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martes, 27 de octubre de 2009

tócala de nuevo, plis > entrevista a gustavo plis-sterenberg


Fotografía de Marcelo Manera.


hicimos esta entrevista a plis-sterenberg con juan manuel alonso en mayo de 2008. cuando la publiqué (el 19 de ese mes) en el ciudadano llevó la firma de juan manuel, porque él la redactó, la gestó, hizo la previa yendo a verlo a plis a una conferencia de prensa y estuvo en el concierto. fue una hermosa charla y la siento mía, sobre todo, por esa colaboración y complicidad con juan manuel.


por Juan Manuel Alonso

Hace poco más de dos semanas Gustavo Plis-Sterenberg estuvo en Rosario para conducir, como director invitado, la Orquesta Sinfónica Provincial. Egresado del Conservatorio Nacional Carlos López Buchardo en la especialidad piano, fue becado en 1986 por el Ministerio de Cultura de la —aún en entonces— Unión Soviética. Instalado en Moscú, aprobó el curso preparatorio de composición en el conservatorio Tchaikovsky para luego pasar a Leningrado —hoy otra vez San Petersburgo— donde cursaría la carrera de Composición y luego la de Dirección sinfónica y operística en el varias veces legendario conservatorio estatal Rimsky-Korsakov. En confidencia, Plis-Sterenberg deslizaría que al atravesar los largos y oscuros pasillos del conservatorio “podía sentirse en el aire el peso de quienes los habían recorrido”. Una larga lista, por cierto, que a su modo condensa la historia de la música rusa en el trance del siglo XIX al XX y que, a posteriori, constituiría un capítulo fundamental, aunque excéntrico (por ruso), de los desarrollos que ofrecería la música, ahora en general, durante el convulsivo siglo pasado. Esta lista incluye al músico que lega su nombre al conservatorio, pero también los de Glazunov, Rachmaninov, Prokofiev, Shostakovich. Precisamente de Sergei Prokofiev, la suite N° 2 del ballet Romeo y Julieta fue lo que sonó aquella noche en Rosario, bajo la batuta de Plis, en el teatro El Círculo).

Ya egresado, con diploma de honor, Plis-Sterenberg pasó a revistar como director asistente en otro de esos palacios musicales de leyenda, el teatro Mariinsky (ex Kirov, porque ya cayó el muro, ya es la década del 90), donde en diciembre de 1995 sería designado director de la orquesta del teatro, el primer extranjero en ocupar ese cargo. Allí, en el Mariinsky, trabaría amistad con el genial violonchelista Mstislav Rostropovich, a quien secundaría en los montajes orquestales de espectáculos coreográficos. Rostropovich, al fin y al cabo otra leyenda, era un testimonio vivo de los avatares político-musicales acaecidos en la era de Stalin. Amigo de Prokofiev, confidente de Shostakovich, de espíritu jovial y dicharachero, Rostropovich fue poniendo al tanto al “joven argentino” de las intrigas, desdichas y, a pesar de todo, obras maestras sufridas y surgidas por y desde aquellos que hoy podemos considerar, sin lugar a equívocos, como algunos de los compositores más notables del siglo XX.

La formación musical de Plis no podía culminar de mejor modo. Pero no se trata sólo un director de orquesta aventajado, además es el autor de Monte Chingolo. La mayor batalla de la guerrilla argentina (Planeta, 2003, y reediciones), una investigación que reconstruye, a través de las voces de los sobrevientes de ambos bandos, los episodios del intento de copamiento del batallón de arsenales Domingo Viejobueno por parte del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), llevado a cabo el 23 de diciembre de 1975, en momentos en que la crisis final del gobierno de Isabel Perón se precipitaba y la preparación del golpe militar genocida de 1976 estaba ya en marcha.

Simpatizante orgánico del PRT, el partido político del cual dependía el ERP y cuyo líder indiscutido era Roberto Santucho, en aquellos años Plis era estudiante de medicina y por lo tanto su militancia se daba en el frente estudiantil. A pesar de no haber tomado parte en acciones del ERP —o e-erre-pe, como le gusta pronunciar a Plis, denotando su pertenencia a la época—, su cercanía con el PRT le otorgó una intimidad con los jóvenes que participaban en política durante los años 70 y que eventualmente formarían parte de la guerrilla, que al cabo del tiempo y los sucesos le produjeron la necesidad de reponer aquella experiencia: “el libro es como una cámara oculta en el tiempo, yo quise explicar un poco qué era la militancia, cómo eran esos militantes que podían escuchar música melódica, rock, o que tocaban el piano”.

