienen esclavos y someten a otras tribus del desierto. En otras palabras, hay mucho de “estética” en la conformación de estas tribus dispersas, algunas nómades, otras asentadas en un lugar o en una porción de antiguas ciudades rebautizadas 200 años después de la hecatombe nuclear, como New Vegas. Está el Enclave, que la serie nos va revelando de a poco y parece ser la organización que gobernó el apocalipsis y planeó la supervivencia de la tecnología. En otras palabras, hay mucho de la “estética” que conocemos hoy en grupos de la política que son identitarios en tanto buscan una identidad en ideas míticas de la historia: creer que el imperio romano es de algún modo lo que cuenta la saga Star Wars (George Lucas ya contó que se inspiró en la guerra de Vietnam), o que hubo un pasado esplendoroso en que Argentina fue una potencia y así.


Imagen promocional de la segunda temporada de Fallout.

En fin. Se puede suponer que Fallout es otra fantasía apocalíptica ambientada en una tierra baldía salvaje, tal como se pensó el western, el género realista que dio origen al cine. O puede pensarse que Fallout es una puesta en escena del mapa político actual, en el que convive el western —el género que llevó la ley de la “ciudad letrada” al “desierto”— con la fragmentación tribal de la actualidad: un vasto páramo de cultos cuyos fieles se postran ante dioses indistinguibles, vivos como están vivos los zombies, antiguos como la muerte pero ataviados con los harapos de las galas de años recientes.


Predicciones

En el capítulo “Lisboa, mayo 2023”, Giuliano da Empoli describe un encuentro en la capital portuguesa al que asiste un dinosaurio centenario, Henry Kissinger, a una conferencia sobre inteligencia artificial que ofrecen Sam Altman (CEO de OpenAI –ChatGPT–) y Demis Hassabis (Google DeepMind), entre otros, la conferencia Bilderberg. El libro es La hora de los depredadores. Escribe Da Empoli: “Como el Dios de Kierkegaard, la IA no puede ser pensada en términos puramente racionales. El único medio de entrar en relación con ella es hacer un acto de fe. Su gran promesa es predecir, aunque no se comprenda. Los tecnólogos no ven dónde está el problema. Porque no les interesa ni la historia ni la filosofía, no se dan cuenta de que su proposición equivale a una vuelta a una época anterior al Siglo de las Luces, a un mundo mágico, incomprensible, regido por la IA a la que rezaremos como a los dioses de la Antigüedad.”

Ese “su gran promesa es predecir” es en realidad la maldición. En Fallout la predicción no es otra cosa que el pasado. El pasado, que no deja de ocurrir, que vuelve una y otra vez, no es algo que convierte al presente en una eternidad, sino algo que no deja que el presente esté presente. Lo único que busca el Ghoul (el personaje de Walton Goggins) en su deriva por el “desierto de lo real” es ese pasado que lo reúna con su esposa y su hija, frizadas en algún dispositivo de las muchas corporaciones que se disputaban la supervivencia hace más de 200 años en ese pasado alternativo. Todo el pasado es una no-historia: las corporaciones e, incluso, el gobierno de EEUU –responsable en la ficción de cumplir con la mercantilización del fin del mundo– confabularon para predecir la supervivencia de su clase. Es decir: la reproducción de ese pasado en el momento en que se interrumpió, se congeló como están congelados los cuerpos de los ejecutivos en uno de los refugios de Vault-Tec. “Look out at this wasteland –predice el Ghoul–, it looks like chaos. But there’s always somebody behind the wheel” (“Mirá este yermo, parece que es puro caos. Pero siempre hay alguien manejando los hilos”). La predicción de que no hay presente, sino un plan pergeñado y decisivo que nos devuelve a un tiempo en el que tampoco hay futuro. 

Dioses

Los dioses de la Antigüedad que cita Da Empoli no son otra cosa que la degeneración del Ghoul: su piel arrasada por la radiación y sin embargo vivo por la misma radiación que disolvió su humanidad. También los legionarios de un estúpido Caesar al que llaman Káiser porque no hay Historia, y la estúpida esperanza de los habitantes del refugio 33, que al salir al yermo se encuentran con que su fantasía civilizatoria cultivada bajo tierra se desmorona ante ese pasado al que hay que volver para encontrar el fin del mundo, que es lo único que puede ofrecer. Lo único que es seguro de predecir.

