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miércoles, 28 de octubre de 2009

el sueño eterno > el estilo que perdura


Una enfermedad respiratoria obliga al General Sternwood a permanecer en una claustrofobia húmeda y caldeada. Allí, en un invernadero saturado de flores aromáticas, luego de conocer a una de sus inquietantes hijas, el detective privado Philip Marlowe se entrevista con el General, quien junto con su fortuna ha amasado también una interesante serie de enemigos. La escena, donde se anticipa el aire enrarecido de toda la novela, en el que el perfume de mujer se mezcla con el olor de la pólvora y el de la sangre, fue también en 1938, año de aparición de El sueño eterno, la presentación de Marlowe a los lectores de Estados Unidos. Raymond Chandler, su autor, que seguía a su modo particular las lecciones de Dashiell Hammett, había publicado hasta entonces algunos relatos en las revistas de historias policiales Black Mask y Dime Detective. Su personaje encarnaría en el cine los rostros de Humphrey Bogart, Robert Mitchum o Elliot Gould.

Poco importa la trama de El sueño eterno, la primera de las novelas de Chandler. Marlowe debe salir a buscar algo o alguien y en su periplo sortea asesinos, estafadores, niñas intrigantes y caprichosas o mujeres que provocan al detective como Carmen: “La encontré en el vestíbulo... Entonces trató de sentarse en mi falda mientras yo aún estaba de pie”, describe Marlowe. Entre toda esa maraña de encuentros, de ese derrotero en el que la solución de un crimen prolifera con más muertes y más intrigas, el lector retorna del texto con un tono, algo así como una música ambiente: el mundo no tiene un nuevo orden en los relatos de Chandler, pero ha sido invocado en sus formas más descarnadas y de su aparición permanece una melodía. “Lo más duradero de la escritura es el estilo”, escribiría el mismo Chandler en 1947. Esa canción, nueva y conocida, que flota en sus frases, era su estilo: “Soy un snob intelectual que tiene un cariño por el lenguaje coloquial norteamericano, en gran medida porque me educaron en el latín y el griego. Tuve que aprender el norteamericano como una lengua extranjera. He descubierto que hay sólo dos clases de argot que sirven: el que se ha afirmado en el idioma y el que inventa uno. Todo lo demás tiende a pasar de moda antes de llegar a la imprenta”, le había escrito a un editor en una carta.

El sueño eterno, hoy un clásico del policial americano, fue llevada al cine en 1946 por la Warner. El gran Howard Hawks fue el encargado de la dirección y Bogart y la felina Laureen Bacall la protagonizaron. Tres guionistas se necesitaron, entre ellos William Faulkner, para trasladar la intrincada trama a la pantalla. Cuando la novela apareció en las librerías los Estados Unidos se preparaban para ingresar en la Segunda Guerra y el país remontaba todavía los coletazos de la Gran Depresión, de la que habían pasado nueve años, con su legado de marginación y sus pactos entre gángsters y prominentes hombres públicos que tenían sus esbirros entre las fuerzas policiales y las criminales. Cuando el film fue estrenado, los norteamericanos volvían victoriosos de vencer al Eje y el Enola Gay había dejado caer la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. El ambiente lúgubre y nocturno de la historia que mostraba la pantalla, como el de la novela, seguía siendo una apropiada melodía para aquél país que ahora levantaba bases militares bajo las soleadas playas del Pacífico.

Solitario, muy próximo a la moral de su personaje, Marlowe, que chapoteaba en la mugre de Los Ángeles por una paga diaria de 25 dólares, Chandler (1888-1956) estuvo siempre enemistado con la idea de ser considerado un escritor de género. No sin resentimiento, pero con ironía y lucidez, anotó sobre aquellos pares suyos a los que la crítica consentía: “Los escritores ganadores son los que pueden escribir mejor que sus lectores sin pensar mejor que ellos”.