Plis abandonaría medicina, perdería sus contactos con el PRT y resistiría la dictadura en el “exilio interior”, sus estudios de piano se intensificarían. Luego viene lo que contamos al principio, la partida hacia Rusia, el teatro Mariinsky, Rostropovich, y ahora está otra vez viviendo en Argentina —es el director titular de la Orquesta Sinfónica de San Juan. Y sin embargo confiesa: “Yo no sé todavía si «volví» a la Argentina. Estoy trabajando acá”.


Por las sendas del ERP


—¿Tu regreso al país tuvo que ver con el libro?

—Fue una gran casualidad. Empecé a trabajar en el libro en Rusia, y entonces aprovechaba las giras del teatro Mariinsky, donde trabajaba, para buscar compañeros (ex militantes del ERP, combatientes en Monte Chingolo) que se hubieran exilado y estuvieran viviendo en otros países de Europa para entrevistarlos. Los busqué por varios países y tuve suerte, los fui encontrando. Ahí el libro empezó a escribirse casi solo. Les acerqué un par de capítulos a la gente de Planeta y como a ellos les pareció un proyecto serio hicimos un contrato. El plan fue terminar el libro en marzo de 2003 y publicarlo a fines de ese año. A la vez, de Bahía Blanca, donde yo asumiría la dirección de la orquesta de la ciudad en marzo de 2004, me llamaron para cerrar la temporada; era la mudanza. Mi arribo, en ese fin de 2003, coincidió con la salida del libro. Pero la salida fue muy disimulada, sin presentaciones, nada. Yo estaba muy preocupado por el tema seguridad, tenía un crío pequeño, mi esposa recién llegada, tenía motivos para eso.

—Decís que el libro empezó a escribirse solo, pero eso parece una verdad a medias, porque el libro tiene un trabajo de archivos infernal.

—Lo fui armando como una especie de rompecabezas. Tenía un tema al cual le faltaba un cincuenta por ciento de información. Había infinidad de agujeros que llenar y después, a todo eso, había que darle una forma, concatenar toda esa información, decidir si era posible solucionarlo en una sola escala de tiempo o bien desarrollaba una línea y la siguiente volvía a empezar desde cero. Lo fui resolviendo sobre la marcha, involuntariamente, de acuerdo a cómo venía o iba consiguiendo la información.

—La composición que tiene el libro es como la de una partitura, con la confluencia hacia el final desde diferentes líneas melódicas. Todo concluye en esa gran batalla entregada.

—Es una mentalidad de director de orquesta, yo estuve muchísimo tiempo barajando cuál era la mejor forma de explicar todo y además quería que se note el aumento de la tensión, que va in crescendo hasta un momento en que todo explota, y se va a la mierda. Yo juntaba papelitos con diferentes datos y los iba cruzando, e iba cerrando líneas muy de a poquito.

—Entre los entrevistados ¿había gente que conocías de la década del 70?

—No. Mi militancia se desarrolló en otros ámbitos, yo vivía en Capital Federal y militaba en el frente estudiantil. La decisión primaria de hacer el libro tuvo que ver con mi deseo de retomar el contacto que yo tenía con mi responsable en el PRT, Cacho, al que yo andaba buscando. Lo que nunca me iba a imaginar era que existían más de cincuenta Cacho en el PRT. No pude encontrarlo. Al vivir “compartimentados”, los militantes no sabían casi nada de sus pares que no tuviera relación directa con la actividad política desarrollada, por lo tanto desconocían dónde y con quién vivían, de qué lugar venían, y por supuesto la identidad real de sus compañeros. Recomponiendo un poco nuestros últimos contactos, recuerdo que por aquellos días nosotros siempre teníamos minutos telefónicos —el minuto funcionaba como una suerte de clave para evitar referirnos a situaciones específicas y poder transmitirnos datos, convenir citas en bares o, si nos desenganchábamos, ver cómo hacíamos para reencontrarnos—, a través de esos minutos confirmábamos o levantábamos encuentros acordados de antemano. Para esos llamados también teníamos pautados días, lunes y jueves por caso, y él se comunicó a mi casa un martes o miércoles, un día que no me tenía que llamar. Yo no estaba, atendió mi papá, y yo tomé eso como una señal de peligro. No fui a la cita siguiente. Si el vive todavía o es un desaparecido no lo sé.

—¿Empezaste a sentir que las cosas ya no funcionaban?