Jonathan Nolan y Lisa Joy, que de algún modo fracasaron con su inconclusa versión de Westworld, retoman la fábula en Fallout. Es decir: vuelven a los robots, a los seres robotizados, automáticos, sin pasado pero, sobre todo, sin presente, y prescinden de la inteligencia artificial, ya que en esa historia alternativa no hay lugar para las maravillas de la miniaturización y el cyberpunk, todo está construído de la materialidad y la estética de los 50 en los EEUU, donde descansa para siempre la promesa predictiva del American Way of Life.

La fábula, hecha de teorías conspirativas en lugar de duendes, de zombies en lugar de hadas, de CEOs de corporaciones inmortalizados en máquinas que conservan sus cerebros en lugar de genios o fantasmas de Navidad. La fábula del in illo tempore, del no-tiempo, no-lugar, no-Historia, domina la diégesis de ese territorio narrativo.

Hadas

En 1970, en Buenos Aires, editorial Sudamericana publicó una traducción de Dolores Sierra y Néstor Sánchez de un libro del sociólogo francés Roger Caillois bajo el título Imágenes, imágenes (sobre los poderes de la imaginación), copiado del original.

Caillois, que había sido un habitué de la mansión de Victoria Ocampo y un temprano admirador no correspondido de Jorge Luis Borges, planteaba más o menos que a principios del siglo XIX, tras la Revolución Francesa y la Industrial, cuando ya los saberes se habían dividido y la ciencia comenzó a elaborar un lenguaje propio, inaccesible para los no entendidos, nació el cuento fantástico, que vino a reemplazar el cuento de hadas. Es decir, nació un tipo de narración en el que lo maravilloso aparecía en el relato como una excepción. El cuento fantástico se convierte así en un relato realista en el que irrumpe algo de otro orden. A diferencia del cuento de hadas, en el que lo maravilloso convive con lo cotidiano y nadie se sorprende por la aparición de un hada. Pero, sobre todo, el cuento fantástico viene también a señalar que han aparecido diferencias en el mundo, que se convive con distintas visiones y versiones sobre la realidad, de modo que ese género “fantástico” no es otra cosa que una reafirmación del realismo: la cosa de otro orden aparece en el paradigma realista, es el mundo tal como lo conocemos, el relato es una representación de lo real en el que irrumpe algo que desafía esa misma representación (el fantasma, el monstruo).

Franco Moretti, en su magnífico ensayo “Dialectic of fear” (hay traducción: “Dialéctica del miedo”) analiza en dos monstruos la suma de los miedos de la burguesía. Comienza “La civilización burguesa resume su miedo en dos nombres: Frankenstein y Drácula. El monstruo y el vampiro nacieron juntos una noche de 1816…” Y luego aplica el análisis marxista al estudiar el género. “La literatura de terror –escribe– nace precisamente del terror de una sociedad dividida y del deseo de sanarla. Y es por esta razón que Drácula y Frankenstein, salvo raras excepciones, no aparecen juntos. La amenaza sería demasiado grande, y esta literatura, tras haber producido terror, debe también borrarlo y restaurar la paz. Debe restaurar el equilibrio roto —dando la ilusión de poder detener la historia— porque el monstruo expresa la ansiedad de que el futuro sea monstruoso”.

Monstruos

Sin embargo, en Fallout ese interregno que es el presente ya es “monstruoso”; el futuro, como dijimos, no existe. De hecho, ya no se trata de los dos monstruos de la civilización burguesa porque ésta es la civilización poshumana, donde abundan los monstruos del mismo modo que en el cuento maravilloso abundaban las hadas, los duendes y los elfos. Tenemos los Ghouls (que pueden ser radiantes como el personaje de Walton Goggins o sin cerebro, como la banda de Elvises de New Vegas), los súpermutantes, los Deathclaw (garras mortales), y los más peligrosos: los humanos en sus distintas tribus pero, sobre todo, los inmortalizados CEOs corporativos criogenizados en los refugios.

28 Days Later. The Bone Temple 

El monstruo no implica maravilla alguna, como en la saga de series y películas de zombies, salvo que éstos últimos muestren algún rasgo humano, como en 28 Years Later: the Bones Temple. En este espejo invertido, articular una palabra, acariciar el pasado en un recuerdo es un acto sobrenatural.

El mismo Da Empoli nos orienta en torno al relato fabulesco que requiere para su narración el mundo actual de barones tecnofeudales e inteligencia artificial: “La verdadera novela anticipatoria de la IA —escribe en el capítulo en Lisboa— es El proceso, de Kafka, en la que nadie comprende lo que sucede, ni el acusado ni los jueces que lo imputan, y sin embargo los acontecimientos siguen su curso inexorable. En El castillo, la otra gran novela de Kafka, cuando trata de concentrarse en el centro del poder que controla su destino, sin tener acceso a él jamás ni obtener el menor indicio, la mirada de K., el protagonista, «resbala hacia el castillo, sin poder agarrarse a nada». Y cuando intenta telefonear, no oye al otro lado de la línea más que un canturreo de voces lejanas o, por el contrario, una voz severa y orgullosa que se niega a darle ninguna explicación.”

