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martes, 27 de octubre de 2009

morir en occidente



Fotografía tomada en el cementerio viejo de Paysandú. Estatua del ángel viejo.

Morir en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días
reúne una serie de conferencias notables del historiador Philippe Ariès (1914-1984) en claustros no menos notables y resume su voluminoso El hombre ate la muerte. El prólogo de este libro que vuelve a reeditarse en el país está fechado en marzo de 1975. Sus argumentos son ya clásicos, al punto que hasta personas del todo ajenas a la lectura los dominan. También son clásicas sus páginas, en el sentido de que reordenan y disparan textos y visiones sobre este y otros tantos asuntos.

El pack básico de Morir en Occidente señala las distintas formas en que los occidentales enfrentaron el morir y la muerte: la muerte domesticada de la Edad Media; la muerte propia y la muerte del otro como pasos decisivos del ingreso a la modernidad, y la muerte prohibida y “salvaje” de la actualidad: “Antiguamente –escribe Ariès– se les decía a los niños que nacían de un repollo, pero ellos asistían a la gran escena del adiós a la cabecera del moribundo. Hoy son iniciados desde la más tierna infancia en la fisiología del amor, pero cuando se asombran porque ya no ven a su abuelo les dicen que está descansando en un bello jardín de flores (...) Y al mismo tiempo que la censura, surge la transgresión: en la literatura maldita reaparece esa mezcla de erotismo y muerte (perseguida entre los siglos XVI y XVIII) y, en la vida cotidiana, la muerte violenta”.
Las indagaciones de Ariès abarcan testamentos, documentos, literatura e historia; pero también ciertas tradiciones próximas, como la lectura de Mario Praz o Johan Huizinga, quien escribía en los años 30, según releva el mismo Ariès –señalado a su vez en esa amplia franja de la historia de las mentalidades–: “La historia de las civilizaciones debe ocuparse tanto de los sueños de belleza y de la ilusión novelesca como de las cifras de población y los impuestos”. Con la materia de esos “sueños de belleza” –para usar la fórmula de Hamlet–, Ariès encara velorios, rituales, epitafios y cartas de despedida.
La suplantación, en la hora final, de la casa familiar por la pieza de hospital y el salón de la casa velatoria, es uno de los argumentos más ventilados de este maravilloso libro: “La muerte retrocedió y dejó la casa por el hospital: está ausente del mundo familiar de cada día. El hombre de hoy, al no verla con la suficiente frecuencia y de cerca, la ha olvidado: se ha vuelto salvaje, y pese al aparato científico que la envuelve, crea más trastornos en el hospital, centro de la razón y la técnica, que en el dormitorio de la casa, centro de las costumbres de la vida cotidiana”. Sin embargo, no es el único.
En los años 50, un excéntrico sociólogo, coterráneo de Ariès, Roger Caillois, señaló que fue recién en los albores de la modernidad que el muerto se volvió extraño e inquietante y comenzó a aparecer en la literatura como una irrupción. Lo fantástico en las novelas góticas, en los relatos de fantasmas, es un fenómeno del todo moderno. La sociedad del medioevo, anota Ariès, “vivía por ese entonces satisfecha de su conducta para con los muertos”.
Este sintomático extrañamiento para con los muertos es por momentos la tensión dominante de Morir en Occidente.
Ariès, un inclasificable entre los suyos, un historiador con tantos puntos de contacto con Fouault y Lucien Febvre, como entre Huiziga y Aldous Huxley, desliza también en Morir en Occidente un distendido fastidio por los ideales iluministas: “Una pena demasiado visible –escribe en «La muerte prohibida»– no inspira piedad sino repugnancia; es señal de desarreglo mental o mala educación; es mórbido. Incluso en el interior del círculo familiar, se vacila en abandonarse al dolor por miedo a impresionar a los niños (...). El duelo solitario y vergonzoso es el único recurso, como una especie de masturbación”.
En plena Guerra Fría, un norteamericano ideólogo de la guerra psicológica y escritor de ciencia ficción que firmaba con el pseudónimo Cordwainer Smith imaginó una saga futura que tendría como prehistoria el siglo XX, al que denominó “la Era del Placer”. La fórmula no era nueva. También Huxley señala en
En Morir en Occidente, Ariès procede con una idea parecida, sólo que allí donde los escritores de ciencia ficción se bastan con intuiciones, conjeturas e imaginación, el historiador retrocede en el tiempo y vuelve con unas páginas amarillentas y unas imágenes del pasado que hacen tambalear esa aventurita moderna y racional que asocia muerte a enfermedad y ha desterrado del espacio público al muerto para poner allí un médico: “un maestro en el arte de ocultar lo que no vale la pena ser descubierto” (la cita es de Oscar Wilde).
De cómo el atrio, luego cementerio, era una acumulación de muertos en tumbas comunes, más o menos cercanas a las reliquias y lo huesos de los santos y mártires, durante los largos año del medioevo, hasta que la medicina las plagas disuadieron a la iglesia de esa costumbre; de cómo el testamento fue reduciéndose hasta lo que es hoy, una repartija de bienes; de cómo el arte de morir, comunitario y público, fue achicándose hasta quedar atrapado en un acto de conciencia individual; de eso trata Morir en Occidente. Su continuación podría buscarse en Erótica del duelo en tiempos de la muerte seca, de Jean Allouch, donde, con acopio de literatura y poesía este psicoanalista francés señala que el modelo de la muerte contemporánea ya no es la del padre –tal como lo desarrolló Sigmund Freud–, sino la del hijo.


Ficha: historia
Morir en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días
Philippe Ariès
Traducción de Víctor Goldstein
Adriana Hidalgo
Buenos Aires, 2000-2007
270 páginas