—Para mí lo de Monte Chingolo fue un golpe, como quien dice un sopapo y que me dijeran “el sueño terminó”. Ahí es como que hice las valijas, dejé de ir a las citas y rompí mi relación con la organización porque veía que lo que leía en la prensa no coincidía con lo que palpaba en la gente. Yo no estaba tan metido, estaba inmerso en esa zona de la militancia intermedia que, cuando la represión se incrementó, dio un paso atrás. Doy un ejemplo, un día estábamos en una reunión y viene alguien a buscarnos: “Vamos que hay una manifestación”, “¿y porqué es?”, “porque a fulano y a mengano que estaban haciendo una pintada los mataron”. Yo no lo podía creer, pensaba: ¿los mataron por hacer una pintada?, el hecho me daba temor, miré a mí alrededor y veo que a todo el mundo le pasaba lo mismo; cuando salgo y me encuentro con mi responsable me habla derrochando triunfalismo y después Santucho que dice “Argentinos a las armas” y cosas así. Veo que hay un desfasaje.

—¿No te fue recriminado por Cacho esta decisión?

—Eso no llegué a hablarlo. Hubo gente que criticó mucho mi libro porque leían una crítica demasiado severa de Santucho. Pero yo sé que hubo una discusión antes de decidir la acción de Monte Chingolo y él (Santucho) sabiendo el riesgo de fracaso, sacó adelante la operación, yo estuve pensando que eso hay que escribirlo y que por una falla de ese tipo hay que responder, eso no quiere decir que estoy en contra de Santucho, sino que estoy a favor de una discusión abierta por la verdad.

—La revisión de la guerrilla realizada estos últimos años parece muy centrada en Montoneros.

—Yo noto que el rol que jugó el PRT está silenciado. Como si la única organización que hubiera luchado contra la dictadura fuera Montoneros. Pero pensemos esto, la estructura de la marina era siete veces más pequeña que la del ejército, al menos en ese tiempo, ¿y quién tomó la tarea de destruir al PRT, es decir al peor enemigo, al enemigo marxista? Fue el Ejército. La Armada se limitó al enemigo en el campo nacional —que era Montoneros—, es decir, no tan enemigo; eso da una idea de cuál era la prioridad para el oponente. Para decidir cómo medir el potencial de Montoneros y el ERP, yo lo hago en relación a estos parámetros. Además hay otra cosa, los traidores, los “filtros”, todos provenían de organizaciones peronistas, todos. Y la última, en el “Campito” de Campo de Mayo, cuyos detenidos eran casi con exclusividad e-erre-pé, los poquitos que pudieron salir de ahí, que eran familiares o individuos muy poco comprometidos (es decir personas que incluso para los índices delirantes de los militares no ingresaban al organigrama de exterminio) contaron que, durante dos años, todos los días salía un (avión) C130 con prisioneros asesinados, eso da una cifra de víctimas del e-erre-pé muy importante, todo el 76 y todo el 77, día tras día.


Titanes en el ring


“Nosotros teníamos una serie de contactos en una villa de La Plata que nos seguía mucho a nosotros”, afirma J., un ex militante del ERP que combatió en Monte Chingolo, en el libro de Gustavo Plis-Sterenberg. “Habíamos hecho mucho accionar propagandístico ahí, como repartos de leche o cuelgues de banderas. Ahí hicimos, en el 75, un desfile militar. Íbamos vestidos con los uniformes, con armamento y con la bandera del ERP. Fue impresionante. Estuvo muy bien preparado todo. La gente salía de las casitas para ver.

“Muchos de los Titanes en el Ring de la época vivían allá y eran colaboradores nuestros. Uno de ellos, (mientras) comíamos con él y otros en su casa, me dijo: «Estamos con ustedes. Aunque no vamos a salir con las armas, en todo lo que podamos vamos a colaborar».

“Nosotros le decíamos: «Vamos a hacer un reparto de leche y ustedes sin destaparse (porque allá no sabían que eran colaboradores nuestros) vayan preparando todo». Ellos nos daban los datos que precisábamos, incluso de la policía, y nos hacían de campana. Nosotros tomábamos varios camiones de Sancor o de los pollos de Gelbard, que tenía unos frigoríficos grandes, y hacíamos los repartos. (…) Los «Titanes» organizaban a la gente, formando una fila para que se fueran llevando los pollos y la leche. Esto muy poca gente lo sabe, que muchos de los «Titanes» eran gente nuestra. A lo mejor alguno se entera de lo que digo y me mata, pero yo sé que fue así. La gente de la villa nos apoyaba muchísimo”.

El párrafo anterior puede leerse en Monte Chingolo, de Plis-Sterenberg. Le digo a Plis, ahora que ya pasó más tiempo: “¿No tenés precisiones, cuáles titanes?