Fábula

Es un pensador político argentino quien también encuentra en Franz Kafka el paradigma para la representación de la época en su último libro, El temblor de las ideas. “Se ha insistido mucho ya: la pandemia, la precarización social, las nuevas mediaciones digitales, desplazamiento del eje del mercado mundial hacia oriente, la farsa política, la brutalización y la desigualdad social son factores a considerar para entender la metamorfosis padecida –escribe Diego Sztulwark en los primeros párrafos del libro, que lleva como subtítulo “Buscar una salida donde no la hay”–. Como Gregorio Samsa, estamos forzados a descubrir las posibilidades de este nuevo bicho en que nos hemos convertido.” Samsa es el personaje de La metamorfosis, quien despierta un día cualquiera convertido en un insecto. Como los personajes de Fallout despiertan un día de su sueño criogénico para ser torturados o convertidos en ratas de laboratorio, o como el Ghoul, quien un día es despertado de su sueño bajo tierra para continuar su carrera violenta hacia el pasado en el que viven su hija y su esposa. 

La fábula kafkiana, con sus personajes llevados al absurdo de la ley y la humanidad podría ser de los primeros experimentos modernos en romper el paradigma realista: la representación de lo real mantiene su realismo sólo en el espíritu de supervivencia de sus héroes pequeños y atrapados en los castillos laberínticos de las instituciones –la Justicia, las Ley– que le fueron contemporáneas en el mismo momento en que la época las disolvía. “La esperanza para él [el héroe kafkiano] es pequeña y absurda –escribe Sztulwark–, pero el héroe no renuncia a ella. No se deja amedrentar por su falta de comprensión de lo que le sucede. Por el contrario, busca reunir la desesperación de una vida que se sabe entrampada con una práctica de lectura de los signos ambiguos que organizan confusamente la situación. Los de Kafka fueron los años de juventud de la guerra europea, de la revolución y del fascismo. Entre estruendos, el escritor se volvió un solvente abogado defensor de la creencia en las cosas sensibles.” 

Representación

Las formas de representación cambian. En el fabuloso Mímesis. La representación de la realidad en Occidente, el magistral filólogo Erich Auerbach, quien escribió esas páginas exiliado por el nazismo de su biblioteca berlinesa, el autor distingue entre el realismo épico de la Grecia homérica y el del judaísmo de la Biblia hebrea, cuya “producción tendía –escribe–, ante todo, no al realismo, que cuando lo conseguía, sólo era un medio y no un fin, sino a la verdad (...) Los relatos de las Sagradas Escrituras, no buscan nuestro favor, como los de Homero, no nos halagan, a fin de halagarnos y embelesarnos, lo que quieren es dominarnos, y si rehusamos, entonces nos declaran rebeldes.”

Este mundo por fuera del paradigma del realismo, el de las fábulas actuales, como en la observación de Auerbach, se orienta menos a la representación que a la exégesis de una “verdad” que, por primera vez, no tiene Historia y las antiguas deidades que la enuncian habitan ese limbo en el que persisten como fantasmagorías. “This is the way the world ends, not with a bang but a whimper”, escribió el poeta (“Y así termina el mundo, no con un estallido, sino con un gemido”). Convertir el gemido de ese final en un estrépito es la misión política, a fin de cuentas, de estas ficciones que, sin embargo, no renuncian a la belleza histórica de las representaciones que las anteceden. En Fallout el Ghoul, Lucy McLean (Elle Purnell) y el perro, quienes hallan una vía de escape al fin de la primera temporada como si salieran de escena de un decorado de Hollywood (cuyo cartel luce todavía destrozado en el horizonte), dejando atrás la inocencia de un mundo ilusorio, o el desprecio de la Hermandad del Acero por un alien hallado en un freezer del Área 51 para ir tras una reliquia tecnológica en la segunda temporada son muestras, como en la cita de Auerbach, de una politización estética, es decir, una historización crítica en la que el paradigma de la verdad y el del realismo parecen ir al encuentro de una síntesis que áun desconocemos en la política actual.

“The Big 51”, en el pasado EEUU invadió y devastó Canadá convirtiéndolo en el estado 51. Imagen de los postítulos del episodio 5 de la segunda temporada de Fallout.
Imagen final de la primera temporada de Fallout.