“Estoy en condiciones de darles una primicia —dice Plis-Sterenberg risueño—, el responsable máximo era el Superpibe. El superpibe era el máximo colaborador, pero también andaban el payaso “Pepino”, Ararat. Ellos se arriesgaban porque sabían muy bien a lo que se sumaban”.


Robando información a las Fuerzas Armadas


“Había un Mayor que se negaba a facilitarme los libros —porque cada batallón tiene su libro anual, con las actividades de ese año— y yo buscaba desesperadamente el del año 75 del batallón 601, depósito de arsenales, yo sabía que estaba ahí, entonces como el Mayor que no quería darme ningún tipo de documentación era un fanático de las charreteras y los uniformes de los ejércitos de Europa oriental usados durante los últimos 200 años, yo, a través del Ejército ruso, me conseguí todos los libros del tema, en ruso obviamente, pero con fotos, dibujos, eran una pila así, se los regalé. «Ahora tiene el libro —me dijo—. Te lo dejo quince minutos, sin fotos, sin nada, lo leés y chau». Pasé, prendí el grabador y lo leí completito, ¡hice una fotocopia sonora!”


En el país de los soviets


—Usted estaba en la Unión Soviética durante su caída, ¿cómo fue eso?

—La descomposición de la Unión Soviética fue catastrófica, yo guardo del año 91 el talón de la cartilla de racionamiento que, por ejemplo, dice 250 gramos de carne, un kilo de harina, un jabón, una pasta dentífrica, un paquete de cigarrillos, una botella de vodka. Con eso ibas a los almacenes (de déficit), y con el taloncito podías comprar esos productos (en déficit, que escaseaban). Yo guardé el taloncito no porque quisiera coleccionarlo sino porque no encontré nada, no había nada. Entonces había que rebuscarselás, era enero, hacía 30 grados bajo cero, hablando con la gente me entero que si voy a las 4 de la mañana a hacer una cola y me aguanto tres horas llega un viejito de un koljos (una granja del campo) con un camioncito de leche y por unas moneditas te da tres litros. Así fue que yo era el único en toda la residencia estudiantil que tenía para mi esposa embarazada un frasco enorme lleno de leche, pero me bancaba mis tres horas con 35 bajo cero, llegaba congelado.

—¿Qué significó para usted ver esa caída, ya que había sostenido ciertos ideales vinculados al socialismo en Argentina?

—La degeneración del socialismo a que condujo el estalinismo fue el peor crimen, el moral, eso que hace que la gente no ame el socialismo. Así y todo este gobierno (por el de Putin), lleno de agentes de seguridad, ha conservado en ciertas áreas —la medicina gratuita, los logros educativos— la vigencia de las conquistas que logró el socialismo. Pero ya hay miseria, desocupación, nuevos ricos. Es una época de reparto mafioso, donde se pueden trazar ciertas analogías como Menem-Yeltsin, Kirchner-Putin, abiertamente. Hasta Domingo Cavallo fue a Rusia, yo lo vi por la tele y me dije ¿qué hace Cavallo acá? Mostraban fragmentos de manifestaciones y el decía que eso era el apoyo de la gente a su gestión, por el 1 a 1 y qué se yo. Menos mal que no le dieron bolilla, pero las privatizaciones de Menem son las de Yeltsin, hasta que lo sacaron a patadas. El mismo Putin, seguramente, le dijo a Yeltsin: “Mirá, no te vamos a tocar ni a vos ni a tu familia, te retirás tranquilo, dejás el poder, nosotros vamos a poner la casa en orden, vos tranquilito, no te metés y no te vamos a joder” (la tarea de retorno salvaje —acelerada y completa— al capitalismo ejecutada por Yeltsin estaba resuelta) pero el problema era evitar a Estados Unidos, que estaba a punto de cortar el país en varios pedacitos para poder extraerles la materia prima con comodidad. El gobierno de Putin evitó eso. Rusia fue el primer país que pagó la deuda externa.

Toda la relación de Plis-Sterenberg con la música fue marcada por su experiencia en el conservatorio. “Soy —dice— un enloquecido de la música rusa, de la música eslava y de los 200 últimos años de música que se hicieron en Polonia, en Checoslovaquia, en Rusia y en la Rusia soviética. Encuentro cosas positivas en la música no oficial y en la música oficial también, porque había un excelente nivel técnico, lo que pasa es que había mucha caca, ahí sí, en los chupamedias que se metían en el realismo socialista, pero hubo otros, como Shostakovich, que lograron eludir todo ese monumental dispositivo y dejaron verdaderas obras maestras. He dirigido muchas sinfonías de Shostakovich y quizás este año, si tengo la oportunidad de volver a Rosario, me gustaría hacer una obra de Shostakovich.